Esto me pasa por hablar de mis ovarios

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Hola esta soy yo

Hace poco más de seis meses que escribí esto, la historia de por qué un diagnóstico tardío, común, de endometriosis, me había atravesado por completo la vida. Contarlo tuvo dos tipos de consecuencias, ya saben, las positivas, y las negativas. Y aunque las positivas se llevan la historia por completo, las negativas estuvieron y me enseñaron mucho también.

Lo que he vivido en este tiempo ha sido una especie de extraña bienvenida al sistema social al que las mujeres tenemos que enfrentarnos: lidiar con los esfuerzos por mantener una buena salud reproductiva es casi un deporte donde pueden violarse nuestros derechos humanos, y donde podemos ser blanco de múltiples violencias directas e indirectas. Y de bienvenida al secreto mundo de las solidaridades, las redes, los acompañamientos de mujeres que eligen construirse otra forma de estar alterna a la “común”, en comunidad.

Si alguna vez has estado enferma o enfermo de algo seguramente te ha pasado que muchas personas te dicen lo que les ha funcionado para curarse, o lo que no hay qué hacer. En el caso de los padecimientos femeninos, bueno, qué les puedo decir. Está muy cabrón cómo el mundo piensa que las mujeres tenemos que escuchar sus juicios sobre nuestros cuerpos, y que nosotras no atendamos más a fondo nuestras propias necesidades por pensar que es tema sólo del doctor.

Algunos de ellos te dicen cosas como: “es que tienes problemas de quistes y demás porque no te has embarazado”, o, “si te embarazas puedes curarte”, o, “¿cuántas parejas sexuales has tenido?” mientras te miran desde atrás de su collar de crucifijo. También pueden preguntarte si has tenido abortos, si estás casada, y cuánto tiempo llevas con tu pareja, si la tienes.

Luego de ese escáner psicosocial, pueden revisarte, y entonces decirte su posible diagnóstico. O mandarte estudios x y y, y con eso darte su posible diagnóstico. (Porque certeros faltan muchos)

En muchos casos de quistes o miomas, verán dos opciones: pastillas anticonceptivas o cirugía. Una, si acaba de llegar al mundo ginecológico, pensará que en efecto hay sólo esas opciones. Sí, ambas tienen efectos secundarios, y las cirugías tienen recurrencia de síntomas, al menos con la endometriosis y los quistes. Osea sus tratamientos no son efectivos del todo.

Cuando la doctora del mal me dijo que debía operarme y yo no podía hacer absolutamente nada al respecto le pregunté: ¿no puedo hacer en serio nada yo? cambiar mi alimentación, hacer tal o cual cosa… -NO, niña, cállese y haga lo que le digo.

Lo cual, una vez que investigué, vi que era falso, y además, encontré muchos indicios de que primero, las mujeres sí podemos hacer cosas para sanarnos, y segundo, el mal tratamiento que el sistema ginecológico nos da desde muy jóvenes es causa de problemas en edades más adultas, y provoca peores condiciones como endometriosis o infertilidad  (que el sistema aprovecha para vendernos sus “soluciones” carísimas). ¿En serio no pueden prevenirse estas cosas, en serio?

Mientras investigaba fui encontrando muchas pistas para mi caso.

Siempre había tenido cólicos fuertes, y los doctores me decían que era normal y que por genética y suerte me “tocaba” vivirlos. ¿Soluciones, curas? Tomar pastillas anticonceptivas, y analgésicos cada vez más fuertes. Nunca quise tomar la píldora anteriormente porque me ha parecido que es como la cirugía láser de los ojos. De pronto empezaron a aplicarla y aún no sabemos qué ocurre 30 años después. Con la píldora lo mismo, y recientes estudios han hecho evidente que fuimos un mercado conejillo de Indias al que no le preguntaron cómo se sentía ni lo tomaron en cuenta.

Pero volvamos un poquito atrás y consideremos que los problemas como los miomas, quistes, etc, están relacionados con desajustes hormonales (sistema endócrino). Y la endometriosis, con el sistema inmunológico, que es considerada una condición con tres raíces: respuesta inflamatoria, sistema inmunológico débil, y desbalance hormonal.

Entonces, si una tiene uno de estos problemas, los médicos deberían revisar esos ámbitos en edades tempranas. ¿Y acaso lo hacen? ¿Acaso nos advierten de ciertos hábitos alimenticios que empeoran ciertas condiciones, como la ingesta de gluten, harinas blancas, café industrial,  azúcares refinadas, o productos cárnicos con hormonas? NOP

¿Acaso revisan el sistema endócrino? NOP, ¿acaso antes de preguntarnos con cuántas personas compartimos el cuerpo, nos preguntan qué comemos? JAJA NOOO Acaso se toman la molestia de decirnos que intentemos vivir menos estresadas ya que el cortisol que produce el estrés en nuestro cuerpo empeora todo tipo de problema del sistema inmune? Obvio no. Al contrario, de lo que se trata es de no cuestionar el estilo de vida veloz y voraz que nos hace producir, hacer, salir, conseguir más y más sin que nuestros ciclos interfieran con ello.

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Campaña estúpida de Kotex

Nos dicen: tomen estos analgésicos, (que dañan el hígado, un órgano fundamental para protegernos de elementos tóxicos y que ayuda a mantener un equilibrio hormonal) o, nos recomiendan pastillas anticonceptivas tiro por viaje. ¿Estudian muchos años, en serio para recetar eso SIEMPRE?

En serio. Y las tomamos como si fueran chicles, cuando tienen tremendos efectos secundarios, no son una solución de raíz ni a largo plazo, porque no pueden tomarse más de pocos años, ya que causan infertilidad (recordemo$ lo que el $i$tema gana con e$to).

Tampoco pueden hacer diagnósticos certeros, en mi caso, como en casi todos los casos de endometriosis, se tardaron más de 10 años en encontrarla. Yo supe de ella investigando a los 20, (tengo 30) y siempre la propuse como posible causa de mis tremendos dolores menstruales, pero los doctores no me veían tirada en el piso gritando, así que no aceptaban mi sugerencia. (Cuando me vieron muy mal, entonces sí).

¿Por qué no piden un análisis de CA125 (un marcador tumoral que indica problemas en ovarios, que aparece alto en casos de endometriosis, y que cuesta 300 pesos hacerlo) -cuando una chica dice que tiene dolores menstruales? Y entonces recomiendan evitar ciertos alimentos, y cuidar la flora, y evitar a toda cosa el estrés (factores que pueden empeorar estas cosas) para NO TENER que recetar analgésicos ni anticonceptivos? PORQUÉEEEEE ¿Qué les cuesta?

¿Se evitarían padecimientos varios que en el futuro constituirán sus próximas visitas, consultas, trabajo, dinero?

Mi experiencia es: los ginecólogos no están haciendo bien su trabajo. Sorry. Y las pacientes, tampoco, nosotras no atendemos, ni escuchamos, ni confiamos en nuestro cuerpo. Creernos la narrativa social de que el amor duele, parir duele, ser madre duele, no ser madre duele, y menstruar duele, es muy fuerte. No tocamos nuestra sangre, queremos que huela rico, que no se note, que no “interrumpa” nuestra vida. Soltamos las riendas de nuestra reproducción, y de nuestros órganos, y de nuestra experiencia vital. Y además, pensamos que llevar una mala alimentación alta en sales, azúcares, alimentos procesados, y demás, no tendrá un efecto en nuestra salud. ¿Por qué era importante la agricultura agroecológica? Ah, sí, también por esto.

No está bien visto hacer demasiadas preguntas. Cuando yo investigaba, llamaba a doctores y preguntaba, la gente me veía como si fuera una monstruo. ¿Estás cuestionando al ______________?<- ponga lo que sea que quiera aquí

¿Cómo puedes cuestionar a un médico que bla bla bla? Pues, aprendí a hablar con artículos científicos de por medio para quien los necesitara.

-En los hipervínculos que ven en el texto pueden encontrar artículos priodísticos y científicos que sustentan lo que estoy diciendo-

En muchos casos, las ginecólogas no estaban al tanto de los últimos avances de hace cinco años en ciertos temas, ni de la importancia de la alimentación de las pacientes. Sí, ya sé que queremos arrancarnos el pelo de lo imposible de creer que es esto. ¿Cómo pueden recetarnos anticonceptivos a tantas mujeres para resolver desórdenes hormonales sin conocer más a fondo nuestro historial clínico, nuestros hábitos, actividades, y tantos otros factores determinantes?

 

Entonces digamos que llega una a una consulta y se topa con la ignorancia del médico  y luego se topa con la realidad de haber creído las historias del mundo sobre el propio cuerpo, y pasa por la sarta de prejuicios que se hacen respecto de lo que tengamos. Luego están muchas visiones de personas que no son médicos (dirán, quién te entiende Isadora, te molestan los médicos con su autoridad, y los que no lo son también) pues sí. Pero me molesta en especial un tipo de posturas al repecto, que son las que se creen con el derecho de decirte 1.- lo que haces mal, 2.- lo que debes hacer (sin saber nada de tu historial ni nada) 3.-cuánto tienes que pagarles por aconsejarte cosas sin fundamento.

Cuando publiqué las historias de lo que me estaba ocurriendo muchas personas me escribieron recomendando a los especialistas que las habían atendido de lo mismo y las habían ayudado. Y con ellas estaré muy agradecida. Pero también me escribieron criticándome porque hablaba demasiado de cosas personales. O que me decían: “Ve y enamórate y te curas, estás muy amargada”, <-señores viejos que batée alguna vez. O tipos salidos de la nada que se llamaban naturópatas y que me decían que toda mi actitud cuestionadora del sistema y de todo era la causa de mi problema. O gente que quería que contratara sus servicios y que si no lo hacía me decían que merecía estar enferma. O los que recomiendan que todo se cura con meditación, con yoga y les encanta hablar de remedios fáciles e inmediatos como si un quiste fuera igual que la caspa.

Sí, de todo eso hay en la viña del señor. Sobre todo eran hombres los que se ponían muy sabios y enjuiciadores. Claro que los ignoré, (y elegí yo misma mi tratamiento y opté por cosas naturales) pero luego noté que esas voces cuestionadoras de lo que las mujeres hacemos o vivimos están en todos lados. El mundo se cree con el derecho de decirnos lo que piensa de nuestro cuerpo, cómo se ve, por qué enfermamos y cómo debemos curarnos, si estamos criando mal a un hijo, si no decidimos criar ninguno, si pospusimos la maternidad, si no es nuestra meta en la vida, si tomamos esto o aquello o si no cumplimos con las expectativas de los otros.

No todo fue así, no exagero si digo que decenas de mujeres, amigas que ya conocía, y nuevas cómplices, me han acompañado en este viaje de formas increíblemente sanadoras y que si no fuera por ellas no sé dónde estaría. (También mi pareja ha sido el hombre más maravilloso y comprensivo).

huile sur toile, 100 x 50 cm, 2012
Óleo de Francoise de Felice

Los días en los que iba descubriendo qué visiones tenía el sistema sobre mi condición (días que por cierto fueron los peores porque amenazaban con quitarme órganos enteros), pude contar con mi amiga Ileana, que es acompañadora de menstruación, con su proyecto La Lunita en mi.  Y ella, al igual que una poeta que me dijo “Isa, ocupa tu cuerpo“, me dieron mucha fuerza. Muchas amigas estuvieron cerca y de ellas aprendí que luego de años de escuchar lo que otros opinan, o creen que saben sobre nuestro ser, así entero, no digo sólo “nuestro cuerpo”, llega un momento en que necesitamos escucharnos a nosotras mismas.

No digo que para curarnos de lo que sea tengamos solamente que escucharnos y ya, cruzarnos de brazos, no. Pero sí hay que hacer de lado todo el ruido de allá afuera, y hacernos preguntas sobre lo que queremos y cómo lo queremos. Merecemos ser tratadas gentilmente, con respeto, con confianza, y que se nos vea como pacientes capaces y responsables. Para esto, claro, tenemos que elegir antes si queremos responsabilizarnos de sanar. Mi proceso fue moviéndose del profundo enojo con lo de afuera, hacia el enojo conmigo misma, hasta ver cuánto me he abandonado y cuánto le he creído sus cuentos a la sociedad machista. Cómo he pospuesto mis sueños, me he subido a trenes de causas y movimientos en donde mi propia voz dejó de escucharse.

Ufff, si pudiera contarles todo lo que ha pasado en estos meses en mi se me salen las lagrimitas. Primero porque entendí cosas que las mujeres hemos venido aceptando como normales pero que son agresivas, groseras, violentas. (Los silencios y las malas atenciones, de forma sistemática son formas de violencia) Y entiendo que no se note que somos seres fuertes, y que resistimos y seguimos dando amor, luz, nutrición, aunque el mundo, porque vuelve tabúes nuestras cosas, no lo nota, y no lo reconoce, ni nos valora por ello. Además nosotras reproducimos esa misma desatención.

Entendí por ejemplo que una mano que ofrecemos o un consejo “terapéutico” que damos no siempre es la ayuda que quisiéramos, si pensamos que sabemos más que una mujer sobre ella misma. Creo que cuando alguna de nosotras tiene un quiste, o dolores, o cualquier enfermedad, lo primero que se necesita para sanar es fuerza y confianza en nosotras mismas. Nop, el sistema ginecológico “profesional” no es suficiente. Lo he visto en mi, y en muchas pacientes con quienes he compartido muchas horas en el hospital. Ese sistema médico no es suficiente, pero tampoco es del todo prescindible. Nos da diagnósticos si lo presionamos y si podemos tener la agudeza para entenderlo y poner de nuestra parte. No digo que mis ex-ginecólogos hayan sido malvados, sólo pertenecen a un sistema humano con fallas, y la visión que hace de un médico un ser excepcional está lejos de la realidad. Son humanos, imperfectos. Y la vida de las ciudades y los efectos que tiene en los miles de millones de cuerpos que las habitamos no pueden ser sostenidas por medicamentos, ni por sistemas médicos.

Estamos sobresaturando la sanidad, y mucho de lo que la satura puede evitarse a veces con decisiones personales, a veces con correctas políticas públicas (y sobre todo erradicando la profunda desigualdad que cada día crece más). Por eso no puedo pedirle al sistema médico que sea perfecto, porque la sociedad profundamente enferma que está tratando de curar sobrepasa sus capacidades. También es un sistema elitista que le pone narices nuevas y tetas a quienes pueden pagarlo y no quiere salvar de infecciones a niños pobres. En fin.

Pero para no desviarme de la parte más linda de todo, seguiré con la compañía de las mujeres.

Durante estos meses muchas de ellas me han ayudado sólo escuchándome, o contándome sus casos, o compartiendo recetas de remedios, y abriendo su corazón. Por eso siento que una parte del mundo se abrió para mi recientemente, en ella nosotras somos más resistentes de lo que imaginaba y estamos también mucho más vulnerables de lo que creía.

Las muchas conversaciones que ocurrieron en chats, reuniones, cafés, me han dado la posibilidad de comparar información, y de no sentirme sola. Hay muchas redes de apoyo, de acompañamiento hombro con hombro, redes de whatsapp de mujeres dispuestas a acudir si otra necesita sanar, abortar de forma segura, o apoyo emocional en un momento difícil. Estas redes no se notan, pero creo que han existido siempre en el mundo. Creo que gracias a ellas hemos sobrevivido a inquisiciones, gobiernos católicos, e imaginarios patriarcales. Sí, todo eso resistimos juntas. Y es una parte de este camino de endometriosis que agradezco junto con la reflexión de qué tipo de vida quiero crearme en este mundo. Al final el dolor que tenía (porque ha disminuido en estos meses un 70-80%) sí tenía que ver con las brujas, como intuía en mis años 20 cuando pensaba que la sangre y el encasillamiento de la mujer en roles oscuros y clandestinos estaba relacionada con que me doliera tanto menstruar.

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ilustración de Daria Pertilli

No sé aún si mis autocuidados y el tratamiento de hormonas dará los resultados que espero, en algunas semanas podré contarles cómo me va en una cirugía programada para que podamos ver adentro de mis entrañas. Yo no quiero dejar nunca más la atención a la comida, a mi forma de tratarme, y de estar en el mundo. Pero el dolor seguro se ha transmutado en unos nuevos ojos y nuevas manos para construir. Un corazón más abierto y sensible a lo que vivimos las mujeres. Todavía no hago mucho en concreto, pero voy sintiendo distinto el habitar mi cuerpo. Y eso es invaluable.

🙂

Nunca dejes que nadie te diga que no puedes con algo. Lo puedes todo, sólo necesitas volver a confiar en tu fuerza. 

 

Les recomiendo estas páginas que tienen muy buena info:

http://www.larabriden.com/ 

http://www.sexyfoodtherapy.com/

https://www.facebook.com/dramiriamginecologia/?fref=ts 

http://miriamginecologia.com/blog-mujer-al-dia/ 

https://www.evamuerdelamanzana.com/quieres-desconectar-tus-hormonas-toma-la-pildora/

 

 

Un vistazo al verano, el flashback de las bicis en España

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Que hace rato está mi corazón latiendo por tí, latiendo por tí…

Una tienda de “Todo a 1 euro”, Z y yo buscando contenedores para shampoo, el sonido de la puerta automática, el aire acondicionado que nos envuelve. Adentro suena la canción de Shakira de la Bicicleta, estoy buscando entre los pasillos algo que no sé cómo se llama porque en España muchas cosas tienen nombres distintos que en México.

Estamos en la costa del Mediterráneo, preparando un viaje hacia el norte en las Islas Cíes. Necesitamos para el viaje provisiones, aditamentos de camping, confirmar viajes de BlaBlacar. Encontramos los frascos herméticos, nos paramos en la fila. Unos chinos atienden a varios españoles, yo hago bromas y bailo. Z y yo nos conocimos prácticamente gracias a las bicis, que nos gustan tanto. La canción de Shakira engulló varias experiencias del viaje a España este verano. Como Julieta Venegas en el verano del 2004 en el viaje al norte del país. Como la música de gimnasio en mi estancia en el Caribe. La playa mediterránea de Alicante sonaba a Shakira, a Sia, a Jennifer López. La playa nocturna de fuegos artificiales era un desfile de tiendas de moda readytowear. Lentes de sol. Anonimatos de verano. Bailar a ritmo de la industria de la radio.

Uno no llega a construirse de inmediato el olor y la sensación de las cosas vividas. Ahora, miles de kilómetros después en el auto, sobre el mar, en barcos, aviones, consigo apreciar los meses que pasamos con sandalias, comida increíblemente rica, los cuidados y cariños de mi nueva familia y los shorts más pequeños que nunca había usado. Mucho suena a la canción de la Bicicleta de Shakira, y aunque trato de ponerle otra música a mis diarios de verano, una más rebuscada, esta se pone encima y guarda dentro muchos días en Europa. Y todo era sol, y sonrisas.

Sí, sí, no me encontraba bien por el malestar del reciente uso de anticonceptivos, además del gluten que respiraba en cada momento. Pero en general estar en España, con mi  compañero de vida y de viaje fue un sueño hecho realidad. Sí, sí, el consumismo, el shock cultural, el “primer mundo”, sí sí, mis críticas.

Pero no sólo hubo de eso en el viaje. Hubo sencillamente felicidad, la simple. Compartirnos cosas. Pedalear en el malecón por las tardes hacia casa de amigos, comer pizzas, beber cervezas. Reír mucho. Jugar al “Código Secreto”. Mirar españoles por doquier, detrás de los aparadores, de los escritorios, humanos nacidos del otro lado del mundo que han llevado sus vidas allá que me parecen a la par, aliens y seres muy cercanos. Tengo grabada la sensación del medio día pegajoso en la piel y la urgencia de ponerme las gafas de sol al salir a la calle blanca que deslumbra. ¿Gafas? Antes los llamaba lentes.

Allá los autos no querían matarme mientras pedaleaba. Mucha gente andaba a pie, se vestía elegante para pasear por el centro. Como si fuese todo un acontecimiento salir por el pan, a los 70 años, que valía ponerse un bello sombrero, zapatos dorados, vestidos vaporosos y joyas relucientes. Me contaron que así es Alicante, joyas y brillos, imagen, apariencia. En sus atuendos orgullosos, los ancianos salían al estanco a por tabaco, por el boleto de lotería, el mechero.

Sin mis lentes de hormonas falsas, habría sentido probablemente lo que siento ahora al recordarlo. La comida. El sol de España. El sol de España es como diferente. Es más ardiente y abraza por igual todas las cosas que tiene bajo sí. O era el calentamiento global yo qué sé.

Madrid por ejemplo era como una enorme ciudad viva con su propia personalidad. No era como Salamanca o Toledo que tienen la Edad Media trazada y atravesada. Ni como el norte frío, extraño y misterioso. Madrid era más bien como institucional y alcohólico al mismo tiempo, veloz como mi lugar de nacimiento, con avenidas atestadas de autobuses y gente malhumorada que desentonaba con la fastuosidad de los monumentos y las rotondas. Un lugar de tapas y museos, que se parece a la ciudad de donde vengo, cosmopolita, histórica y mortal. Veloz, veloz. Era como Almodóvar y Cervantes, revueltos en un Guernica con papas.

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Yo al esperar el semáforo para cruzar pensaba en la vieja yo, la de 18 años, que soñaba con ir a España y estudiar allá, y se pasaba las tardes oyendo a Ismael Serrano, escribiendo en cuadernos cómo sería todo estando lejos, lejos del ruido del DF. Hoy, o hace meses, era la misma yo, siempre melancólica, y buscando cosas para decir, huyendo del bullicio y soñando con banquetas soleadas del otro lado del mundo. Ahora ya estaba ahí, o aquí, en mi cuerpo de 31 años. Tuve la sensación de decirme bienvenida, esto había en la vida, y ahora está mi visión de hoy para acompañar a la versión melancólica.

Recuerdo un cuadro de Rubens, Las tres gracias, un olor a rosas en el Museo del Prado.  Muchachas alemanas tomando notas, cúmulos de visitantes rodeando los Velázquez. Mi antigua yo me hizo un guiño cuando reconocí los cuadros que crecí estudiando, primero de reojo, luego con curiosidad, luego por aburrimiento porque cuando era niña teníamos libros pero no videojuegos ni cosas “divertidas” de gente de nuestra edad, thanks god. Había cosas que sabía del Greco no por gusto, ni por interés sino porque había libros bonitos en casa que hablaban de su locura y sus desobediencias, y los personajes que más me marcaban, como Duncan, o Fitzgerald, eran todos desobedientes, también el Greco. Me parecía grosero, y burlón.

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Recuerdo un atardecer en Madrid, también, de color rosa, y un hombre tocando el violín frente al palacio de la familia real. Un mercado de hierro color guinda. Atocha, un calor ardiente afuera del metro, se abría una puerta entre muros de cristal y un ardor como de horno entraba y golpeaba las piernas desnudas. Tanto calor que ardía. Gazpacho, y versiones de gazpacho. Libros, un pub, o picadero, lugares románticos llenos de camas y cojines, cortinas, y cervezas. Cervezas, risas. La vi ahí, a la patria madre, patria viejita, rancia, con sus reyes, y rajoyes, y partidos incompetentes, y realitys. Con las mismas fallas mexicanas, enormemente anciana. Vi sus genes en la arquitectura, y nuestra lengua.

Y sobre todo recuerdo un tramo de vida, puesta en la ensoñación de lo que puede ser un país, o pisarlo. Todas esas fantasías que la realidad supera, o que no siempre alcanza, pero que componen la experiencia total de algo. España no era solamente ese país viejo, histórico, ni su comida, eran mis años adolescentes, soñando enamorarme allí, crecer allí, despertar allí, leer allí. Ocurriendo uno encima de otro, devolviéndome un poco de la inocencia de los veinte años, y la risa de recordarme tanto así, ahí en lo cursi, lo magnífico de amar y vivir las cosas con lentes de color rosa. A pesar de las hormonas y a pesar de todo.

 

La verdad dentro de la sonrisa

Hace poco me di cuenta de que quizá hablo más de cosas positivas de mi vida en este blog que de las negativas.

Lo cual me hace recordar que hace tiempo que quiero escribir sobre la depresión que pasé hace algunos años, y sobre lo que me ayudó a sanar. Y de algunas cosas que me han ayudado a sobrellevar mi intensidad, la sombra que siento que siempre tengo despierta adentro y que me hace buscar como las flores de las plantas, la luz para respirar y mantenerme de este lado de la vida. El de los colores, y el aire respirable que -no es la depresión.

La depresión severa se siente como un velo de atole en los ojos. Se siente como unas vendas pegajosas que nos roban la energía, y nos dejan atados a la cama, o al sillón, o al feisbuc, o a lo que sea que volvamos nuestra nave para flotar en la brea negra que pensamos que es nuestro mundo. Se siente como un agujero negro, que arde en la mitad del pecho. Como una incapacidad para sonreír, y un recordatorio amargo de nuestra debilidad para sobreponernos, cada vez que las comisuras de los labios se oponen a que las estiremos. Es salir a la calle y que lastime el sonido de los coches, la presencia de los otros, que dejan de tener interiores e historias y se vuelven rostros huecos que no nos dicen nada. Nos pensamos inútiles, incapaces de dar algo valioso al mundo. Incapaces de compartirnos. Como si no estuviéramos en la lista de personas merecedoras de estar bien. “Esta fiesta no era para mi”, pensamos. Cuando la tristeza se vuelve patológica, hay un indicio fuerte qué observar para reaccionar. Es empezar a sentir que no hay mañana. No se puede imaginar, ni soñar con un futuro. No hay un mañana un poco menos triste. Ni un año próximo completamente sano, productivo, tranquilo, porque lo único que sentimos, durante días enteros es tristeza y cansancio, llegamos a creer que nunca se irá y que las heridas no se van a cerrar. Los pensamientos se vuelven oscuros, entramos en espirales que nos llevan al fondo, más al fondo, y pensamos cosas cada vez peores.

Yo recuerdo que a los 25 años estuve así casi un año. No podía levantarme, no me duchaba, no hacía mucho más que estar en mi cuarto estudio con mis libros y mis pinturas. Escribir fue mi refugio, aunque estuviera lleno de huellas dolorosas. Al menos hacía algo con todo lo que sentía. Hasta entonces nunca había escrito tanto, todos los días, y no por  un impulso estético sino uno de supervivencia.

12670083_10153877893823058_4731906321969935060_nAunque tuvo momentos terribles la tristeza me dejó muchos regalos. Uno de ellos, además del hábito de escribir, es poder ponerme en los zapatos de quienes enferman de lo mismo. He estado ahí, sé lo que se siente querer desaparecer y ya no sentir nada por el mundo más que melancolía. Otro es haber empezado a pintar, otro es la capacidad de mandar los juicios de los otros de viaje por el mundo. La depresión es fácilmente confundible con pereza, con apatía, con una decisión que es una actitud. Con ganas de justificarnos por lo que sea,  o ganas de provocar lástima. Esos juicios de quienes no conocen esta condición son profundamente hirientes, y muy poco útiles en un proceso curativo. cuando el cuerpo y el cerebro se cansan y se deprimen, no es cuestión de decisión estar bien o mal.

No quiero hacer una apología de la depresión, porque es terrible, y pienso que puede evitarse y sanarse. Pero a mi me dejó cosas que he podido aprovechar.

En estos meses que me he replanteado varias cosas he llegado a algunos puntos de quiebre desde donde el afuera y el adentro se ven distintos.

Por ejemplo la sombra. No somos sólo luz, ni felicidad, aunque queramos y pongamos los hashtags #BuenaVibra y #Love en las fotos. ¿Verdad? Yo, la verdad no me siento un ser luminoso, ni positivo. De hecho quienes me conocen de cerca saben que paso una buena parte del tiempo quejándome y me cuesta divertirme a veces, o ver el lado ligero de las cosas. Por no decir cómo me enojan tantas cosas que veo allá afuera, mi recalcitrante ecologismo hipster y demás corajitos. Y eso no es nada. Puedo llegar a ser bastante monstruosa, tan histriónicamente que mis anécdotas son una de mis principales fuentes de diversión. El onanismo del ego, del romanticismo pútrido. Oh, darkness, take me now.

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Y esa es la realidad. Pero creo que mucho de lo que hago, y lo que digo, son reacciones a mi verdadera naturaleza, la oscura, la insegura, la temerosa de la realidad y la que se sobrecoge cada vez que lee un periódico o las noticias. Muchas personas, muchas, han tenido conflictos conmigo. Y yo he sido parte de eso, poniendo mi energía en la fricción. En la disonancia. No me defiendo, yo me busco esas disonancias, no le tengo miedo al descuerdo o la crítica. Pongo mi fuerza en mirar y analizar lo que me quita el sueño, salgo a la calle siempre pensando en las fallas de la urbe, del mundo, de las personas. Es una locura estar aquí, adentro de mi cabeza. Siento demasiado a los otros. Una voz interna a veces no se calla, por eso tengo que escribir. Sólo aquí en las líneas de palabras puedo ordenarla. Este blog es eso. Es un recordatorio a mi misma de muchas cosas. Pero no es toda la realidad.

Los espacios que hacemos públicos son un crisol de significados. Para mi son puntos de coincidencia y reflejos de lo consciente y lo subconsciente. He conocido a personas increíbles, con quienes he podido establecer relaciones, colaboraciones, complicidades, gracias a que comparto acá mis ideas, mis proyectos, mis miedos, mis enfermedades. También he recibido críticas, consejos no pedidos, intromisiones, y cosas no muy positivas. Y estos días he pensado en esto de editarnos antes de mostrarnos. He confiado en que mostrar nuestros puntos vulnerables nos acerca a los otros, y hace que la luz que podamos irradiar, aunque sea pequeña, brille más fuerte. Pero me pregunté ¿con qué objetivo es que muestro cosas positivas acá?

Recuerdo que cuando estaba muy deprimida leía blogs de otras mujeres alrededor del mundo. Mujeres con granjas, con proyectos creativos, en colectivos, haciendo cosas, diciendo, escribiendo. Compartiendo sus hábitos alimenticios, sus aprendizajes. Eso en parte, además de la terapia, me salvó en cierto momento. Ver sus creaciones me ayudó a imaginar si yo también podría crear. En los momentos de crisis agudas, de no tener trabajo, confianza en mi misma, de tener el corazón roto, miro los mundos que han creado otras personas y eso me da fuerza. Creo que no conozco la envidia. La última vez que la sentí y lo recuerdo, tenía como siete u ocho años y era producto de que una vecina tuviera muchos más juguetes que yo. En mi cabeza la envidia es no querer estar a la altura de una misma.

Pero en este blog, no siempre sé si dejo huellas de anécdotas positivas para otros, o para mi misma. O para decirme a la hora negra de la madrugada que me arrebata el sueño: la luz que has tocado es real.

Creo que lo que quiero decir es algo parecido a: si te imaginas que mi vida es positiva, bella, “bonita”, no lo creas tanto. Siempre queremos mostrar lo mejor de nosotros. Siempre. Detrás de estas historias, de que busque construir para mi misma una historia consistente con sentido, hay desasosiego y los mismos issues que tenemos todos..

Del otro lado del blog están mis proyectos y mis miedos, mis inseguridades con respecto a mi propio quehacer escribiendo. Mi culpa por estar bien, mientras otros no. El no dejarme ser quien siempre he querido por pensar que por no tener dinero o estudios no tenía permiso. Esta cosa de no querer brillar por molestar a otros, por levantar críticas, envidias, y muchos malos entendidos de quienes piensan que nuestro quehacer en la red muestra realmente algo de quienes somos en esencia. Yo, bicho del internet, estoy convencida de que no. Esta pantallita no es real, y un ser humano no cabe en una red social.

En este blog no hablo tanto de los estragos que una relación abusiva y violenta dejó en mi hace dos años, del efecto negativo que produce mis desfachatez al opinar de todo, ni de cuando no tengo dinero, ni de mis problemas familiares. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la depresión que he vivido. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la violencia que he vivido. De mi trauma con mi incapacidad de entender las matemáticas, mi dislexia y lo que muchos llaman síndrome de atención dispersa. No sé si lo haré. Pero ha habido, como en todas las demás historias de todas las personas, cosas negativas. De esas que queremos meter bajo la alfombra cuando vienen a vernos. Las que dejo en borrador para siempre.

Las redes sociales han hecho un experimento interesante con nuestra construcciones autobiográficas. Hay un fragmento de “En busca del tiempo perdido” que dice:

“Pero ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás, y hasta ese acto tan sencillo que llamamos “ver a una persona conocida” es en gran medida un acto intelectual. Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas las nociones que respecto a él tenemos. “

Mostramos hermosas fotos en las redes, donde parecemos felices, tranquilos, haciendo cosas interesantes, aunque la vida no sea solamente eso. Tiene sentido, porque cuando compartimos lo más oscuro parece que nos estamos lamentando y buscamos ser abrazados, contenidos, recibimos críticas donde se nos dice que nos justificamos. Y quizá sea cierto algunas ocasiones. Pero la redes son sólo una fachada desde donde esperamos que el mundo venga a tocar a nuestra puerta para entrar.

Y los que entran se encuentran con lo real, no con las fotos, ni los “me gusta”. En mis textos que espero algún día sean algo, me gusta fantasear con un tiempo futuro donde lo virtual tiene un espacio fuerte en la realidad, y que sin embargo se ha vuelto una cárcel invisible desde donde es imposible capturar la experiencia de lo vital, lo de carne. Atesoraremos aquello que es tan grande que no cabe en facebook. Lo guardaremos en cajas de madera invisibles y será eso lo que constituya nuestra identidad. Y si esto se vuelve una trampa, nos significaremos a partir de la capacidad de escapar de una pantalla. Seremos así de fuertes.

He cumplido recientemente 32 años, rodeada de una vida sencilla. Donde el amor a las cosas pequeñas e íntimas empieza a tomar su espacio, o a recuperarlo. Tengo cada vez más retos ante mi, deudas que no he saldado con la Isa adolescente. La vida me ha dejado rodearme de personas que abren sus corazones y sus biografías de carne para mostrarme sus senderos. “Por aquí pasé, en este punto me caí. Zurcí mis desgarraduras con este hilo, me canté estas canciones”, no me dicen por dónde ir, porque los rebeldes no podemos lidiar con los atajos ni las señales del camino. Pero escuchar sus historias me ayudan a soñar con mi propio viaje. ¿Cómo quiero andar por este o aquel sendero? Eso ha sido un tesoro. Pensar la oscuridad, dejarla que entre a la casa, que me diga todo lo malo que hice y me contraste con mis creaciones buenas. Hay más sentido en esta complejidad recientemente vista. Siento libertad para mirarla y aceptarla. Hallar el espejo de los otros. Cualquier cosa que pueda hacer o crear, prefiero quizá que sea honesta y oscura con lo que sea que tenga adentro, a que siga siendo el ensayo de una versión que me esfuerzo tanto por crear.

Las historias más duras de mi vida no están aquí. Aquí parece haber una canción que intenta hacer ruido para que no suene la canción real, que no siempre me gusta ver.

Todos queremos ser amados. Tenemos miedo de que se nos juzgue, de hacer demasiado ruido, de molestar. Me gusta creer en la creatividad, y la creatividad me ha enseñado que cuando hacemos algo, decimos, nos mostramos, y las respuestas del infinito social siempre van a ser así: infinitas, de todas formas. Siempre habrá quienes envidien, esto o aquello, y si no sienten envidia por una, sentirán por otra. Y eso no es responsabilidad de quien crea, dice, hace, sino de quienes responden a ello con su propio miedo de construirse. Siento que a veces tenemos terror de mostrarnos como somos, y es normal, desde niñas se nos enseña que debemos ser buenas, bellas, bien portadas, y sobre todo buenas personas con los otros, antes mucho antes que con nosotras mismas. Yo creo que así se nos castra al arrebatarnos nuestro derecho a la oscuridad. Y con ello quizá reprimimos la disidencia natural a las dictaduras más chiquitas.

La vida no es perfecta, parece ser el leitmotif de los 30. Ahora noto que si lo fuera, sería tan aburrida que no tendría ningún sentido. Quizá me quite de encima el miedo y empiece a escribir acá de otras cosas. No sólo de lo bello. (Aunque en términos de comportamiento viral, los contenidos positivos inspiradores son más potentes que los lamentos cibernéticos). Pero qué más dan los likes. Díganme. ¿Qué más dan los likes?

Feliz cumpleaños, oscuridad.

 

La historia de una casa donde se siembra

Hace cinco años me acerqué por primera vez a la Agricultura Urbana. Nunca tomé un taller, no pagué un solo peso por aprender lo poco que sé, que ha sido suficiente, al menos hasta hoy, para sembrar en casa.

Entorno a este tema podría contar cientos de historias de aprendizaje, de compartencia, de reflexiones que el camino de las plantas me ha ido dejando. Pero hoy quiero contar la historia de casa. Del rincón donde anida nuestra familia.

Llegamos por casualidad a un anuncio de una casa “sui generis”, cuyas paredes no eran paredes sino enormes hileras de maceteros hasta ese momento, vacíos. La visitamos un día entre semana por la tarde y se veía prometedor. Siempre quise espacio en mis ventanas para sembrar, algo de luz, algo de aire, eso era suficiente para sembrar. Así crecí en un departamento de la Ciudad de México, atesorando los rayos de sol que entraban veloces y en pocos momentos de las estaciones del año.

Y esta era una casa extraña, como si la hubiesen diseñado para mi, para nosotros que teníamos el deseo de compartir el huerto y verlo crecer. La elegimos quizá por las ventanas y la posibilidad del verde en ellas y nos quedamos.

 

Las macetas entonces estaban secas. Al menos tenían la tierra que albergaron hace más de un año, que por su puesto estaba casi muerta. Ese era y sigue siendo el mayor reto, crecer en macetas no es lo mismo que hacerlo en la tierra. Y un buen agricultor urbano sabe que hay algo que le falta a esto. Le falta el esfuerzo de hacer suelo, de alimentar la tierra con los nutrientes y el oxígeno que aportan los cultivos diversos, y la vida microscópica que posibilitan. Había que alimentar la tierra con bacterias, composta y tierra viva.

Otro reto era la sustentabilidad, es decir, ¿qué tan ecológico es mantener casi 150 metros de largo de macetas con plantas comestibles? Se requiere de agua, de riego constante. Esto en una ciudad deja de ser amable con el medio ambiente. Estamos lejos del modelo de Fukuoka, en donde el hombre apenas interviene para mantener el equilibrio natural del suelo y sus poblaciones vegetales, animales y minerales.

Pero es uno más de los intentos que nos enseñan cosas, nos hacen pensar y nos ayudan a prepararnos para mejores espacios y condiciones.

Lo primero que hicimos fue colocar en cada una de las macetas un poco de bocashi, un preparado de salvado y bacterias fermentadas que se utiliza para fertilizar la tierra. Este lo conseguimos de un amable agricultor urbano de una chinampa de Xochimilco, que nos casi regaló como tres kilos del preparado. De esos 3 kilos logramos multiplicar el doble agregando más materia prima, el salvado, el piloncillo, (Aquí está la receta) y eso nos permitió añadirlo a cada contenedor.

Eso fue una tarea algo pesada. Somos dos, y a veces para poder terminar de atender todo el jardín vertical que nos rodea necesitamos pasar medio día sólo trabajando. No es un trabajo cansado, es en realidad bastante meditativo. Ponemos música y manos a la obra, y pasan horas en que esa concentración termina con mucha satisfacción y descanso.

Eso sí, creo que hay que decir que para que una planta produzca en la ciudad, si bien la naturaleza de una semilla y sus condiciones pueden hacerlo todo, sí se requiere de tiempo específico para atenderlo. Me ha pasado abandonar un poco algunos sectores, o posponer la aplicación de algún repelente natural para plagas porque simplemente tengo pereza, o pierdo el entusiasmo. En una ciudad hay mucho que se puede hacer, y uno tiene que elegir entre eso, y cuidar del huerto. Sí se requiere tiempo, y energía, y sobre todo disposición mental. Y apertura para aprender.

El siguiente paso fue instalar el sistema de riego automático. Ya había uno pensado anteriormente para manejar aspersores superiores, y lo cambiamos por sistema de riego por goteo, así podríamos ahorrar el agua que se salpicaba y sería más sencillo mantener la humedad. Aunque aún hay fugas de agua y escurrimientos, y en ciertas zonas la presión del agua es mayor y mayor su cantidad, funciona digamos que bien. Hubo que humedecer varios días la tierra hasta que estuviera lista para recibir a las plantas.

Las plantas que trasplantamos, a su vez, fueron sembradas casi desde los primeros días. Usamos unos almácigos de casi 80 brotes cada uno, y terminamos con cerca de 1,500 brotes distintos de lechugas, espinacas, zanahorias, apio, jitomate, chile, albahaca, epazote, cilantro, y otras.

Las plantas tardaron en crecer entre tres semanas y un mes. Y como cada una tenía ritmos distintos, esperamos a que las últimas estuvieran listas para hacer el trasplante. Ese fue un día largo de sábado, que terminó con las macetas casi como estaban al inicio, pero con pequeñas plantitas encima que apenas si se apreciaban.

Entonces es cuando el trabajo se vuelve algo extraño, porque la cosecha viene lento y crece lento. Sólo las fotografías pudieron dejarnos ver cómo crecían las plantas, hasta que un mes después teníamos todas las macetas llenas de vida, y en un par de meses, tuvimos los primeros frutos ya en el plato.

Tomó sólo 3 meses tener los primeros jitomates, lechugas, y los chiles llegaron al mismo tiempo, aunque a esos nos gusta dejarlos secar en rama para que concentren su sabor. Siempre es algo mágico poder abrir la ventana y sacar unas hojas de lechuga, que saben muy frescas y gruesas, al igual que las espinacas. Los jitomates han llegado a producir cerca de 1 kilo cada semana, y conforme las plantas van cumpliendo su ciclo los frutos van siendo más pequeños. Después crecieron las hierbas, muchos dientes de león que valoro por su aporte nutritivo y medicinal, y otras. Las caléndulas guerreras, las flores que resisten al embate del sol.

Hemos cometido ciertos errores, sobre todo porque a veces dejamos de pensar que tenemos comida en la ventana. Y a veces perdemos algo de la producción. Quizá sea buena idea ofrecer a los vecinos algo de la sobre producción. Hasta ahora no lo hemos intentado pero ya les contaré si sale bien, o si sale mal. Otras veces ns damos cuenta de que seguimos comprando ciertas cosas, (no las que se producen aquí, eso sí) y entonces el consumo sigue siendo mucho más diverso que la producción. Es en este punto que notamos lo importante que es el intercambio y lo inútil que es pensar que uno solo puede autoabastecerse. No way.

La casa es bella, pero tiene sus bemoles. Definitivamente no es la forma más ecológica ni sostenible de producir comida. Pero ha sido un buen pretexto para hablar de ciertas cosas con amigos, con gente que la ve desde la calle y en general, con quienes se cruzan o vienen a visitarnos. Es posible producir localmente, sí. Requiere esfuerzos, mucho. Pero da una satisfacción enorme, y es muy bello presenciar el milagro de la vida a pocos metros. No todo, como piensan algunos, se resolverá si tenemos huertas personales. El mundo no funciona así, cuidar de la naturaleza a través del cuidado de cómo producimos lo que consumimos es una parte importante, pero si queremos aportar, debemos estar conscientes del grave problema que enfrenta el campo mexicano, la tragedia de los campesinos y el crimen que realizan las grandes marcas de granos y semillas. Ahí hay decisiones y posturas políticas que tomar.

Pero en lo micro, me gusta tomar un té en la mañana, y ver cómo el sol se va escurriendo encima de las hojas nuevas. Y ver cómo resurgen brotes donde pensábamos que ya no había. Tienen una buena energía las plantas, supongo que es la propia proyectándose en su verdor. Da mucha ilusión ver los frutos llegar. Y nos hace re pensar cuánto le toma a la naturaleza producir un poco de sí.

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Mientras seguimos disfrutando de este espacio verde, prestado como todo lo que nos rodea, yo sueño con poder pisar tierra firme, y sembrar en ella. Dejar de lado el sueño urbanizado-imposible, de las ventanas, y no sé, ponerle un poco de oxígeno al suelo que me sostenga.

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Sembrar afuera es ir hacia la cosecha de nosotros mismos. 

 

 

 

Santiago de Compostela: empezar otros viajes

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Llegamos a Santiago al atardecer, cuando la luz se pone mágica y azul,  luego de un cansado trayecto en automóvil desde Vigo. Teníamos hambre, y queríamos visitar la ciudad de noche. Pero, nuestra habitación reservada no estaba lista, y tuvimos que esperar en un parque con el equipaje guardado en un café de una calle cercana. Recuerdo haberme subido a los aparatos para hacer ejercicio para matar el tiempo y sentirme como una niña pequeña jugando. También recuerdo los pájaros parados en las ventanas de los edificios blancos del barrio, las cortinillas de las casas que supongo sirven para refugiarse del calor, y la ropa de las personas, que era muy diferente a la de Vigo, o la de Salamanca.

La primera impresión fue esa, ciudad pequeña, historia, turismo y estilo de sus transeúntes, todo vuelto una postal.

Cuando nos acomodamos salimos a caminar un poco a dar vueltas por el centro. Había que ver la catedral, punto obligado, algunas calles emblemáticas, puntos obligados, y los caminantes del camino de Santiago, que yo no contaba con ver, pero que llamaban mucho mi atención cuando andaban con su vara de senderismo, y sus libretas llenas de sellos de tabernas y hostales.

Para quitar el hambre paramos en un restaurante escondido que se llamaba O Piorno, o algo así. Dentro había muchas personas gritando y tomando cerveza en la barra. Yo me decía a mi misma: esto es, Isa, los gritos, la comida, España es una extraña condensación de eso. Cenamos hamburguesas con queso azul y algo caramelizado. Papas al horno, y una botella de vino blanco. ¿O cerveza? No recuerdo mucho ese detalle, quizá por la cantidad de alcohol que bebí.

Pedimos la cuenta, salimos a andar. La ciudad era un laberinto medieval. Callecitas diminutas, pasadizos, puentes entre edificios, cristales. Cada rincón era digno de hacerme escribir algo, y era difícil elegir uno solo. Me pasa seguido, estar buscando sentido a todo y cansarme a mi misma en esa relación de ideas con espacios. Obviamente no llego a escribir todo lo que pienso. Buscaba infructuosamente hacer fotos con mensajes mentales para luego convertirlos en algo. Ya había superado ligeramente mi deseo de encontrar brujas donde quiera que fuera y había optado por apreciar el mundo como era, sin magia evidente ni leyendas vivas mirándome.

Además empezaba a acostumbrarme a viajar acompañada de mi pareja. Luego de varios trayectos y espacios nos íbamos conociendo mejor. Habíamos viajado un poco en México pero conocer su país era distinto, ahí yo estaba en serio en serio lejos de casa. En serio en su familia, en serio juntos. Y la posibilidad latente de que el movimiento fuera una constante en nuestra vida se hacía cada vez más fuerte. Como cuando leíamos los mapas juntos y yo no entendía las partes en catalán. Cuando el menú tenía que ser traducido, y el supermercado era un universo nuevo. La identidad que una construye poco a poco con esfuerzos, como un sujeto propio, con las referencias que queremos, con todos esos bordes y límites que marcamos con respecto al mundo, se sentía ya, transformada por ese viaje, y en Santiago lo cotidiando cobró su dosis de claridad al mostrarnos tal y como somos. Esos choques de la rutina, cuando por ejemplo yo me obsesionaba al perder mis cosas, o él se desesperaba porque tenía hambre y quería salir de los sitios históricos para poder probar bocado podían ser exasperantes de cierta forma, y lo eran, pero también empezaron a ser espacios de contacto valiosos. Puentes de realidad, historias comunes.

Decidí dejar de pensar en las cosas mágicas esa noche al volver a casa. Dormimos en una habitación pequeña con un espejo grande. Y en la mañana salimos a pasear por las calles medievales diminutas que de día eran mucho más bonitas porque el cielo estaba azul y las personas se paseaban bajo un sol nítido. Todo fue mucho más bello también, después del café y el desayuno. Caminamos más, hice fotos, y nos metimos a la catedral de Santiago.

Aunque normalmente las grandes construcciones me apabullan y no son tan interesantes para mi, esta estaba rodeada de un halo de misterio. Otra vez yo a querer colgarle mis fantasías. Cuando estudiaba música nos hablaban en clase de historia del arte, del sentido alquímico que revestía los procesos de construcción de las catedrales. Proporciones, diseños, planos que buscaban hacer reflejo de la creación de Dios en la tierra. La mano del hombre diminuto buscando a Dios en el cincel y las líneas. Me quedé largo rato viendo la cúpula mayor que tiene el ojo rojo al centro y pasée por las capillas laterales. Me senté en una de ellas, y de repente tuve una idea que usaría, pensé, en la novela. Miraba los dibujos en la piedra, lo macabro de la religiosidad y las palabras me venían a la cabeza muy velozmente. Otro de esos momentos de verborrea repentina sin un contenedor cerca dónde desahogar la congestión de palabras. Salí y me senté en una escalinata y me puse a escribir.

Creo que no hay nada que me guste más que hacer eso. Nunca he entendido ese afán voraz del turista que busca pisar cada sitio velozmente para atraparse en una fotografía, apropiarse de la experiencia, meterla rápido en su cajón de identidad para guardarla detrás de las nuevas fotos, de los nuevos sitios, uno tras otro como archivos. Incluso en mis viajes de adulta joven, a los 20 años, prefería quedarme un largo rato sentada en un solo lugar, pensando, que siguiendo un itinerario que le metía prisa a mis ensoñaciones.

Detestaba cuando alguien me daba una lista: debes ver esto y esto, y esto otro. Como en Bs Aires donde recibía a cada segundo instrucciones para ir y venir, para “no perderme la experiencia” para devorarlo todo. Yo me congestiono con ese afán, con esa hambre. Soy quizá más mediocre en mi manera de pararme sobre el suelo. Demasiado romántica, me han dicho. Prefiero respirar un sitio, hacerle una foto vivencial, guardar en mis huesos la temperatura, el ruido de las calles, las miradas de las personas. El sentir. Dicen que no se puede conocer un lugar estando de vacaciones, yo creo que es cierto. Incluso creo que el concepto de vacaciones me suena extraño. Me suena a descanso, a distraerse, a soltarse. Y yo creo que al viajar uno tiene muchas antenas activas, está en constante contraste con el mundo y nuestro yo se hace muchas preguntas. Esas distancias pequeñas entre el mundo de afuera, aunque no sea lejano y extraño, siempre nos cuestionan. Creo.

Santiago es el punto final de millones de tránsitos avocados a la tarea de caminar. Para algunos es algo espiritual, para otros, ejercicio y aventura, conocer personas. Si se viera en un mapa desde arriba, muy alto, el camino de los caminantes se dibujaría una especie de neurona sobre la tierra, ahí confluyen todos ellos. Y al llegar beben vino, y cantan en una sinapsis de verano.

Para nosotros era la mitad de un viaje todavía, y quizá, el inicio. No sólo de mi personaje sino de una forma distinta de mirar encima de las superficies. Tenía que dejar de buscar cosas mágicas, brujas de cabello largo, señores magos en los bares, hadas en los bosques. Algo me decía que esos símbolos ya habían migrado hacia otra parte. Mis propios símbolos, mis expectativas, se fueron antes que yo, del panorama.

Ahí es donde pueden imaginarme sentada en la escalinata de afuera de la catedral, completamente atónita porque en la capilla por fin había hallado una escena detonante. Pero toda mi imaginería, disponible a usar en el desarrollo de esos personajes y esos textos, ya se había mudado. Visitó hace mucho tiempo esa tierra que yo pisaba apenas, y había seguido su camino.

Me sentí sola. Me di cuenta de que todo lo que había escrito todos estos años ya no era vigente en mi manera de habitar el mundo. Ya no estaba en el mismo punto que pensaba. Y ahí donde muchos finalizan su camino, y finalmente descansan, empezaba para mi otro viaje. Menos idealista, más crudo pero posible. Millones de hojas en blanco delante de mi. Y una vida propia para contarme.

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Fotografiar calles vacías es como detener el calendario un poco.
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Santiago y sus rincones con luz azul
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En ese edificio viven personas. De otro mundo.
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Caminaba lento la gente

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En Santiago, y en la región de Galicia, las empanadas son un bocadillo obligado. 

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Vírgenes solitarias, lejos de los placeres, la carne y el pescado.

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Me encanta mirar hacia arriba de las paredes altas. 

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La región árida de los anticonceptivos

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Ehem, esto no sé cómo escribirlo, porque el tema del que quiero hablar es precisamente aquél que me impide ser elocuente. Pero aquí voy. Además de una dieta casi vegana 100% y estricta, que sigo a detalle, estoy tomando anticonceptivos que me recetaron para controlar los niveles hormonales que al parecer tenía locos, y que produjeron mis quistes y endometriosis. Y estas hormonas sintéticas son todo un caso del cual quiero contar mi experiencia.

Yo había sido casi siempre anti-doctores, anti-hormonas, anti-medicinas. Mi desconfianza del sistema de salud es sobre todo porque mi principal problema en la vida ha sido el dolor menstrual, que luego se volvió una inflamación crónica, con cambios de humor locos, y mucho cansancio. Y ningún médico sabía, no parecía creerme, o pensaba que pudiera ser digna de mayores estudios. Mi droga más fuerte ha sido el café. Siempre fui una persona que no bebía alcohol como hasta después de los 27, y muy poco, nunca he fumado, y otras drogas no han estado ni siquiera cerca de mi. He hecho mucho ejercicio siempre, y cuidado mi alimentación. “Mi cuerpo es mi templo”, es mi lema. Cuando iba con el doctor y le explicaba cómo me sentía siempre me mandaba, solamente, analgésicos cada vez más fuertes. Nunca parecían saber qué me ocurría y por eso fui perdiendo la confianza en ellos.

Aceptar un tratamiento hormonal fue un golpe muy duro para mis principios. Junto con la posibilidad de una cirugía que se prometía muy invasiva y extirpadora, he tenido que investigar mucho por mi cuenta y observarme para entender mi cuerpo.

Las hormonas de los anticonceptivos no me parecieron muy simpáticas cuando las recetaron. No sabía mucho entonces sobre sus efectos secundarios y busqué información, sobre todo testimonios de pacientes que las utilizan. Entre los efectos secundarios, lo menos grave eran depresiones, y lo peor, la posibilidad de tener coágulos en las arterias que podían llevar a infartos cerebrales o cardíacos. Nada más.

Así que cuando los empecé a tomar estaba inevitablemente algo sugestionada con los efectos que tendrían en mi cuerpo. Digamos que no he tenido tremendos síntomas negativos pero encuentro un principal foco de preocupación que parece ser la razón por la que muchas han dejado estas hormonas.

Y es que ocasionan una especie de planicie emocional a lo largo de su administración. No sé cómo explicarlo. No estoy realmente mal, debido a sus efectos, pero me siento extraña y diferente a antes.

Antes aunque mis emociones cambiaban según mis momentos hormonales de forma muy repentina e intensa, podía reconocerme en el espejo. Esa era yo, inestable emocional, soñadora, me inspiraban muchas cosas. Podía levantarme en las madrugadas sólo para disfrutar la salida del sol. Escribía de forma distinta. Cualquier evento a mi alrededor podía ser objeto de alguna narración pequeña en mi diario. O inspiración para bailar, o pintar, o sembrar, echar a andar proyectos. Cada mes me iba muy al fondo de una tristeza inexplicable, que reconocía era mi química cerebral detonándose en mis lágrimas o de una alegría extática. Podía sentir tres días antes de mi menstruación una melancolía repentina, y cuando me miraba en el reflejo del baño ahí estaba yo. En mí reconocía mis fallas, mis frustraciones, mis amores, todas las cosas que quería. El cerebro y las hormonas son una cosa increíble que funciona gracias a micro mecanismos. Es un universo diminuto en donde dos moléculas pueden hacer enormes diferencias.

Una menstruación normal es el resultado de dos hormonas: estradiol y progesterona, que producen los ovarios, y un sangrado producido por anticonceptivos es producto de esteroides sintéticos, como el etinyl estradiol y levonogestrel. Las hormonas producidas por nuestros ovarios como la progesterona, calman el cerebro y reducen la ansiedad, mientras que el levonogestrel aumenta la ansiedad. Aunque antes no estaba 100% consciente del efecto y el momento en que aumentaban o disminuían mis niveles hormonales, mis meses eran un terreno conocido. Era doloroso, sí, lloraba mucho en los días previos, a veces estaba hiper sensible y no soportaba ni que ciertas cosas me rozaran la piel de los brazos o las piernas. Pero también estaba mucho más despierta a la vida. Mis proyectos tenían más sentido, estaba acostumbrada y aprendiendo a manejar mis montañas rusas emocionales, sobre todo dejándome llevar por ellas consciente de que siempre en la peor curva o punto crítico, las cosas volvían a un lugar más tranquilo. Mi forma de escribir era distinta también, era más fácil iniciar una hoja en blanco. Usaba más metáforas, tocaba más el terreno de la fantasía. Ahora siento como si hubiera una especie de techo invisible adentro de mi cabeza que no me deja llevar las emociones ni muy alto ni muy bajo. Esto para muchos parecería al fina, estabilidad. No ir muy hacia la melancolía, ni tampoco hacia la alegría demasiado alta. Pero creo que es justo este síntoma el que causa depresión en quienes utilizan anticonceptivos por tiempos prolongados. Es como si viviéramos en una cajita de cristal en donde las cosas no nos tocan demasiado y por tanto nuestras reacciones a ellas son limitadas de igual forma.

Sé que en el fondo de mi esto no me gusta, pero no alcanzo a sentir una postura definida al respecto porque no me siento fundamentalmente mal. Es como estar en un paraje árido y tibio donde no hay demasiada sequía, pero la hay. Algo no anda bien en ese paraje. Cuando sentimos sed encontramos un poco de agua, si se siente frío, un poco de calor, nada que nos haga realmente poder gritar o desesperarnos. Es un tipo distinto de desesperación. Una muy metida adentro que no se alcanza a hacer escuchar.

Ningún cuerpo femenino es igual a otro. Eso lo tengo claro desde que esto empezó. Aunque muchas compartimos ciertas cosas, creo que todas somos una mezcla distinta de hormonas y bacterias e historias y emociones. No me gustan las generalizaciones. No me gusta cuando se nos mete en un esquema hecho aparentemente para comprendernos mejor, como los síndromes, las condiciones, las “enfermedades”. Ni siquiera siento que la medicina tenga claro qué pasa con nuestros cuerpos. Lo que sí siento, y lo veo en las salas del hospital, entre mis amigas, con conocidas que pasan por estas cosas, es que cuando afuera hay tanta violencia y desconocimiento, adentro generamos solidaridad y hermandad. Una especie de conciencia de que no tenemos lo mismo, no sabemos si lo que se nos diagnostica torpemente es en verdad lo que tenemos, sabemos que algo nos pasa, y eso es lo que compartimos. Compartimos mucho, las cuerpas femeninas, y al menos tenemos la sensibilidad para la mayoría de las veces, empatizar las unas con las otras. Si una amiga me preguntara mi opinión sobre las hormonas, le diría esto mismo que comparto aquí. Pasa esto y esto otro, pero es libre de elegir lo que sienta mejor para ella. Y nadie tiene derecho a cuestionar sus decisiones terapéuticas. Una ya está asustada, agobiada, tiene los síntomas que busca curar, y no se encuentran muchas respuestas afuera. El juicio de otros, o sus opiniones sobre lo que elegimos respecto a nuestros cuerpos, sobran.

Cada una decidimos qué camino elegir. Medimos la cantidad de tiempo que hemos buscado una cura, explicaciones, buenos médicos. El dinero del que disponemos, el tiempo que podemos dedicarle. El ánimo con el que contamos. En mi caso he pasado ya por varias terapias alternativas, no invasivas, como la homeopatía, terapia sistémica, meditación, y no vi resultados en estos 15 años. En mi círculo de amigos, como yo misma, preferimos lo natural, lo no sintético. El proceso emocional por el cual podemos sanar. Pero en mi caso el dolor y la desesperación me hicieron tomar un camino distinto al alternativo. Y ahora entiendo que aunque antes pensaba que podía tener derecho de hacerlo, no podría cuestionar el derecho de ninguna a decidir qué camino tomar para sanar. Era muy dura con esto antes, pensando que las mujeres que no optaban por lo alternativo estaban siendo muy duras con ellas mismas. La dura era yo, juzgándoles.

Yo he tenido la enorme fortuna, el privilegio de tomarme meses enteros para reflexionar, buscar terapias, informarme, estar conmigo exclusivamente para resolver esto. Las hormonas sintéticas me han mostrado un lado de la vida que no quiero vivir, y espero dejarlas en cuanto sea posible. Buscar respuestas me ha hecho ver y habitar una comunidad de hermanas. Encontrar en mi pareja un compañero comprensivo, fuerte y amoroso. También he investigado mucho sobre cuestiones ginecológicas en todo el mundo. Los costos, las causas de ciertos males, el efecto del estrés y el ritmo de vida en los cuerpos de las mujeres. Y veo que la endometriosis está llena de casos como el mío. De mujeres que dijimos “nunca tomaré esto, nunca me haré aquello”, y que cedemos ante el dolor y la desesperación de tratamientos no fructíferos. A veces pienso que somos un experimento de nadie, una manifestación de algo que ocurre en el mundo que simplemente todavía no tiene respuestas como el cáncer, y que nos toca a nosotras descubrirlo aunque no seamos sujetos de casos de cura. Al menos tendremos indicios que dejar a otras hermanas, o a las futuras generaciones.

No quiero decir que la homeopatía u otros caminos no funcionen. Algunas mujeres me han contado historias con finales exitosos usando estos métodos. Yo no recomendaría en lo absoluto las hormonas sintéticas aunque no sé si todas sientan la misma planicie emocional, quizá no. Pero sí recomendaría prevención, cuidados desde muy jóvenes, tener una alimentación excelente. Habitar un cuerpo de mujer requiere una nutrición buena, verduras frescas, cero hormonas, cero alimentos procesados. Amor propio. Y si el problema ya está presente y no hablamos de prevención, sólo queda la fuerza para buscar para una misma, lo que nos haga sentir mejor, y más seguras.

Habitar un paraje árido puede ser una experiencia catalogada como negativa. Pero en mi caso creo que ahora veo mi “vida hormonal pasada” como un lugar lleno de emociones y riquezas interiores. Veo todos los proyectos que pude crear con el ímpetu que sentía. Todas las decisiones que he tomado con las TRIPAS. Las escenas que me llenan de emoción cuando recuerdo haber destruido cosas, y cuando las tuve que reconstruir. Creo que no era consciente de lo rica emocionalmente que era mi vida. Y de cuánto arte he buscado y he creado. Desde este otro lugar desde el que tengo oportunidad de observarme sé que una parte de mi que no distingo bien ahora suspira muy profundo.

 

 

 

Odiaba las dietas, pero tengo endometriosis

Tengo que confesar que a veces me harto de las palabras “orgánico”, “saludable”, “vegetariano”, “bici”, “yoga”, y demás términos que me recuerdan lo mal que estoy haciendo todo, siempre.

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Pero una cosa que he visto en estos meses de buscar formas de sanar todo el rollo de endometriosis , es que la alimentación es hiper mega importante. (No es TODA la solución,  cuando la enfermedad está diagnosticada o años de ciertos hábitos han dejado su huella, aclaro) Esta enfermedad parece no tener cura, o eso dicen los ginecólogos cuando la encuentran. Muy pocos revisan los hábitos de las pacientes y creo que los menos hablarán de nutrición y demás cuidados que nos toca aplicar a nosotras si queremos.

Pero ahora veo que la buena alimentación es más que una moda. Y en este caso me ha hecho sentir mejor. Cada cuerpo de mujer es distinto, lo que me viene bien a mi puede que no le venga bien a otras. Pero en particular con la endometriosis, estas han sido cosas que me hacen sentir un poquito poquito mejor:

0.- Ir al ginecólog@, confiar pero analizar, hacerme muchos estudios, análisis de sangre, ultrasonidos, perfiles hormonales, tiroideos, y llevar el registro de mi ciclo. Y contarle muchas cosas y hacerle muchas preguntas.

1.-Dejar el gluten (sí, es horrible, antes de hacerlo me comí todos los pasteles, y cosas ricas que quise. Cuando estuve satisfecha, dije ahora sí). De todas formas estando en México es sencillo.

2.- Dejar el café. No les diré nada de esta historia porque es triste y horrible, pero sí, lo hice.

3.-Comer muchas verduras frescas, cocidas, vegetales de todo tipo (excepto los que inflaman) ¡CRUDOS! Frutas…

4.- Comer cúrcuma y jengibre.

5.- Tomar muchísima agua 3 Litros

6.-Dejar carnes y lácteos con hormonas, (sólo si son orgánicos goei me los como )

7.- Dejar azúcar refinada y endulzantes artificiales MOUAJAJAJA esto es una torturaaaa

8.- Comer Diente de león, porque es bueno para el hígado, y parece ser un órgano importante que la ginecología olvida al tratar esta enfermedad.

¡Y bajarle al estrés!

Pero, ¿saben qué? siento que los consejos son difíciles de recibir cuando nos sentimos de la patada con esto. No lo tomen como un consejo por favor. Yo leí de otras experiencias de otras mujeres y eso me ayudó, sin sentir que tenía unos ojos encima diciéndome o juzgándome sobre lo que hacer. Me siento sensible con eso.

Estos hábitos que adopté aparecieron en varias publicaciones, además de que la mayoría los recomendó mi doctora. Aquí se explican algunas cosas.

Al principio pensaba que sería súper difícil cambiar mi forma de comer, pero luego de mucho cansancio con estos problemas, ya no lo ha sido tanto. Y hasta me siento contenta cocinando, investigando platillos, creciendo sus ingredientes en macetas de casa. Sé que para muchas puede ser terrible que nos digan que el café It’s OVER. ¡Lo es! Al principio, porque normalmente lo tomamos para despertar, cuando nos sentimos pesadas. Pero dejando harinas, azúcares, una se siente en general muy ligera y ya no se necesitan tantos estimulantes. Ahora disfruto de mi Chai con leche de almendras y miel mientras mi pre marido se toma su delicioso café exprés en mi cara. Lo juro. Dejar el azúcar también nos ayuda a saborear mejor los alimentos. Lo sé chicas, lo séeeeee dejar ciertas cosas es triste. Pensamos que nada será igual. Pero no es así. Aunque me caguen los latte de almendras y stevia, los pasteles sin gluten, los helados sin leche, las cosas hipsters como el quinoa, el kale, las algas esas raras y la palabra orgánico (cambiemos por agroecológico) en realidad si nos vamos sintiendo mejor si hacemos el esfuercito amoroso. También a veces me doy un gustito de café los fines de semana. Uno chiquito.

No sé si esto me va a curar la endometriosis. Llevo el tratamiento alópata y algunos naturales a la par. Más el amor de mi pareja, mi familia, mis amigas que han estado cerca y al pendiente increíblemente amorosas, qué bellas las mujeres, qué rica su presencia. La comida es una pequeña cosa más y ya, pero es básica. Cuando me decían esto antes me fastidiaba, pero he ido viendo que no es tan grave. A algunas les funcionan ciertas cosas, a otras no, ya les contaré qué pasa conmigo.

 

Y cambiando de tema. Honestamente, estos meses veo cómo el cuerpo de la mujer es sujeto de todas las proyecciones, traumas, prejuicios y demás actitudes de quienes nos rodean. Debemos vernos de cierta forma, debemos hacer esto o lo otro. Todos se sienten con derecho de decirnos por qué nos pasa lo que nos pasa, y qué debemos hacer al respecto. Y si no seguimos patrones, reglas sociales, se nos señala y culpabiliza por todo. Por estar gordas, enfermas, histéricas, o por querer hablar de un cierto tema. En mi caso siento confusión. Primero, el entorno ignora (y nosotras mismas) nuestras llamadas de atención cuando sentimos dolor al menstruar. Pero cuando hay un diagnóstico o patología identificada por una “autoridad”, (la misma que también ignoró síntomas y dejó que una enfermedad avanzara) entonces sí, recibimos un montón de consejos, (que yo sé que son de buena voluntad, la mayoría de las veces) sobre qué hacer. Y muchos de ellos vienen de rincones no especialmente profesionales. Aunque también he sentido que no puedo creer en los profesionales, porque no saben explicar las causas, aceptan que no se han investigado suficientemente, y que los tratamientos son todavía muy limitados, además de que normalizan el dolor y la alta ingesta de analgésicos, pero tampoco puedo creer en todas esas “medicinas alternativas” que no dudo que funcionen en ciertos casos pero que con enfermedades avanzadas son obsoletos.

Pasé cerca de diez años tratando de resolver esto por la vía profesional, “natural” y psicológica, hasta espiritual este padecimiento. Que no es lineal, progresivamente homogéneo, ni sencillo. Y sigo diciendo que lo único que podemos recomendarnos las unas a las otras es sí, amarnos, cuidarnos, (yo recomiendo analizar siempre las voces profesionales) buscar segundas opiniones, y claro comer bien, aprender sobre salud de la mujer, poco a poco, y no dejar de checarnos por pensar que no tenemos síntomas. (Muchas enfermedades graves son asintomáticas) No hay soluciones “fáciles”, “inmediatas”, “rápidas” a cosas que tardan años en formarse. Cosas tan estúpidas como el bicarbonato de sodio para el cáncer, el aceite de coco para todo y todas esas tonterías “benéficas” que no sustituyen una cura real a muchas cosas. Hay muchas páginas que ganan dinero con nuestros clicks a contenidos cero profesionales, sin sustento, con ideas como: “Mira cómo esta mujer bajó de peso con este licuado” o “Este el remedio milagroso que los médicos no quieren que conozcas”. Por favor paren de mamar.

Sobre los consejos que damos creo que tienen su lado positivo de deseo de solidaridad. No dudo que ciertas recomendaciones sean buenas, pero ¡no resuelven las cosas de raíz! Y mejorar síntomas no significa mejorar la causa de un mal. Cada cuerpo de mujer es distinto, seguro el tofu es bueno para todas si lo acostumbramos, pero eso no significa que una mujer con inicios de cáncer mejore porque lo coma todos los días. O los masajes, resolviendo cuestiones emocionales, que pueden interferir en el proceso de tumores, quistes, o inflamaciones empeorando sus condiciones. A veces decimos cosas como: “haz esto y observa cómo te sientes” y entonces hacemos o dejamos de hacer ciertas cosas, observamos y pensamos que esto o lo otro ha funcionado porque “nos sentimos mejor”. Pero hay un principio que debemos tener en cuenta: correlación no significa causalidad.

Entonces, no siempre, cuestiones como “cómo nos sentimos” pueden referir al verdadero estado de salud interna que tenemos. Puede ser que mi menstruación sea dolorosa, y que este síntoma se junte con otros por padecer gastritis, o colitis, (que no es raro) y estreñimiento. Y  es obvio que comer sano, muchos vegetales, menos carne y más verde, mejorará la digestión, quitándole algo de inflamación y de dolor al asunto. Pero si hay un problema hormonal, o tejidos extraños, puede que no se resuelva con dos meses de ensaladas y los problemas de raíz seguirán en el fondo.

Conocí el ejemplo de una mujer que pensaba que tenía algún mal del hígado o del intestino, se hizo muchos análisis, tomó jugos, no aparecía nada en sus resultados, un año después de todo tipo de terapias emocionales, espirituales, nutricionales, y algunas mejoras de síntomas estomacales, le encontraron cáncer en los ovarios, y falleció al poco tiempo. Sí, resolvió cosas emocionales, pero murió.Gracias a un diagnóstico tardío.

Esto quería decirlo desde hace mucho porque si una está en medio de un tratamiento, o se encuentra en búsqueda de alguno amable (porque no les he contado de la violencia obsTÉTRICA a la que nos enfrentamos) todo este ruido de remedios milagrosos, luego de diez años de lucha y muchos intentos de curarnos, es realmente fatigante. Recomendemos doctores, hábitos alimenticios, pero no vayamos con la idea de curas milagrosas inmediatas, por favor. No existen. Existen charlatanes que ganan dinero con el trabajo que algunos doctores hacen mal.

Bahhh, ya me desahogué, feliz semana!!!

 

Gracias a Z por ser el interlocutor de los días.

 

No era normal que mi menstruación doliera

Y en el camino de descubrirlo me he topado con todas estas cosas.

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La endometriosis es una enfermedad que se diagnostica en promedio, 10 años tarde después de su “aparición” y consiste en que el tejido del endometrio (que crece en la cavidad del útero pa que ahí anide un posible chamaco) comienza a crecer en lugares fuera del útero, ocasionando inflamación, y sobre todo, dolores menstruales muy fuertes. (Entre otras cosas). No todos los dolores menstruales se deben a ella. Ni todas las mujeres con endometriosis los padecen.

A las mujeres se nos enseña (o a mi, y a algunas amigas) que a veces menstruar puede ser doloroso. “Y si te tocó que en tu caso fuera súper doloroso, ay, reina, es hereditario, ya te chingaste”. A mi los ginecólogos me decían que a algunas mujeres “no se sabe por qué” les duele más que a otras. Esto fue así durante muchos años, hasta que una crisis de dolor me hizo tener que ir a urgencias. Y aquí cuento esa historia.

A partir de que hice público el caso me escribieron muchas otras mujeres que pasan por lo mismo. Hoy, a poco más de tres meses de un primer diagnóstico y de haber iniciado un tratamiento, he podido observar que el problema de la endometriosis es mucho más común de lo que se piensa. No está diagnosticado a tiempo. Y en lo personal, me preocupa mucho que haya mujeres que dolorosamente aceptamos que el mundo nos diga que la naturaleza nos ha hecho propensas a sufrir. Lo que he investigado respecto a esto, me dice que ello es falso. Y que hay un enorme hueco de atención sanitaria y educación sexual de y para las mujeres.

El problema se anida en varios ámbitos: desde la cantidad de recursos internacionales, federales o institucionales que se asignan a esta enfermedad y a sus investigaciones. También, la educación sexual que tenemos en la que el tema de la menstruación como muchos otros se vive “dentro de la intimidad” y que parece permeada por una aparente intención de invisibilizar que se sustenta en eso de que lo privado se queda en lo privado. Y en donde todo lo referente a la vagina o el cuerpo femenino (cuando no está supeditado al proceso reproductivo dentro del ámbito familiar) es un tabú. Un tabú en pleno siglo 21. Yep.

Menstruamos con dolor debido a la forma en que en nuestra sociedad asumimos y convivimos con mujeres que padecemos ciclos menstruales dolorosos. “Te tomas estos analgésicos y asunto arreglado”.  La forma cómo se nos ofrece tratarlos: la sangre menstrual no debe notarse. No debemos actuar como si estuviéramos menstruando. No debemos ser “histéricas” ni menos “productivas”. Y si lo somos, somos tildadas de “flojas”, “hipersensibles” “locas”. Si duele, siempre podemos tomar una cantidad X de pastillas y seguir con la vida como si nada estuviese ocurriendo.

Otro problema es el acceso a la información de calidad. Hay mucha mala información, deficiente, entorno a la salud sexual de la mujer. Y esto es un tema delicado porque si bien nuestra situación de descontento y decepción de la ginecología tradicional ha abierto paso a una serie de opciones alternativas que pueden en ciertos casos funcionar, estas no siempre son verdaderas soluciones. Dentro de estas opciones alternas, está la ginecología autogestionada. Sí, estoy de acuerdo con que “ocupemos” y nos relacionemos y nos hagamos responsables de nuestro cuerpo. Pero no en todos los casos, una puede siempre resolver los problemas sola. Ni debe.

Durante un tiempo, una vez que hice pública mi situación con la endometriosis, recibí consejos de otras mujeres que habían padecido cosas similares. (Digo similares porque cada cuerpo de mujer es distinto y ningún proceso patológico, de diagnóstico ni terapeútico puede ni debería ser generalizable). Y estos iban desde la recomendación de ciertas ginecólogas, pasando por mejores hábitos de vida (con cuya adopción concuerdo totalmente) meditación, hierbas, tés, homeopatía, temazcales, psicotrópicos, viajes espirituales, limpias y demás (algunas de las cuales he probado en mi historia, otras nisiquiera consideraría). Con estos siendo honesta, no estoy a favor ni en contra de ninguna y creo que todas las mujeres contamos con formas diversas de acercarnos a nuestra realidad corporal y espiritual, y cada quien decide hasta dónde hacerse o no responsable de sus decisiones terapéuticas.

También, he visto que el hecho de que la medicina tradicional presente tantas irregularidades ha dejado lugar a muchas cosas que no son medicinales, ni terapéuticas, y estos procesos pueden en ciertos casos ser peligrosos cuando se oponen o desestiman diagnósticos clínicos concretos. He visto cómo casos leves de ciertos padecimientos se han agravado por falta de diagnósticos más cercanos al verdadero problema, llegando incluso a la muerte. Yo respeto el camino que todas somos libres de elegir para llegar a la curación, pero no respeto a los charlatanes que se valen de esos huecos en política sanitaria para hacerse del dinero de pacientes que no logran resolver del todo sus problemas. (Cuando hablamos de la endometriosis, todavía no se conoce ningún tratamiento 100% efectivo para curarla del todo). Por eso, aunque sé que hay buenas opciones alternativas, no podría recomendar desatender la necesidad de un diagnóstico claro y conciso. Análisis de sangre, ecografías, ultrasonidos o incluso tomografías que ayuden a saber qué está pasando realmente en nuestros cuerpos.

Quizá lo único que podría recomendar son lugares donde hacen buenos ultrasonidos, y que en una visita al ginecólogo tengamos a la mano tantos estudios sea posible conseguir para tener más elementos. Biometrías hemáticas, químicas sanguíneas, perfiles hormonales y tiroideos, marcadores tumorales, son algunos de los estudios que pueden dar algo de luz sobre la reacción de nuestros cuerpos a una posible endometriosis. Y no podemos interpretarlos nosotras, esto es importante. Otra cosa que podría decir es que busquemos a una o un ginecólogo recomendado, y le expliquemos bien qué sentimos, cómo funciona nuestro ciclo (llevar un registro con calendario y síntomas ayuda muchísimo), y no nos quedemos con una sola opinión.

A mi me pasó que querían operarme lo primero. Busqué otras opciones y me dieron un tratamiento. Un médico convencional suele pensar que con pastillas se resuelve todo y una no tiene que hacer mucho más que tomarlas y seguir sus indicaciones, pero no. Creo que los médicos que más me han funcionado son aquellos que nos asumen responsables de nuestra salud (si nosotras lo deseamos y mostramos interés) y nos involucran en el proceso de curación. La alimentación es SUMAMENTE importante. Hay que dejar ciertas cosas, sí, es bien difícil y yo apenas lo estoy haciendo. Dejar azúcar blanca refinada, harinas refinadas, gluten, grasas animales, carnes rojas, lácteos y alcohol. Y/o cigarro. Ahorita me estoy tomando mi batido de raíces y no sabe super rico, pero, es lo que hay que hacer ahora. Y creo que eso sería lo único que podría aconsejar: estudios a fondo, una buena comunicación con el médico, no quedarse con primeras opiniones y hacernos cargo de la parte que nos toca para mejorar la calidad de vida.

Otro problema que he vivido personalmente es el del trato ginecólogico hacia las pacientes. Muchas veces no recibimos suficiente información y no creo que la responsabilidad sea sólo de las y los ginecólogos. Sé que muchas pacientes prefieren no ver, no tocar, no saber. Y por tanto, las preguntas que pueden elaborarse son deficientes o simplemente están situadas en la ignorancia del propio cuerpo.

Una ginecóloga me decía, mientras me realizaba una prueba de VPH y yo veía mi cérvix en una pantalla, que muchas mujeres se sentían incómodas de ver sus vaginas por dentro. Y que no sabían qué era una vulva, un cérvix, o un clítoris. No todas sabemos aún del ciclo menstrual con precisión. (Un tema extenso e inacabable) Y cuando una ginecóloga no explica ciertas cosas la poca o nula información nos parece suficiente porque confiamos en ella “ella es la médico, yo no”.

En mi caso, los ginecólogos se tardaron 15 años de un ciclo menstrual doloroso y problemático sólo en sugerir endometriosis. Cuando yo les decía: “me duele demasiado, debo tomar analgésicos si no no puedo levantarme, me decían que era hereditario y que era normal”. Yo pensaba siempre en el fondo de mi que tenía que haber algún problema si mi ciclo menstrual me incapacitaba prácticamente para estudiar, trabajar o estar bien dos semanas de cada mes. Pasé la mitad de mis años menstruantes, padeciendo. Ese era el horizonte que me presentaba la indiferencia de los médicos.

Por supuesto que llegó el día en el que me rendí y dejé de darle importancia a los ultrasonidos tiredque siempre presentaban buenas imágenes y a las pruebas que me decían que no tenía ninguna enfermedad de transmisión sexual. El dolor no indicaba que hubiera ningún problema. Hasta que empezó a ser tanto que me provocaba ansiedad, mal humor, miedo, llanto, y a veces no me dejaba caminar, concentrarme (debido a la ingesta alta de analgésicos que ocasionan sueño) ni nada más. Parece que los doctores, hasta que no nos ven en el piso, llorando, con media vida desecha, no sospechan que pueda ser endometriosis o algún otro trastorno hormonal.

Lo cual me lleva a pensar, que, para la sociedad, el dolor menstrual femenino es algo perfectamente soportable que hemos asumido como normal. Para el cual, es necesario solamente ingerir algunas pastillas que nos deben devolver la condición que nos permite ser productivas para los otros. Para la sociedad, y para nosotras que lo creemos. Admito haber creído ciegamente que a mi me tocó vivir así. Y haber pensado que porque una vivió una cosa yo tenía que vivirla igual. Y ¡no! gran descubrimiento: cada cuerpo es diferente. Es otro universo, con otra historia, otros hábitos, otras emociones, otros químicos volándole alrededor.

La endometriosis tiene una serie de hipótesis sobre sus causas larga de exponer. No hay todavía consenso sobre cuál sea su raíz. Algunas dicen que la ingesta de carne roja, principalmente la producida con hormonas está relacionada con su aparición y desarrollo. Otros dicen que la deficiencia de vitaminas deja nuestro organismo desprovisto de suficientes herramientas inmunológicas para defenderse de los crecimientos extraños del endometrio. (MILLS, D., “The Nutritional Status of the Endometriosis Patient”. Obs/Gynae. Pain News Oct. APIS, 1992.) Y otros dicen que las dioxinas, químicos presentes en la atmósfera o en depósitos de agua dulce producto de la combustión de cloros (resultados de procesos industriales) inducen a esta enfermedad.

La endometriosis es una enfermedad inmunológica endrócrina. Afecta a esos dos sistemas. Yo no soy médico. No tengo conocimiento científico que avale lo que pueda decir más allá de lo que he leído en los artículos de las fuentes más respetables que he podido encontrar. Pero creo que debemos estar muy atentas e informarnos sobre los métodos de tratamiento que se nos aplican. Las hormonas no cambian el sistema endócrino, lo hacen dependiente de ellas. Esta enfermedad se trata de dos maneras posibles: con hormonas, o con cirugía. Las hormonas no cambian el sistema endócrino, lo hacen dependiente de ellas. Yo no estoy feliz con el tema quirúrgico cuando el médico me dice que no saben por qué tengo lo que tengo. Y no hay garantía de que la cirugía funcione. No es un lindo camino terapético, en mi caso, las hormonas me hicieron sentir muy extraña (casi no he tomado medicaciones en mi vida). Y el estrés del diagnóstico, más la violencia obstétrica me amargaron un poco un rato. Pero algo que me ha hecho sentir mejor, además del apoyo y comprensión de quienes me rodean es sentir, conforme voy avanzando, que puedo hacerme cargo de ciertas cosas como mi alimentación. Reducir el estrés. Estas son cosas que están en mis manos. Además de seguir buscando.

Y aunque me alargué mucho, creo que el punto de este post es que nos urge elevar la cantidad de conversaciones respecto de estos temas. Abrir los ojos, mostrar las posibilidades, para que un día en el futuro, las niñas que menstrúen con dolor, no sean recibidas con oídos cerrados y puntos ciegos en el sistema que se va a encargar de brindarles atención.

No tiene sentido mirar atrás, pero si pudiera, en mi caso, habría cuidado mucho más mi alimentación, me habría hecho estudios más a fondo, habría buscado más doctores capacitados, clínicas, artículos, organizaciones. Habría desestimado a los pseudo terapeutas que me culpabilizaron por crear con mis emociones este padecimiento. Y encontrado más elementos para decidir más a tiempo, amorosamente, qué hacer conmigo.

No estamos solas 😉

 

El jardín de té morisco de Crevillente

                                                                                                                                               Si la mar fuera de leche                                                                                                                                                  yo me haría pescador                                                                                                                                                      pescaría mis dolores                                                                                                                                                       con palabritas de amor.                                                                                                                                             La Serena, canción sefaradí

Hay entre una columna y otra, una puerta que lleva a un país hecho de guerras, esclavos, acuerdos mercantiles. Arena, lino, aceite y lapislázuli. Dentro de sus refugios en los muros se encuentran dulces retratos de una India distribuida por un monopolio inglés. Las camas están cubiertas de algodones claros con hojas secas dentro. Y algo que como un eco ocurre en todas direcciones, encima de mesitas y sonidos de cucharas que titilan adentro de una taza.

Y en la vida real, como raíz de ese sueño, están los sitios escondidos del bullicio y la sequía del mundo urbano.

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Yo pensaba que se habían extinto, y que las cuevas alfombradas y el sonido de laúdes saliendo de rincones eran cosa del pasado, como todo aquello que uno idealiza, como yo al viajar a Europa y buscar en pequeñas ciudades otrora musulmanas recuerdos de una vida que nunca conocí. Por muchos años, la ruta de la Seda ha sido uno de los temas que me apasionan. Aunque no es un tema. Es un lugar dentro de mi cabeza al que me gusta ir cuando tengo insomnio y estoy en casa, y quizá llueve y puedo asomarme a mis libros escuchando a Amina Alaoui y bebiendo té. El té es un hilo conductor de muchas cosas en el mundo. Como un hechizo que se nos fue metiendo en la boca y nos humedeció la vista. El té viajó desde China, junto con piedras preciosas, mercancías, especias, religiones y mundos y recorrió muchas rutas entre China y otros universos. Sedujo a reyes y reinas. Y a magos y a brujas. Y un día se metió en medio de mis ojos y me dictó el inicio de una novela interminable.

Entorno a miles de tazas de porcelana se han urdido planes de todo tipo. En Inglaterra, en Alemania, sirvió de pretexto para crear salones donde mujeres ambiciosas mezclaron todo tipo de hombres, y entonces nacieron corrientes filosóficas, políticas, económicas y amorosas. Yo he soñado con esos sitios de conspiración sutil. Como si fueran nodos en los que el mundo va tejiendo con diálogo su porvenir. ¿Y si necesitáramos más espacios para ser, tranquilos, en una meditación compartida, silenciosa, silenciosa, silenciosa?

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Un día de verano, luego de una hora de viaje en automóvil por carreteras secas y señalizaciones en árabe, llegamos a un jardín con saloncitos de té dentro.

Para llegar al centro se avanza un largo rato por corredores llenos de enredaderas. Se entra en una puerta grande de hierro forjado con motivos tamazigh, y un hombre vestido de blanco cierra detrás de ti, la puerta.

Desde ese momento estás encerrado, y te ves obligado a pagar una cuota, bebas o no, té, sólo por haber pisado ese lugar.

Y entonces viajas un poquito a otro tiempo. Te sientas en una alfombra, pides un té caliente. Escuchas a los pájaros y las abejas revolotearte encima. Te acaloras.

Y anochece, y la casa y sus interiores te miran con sus muros llenos de alfombras y lámparas de aceite, candeleros, perfumeras sefaradíes y jarrones. Las lámparas son el plato mayor. Tus ojos las devoran enteras, conforme se va acercando la noche y la mujer que las enciende les va dejando una gotita de fuego en la punta del hilo de la vela.

Hablas de muchas cosas. Tu mirada pierde su rumbo entre los árboles, y piensas que el hombre bereber que ahora posee este jardín al norte de África, escondido del mundo occidental, antes fue un nómada. Pero un nómada perdido, solitario. Sin caravana. Y cuando te sirve el té por segunda vez buscas en sus ojos azules un indicio de tu propia existencia como errante.

Al otro día estás en otra parte.

Pero tus labios huelen a perfume.

La desnudez en aguas cristalinas

Era el tercer día de estancia en el camping de las Islas Cíes, unas islas a unos cuantos kilómetros de Vigo, en el norte de España. Los dos primeros días pasaron entre cansancio y unas náuseas que nos trajeron sospechas y sopores.  El aire era muy fresco, turquesa como el agua. Mi cuerpo, pesado.

Al llegar a las Cíes uno ve primero, desde el barco de Mar de Ons, un par de planicies verde oscuro a lo lejos. El agua es azul, muy azul. No es azul como el agua profunda de México en el Pacífico, que desde México huele y sabe a montaña cálida. Es azul frío, Atlántico, ultramar, gálico, neblinoso. Y está lleno de gaviotas blancas y gordas que gritan todo el tiempo.

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En este punto del viaje, en cuanto bajé del barco a las arenas blancas de la isla dejé un poco atrás el tema de las brujas. Sobre todo porque mi cuerpo se sentía grueso, muy denso y cansado como para sostener mis propias fantasías. Cada día puntualmente, mis náuseas llegaban a eso de las 12 del día y no se iban sino hasta las 5 de la tarde. El paisaje era un paraíso gélido, casi intocable por los turistas, en el que solamente los valientes terminaban por adentrarse al menos unos minutos.

El agua del mar estaba tan fría que la playa, brillante y caliente, permanecía abarrotada todo el día, sin dejar que la figura de los bañistas manchara el azul claro de la costa. Estaba helada. Y cómo dolía en los huesos y en los músculos.

Z, un nadador, buzo, pez nato, me llamó varias veces desde las aguas no profundas. Y yo lo intenté, pero no podía. Ponía mis pies tibios en el borde y los apenas dos centímetros del agua me herían hasta las ingles. Podía sentir cómo subía un témpano por mis venas. Me dolía estar, la cabeza, las náuseas, la fatiga del padecimiento en el vientre, constante, determinante de todo.

Una noche vimos las estrellas, muy a mi pesar porque quería solamente dormir y acurrucarme. Las caminatas durante el día me dejaban agotada. En ellas podía ver aves distintas, gaviotas criando a sus polluelos en los peñascos altos contra los que las olas chocaban. En el Atlántico los faros blancos eran como un espejismo perfecto atemporal, y en estas islas había uno más allá del bosque que llenaba el centro. Un bosque alto de coníferas con muchos helechos protegiendo el suelo que en pocos metros se volvía de nuevo rocas, con algas amarillas y más gaviotas. Era muy bello, pero mi mente ya no significaba ninguna imagen ni hacía metáforas más allá de “guardar la belleza para después”. De cierta forma me sentía fuera del tiempo y del espacio, sin dejarme emocionar por nada. Excepto por las estrellas que vimos en un paseo astronómico nocturno que hicimos, del que les hablo. Esta está aquí, esta allá. Como marcas en un mapa que ha servido para decirnos a dónde ir en el mar y en la vida. Y las piernas estaban frías por el viento helado de la noche, yo tiritaba y entrecerraba los ojos. Ellas son las estrellas, esta soy yo.

Mi sangre estaba condensada. Pero el tercer día fue distinto. Nos quedamos toda la mañana en una playa nudista. No tengo reparos en la desnudez, casi nunca. Me gustó el sol ardiente de verano estando tan alto alto arriba del Ecuador. Dormité un rato. Z nadaba, yo lo veía desde la arena. De pronto decidí que iba a intentar meterme. No sé nadar, nunca aprendí. Le temo al mar que se ha llevado amigos, y que me causa esa sensación de tormenta en los pulmones cuando pienso en su tamaño.

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Me tomó mucho rato meterme por completo. dolor, frío, escalofríos, espasmos, respiración acelerada, ganas de huir. El agua no dejaba de estar fría, en ningún momento y el mar enorme se acercaba helando las corrientes que algunas rocas y la baja profundidad podían entibiar. Estaba un poco harta de sentirme mal todo el tiempo. De estar feliz por dentro pero sentir un hastío interno nauseabundo. Creo que era como si la vida y sus sorpresas hubiera sido mi cena anterior y me hubiese dejado indigesta con demasiado por asimilar demasiado pronto. La endometriosis, la prisa irrelevante, las voces de juicio sobre el cuerpo de las mujeres. Nunca había sentido que algo fuera más allá de mi cuerpo, (la depresión que padecí hace muchos años fue dura, pero mi cuerpo siempre me había sostenido). Sentir por vez primera que mi malestar era físico me asustó mucho. Este es mi límite: mi piel, mis huesos. Sólo adentro de esta carne tengo vida. Pensé en la gente enferma, las cosas crónicas. En lo difícil que es cada día para quienes tienen cosas peores que la mía.

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Después de todo era sólo agua helada, velocidad. Y algunas cosas más.

Pero de repente ya estaba adentro, de hecho ya no sentía tanto frío. Debían haber pasado unos 20 minutos desde que había metido todo el cuerpo hasta el cuello. No había nadie más en el agua y empecé a moverme un poco para calentarme. Pude flotar un buen rato sintiendo cómo mis pulmones querían gritar por la presión veloz del espasmo. Sentí tantas cosas intensas al mismo tiempo que pensé que hasta entonces había aterrizado en España. Lo de antes era un preámbulo a muchas cosas. Todavía no había aceptado que viniera lo que viniera la vida llega al cuerpo como una chispa incontrolable y se reproduce, y continúa y continúa en un movimiento casi perpetuo.

Aceptar las cosas es importante. Es quizá imprescindible, para avanzar. Los paisajes paradisíacos me parecían eternos y al tiempo efímeros, con los días contados: los arrecifes tienen ya, una fecha de caducidad. Como muchas especies y ecosistemas. La felicidad que navega encima de las cosas que consumimos también se acaba. No lo miramos. Vivimos una catástrofe que se niega a aceptar su condición colectiva. Y sin embargo la belleza persiste, y cobra nuevas formas ante nuestros ojos.

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Tomamos el barco de regreso una mañana soleada. Recuerdo un beso en el muelle. Las almejas abrazadas a los barrotes sumergidos en el mar. La palabra “cristalino” en mi cabeza, saberme en la “tierra” luego del susto del vuelo largo. El equipaje con menos víveres, muchas fotografías en mi cabeza. Una casa de campaña donde el amor no cabía de tan grande. A la vuelta, en el barco tomamos el sol en la cubierta. Yo pensé en la novela, y en lo difícil que es escribir en el vaivén de las olas, que aunque era incómodo, tuve que escribir cosas así, en las cubiertas vacías nocturnas solitarias y las llenas de esperanza matutinas.

Desde ese día en la superficie helada empecé a pensar que una vez abrazada a mi propio cuerpo ya todo sería mucho más sencillo, a pesar de todo. Además me acompañaba Z, en cada momento. Nos esperaba entonces otro largo viaje, a una orografía distinta, menos marítima pero líquida todavía, en otro campamento en la ribera del río Sil. De nuevo había que tomar el coche, el equipaje, las fantasías, los mitos. Y los ojos agudos listos para verlas.

Otoño. El tejido, el órgano y el día

Todavía falta para que llegue el otoño. Pero algo en las células me dice que está cerca. Lo veo en la luz del sol que se vuelve más tenue y amarilla. Las calles adquieren una tesitura diferente. Mi cuerpo baila, siempre en otoño.

En casa los frutos de la primavera fueron cosechados a su tiempo, y quedan las flores de las lechugas, de las hierbas que se reproducen. Me gusta verlas diminutas.

Las recojo con cuidado. Las huelo. Las pongo todas juntas en la mesita que tiene las cosas bellas, más pequeñas. Las plantas. Me ha dado por reproducir brotes y esquejes. siento el instinto de reproducirles, y verlos crecer, y llenarme la casa de plantas que ya no sé dónde poner.

El otoño siempre me trae cosas brillantes. Muchos ratos y caminatas solitarias, mucha música nueva. Y la danza, que regresa cada vez con mas historias adentro, y más fuerza. Ahora bailo con más certeza de lo femenino que me habita. siento más algunos de mis órganos. Toco el cambio de los músculos y la postura.

Descubro nuevas propiedades de nuevas plantas. Mi mundo es un invernadero cálido. El día es rascar la tierra, meter ramas, cortarles, mirarlas. Sobre la mesa un ramo de flores blancas diminutas me mira escribir. Y una araña se sube a mi computadora.

La ciudad entonces es una jungla un poco menos agreste. Porque el año me deja construir espacios habitables. Huecos en el ruido. Atiendo a las minucias y las letras. Ser mujer se siente bien. Estar en esta piel, cerca del otoño.

Atravesar España hacia las brujas

Una nube gris sobre un cielo blanco, escurriéndose cerca sobre un campo amarillo. Yo estoy de copiloto. Miro por la ventana frontal del automóvil y me pregunto ¿cuánto falta? Y pienso que algunas veces nunca acabamos a llegar a ningún lado. Es la carretera de Salamanca a Vigo, una ruta de transición entre la aridez y el calor sofocante de la llanura y el bosque cerrado y tupido de Galicia, donde la lluvia es constante y las montañas se ven verdes y misteriosas.

Estábamos iniciando un viaje de 416 kilómetros hacia el norte, y  Z no lo sabía, pero yo iba a ver a las brujas.

Salimos de Salamanca por la mañana, no sé qué día era. Hacía calor. El clima empezó a cambiar en cuanto encontramos pueblecitos que la carretera iba atravesando. Árboles más altos cada vez, y caminos más sinuosos y montañas altas que en invierno se llenan de nieve y se vuelven muy peligrosas. Pudimos apreciar el paisaje boscoso con el silencio grato y algunas piezas aceptables de la radio española que el auto alcanzó a cachar. Había que descubrir entre mapas y celulares la ruta exacta para ir sin peaje hasta Vigo en Galicia. El viaje iba a tomarnos más o menos dos días con una noche de descanso en la ciudad de Salamanca. De ahí partimos a Orense, una ciudad escondida entre altas montañas que atraviesa el río Miño, y recogimos a dos chicas que iban hacia Vigo. Ellas, al igual que cerca de diez personas compartieron el auto esos cientos de kilómetros con nosotros, haciéndonos ahorrar en gasolina y dándonos datos de cómo llegar a nuestros destinos, que eran muchos.

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Los edificios tenían sombreros camuflados

Hablé con las chicas desde que entramos a Orense por una de sus carreteras. Quedé con ambas, por separado, de recogerlas en un lugar donde había vidrieras. Hacía muchísimo calor cuando salí del auto, y las saludé de lejos. No era el clima neblinoso que imaginaba como hogar de brujas. Las dos tenían el pelo largo como yo, y llevaban un anillo grande en la mano derecha. Ya en el viaje, nos vi en el retrovisor, a mi sentada delante y a ellas detrás. Sentí que estaban diciéndome cosas que tenía que escuchar. Mientras Z ponía atención, yo me quedaba pensando en qué querían decirme. Había mensajes secretos escondidos en sus recomendaciones turísticas. O eso pensaba. Tenía que haber algún mensaje escondido en el misterio femenino de Galicia.

He leído demasiada fantasía y mitologías, quizá.

Siempre soñé con mujeres de pelo largo y vestidos largos, solitarias, que venían de bosques lejanos. sus pasados celtas les habían legado poderes mágicos. (Como todas hoy, aunque hoy vivimos escondidas y resguardando la identidad) Llené mi cabeza de ese tipo de alegorías toda mi vida. Eran ermitañas, misteriosas, brujas, estaban llenas de secretos. Lo celta me había atraído desde niña. Y ahora estaba ahí en esos bosques, rodeada de esas mujeres que habían crecido con el sonido de puertos mágicos sonando las 24 horas en sus cabezas.Era pronto para decepcionarme por no encontrar rasgos misteriosos en las mujeres de Orense. Pero hasta entonces todas las mujeres me sonaban igual que yo, de ciudad, del 2016, con tenis.

Pero todas tenemos vidas secretas.

No todo lo que decimos y hacemos es lo que tenemos dentro, ni todo lo que somos. Estamos llenas de puertas que no han sido abiertas.

O eso me gusta pensar.

Cuando las chicas gallegas se bajaron del coche en Vigo, yo traté de guardar en mi memoria sus indicaciones. Estaban dichas en código. Según yo.

Deben haber sido las dos o tres de la tarde cuando nos bajamos del auto, yo con todas las piernas sudadas y sin mis lentes, que había cambiado por la urgencia de tener que ponerme gafas de sol (de las baratas que no tienen aumento).

Así que me perdí los primeros detalles de la arquitectura y de las calles y las personas. Buscamos, muertos de hambre, un restaurante para comer lo que fuera. Y al hallarlo, la señora que nos atendió hablaba muy distinto al resto de los españoles que yo había conocido.Z incluso tuvo que poner más atención para entender el menú. “Es otro mundo”, me dijo, y yo entendí. Ahí también había brechas culturales, muchos hablaban gallego, y su pronunciación del español era más apretada que la del resto de españoles que conocí. Comimos un pescado que me costó desmenuzar, y que cuando me llené de espinas los dedos y la boca, la mesera vino a abrir virtuosamente con dos movimientos el cuerpo del pescadito, para dejar aparte toda la carne.

Mañas de gente del mar, pensé. ¿Qué otras mañas tendrán escondidas? pensé con ojos de sospecha.

Luego fuimos a la casa donde nos hospedamos. Una construcción de los años veinte, no muy lejos del puerto. Mientras en el exterior la temperatura alcanzaba los 35 grados o más, por dentro la casa era fresca. Las paredes eran muy gruesas, de piedra y un viento frío se sentía en la cara al cruzar la puerta. Yo tenía dolor de cabeza por el calor, las hormonas, la vida. Años veinte. Construcciones antiguas. Fotos familiares en las paredes muestran muchas mujeres formadas afuera de esa misma casa. ¿Quiénes eran?

Por la ventana de la cocina se veía un barrio sencillo, de casitas pequeñas. Varias familias convivían entorno a unas carreolas, y los niños jugaban con sus juguetes no digitales, bajo la luz amarilla de la tarde. Parecía una postal, nostálgica, valiosa. Afuera, conforme los salarios de sus padres van aumentando, los niños juegan con tablets o celulares y no se escuchan tantas risas en la calle. En los parques son los migrantes, morenos, altos, los que juegan basquetbol mientras oscurece.

Vigo se sentía como una cueva de piedra llena de musgo del mar, abierta y resoplante. Caminamos durante el resto del día, descansamos en la hora más fuerte del sol, sábanas frescas, piernas desnudas, y al atardecer salimos a cenar. No vi ninguna bruja hasta ese momento. Pero probé el pulpo a la gallega en un restaurante chiquito, y luego la “tarta de Santiago” que es una tartita de almendras con azúcar glass encima haciendo sombra al símbolo de Santiago.

En ese café había una mujer sentada sola en una de las mesas del pequeño local, tenía el pelo largo, como yo. Pensé que podríamos reconocernos. Estaba bebiendo vino blanco, y de repente llegó un hombre mayor a verla. Imaginé muchas cosas mientras Z terminaba con el pulpo y yo lidiaba con las burbujas del espumoso que me estaba tomando. El local pequeño era lo mejor del lugar, hasta entonces, no parecía tan turístico, (todo el tiempo estuve refunfuñando por la condición de “turistas” en el mundo. No me gustaba verlos, ni verme así. En realidad, quería silencio, como en todos los viajes, silencio, pausas, y escritura. Los sitios escondidos me hacían muy feliz. Lejos de las tiendas Inditex, del indicio de la UE en cada comercio. Idealizo demasiado las cosas. Tenía en mi mente esta canción todo el tiempo durante la estancia en el norte. La escuché al pasar por Portugal en el avión y me puse los lentes de los 18 años, cuando bailaba y escuchaba Madredeus todo el tiempo, con nostalgia por cosas que no habían sucedido.

La mujer del café me parecía triste. Yo pensaba en los ríos de sentimientos colectivos que nos toman a veces. ¿Y si las mujeres…? tuviéramos todas, una cosa en común, una historia en común que quizá no hemos vivido, pero reconocemos en las otras, un programa interno, una fotografía que se repite, no una maldición, sólo unos genes que nos hacen ser, hacer cosas.  Sentí una tristeza profunda. Una melancolía compleja, mezcla de dicha, fuerza, paz, ternura. Como cuando luego de emitir un juicio sobre alguien te enteras de sus circunstancias, y la visión global de las cosas te hace retroceder sobre los juicios y te das cuenta de que lo que sientes por esa persona es ternura, o compasión, incluso por una misma. Eso sentí con las mujeres, mirando a aquella en el café pequeño, jugando con las servilletas. Las dos sabemos de cierta forma, las misas cosas.

Por la noche, a media noche, volvimos a la casa de los años veinte.

Era demasiado poco tiempo para encontrarlas. 48 horas. Me esperaban las Islas Cíes, a una hora en ferri el día siguiente. Mis piernas cansadas y mi vientre nos fuimos a dormir en un abrazo. Por la mañana en el desayuno escribí algo sobre la melancolía. Las brujas ya no están vigilando desde sus cuevas, nada. Ya no son perseguidas por los mismos. Los cazadores ni siquiera creen en ellas.

Están en otra parte.

Tomamos el barco hacia las Islas Cíes, a las 11:30 de la mañana. El agua hacía ruidos estruendosos, el sol quemaba, el viento estaba helado, helado de mar.

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La identidad, pero más nítida. España II

Para llegar a las Islas Cíes en auto, tuvimos que parar antes en varias ciudades de España.

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Plaza Mayor de Salamanca

Ya en el viaje de camino al norte, viví Salamanca como la segunda ciudad que conocía de la Madre patria. Veloz y un escalón de muchos.

La verdad antes vi rápidamente Madrid. Y Alicante. Madrid, por ejemplo ocurrió como un bebé prematuro: me dejaron pasar sin problemas de migración luego de semanas de nerviosismo y sospecha de ser deportada. Pero nada: sello, pase usted: ahí estaba yo, ¿ya? No estaba lista, joder, ¿para qué tanto lío en mi cabeza? Entonces avanzamos por Barajas, un aeropuerto amarillo que parece una amable representación de lo que podría ser el futuro en la mente de un arquitecto feliz supongo que español. ¿O es de otro país? Sacamos del riel de equipaje nuestras maletas y fuimos hacia el trenecito que, sin conductor, te lleva a otros lugares extraños del aeropuerto. Como otras terminales, o la estación de metro Renfe, para la que compramos un boleto, y subimos camino al Mediterráneo.  Ese metro no hacía ruido. No estábamos todos amontonados.  Había mucha gente blanca. Yo soy morena.

Z siempre me había señalado lo peculiar que era para él el conjunto de rasgos de mi cara, no sé por qué. El “Eres muy mexicana”, no lo había escuchado sino hasta ahora, y con una agradable sorpresa, antes, otros novios mexicanos me habían dicho que les gustaba por ser precisamente “no muy mexicana”. Pero ahora lo entendía. Ahí en Europa yo era diferente. Me miraban en el metro y en la calle. Creo que me gustó saber que tengo rasgos todavía reconocibles como de una etnia o pueblo, yo tengo una mezcla nahua, con algo de sangre negra, algo de medio oriente y salpicones europeos mínimos cuyo rastro se ha perdido. Pero predomina en mí lo nahua, y alguna vez las mezclas nos harán esos rasgos menos distinguibles. Por ahora me reconforta sentirme parte de un fenotipo, aunque esto vaya en contra de lo que pensaba era mi postura ante la identidad: “No hay fronteras, todos somos uno mismo”, pero no, durante todo el viaje mi identidad se hizo más nítida. Cada vez que le contaba a alguien algo de mi país me sentía responsable de algo. Y aunque no me gustara aceptarlo, me sentía orgullosa, mucho, de ser mexicana y haber tenido unos padres que me conectaran con mis raíces. La vida sería aburrida si no tuviéramos contradicciones, yo me hallé una grande, y no he querido exprimirla. Quiero dejarla así un rato. -Amar una cosa no significa no amar el resto, me repito. Y yo reconozco que aunque suene cursi, amo mucho mi país, o mis raíces, o mi cultura, o no sé, todo eso de lo que estoy llena.

De Renfe fuimos a Ave, otros trenes que nos llevarían a Valencia. Estación Atocha, ”Estoy pisando un lugar que alguna vez estuvo cubierto de sangre”, pensaba. En pocos momentos, quizá un par de horas, habiendo pasado por campos bastante secos y cultivos monotema de olivos, parras y girasoles, llegamos a Alicante.

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Extrañamente, ese día estaba nublado, y vi trozos de una ciudad de playa desde la ventanilla del automóvil. Se siente como un hogar, pensaba mientras oía a mi familia política, hablan veloz, tienen un acento cálido, dicen muchas cosas con gestos, con sonrisas, me comunico. Y miro la ciudad desde el asiento. Fresca y con el mar enfrente, pegado a las calles. Azul oscuro.

Yo me di cuenta de que aterrizamos tarde en los sitios a los que queremos ir con el corazón despierto.

Varios días después, cuando nos preparábamos para el viaje en auto aterricé en serio. Estaba en un supermercado donde no conocía casi ninguna marca. La alimentación española es bastante distinta a la mía, aunque en casa tenemos un híbrido en donde ambas conviven la mayoría de las veces pacíficamente. Primer elemento de shock: el desayuno. Segundo: el picante. Tercero: no tienen tortillas. Soy muy naive.

El desayuno en Europa es mayormente dulce. Un café, un algo de trigo con azúcar y “ála”, a la vida exterior. Esto genera en mí una hembra chauvinista que al menos hasta que consigue algo salado y si Dios es grande “picante”, refunfuña las ventajas del desayuno tradicional mexicano, el cual, aceptémoslo es muy diverso: puede ir desde el chocolate con conchas, pasando por los huevos, llegando hasta algo extremadamente caliente como un caldo (qué sexual me suena todo). Chilaquiles…, chilaquiles, no, en el Mercadona no hay chilaquiles. Hay en cambio, zonas destinadas a ese sagrado momento matutino y claro, todo es dulce, y yo amo las cosas dulces pero no cuando se interponen entre mis chilaquiles y yo.

No sólo no conocía las marcas, estaba ahí todo eso que mi compañero añoraba en su vida en México. Ahí la brecha se hizo manifiesta, (otra vez) y con ello las implicaciones de la distancia geográfica. Venir de mundos distintos a veces nos hace construir una burbuja en común en donde las fronteras son cada vez más delgadas y en las brechas construimos puentes todo el tiempo. Pero eso es otro tema.

En Madrid, ciudad grande como la Ciudad de México (no, esperen, estas comparaciones no se pueden hacer así de fácil), no me miraban tanto como en Alicante. En Alicante las señoras del supermercado me miraban con mucho recelo, yo divertida por sus caras que no sabía si eran de miedo o de racismo (que es lo mismo) les devolvía la mirada y paseaba mi piel bronceada por los pasillos. Creo que incluso me contoneaba más para fastidiarlas. Después mi suegra me contó la razón del odio que percibía. Cuenta la leyenda alicantina que en las pasadas décadas, hordas de mujeres latinas llegaron a España, y en consecuencia a Alicante y se robaron a los maridos de las españolas. Desde entonces, nada fue igual.

Una cosa que tengo que contar, es que en las partes de Europa que vi se piensa que los latinos somos muy fogosos. No sé si lo somos. Quizá sí. Es cierto que en las calles, al menos de las ciudades que visité la gente no se besa, acaricia y fajonea tanto como en los parques, al menos de la Ciudad de México, donde cada domingo o tarde puede apreciarse el cariño humano en su casi máximo esplendor en las bancas de los parques y las jardineras. Allá no es tan común. Dicen. Aunque la expresión pública de cariño sí aumenta conforme las ciudades son más grandes.

Esa fantasía de que mis compañeras latinoamericanas hubieran robado maridos españoles se me quedó muy grabada en la mente, y sentí un poco de culpa solidaria con las esposas abandonadas. Oigan, espero que entiendan que esto es medio broma, casi que totalmente broma, porque luego piensan que todo es literal, y no.

Yo y mi sospechosismo

Cuando las cosas van bien en la vida me sale la Isa que sospecha de los locus amoenus. Los Locus amoenus son esos espacios míticos que aparecían en la literatura, y que revelaban una especie de trampa narrativa: ahí se forjó la duda, se probó la agudeza de los héroes, y la fragilidad de los débiles. O eso aprendí, bien o mal, en lo poco que fui a la facultad de letras. La mentira se cultiva en los paraísos, siempre ahí, algo sale mal. En mi vida llena de tropiezos y sinsabores, los lugares bellos me causan sospecha. No me fío. No me fío ni de los elogios, ni de las críticas, no me fío de nada. En España, las calles, muchas, son perfectas.

Las ciudades parecen hechas para caminar, no sé si por una cuestión de diseño urbano, o porque sus poblaciones no masivas les permiten respirar, pero la gente camina, y hace de ello un hábito que mezcla con las mejores prendas de su armario, con sus mascotas, con sus hijos y en cualquier medio de transporte motorizado o no motorizado. Me gustaba mucho ver por la mañana a las señoras  mayores yendo a comprar las barras de pan para el desayuno de 1 euro con vestidos veraniegos y zapatos plateados. Lentes oscuros y labios pintados. Caminaban varias cuadras, en las banquetas sin roturas ni baches, esperando tranquilas a que en las esquinas los automóviles les dieran el paso con toda naturalidad.

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Wait. Esto debe tener gato encerrado. En este lugar respetan mi derecho a caminar. Hay rutas de bicis perfectamente trazadas. Semáforos donde aprietas un botón y se ponen en amarillo-rojo más rápido. ¿Esto es real? Siento que en México en este tema estamos en la prehistoria. Mientras en ciertas ciudades europeas el coche se ve como una carga prescindible, en México sigue siendo un símbolo de status y un elemento casi imprescindible en el imaginario de la gente común. Y no, las rutas de bicis en las que anduvimos en Alicante no tenían más de veinte años de construidas, pero la gente ya las había asimilado como algo que había que respetar. El carril bici. Sí, porque hay gente que disfruta ejercitarse. Porque es un derecho. Punto, no hay más. A pesar de todo, de lo que la velocidad de ciertos países europeos hacen con los recursos de otras naciones, explotándoles, tuve que reconocer que la cultura vial es ejemplar.

Eso fue el inicio de la estancia, sospecha ante la belleza, una ingenua manera de estar en lo extranjero añorando mi comida, y una preparación para recorrer los poco más de 3 mil kilómetros que recorrimos en auto, atravesando España, hacia unas islas a lo lejos de aguas heladas y turquesas.

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Europa y la sinrazón

Tenía mucho miedo en los meses previos al viaje. Una sensación como de extrañeza constante, parecida a la que se tiene al despertar de una siesta a mitad de la tarde que nos deja aturdidos sin saber qué día, qué ser, para qué estamos.

Todos mis amigos supieron de la angustia. Cruzar una frontera. Cumplir un sueño suele ser aterrador a veces. Se llega a un punto desde donde habrá que reescribir las ilusiones y los horizontes, ese sueño, no siempre desea ser cumplido, deja de ser, si es así, lo que lo constituye, la esperanza y las nubes en las que flota, desaparecen: la realidad le quita su naturaleza. Nos queda un vacío. También aterra la posibilidad de desilusionarnos.

Yo lo sabía. Cruzar el Atlántico ya no era lo mismo hoy, que hace diez años cuando soñaba con saltar y largarme a donde fuera, y el sólo hecho de pisar calles viejas podía ser todo para mi.  Ahora tenía en la cabeza el eco de las tiras de noticias matutinas retumbando con sus políticas migratorias, sus acuerdos comerciales, Brexit, terrorismos, recursos, petróleo, desahucios. La idealización del exterior, cuando una ha crecido casi solamente en su país, es muy grande, y la magnitud del deseo de escapar hace que la conciencia de esa idealización también lo sea.

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Así que no sé si fueron las cantidades mágicas de analgésicos, o el desencanto de los viejos sueños que me pesa en los párpados lo que me mantuvieron expectante y seria. Tampoco me gustan los aviones, la verdad, les tengo mucho terror. Nueve horas de viaje sin poder dormir me dejaron en una tensión que me ayudó a desconectarme al pasar por migración. Había leído que a los mexicanos, latinos, morenos, podían pedirnos muchas justificaciones de viaje, y las tenía casi todas. Pero no podía dejarme disfrutar del proceso pre-travesía, no sé por qué.  Ni siquiera me dijeron hola, yo imaginaba que me preguntarían todo y que vendrían unos policías a meterme a una sala de detenciones para devolverme a mi país. qué les puedo decir. Llegué como un zombie que veía incrédulo Portugal por la ventana del avión.

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De pronto, todo lo que había imaginado era falso. La nave en que viajaba no se derrumbó. No flotamos en el mar helado, no morí. No me enviaron de vuelta a mi país. Estaba aquí, enamorada, libre de andar, cerca de amigos, y todavía me costaba sonreír.

Llevaba en nuestra carpeta de rutas el dibujo que hice hace dos años, al mudarme a un estudio que siempre sentí incompleto. “Mein traum war es zu reisen”. ¿Por qué metes eso aquí? dijo Z, y yo le conté que lo había puesto a la vista en una antigua casa, para recordarme dónde estaban mis sueños y mi esencia. Ahora estaba encima de la nube que siempre había soñado, pero algo estaba extrañamente hueco.

Llegamos a España un día después de que el conteo de las últimas elecciones mostrara el impasse en que me parece se encuentran todas las izquierdas con representación en cámaras, sin posibilidad de que se formara gobierno, el congreso español seguiría siendo la gelatina débil a insípida que había venido siendo los últimos meses. Mi nueva familia estaba en shock, Podemos no va bien. Y a mi me preocupa el espejo con México. Así dormimos la primera noche, luego de ver los fuegos artificiales de San Juan en una playa y un gazpacho veraniego, con un poco de shock, insomnio, y mucho calor.

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Hace un buen tiempo que entendí algo de mi que ha sido básico para soportarme. Si no escribo, mi diario, mis girones de novela, mis libretas, me deprimo y me siento vacía e inútil. Y estando en Europa, finalmente, con ojos aparentemente más maduros, no se me ocurría nada, ni podía inventarme ninguna historia. Los primeros días eran una decepción tras otra, no del paisaje, de la historia, ni de la compañía. De mi. Creo que leer los periódicos me hace mal. O leerlos demasiado, todo lo que ocurre me sigue pareciendo demasiado, una maraña de ruidos sin sentido y absurdos. cuando escribo no puedo más que hablar de eso, de la tormenta informativa, la velocidad. Y no me salen las mentiras, mis ficciones vomitan incomodidad y fatiga. ¿No habían dicho que la ficción podía servir como refugio de la realidad? Pues no he podido refugiarme. Como un caleidoscopio, las historias reales me hacen crear cosas pequeñas igual de crudas y tediosas.

El esfuerzo ha ido volviéndose, poder ver entre el ruido la belleza y hacer espacio para lo valioso y nutritivo. En este viaje además, traigo conmigo el cansancio de la endometriosis y los efectos de una medicación urgente. No es un viaje de aventura tanto como de compasión hacia otras mujeres y otras experiencias de maternidades, de salud, de cosas tan cotidianas para muchas, que son nuevas para mi. Mi endometriosis me ha hecho mirar a mi género con más admiración todavía. Con estos órganos que me causan dolor ahora, la humanidad se ha abierto paso. “Joder”, una puerta muy grande se abrió en mi.

Siempre había soñado con el tipo de crónicas que escribiría en un viaje, ilustrativas, románticas, llenas de alegorías. Mi realidad ha sido distinta. No quiero hablar de eso, no respiro ficciones, lo que me sale de la boca son como espasmos de susto por la velocidad con que va este mundo, Europa era el “viejo” continente, y las calles son perfectas, la cultura vial es excepcional, al menos en las grandes ciudades, pero hay el mismo sopor de “sobre”desarrollo, el mismo consumismo, la misma materia que el lugar de donde vengo. No dejo de pensar en los costos ecológicos de la belleza que observo. Y las reglas que se cumplen perfectamente me recuerdan la geometría de las bardas de contención donde los refugiados duermen por las noches.

Si la realidad nos sobrepasa los sueños es que tenemos que crearnos unos nuevos. O que tenemos que crear otra realidad.

Me tomó cerca de dos semanas aterrizar completamente aquí. Quiero contarles otras cosas. 🙂

 

 

El Jackass de mi menstruación, hola Endometriosis

He ignorado las señales de mi cuerpo por cerca de veinte años. Tengo 31 y sólo hace un mes tuve indicios de la causa de lo que durante tanto tiempo ha sido un ciclo menstrual sumamente doloroso.

Hace 1 mes

Estoy acostada en una cama obstétrica viendo la entrada de mi cérvix en una pantalla enorme frente a mi. (Se ve genial, soy su fan) Tengo las piernas abiertas y la “doctora” introduce un pato para observar mejor. Luego el ultrasonido. Mientras me explica lo que observa empiezan a aparecer en su boca un montón de palabras que me marean y me dejan en shock. Endometriosis, quistes, infertilidad, cirugía inminente, EXTRIPACIÓN, ¿cáncer? ¿congelar óvulos?

Conclusión de esa visita que parecía sólo de rutina: tienes que operarte para que sepamos si tus quistes son malignos o benignos, y en esa operación quizá te quitemos pedazos de ovarios, o quizá el útero si vemos que se necesita, en la misma abertura quitaremos pedazos de tejido endometrial que sobra. No, no es 100% efectivo.

La ginecóloga me decía esto con sus braquets y su pulsera de angelitos. Toda su oficina estaba llena de angelitos y de motivos religiosos. Todo era rosita, hasta su blusa. Yo hice un montón de preguntas, sobre las posibles causas, si había otras opciones (casi me dijo : “No, no no, no hay nada, te programamos para cirugía ya”) si había tratamientos, si era necesario “congelar mi información genética”, no me explicó todo lo que necesitaba. A ver, espérese, me está diciendo que podría quitarme órganos, no tejido, no hueso, órganos.

Salí mal del consultorio. Mi pareja me abrazó mucho, y cuando le dije que quería buscar otras opiniones me apoyó en todo momento. Desde entonces hemos pasado por un carrusel de opiniones y estudios. Información en la red sobra. Testimonios hay miles, estudios muy pocos, investigaciones, casi ninguna. Y médicos informados, compasivos, humanos y respetuosos, faltan muchos. Una constante: a las mujeres nos hacen cirugías innecesarias, costosas, sin efectividad, con recurrencia de síntomas y crecimiento de quistes y endometriosis. ¿Estarán haciendo esto porque se gana más con una cirugía que con una cura efectiva?

El tema ha traído muchas aristas de las que podría contarles. Está la parte de la ética médica, la psicológica, (ufff) la económica, la política, y  cómo nos desatendemos, normalizamos el dolor y el mal trato propio y ajeno. Me gustaría que estas enfermedades, los quistes, los miomas, la endometriosis, los cánceres, no existieran tan comúnmente en las mujeres. Por ellas comparto mi experiencia y mi esperanza es que así como muchas historias me han servido para llevar mejor este proceso, el mío le sirva a quien pudiera leerme y verse reflejada.

Nunca se queden con una primera opinión.  Seguir leyendo “El Jackass de mi menstruación, hola Endometriosis”

Contingencia ambiental, amor, contingencia

Me salen flores por las orejas, y quería salir en la bici a hacer las diligencias administrativas, pero la ciudad de nuevo amanece con la promesa de un bello cáncer pulmonar.

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Esto somos, a esto nos dirigíamos hace años. Recuerdo cuando era muy pequeña y leía sobre los “antepasados”, los pueblos prehispánicos, y pensaba en entonces y en ahora. Entonces no había máquinas ni petróleo. No había camiones de la basura con escapes escupidores de humo. Ahora sí. Pero también hay árboles, pensaba.

Debo haber visto muchas películas de reojo en la primera infancia porque el Apocalipsis siempre me pareció una cosa muy clara y posible, a la vuelta de la esquina. Imaginaba una época post industrial. Me reconocía un ser humano que conocía ambos mundos: las máquinas y los árboles.

Lo supe siempre pero las contigencias ambientales de este año me tomaron por sorpresa. Me movieron la brújula de los deseos y las ambiciones. Que ya eran diminutas, personalistas, micro políticas, amorosas.

Siempre hay un incrédulo cerca, siempre. Que dirá, “la promesa del fin del mundo siempre ha estado delante”, o “el cambio climático es una construcción política”.

Yo leo con los ojos, con la cabeza, pero últimamente leo con el coño, con los pulmones. Esto somos: lecturas del mundo, cada uno, interpretaciones de las mezclas culturales y biológicas que nos dan forma y cuerpo. Acepto que puedo no tener la versión más tolerante y abierta y neutral de las cosas, con mi cabeza.

Pero mis pulmones no mienten cuando tosen. Mi corazón no se equivoca cuando el estrés nos regala una arritmia para cenar por la noche. Cuando temo por mi amor que anda en la bici cada día, y por la salud mental de los que me rodean, que, podrían matarme si les hago pasar un coraje.  Porque últimamente este frenetismo que nos golpea y nos raspa llega a extremos de odiar al que se ha cruzado mal la banqueta.

Pero, hermanos, ni el automovilista ni el peatón son el enemigo. Y con señalarnos los unos a los otros tampoco, se soluciona, nada. Nada.

Ya no le creo a lo que deja de mirar la vida. Nos dirigíamos hacia acá, en un barco de petróleo que se nos ha consumido frente a los propios ojos. Como el nieto que gasta la fortuna del abuelo amasada durante años en unas cuantas semanas. Gastamos el asombro. aceleramos el devenir de todo y de nosotros. Algo nos dio este impulso que cuesta tanto detener. Yo quiero bajarme. Que vayan rápido los que así lo quieran.

De un tiempo a esta parte noté que mi cerebro estaba en otro espacio que no era el hueco de mi cráneo. Ya no estaba en el flujo de noticias y voces, ya no estaba en las propuestas políticas, en los secretos de la praxis política, what the fuck is that. Ya no le creo a esas voces. Tengo una mía, pequeñita, dentro, que no responde. Que le responde ahora solamente a lo frágil, lo valioso. Eso que puede irse de las manos en un instante, que vale más que la suma de eventos posteriores el big bang. Solamente quiero respirar.

Nos han quitado eso. Miro a la gente más “consciente” ignorando el medio ambiente, y dejo de sentir admiraciones. Es la vida señores. Mi niña interna se decepciona y pregunta; ¿este es el mundo adulto? el que ha aprendido a ignorar lo vital, lo sagrado, el respeto por el otro, la empatía, la compasión?

En las plantas han crecido nuevas cosas. Que no esperaba. Las semillas salvajes se revuelcan y han tirado hojas hacia arriba. Un amor las empuja, silencioso, haciendo su trabajo, sin decir nada más que la vida que nos trae.

Soy el desecho del crecimiento urbano. Quiero la composta. Y que se pudran las cosas que tienen que pudrirse. Para que nazcan las que tengan que nacer.

Lo que no circula es otra cosa, no son los coches. La vida en la ciudad empezó a dejar de circular libremente hace mucho tiempo. Quizá en el momento en que se le llamó ciudad.

Las gotas, las dementes gotas

 

Hola blog, hace mucho que no vengo, ahora estoy escribiendo un par de artículos y mientras vengo a dejar una señal de vida. Voy a terminar con el primero y regreso.

Tres horas después vuelvo luego de haber revisado múltiples temas, fuentes y demás escritos. Tengo el cerebro removido. Pero no por la razón que siempre digo, que porque leo demasiadas cosas feas y luego me deprimo. Tengo el cerebro -y el corazón, removidos, porque el balance que buscaba siempre ante la angustia y la ansiedad que provocaba la ciudad, se desvanece conforme crecen las plantas de casa.

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El fin de semana pasado, Z y yo trasplantamos miles de plántulas bebés de muchas especies distintas. También trasplantamos flores y algunas hierbas de olor. El trabajo con plantas es extraño. Nos vuelve más silenciosos. Hay mucho en juego. Los sentidos se abren para poder actuar en conjunción con un huerto. Hay que sentir, oler, rozar, medir temperatura, humedad, peso, intuir nutrición. Uno siempre termina cansado, pero también satisfecho.

Mientras removía la tierra y metía los gránulos de tierra con el brote adentro pensé muchas cosas. Sobre todo, en los ciclos de la vida. La enorme y maravillosa vida llena de cambios y vuelcos. Las semillas desde su quietud se vuelven otras cosas. Me gusta imaginar que explotan desde su centro, se estiran como si tuvieran sueño sus raíces, y empujan hacia arriba. Yo misma fui semilla, quise salir. Y luego todos los demás nacimientos. Y las muertes que dejan sus flores con sus semillas. Todas promesas de algo que se mueve hacia delante. Qué es, qué somos, por qué la vida nos lleva hacia el minuto siguiente, y al que sigue. Por qué mi cuerpo sigue existiendo y por qué sus células se siguen organizando y arremolinando. ¿para qué todo este teatro que respira?

Terminamos cerca de las seis de la tarde y en un gesto frenético empezamos a limpiar el suelo de la sala, lleno de tierra. En este micro universo, en este trozo de planeta los instintos le ganan a la idea. Limpiar frenéticos para habitar. HABITAR. Qué palabra. Tengo 31 años. No sé si tendré hijos, pero siento la energía de un hogar. El fuego de lo pequeño cotidiano, el espacio para descansar la cadera. La cabeza. Dejarme caer. Siento lo que imaginan que sienten las criaturas del bosque al guarecerse y acurrucarse en manada. Una fuerza vinculante, una respiración más fuerte que la mía. La vida que persiste, quizá es eso solamente. Y nada más y menos que eso en su totalidad. Limpiar es eso. Es como quitar las ramas de la cueva. Y confiar en la noche.

Con el tiempo y la tierra mis manos que antes eran suaves de hija de familia que no ayuda en las tareas de casa se ponen resecas. La edad que no se ve en mi rostro se mira en ellas. Me gusta verles el paso del tiempo y pensar que soy un ser que va a morir. Y que ha amado tanto. Y que ama tanto.

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Las plantas me calman del ajetreo, y me meten un instinto atávico, como dice mi papá. De cuando eramos animales, cuando fuimos bestias. Me gusta saberme un animal. Pedacito evolutivo. Respiro hacia delante.

Las gotas del riego caen al final de los días. Y los brotes viven.

Z, soy muy cursi. Tú me vuelves así.

Lo sabía

Sabía que en las cosas pequeñas estaba lo más valioso.

Que dejar un trabajo, aunque todos me dijeran que temían por mi futuro, era la única entrada al otro mundo.

Sabía que el amor estaba en mi misma. Antes que en cualquier otro sitio.

Que los interlocutores de piedra acaban por resquebrajarse, no importa cuán bellos sean sus palacios y sus lujos.

Sabía que saltar de la cama hacia mi destino era la única forma de preservarme. Que era salvar mi espíritu ante todo, aunque se cayera el mundo. Porque de el espíritu nacen el resto de los mundos.

Que soy salvaje. Que siempre lo hemos sido.

Que el amor siempre puede crecer más fuerte. Como las semillas fortalecidas por condiciones agrestes. Que crecen, y crecen y empujan y ven la luz del sol.

No había que conquistarlo todo, solamente aquello debajo de mi piel.

Todo lo que hacemos varias veces, empezamos a hacerlo de mejor manera.

Sabía que la escritura y el arte, y la locura, y las flores que explotan en el pecho eran reales.

Y habitamos revoluciones que no tienen nombre todavía.

Y que el cabello de las brujas, siempre vuelve a crecer.DSC00828

Bienvenido Papa, te esperamos con las venas abiertas

12654205_1109321139098117_1383600501490885638_nEn estos días, toda la ciudad parece vestirse de pueblo feligrés. Llego a casa de mi madre y en el radio sólo se habla de eso. Apagamos molestas el aparato. No se habla de fe si viene el Papa, seamos honestos. Ella y yo hablamos del despliegue de recursos por su visita. Indigna mucho.

Conforme se acerca su aterrizaje la logística se intensifica. Cerrarán un montón de avenidas. El metro, el metrobus, las bicis. Cerrarán calles.

Afuera del trabajo han estado arreglando las banquetas frenéticamente. Muchos lugares que serán parte de sus trayectos están siendo “mejorados”. Colonias que antes no contaban con asfalto de calidad, pinta de banquetas, arreglo de jardineras. México recibirá al Papa con limpieza y belleza, y muchos creyentes que con sus celulares harán una linea de foquitos que le dirá “hola”.

Entiendo eso un poco. Ese furor alegre. Cuando Juan Pablo II vino a México en el 99 asistimos a verle en una banqueta de Churubusco. Esperamos horas. Pasó por segundos, y una tía lloró de emoción. Los medios lo meten a uno, -o uno deja que lo metan- en un furor de masas extraño. Parece maravilloso que venga. Se va, y la vida sigue igual.

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Un lunes de febrero

Estos días pasan cosas. Nos pasan cosas.
Mientras bebo mi café matutino, en algún lugar del mundo se firman legajos de papel apostillados. Tratados internacionales de comercio que le costaran a un hombre agricultor del pueblo aledaño todos sus ahorros en cosechas y ventas. En México el periodo de sesiones de la cámara esta por reanudarse. Esto significa que mientras tomo mi ducha con el agua que la Conagua y el GDF restablecieron luego de su suspensión de cuatro días, muchos diputados, sus equipos de trabajo y sus líderes de partido se preparan (algunos con conocimiento de causa, datos, estrategia y esfuerzo y otros con la mayor hueva del mundo) para impulsar las acciones que mejor convengan a su partidocofcof digo a la gente. En Francia han prohibido a los supermercados tirar la basura que sobra. Yo tengo frío. Hoy estamos a 4º a las 10 am.

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Peña Nieto, por quien no voté, atraviesa por el escándalo mil ocho mil. La boda falsa. Mancera se ubica en un lugar extraño del mapa político de la ciudad luego de arrancarle a la capital las siglas DF, y de paso ayudar a instaurar, armar, imponer una asamblea legislativa cuyos elementos obedecerán a quienes los eligieron y no, no es “el pueblo” el que los elige.

Hay sicarios en Baja California. Hoy habrá una marcha a las 11 am. El TPP nos va a joder un poquito cada vez más en varias áreas de la vida y es tan amplio y profundo su alcance que quizá de tiempo de detenerlo antes de que sea ratificado. Y a México empieza a tautársele una palabra en todas partes del cuerpo DEVALUACIÓN. 

Gobiernos o corporaciones, ya no se sabe cuál es cuál, sostienen su nueva campaña mediática del virus del zika. Una coincidencia peculiar, Brasil, donde el brote surgió de manera no espontánea, también es uno de los países donde se utilizan agroquímicos sin mayor regulación que el dedazo del ministro en curso. La Ciudad de México está hiper contaminada y hacemos como que no pasa nada. Defendemos nuestras comodidades antes que nuestros derechos más básicos.

Yo me visto con mi playera hija de la marca inditex, tomo mis cosas, guardo mi computadora portátil cuya batería es producida con litio o coltán o lo que sea y ambas cosas, mi ropa y mi tecnología, existen gracias a un sistema industrial sostenido manualmente, pagado con las vidas, los recursos naturales y los ecosistemas, de millones de personas que no tienen ni ropa de inditex, ni tecnología. Ni agua ni derechos que se les respeten.

Wait. Ya compre todo esto. ¿Ahora que hago? No lo sé de cierto, al igual que muchos otros millones de personas.

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En EU se preparan para destapar sus candidatos para presidente. Digamos que dependiendo de a donde miremos hay crisis. El precio del petróleo se cayó. El peso se devalúa a velocidades esperadas.

Los precios de los medicamentos por el aumento del dólar aumentaron también un 20% en promedio. Las farmacias se tienen que resurtir periódicamente, ya sabes y los incrementos se aplican. Así. Yo me veo al espejo y me doy cuenta de que me ha crecido el cabello.

En mi país hay un asesinato cada 30 min. La raíz de la violencia: la pobreza y la marginación. Las estadísticas dicen que desde que el gobierno de Peña Nieto llegó a la presidencia, la pobreza aumentó. Los ricos son más ricos y los pobres más pobres. (Inserte aquí el concepto de pobreza que mas le guste).

El papa no se reunirá con los padres de los 43. El Papa viene con sus canciones, y moviliza a millones en logística. Los mexicanos reportan que su visita aumenta sus valores y su compromiso ético.

México se llena de fracking, las mineras amenazan el agua de las pequeñas poblaciones. Algunas personas van a su oficinas con sus trajes nuevos. Algunas no. Muchos no tienen empleo. Hoy también se enamorarán muchos. Y nacerán nuevos humanos. Y morirán otros.

Hoy es lunes.

Las fotos son de Cristina Coral.

Los gitanos: Última parte de El Caribe

Llevaba muchos meses viviendo en la Riviera Maya. Ya había pasado de la ilusión de vivir junto al mar turquesa y empezaba a entender sobre los negocios sucios que cubren toda la costa de la península de Yucatán. Había delitos menores, mayores, y delitos políticos. Y no solamente mexicanos, los crímenes internacionales también iban de visita.

Para ese momento la humedad de la playa ya era cosa común. Me gustaba la sensación pegajosa de la piel, y la arena en los zapatos todo el tiempo. Tenía una rutina sencilla llena de pequeños placeres como despertar con el sol y hacerme el café express en la maquinita de la casa. Hojear mis libros, y mirar el mar turquesa largo rato antes de irme a trabajar. Me había acostumbrado a los huéspedes franceses y a hacer ejercicio en la piscina del gigantesco hotel español donde pasaba todo el día. Poco a poco me sentía en casa, aunque no me gustaba del todo. A veces por las noches había fiestas en la casa donde vivía, una villa frente al mar, que compartía con seis de mis compañeros, franceses casi todos inmigrantes, provenientes del norte de África. Trabajadores con ardua disciplina tratando de huir de la banlieue.

 

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17 de marzo, 2009

Akumal

¿No debería salir de mi cuarto e ir afuera con los otros? Debería encontrarle sentido a las reuniones de otros países, pero llevo tantas mezclas de lenguas en la mente que ya todos los humanos me parecen los mismos, ingleses, franceses, criollos… españoles. Todos nos vamos a morir, todos sentimos amor, no hay nada nuevo. 

Lo que hago todos los días tiene dos filos. Uno es vacío y sonriente, el otro es pleno y humano.

Mi mundo interior hierve y se pronuncia a sí mismo, el dolor  físico de hace días me hizo quedarme en cama y no pintar. La menstruación es mi pequeña muerte.  Pinté hoy un paisaje marítimo, muy simple, y ahora mismo se me ocurre pintar dos aves. 

Son dos pájaros que viajan juntas.

***

Mi trabajo era sencillo. Despertaba a las 6:00 para ver el amanecer, siempre lo hago cuando puedo, esté donde esté. Esperaba un largo rato a solas en la cocina, mirando el mar. Tenía pocos momentos de soledad y los cuidaba mucho. Luego iba caminando descalza, sobre la arena hasta el hotel. Eran sólo diez minutos, hasta llegar al restaurante buffet. Hola aire acondicionado. Ahí llegaba el resto del equipo de animación. Se saludaban, Bonjour, Salut les filles, al principio todo era cordialidad, luego de unas semanas fui entendiendo, en ese micro mundo, micro paraíso caribeño, que había un montón de intrigas entre el equipo.

Yo desayunaba fruta y café, y picaba algo de la larguísima mesa de comida. Siempre tocaban la misma música todas las mañanas: un refrito barato de alguna canción vernácula mexicana en versión digerible al turista. Todo era eso. La caricaturización de mi cultura. Los turistas que recibíamos tocaban poco del México real.  Yo tocaba poco de su realidad. Algunos habían ahorrado años para pasar dos semanas en ese hotel. Otros eran ricos, franceses con vidas acomodadas, vacaciones cada año en Marruecos, en Grecia, en Hawaii. Daba lo mismo. Otros eran jubilados (mis preferidos), otros, jóvenes que buscaban beber y maldecir tanto como la boca se los permitiera. Hacia toda esa fauna nos dirigíamos al salir del pétit déjeuner, tres chicas, dos chicos, y yo, cada día.

Nos esperaba la tienda de animación junto a la playa y la piscina. Yo ponía música tranquila y hacía estiramientos con los más mayores del hotel, los ancianos, como yo, gustaban de madrugar. Más tarde venían las oleadas de turistas crudos, pocos canadienses, casi todos europeos. Conforme avanzaba el día la profundidad de las conversaciones se iba desvaneciendo. Aumentaban las visitas al bar. Yo me desesperaba y apresuraba todo para irme a casa a descansar. Muchas veces caminaba en la playa toda la costa de Akumal, una buena parte, con los audífonos puestos, soñando con volver a bailar e irme lejos, de nuevo. Era demasiado superficial todo. Los riesgos de ser golpeada por el ex jefe de animación como represalia a mis denuncias se habían esfumado, no había nadie muy interesante, nadie para hacer amigos, nadie para ligar. Me aburría.

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mayo 12, 2009

Akumal


No veo el momento de irme y encontrar una casa, otras calles, mis libros. No sé exactamente a qué vine. A lavarme el cerebro del asfalto, a demostrarme algo, renovarme, conocer gente.

Me siento cansada de todo lo que ha pasado aquí. Los magnates y los yates, los niños, la familia del avión.. la selva llorando su sangre que se chupan los hoteles, el trabajo explotador, estoy cansada de los problemas empresariales, las rentas. También este paraíso tenía su pequeño trozo de jardín muerto. La tierra que se asfixia y me mira con sus ojos de mar azul turquesa me pregunta cosas. ¿A qué viniste?

Quiero dormir mucho tiempo, despertar y pintar, escribir, entregarme al mundo interno inteligente, alejado de tanta superficialidad de playa. Quiero una conversación interesante. Cuando empecé a escribir esto quería decir que cuando escribo la voz que pronuncio en mi mente es una mezcla del acento de mi padre, la voz de una mujer mayor que yo que no sé quien es, y yo cuando era niña.

Quizá también vine aquí para estar conmigo misma y conocerme. Me voy. No sé cómo me siento exactamente.

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2233_49109368057_330_nTenía que hallar sentido en lo cotidiano. Ponía mucha atención a las anécdotas que me contaban mis compañeras. Una de ellas era hija de rumanos, adoptada en Francia por una mujer soltera por quien no podía dejar de tener resentimientos de hija adoptiva. Otra era kabilie, descendiente de una tribu berber, de Argelia. A veces hablaba en árabe con los huéspedes de origen árabe que llegaban. Era musulmana, pero no practicaba más, y era mi compañera de cuarto. Me estresaba mucho su carácter y con el tiempo empecé a rehuir de ella. La otra, Sandra, la hija de rumanos, era muy reservada y ultra deportista. Su cuerpo era perfecto, moreno y terso. Me gustaba su compañía porque ella era la única excepción lejos del deseo irrefrenable de shopping del resto de las chicas, lejos de los deseos de coger, beber y quitarle dinero a los huéspedes. Hablaba además de francés, inglés y una especie de dialecto gitano.

Lo supe porque cuando llegaron los gitanos, era ella quien hablaba con ellos.

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Cada semana llegaba un nuevo grupo de turistas. Había que recibirlos en el lobby con caras felices y hacerles “sentir acogidos”. Todos podíamos establecer contacto con cualquiera de los huéspedes siempre y siempre había vínculos amigables que establecer. A diferencia de la parte mexicana del hotel, en esta región francesa no había acoso sexual de los huéspedes hacia las animadoras. No había rastro de prostitución, ni tráfico de drogas. A lo más que llegaban los viejos franceses era a dejarme propinas de 100 euros, y notas con sus correos, que nunca respondí.

Diego y Ordán llegaron una de las últimas noches de viernes en que recibíamos huéspedes. Era un grupo pequeño, que había hecho un largo tour por el norte de África y ahora terminaba su viaje en México. Se quedarían dos semanas. Venían dos parejas más en ese tour, las dos francesas, de luna de miel. Ellos dos eran hermanos y no hablaban con nadie más que con el gerente y con Sandra, mi compañera de 25 años. Eran como una escena de película todo el tiempo.

Los dos eran altos, como de unos 40 años o más. Se parecían un poco, aunque uno, Diego, era más robusto que Ordán. Eran guapos, con las cejas pobladas y caras tristes, pero ninguna de mis compañeras se les acercaba a platicar ni siquiera en plan de trabajo, conversando o jugando scrabble. Mis compañeros intercambiaban breves frases muy de vez en cuando. Mi compañera de cuarto de Algeria, rehuía de ellos. Me di cuenta pocos días después de la llegada, que eran un par especial. No eran sólo dos huéspedes más y ya. Se traían un misterio todos, y yo no sabía si quería saberlo. Planeaba irme, y así lo hice, pocas semanas luego.

1660_41471538057_919_nYa no me sentía en un grupo de franceses. Todos, casi todos eran musulmanes o descendientes de inmigrantes en Francia. Hijos de familias que habían cruzado la frontera y habían labrado su vida de clase media baja a punta de trabajos arduos. Conseguir cotizar para las hipotecas de vivienda era un enorme logro. Sus salarios eran cosa de festejarse todo el tiempo, de cierta manera intentaban integrarse a la cultura de Francia aunque conservaban muchos gestos propios de sus orígenes. Entre ellos, una especie de sensibilidad hacia los negocios turbios. No digo que hayan cometido, ninguno de ellos algún tipo de delito, fraude ni robo. Eran extremadamente cuidadosos para no perder las seguridades que habían ido consiguiendo.

Pero cuando se los veía hablando en voz baja, jugando de maneras increíblemente ágiles a las cartas y bebiendo por las noches, una se imaginaba muchas cosas. Mis compañeras, con claros rasgos de medio oriente, y una energía extraña, con voces fuertes y tonos de constante reclamo hacia muchas cosas, me hacían sentir en otro lugar. Ya no en el Caribe mexicano. Era otra cosa. Una especie de pequeña colonia extranjera llena de complicidades e historias en común. Todos habían compartido entre ellos, diversas estancias en otros clubes exclusivos en el mundo. En Túnez, por ejemplo, estuvo todo ese mismo equipo una temporada, y en esa ocasión, supe más tarde, habían conocido a Diego y a Ordán.

Una mañana estaba poniendo música en la consola de la piscina principal. Hojeaba una revista de modas, y tomaba café. Entonces se acercó uno de los hermanos, y me preguntó mi nombre. Todos me llamaban “Isá”, con acento en la A. Me llamo Isa, le dije en francés. Se me quedó viendo sin ningún tipo de gesto, y se fue. Buenos días, dijo, y se fue a sentar en un camastro.

Luego vino Sandra a advertirme que tuviera cuidado, eran gitanos. Son tramposos. Mienten mucho. Los mismos padres de Sandra la habían vendido a una familia francesa que pensaba explotarla, hasta que su madre adoptiva la salvó de una posible red de explotación. Más redes de explotación, pensaba yo. Las hay en todas partes. Se asoman por entre los dientes y las cadenas de oro de los turistas. No me irán a llevar a ser explotada en uno de esos países, raros, ¿no? le pregunté a Sandra, y ella dijo que no. Que eran otras cosas, pero no me dijo cuáles.

Otro día por la noche, en el salón de juegos del club, el otro hermano se me acercó. Fue muy honesto, según él, y muy abierto.

-Mira, estamos aquí luego de la muerte de la prometida de Ordán. Está triste y quiero alegrarlo. A veces en Francia encontramos a chicas en hoteles, como tú, y les pagamos 2,000 euros por un mes de compañía. Les regalamos joyas, les damos regalos, y nos vamos y quedamos para siempre como amigos. ¿Qué dices? ¿aceptas?

Creo que no dije nada. Tenía en mente principalmente la muerte de la prometida de su hermano. ¿Cómo se murió? El tipo me ofrecía prostituirme. Yo tenía 24 años y era sumamente cautelosa con esas cosas, sobre todo después de vivir lo que viví en el equipo mexicano. Le dije que no estaba interesada y que muchas gracias, y traté de sonreír, pero me ganó el miedo y me fui más temprano a casa alegando que me sentía mal.

Caminé sola por el tramo que conectaba la casa con el hotel. Estaba todo muy oscuro porque no había luna. Eran casi 200 metros los que caminaba sobre la arena, era eso o avanzar por en medio del hotel, unos cinco kilómetros de selva con caminos para cochecito de golf que a las 10 de la noche ya estaban vacíos. Sólo se oía el estruendo de las olas.

De repente vi a Diego avanzando en la misma dirección que yo, iluminado por la luz del porche de alguna casa. Tenía una camisa de lino abierta que mostraba todas sus cadenas. Por eso le reconocí. Sentí miedo. Seguí caminando y me acerqué al mar alejándome de la zona iluminada. Pisé el sargazo, lo perdí de vista y llegué a casa a meterme en la cama cerrando todas las puertas con seguros.

Al otro día le conté a Sandra lo que había pasado, y ella me dijo que me fuera de días de descanso. Todo el equipo conocía al par de hermanos. Viajaban medio año por el mundo. Tenían dinero, cosa extraña en su grupo étnico. Todos habían conocido a la prometida de Ordán, en Túnez. Y se habían hecho amigos. Se enteraron de su muerte por facebook y pensaban, por cómo veían que era maltratada, que su novio le habría hecho algo.

Todo esto podría parecer una conspiración. En la historia no sucede mucho. Tengo flashazos de miedo y del misterio que era ver a estos dos hombres silenciosos deambulando por el hotel. Sandra me dijo que no los mencionara más, que la vida de los migrantes es así. No querían meterse en problemas. Era mucho lo que tenían para perder. Y quizá no valdría mucho la pena recordar la historia, dos o tres semanas después me fui de la Riviera Maya llena de cansancio. Buscaba un paraíso superficial donde descansar del tedio de una vida de lecturas, escritura, y densidad interna. Y me había topado con una paz falsa. Llena de negocios turbios, de manglares muertos. De abusos laborales. Realidades dolorosas de jóvenes que buscándose la vida se convierten en cosas que no se imaginaban.

Cada fin de semana, en mi día libre, iba a la ciudad a hacer las compras y a despejarme en alguna heladería donde podía sentarme a escribir. La última vez que lo hice me quedé llena de asco y miedo, y un poco de tristeza. Quería hacer las maletas y correr.

Vi a los dos hermanos bajando unas maletas de un taxi, y a dos chicas mexicanas, muy hermosas, acompañándolos. Entraban a un hotel lujoso y pequeño de la costa. Una de ellas había estado en el equipo mexicano. Yo sabía que ella quería estudiar turismo y viajar. No supe más de ella.

He cambiado los nombres de la historia. La recordé estos días, que leí que en medio de la crisis migratoria en Europa, los más afectados son los niños y niñas y jóvenes que caen en redes de prostitución.  Y esto es Europa, esto es la Riviera Maya.

Ya no hay paraísos a dónde poder huir.

 

 

 

Hablar de sexo, ser mujer

Obra reveladora sobre mi vida sexual en tres episodios. No sé cómo ponerle. Pero he descubierto una cosa sobre el placer que me tiene asombrada.

1er acto. El despliegue de los asombros.

Había reposteado hace días un artículo sobre masturbación femenina en mi blog que mi amiga Ileana escribió en su espacio LaLunitaenMi y algunos amigos lectores me comentaron al respecto. Parece que la palabra masturbación le pica a muchas conciencias, no es digna de un espacio respetable, que no se ve “bien”, que es mejor no hablar de ello, o referirnos al placer con risas y en voz baja. Lo que más me dejó pensando el artículo es que la masturbación debería ser algo mucho más común en la infancia, un tema no vedado, es delicado sí, pero ¿y si dejando que las mujeres jóvenes aprendieran a obtener placer por sí solas se disminuyeran los embarazos adolescentes y las enfermedades a los que somos tan vulnerables sobre todo en la adolescencia?

No lo había pensado, pero quizá por eso no tuve mucha prisa en iniciar mi vida sexual muy joven. Me bastaba sola desde hacía mucho. Y eso me ayudó. ¿A qué? Aquí viene el asunto, mientras me preguntaba para qué servía la masturbación me di cuenta de que había muchos momentos y circunstancias placenteras en mi vida que no estaban narrados. El placer que encontraba en mi cuerpo me ayudó a ser más consciente de mi misma, a saber que el placer no depende de una pareja, y a no tener urgencias propias qué satisfacer de manera descuidada. Y más, quizá, pero todo esto estaba concebido como imágenes abstractas en mi memoria.

Imágenes abstractas sin palabras.  ¿Por qué no me hablo más a mi misma del placer y la historia de mi cuerpo?

2do acto. Las páginas están casi vacías.

Z ha venido a revolucionar mucho de mi escritura y mi manera de ver la vida. El amor, la pareja y el placer siempre hacen así, pero no sé si en este caso esto se ha vuelto tan revelador por que tengo más de 30, porque me siento más segura de mi, porque cuento con amigas con mucha fuerza en su discurso y disfruto de un mar de interlocutores vivificantes, o porque Z es de otro continente y sus visiones son muy distintas a las mías. No lo sé. Pero la necesidad de compartir desde un lugar de mayor libertad para con mi memoria me ha hecho tener que narrar cosas que no tenía narradas. La interlocución ha abierto la puerta para poder ver mis historias, y verme en ellas. Y ¿qué he visto allí?

3er acto. Compartir la tinta

Mi amiga A me decía el otro día mientras desayunábamos hot cakes que leer sobre el auto placer había abierto nuevos temas en su vida. Porque el placer no es sólo ese momento de orgasmo, y líquidos, y soledad y secrecía. La realidad es que al menos en mi caso, e imagino que en el de A, el placer, el sexo, había sido una cosa que habitaba sólo los momentos de sexo. Cuando escribo de ello lo hago un poco sabiendo que la escritura sobre el sexo es un juego literario que se sube al tren del erotismo y se maneja en ese nuevo mar de tema. Pero la realidad es que no escribo tanto de eso, para mi misma. Y tampoco me pronuncio tanto mis propias historias ni las recuerdo, y no sé qué lugar ocupan en mi vida. He descubierto que las mujeres, (hablo de nosotras porque es con quienes he hablado de esto, y pues soy una, me uso de ejemplo) quizá no exteriorizamos tanto sobre nuestras vidas sexuales. Podría tachársenos de “sucias”, “putas”, porque el placer es algo que se debe habitar en lo íntimo y hay vergüenzas, o riesgos. Pero ¿y si pudiéramos ser más libres de escribir nuestras propias narrativas sobre el placer?

Y si pudiéramos contarnos a nosotras nuestras propias historias del placer, del erotismo, sin tantas influencias y oídos, y voces (ruido) alrededor.

El placer es una cosa. Pero el erotismo es una cosa construida socialmente. A veces el erotismo se vale de símbolos y formas reproducidas de manera compleja, como estereotipos y alegorías tradicionales. No he descubierto el hilo negro de nada, la teoría feminista (alguna de tantas) dice que en efecto, muchos de los símbolos eróticos más comúnmente habitados han sido construidos por visiones masculinas. (La mujer objeto que debe ser hermosa, la mujer que recibe el falo/semen, la mujer que debe servir al placer del otro o de muchos). Y así el placer parece estar mucho más identificado con imágenes y prácticas que no necesariamente dependen o sirven sólo a la mujer. No siempre somos protagonistas de las historias de placer que habitamos. 

Y más aún, no siempre somos el narrador de esas historias. Quizá sólo me haya pasado a mi. Y es a mi, que me es siempre tan necesario narrarme, que me preocupa el silencio interno sobre el placer. Una cosa es segura, y es que desde que consideré todo lo que implica poder contarme a mi misma mi memoria placentera, propia y compartida, siento que puedo escribir más, sobre muchas cosas. Y sonreír, sonreír un montón.

 

 

 

Punk y confeti que molesta

Ayer corrió en redes este video y me llamó la atención las reacciones que causó.

En mis más de 30 años he sido acosada en diversos escenarios. Probablemente desde mis 12 que fue cuando mis senos empezaron a crecer y de pronto mi madre dijo que tuviera cuidado con muchas cosas, sobre todo las miradas de los hombres en la calle, no importa cómo estoy vestida ni cuándo, ni dónde me encuentro. El acoso y las miradas han estado en la escuela, en trabajos, en la calle, casi en cualquier contexto.

Mi calzado favorito son los tenis, lo que más uso son cosas que cubren el cuerpo. con los tenis puedo correr si lo necesito. La ropa me protege del acoso. Y no, no vivo en Egipto ni en ningún país fundamentalista.  Vivo en la Ciudad de México. Aunque crecí en una familia de modistas y la ropa es una de las cosas que más me gusta, siempre temo usar algo que me haga ver demasiado “sexy” y opto por lo más desaparecibido la mayoría de las veces. Planeo mi vestuario según las zonas de la ciudad en las que estaré. Peligros: bajo (zonas transitadas y con luz, aunque hay excepciones) medio (casi, pues, toda la ciudad excepto mis espacios muy personales) y alto: la ciudad de noche.

La ciudad de noche es donde de vuelta a mi casa un tipo se acerca por detrás (nadie alrededor, dos cuadras lejos aún de donde hay luz) mete su mano entre mis piernas, me toca un seno y yo grito mientras él corre varias cuadras. Es donde pueden hacerte subir a una camioneta y secuestrarte. Donde pueden golpearte, violarte, lastimarte, matarte.

Aunque no me han matado, ni violado. Así que parecería que lo que me ha ocurrido son cosas menores. Quizá lo son. Pero cuando te pasan, aunque se acerquen demasiado en el metro y sólo sea eso, aunque sean roces, cosas menores, algo va pasando adentro de ti. La vez que el tipo me asaltó en la noche me costó recobrarme del susto y el enojo. en otro asalto me costó salir a la calle con confianza, aún me pasa. De cierta forma, las mujeres, en una sociedad donde se normaliza el acoso, vamos introyectando que es normal, común, lo de cada día, que seamos sujetos de violencia.

Es violencia, no importa si es una mirada. Es violenta. Si me mira un señor en la calle y me sigue, y murmura cosas, es violencia. Siento miedo porque podría acercarse y hacer más. Porque parece que vivo en un mundo donde mi voz, mi decisión, mi valor como persona son desechables o simplemente soy un sujeto de deseo y cualquiera puede ofertar un acercamiento y propiciarlo. Cualquier macho puede demostrar su “hombría” mirándome con “deseo” y cara de cerdo. Si dices NO, eres una (inserte aquí cualquier palabra, calificativo e insulto). Para esta sociedad no soy una persona, soy una cosa.

Los días después de los dos asaltos que he sufrido tengo rabia dentro. Lloro, me siento impotente. Es injusto. Me cuesta andar por la calle con seguridad, me pregunto, ¿por qué tenemos que vivir así? No quiero esto. No poder ver la cara de tu asaltante y responderle te deja llena de rabia. En esa batalla perdiste tú. Fuiste la víctima. Lo siento. Y los hombres a tu alrededor no van a comprender el miedo. Las mujeres algunas te mirarán con cara de que bueno, esto nos toca.

El video de las chicas que disparan confeti a sus acosadores causó polémica. “No es la forma”, dicen algunos. “No es la forma, es como quienes se ponen violentos en las marchas esperando que la violencia resuelva el problema”

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No es suficiente para frenar la violencia. Supongo que dirían. Yo he juzgado la violencia en las calles. No es directa hacia los atacantes. El poder que ejerce violencia, contra quienes se expresan esa violencia, no está en los policías que se golpean, ni detrás de los vidrios rotos.

Las chicas punk que disparan confeti me recuerdan a las mujeres que he querido emular a lo largo de mis procesos de sanación de la violencia. Hay un punto en que una siente que necesita recuperarse a sí misma. Hacerse oír. Una se cansa de llorar y sentirse víctima de los acosos. “Es poca cosa que te digan algo en la calle”.

No es poca cosa. Es VIOLENCIA, es una violencia que cae a gotas, sistemática, que abraza muchos ámbitos de nuestra vida. Esos acosos son parte de una red de agresiones que vivimos cada día.

Y responder a ello nos devuelve el castigo de la sociedad que ha normalizado esa violencia. “Así no se resuelve el problema”. Cuando te das cuenta de que miras demasiado detrás de tu hombro, y vives a la defensiva cada día, y tienes que cuidarte como si estuvieras en una jungla de animales llenos de prejuicios, miedos y exceso de confianza, sabes que algo está mal. Pero nadie más lo nota. Vivir a la defensiva se vuelve normal, y tener que tolerarlo se vuelve un mandato.

La violencia hacia la mujer es algo sistemático que no se va a frenar con una marcha. Ni con protestas porque hay demasiados frentes en los que opera. Porque no siempre hay enemigos tangibles. Porque aveces somos nosotros mismos los reproductores de las agresiones, o las tenemos demasiado cerca, o están en casa. Simone de Beauvoir dijo alguna vez, que la dificultad de la lucha feminista radicaba en que el bando enemigo a veces estaba en la propia cama. Y yo lo sé bien, he huido de esas camas. No estoy generalizando, pero pensar que con una acción se planea resolver un problema tan grande es más que ingenuo. Responder al acoso con canciones, con disparos de confeti me parece legítimo.

No están insultando a nadie. No se están metiendo con su integridad. Imaginemos que el disparo de confeti devuelve al atacante un 1% de la adrenalina que sentimos decenas de veces al día al ser víctimas. Que cantarle con una bocina es ponerlo en evidencia. ¿Por qué se nos ve mal si hacemos eso? Si lo que buscamos no es transformar todos los atacantes y los sistemas de opresión, sino al menos poder responder en un momento, de muchos, para no quedarnos con la rabia adentro.

Me llamó la atención que se condene a las chicas que responden con punk. He querido muchas veces ser como ellas. Resolver “el mundo”. Por qué, ¿qué se debe hacer? participar en procesos de promoción de la equidad y el respeto, “educar”, “concientizar”, pensar de manera compleja, resolver de manera compleja, tener paciencia. Esperar a que seamos muchos sembrando cambios sociales para que las próximas generaciones no sufran lo mismo que nosotras.

El problema es, ¿saben qué? que la lucha feminista puede tener paciencia, y actuar pacíficamente. Todos dicen eso. Es el “deber ser” del activista social.

El problema es cuando la posible próxima víctima puedes ser tú. Y el sujeto de agresiones y asesinatos, puede ser tu propio cuerpo. Ahí no tienes tiempo de sembrar culturas diferentes. Ahí se termina el discurso. Ahí se puede terminar tu vida.

Pero hasta que no lo vives en carne propia, o alguien cercano que AMAS lo padece, no lo vas a entender. No están disparando balas. No están insultando. Están castigando, advirtiendo. Creo que tenemos el derecho de hacerlo.

Aunque a los ojos de la sociedad que normalizó la violencia, le asuste que haya respuestas de este lado.

Aplaudo al punk y al confeti. Y a quienes defienden su vida. Y a quienes con su trabajo, sus expresiones siembran nuevos mundos que espero poder ver en el futuro. Para todas mis hermanas y mis hermanos.

 ¿Cómo se supone que debemos enfrentarnos a la injusticia y la violencia de la que somos víctimas en lo inmediato?