El murmullo (life after Facebook)

Dejé esa isla hace unos días.  Fui un gusano de Facebook. Creé, junto con muchas personas, muchos proyectos. Subí miles de mis fotografías. Me compartí. Me auto edité. Me sobre expuse. Una mañana, a medio mensaje que después borré, sentí que mi vida ya no me pertenecía si la publicaba.

Mi caso claro, era un caso de sobre exposición y protagonismo. Desarrollé en mi vientre, movida por mi deseo de cambiar el mundo, y trabajar en medios de comunicación, una especie de monstruo que se alimentaba de noticias. Saber parecía poder.

Un mensaje de hambre, un mensaje de saludo, memes, noticias alarmantes, una detrás de otra, información alarmante inconexa, información alarmante concatenante. Unas veinte noticias de todo el mundo cada mañana que prometían ayudarme a comprender mi entorno, ese que quería transformar.

Creemos que leemos la realidad. Y podemos decir cosas como: tengo un mapa de México, dibujado según el tipo de público al que nos dirigimos y que retroalimenta nuestra línea de información. Pero la información, al riqueza, la cultura, corre siempre por los mismos circuitos. Nos pensamos plurales, creemos que un mensaje llegará a cualquier lector. Pero una estudiante leerá ciertas cosas, un académico otras, una madre otras. Cada uno compartirá a su vez la información que considere valiosa para su público. Hacemos ediciones de lo que comunicamos todo el tiempo. Nos autoeditamos. Apretamos las arterias por las que pasa nuestra comprensión del universo, de una mente a otra.

En las redes sociales nos diseñamos una imagen frente al mundo, si en la vida real esto sucede de forma más sutil y con matices, en el mundo virtual la conciencia del público que nos recibe es mayor. Sabemos el impacto que causará en nuestros lectores, cada pequeña cosa que decimos. ¿Lo sabemos? Sabemos del impacto en términos pequeños, pero, en términos generales, no sé. Creo que “los ellos” saben más de nosotros.

Un día las voces se callaron. El mundo y su murmullo. El murmullo interno que nos conforma. El ruido.

El ruido que nos nombra.

Somos esas voces que no cesan, las voces de otros han habitado nuestra mente desde que aprendimos el lenguaje y  aprendimos a construirnos a partir de él. Las voces de otros siempre han estado ahí, aunque tengamos memoria selectiva y aspiraciones. Pero nunca antes habían estado tanto, adentro de nosotros, casi adentro de nuestras venas, como hoy.

Me levanto una mañana, hago café, pienso, con la imagen en la mente de la pantalla de recepción de mensaje para ser publicado de facebook: inserte aquí cualquier frase para compartir lo importante que es para mi el café de la mañana. Busco ser leída.

Sí, siempre lo quise, pero no así. No era así. No era eso lo que quería decir, -me recuerdo a mi misma mientras me sirvo el café.

La experiencia ahora se compone de, además de las sensaciones, la cociencia de las aparentes posibilidades que se abren ante mi si comunico esto que pienso o hago. ¿Qué sentido tiene? Conseguir algunos likes. Para existir ahí. Pero ¿para qué?. Para que cuando me busquen y visiten mi perfil como yo hago con otros, confirmen que existo. Así como yo pienso que si extraño a alguien y miro su perfil, la pantalla en mis pupilas es una parte de esa persona. Les recuerdo que mi caso con Facebook es severo. Era fulminante. Un Facebook fulminante, enceguecedor. Yo no dosifico.

La confirmaciòn de lo que soy a partir de lo que comparto.

Cuando alguien entre a mi muro verá esto. Pensará aquello. Y esto quiero que vea y esto quiero que piense. No sé si es mentira, si nos autoeditamos realmente todo el tiempo. Es obvio porque aprendemos rápido los lenguajes que usamos cuando esculpimos algo virtualmente, y detrás de ellos las voluntades, también aprendemos a leerlas.

Quejas, hábitos cotidianos, ideas, opiniones, fotos de comida, información que no quería tener. Dejo el móvil, hago otras cosas pero el ruido y las imágenes siguen ahí, mezclándose. Pero sigo ahí, aunque me sienta borracha de voces tan ajenas o tan cercanas, llenándome la cabeza de cosas que parecen relevantes, valiosas, conocer las noticias, conocer lo que pasa. Eso nos “empodera”, o nos hace sentir simplemente más inútiles, avasallados por la cantidad de problemas que tendríamos que estar resolviendo.

Parece que será útil saber cada cosa que ocurre en cada rincón del mundo. Pero son tantas cosas que cuesta hacernos responsables por cada una de esas cosas, o considerarlo nos hacer tener la ilusión, la sensación ilusoria, de que podemos siempre hacer algo al respecto, cuando, en algunas cosas es así, pero en la mayoría no. Elegir un frente, elegir un frente, espera, son muchos. Elegir una trinchera. Brecha. Decide entre miles. Esta época que nos tocó vivir, la elección posible: la libertad. Qué cansada me siento.

Cierta información viaja siempre por los mismos circuitos, quiero ser reticente en esto. Se mantiene casi siempre en ellos porque el motor de su trayecto es el interés, la viralidad está movida por esa tripa que se aprieta y grita que quiere apretar también a otras tripas. Hasta que parece que se ha detenido, cuando el interés deja de encontrar eco, la información deja de viajar. En qué se convierte. ¿En qué se convierte tanta información?

La red es un enjambre de voces, es locura, es falta de paz. Nuestros pensamientos vuelan en el aire, nos rodea esa nube de inquietud. De hastío.

HASTIO

La soledad era esto, es algo parecido a no tener con quién hablar, o sentirse acompañados. O tener la certeza de que si lanzamos una cuerda el otro la va a recoger. Saber que eso pasará, pasará irremediablemente. Voy a facebook porque me dijeron que mis amigos vivían ahí. Me dije. No sé si soy la única que lo creyó.

No todas las noches que siento desasosiego y necesito hablar con alguien, hay respuesta del otro lado del teclado. Pienso en I, pienso en M, pienso en V que hace tanto que parece que ya no existe. Visitar sus muros me deja llena de sus ausencias. Nostalgia por los intercambios que no están ocurriendo. 600 amigos de facebook. Nostalgia por los 600 intercambios que no están ocurriendo. Pensamos que fb era estar mejor conectados, pero no se siente así.

Los grupos se hicieron demasiado grandes. Antes de 100 amigos, podía estar segura de que mis compañeros de escuela me verían, mis mejores amigos. Después de los 500 es muy difícil estar en todos sus muros. Parece que tenemos que pelear por atención, vemos cuántos likes tuvo la foto de alguien, pensamos en por qué a esa persona le ponen esa cantidad de likes, consideramos subir el mismo tipo de información. Leemos el mundo. Leemos el mundo virtual. Leemos el hipertexto que nos rodea hoy todo el tiempo. Pero no podemos hacer síntesis fácilmente, con una información que cambia como las olas, como un torbellino que no podemos nombrar porque está cambiando todo el tiempo, y apenas lo entendemos un poco y ya se ha vuelto otra cosa que no sabemos si podremos descifrar. Porque interpretar cansa.

Cansa mucho pensarlo todo.

Cuestionarlo todo, cuestionarme todo. Me hago miles de preguntas todo el tiempo y tengo una conversación constante en mi cabeza que si no escribo siento que se me pierde y me hace sentir loca porque no tengo idea de por qué estoy pensando en ciertas acciones desencadenadas por otras acciones, rodeadas de tantas circunstancias que ameritan tantas reflexiones.

El dolor de no poder tener un marco del mundo. Un framing, como el de la noticias, para toda la realidad. Qué tristeza la incapacidad para nombrar. Verme despojada del poder del signo. Aprehender el mundo. Dejar de proponer a partir del diálogo, no sé por qué, pero la sensación de no comprender el mapa me hace llorar en silencio. No puedo más: no puedo más.

Cosas de narradores. Si todo un día fuera una noticia, ¿Cómo la titularíamos? ¿Desde qué punto leer el periódico global que se me presenta? ¿Quién soy? Antes he sido muchas cosas, muchas veces movida por una especie de respuesta a la realidad que se me presentaba. Problemas ambientales, sociales, silencios, hay que hacer, salir, nombrar, organizar. Pero cuando el mundo deja de tener una sola propuesta, y yo sé que puedo responder a ella, me paraliza saber que podría tomar mil caminos distintos. Que todos son válidos, y urgentes pero no todos son tolerables, que hay tanto por hacer y… esto lo digo miles de veces en un día.

Los perfiles que se miran en facebook en forma de burbujas dan una sensación contradictoria, por un lado, representan estar contenidos por una persona, pero por el otro son un constante recordatorio de que alguna interacción debería ocurrir. Cuando esta no ocurre, se da una sensación de vacío. Por lo tanto, si se tienen 1000 contactos, y no se interactúa con todos, se tiene conciencia de que hay 1000 vacíos, 100 vínculos-
des-vínculos. 1000 ausencias, en comparación con nociones mucho más abstractas de ausencias o de compañías. Antes de saber la cantidad parecen más tolerables.

En el mundo virtual vivimos vidas imaginarias, proyectamos deseos, magnificamos las cosas buenas. Nos atiborramos de las malas. El premio por mostrar un trozo de información propia es un “Me gusta”, y ¿cuántas cosas que podrían ir más allá no se quedan en eso?

Dejar Facebook se siente como dejar una isla llena de multitudes y murmullos. Perder diálgos. Perder lo que esos diálogos hacen de nosotros. Conservar aquellos que me compañaron cerca de nueve años. ¿Cuántas partes de mi son lo que soy gracias a esas conexiones? Life before facebook.

Life after Facebook.  Dejar la isla de los murmullos causa un poco de nostalgia. Ya no tengo esa página a la que iba “scrollear” cuando encontraba un obstáculo en mi camino de escritura. Ahora me tengo a mi misma. De cierta forma.

Siento alivio, apagar las voces que anunciaban y atestiguaban la locura del mundo es un alivio. Elegir las imágenes que yo meto en mi cabeza. Ver lo que mis sentidos alcanzan a percibir de los otros con mi cuerpo, extrañar realmente a alguien. Hacer un esfuerzo por llamar, viajar, visitar. No todo es malo en la red, sin embargo. Me permitió aprender cosas, trabajar, conocer personas. Pero volverme la persona que ignora al interlocutor, que se pierde bajando una pantalla, que huye del mundo mientras la cara se ilumina con la luz de un teléfono, la persona detrás del mensaje corto, del “sticker”, el emoticon, detrás del “Me gusta”, o de abandonar conversaciones a la mitad, sin despedirme, sin que haya esctructura en cómo se conversa. Ser quien no pregunta nunca hacia el otro lado, y tú, ¿cómo estás?

No quiero ser más eso.

Dejar FB tiene que ver con varios escándalos de uso de datos, con alguna postura política, pero tiene que ver con decepción de ver en quién me he convertido en la red. De descubrir que las personas que una piensa que son aliadas son más bien organismos neutrales que se moverán hacia donde convenga la balanza, aburrimiento.

Con esa isla de murmullos se quedan muchos proyectos, contactos, conexiones. Allí dejo una parte de mi vida. Pero no significa que deje de escribir, ni de crear, buscar otras plataformas. Aunque sólo sea un fanzine de 20 copias. Aunque pierda esa multiplicidad y la posibilidad del “sharing” exponencial. Al final, después del facebook, he empezado a valorar las cosas que ya no caben ahí. Lo inextricable. Lo que es complejo.

Aunque el mensaje sea menos difundido. Aunque las acciones tengan menor impacto, y se pierdan algunos en la memoria. Alguien igual va a leer lo que lance adentro de la botella. Aunque sólo sea uno. Aunque seamos dos, tres, cinco.

Otras cosas ocurren más allá del ruido.

 

 

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A school of journalism

Part I

Gaetano gradually becomes a monster, the loneliness eats him up, he is the architect of a conspiracy built by himself. His routine cloud is suffocating. It’s tobacco and alcohol, the windows closed all the time, his dark teeth, the stage behind the screen through which he watches the world. I hear him speak, sometimes I respond by saying what he wants to hear, and then I go back to the mirror and I blow all his words away from me.

Once, a long time ago, he wrote a manifesto that divorced him from the American newspaper industry. Or he liked to say so. Then he arrived in Mexico, scpaing from the context in which he had managed to affirm himself as a dissident. Ready to conquer, like a good son of a deeply imperialist culture, the Mexican ground that he was gradually acquainted with, but always walking on the surface.

He has been reporting American, Oriental and Latin American social struggles for thirty years. Or he likes to say so. He says he knows exactly what is the order of the important actions, what the scenario is, what acts should or should not be interpreted and in what way it should be done in a determined social panorama in order for a fight to be successful or not. The revolution has gestures that must be known when the language of war is spoken.

When he talks and writes about the revolution he seems like a unique player in front of a magnificent board. He smiles like a child who has fun changing the pieces of place inside a small city that seeks, within its incessant rhythm of tiny destinations, only to fulfill his duty of a day. Every day within the fictitious board, thousands of invisible events happen, some walk in the dance of the game of the pieces that already exist, the real streets, the beings of history and bone meat. Others never happen in concrete, however, in the board city, where Gaetano plays, there are coup d’etat in the kitchens, mansards that revolt from their windows, lovers who hide from fate in boxes full of old correspondences. Assassins of movement leaders with unusual forms. Explosions in front of congresses and municipal palaces, boycotts that conspire within Sunday Masses, producing believers who annihilate their chains when they want their nieces madly, -those days the tithing basket weighs less.

This is how even when he has the best international secret sources at his fingertips, the best devices to silence the radio waves of telephones, and the best trained spies in the country, he innocently ignores, within his monstrosity, most of the tiny events that surround him. Although it has a button in his study from which he could detonate the bloodiest revolution that can liberate the man of man himself, his cloud of smoke imprisons him, and imprisons me, because we know precisely which piece fits on the board of the world, and we know what factor produces and reproduces things as we perceive them; as deep the things are, we do not know how to take off the smoke from the eyes, or how to open the window to breathe, and although we have books that predict and explain the human condition with art and scalpel, we’ve forgotten how to look at the invisible notes, which we no longer report.

***

I wrote this text in 2013, as part of the catharsis after having worked eight months in the offie of Narco News, directed by Al Giordano, also director of the School of Authentic Journalism, SAJ “School of Authentic Journalism”. Why I had to create fictions and allegories to deal with those eight months, I hope to make it clear in these texts.

The story of how I got there and the things that happened next is long and complicated. It started in March 2012, when I was accepted to that year’s edition of the SAJ. I was 27 years old and was working at that time on a project called Cooperativa Tzikbal. Moved by the shock of facing the reality of the poverty of rural communities in the north of the country, full of questions and a naive will to change the world, I applied for the call to the SAJ that a former dance partner had been promoting through Facebook.

I was “accepted”.

In January-February 2012 they notticed me so, and sent me an email to confirm the appointment of the previous interview. I was very excited. I had known little about the school until then, I vagely knew the news site of Narco News, I had never considered journalism, but I did write. I just wanted to be a writer. So I arrived punctually to the appointment to which Al Giordano and a woman colleage of his came. Everything around this call, the way in which it was necessary to postulate, the process of previous emails, the language that it was used, the precision of the details and the meticulous organization of each event was impressive. It was like entering through a long tunnel where it seemed that the difficulty of entry was a condition inherent of something big, exclusive, important.

Or so they made us look like. Later, I understood better the reason of this process.

In the interview they asked me why I wanted to attend SAJ. I said first that I hated schools, and Al laughed and said he agreed. The rest of the conversation I forgot. I remember that he did not stop smoking and drinking coffee and the other woman was very pretty, she spoke with great confidence, and had a lot of personality. After that interview I think they told me I was inside, and they invited me to a pre-SAJ meeting at Al’s house.

I arrived a little surprised at how everything was. As a regular mexican woman, I was asking myself is I would not be exposing myself to being kidnapped and used in a trafficking network in that appartment of Napoles. Just paranoias of mine. -I thought.

A few days later it would be the school. The goal of the pre SAJ meeting was for the Mexican assistants to meet and to know we were some kind of hosts for the rest of the attendees. Young people, men and women from all over the world who came as well as many community organizers, journalists, and activists to the 10 days that the school took place, had to be welcomed by us, we were given several instructions on what would happen at every moment and how we should help.

The headquarters for the school were like a joke. It was a hotel-villa in Tepoztlan whose rooms must have cost about 2 thousand pesos a night. (We were 40 people or more) it had pools, buffet, “palapa” for plenary and it was quite luxurious. Several of us had done a personal investigation on the SAJ by that moment. We found other stories of other former assistants, and there were strange comments that made noise inside my head when I arrived at the hotel. In my proletarian mind, I kept wondering how something so luxurious had been financed for so many people while promoting such a miscredit for formal education. Poor hippie outsider I was. In the information I had found on the internet, there were testimonies from former school assistants who told the story of one of the first of its editions. Some kind of fight between scholars, some kind of disagreement on how to proceed with them, and a division between the asistants in two groups. There were also articles alleging a relationship between the CIA and Narco News. Not all the comments about the school were positive, many belonged to people who had been somehow banished from it. It sounded like something very exaggerated, “being banished from an event that happens ten days a year”, too much of drama for what it was. When I got to my room I discussed it with my roommate, and then with two other assistants from the next room, and we all speculated about the real school’s background. The rest of the experience was imbued all this time within this mystery. We had the feeling of being in something whose ultimate ends were unknown.

I do not remember much the sessions, but there was one activity after another all day. We had to get up at 8:00 am, have breakfast at the buffet, attend several plenary sessions and then go back to the buffet. Then we went to special groups where we worked using different journalistic methods. Research, video, I do not remember which one else. And then again to the buffet, before the daily party night. Every night there was one with lots of free alcohol, music, and dancing. The parties always ended very late, and I remember when Al interviewed me he asked me if I regularly drank alcohol. I had always been a sort of a nerd, I did not smoke, I did not drink, I did not do drugs. I told him so, and he told me that the condition for inviting me was that I had to be at parties and have fun. At that moment I thought that maybe Al worried about my personal integrity, how important it is to know people, and be happy. (Irrepressible laughs) I had placed myself as a roommate of another girl who also did not drink and we always went to sleep early. We spent many of those nights analyzing everything that happened and the things we learned. It was an avalanche of intellectual, emotional and sensory stimuli. There were people from all corners of the earth, with careers as activists, artists, and very striking journalists. Talent, art, music, and a lot of motivation coming from many places directed to build a culture of “training” in nonviolent civil resistance.

Most of the talks and interventions of professors consisted of stories of people who had participated in some social struggle and they focused a lot on talking about successful cases. It was necessary to report the effective peaceful actions that nonviolent tactics used. The school of 2012 was funded by the International Center for Nonviolent Conflict, which brought to the sessions speakers, teaching materials and various publications. Being there, 18 hours a day, attending at talks, meeting incredible people, the brain became an inspiration pump. It was too much to be assimilated every day. So the submersion strategy had its effect. I left totally convinced that all the fights had to be peaceful, they had to have strategy behind, planning, rehearsal, and aim to win.

I remember how important concepts like victory, discipline, and strategy were. Those were words repeated at all times and with which obedience was implicit because in the end the doctrine was perfectly constructed. It did not have methodological gaps, it made sense. Each of Gene Sharp’s recommendations made sense. But at that time I had no idea how many levels that would manifest as doctrine later on.

To train. Training workshops on nonviolent civil resistance. Nonviolence sessions. Dsicipline, planifying. We were constantly told this during school. I felt that they were great tools and I could not believe why the subject was not better known or spread among the left that I had known in Mexico City. It seemed the solution to all the organizational problems.

Pause. This is called the School of Authentic Journalism, but a large part of it developed the theme of community organizing. Al said that journalism and community organization were parts of the same thing. The movements need to communicate their goals, their achievements, their tactics and although I was not clear how a journalist could also be a community organizer, it made sense to me.

The school lasted ten days. Ten days of strangeness for it’s funding, for all the values ​​that were “inculcated” with each activity, and that air of mystery around the organizers. I remember that my perception was that they were not so well known or recognized by the Mexican journalistic media, but they seemed to assume a personality full of paraphernalia and protective gestures of something very important that they were carrying out. During the school I was surprised to learn that Al was the ex-partner of one of the teachers, a lot much younger than him, gorgeous, intelligent. (Strangely, all the women who attended the SAJ were very beautiful) I was surprised because maybe I am full of prejudices around relationships with so much age difference and they have have always seemed dangerous to me because of the inequality that inhabits them. I was also a little disappointed to learn that Al mixed his personal life with his work. Much time later, everything made sense in this respect, too.

When the SAJ was over I was strangely animated and exhausted. I had the feeling that they had put me in a cocktail with amazing people and they had shaken us for a long time. Dissiness,happiness, disorientation. The combination worked: intellectual, gastronomic, landscape, personal, emotional stimuli, compulsory parties (deprived us of sleep), intensive work. Al had anticipated that at the end of each SAJ there was a withdrawal syndrome, after all the adrenaline in SAJ, when leaving it, the world seemed less bright. This he had said in one of the first meetings when he welcomed each of us and made us introduce ourselves to the group. I remember that at that moment I was very nervous when it was my turn. But in a certain way he designed the emotions that were being handled in each stage, and conforted me, and the others, and I understood later, first with admiration, then with fear.

All the characteristics that made the SAJ something so effective corresponded by chance to those of a sect.

The application to enter the SAJ is very long. Many questions, a long essay. After an interview, then confirmation emails. It gives the impression from the outside, that behind the SAJ there is a great team that works professionally, that organizes plans and executes. It gives the impression that there is administration, direction, editing. It seems that Al Giordano is really a hero journalist retired community organizer. A misunderstood genius, a rebel, oustider exiled from the terrible gringo world of the media he had defeated and now honorably and generously passed on his cultural heritage and experience to the new generations, for the good of society.
Pause. I have to pause continuously because the second part of this story will close some loose ends that were not resolved until six years later. And to realize things as I write produces an emptiness in my stomach that forces me to stop.

The character of Al Giordano was perfectly created. And I say created because as a writer he knows the importance of telling his own story. From the organizer of an anti-nuclear movement in the US to a renegade journalist in Mexico. During school, some American colleagues corroborated that Al was a legend and that Narco News was a benchmark for journalism in the war on drugs on the border. At that time my life consisted in doing yoga and dance, and dreaming of a cooperative world. I don’t think now, that I had enough criteria to appreciate these references and put them into questioning. In addition, Al’s discourses on desecolarized education, on discipline, and the willingness to change reality had also already had their effect on me.

I remember that although it caused me stinging and chills, what Al said in a welcome ceremony resonated a lot with me. “I believe in you, not one believed in me when I was younger, except someone, and this person changed my life”. “Now it’s your turn to change the world” and things like that.

We were all people who wanted to change the world, from the left, rebels in a certain way, and that speech was perfect because rebellion and dissidence have as a constituent context the distance with the rest of the world, in many cases at least. To disagree with something is to feel sometimes also misunderstood. And entering a place full of apparent equals is not an everyday thing, that’s why the SAJ seems so many times a paradise, a promised land. The dissident’s melancholy finds a catharsis there in five minutes. At least the young ones.

When I returned home after the SAJ, after taking a walk with the new friends from the US, and South Africa, I remember being in my room and feeling that I wanted to change reality in that same moment Build a team, put hands to work. Some SAJ colleagues and I had a project that did not succeed, I’ll say why later. And I felt anxious and nothing of the outside world seemed interesting to me anymore. I hoped to collaborate with Al, in any way, as a volunteer, editor, cmmunity manager or whatever. That’s why on the last day of the SAJ I told him with eyes full of admiration that I wanted to collaborate with NN and that I was super happy and that he could count on me. He said let’s talk about it later. And now I think twice before saying this kind of things.

This is what happened in the real world. But there are other things that meanwhile, happened in the virtual world.

Al and Greg Berger, a kind of deputy director or partner of NN and the SAJ, opened a facebook group of our generation where they published indications, messages, information about the activities, the daily photographs (which were thousands) and messages from the assistants, both tutors and students. Near the end of school, before returning to Mexico City, I remember that there was a problem with some scholars. I do not remember exactly what happened, but some were thrown out of the FB group. And little by little, between chats and meetings after the SAJ, it became clear that these people had to be totally exiled from the project because they were considered harmful. I believed this, and I accept having supported it, even though it seemed obvious to me that inviting investigative journalists to a project whose financing or methods were not very clear would raise suspicions, speculations, or the simple questions that the exiled group (among whom was Al’s ex girlfriend) had done.

The first day of SAJ, on March 20, 2012, there was an earthquake in Mexico City of 7.2 degrees or something like that. In my head, the message was that something was moving. The SAJ had been present somehow (making videos or strange visits) in Egypt and Madrid. It was the post 15M era, post Arab Spring. There were many ideas in the air about the effect that new networks and the Internet had on the revolutions that were emerging and being seen as possible. And 2012 was an election year in Mexico. The environment was totally conducive to putting into practice all the things I had seen in school, to create content against Peña Nieto, to write about it. To get involved in anything that happened and that we could make a difference to avoid what later became the telebancada. What was the arrival of the PRI to the presidency of Mexico, the right, the opressors, the dictatorship back. After the SAJ, I was sure that this dynamic community of people was going to make a difference, whether we were here or in another part of the world. Especially because during those ten days I had the feeling that there was some kind of unity and solidarity among us.

With that feeling, with the will to put my energy to learn at the service of the common good, I got to collaborate in the Narco News office.

After having spoken with Al in person, we agreed that I could collaborate with the project on a regular basis. We went to a cafe on Insurgentes and spoke not for very long. I do not remember what we said either, but later I think I accompanied him to go home. We went through a park and he asked me to sit down. I had maintained until then my admiration and respect, and I would never have considered anything romantic happening between us. This idea never crossed my mind, and even though I agreed with many of their ideas, it never had the feeling of confidence, lnot a piece of attraction. When we said goodbye he told me that he would think about a fair payment-retribution fee and that I could surely help him to administer Narco News. I was afraid of not being able to do it because I imagined Narco News as a plural news room. With plural saying, I want to make clear that I thought at least it would exist beyond Al. But when I got to the office I had already received two surprises to which I had to adapt.

I will not say I was not happy. I was. But my welcome to that world left me with a lesson, which did not reach me to prevent everything that happened later, this is what I say in the second part of the story, where I hope to make clear several things, including my position regarding the out in the light of so many stories about Al Giordano and his projects to change the world.

Al, if you are reading this do not be afraid of things that are not true. The truth not only costs to the implicated, but to who was silent for so long, in this case, me. You more than anyone told us many times that there are no absolute truths, that “no one is right”, and that putting together many truths can only create a greater one.

 

Part II

I write this to explain events related to the recent public statements of several former women collaborators of the School of Authentic Journalism. First of all, I want to express my full solidarity and support to each of those who have had the courage to tell their experiences as victims of labor abuse, workplace harassment, sexual harassment and emotional manipulation. I consider myself personally subject to this. I categorically reject the systematic aggressions that the director of the School of Authentic Journalism has perpetrated against students and collaborators. I do not justify any of them at all, and I want to make it clear that I do not blame (although I do question) or criticize the position of those women who still profess support by Al Giordano, since I consider them victims like me and dozens of women nearby the SAJ.

***

Monday, February 19, while I review without much attention the facebook on my mobile phone I find a phrase that catches my attention: “I stand behind all the women (and there are many) who continue to create important work after being expelled from this group … “Which frames a publication that says” The School of Authentic Journalism (part of Narco News) just began its fundraising drive for this year. I attended the School in 2014. I would not have anything against the School if I stopped hearing stories about Al and Greg mistreating women. But unfortunately there is a deep, deep well of those stories. ”

When I read this, an experience that I had tried to forget for many years came to my mind and to my body. When one night in February I left the Narco News office, also Al’s house, escaping with the fear of someone who had done something wrong. With horror of being seen and receiving complaints, feeling that I was betraying something sacred and that my decision to leave would lead me to be criticized, exiled, slandered, and above all silenced.

My hands were shaking when this Monday of 2018, in a morning at home and in a life totally different from my life five years ago, I wrote a small message in the complaint publication. I wanted to back up what they were saying. Give a testimony that I thought I would never be able to give, and above all, I wanted to make these women, who were beginning to be many as the morning wore on, not feel the loneliness and discredit that I felt when I stopped being the assistant of Al Giordano.

In the previous story I tell how I got to the Narco News office, full of illusions.

Agitated by the recent experience of the School of Journalism. Curious about the personality of the director.

I was too naive. The night before I started working at NN Al Giordano told me by Facebook message that he was in love with me. It surprised me, because the only link we had was having spoken a couple of times during and after school. I never thought that I would have given any sign of being interpreted as an opening to a romantic movement by Al. He looked like my father, in terms of age, and during the SAJ I attended I had a fleeting encounter with a partner, which it was something obvious and open, with no mysteries or secrets involved, and I thought it would be enough evidence that nor during or after the SAJ there was any interest in Al from my part.

While Al sent me messages saying that he had fallen in love with my character and my way of looking at an insect, I sent these messages to a friend in NY, (another SAJ scholar) to whom Al was saying exactly the same things at the same time. First we both laughed, we said how embarrassing the situation was, but we ended both feeling deeply disappointed. Was he taking advantage of his position and the admiration we had for him to seduce us? It seemed disgusting. My friend and I talked a lot about it, and I decided not to participate in NN after those messages.

The next morning Al told me he was recanting what was said. That he was very drunk and that he was very lonely the last night. That I should not take seriously anything he said to me after 6 o’clock in the afternoon. And after considering it, today I know that foolishly, I decided to ignore the seduction attempt and work for Al as his assistant.

The agreement was that I would begin to compile letters of recommendation and review of the SAJ 2012. My experience until then was to write and manage. For this, Al told me that I should go to his house from 10 in the morning to 6 in the afternoon. He had given me keys to his apartment because part of the “job” was making sure I woke him up at 10:00 am. He was not a “morning person”, he repeated constantly. And he gave himself the license to be a monster “before coffee”.

So I had to make coffee.

Many of the things I did in the first month were just sending emails, writing letters and uploading posts to the NarcoNews site. I felt that these were things I could do completely from home, and I proposed to do so to Al. But for him, the discipline of going to the office every day was important, so he insisted that I had to continue to going with him everyday. An all I did was tiring, things like listen to him talk, see how he got angry with his ex, with whom despite having broken contact he continued to build hatred and a wall made of obstacles. He asked his friends not to publish the work of this ex girlfriend. He sent angry messages to the group recently expelled from the school, constantly reviewed the social networks of alumni, talked about what had happened in the SAJ, and basically relieved himself from the anger of being alone.

When I entered in April 2012, Al said my job would start with basic tasks but that the responsibility and complexity would increase with time. After the SAJ, we were a community of almost 30 people, with a lot of talent and possibilities, and Al constantly received materials from the alumni to be published on the portal. I thought that this was the most appropriate, and propitious. I did not know the regularity of the site’s publications, and in fact I was surprised to see that most of the publications were stories only of Bill Conroy and Al Giordano, plus the letters that asked for money from the young journalists of SAJ alumni.

But the pieces of journalism that the ex SAJers sent were not being published. It was as if Al didn’t wanted anyone to have a place or a voice inside Narco News, besides him, Bill, or Greg Berger. Or whoever had his sympathy in turn. He cnstantly discouraged attempts to write together (among former students of saj) saw badly the groups of friends that appeared after the SAJ but did not include him, spoke badly among the students of many of them to prevent “cells” as he called them, to be made. “Grupúsculos” of enemies, infiltrators, saboteurs.

And all that sounded very strange to me, and when I told him, or asked him to put aside hatred, and include other to enrich the portal he told me that the SAJ was his project, that it was not a democracy, and that whoever did not like it or was willing to harm it could be just expelled. He also used to say that the SAJ was the only thing he had and that whoever wanted to, could do his own project with complete freedom. That calmed my comments about it then.

In addition to this, I had seen what was happening with the disobedients. Those who questioned, (it occurred at the end of the school), were designated as toxic traitors. That was an implicit lesson that was recorded for many of us, and although we continued discussing the strange background of SAJ, we did not mention it openly ever again.

In that initial period everything went smoothly, it was an election year, there were many open signs about the role of the media in the construction of the family image of Peña Nieto, and the management of the image of the PRI. It was happening exactly what the SAJ said about the sold media, the complicity with power, and my reading then was that we were in the perfect moment to act in some way, to write more and to involve and collaborate with more people.

But Al was extremely jealous of the project. With much disappointment I realized that NN almost did not report. Its rate of publications was extremely low, according to its director: it was worth writing only the most important and impressive stories. But even in the midst of the whirlwind of information that was the electoral context, nothing was worth to be reported. NN also did not work as a conventional medium. While I proposed ideas to Al to extend the school in more workshops, to seek funding through crowfunding campaigns (to not depend on the editorial line of the ICNC or entities with questionable political interest), to publish valuable materials from the community of the school, he refused outright.

In this time Al started telling me that I was his successor, (which sounded to me like a cliche and a quite kitsch idealization) and in front of others he liked to say that I was an administrator of NarcoNews, and that I was a whip and a tirana that made things work. Somehow, on a very small scale I had – or have, some leadership skills, because I organize things, I have ideas, I launch myself to risky companies and without a professional career that supports me, I play everything I am every time I start something. And Al liked to feed my insecurity of being self-taught, of being out-of, the school, a system, a group of friends.

He used to say things, especially in the afternoons-when he should not be taken into account-because he drank too much after 6:00 p.m., like I was going to change the world. That I had something special and gave order to his life. He sent me corny videos, songs and gave me the treatment that is given to a friend. He told me his exploits of seduction, his attempts to meet women, he introduced me to his conquests. And sometimes he presented himself as a man who recognized himself as broken. He confessed that he had to establish employment or collaboration contracts to maintain links with women. He said unspeakable things about all those women with whom he shared the school project and repeated many times that he only tolerated them if they were pretty.

Now I know that there were plenty of reasons to get away from there as quickly as possible. I still do not understand why I did not leave before. Narco News did little in the months that followed the SAJ and preceded the elections. I wanted to write, report, learn. But until an incident that Peña Nieto had at a private university in Mexico City (which triggered many things), the work was clumsy and insipid. We only published letters every month from alumni, telling how wonderful the school was and how important the donations were. I must have published just a couple of things, and no more. Because even when Al had said he would teach me, he never did give any advice or direction that could help me write, report or publish any better than I already did when I got there.

In that time, I saw Al more interested in doing parties or meetings than actively publishing and writing. He seemed happy that I was there, and he said that when we organized the 2013 School there would be more work to do. But I was getting desperately bored. And I did not enjoy meetings so much, because I wanted to learn and grow, not just see people get drunk ad sing.

Then came the movement YoSoy 132. Multiple demonstrations against the media’s handling of political campaigns for elections appeared on the streets. So also appeared the attempts to organize the movement, some cells, nodes, communication networks. We, the few people who were close to Al at that time, in response to a call for Facebook to create Operational Groups, thought it would be a good idea to create one.

We called it the “Salón de estrategia”.

It consisted in creating sessions every Tuesday where we would study, discuss, and design actions within the doctrine of Nonviolence. I used the convening capacity that I had developed until then with other collective projects and defended the idea. I invited, and now I am very sorry, many of my friends.
And I’m sorry in this way, so strongly, because I should have foreseen what Al would do with my acquaintances and friends. What would he do with me? I should have stopped him at the time, telling others what he was like, how dangerous it was to have a bond with him, or being close, especially as a woman.

Since Monday, February 19, 2018, almost twenty women, or more, (because many have preferred to remain silent, and I want you to know that I understand you, very deeply, and do not judge you) have made public what Al Giordano did with them.

Some have said that they were sexually harassed. Others say they were laborally abused not receiving adequate payments for collaborations. Others have reported that Al defamed and publicly stated them when they rejected him. There were some, who had been expelled from the school, or from the community. Emotionally manipulated so they don’t speak, don’t question, not even mention Al or SAJ after their expulsion. Others have accused Al Giordano and Gregory Berger of approaching them when they were students of the school, to seduce them, hook them up and make them collaborate freely with the project.

Which of these things did Al with me?

The Salón de estrategia was built in the living room of Al’s house. We were there, students, professionals, journalists, and a little bit of everything. The same number of men as women. Al added a very strong emotional component to the sessions that were organized every Tuesday and to those that we convened through Facebook. He spoke of his experiences, portraying himself as a misunderstood, veteran hero, who knew very well how to be charming with each one of the attendees. Especially women. He repeated a speech of “the super powers” of those who want to change the world.

Since I arrived at his office, the first thing he did to communicate with me was to establish an underlying code that explained the dynamics of his projects. He took me to see a “The fantastic 4” or something so. We, the scholars, alumni and collaborators were the projection of a universe raised in the Marvel comics. If you are not identified with this, I will say that comics work through archetypes that reproduce roles and establish dynamics perfectly congruent with real psychological profiles and that thanks to that, they work as allegories of real life. It does not matter if these allegories are green monsters, or flying men, we make parallels with them, and identify and admire them.

Al knew this. He extrapolated the traumas of the characters and understood the strength that lays within each weakness. Heroes are constructed from the transformation of wounds. The vindication of the vulnerable is a powerful weapon in rhetorical terms. Anyone can analyze this however anyone wants. But if you tell someone dissatisfied with the reality that he is powerful, that he is misunderstood, and that you will be his mentor and his guide, (do you know the Xmen?) It is very likely that his wound will be the best place from which to hook the ropes of manipulation.

He did that. With each one. Sometimes he even asked everyone what his super mutant power was. What greater sympathy can we have than the understanding of someone who values ​​what perhaps no one else perceives as a potential?

It was an intense time. Peña Nieto won the elections. There were protests. Many actions, many links created. In that boiling I started a relationship with someone from the movement Yosoy132, and that completely changed Al’s attitude towards me. The day I told him he did a big tantrum. He started making machinerys being paranoic of the side my then boyfriend was in, pretending he was an infiltrate, saying he was putting NarcoNews at risk. The next day I arrived at the office and made coffee. When he tried it, he threw it and yelled at me. He said that I did not do anything right, not even coffee and he shouted more things. He got up and left and left me alone there. He returned several hours later to find me full of fear. He said that things did not work for him anymore and that from that day on I would have to leave at 2 or earlier, because I was not being useful for the project. I left and I thought about leaving everything that was happening there, quit the pseudo job, leave it all. But I did not.

I thought he was a wounded guy, and that if everyone else considered those emotional breaks part of a “functional” character, maybe it was not so bad. And also I did not have many job options where to go.

Since then I went from being what Al handled before the Strategy Room as the administrator of Narco News, whose opinion he said he respected, whose leadership he thought he strengthened, to be his personal assistant that solved the most stupid tasks in the office. Make coffee, make photocopies, send mail chains. And strangely, while his dealings with me were getting worse, he had begun to flatter me more and more before our community of collaborators and acquaintances of the Salón de estrategia. Before the attendees of the workshops I was the “head” or the “boss” and Al kept saying that to build the image that I had everything under control even if it was not true.

By this point, already in fall, we were facing the proximity of Peña Nieto’s seizure of power, and we were convinced that peaceful strategies had to be built. The room became a kind of circle of friends, which continues in contact until now. There was good cohesion and camaraderie. Even after I left.

Our activities were limited to see us on Tuesdays and serve as a sort of relief. Go together to demonstrations, put art on the streets. Once we tried to do something coordinated but failed with very funny results. As I write this I regret that between these nice groups there had been so much toxicity, because they were so many times divided. They were Al’s products, like his children, but all aborted, sick, or cut in half. Al did not like that there was never anything behind him. He was afraid of infiltrators all the time. He said that his enemies, who were many, as we know today, said that he belonged to the CIA and dismantled his efforts to transfer the wisdom of nonviolent civil resistance.

In that fall I also went to another state to give a nonviolence workshop. We gave several, at least three, two in DF one in Colima. They were good experiences but not much came out of there.

Also at that time I started taking courses on human rights, journalism, communication, and the contrast was enormous with Al Giordano. Outside, journalism went beyond discourses on its practice and had greater discipline. It had theory but also a lot of practice. Complexity. And that, along with the visions of who was then my partner made me take much more distance each time from Al’s speech.

External criticism did not wait around the Salón de estrategia. It was not that we had caused such a stir, but some alternative media criticized the Salon as being a Mexican arm of Gene Sharp’s heirs and we were claimed seeking to destabilize the protest. For me, we were a group too baby to aspire to that.

Shortly before Peña Nieto’s protest takeover as president of the Republic Al began to get very sick. My tasks were still basic, they were still tiny, I was in charge of the Salón de estrategia, I had to publish the events on facebook, and sometimes coordinate the sessions. And we started planning the next school, the one that would happen in 2013. I think we got the call out in november or so, and I think the ICNC financed it again, but I do not remember how that was achieved. The routine had become heavier for me. I lived alone, I worked walking dogs, taking care of Al, organizing the school, and doing translations, reviews, and small jobs that came to me time to time.

Until then he was considered by me as a friend. And I was worried about his health even though I knew how hard he had been with other women. For example, I had learned how bad he had treated two of his former assistants. I had been there when he called me one morning to take a girl out of his appartment because he tought she was going to steal from him. He had said horrible things, the kind a “gentleman” wouldn’t say, as I was said. It was then that I began to notice a pattern. His personality. His relationship with women. His emotional dependance.
Many of the features that Al liked to stand out from himself were those that made him be like Dr. House. This comparison takes much solemnity from all these things that are being said this week around him, because it is really ridiculous, but it is real. And it can be corroborated by many.
In the fall of 2012 Al sent me one morning to buy him a cane. Until then I had never seen the series, but I knew that Al was a fervent admirer of the character of Dr. House. A sick personage, a genius, incapable of maintaining healthy relationships with women, and with unconditional friends who forgave him everything. A guy with a cane who could afford to be considered a bastard. An elderly man alone and sick. Obsessed with his work. Calculator and strategyst.

Anyone who thinks that Al can be appreciated or seen as a genius, and that his actions are justified because they belong to a complex and rich character, can qualify his vision with this, and think if we are dealing with an original character, a fiction with licenses in the real world or a coincidence.
And anyone who’s in the role of Wilson, needs to review the series. For your own good.

Al was very sick, he smoked about thirty cigarettes a day, and drank practically every afternoon, and his illness had sharpened near winter. His friends, who were about two or three, had all many things to do in that time. Although my schedule had been reduced, giving me freedom in the afternoons, I was still aware of many of the tasks that Al left me.

Tasks that were still strangely stupid, some that I considered degrading, and obsolete. Since I had started that relationship with the guy in the movement, it seemed that Al needed to assert his power over me by confirming my subordination all the time, and letting me see when we were alone that his sympathy for me and my supposed super powers, was over.

When this started to happen I felt liberated. But then another program was launched to keep me close. Al had a health crisis that threw him into bed for many weeks, and that’s where the work abuse that I was subjected of, began.

He started to ask me to go get him his breakfast, to take him his medicines, to get him doctors. In the worst moments, he even asked me to empty a pitcher of water that he filled with urine because he could not get up. The work to organize the school was still ongoing. I kept walking dogs and writing, and also helped Al extra hours because he was very bad. I came to tell him, with the license he granted to be considered a friend of his, that he had to take care of his health. Give up smoking. Stop drinking, and go to therapy. He responded badly and told me not to get into his life.

He continually told me about his relationship with his mentors, and told me that he would have given his life for them, that he always helped them and that he was there to clean up their vomit, hold their head when they were overdosed, feed them and help them in their worst moments. His idea of ​​loyalty was exaggeratedly romanticized. My days were strenuous, I had to pay the rent, and he knew it. He came to tell me that this work was not corporate at all and that everything was more flexible, so changes in my tasks were normal. The payments before winter arrived on time, but for my last stage in NN they were not fair.

I told Al, and his friends, several times, that he needed help, that Al was not doing his part and that what he required was a nurse. I saw how much he spent on alcohol and I could not believe that he paid me what he paid me, and that he did not consider investing in his health. He began to tell me that without me, the SAJ of 2013 would not be possible, and the call had already been published, so the applications had already begun to arrive. Continuosly, at night, he used to tell me that he was considering suicide. He was trying me to manipulate me in order to keep working for him.

We checked the arriving applications letters thoroughly as they came, and I noticed that Al and Greg were asking for the Facebook profile for two reasons. First, to corroborate the legitimacy of the contact; their connections, if they had any link with the “excluded”, and if they were women, to choose them based on their beauty or their youth.

During my stay at NarcoNews I learned that he seduced people from the circle we shared, and that he manipulated them into believing that he was in love until the girls broke the bond. I witnessed his misogyny, and the hatred and resentment he had for those women who rejected him. I saw how he threatened to destroy the careers of those who came to question him. And I was afraid of him, in some way.

I felt trapped, manipulated, blackmailed, used. In winter Al kept the windows of his house-office closed, he smoked all the time, and did not let me breathe. If I questioned that, he scolded me, shouted, and blackmailed again. He even threatened to commit suicide on the grounds that he was very lonely, sick and miserable, and called my ask for opening windows a big drama.

I left him one night, after having asked him to hire a nurse. He refused and was upset. I could not stand it anymore and I was very upset and indignated with everything I was seeing. His way of planning the School was creepy. During the first dinner of admitted to the SAJ of 2013, when they were already many in their house, drinking beer and eating cheeses and snacks, I told Al that I had to leave early. I was cold, I was shaking, and I was very nervous. I collected my things from the office and left without saying goodbye to anyone, very quickly, thinking that I was doing something wrong and getting into the car of someone who had come to pick me up.

When I got in the car I did not want to close the door or the window. I felt suffocated. I could not talk well or cry, or breathe either. I had a panic attack.

I cried months later, when I understood that I was being abused laborly and emotionally and after a while I got over it. The SAJ 2013 developed normally with the help of other people. I did not heard about Al Giordano again. I only knew that he said later that I tried to sabotage the school. That I was a traitor, and that no one should keep in touch with me.

When the testimonies of many other women came to light this week I understood many things. The modus operandi of Al Giordano and his school are very clear:

  • Under the premise of helping young journalists, the SAJ collects money every year. This money goes to the very organization of the school, (which only lasts 7 or 10 days) but especially goes to the pockets of its organizers. (Of which not all are paid fairly or equally, according to some of them).
  • Al always has an assistant who calls “director”, and she is always a woman because in this way, in a leftist environment, nobody can say that there are no female leaders, as he even said to me once.
  • These directors, like their collaborators, are always seduced or tried to be seduced by him. Sometimes, when he can not have anything with them, he blackmails them, threatens them and exerts psychological violence. For him, his position as director of the SAJ is a perfect excuse, and unquestionable, to get close to women.
  • His conquests are always women much younger than him
  • After school, students are required to write letters of recommendation to raise funds.
  • The school in turn functions as a cult. It develops around an unquestioned leader, disobedience is punished with banishment, the mere mention of a doubt merits expulsion. The dissatisfied is called a saboteur and banished. In each edition the following conditions are met: the process of administration creates in the admitted a “chosen” treatment, there is a strong emotional component in each activity. There is food, alcohol, drugs, and sleep deprivation. The activities are one after another causing fatigue and lack of time to assimilate reality. During school, while inside, attendees are prohibited from disclosing the location and communicating with the outside world.
  • Each year the community is renewed but only keeps in it those who remain for apparent loyalty, who perform volunteer work that is capitalized in several ways. The participants’ ego is nourished with the idea that they are special, rather than those outside.
  • Within the teachings of the school, a “training” system is always managed as a program that is inserted in the assistants and later operates through them. As crazy as it seems.

Comments on recent events:
After I published the first part of this story, Al Giordano contacted me. He appealed to my kindness and used his health condition, asking me not to attack anyone but him, since as he alleged, I have done it against women leaders of his project. He called himself my mentor and said I am a good writer.

I want to make clear that this story is written to record my vision of the facts. That I do not blame or criticize who stays next to Al Giordano, because I know how difficult it is to leave because of the level of blackmail and manipulation. That I totally let go of having any contact with him and his projects. And that I am here for those who want support while recovering from systematic abuses. We are not alone.

I apologize for inviting to the Salón de estrategia the people was later hurt by Al, but I did not know the extent of the damage, and even though I feel responsible, and I know that his abuse is not my fault, I want to be part of what we require to repair the damage.

About the comments that some people have made, about whether this cascade of testimonies is a lynching, I would like to think that it is not. That is just an attempt to prevent this kind of abuse, harassment, and license to defame and mistreat women, keep happening. It has to stop. There must be consequences. We all have to learn.

Although the first part of this testimony shows a fiction, I want to make clear that the text is part of my attempts to sublimate what was a hard time of my life. Only the first paragraph can be read metaphorically, as it is written. The rest of my testimony is written according to my records in my diaries, letters, correspondence with friends, and my own memory. Much of this information is easily corroborated.

For many, these coming stories are not much of a story. You may question what an abuse is, what sexual harassment is, what laboral abuse is, you can question how bad emotional manipulations is. But think of how bad it is that the called director of a school takes advantage so many times of his position to get close to women, to treat them bad, to say lies abut them, to threaten them. And think how bad it is that this school is funded by other people’s money, when they think what SAJ is “helping journalists”, is it a 10 day party thrown once a year, really helpful for journalists? how harassing women and being abusive can be seen as a help to journalism?

Message to Al Giordano:
Al, you’re not my mentor. You did not want to be. You just wanted to have sex with me. Be real for a moment.

My mentors are mostly women, they have supported me, taught me, strengthened me, paid for work, protected, understood, been there when I needed them. They have helped me to have discipline with love. And that love is intact. None has harassed me. None has manipulated me. None has slandered me. And none has exiled me.

No one is responsible for your actions, your health condition, and your decisions, more than yourself. And nobody should pay the high price you charge in exchange for what you call teachings. I do not applaud your project.

As for us, the women you abused so many ways, we will move on. We have each other.

-Isa

Una escuela de periodismo

Parte II

Leer parte I aquí

Escribo esto para explicar eventos relacionados con las recientes declaraciones públicas de varias alumnas ex colaboradoras de la Escuela de Periodismo Auténtico esta semana. Antes que nada, quiero expresar mi entera solidaridad y respaldo a cada una de quienes han tenido el valor de contar sus experiencias como sujetas de abuso laboral acoso laboral, acoso sexual y manipulación emocional. Yo me considero personalmente sujeta de esto. Repruebo rotundamente las agresiones sistemáticas que el director de la School of Authentic Journalism ha perpetrado en contra de alumnas y colaboradoras. No justifico en lo absoluto ninguna de ellas, y quiero dejar en claro que no culpabilizo (aunque sí cuestiono) ni critico la postura de aquellas mujeres que aún profesan apoyo por Al Giordano, ya que las considero víctimas como yo y como decenas de mujeres cercanas a él.

***

Lunes 19 de febrero, mientras reviso sin mucha atención el facebook en mi teléfono móvil encuentro una frase que llama mi atención: “I stand behind all the women (and there are many) who continue to create important work after being expelled from this group …” que enmarca una publicación que dice “The School of Authentic Journalism (part of Narco News) just began its fundraising drive for this year. I attended the School in 2014. I wouldn’t have anything against the School if I stopped hearing stories about Al and Greg mistreating women. But unfortunately there is a deep, deep well of those stories.

Trad.:”Respaldo a todas las mujeres (y hay muchas) que continúan creando importante trabajo después de ser explusadas de este grupo…” “La Escuela de Periodismo Auténtico (parte de Narco News) comenzó recientemente su campaña de fondeo para este año. Asistí a la escuela en 2014. No tendría nada en contra de ella si dejara de escuchar historias sobre el maltrato de Al y Greg hacia las mujeres. Pero desafortunadamente hay un profundo trasfondo de esas historias.”

Cuando leí esto vino a mi mente y a mi cuerpo una experiencia que había tratado de olvidar desde hace muchos años. Cuando una noche de febrero salí de la oficina de Narco News, también casa de Al, escapando con el miedo de alguien que hubiera hecho algo mal. Con horror de ser vista y de recibir reclamos, sintiendo que traicionaba algo sagrado y que mi decisión de salir me llevaría a ser criticada, exiliada, calumniada, y sobre todo silenciada.

Me temblaban las manos cuando este lunes del 2018, en una mañana en casa ya en una vida totalmente distinta a mi vida de hace cinco años, escribí un pequeño mensaje en la publicación de denuncia. Quería respaldar lo que estaban diciendo. Dar un testimonio que pensaba que nunca iba a poder dar, y sobre todo, quería hacer que estas mujeres, que empezaban a ser muchas conforme avanzaba la mañana, no sintieran la soledad y el descrédito que yo sentí cuando dejé de ser la asistente de Al Giordano.

En la historia anterior cuento cómo llegué a la oficina de Narco News, llena de ilusiones.

Agitada por la experiencia reciente de la Escuela de Periodismo. Curiosa por la personalidad del director.

Pero era demasiado ingenua. La noche previa a que empezara a trabajar en NN Al Giordano me dijo por mensaje de facebook que estaba enamorado de mi. Me extrañó, porque el único vínculo que teníamos era haber hablado un par de veces durante y después de la escuela. Yo nunca pensé que hubiera dado alguna señal de pudiera interpretarse como apertura a un movimiento romántico por parte de Al. Me parecía mi padre, en términos de edad, y durante la SAJ a la que asistí tuve un encuentro fugaz con un compañero, lo cual fue algo obvio y abierto, sin misterios ni secretos de por medio, y pensé que sería suficiente señal de que durante la SAJ no había interés alguno en Al de mi parte.

Mientras Al me enviaba mensajes diciendo que se había enamorado de mi carácter y mi forma de mirar un insecto, yo enviaba estos mensajes a una compañera de NY, a quien Al estaba diciendo exactamente las mismas cosas, al mismo tiempo. Primero las dos reímos, dijimos lo bochornoso que era la situación, pero las dos nos sentimos profundamente decepcionadas. ¿Al estaba aprovechando su posición y la admiración que le teníamos para seducirnos? Parecía repugnante. Mi amiga y yo hablamos largamente al respecto, y yo decidí no participar en NN después de esos mensajes.

A la mañana siguiente Al me dijo que se retractaba de lo dicho. Que estaba muy ebrio y que estaba muy solo. Que yo no debía tomar en serio nada de lo que me dijera nunca después de las 6 de la tarde. Y después de considerarlo, hoy sé que tontamente, decidí pasar por alto el intento de seducción y  trabajar para Al como su asistente.

El acuerdo fue que yo empezaría a reunir las cartas de recomendación y de reseña de la SAJ 2012. Mi experiencia hasta entonces era escribir y administrar. Para ello Al me dijo que debía ir a su casa de 10 de la mañana a 6 de la tarde. Me había dado llaves de su departamento porque parte del “trabajo” era asegurarme de hacer que despertara a las 10:00 am. Él no era una “morning person“, repetía constantemente. Y se daba a sí mismo la licencia de ser un monstruo “before coffee“.

Así que yo tenía que hacer el café.

Muchas de las cosas que yo hacía en el primer mes eran sólo enviar correos, escribir cartas y subir publicaciones al sitio de NarcoNews. Yo sentía que eran cosas que podía hacer totalmente desde casa, y lo propuse así a Al. Pero para él, la disciplina de ir a la oficina cada día era importante, así que insitió en que siguiera yendo a acompañarlo. -Porque eso era lo que yo hacía, escucharlo hablar, ver cómo se enojaba con su ex, con quien a pesar de haber roto contacto seguía construyendo odio y una pared hecha de obstáculos. Pedía a sus amigos que no publicaran el trabajo de su ex novia. Enviaba mensajes de enojo al grupo recientemente expulsado de la escuela, revisaba constantemente las redes sociales de alumnxs, ex alumnxs, hablábamos de lo que había ocurrido en la SAJ, y básicamente se desahogaba.

Cuando entré en abril del 2012 Al dijo que empezaría con tareas básicas pero que la responsabilidad y complejidad irían aumentando. Después de la SAJ, éramos una comunidad de casi 30 personas, con mucho talento y posibilidades, y Al recibía materiales de los ex alumnos para ser publicados en el portal. Yo pensaba que esto era lo más apropiado, y propicio. No conocía la regularidad de publicaciones del sitio, y a decir verdad me sorpredió ver que la mayoría de las publicaciones eran historias sólo de Bill Conroy y de Al Giordano, más las cartas que pedían dinero de los jóvenes periodistas ex alumnos de SAJ.

Era como si no quisiera que nadie tuviera un lugar o una voz dentro de Narco News, además de él, Bill, o Greg Berger. O quien tuviera su simpatía en turno. Desalentaba intentos por escribir en conjunto (entre ex alumnos de saj) veía mal los grupos de amigos que se formaban gracias a la SAJ pero no lo incluían, hablaba mal entre los alumnos de muchos de ellos para evitar que se hicieran células como él los llamaba. “Grupúsculos” de enemigos, de infiltrados, de saboteadores.

Y todo eso me sonaba sumamente extraño, pero cuando se lo decía, o le pedía que dejara de lado el odio, me decía que la SAJ era su proyecto, que no era una democracia, y que a quien no le gustara o estuviera dispuesto a dañarlo él podía expulsarlo. Solía decir también que la SAJ era lo único que tenía y que quien quisiera podía hacer su propio proyecto con toda libertad. Eso calmaba mis comentarios al respecto.

Además, había visto lo que pasaba con los desobedientes. Los que cuestionaban, (había pasado en el final de la escuela), fueron señalados como tóxicos traidores. Esa fue una lección implícita que se nos grabó a muchos, que aunque seguimos discutiendo el trasfondo de SAJ, ya no lo volvimos a mencionar abiertamente.

En esa época inicial todo transcurría tranquilo, era año electoral, había muchos señalamientos acerca del papel de los medios en la construcción de la imagen familia de Peña Nieto, y el manejo de la imagen del PRI. Estaba ocurriendo justo lo que la SAJ decía sobre los medios vendidos, la complicidad con el poder, y mi lectura entonces era que estábamos en el momento perfecto para actuar de alguna manera, para escribir más e involucrar y colaborar con más personas.

Pero Al era extremadamente celoso del proyecto. Con mucha decepción me di cuenta de que NN casi no reportaba. Su ritmo de publicaciones era extremadamente bajo, según su director: valía la pena escribir sólo las historias más importantes e impactantes. Pero aún en medio del torbellino de información que era el contexto electoral, nada valía la pena para ser reportado. NN tampoco funcionaba como un medio convencional. Mientras yo proponía ideas a Al de extender la escuela en más talleres, de buscar financiamientos a través de campañas de crowfunding (para no depender de la línea editorial del ICNC o de entidades con interes políticos cuestionables), de publicar materiales valiosos de la comunidad de la escuela, él se negaba rotundamente.

En este tiempo Al empezó a decirme que yo era su sucesora, (lo que me sonaba a una frase hecha y una idealización bastante kitsch) y frente a otros le gustaba decir que yo era administradora de NarcoNews, y que era un látigo y una tirana que hacía que las cosas funcionaran. De alguna manera, en una escala muy pequeña yo tenía -o tengo, alguna habilidad de líder, porque organizo cosas, tengo ideas, me lanzo a empresas arriesgadas y sin una carrera profesional que me respalde, me juego todo lo que soy cada vez que inicio o emprendo algo. Y a Al le gustaba alimentar la inseguridad de ser autodidacta, de estar fuera-de, la escuela, un sistema, un grupo de amigos.

Solía decir cosas, sobre todo en las tardes -cuando no se le debía tomar en cuenta- porque bebía demasiado después de las 6:00 pm, como que yo iba a cambiar el mundo. Que yo tenía algo especial y le daba orden a su vida. Me enviaba videos cursis, canciones y me daba el trato que se le da a una amiga. Me contaba sus hazañas de seducción, sus intentos por conocer mujeres, me presentaba a sus conquistas. Y algunas veces se presentaba como un hombre que se reconocía roto. Confesaba que tenía que establecer contratos laborales o de colaboración para mantener vínculos con mujeres. Decías cosas indecibles de todas esas mujeres con las que compartía el proyecto de la escuela y reconocía que sólo las toleraba si eran bonitas.

Ahora sé que me sobraron motivos para alejarme de ahí lo más rápido posible. Aún no entiendo por qué no lo hice antes. Narco News hizo poco en los meses que sucedieron a la SAJ y precedieron a las elecciones. Yo quería escribir, reportar, aprender. Pero hasta un incidente que Peña Nieto tuvo en una universidad privada en la Ciudad de México (que detonó muchas cosas), la labor fue torpe e insulsa. Sólo publicamos cada semana cartas de ex alumnos, que contaban lo maravillosa que era la escuela y lo importantes que eran las donaciones.

En ese tiempo, ví a Al más interesado en hacer fiestas o reuniones que en publicar y escribir activamente. Parecía contento con que yo estuviera ahí, y decía que cuando organizáramos la Escuela del 2013 habría más trabajo qué hacer. Pero yo me estaba desesperando. Y no disfrutaba tanto las reuniones, porque yo quería aprender y crecer, no sólo ver gente emborrachándose.

Entonces llegó el movimiento Yo soy 132. Múltiples manifestaciones en contra del manejo que los medios hacían de las campañas políticas para las elecciones aparecieron en las calles. Así aparecieron también los intentos de organización del movimiento, algunas células, nodos, redes de comunicación. Las pocas personas que estuvimos cerca de Al en ese entonces, en respuesta a una convocatoria de facebook para crear Grupos operativos, pensamos que sería buena idea crear uno.

Le pusimos Salón de estrategia.

Consistía en crear sesiones cada martes en donde estudiaríamos, discutiríamos, y diseñaríamos acciones dentro de la doctrina de la Noviolencia. Yo usé la capacidad de convocatoria que había desarrollado hasta entonces con otros proyectos colectivos y denfendí la idea. Invité, y ahora lo lamento mucho, a muchos de mis amigas y amigos.

Y lo lamento de esta forma, con lágrimas en mis ojos, porque debí haber previsto lo que Al haría con mis conocidas y amigas. Lo que haría conmigo. Debí haberlo detenido en su momento, diciendo cómo era él, lo peligroso que era tener un vínculo, o estar cerca, sobre todo siendo mujer.

Desde el lunes 19 de febrero del 2018, casi veinte mujeres, o más, (porque muchas han preferido mantener silencio, y quiero que sepan que las entiendo, muy profundamente, y no las juzgo) han hecho público lo que Al Giordano hizo con ellas.

Algunas han dicho que fueron acosadas sexualmente. Otras que fueron abusadas laboralmente, no recibiendo pagos adecuados por colaboraciones. Otras han denunciado que Al las difamó y señaló públicamente cuando lo rechazaron. Fueron algunas, expulsadas de la escuela, o de la comunidad. Manipuladas emocionalmente para no hablar, no cuestionar, nisiquiera mencionar a Al ni a SAJ después de su explusión. Otras han acusado tanto a Al Giordano como a Gregory Berger de acercarse a ellas cuando eran alumnas de la escuela, para seducirlas, engancharlas y hacerlas colaborar gratuitamente con el proyecto.

¿Cuál de estas cosas hizo Al conmigo?

El salón de estrategia se construyó en la sala de estar de casa de Al. Habíamos ahí, estudiantes, profesionistas, periodistas, y un poco de todo. Igual cantidad de hombres que de mujeres. A las sesiones que se organizaban cada martes y a las que convocábamos a través de Facebook, Al añadía un componente emocional muy fuerte. Hablaba de sus experiencias, como si fuera un héroe incomprendido, veterano, que sabía muy bien cómo ser encantador con cada uno de los asistentes. Sobre todo las mujeres. Repetía el discurso de los super poderes de quienes quieren cambiar el mundo.

Desde que llegué a su oficina, lo primero que hizo para comunicarse conmigo fue establecer un código subyacente que explicaba la dinámica de sus proyectos. Éramos la proyección de un universo planteado en los cómics de Marvel. Si no están identificados con esto, diré que los cómics funcionan mediante arquetipos que reproducen roles y establecen dinámicas perfectamente congruentes con perfiles psicológicos reales y que gracias a eso funcionan como alegorías de la vida real. No importa que sean monstruos verdes, u hombres voladores.

Al sabía esto. Extrapolaba los traumas de los personajes y entendía la fuerza que radicaba dentro de cada debilidad. Los héroes se construyen a partir de la transformación de las heridas. La reivindicación de lo vulnerable es un arma poderosa en términos retóricos. Cada uno podrá hacer el análisis que quiera. Pero si le dices a alguien descontento con la realidad que es poderoso, que es incomprendido, y que serás su mentor y su guía, (¿conocen a los Xmen?) es muy probable que su herida sea el mejor sitio desde donde enganches las cuerdas de la manipulación.

Al hacía eso. Con cada uno. A veces incluso preguntaba a todos cuál era su super poder mutante. ¿qué mayor simpatía se puede tener que la comprensión de alguien que valora lo que quizá nadie más percibe como potencial?

Fue una época intensa. Peña Nieto ganó las elecciones. Hubo protestas. Muchas acciones, muchos vínculos creados. En esa ebullición yo inicié una relación con alguien del movimiento, y eso cambió por completo la actitud de Al hacia mí. El día que se lo dije hizo un gran berrinche. Llegué a la oficina, hice el café. Cuando lo probó lo tiró y me gritó. Dijo que yo no hacía nada bien, y gritó más cosas. Se levantó y se fue y me dejó sola ahí. Volvió varias horas después para encontrarme llena de miedo. Dijo que las cosas ya no funcionaban para él y que de ese día en adelante yo tendría que irme a las 2 o antes, porque no estaba siendo útil para el proyecto. Yo me fui y pensé en dejar todo lo que estaba pasando ahí. Pero no lo hice. Pensé que era un tipo herido, y que si todos los demás consideraban esos arranques parte de un carácter “funcional”, quizá no era tan malo. Tampoco tenía muchas opciones de empleo a dónde irme.

Desde entonces pasé de ser lo que Al manejaba ante el Salón de estrategia como la administradora de Narco News, cuya opinión él decía respetar, cuyo liderazgo pensaba que él fortalecía, a ser su asistente personal que resolvía las tareas más estúpidas de la oficina. Hacer el café, sacar copias, enviar cadenas de correos. Y extrañamente, mientras su trato conmigo a solas empeoraba, había empezado a halagarme cada vez más ante nuestra comunidad de colaboradores y conocidos del Salón de estrategia. Ante los asistentes de los talleres yo era la “cabeza” o la “jefa” y Al no dejaba de decir eso para construir la imagen de que yo tenía todo bajo control aunque no fuera cierto.

Para este punto, ya entrado el otoño, nos enfrentábamos a la cercanía de toma de poder de Peña Nieto, y estábamos convencidos de que había que construir estrategias pacíficas. El salón se volvió una especie de círculo de amigos, que continúa en contacto hasta la fecha. Hubo buena cohesión y camaradería. Incluso después de que me fui.

Nuestra labor se limitó a vernos los martes y servir de especie de desahogo. Ir juntos a manifestaciones, poner arte en las calles. Una vez intentamos hacer algo coordinadamente pero falló con resultados muy graciosos. Mientras escribo esto lamento que estos enormes grupos hayan sido tóxicamente tantas veces divididos. Productos de Al, como sus hijos, pero todos abortados, enfermos, o cortados a la mitad. A Al no le gustaba que hubiera nunca nada a sus espaldas. Temía de infiltrados todo el tiempo. Decía que sus enemigos, que hoy sabemos eran muchos, dijeran que era de la CIA y desmantelaran sus esfuerzos por transferir la sabiduría de la resistencia civil no violenta.

En ese otoño también fui a otro estado a dar un taller de Noviolencia. Dimos varios, al menos unos tres, dos en DF uno en Colima. Fueron buenas experiencias aunque no mucho salió de ahí.

También en esa época empecé a tomar cursos de derechos humanos, periodismo, comunicación, y el contraste era enorme con Al Giordano. Afuera, el periodismo iba más allá de discursos sobre su práctica y tenía mayor disciplina. Tenía teoría pero también mucha práctica. Complejidad. Y eso, junto a las visiones de quien entonces era mi pareja me hicieron tomar mucha más distancia cada vez del discurso de Al.

Las críticas externas no se hacían esperar. Tampoco causamos tanto revuelo, pero alguns medios alternativos criticaron al Salón de ser un brazo mexicano de herederos de Gene Sharp y de buscar desestabilizar la protesta. Para mi, éramos un grupo demasiado bebé para aspirar a eso.

Poco antes de la toma de protesta de Peña Nieto como presidente de la República Al empezó a ponerse muy enfermo. Mis tareas seguían siendo básicas, seguían siendo minúsculas, tenía a cargo el Salón de estrategia, tenía que convocarlo y coordinar las sesiones. Y empezamos a planear la siguiente escuela, la del año 2013. Creo que sacamos la convocatoria, y creo que el ICNC volvió a financiarla, o ya no recuerdo cómo se consiguió eso. La rutina se había vuelto más pesada para mi. Vivía sola, trabajaba paseando perros, cuidando a Al, organizando la escuela, y haciendo traducciones, reseñas, y pequeños trabajos que me llegaban.

Al hasta entonces era considerado por mi como un amigo. Y me preocupaba a pesar de que yo sabía lo duro que había sido con otras mujeres. Por ejemplo, me había enterado de lo mal que había tratado a dos de sus ex asistentes. Fue entonces cuando empecé a notar un patrón. Su personalidad. Su relación con las mujeres. Su gancho.

Muchas de las características que Al gustaba de destacar de sí mismo eran aquellas que lo hacían ser como Dr. House. Esta comparación le quita mucha solemnidad a todas estas cosas que se están diciendo esta semana entorno a él, porque es realmente ridículo pero es real. Y puede ser corroborado por muchos.

En el otoño de 2012 Al me envió una mañana a comprarle un bastón. Yo hasta entonces nunca había visto la serie, pero sabía que Al era un admirador ferviente del personaje de Dr. House. Un personaje enfermo, un genio, incapaz de mantener relaciones sanas con mujeres, y con amigos incondicionales que le perdonaban todo. Un tipo con bastón que podía darse el lujo de ser considerado un cabrón. Un hombre mayor solo y enfermo. Obsesionado con su trabajo. Calculador y estratégico.

Cualquiera que piense que Al puede ser apreciado o visto como un genio, y que sus acciones tienen justificación porque pertenecen a un carácter complejo y rico, pueden matizar su visión con esto, y pensar si estamos ante un personaje original, una ficción con licencias en el mundo real o una coincidencia.

Cualquiera en el papel de Wilson, necesita revisar la serie. Por su propio bien.

La enfermedad de Al, que fumaba unos treinta cigarros al día, y que bebía practicamente todas las tardes, se había agudizado cerca del invierno. Sus amigos, que eran unos dos o tres, tenían todos muchas cosas qué hacer. Aunque mi horario se había visto reducido, dándome libertad por las tardes, yo seguía estando al pendiente de muchas de las tareas que Al me dejaba. Tareas que seguían siendo extrañamente estúpidas, algunas que yo consideraba denigrantes, y obsoletas. Desde que había iniciado esa relación parecía que Al necesitaba afirmar su poder sobre mi confirmando mi subordinación todo el tiempo, y dejándome ver cuando estábamos a solas que su simpatía por mi y mis supuestos super poderes se habían terminado.

Cuando esto comenzó a pasar me sentí liberada. Pero entonces se puso en marcha otro programa para mantenerme cerca. Al tuvo una crisis de salud que lo tiró en cama muchas semanas, y ahí empezó lo que fue el abuso laboral de que fui sujeto.

Empezó a pedirme que fuera por su desayuno, que le llevara medicinas, que le consiguiera doctores. En los peores momentos, llegó a pedirme que vaciara una jarra de agua que llenaba de orines porque no podía levantarse. Las labores para organizar la escuela seguían en marcha. Yo seguía paseando perros y escribiendo, y además ayudaba a Al horas extra porque estaba muy mal. Llegué a decirle, con la licencia que concedía considerarse amiga suya, que debía cuidar su salud. Dejar de fumar. Dejar de beber, e ir a terapia. Él respondía mal y decía que no me metiera en su vida.

Continuamente me contaba sobre su relación con sus mentores, y me decía que habría dado la vida por ellos, que les ayudo siempre y que estuvo ahí para limpiar su vómito, sostener su cabeza cuando estaban con sobre dosis, darles de comer y ayudarlos en sus peores momentos. Su idea de la lealtad estaba exageradamente romantizada. Mis días eran extenuantes, debía pagar la renta, y él lo sabía. Llegó a decirme que ese trabajo no era nada corporativo y que todo era más flexible. Los pagos llegaban puntuales, pero el mi última etapa en NN no fueron justos.

Dije a Al, y a sus amigos, varias veces, que necesitaba ayuda, que Al no estaba poniendo de su parte y que lo que requería era una enfermera. Yo veía cuánto gastaba en alcohol y no podía creer que me pagara lo que me pagaba, y que no considerara invertir en su salud. Empezó a decirme que sin mi, la SAJ del 2013 no sería posible, y la convocatoria ya se había publicado, así que las aplicaciones ya habían empezado a llegar.

Las revisábamos, y yo notaba que Al y Greg pedían el perfil de facebook por dos cosas. Para corroborar la legitimidad del contacto; sus conexiones, si tenían algun vinculo con los excluidos, y si eran mujeres, para elegirlas en función de su belleza o de su juventud.

Durante mi estancia en NarcoNews supe que sedujo a personas del círculo que compartíamos, y que las manipulaba haciéndoles creer que estaba enamorado hasta que ellas rompían el vínculo. Fui testigo de su misoginia, y del odio y rencor que tenía por aquellas mujeres que lo rechazaron. Vi cómo amenazó con destruir las carreras de quienes llegaron a cuestionarlo. Y le tuve miedo, junto con pena.

Me sentía atrapada, manipulada, chantajeada, usada. En invierno Al mantenía las ventanas de su casa-oficina cerradas, fumaba todo el tiempo, y no me dejaba respirar. Si yo cuestionaba eso me regañaba, gritaba, y volvía a chantajear. Llegó a amenazar con suicidarse alegando que estaba muy solo, enfermo y miserable.

Me fui una noche, después de haberle pedido que contratara una enfermera. Se negó y se molestó. Yo no podía más y estaba muy disgustada e indignada con todo lo que estaba viendo. Su forma de planear la Escuela era espeluznante. Durante la primera cena de admitidos a la SAJ del 2013, cuando estaban ya muchos en su casa, bebiendo cerveza y comiendo quesos y botanas, dije a Al que debía irme temprano. Tenía frío, temblaba, y estaba muy nerviosa. Recogí mis cosas de la oficina y salí sin despedirme casi de nadie, muy rápido, pensando que hacía algo malo y subiéndome al coche de alguien que había ido a recogerme.

Cuando entré al auto no quería cerrar la puerta ni la ventana. Me sentía sofocada. No podía hablar bien ni llorar, ni respirar tampoco. Tuve un ataque de pánico.

Más tarde lloré. Meses después entendí que estaba siendo abusada laboral y emocionalmente y luego de un tiempo lo superé. La SAJ se desarrolló normalmente con la ayuda de otras personas. No volví a saber de Al Giordano. Sólo supe que dijo más tarde que yo había intentado sabotear la escuela. Que era una traidora, y que nadie debía mantener contacto conmigo.

***

Cuando los testimonios de muchas otras mujeres salieron a la luz esta semana comprendí muchas cosas. El modus operandi de Al Giordano y de su escuela son muy claros:

Bajo la premisa de ayudar a los jóvenes periodistas, la SAJ recauda dinero cada año. Este dinero va a parar a la organización misma de la escuela, (que sólo dura 7 o 10 días) pero sobre todo a los bolsillos de sus organizadores. (De los cuales no todos son pagados justa ni equitativamente, según algunos de ellos)

Al siempre tiene una asistente que llama “directora”, y siempre es mujer porque de esta forma, en un entorno de izquierda, nadie puede decir que no hay liderazgos femeninos.

A estas directoras, como a sus colaboradoras, termina siempre por intentar seducirlas. Cuando no puede, las chantajea, las amenaza y ejerce violencia psicológica. Para él, su posición como director de la SAJ es una perfecta excusa, incuestionable,

Sus conquistas son siempre de mujeres mucho más jóvenes que él.

Al habla mal e inventa cosas sobre mujeres y hombres para separarlos y así evitar que se formen grupos cohesionados donde se ventilen los actos de acoso y manipulación que ejerce.

Después de la escuela, a los alumnos se les exige que escriban cartas de recomendación para recaudar fondos.

La escuela por su parte funciona como una secta. Se desarrolla entorno a un líder incuestionable, la desobediencia se castiga con destierro, la sola mención de una duda amerita la explusión. Al inconforme se le llama saboteador y se le destierra. En cada edición se cumplen las siguientes condiciones: el proceso de admisión crea en el admitido un tratamiento de “elegido”, hay un fuerte componente emocional en cada actividad. Hay comida, alcohol, drogas, y privación del sueño. Las actividades son una detrás de otra provocando cansancio y falta de tiempo para asimilar la realidad. Durante la escuela, mientras se está dentro, se prohibe a los asistentes revelen la ubicación y que se comuniquen con el exterior.

Cada año la comunidad se renueva pero sólo mantiene en ella a quienes permanecen por aparente lealtad, quienes realizan trabajo voluntario que es capitalizado de varias maneras. El ego de los participantes se nutre con la idea de que son especiales, más que quienes están fuera.

Dentro de las enseñanzas de la escuela siempre se maneja un sistema de “entrenamiento” como un programa que se inserta en los asistentes y más tarde opera a través de ellos. Por muy descabellado que parezca.

Las características extrañas que rodean a este proyecto podrían mantenerse como simples rasgos de un proyecto personal, no serían tan denostables si Al Giordano no acosara constantemente a las mujeres que participan en SAJ. El hecho de que un director de una escuela, tenga actualmente más de veinte acusaciones de comportamiento inapropiado, sólo confirma que Giordano utiliza la SAJ para acercarse a mujeres, intentar seducirlas, y calumniarlas y amenazarlas cuando es rechazado. Es abuso de poder. Es falta de profesionalismo.

Comentarios sobre los recientes acontecimientos:

Después de que publiqué la primera parte de esta historia, Al Giordano se puso en contacto conmigo. Apeló a mi bondad y usó su estado de salud pidiendo que no ataque a nadie más que él, ya que como según alegó, yo lo he hecho contra mujeres líderes de su proyecto. Se auto llamó mi mentor y halagó mi forma de escribir.

Quiero dejar claro que esta historia está escrita para dejar constancia de mi visión de los hechos. Que no culpo ni critico a quien permaneza a lado de Al Giordano, porque sé lo dificil que es dejarlo debido al nivel de chantaje y manipulación. Que me deslindo totalmente de tener cualquier contacto con él y sus proyectos. Y que estoy aquí para quien quiera apoyo mientras se recupera de los abusos sistemáticos. No estamos solas.

Me disculpo por haber acercado a Al a las personas que lastimó, pero no sabía el alcance del daño, y aunque me siento responsable, y sé que sus abusos no son mi culpa, quiero ser parte de lo que requiramos para reparar el daño.

Sobre los comentarios que algunas personas han hecho, sobre si esta cascada de testimonios es un linchamiento, me gustaría pensar que no lo es. Que sólo es un intento por evitar que este tipo de abusos, acosos, y licencias para difamar y maltratar mujeres, siga ocurriendo. Tiene que parar. Tiene que haber consecuencias. Todas y todos tenemos que aprender.

Y Al, no eres mi mentor. Tú no querías serlo. Sólo querías tener sexo conmigo. Sé real por un momento.

Mis mentoras son mujeres, que me han apoyado, enseñado, fortalecido, pagado por trabajo, protegido, comprendido. Me han ayudado a tener disciplina con amor. Y ese amor está intacto. Ninguna me ha acosado. Ninguna me ha manipulado. Ninguna me ha calumniado. Y ninguna me ha exiliado.

Si publico esto es porque acepto que pude haber hablado antes sobre el comportamiento de los directores de esta escuela, y no lo hice por miedo a represalias. Sobre estimé sin embargo su capacidad de daño. Pero me siento responsable de haber permanecido cerca el tiempo que estuve. Y haber estado en silencio. Eso se acabó.

Nadie es responsable de tus acciones, tu estado de salud, y tus decisiones, más que tú mismo. Y nadie debe pagar el precio alto que cobras a cambio de lo que llamas enseñanzas. No aplaudo tu proyecto. Te deseo solamente que tengas la vida que te has construido.

 

Nosotras seguiremos adelante.

-Isa

 

 

 

 

 

Al Giordano bajo la ficción

Una escuela de periodismo

I

(English version)

Gaetano poco a poco se va volviendo un monstruo, la soledad lo carcome, es el artífice de una conspiración construida por él mismo. Su nube de rutina es asfixiante. Es el tabaco y el alcohol, las ventanas cerradas todo el tiempo, sus dientes oscuros, el escenario detrás de la pantalla a través de la cual vigila al mundo. Yo lo escucho hablar, a veces respondo diciendo lo que quiere oír, y luego vuelvo al espejo y me soplo de encima todas sus palabras.

Una vez, hace mucho, escribió un manifiesto que lo divorció de la industria periodística americana. O eso le gusta contar. Entonces llegó a México, huyendo del contexto ante el cual había logrado afirmarse como un disidente. Listo para conquistar, cual buen hijo de una cultura profundamente imperialista, la cultura mexicana que fue conociendo poco a poco, siempre caminando por la superficie.

Lleva treinta años reportando las luchas sociales norteamericanas, orientales y latinoamericanas. O eso le gusta decirnos. Sabe perfectamente cuál es el orden de las acciones importantes, cuál es el escenario, qué actos deben o no interpretarse y de qué forma debe hacerse en un panorama social determinado para que una lucha sea o no exitosa. La revolución tiene gestos que deben conocerse cuando se habla el lenguaje de la guerra.

Cuando habla y escribe de la revolución parece un jugador único frente a un tablero magnífico. Sonríe como un niño que se divierte cambiando las piezas de lugar adentro de una pequeña ciudad que busca, dentro de su ritmo incesante de diminutos destinos, solamente cumplir con su deber de un día. Cada día dentro del tablero ficticio, miles de acontecimientos invisibles suceden, algunos caminan en la danza del juego de las piezas que ya existen, las calles verdaderas, los seres de carne historia y hueso. Otros nunca suceden en concreto, sin embargo en la ciudad tablero, donde Gaetano juega, hay golpes de estado en las cocinas, mansardas que se sublevan de sus ventanas, amantes que se esconden del destino en cajas llenas de viejas correspondencias. Asesinos de líderes de movimientos con formas inusitadas. Explosiones de dicha frente a congresos y palacios municipales, boicots que confabulan adentro de las misas de los domingos, produciendo creyentes que aniquilan sus cadenas cuando desean con locura a sus sobrinas, -esos días la canasta del diezmo pesa menos.

Es así como aún cuando tiene a su alcance las mejores fuentes secretas internacionales, los mejores dispositivos para silenciar las ondas de radio de los teléfonos, y los espías mejor entrenados del país, ignora inocentemente, -dentro de su monstruosidad-, la mayoría de los minúsculos acontecimientos que le rodean. Aunque posee un botón en su estudio desde el cual puede detonar la más sangrienta revolución que puede liberar al hombre del hombre mismo, su nube de humo lo aprisiona, y me aprisiona a mí, porque sabemos con precisión qué pieza embona en el tablero del mundo, y sabemos qué factor produce y reproduce las cosas como las percibimos; como son a profundidad. Sólo que no sabemos cómo atajar el humo de los ojos, ni abrir la ventana para respirar, y aunque tenemos libros que predicen y explican la condición humana con arte y escalpelo, nos olvidamos de mirar también las notas invisibles, que ya no reportamos.

***

Escribí este texto en 2013, como parte de las catarsis posteriores a haber trabajado ocho meses en la redacción del medio Narco News, que dirige Al Giordano, también director de la Escuela de Periodismo Auténtico, SAJ “School of Authentic Journalism” . Por qué tuve que crear ficciones y alegorías para lidiar con esos ocho meses, espero dejarlo claro en estos textos.

La historia de cómo llegué ahí y las cosas que sucedieron luego es larga y complicada. Empezó en marzo del 2012, cuando fui aceptada a la edición de ese año de la SAJ. Tenía 27 años y trabajaba entonces en un proyecto que se llamaba Cooperativa Tzikbal. Movida por la conmoción de enfrentarme a la realidad de la pobreza de comunidades rurales del norte del país y llena de preguntas y una ingenua volutad de cambiar el mundo, postulé para la convocatoria que una ex compañera de danza había estado promoviendo a través de Facebook.

Fui “aceptada”. En enero-febrero me enviaron un mail para confirmar la cita de la entrevista previa y yo estaba muy emocionada. Había sabido poco hasta entonces del organizador, conocía vagamente el sitio de noticias de Narco News, nunca me había planteado el periodismo, pero sí escribir. Llegué puntual a la cita a la que acudieron Al Giordano y Marta Molina. Todo al rededor de esta convocatoria, de la forma en que había que postular, el proceso de emails previos, el lenguaje que se usa, la precisión de los detalles y la minuciosa organización de cada evento era impresionante. Era como entrar por un largo tunel en donde parecía que la dificultad de entrada era una condición de algo grande, exclusivo, importante. O así nos lo hacían parecer. Más adelante comprendí mejor el por qué de este proceso.

En la entrevista me preguntaron por qué quería asistir. Yo dije en primer lugar que odiaba la escuela, y Al se rió y dijo que estaba de acuerdo. El resto de la conversación lo olvidé. Recuerdo que no paraba de fumar y tomar café y Marta era muy guapa, hablaba con mucha seguridad, con mucha personalidad. Después de esa entrevista creo que me dijeron que estaba dentro, y me invitaron a una reunión pre-SAJ en casa de Al. Llegué un poco extrañada de cómo era todo. Como buena chilanga mujer, preguntándome si no me estaría exponiendo a ser secuestrada y utilizada en una red de trata de personas en ese departamento de la Nápoles. Paranoias mías. -Pensé.

Unos días después sería la escuela. De la reunión pre-SAJ el objetivo era que los asistentes mexicanos nos conociéramos para ser una especie de anfitriones del resto de los asistentes. Jóvenes, hombres y mujeres de todo el mundo que acudían al igual que muchos organizadores comunitarios, periodistas, y activistas a los 10 días que tenía lugar la escuela debían ser acogidos por nosotros, a quienes nos dieron varias instrucciones sobre lo que ocurriría y cómo debíamos ayudar.

La sede era una broma. Era un hotel-villa en Tepoztlán cuyas habitaciones deben haber costado como 2 mil pesos la noche. (Éramos 40 personas o más) tenía piscinas, buffet, palapa para plenarias y bastante lujo. Varios de nosotros habíamos hecho una investigación personal sobre la SAJ. Encontramos otras historias de otros antiguos asistentes, y había extraños comentarios que me hicieron ruido al llegar al hotel. En mi cabeza de proletaria no dejaba de preguntarme cómo se había financiado algo tan lujoso para tantas personas. Pobre hippie outsider. En la información que había encontrado en internet había testimonios de ex asistentes a la escuela que contaban la historia de una de las primeras de sus ediciones. También había artículos que alegaban una relación entre la CIA y Narco News. No todos los comentarios sobre la escuela eran positivos, muchos pertenecían a personas que habían sido de cierta forma desterradas de ella. Sonaba a algo muy exagerado, “ser desterrado de un evento que ocurre diez días al año” pero cuando llegué a mi habitación lo discutí con mi compañera de cuarto, y después con otros dos asistentes de la habitación contigua, y todos especulamos sobre el verdadero background de la escuela. El resto de la experiencia estuvo imbuida todo el tiempo en este misterio. Tuvimos la sensación de estar en algo cuyos fines últimos eran desconocidos.

No recuerdo mucho las sesiones, pero había una actividad detrás de otra todo el día. Debíamos levantarnos a las 8:00 am, desayunar en el buffet, asistir a varias plenarias y después de nuevo ir al buffet. Después íbamos a grupos especiales en donde se trabajaba desde diversos métodos periodísticos. Investigación, video, no recuerdo cuál otro. Y después de nuevo al buffet, antes de la fiesta nocturna. Cada noche había una con mucho alcohol, música, baile. Las fiestas terminaban siempre muy tarde, recuerdo que cuando Al me entrevistó me preguntó si tomaba alcohol. Yo siempre había sido lo que se dice una nerd, no fumaba, no tomaba, no me drogaba. Le dije que no, y me dijo que la condición para invitarme era que tenía que estar en las fiestas y divertirme. En ese momento pensé en que Al tal vez pensaba en mi integridad personal, en lo importante que es relacionarnos, y ser felices. (Risas incontenibles). Pero me había puesto como compañera de cuarto de otra chica que tampoco tomaba y dormíamos siempre temprano. Pasamos muchas de esas noches analizando todo lo que ocurría y las cosas que aprendíamos, era una avalancha de estímulos intelectuales, emocionales y sensoriales, había gente de todos los rincones de la tierra, con carreras como activistas, artistas, periodistas muy llamativas. Talento, arte, música, y mucha motivación viniendo de muchos lugares dirigida a encaminar una cultura del “entrenamiento” en la resistencia civil noviolenta.

La mayor parte de las pláticas e intervenciones consistían en historias de personas que habían participado en alguna lucha social y se enfocaban mucho en hablar de los casos exitosos. Había que reportar las acciones pacíficas efectivas que usaban las tácticas noviolentas. La escuela del 2012 fue financiada por el International Center for Nonviolent Conflict, que trajo a las sesiones conferencistas, material didáctico y diversas publicaciones. Estando ahí, 18 horas al día, recibiendo pláticas, conociendo gente increíble, el cerebro se volvía una bomba de inspiración. Era demasiado para ser asimilado cada día. Pero la estrategia de sumersión tenía su efecto. Yo salí totalmente convencida de que todas las luchas debían ser pacíficas, debían tener estrategia detrás, planeación, ensayo, y apuntar para ganar.

Recuerdo cómo eran conceptos tan importantes, la victoria, la disciplina, la estrategia. Eran palabras que se repetían a toda hora y con las cuales venía implícita la obediencia porque al final de cuentas la doctrina estaba perfectamente construida. No tenía tantos vacíos metodológicos, hacía sentido. Cada una de las recomendaciones de Gene Sharp hacían sentido. En ese momento no tenía idea de en cuántos niveles eso iba a manifestarse como doctrina más adelante.

Entrenarse. Talleres de entrenamiento en la resistencia civil noviolenta. Sesiones de noviolencia. Se nos repitió constanetemente esto durante la escuela. Yo sentía que eran grandes herramientas y no podía creer por qué el tema no era más conocido o difundido entre la izquierda que había conocido en la Ciudad de México. Parecía la solución a todos los problemas organizativos.

Pausa. Esta se llama Escuela de Periodismo Auténtico, pero una gran parte de ella desarrollaba el tema de la organización comunitaria. Al decía que el periodismo y la organización comunitaria eran partes de una misma cosa. Los movimientos necesitan comunicar sus objetivos, sus logros, sus tácticas y aunque yo no tenía claro cómo un periodista podría ser también organizador comunitario, me hizo sentido.

La escuela duró diez días. Diez días de extrañeza por el financiamiento, por todos los valores que se “inculcaban” con cada actividad, y ese aire de misterio al rededor de los organizadores. Recuerdo que mi percepción era que no eran tan conocidos ni reconocidos por el medio periodístico mexicano, pero ellos parecían asumir una personalidad llena de parafernalias y gestos protectores de algo muy importante que estaban llevando a cabo. Estando en la escuela me sorprendió saber que Al era la ex pareja de una de las maestras, mucho más joven que él, guapísima, inteligente. (Extrañamente, todas las mujeres que asistían a la SAJ han sido muy guapas) Me sorprendió porque quizá estoy llena de prejuicios y las relaciones con tanta diferencia de edad siempre me han parecido peligrosas por la desigualdad que las habita. También me decepcionó un poco saber que Al mezclaba su vida personal con su trabajo. Mucho tiempo después todo tuvo sentido a este respecto, también.

Cuando la SAJ acabó yo estaba extrañamente animada y extenuada. Tenía la sensación de que me habían metido en un coctel con gente increíble y nos habían agitado mucho tiempo. La combinación funcionaba: estímulos intelectuales, gastronómicos, de paisaje, personales, emocionales, la obligatoriedad de las fiestas (nos privaban del sueño), el trabajo intensivo. Al nos había anticipado que al terminar cada SAJ había un síndrome de abstinencia, luego de toda la adrenalina en SAJ, al salir el mundo parecía menos brillante. Esto lo había dicho en una de las primeras reuniones cuando nos dio la bienvenida a cada uno y nos hizo presentarnos frente al grupo. Recuerdo que en ese momento estaba muy nerviosa cuando fue mi turno. Pero de cierta forma él diseñaba las emociones que se iban manejando en cada etapa, entendí después, primero con admiración, después con miedo. Todas las características que hacían de la SAJ algo tan efectivo correspondían por casualidad con las de una secta.

La aplicación para entrar a la SAJ es muy larga. Muchas preguntas, un ensayo largo. Después una entrevista, después correos de confirmación. Da la impresión desde fuera, como alguien nuevo, de que detrás de la SAJ hay un gran equipo que trabaja profesionalmente, que organiza planifica y ejecuta. Da la impresión de que hay administración, dirección, edición. Parece que Al Giordano es realmente un héroe periodista ex organizador comunitario retirado. Un genio incomprendido, un rebelde, oustider exiliado del terrible mundo gringo de los medios que había vencido y que ahora honrosa y generosamente pasaba su herencia cultural y su experiencia a las nuevas generaciones para bien de la sociedad.

Pausa. Tengo que hacer pausas continuamente porque la segunda parte de este relato cerrará algunos cabos sueltos que no se resolvieron hasta seis años después. Y darme cuenta de cosas mientras escribo me produce un vacío en el estómago que me obliga a parar.

El personaje de Al Giordano estaba perfectamente creado. Y digo creado porque como escritor sabe la importancia de contar la propia historia. De organizador de un movimiento antinuclear en EU a periodista renegado en México. Durante la escuela algunos compañeros estadounidenses corroboraban que Al fuera una leyenda y que Narco News fuera un referente del periodismo de la guerra contra las drogas en la frontera. En ese entonces mi vida consistía en hacer yoga y danza, y soñar con un mundo cooperativista. Obviamente no rechistaba ante esas referencias y no les prestaba tanta atención. Además los speechs de Al sobre la educación desecolarizada, sobre la disciplina, y la voluntad de cambiar la realidad ya habían hecho su efecto.

Recuerdo que aunque me causó escozor y escalofríos, lo que dijo Al en una ceremonia de bienvenida resonó mucho en mí. “I believe in you, no one believed in me when I was younger, except someone, and he changed my life“. “Yo creo en tí, nadie creyó en mi cuando fui joven, excepto una persona, y esa persona cambió mi vida” “Ahora les toca a ustedes cambiar el mundo” y cosas así.

Éramos todos personas que querían cambiar el mundo, de izquierda, rebeldes de cierta forma, y ese discurso era perfecto porque la rebeldía y la disidencia tienen como contexto constituyente la distancia con el resto del mundo, en muchas ocasiones al menos. Disentir es sentirnos a veces incomprendidos. Y entrar a un sitio lleno de iguales aparentes no es cosa de todos los días, por eso la SAJ parece en tantas ocasiones un paraíso, una tierra prometida. La melancolía del disidente halla una catarsis ahí en cinco minutos. Al menos del joven.

Cuando volví a casa después de la SAJ, después de pasear con los nuevos amigos de EU, sudáfrica, recuerdo estar en mi cuarto y sentir que quería cmbiar la realidad ya. Toda. contar con un eqipo, poner manos a la obra. Algunos compañeros de la SAJ y yo teníamos un proyecto que no fructificó, diré por qué después. Y yo me sentía ansiosa y nada del mundo de afuera ya tenía sentido para mi. Esperaba poder colaborar con Al, de cualquier forma, como voluntaria, editora, redes sociales o lo que fuera. Por eso el último día de la SAJ le dije con ojos llenos de idolatría que quería colaborar con NN y que estaba super feliz y que contara conmigo. Dijo que lo habláramos después.

Esto es lo que ocurrió en el mundo real. Pero hay otras cosas que entretanto, ocurrieron en el mundo virtual.

Al y Greg Berger, una especie de subdirector o socio de NN y la SAJ, abrieron un grupo de facebook de nuestra generación donde se publicaban indicaciones, mensajes, información sobre las actividades, las fotografías de cada día (que eran miles) y mensajes de los asistentes, tanto tutores como alumnos. Casi al final de la escuela, antes de volver al DF recuerdo que hubo un problema con algunos alumnos. No recuerdo con exactitud que pasó, pero algunos fueron echados del grupo de FB. Y poco a poco, entre chats y reuniones post SAJ se hizo claro que esas personas debían ser totalmente exiliadas del proyecto por ser consideradas nocivas. Yo creí esto, y acepto haberlo sostenido, aún cuando me parecía obvio que invitar a periodistas investigadores a un proyecto cuyo financiamiento o métodos no eran muy claros iba a levantar sospechas, especulaciones, o las simples preguntas que el grupo exiliado (entre quienes se encontraba la ex novia de Al) había hecho.

El primer día de SAJ, el 20 de marzo del 2012, creo, hubo un terremoto en la Ciudad de México de 7.2 grados o algo así. en mi cabeza, el mensaje era que algo se estaba moviendo. La SAJ había estado presente alguna manera (haciendo videos o visitas extrañas) a Egipto y a Madrid. Era la época post 15M, post Primavera árabe. Había en el aire muchas ideas acerca del nuevo efecto que staban tenendo las redes y el internet en las revoluciones que se perfilaban como posibles. Y 2012 fue un año electoral en México. El ambiente era totalmente propicio para poner en práctica todas las cosas que había visto en la escuela, para crear contenidos en contra de Peña Nieto, para escribir acerca de eso. Para involucrarnos en cualquier cosa que sucediera y que pudiesemos hacer una diferencia para evitar lo que fue la telebancada. Lo que fue la llegada del PRI a la presidencia de México. Después de la SAJ yo estaba segura de que toda esa comunidad de personas tan dinámica iba a hacer alguna diferencia, nosabía si aquí o si en otro lugar del mundo. Sobre todo porque durante esos diez días tuve la sensación de que había algún tipo de unidad y solidaridad.

Con esa sensación, de poner mi energía y voluntad de aprendizaje al servicio del bien común, llegué a colaborar en la oficina de Narco News.

Luego de haber hablado en persona con Al acordamos que podría colaborar con su proyecto de forma regular. Fuimos a un café sobre Insurgentes y hablams no mucho rato. Tampoco recuerdo lo que dijimos, pero después creo que lo acompañé a encaminarse a su casa. Pasamos por un parque y me pidió que nos sentáramos. Yo mantenía la admiración y el respeto, y jamás habría considerado nada romántico entre él y yo. Esta idea nunca pasó por mi cabeza, y a pesar de que coincidía en muchas de sus ideas nunca me dio una sensación de confianza ni mucho menos de atracción. Cuando nos despedimos me dijo que pensaría en una cuota de retribución-pago justo y que seguramente podría ayduarle a administrar Narco News. Yo estaba temerosa de no poder hacerlo. E imaginaba Narco News como una sala de noticias plural. Con decir plural, quiero dejar claro que al menos existiera más allá de Al. Pero cuando llegué a la oficina real había recibido ya dos sorpresas a las que tuve que adaptarme.

No diré que no estaba contenta. Lo estaba. Pero mi bienvenida a ese mundo me dejó una lección, que no me alcanzó para prevenir todo lo que pasó después, de lo que hablaré en la segunda parte de la historia, en donde espero dejar en claro varias cosas, incluida mi postura respecto a la salida a la luz de tantas historias sobre Al Giordano y sus proyectos para cambiar el mundo.

Al, si estás leyendo esto no tengas miedo de cosas que no sean ciertas. La verdad no sólo cuesta al implicado, sino a quien se la calló por tanto tiempo, en este caso a mi. Tú más que nadie nos dijiste muchas veces que no hay verdades absolutas, que nadie tiene la razón, y que juntar muchas verdades sólo puede crear una verdad más grande.

-Isa

Parte II

Lo hicieron

Era de esperarse y lo absurdo era pensar que no lo conseguirían, pero los millones de dólares demolieron la casita que albergaba esa casa de textiles amarilla en la esquina de Murcia y Rio Churubusco. La tiraron en un fin de semana, recuerdo. Y ahora se impone un rascacielos hermoso, brillante, gigantesco, aliñado cn una glorieta y una fuente que todavía tiene pinta de innecesaria. ¿Son las fuentes innecesarias? Y el conjunto se ve bien, pero ya no es nuestro.

Nunca lo fue, aunque lo pareciera, o sí. De cierta forma Mixcoac siempre será nuestro porque ha dejado de ser un caṕítulo suyo. Reconozco el dejo cliché de la nostalgia, todotiempopasadofuemejor. Siempre parece mejor lo que se ha ido o se ha cerrado.

Pero en este caso, lo que se está yendo es la ciudad. Puedo seguir este texto con palabras como gentrificación o como interés del capital, pero esa voz tampoco es la mía. Enunciar ese mundo es apropiárnoslo. Mi mundo era el parquecito de Rodin, y soy todas mis historias ahí. El tango los fines de semana donde me daba pena bailar. El busto de Juan Rulfo que tuvo los ojos con piedras rojas tantos años y que cuando era niña me hacía imaginar a Rulfo como un ser diabólico y siniestro. ¿Por qué tenía los ojos rojos? ¿A quién se le ocurrió?.

Ahora sigue igual, pero hay más coches, y más escuelas. Y la moda que visten los etsudiantes de bolsillo acomodado corresponde a las propuestas de las grandes marcas de ropa de Inditex y algunos toques de Lacoste. Es como si la frialdad del rascacielos se comiera la cantera y el barro de los decorados de las casas viejas. Hace como diez años, o menos, quitaron la casa de Actipan, la del jardín enorme delantero con una reja muy bajita que hacía sentir que el jardín era propiedad pública. Todos podíamos verlo y soñar con él. Pusieron un complejo de departamentos, y a dos lotes más al fondo de la calle, otro edificio de departamentos. Qué insanidad. ¿Y el agua de dónde la van a sacar? pensamos muchos.

No sé si lo perdimos, o si ganamos algo con la nostalgia que nos crece al perder el alma del barrio chiquito. No, no se transforma. La privatizan. La hacen carísima, cambian los establecimientos, hasta que deja de ser accesible.

¿De dónde sacan esta idea de que más grande mejor? Mi infancia ya es infancia porque tengo un sitio inexistente hoy donde ponerla en mi memoria. Eso quiere decir que soy adulta. Tirando a anciana, porque los ancianos dicen mucho “ya no es como antes” o cada vez más dicen “cuando éramos niños”. Así se come el futuro, los usos lingüisticos. Hoy usa la velocidad para el contraste. O ¿siempre fue así?

Todavía hace unos años pensaba yo que el futuro era algo que llegaba más adelante, no algo que nos comía y nos mareba con su vicio veloz hasta que ya no sabíamos cómo nombrar lo que sentíamos. Hoy es eso. Decimos estrés, decimos prisa, decimos caos. Pero es otra cosa que aún no alcanzamos a distinguir. Habitar es también ser un organismo en cojunto con lo habitado. Cáncer. Crecimiento fulminante.

Locura. Hicieron avenidas para la rapidez, porque la rapidez es un valor importante en el mundo de hoy, se vende caro. La lentitud es un defecto, la antesala de lo impuntual, la lentitud es la compañía del fracasado, de quien no tiene “mil cosas” que conforman su éxito. La lentitud es lo indeseable, y había que construir una estructura de venas y pasajes de respiración para un organismo que respira rápido. Porque parece que hay que respirar rápido. Lo que queda en medio es la vida, dice la voz anciana.

Lo que usamos para pagar un suéter es la vida que gastamos para ganar el dinero que dejamos. Dejamos la vida. Pienso en el camellón de en medio de Churubusco, cuando era niña, y mi familia y yo cruzábamos clandestinos la reja de alambre, abriendo un resquicio roto donde cabíamos uno por uno. Como animalillos cruzando una carretera, burlando las bardas. La vida tiene sus necesidades, ¿sabes? el libre tránsito. Tantos muros…Los mapaches siguen cruzando las carreteras en hilera, la madre por delante.

Cada día que pasa la ciudad va perdiendo su sentido. Hacia lo milagroso de ser una estructura de cristal donde habitan trapecistas del tiempo y la rutina. Heroínas del sustento. La ciudad produce distintos tipos de supervivencia, en los retos que propone, quienes consiguen mantener calma, paz, sanidad mental son super humanos. Acumular es un acto ya incnsciente, no es un mérito, ni una imperfección no hacerlo, si consideramos que el capitalismo es un defecto que tenemos de nacimiento. Pero las otras tantas cosas que ocurren y discurren en el diálogo infinito de hormigas en el metro, y los tropiezos, y las micro amabilidades, el gesto solidario en medio de las muchedumbres, esas sólo pueden nacer en las ciudades. Como oportunidad y viacrucis para probar que somos humanos. Poder ser posibilidad de OTRA cosa, es una cualidad de la ciudad.

Después de trabajar en un medio, de peinar las noticias, saturarme el útero con preocupaciones globales y políticas, dejé de ver las noticias primera cosa en la mañana. Dejé de verme, aunque todavía me cuesta, como un gusano social. Que actúa, que tiene impacto, que puede hacer cosas, porque este contexto ya no tiene sentido. Es Babel. Y entre tanto ruido lo vital es definido por la demencia. Y ¿qué vitalidad consigue sobrevivir a la ira de la demencia? Dionisos no quema los arbustos que producen su vino.

Todavía existe el vino.

Me gustaría poder enumerar las veces que pasé por cada calle del barrio. O los besos que di en las bancas de sus parques. Cuántas veces escribí en sus mesas de cemento hechas para el ajedrez. Anduve en mi bici. Y usé su belleza como pretexto. El carácter veloz del mundo y del dinero se comió nuestro barrio. Su carácter de nido se pierde, se pierde su silencio, la quietud de sus parques los domingos, la historia de sus casitas coloniales, y el saludo de los vecinos antiguos. El territorio entrega su trabajo como creador de identidad. Y se va a otra parte.

Pero las muertes también son nacimientos. Los barrios perdidos y el arraigo han de llevarse a otros lados. Como han hecho siempre los ancestros, sin saberlo, o sin notarlo. Sembrando su significado como novela por entregas en cada mudanza. Algo se muere, pero otras cosas van naciendo. Me digo. La cuestión, Isa, es que la vida es un hilo y no hay que soltarlo. Tejer, Tejer. Y largarse cuando ya no hay hilo.

No puedo decir que no es hermoso el rascacielos. De cierta forma se me presenta como una burla y como un monumento a lo imposible. Pero si tiene que erigirse para afirmar que es posible, quiere decir que teme por lo efímero, por la caída, y la construcción de un solo piso, a la que se vuelve. Crecer es poder decir “esto no lo quiero”. Ser un ser que da sentido y no sólo se lo come cuando lo ponen, pre fabricado, frente a uno.

 

 

 

 

Trabajar para la vida, después del sismo

Hace dos años escribí sobre lo que pasa cuando dejas un trabajo que no te gusta para trabajar por tus sueños. Escribí sobre el desasosiego que genera estar en una oficina en donde no nos sentimos útiles y absorbidas por una rutina asfixiante, y la libertad y sensación de logro que se obtiene cuando saltamos al vacío.

Después de tomar esa decisión mi vida tuvo un giro de 180°.

Estaba cansada de escribir tonterías bien redactadas con un sueldo “decente”, y sentía que habiendo tanto por hacer en el mundo, estaba desperdiciando mi existencia. No estudié ninguna carrera, no tengo una especialidad en algo, pero sé hacer un montón de cosas porque trabajo desde los 16 años, y siempre, siempre, aunque me cueste todo, he buscado actuar en consecuencia con mis ideas y mis principios. Así que cuando lo “perdí todo”, en realidad me di cuenta de que las certezas que buscamos con tanta fiereza desde la adolescencia en realidad no son nada.

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Día 7, 19S Noticias del derrumbe

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Foto de Luna Yedra

La imagen de las hormigas. Antes, la imagen de los autos abiertos en la calle, con la radio sonando muy alto. Personas reunidas entorno a las noticias. Las noticias sólo suenan en los autos porque el barrio se ha quedado sin luz.

Llegué a casa sola. La casa sola. Me trajo un amigo en su moticicleta. Los primeros minutos después del temblor supe que todos estábamos bien. Los nosotros =el núcleo. La alarma desató un ambiente que sólo conocía en mi imaginación escribiendo del fin del mundo. Las calles de Insurgentes estaban saturadas de gente. Me gusta cuando están así, con la cotidianidad rota porque ahí de su abertura sale otra cosa desconocida. Un algo que nos posee.

Avanzamos en la motocicleta como pudimos. Unas personas pedían aventones. Unas personas prestaban sus coches para que los parados pudieran irse. Las líneas de teléfono estaban caídas.

Martes 2:00 pm ¿Se habrán caído edificios? una mujer dijo que supo por su hija que vivía en el centro que muchos se habían caído. Era 19 de septiembre. Demasiado crudo y absurdo para ser una broma. ¿Otra vez?. Yo nunca viví esto. Nosotros no. Pero los padres sí, los mayores. Quedaba como una memoria que se nos compartía a los niños en las escuelas al hacer los simulacros, y los padres y tíos confirmaban la gravedad de lo que había pasado. Pero eso se sentía como información que venía de fotos, y se instalaba en las neuronas con la sensación de una foto. Plana. Blanco y negro. Sepia.

Ahora esas imágenes se repetían. Tu dosis de terremoto. -Ahora tienes una tuya. Sociedad civil organizada. Palabras. Organización. Palabras. El PRI del DF se derrumbó cuando se derrumbaron los edificios de la ciudad. -Escucho eso en mi cabeza.

Horas en casa esperando a que alguien llegue. Esposo en oficina. Familia en casa. Me puse a leer a Dostoievsky, el libro gordo que compré hace poco. Pero no me concentraba. Escribí en mi libreta. Abracé al gato. Salí a dar la vuelta. De nuevo los coches abiertos, el barrio sin luz. La gente comprando agua. Velas. Baterías para los radios. Qué desnudos estamos sin el internet.

Me senté junto a una pickup negra y escuché junto a unos extranjeros. Demasiados daños, decenas de muertos. Una escuela. A lo lejos mi familia con el perro. Alivio. Dormimos todos deseando bien para los 29 millones de esta ciudad. El martes en la noche sé que siento tristeza en algún punto muy abajo. Pero no lloro. Estoy atenta.

Al día siguiente las noticias. La TV: melodramas producidos a mano. Las calles se abarrotaron de gente. Hoy, siete días después sabemos que éramos demasiados, y que en algunos casos la intención de ayuda masiva entorpeció las cosas. Rescates, remoción de escombros. Flashes de escenas, frases. Ruido.

En las redes se ve desde la noche del 19 una reacción de los amigos. Están saliendo. Son las 11:00 pm y no podemos salir. Pero quiero. Llega el golpe de realidad: en el 85 la sociedad salió a la calle a falta de respuestas del gobierno. En 2017, no sabemos si el gobierno está respondiendo, pero somos 29 millones de personas. Algo debe poder hacerse. En mi cuadra la gente está saliendo. En la calle también. Otra vez la escena se parece a lo que escribo sobre el futuro, sobre el DERRUMBE. Es como si en mi cabeza hubiera producido un juego de palabras cuya combinación ahora es la realidad tal cual. Noticias del derrumbe. La novela. Las calles. La reacción de la gente. Es como si nos hubieran dado una patada hacia el futuro.

Mientras organizamos un grupo para salir a ayudar, pienso en el futuro. Hay empatía, solidaridad. Me alegro de que al menos eso tengamos aún. Aunque haya que cimbrarnos tan fuertemente para reaccionar.

Las cosas que he pensado antes: poner un centro comunitario para quitar de la jugada el hambre, la depresión, la falta de oportunidades, el aislamiento, y la ceguera ante un esquema de ciudad que produce muerte.

Porque esta ciudad produce muerte. La estamos construyendo y reinventando con esquemas nocivos. Con venas cuya velocidad daña al corazón del sistema. Demasiada velocidad. Sistema Cutzamala sucio. Vías rápidas sólo para coches. La valoración del coche. La arquitectura que sirve para negar la realidad del otro. No nos hagamos. Pagamos por belleza, por cubrir con muros la miseria. No nos importa el otro. No importa porque vamos en el auto y no vemos el cansancio, sufrimiento, violencia, explotación del otro. Muchos problemas más. El final del impulso que se siente cuando se despierta a esta realidad es cuestionar el sistema de desarrollo urbano. Y el sistema económico. Pero los economist@s no dejan de repetir como zombies los mismos conceptos en el mismo orden que las escuelas colonialistas produjeron para justificar la explotación del 70% del resto del mundo hace 100 años. Locura.

Somos locos quienes decimos esto desde hace mucho. Los rascacielos son monumentos a la muerte. Al nivel de consumo. Aceptar el estilo de vida que nos meten con un palo por los ojos y los sentidos. Locura. Inercia. Locura sostenida en la inercia.

Esa inercia se nos rompió. Es el tipo de roturas que pueden marcar parteaguas. Me lo he preguntado una y mil veces: si somos millones de manos, de energías, de fuerzas. ¿Qué hacemos con eso? ¿Qué hacemos con lo que somos? Pensamos tantas cosas absurdas. ¿Por qué no lo usamos para hacer de esta una ciudad de ensueño. Si quisiéramos podríamos, ahora lo sé.

Junto a nosotros, en el metro, en la oficina, hay un otr@ que siente cosas, tan profundamente como nosotr@s. Llevo años pensándolo. Todos estamos tan absortos en la rutina que no lo escuchamos. Ni siquiera nos escuchamos a nosotros mismos.

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Cadena humana de ayuda. @LunaYedra

Hormigas

Estoy en una hilera de personas. Unas 100 personas. Mujeres, ancianos, jóvenes. Me pongo un casco, me pongo un chaleco, guantes, cruzo una línea de plástico que marca desastre. Una tira amarilla que levanto para entrar. Todos los días levantamos una tira de plástico invisible que dice ATENCIÓN al cruzar la puerta para salir a la vida en la mañana. La ciudad siempre es zona de desastre. Pero no llevamos casco.

Me asignan un lugar en la fila. He visto ya, varias veces cuando levantan manos para pedir silencio porque sospechan que hay vida bajo los escombros. Yo lloro por dentro. Un poco lo que he sentido todos estos años es que es difícil que como sociedad, como colectividad nos escuchemos unos a otrxs. Hubiera querido que alguien levantara el puño para que hiciéramos silencio y pudieramos oírnos a nosotros mismos. Si levantamos el puño y nos callamos podemos entendernos mejor. Todo lo que nos divide es absurdo y pueril. Nombres, etiquetas, identidades, separación. La misma que Kant dijo que ussamos para definir quiénes somos.

Veo hombres morenos, vestidos de verde. Son soldados. Veo mujeres de jeans y casco. Tienen músculos, gritan. Son fuertes. Los dos. Los dos están exahustos, pero la providencia trae comida siempre, a menos de dos metros. Escucho a lo lejos el aplauso: encontraron a alguien vivo. Muchos tenemos lágrimas. ¿Qué fuene común las produce?

Lo que sacamos de los escombros no son sólo las personas. No lloramos porque la vida sea sagrada y porque qué bueno que alguien está vivo.

Sino porque estamos rescatando de abajo del cemento la esperanza o la certeza, de que podemos estar juntxs. Y porque al paso del tiempo, de los días, cuando recordamos estos momentos nos damos cuenta de lo lejos que estamos en lo cotidiano. Siempre, desde niña, pensé que un mundo en el que debemos hacernos fuertes para no quebrarnos al ver el sufrimiento del mendigo, también nos hace insensibles. Para sobrevivir hay que ponerse la coraza. La coraza acaba impidiendo que pase la ternura. El sismo nos sacó de esa “normalidad”. Hizo extraordinario cada esfuerzo. Ninguno quisimos luego, volver a la vida cotidiana. Porque aceptémoslo: no somos felices. Hoy, como hace cinco años, como hace diez. El sentido de lo que hacemos como sociedad está perdido.

-No queremos volver a la normalidad. ¿Para qué?

Hormigas, todas cargando cubetas con cascajo. ¡Fierros! ¡cemento! ¡cuidado vidrios! dice siempre el de la izquierda. ¿Por qué hacemos esto? ¿Esto sienten las hormigas? pienso. Ahí no había una Isa, ahí habían unos brazos y unas manos. De pronto tengo una alucinación. Mi piel se oscurece. Me salen antenas. Mis extremidades se multiplican, tengo vellos sensibles en el cuerpo. No pienso, y no siento. Percibo vibraciones. Somos millones. Después vuelvo a mi cuerpo humano y miro todas las cosas que me sobran.

Muertes. Niños. Personas hoy sin casa. Amigos en casa comiendo tacos de canasta. Velocidad. Entregar víveres. De cierta forma sabemos que lo que hacemos no necesariamente es urgente. Aunque lo parece. Pero queremos salvar otra cosa. No cargar con una culpa. En realidad todos los días, las personas a nuestro al rededor sufren. Pero no sabemos cómo ayudar. La limosna ha sido siempre indigna para ambas partes, así que ayudamos cuando se puede.

Cuando ocurre un 43, un 132, un 19S, sé que salimos a la calle algunxs, diciendo hacia dentro: hoy sí puedo hacer catarsis, porque en la vida diaria nadie me acompaña. Hacer catarsis solxs, sin cómplices, es imposible. Los posibles cómplices estarán absortos en sus rutinas, llegar tarde o temprano al trabajo. Sobrevivir. Sobrevivir al estrés. ¿En qué momento de la normalidad alguien pide un par de manos en una esquina y llegan cien?

Responsabilidades

Conforme pasan los días salen a flote algunas mañas humanas. Vicios televisivos. Corrupción inmobiliaria. Estoy segura de que si se resolviera el tema de la corrupción inmobiliaria, y tuvieramos la lucidez de buscar y atacar las verdaderas raíces de los problemas, no sólo veríamos por la corrupción y el enriquecimiento. Acabaríamos siendo responsables por omisión de no impedir que las ciudades sigan creciendo con los estragos ambientales y sociales que producen. Veríamos por el origen de lo que consumimos, y su huella de carbono. Cuidaríamos la energía gris de lo que nos rodea. Ayduaríamos a aquellxs que con esfuerzos mantienen sistemas de sostén de la vida que son posibles ambientalmente. Dedicaríamos tiempo a lo que sostiene la vida de forma ciudadosa. Y pues, voltearíamos a ver al que está junto a una misma.

Pasa la adrenalina, pasa el contexto de emergencia en que tenemos permiso de llorar, o conmovernos. Conforme pasen los días será menos bien visto derrumbarse. Dudaremos de si lo que podemos dar es necesario. Sentiremos pereza porque estar en los escombros no saldrá en la televisión. Los héroes no serán los anónimos.Volveremos a desear un suéter. Y aquí es donde pongo mi conclusión de todo, a una semana del movimiento.

Los cambios, los movimientos, el encontrarse se alimentan de la emoción, del corazón. Hay empatía- hay movilización. Cuando se acabe la emotividad, se acabará la movilización. Todos los puntos de quiebre de la historia tienen como motor la necesidad, y la piel sensible. Cuando se acaben las noticias, necesitaremos haber elaborado una memoria. Colectiva, sensorial. Vinculante. Porque de ella van a depender los motores que aprovechen esta sacudida, estas más de 300 vidas que necesitábamos para salir a la calle y vernos en el rostro del otro.

Pasarán los días, llegarán otra vez las diferencias políticas, sociales, ideológicas. Y aunque vuelvan a separarnos debe quedar al menos la memoria de que la vida importa. Y su dignidad recuperada está allá afuera.

No quiero la normalidad que había. Todavía tengo fe en lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

Todo para mi

El otro día cometí un crimen. Volví del trabajo y pasé a conseguir las provisiones para mi día conmigo misma. Fue extraño. Me sentí como la mujer de un documental que vi sobre la anorexia-bulimia, llenando la lista de alimentos exacta que requería para su atracón seguido de una reclusión autoimpuesta, sufrida, flagelante. Era una enfermedad, pero era también un ritual: la compra, los insumos, el balde para el vómito, los jabones, las toallas, el perfume. Todo estaba planeado.

Pero en mi caso, bueno, no tengo anorexia. Fui por una lista de alimentos, y dos que tres placeres propios. Chocolates. Galletas. Combustible para la escritura y la autocomplacencia. Esto en mi no es normal. Me sentí como una impostora, una ladrona (aunque pagué por todo) alguien malvado. Caminé con las bolsas del mandado como tratando de esconderme de una yo que me veía desde arriba. Túuuu … malhechora.. ¡¡buscas placer!! mal, MUY MAL. <- eso me decía desde arriba.

Entré a casa, solté la carga del súper, descansé un poco. Quieta y tensa, de pie junto a la mesa de la cocina, miré a mi alrededor. Moví los ojos como si sospechara que hubieran testigos para mi crimen. Nadie alrededor. Podía proseguir y arreglar la escena del crimen. El escenario de lo horroroso. Limpié frenética (siempre limpio frenética, no sé qué le pasó a la yo desastre) hasta que quedó todo sacudido, barrido, ordenado. Limpio. Santo, para ser mancillado. Sagrado: mi espacio sagrado, aquí no soy hija, esposa, hermana, amiga, empleada, directora de nadie. Aquí sólo quepo yo.

No hice nada, estaba demasiado cansada, me acosté y me dormí. Pero dejé el terreno limpio para poder ser-me al otro día. Marido en viaje de trabajo, lapso de fin de semana, pendientes internos qué resolver con mis proyectos: este espacio es sagrado. Antes no estaba tan consciente de lo necesarios que eran estos espacios. Todavía, creo, mi soledad y el placer que ella me da, me producen algo de culpa. Pero entiendo mejor que nunca cuánto los necesito, sin ellos enloquezco. Dejo de ser funcional. Me quedo hueca y tiesa ante la vida.

Me preparé para pasar un día (o muchos) conmigo misma, como si me preparara para un viaje.

Un día conmigo misma, es, un día que no comparto con esposo, amigos, familia. No me comparto. Necesito estar sola, estar en silencio, hacer o no hacer lo que sea. Ahora que mis hormonas están silenciadas no tengo el reloj que cada mes me hace sonar la alarma para recluirme en casa y cerrar la cortina de mis ojos. Antes así era, me incapacitaba con el dolor fatídico de la menstruación (era endometriosis, no estaba loca) y me encerraba en mi habitación-estudio. Antes sentía que estaba mal. Que no estaba participando en y del mundo externo. Que estaba despreciando su oferta de experiencias. Que me estaba perdiendo todo.

Ahora tengo 32 años y entiendo mejor lo que me pasaba. Además de la endometriosis he sido siempre demasiado sensible. Esto antes parecía un invento para justiciar ser antisocial,”ser hipersensible”. Ahora, con más estudios e investigaciones, se ha descubierto que simplemente habemos personas “muy sensibles”, aunque todavía me cuesta creerlo y me suena a justificación del resultado de vivir en ciudades altamente estresantes.

Nunca me gustaron los conciertos, “demasiado ruido”, los salones de baile, demasiada gente, demasiadas luces, demasiado todo, me recuerdo saliendo en llanto de antros porque me resultaba avasallador tener a tantas personas cerca. Aglutinación de gente en la calle: en eventos, eso lo he evitado siempre. Salones de clase atiborrados de estudiantes. También. Cláxones de autos, calles muy amplias, tránsito de automóviles: no puedo explicar lo que me agobian. Fiestas muy largas, alcohol, drogas, viajar y moverme demasiado, es demasiado cansado. Necesito tiempo para digerir la realidad.

Era eso.  Hoy que entiendo lo que necesito, ya no tengo miedo de pedirlo, ni de dármelo. Aunque se siente algo de culpa, supongo que por el recuerdo de tantas personas a mi alrededor diciendo que soy antisocial, que no soy simpática, que no soy divertida, que no me integro bla bla bla. No soy antisocial. He construido colectivos de proyectos, empresas, talleres, campamentos, actividades, socializo, sí. Socializo a veces demasiado. Pero diseño mi manera de hacerlo. Me comunico, no por teléfono, pero con el mundo, con las personas, con los animales, a mi manera. Todo el tiempo. En internet, dirijo cerca de 5 redes sociales que juntas suman más de dos millones de seguidores. No exagero. He producido blogs, páginas, escrito en medios, y hablo hasta por los codos. Mis amigos no me caben en los dedos de las manos y los pies. Organizo cosas todo el tiempo. Me comunico, socializo, me divierto, pero yo pongo las reglas, y solamente así puedo asistir a la convivencia.

Ahora creo que crecer es poder entender que quienes me juzgaron por ser “antisocial”, simplemente no me entendieron porque no tenían recursos para hacerlo. Y yo tampoco los tenía, aunque por supervivencia he tenido que defender mi espacio sagrado de observación y calma.

Crecí siendo la niña extraña y seria del salón. Mi mundo interior era más interesante que el de afuera. Crecí pensando que había un problema conmigo. Y no lo había, o sí. No era mejor, ni peor. Sólo era yo. He tenido que defender eso, y he podido hacerlo, pero no deja de producir culpa, algunas veces, habitar mi mundo bajo mis reglas.

En el trabajo puedo conocer distintas realidades de tajo, en un día. Veo pobreza, miseria, hambre de crecer de muchas personas, veo a otras que no están mal, pero que igual tienen deseos de hacer cosas buenas. Hablo con ellas y no puedo no ser empática. La misma hipersensibilidad que me impide permanecer expuesta a muchos estímulos me ayuda a conectar con las personas. Es así, lo que con unos lentes parece debilidad, con otros es fortaleza. Pero en el caso de mirar de cerca la realidad me cuesta conservar la calma. No romperme en la noche que le cuento a Z las cosas que vi. En algún punto lo que sé que sienten los otros se siente casi igual debajo de mi piel. No conozco el hambre, pero conozco la pobreza. La sensación de desamparo, de estar solos, de no tener casa o medios para crecer. A veces, aunque sé que hablo desde el privilegio, quisiera no ver de cerca muchas cosas. Dejaría de pensar todo el tiempo en cómo resolverlo todo. Y entonces no sé bien en qué pensaría. Mis cuentos habitan el colapso civilizatorio, mi novela muchos tipos de colapsos, mis escritos, mi balbuceo en facebook son el lamento de un testigo que ve caerse un mundo.

Creo que si no sintiera que hace tanta falta ayudar al otro, o “sembrar otra realidad” me dedicaría al arte. A bailar, por ejemplo, o a pintar. Que aunque sé que el arte reconstruye el sentido del mundo siento que pararme sólo en ese sitio es privilegio, lujo, no le veo sentido. ¿En qué mundo voy a poner este arte, si se nos está cayendo? No dejo de pensarlo si bailo.

Y al escribir esto pienso en la temperatura y su incremento, calentamiento.

Creo que escribo porque es mi forma de soñar el sobreestímulo del mundo. Dicen eso del sueño. Acomoda la información que sobra, la desecha, la vuelve surrealismos, absurdos. Yo hago listas de cosas en mi mente, listas de temas, me escribo frases en el brazo si estoy en un pesero y no hay papel para anotarme la idea del momento. Llegar a casa y escribir es mío. Meo mi territorio verbal cada día, aquí pertenezco. Afuera el calor, mi bochorno, mirar por la ventana, limpiarme el sudor de los labios. El caos de una ciudad donde crecí y me hice fuerte pero que me hace ponerme cada día un traje de miedo debajo de la piel. Afuera es el sol y sus radiaciones, la canícula inesperada. La sobrepoblación, el agobio de la conciencia de los costos ambientales de acciones y omisiones, micro y macro. El dolor nocturno cuando recuento las caras que vi cerca de mi. Todo ese costo, el desarrollo que no sirve, mar de vacuidades, ruido, polvo. Afuera eso. También la luz, las compañías, la risa, el amor, el sexo, mi cuerpo, la comida, el placer de ser en calma, los ojos que me miran del otro lado de la almohada, todo eso, lo dulce, la miel limítrofe, las plantas rudas misteriosas.

Siento en la tensión de mi mandíbula que nada de lo que haga es importante, pero tampoco es suficiente. Nunca es suficiente. Ahora vivo en un tren veloz al que me he subido y desde aquí el mundo y su velocidad parecen relativos. No parece tan rápido, pero si me bajara, se vería fugaz y destructivo, como los ciclones. Eso es el desarrollo. Todo eso, todo el evento humano, su huella, estragos, muertes, los dolores, pasan por mi cabeza, y los atrapo dos segundos aquí, escribiendo. Como la luz y lo lento. La vida que nos queda entre los dedos. Todo eso, todo, mío, escrito, dicho, todo para mi.

Menopausia a los 32: gracias endometriosis

7:00 am. Me levanté temprano para poder escribir. Resultado. ¡Heme aquí!

Sé que el título del post parece negativo, pero no lo es. Ni se asusten, si tienen endometriosis, sí, sí tengo una menopausia, ha sido tremenda, pero es pasajera. Es sintética. ¿Pueden creerlo?

Después de mi cirugía laparotómica accedí a un tratamiento de supresión hormonal que detendría el crecimiento del tejido endometrial extranjero en mi cuerpo. Digo extranjero porque crece donde no se supone que debería crecer. Con un par de inyecciones, una gotita de aceite paró la comunicación entre mi cabeza y mi vientre. Para muchas visiones, incluida la mía, esto puede ser fatal, muy mal, lo peor.

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Pero me ha dado el respiro más grande de mi vida. Llevo varios meses sin sentir dolor menstrual.

No tienen idea de lo que es esto para mi. Sé que suena a cliché decirlo, pero soy otra. No me siento dramática a cada rato, por todo. (O sí, pero sin explosiones) Puedo concentrarme. Esto es lo más fuerte de todo. Puedo, finalmente, poner mi atención en lo que quiero durante períodos largos de tiempo. Ha pasado mucho por mi mente desde que noté esto. “Y si los médicos me hubieran hecho caso, y atendido cuando estudiaba”, ¿habría podido estudiar? -ya saben que soy casi del todo autodidacta desde hace más de diez años.

He releído mis diarios y están llenos de cansancio. Cansancio que ya no tengo. No tengo cansancio permanente. “Tu es flematique, trop de la flemme” me decían mis compañeros franceses del hotel en 2010. Estaba demasiado cansada para las fiestas, para las conversaciones. No sé cómo pude remarla para construirme mis proyectos, mis nichos, mis textos. Estuve cansada 20 de mis 30 años.

Cansada de que me doliera el cuerpo, que se me partiera el vientre cada mes y que tuviera que hacer como que todo era normal. Como que estaba bien. Nadie debía notarlo. Hice de la menstruación mi TEMA una época. Algo debía tener adentro la sangre, ¿por qué duele? ¿por qué soy así? ¿por qué? ¿POR QUÉ?

No estaba tan loca como pensaba-mos. Sí había algo mal. Cuando me abrieron el vientre para asomarse y constatar la hermosa mosntruosidad, sentí un dolor paralizante. Pero era el mismo dolor que sentía al menstruar. Le dije a las enfermeras. Sí, duele. Me veían con caras asombradas, ¿estás bien? -te abrieron y removieron todas tus vísceras. Dolía como la puta madre, en todo el esplendor de culpabilización feminizada heteropatriarcal. Dolía como una parálisis en la garganta, un arqueo profundo, una estaca en la tráquea, un hierro ardiendo en las entrañas, un gancho que jalaba mis tripas hacia abajo, una explosión de castigo en mi útero. Me refiero a la menstruación, y no miento, la sensación post cirugía, también dolía así.

No sé si podrán creerlo, pero debo decirlo. Viví así varios años. Con un dolor inmovilizante similar al que habría sentido de haberme abierto las entrañas y hurgado en ellas. Así una semana al mes. Los últimos años aprendí a mitigarlo para poder andar viviendo mi vida. Paracetamol con naproxeno, ibuprofeno, ketorolaco, tomaba cada día cerca de 8 pastillas de 1 gramo. Doctores, ¿por qué permiten esto?

Cuántos gramos de paracetamol dañino para su funcionamiento se tragó mi hígado, sólo Diosa sabe. Una se vuelve toda una artífice de la analgesia. Antes de la punzada, leer las señales: pechos que duelen días antes, humor a punto de estallar, cansancio, pesadez, llanto al borde del largimal listo para usarse. Viene una otra y otra pastilla, se apaga el cerebro. En serio: se apaga algo.

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Tantos analgésicos me dejaban soñolienta y fastidiada. Con un sabor en la lengua desagradable. Pero así había que acarrear fuerzas de donde fuera para avanzar, salir de casa, poner atención a la vida. Yo estaba tan adentro y tan silenciada que me dejaba salir sólo en la escritura. Y en la propia escritura me decía: estoy harta, cansada, fastidiada, ¿de dónde saco ganas de vivir? todo me daba hueva, por eso me he enfocado en hacer de la inspiración un ejercicio para la vida.

El músculo de la sorpresa y la maravilla se ejercita. Con cansancio en mis extremidades y dolor crónico pude hacer un montón de cosas. Colectivos, cooperativas, eventos, protestas, escritos, pinturas, teatro, danza, política, una AC, una empresa, talleres, redes, periodismo, y qué sé yo. Con todo y mi cansancio miro atrás y repito, no sé de dónde saqué fuerza.

El periodo post cirugía fue sorpresivo. También ha sido una de las etapas más felices de mi vida. Atravesando por una menopausia temprana, bochornos, piernas inquietas, insomnios, mal humor, hinchazón, y más síntomas extraños, me casé. Me casé descalza y feliz, en un sitio maravilloso, en un evento que siento que la vida me dio como un recordatorio de que la vida se celebra y se comparte y se reproduce en miles de formas y es una promesa de renovación y fuerza. Me casé con el cuerpo hinchado dos tallas.

Un drama para mi bailarina interna anoréxica heteronormada: la hinchazón. Pero con ella, la oportunidad de meterme en mi carne hinchada y amar desde ahí, y escribir la belleza en mis ojos, antes que en el mundo, para reconstruirla. ¿Por qué soy hermosa, para mi? ¿qué cosa es bella en mi cuerpecito? En realidad, mirar mi pasado, la fortaleza que no sabía que tenía, mi capacidad de amar, de dar cariño, pongo cara de duda aún, al pensarlo, aunque sé que es eso mismo. Mi cuerpo sostiene mi conciencia. Mi cuerpo con sus células que se mueren a cada rato y replican información, con sus errores y sus miles de millones de aciertos, me tienen aquí, respirando.

Con la endometriosis, podría decirse que mi cuerpo no funciona bien. Pero yo pienso lo contrario. A pesar de ella he sido, osea, me ha hecho fuerte. Incluso agradezco haber pasado por todo esto porque me ha dado, me ha obligado a mirarme, a pensarme, a escribir desde otros lugares. Empecé, (aunque siempre lo intentaba hacer) a cuidar mi alimentación con más atención. De acá han surgido montones de reflexiones sobre la sociedad y lo que nos decimos y creemos que es el amor propio. Y tocar el apoyo de mi marido, familia (y de las mujeres que me han rodeado y alimentado con su fuerza) me ha vuelto más sensible a otras cosas que antes no veía. (Siento cariño en el aire, y hago un gesto como para sentir su textura, y sí, se siente cariño en el aire).

¿Qué se siente con la menopausia? Como la mía es sintética, no se ha ganado el título sagrado de una menopausia natural que llega cuando debe habiendo dejado con sus movimientos de hormonas lo que tenía que haber dejado en mi psique y en mi cuerpo. Pero se sintieron bochornos desde el primer día del tratamiento.

Los bochornos son como una bocanada de aire caliente que sube desde el vientre hasta el cuello. Cuando ya llegó al cuello parece que nubla la garganta, da algo de ansiedad, para ser honesta. Dan ganas de quitarme la ropa, arrancarme la piel refrescarme con lo que sea. No me dan ganas de hablar, siento como si me volviera algo viscoso y caliente, feo, y me cierro en mi misma. Se pasa en unos tres minutos, que parecen veinte. Y no deja dormir, porque da tanto calor que una se destapa a media noche, al menos unas cinco veces, con sus respectivas vueltas a las cobijas, lo cual es muy cansado y bueno, molesto, pero ya se pasará.

He subido de talla inexplicablemente, no es que coma dos veces más. Pero el cuerpo de ha hinchado, por todos lados, como si fuera un globo, y la ropa ya no entra, molesta, estorba. Es una sensación, con los bochornos y la talla, como de cuerpo desconocido. Este no es mi cuerpo… hace cosas que no se explican. Muero de calor aunque afuera haga muchísimo frío. Esta menopausia habita mi cuerpo hoy y le quedan aún algunas semanas antes de volver a mi “normalidad”. Entonces hablaré desde otra configuración física y emocional. No sé qué vendrá, pero hoy me siento plena. Así, con lo que vivo, como está.

Pero creo que estaba tan cansada, que estos cambios repentinos no se sienten tan mal. No recomendaría este camino a otra mujer, definitivamente. Sí recomiendo cuidados de todo tipo, y opciones para elegir. Información. Lo mejor es comer bien, revisar la vida, no estresarnos tanto. O nada.

No podemos nunca, juzgar a una mujer por la decisión que toma con respecto a qué hacer con su cuerpo. Veo incluso peligroso recetar cosas cuando no hay un diagnóstico y estudios amplios de por medio. Lo que funciona para una no funciona para otra. Algunas veces algo funciona para todas, pero no todas nuestras condiciones son aún del todo conocidas. Así que algo que parece un quiste puede ser cáncer, y viceversa. Y algunas veces recetar para un quiste, sin tener toda la información y la capacidad para establecer un tratamiento puede costarle la vida a la otra, aún cuando nuestras intenciones sean las mejores.

Me gustaría decir que con cosas naturales conseguí este estado sin dolor. Pero no fue así. Si me preguntan cómo tratarse, diría siempre: estudios hormonales, marcadores tumorales, ultrasonidos, perfil tiroideo… y revisar dieta, sensibilidad al gluten, y otras cuestiones. La flora intestinal DEBE estar saludable si queremos tener equilibrio hormonal. Así que la alimentación es HIPER importante. Creo que si desde jóvenes aprendemos a observarnos y mimarnos, podemos evitar pasar por esto que yo pasé. La salud no es algo que “resuelve” situaciones de emergencia, sino un modo de vida permanente, claro, las ciudades nos exprimen, y no es fácil, pero cuidarnos es algo que debemos hacer si queremos vivir bien. Cuidarnos y amarnos siempre, cada día, es mi consejo.

Les cuento esto para que se cuiden, como advirtiendo que esta es una opción entre muchas, a lado del río de posibilidades, les digo: coman bien! y espero que no pasen por donde yo he pasado! que avancen por un camino más suave, amoroso, natural.

Este tema es muy interesante, son ya las 8:00 y debo saltar a la vida, allá al asfalto. Creo que terminaré este post más tarde.   Tengo que contarles de un libro maravilloso que estoy leyendo, y que en parte, ha abierto la llave de las palabras que cuentan la historia de este cuerpo!

Aquí una pista visual:

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Por la ventana del autobús, allá lejos

 

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Trato de escribir esto y no puedo. Borro líneas, una, otra. Otra vez. Quiero escribir desde mi, pero se siente extraño, y salto a ella. Ella puede decir más cosas, pero entonces no soy yo quien las siente.

Imagen 1 de la semana pasada: yo sentada en el transporte público. Leo un libro que me encanta, me atrapa completamente, me pasa poco. Leo de pie, y leo sentada. Llevo conmigo mi utilidad, majo el brazo, el teclado, los chips, los cablecitos que me dejan decirme. Algunos papeles. Un tupper que me convierte en eso que siempre he intentado no ser. Leo. Escribo en mi libreta, molesto a la chica junto a mi, remuevo mi bolso mayor para encontrar la pluma. Leo de ida, y leo de vuelta. A la vuelta intento no pensar en la contingencia ambiental, pero somos más en el transporte, más que en la mañana.

Tengo calor. Esta sigue siendo la imagen uno, porque va del calor. El calor en mi nuca. En mis brazos, siento lentamente el bochorno (la condición actual de mi sistema endócrino de la que aún no escribo) que me mira desde mis piernas, me toca el pecho, los pechos, ya viene, el rostro, como un sol que se me asoma en toda la parte superior del cuerpo. Y ahora el sudor que empiezo a sentir en la frente, y luego en la nariz, el bigote, me quedo quieta, miro por la ventana del autobús, los veo a todos hartos y acalorados, una señora en la miseria también mira por la ventana, pero frente a mi. Pienso si las dos estamos pensando lo mismo. Veo el espacio entre los árboles del camellón de la avenida. Los imagino frescos, porque tengo calor. Ardo. Y esta ciudad y este asfalto.

Me refugio en la lectura. Me canso de considerar las implicaciones ambientales. Imagino un PIB pero distinto, distintos indicadores, Producto Integral del Bienestar, sacar al dinero de la escuación. Al fin que vale muy poco. Lo que estamos consumiendo es la vida. This is life, sir. This is life. Sir. Escucho con acento inglés, a una mujer diciendo “This is LIFE, Sir”, en mi cabeza. ¿A quién le digo esto? Al asfalto.

El asfalto es un señor. Me regaño porque podría desarrollar mis ideas sobre otras unidades de medida, sobre otros valores, para plantear programas sociales, pero las dejo en quejas mentales que ocurren en el transporte público.

La gente, y yo, gastamos esta ciudad, y al mundo con ella como vehículo. Me regaño cada día. Podría proponer más cosas. Debería esto, debería lo otro. Debería darme tiempo de disfrutar la vida. Al final, no todas las mujeres hemos tenido este derecho. Soy privilegiada, puedo elegir cosas. Elegir ser madre. Pinto para no serlo, amo demasiado mi espacio, mi soledad, mi escritura, mi pintura, mis ideas, el tiempo para observar el mundo. Espectadora, me descubro ojos del universo que se mira a sí mismo.

La ciudad nos enloquece. Nos rehusamos a comprar un automóvil. No, no se necesita. Se necesita hacer política para mejorar las condiciones de vida de todas las regiones, para que la gente no tenga que moverse tanto cada día. Y que puedan por la noche cuidar a sus hijos y abrazarlos, y descansar en un parque en donde leen un libro, donde hay un personaje, una mujer, que vive en otro mundo y tiene mucho calor y observa a través de la ventana soñando con un día más fresco, con menos automóviles entorno suyo, con más sonrisas cursis en su mismo vehículo colectivo transportador de miseria humanas que no son, la señora pobre que mira en la ventana al espacio en las ramas de un árbol en donde quizá no haga tanto calor como adentro.

Como adentro de mi cuerpo. Adentro de mi cuerpo una inyección que adormece las hormonas me dejó en una menopausia temporal. Era la única forma, me dijeron, de controlar la cantidad exagerada de estrógenos que mi cuerpo produce.

No sé por qué los produzco. Demasiada femineidad. ¿Sabes? Demasiada noche, agua, oscuridad, luna, magia, mundo interno. Nunca había vivido sin dolor. Soy otra persona, me dicen mis amigos. No recuerdo, desde que vivo en el descanso del martirio menstrual, cuándo viví algún drama. No recuerdo si quiera, los rencores con los que alimentaba mis justificaciones, mi neurosis que visitaba tantos lugares de tortura adentro de mi cabeza. He escrito de esto, pero se ha hecho largo como una masa de pan que conforme se amasa se llena de aire, se esponja, se hace elástica. ¿quién va a querer leer todo mi cuerpo?

“Mi voz tiene dentro cuerdas corporales.”

-Escribí en mi diario.

Imagen 2: Miro al gato que descansa, más gordo, bajo mis pies. Su gordura me alegra, ronronea, me toca, se gira. La vida me mira desde su ojo, el único con el que puede ver. Tengo calor. El gato perdió uno de sus ojos, pero cada mañana antes de que salga al caos, me mira, maúlla, y me despide en la puerta. Siempre cariñoso.

Cinco días de contingencia. No quiero se me muera la voz que tengo adentro, y las ganas de hacer otra ciudad con este asfalto donde pensamos que podemos darle a la vida algún futuro.

 

Y no olvidar comprar el pan de vuelta a casa

Lunes, 7:00 am.

Ponerme los zapatos que nunca me pongo. Acomodar papeles, los testigos de lo andado. Levantarme con el olor a café que Z esparce en toda la casita. Pensar en escribir. Y no poder.

El otro día volvía a casa, de nuevo el metrobús cortó su tránsito, había que caminar, una joda. Caminar cinco estaciones, cruzar CU a pie. Cansancio. Caos porque el conductor del pesero se pelea a golpes con un usuario molesto. Coches pitando. Agobio. Olvidé llevar más dinero y me quedé atrapada en el metro. Todo se resuelve, me dije. Pero me angustiaban unos hombres en una parada del microbus. Después, por teléfono, Z me confirma: son las feministas, la marcha por Lesvy en CU derivó en el cierre del metrobus.

Mi cansancio se transformó en alivio. No se compara mi cansancio, mi molestia breve, con la muerte de una mujer. Como no se comparaba mi cansancio hace años, cuando cerraron el metrobus una mañana en una protesta por los 43.

Lo que sea necesario, pienso. Lo que se necesite.

Nos rompen la rutina. Los transeúntes, se dicen mucho, no tienen la culpa de. Pero yo pienso a mis adentros, que sí somos responsables. Sólo que no es siempre suficiente, marchar. No siempre. A veces sí.

Pensamos en irnos. Vivo con la violencia latente de la ciudad en la garganta. uno siente culpa, más miedo, y si todo empeora, culpa social: no estaré ayudando.

Pero mi ansiedad adentro me empuja a buscar calma. Calma para hacer nido. Para  vivir y ya, un tiempo.

Me miro al espejo, las 8:00 am. Pongo música. Suena esto. Me maquillo. Y si no tuviera miedo de verme bonita, ¿cómo saldría a la calle? parece poca cosa. Pero no.

Ya no quiero vivir con miedo. En mi trabajo veo la injusticia más cerca, todos los días. Lo social parece así. Veo lo vulnerable, donde duele. El hambre de crecer, agudizada por la pobreza, por la violencia. Sólo me queda ser amable, pienso, y no sé si sea suficiente,porque nada es su fi cie te.

Me alisto para salir, un poco de asfalto. Un poco de luz de sol, radiación. Mi novela a medio escribir, el futuro, me separaron el cuerpo y la conciencia en dos. No puedo esperar a volver a ser coherente. Ya les contaré de eso. Mientras la calle. Pero no saldré con prisa. No caeré en la neurosis. Pensaré en mis libros.

Debo mantener calma, y observar profundo. Escribir más. Ser eficiente, sin estresarme. Mantener calma. Jugar al ritmo caótico, nadar en la ciudad. Escribir, y no olvidar comprar el pan cuando vuelva a casa.

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Hablar con una misma, sobre ciudades y una boda

La fantasía más recurrente de mi repertorio consiste en que cada día que vivimos produce una versión distinta de nosotros. Y cada versión entonces adquiere su propia identidad, y su propio cuerpo y su propia vida infinita que se repite en el eco inacabable de lo que somos cada instante.

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Entonces, hay una versión mía que habita un nicho específico en el pasado. Puedo entonces hablar con esas versiones, y decirles y decirme cosas. Este ha sido desde hace algunos años, un ejercicio que repito cuando me estoy moviendo hacia alguna parte. Como el asiento de un autobús: me gustan los autobuses, más que los aviones, pero menos que las bicicletas, porque de todos los transportes la bicicleta es la que menos dosis de estrés puede proveerme. Cuando me desplazo hablo conmigo en el pasado.

Hablo conmigo misma cuando camino en las calles. Sobre todo cuando estoy en aquellas que ya me han visto y donde ya he estado. Me miro en los reflejos de las ventanas, y soy otra, siempre. Ahí se producen imágenes desdobladas de 24 horas de vida que tendrán cosas qué decir a todas las demás.

Estos meses de cambios suaves y sinuosos, me encuentro en calles donde alguna vez viví y para ser honestos y breves, diré que fui infeliz. Ya saben. Cascarones hermosos, silencios, fantasmas. Todo eso habitaron mis pasadas versiones en una zona del sur de la ciudad. Las zonas que por una u otra razón visito constantemente se vuelven parte y personaje de las cosas que hago. Ahora es Tlalpan, alguna vez fue Mixcoac, otras la Roma, otras Coyoacán. Otras bahías y selvas.

Pero ahora es Tlalpan. Me veo en un vehículo visitando sus barrios y sus seres humanos. Como su comida, trabajo con sus productores, vuelvo al mundo de las cooperativas desde programas públicos. Recuerdo cuando caminaba por sus calles temerosa de los asaltos, con los pies adoloridos, el estrés dañando mis ovarios, mi neurosis haciendo un ruido persistente en mi cabeza, y la idea central de que este modelo de ciudad no me gusta. ¿Qué derecho tengo yo a decir si me gusta o no? La vida no es una fiesta a la que decidí venir, o sí. Pero en cada momento, todas las versiones de mi misma, se han, nos hemos, he sentido que puedo, quiero, debo decir si me gusta o no, y entonces, ¿cómo la quiero? ¿cómo diseño OTRA ciudad, otro andar, otro decir? Y una vez que lo he intentado, me pregunto si no es una necedad inútil tratar de sembrar utopías por todas partes. Lo que hago ahora responde a un modelo utópico. Pero opera, funciona, tiene presupuestos públicos. Es un sueño.

Debo decir que hubo un momento en el que pude renunciar a mi derecho de vivir la vida como una loca, buscando la utopía, y no lo hice. Me abracé a mi misma. Pude mantener una vida seca, aburrida, con ese dejo cada día en la boca de que “esto no es”, para esto no vine. No sé de dónde vine, pero para esto no. Eso lo he sabido siempre. Aquí sí, aquí no. Así no quiero. Cuesta decir la vida así, pero tiene sus recompensas. La principal es la dignidad, la honestidad con una misma. Y cuesta, sí. Hay que elegir. Pude dejar de querer pisar y poder decirme desde la utopía, pero no lo hice.

Entonces andar por la calle del Calvario, en el sur de esta ciudad, y sentarme en la plaza central que me vio desayunar y saturar las tripas siempre con ese dejo de vacíos, y mirarme en las ventanas, es decirme cosas. Cosas como, “nunca sabemos a dónde nos lleva la vida”. Todos los vacíos se llenaron, nada más tenía que abrir los diques.

De un tiempo a esta parte pienso que llego a sitios donde había imaginado que estaría. En todos, sí, elijo cómo estar. Y hay otros en donde no quiero volver a perderme: las jaulas de oro que nos vuelven insensibles, taciturnos, secos. No las quiero. Eso lo sé.

Me miro en los reflejos y pienso que puedo hacer exactamente lo que he querido hacer.

Ahora un gato que ha llegado a casa me mira desde la puerta, y maúlla. Me pregunto si me dirá algo. Debo llevarlo al veterinario, en cuanto se deje atrapar.

El otro día llegué a casa y había comprado unos sopes para comer. Amo el maíz. Y amo todo lo que viene cerca del maíz y sus presentaciones multiformes. Lo saqué de su bolsa, lo puse en un plato, puse mis manos como mi cómplice de huertos me enseñó a hacer, sin decirme, para dar gracias. Y pensé: “que todos los seres tengan alimento, gracias”, y entonces oí al gato maullar, y tenía hambre.

Le di atún. Durmió toda la tarde.

Hace un par de días caminaba por una calle por la que anduve cuando era adolescente. Cuando en lugar de ir a la escuela vagaba y escribía en los cafés y perdía el tiempo enamorándome de cualquier cosa que me pasara por enfrente, teatro, danza, circos. Y hombres, o niños. Salí de una consulta médica, el sol se asomaba por entre las ramas de los árboles. Y pensaba en la riqueza y en cómo esta ocurre entre los árboles. Habría que re escribir nuestra manera de entender la riqueza. La entendemos mal, hacemos todo mal. Hay que crear una especie de índice de la vida. Cuánto sembramos de bien, cuántos árboles dejamos ser y cuántos dejamos sembrados cerca. A cuántos podemos respetarles la vida, los haceres, saberes, crecimiento. Un nuevo índice de vida permanente.

Al salir del consultorio compré un helado. Un año después de un diagnóstico mortífero, estoy bien. Y lo escucho y aprendo en silencio, para mi misma.

De pronto los espacios para mi sola se han vuelto nutritivos y plenos. Tengo que admitir que hipócritamente he dicho muchos años que me amo a mi misma, pero siempre sentía al mismo tiempo mi mentira, mi necesidad de un otro, de reconocimientos, de que me miraran. No me estaba mirando yo. Eso pasaba, pero no lo sabía. Y estar sola era una condición accidental, no buscada. Lo que crecía ahí, en los espacios de soledad, eran segundas opciones. Mejor era compartir, me decía, pero si no había con quien entonces: y en ese espacio estaba yo.

Cambió eso, este año. Amerita que escriba otro post, pero mi diario sobre la endometriosis se está volviendo libro. Es un secreto. A partir de mis ovarios y mi útero, lo que me dijeron, mi estar en el mundo cambió. Ahora me gusta estar sola y lo celebro. Tengo tanto que decirme a mi misma. Me descubro diciéndome cosas, con mi voz como la máxima autoridad de esta casa de vida. Y si pienso en mi vida entera, quizá esta sea la mejor cosa que me haya pasado nunca.

Poder decir no sólo, quiero que este mundo sea así o asado. Sino que quiero que mi estancia sea esto. Y quiero respirar así. Y ahora quiero comprarme un helado, y sentarme en el parque. Y es tan lindo estar conmigo. Me gusto. Me gusta mi forma de ver el mundo leyendo encima de las superficies y mezclando historias. Me gusta mi amabilidad. Mi consideración hacia otros, mi escritura. Mi malicia también. La sombra, oscura, dolorosa, destructiva, me gusta, creo. No siempre, pero sí, la veo y me gusto, con ella.

Le digo a mis antiguas versiones, a las adolescentes, cuando camino por las calles que me vieron crecer con tantos miedos e incertidumbres, que todo ha estado bien. En realidad esta fantasía de espejos múltiples internos nació allí. Cuando me pregunté, en el 2001, si había alguien aquí, en mi 2017. Todo este año de sanar, ha sido decirme una y otra vez a mi misma, aquí estoy. Estamos aquí todas.

Yo puedo decirle a mi versión depresiva que la depresión, aunque no lo parezca tiene un fin. Que la soledad no existe. Siempre hay en el mañana la posibilidad de un sol y un cielo azul, y vino.

A las versiones que temían no ser amadas les digo que hay suficiente amor del propio corazón para explotar antes de buscarlo afuera. El amor es un recurso renovable. Pero sin usar las fuentes primigenias no se pueden hallan las celdas solares del cariño.

No creo tener un grado de autosuficiencia emocional aceptable aún. Creo que sí crecemos pensando que debemos “merecer ser amadas” y confirmarlo con un anillo, una foto de amor una boda. Y sin confirmaciones sufrimos mucho. Pero esta semana lo tuve claro. Me caso en pocos días, y esta boda significa cosas nuevas para mis creencias heredadas, aprendidas y creadas. No quiero casarme y pensar que mi vida y mi felicidad dependen de otro. Nunca ser en segundo plano, ni existir para otros. No servir antes a otro antes que a mi misma. No traicionarme, serme fiel, como hasta ahora, aunque duela y provoque tormentas la búsqueda de la autenticidad.

Casarme sin la idea romántica, claro, es poco romántico en el sentido tradicional. Entiendo por qué necesitamos deshacernos de la idea del amor eterno y la realización a partir de un matrimonio. Sí, es bello el amor. Estoy enamorada, como adolescente, me tiemblan las piernas, me derrito de amor cuando Z llega por la tarde y la vida es compartida con todas sus facetas.

Pero mi mayor logro no es casarme. Ni siquiera pienso que sea un logro. Aunque lo vi así muchos años. Cuando pienso en la vida de esposa-madre, reconozco el enorme trabajo que hemos hecho las mujeres al criar una humanidad, pero no me gusta el peso que se le da, enjaulante, idealizado. Pensé que nunca escaparía de esta idea, que me causó tanto sufrimiento. Y creo que por segunda vez, el feminismo me ha ayudado a afirmarme a mi misma y a cuestionarme por qué hay tantos aplausos entorno a una boda, y no los mismos entorno a un logro profesional.

La sensación de logro de sentirme al final bien, en paz, tranquila, conmigo misma, es distinta de la del amor romántico. Es una sensación de reconocer que somos seres vivas. Con ojos muy nuevos, muy jóvenes en el universo, hay todo, todo un mundo enfrente, y adentro. La posibilidad de esa vida propia, plena, libre de la necesidad de ser con, en función de, gracias a, otro, se siente como un respiro lleno de aire, luego de mucho tiempo en las profundidades del mar.

A mis antepasadas, el amor romántico, les costó la vida. Pienso mucho en que si a las niñas nos enseñaran a amarnos y a construir nuestro amor propio como una tarea vital, tan importante como la impronta social de tener que ir a la escuela, el mundo sería distinto. No permiritíamos abusos de otros, ni los más pequeños. No reproduciríamos esquemas en los que el amor propio parece egocentrismo. Las niñas usaríamos nuestro tiempo descubriendo el mundo, haciéndonos más fuertes e inteligentes, siendo felices sin sentir que siempre nos falta algo. Algo que estamos siempre buscando, y que cuando no está nos destroza el alma.

A mis versiones con el corazón roto, les diría que esta sensación de amor propio es más hermosa que cualquier otro amor externo que no vino de fuera, o que estuvo y se fue. El amor no era enamorarse. Como se construye y se diseña por una misma, o con quien se comparta, no tiene reglas ni garantías ni formas aceptables. Cuando lo perdí y sufrí, lo que perdía no era el amor, sino otras cosas.

Una es finalmente, una creación de algo. Nos crea la biología, la sociedad, las ideas, el tipo de cultura al que somos sensibles. Pero hay que dar el salto y descubrir y ser capaces de crearnos a nosotras mismas. Creo que a falta de figuras que me moldearan, tuve que aferrarme a esta posibilidad de construirme, con muchos esfuerzos y tropiezos. Pero esto me ha dado libertad. Soy la construcción de mis propias múltiples voces.

Entre más leo, y escucho, y me hago preguntas me doy cuenta de lo fuerte que es el papel que tenemos en el mundo, las mujeres. Me pruebo el vestido de novia y veo la enorme herencia que me pongo, que decido ponerme. Me pongo el oficio de mi abuela y de mi madre. El deseo introyectado de ser felices a partir de un rol que muchos entienden como secundario. Algo de vanidad. Un vestido de novia es como una promesa social. Un cumplimiento y una promesa, al mismo tiempo. Me pongo la tradición, pero también, elijo ponérmelo pudiendo no hacerlo. Y quiero usarlo siendo consciente de que si es blanco, es un lienzo en donde toca escribir la propia historia. Quiero pensar la tradición no como pauta, sino como raíces y no dejar nunca, nunca, nunca de escribir.

La ciudad con su espíritu caótico me espera afuera y yo me alisto para caminar con la versión de hoy, atravesando a todas las pasadas. El gato me mira desde la puerta de cristal. Y yo me pregunto si la llegada de un gato en la vida de una bruja significa algo.

Esto me pasa por hablar de mis ovarios

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Hola esta soy yo

Hace poco más de seis meses que escribí esto, la historia de por qué un diagnóstico tardío, común, de endometriosis, me había atravesado por completo la vida. Contarlo tuvo dos tipos de consecuencias, ya saben, las positivas, y las negativas. Y aunque las positivas se llevan la historia por completo, las negativas estuvieron y me enseñaron mucho también.

Lo que he vivido en este tiempo ha sido una especie de extraña bienvenida al sistema social al que las mujeres tenemos que enfrentarnos: lidiar con los esfuerzos por mantener una buena salud reproductiva es casi un deporte donde pueden violarse nuestros derechos humanos, y donde podemos ser blanco de múltiples violencias directas e indirectas. Y de bienvenida al secreto mundo de las solidaridades, las redes, los acompañamientos de mujeres que eligen construirse otra forma de estar alterna a la “común”, en comunidad.

Si alguna vez has estado enferma o enfermo de algo seguramente te ha pasado que muchas personas te dicen lo que les ha funcionado para curarse, o lo que no hay qué hacer. En el caso de los padecimientos femeninos, bueno, qué les puedo decir. Está muy cabrón cómo el mundo piensa que las mujeres tenemos que escuchar sus juicios sobre nuestros cuerpos, y que nosotras no atendamos más a fondo nuestras propias necesidades por pensar que es tema sólo del doctor.

Algunos de ellos te dicen cosas como: “es que tienes problemas de quistes y demás porque no te has embarazado”, o, “si te embarazas puedes curarte”, o, “¿cuántas parejas sexuales has tenido?” mientras te miran desde atrás de su collar de crucifijo. También pueden preguntarte si has tenido abortos, si estás casada, y cuánto tiempo llevas con tu pareja, si la tienes.

Luego de ese escáner psicosocial, pueden revisarte, y entonces decirte su posible diagnóstico. O mandarte estudios x y y, y con eso darte su posible diagnóstico. (Porque certeros faltan muchos)

En muchos casos de quistes o miomas, verán dos opciones: pastillas anticonceptivas o cirugía. Una, si acaba de llegar al mundo ginecológico, pensará que en efecto hay sólo esas opciones. Sí, ambas tienen efectos secundarios, y las cirugías tienen recurrencia de síntomas, al menos con la endometriosis y los quistes. Osea sus tratamientos no son efectivos del todo.

Cuando la doctora del mal me dijo que debía operarme y yo no podía hacer absolutamente nada al respecto le pregunté: ¿no puedo hacer en serio nada yo? cambiar mi alimentación, hacer tal o cual cosa… -NO, niña, cállese y haga lo que le digo.

Lo cual, una vez que investigué, vi que era falso, y además, encontré muchos indicios de que primero, las mujeres sí podemos hacer cosas para sanarnos, y segundo, el mal tratamiento que el sistema ginecológico nos da desde muy jóvenes es causa de problemas en edades más adultas, y provoca peores condiciones como endometriosis o infertilidad  (que el sistema aprovecha para vendernos sus “soluciones” carísimas). ¿En serio no pueden prevenirse estas cosas, en serio?

Mientras investigaba fui encontrando muchas pistas para mi caso.

Siempre había tenido cólicos fuertes, y los doctores me decían que era normal y que por genética y suerte me “tocaba” vivirlos. ¿Soluciones, curas? Tomar pastillas anticonceptivas, y analgésicos cada vez más fuertes. Nunca quise tomar la píldora anteriormente porque me ha parecido que es como la cirugía láser de los ojos. De pronto empezaron a aplicarla y aún no sabemos qué ocurre 30 años después. Con la píldora lo mismo, y recientes estudios han hecho evidente que fuimos un mercado conejillo de Indias al que no le preguntaron cómo se sentía ni lo tomaron en cuenta.

Pero volvamos un poquito atrás y consideremos que los problemas como los miomas, quistes, etc, están relacionados con desajustes hormonales (sistema endócrino). Y la endometriosis, con el sistema inmunológico, que es considerada una condición con tres raíces: respuesta inflamatoria, sistema inmunológico débil, y desbalance hormonal.

Entonces, si una tiene uno de estos problemas, los médicos deberían revisar esos ámbitos en edades tempranas. ¿Y acaso lo hacen? ¿Acaso nos advierten de ciertos hábitos alimenticios que empeoran ciertas condiciones, como la ingesta de gluten, harinas blancas, café industrial,  azúcares refinadas, o productos cárnicos con hormonas? NOP

¿Acaso revisan el sistema endócrino? NOP, ¿acaso antes de preguntarnos con cuántas personas compartimos el cuerpo, nos preguntan qué comemos? JAJA NOOO Acaso se toman la molestia de decirnos que intentemos vivir menos estresadas ya que el cortisol que produce el estrés en nuestro cuerpo empeora todo tipo de problema del sistema inmune? Obvio no. Al contrario, de lo que se trata es de no cuestionar el estilo de vida veloz y voraz que nos hace producir, hacer, salir, conseguir más y más sin que nuestros ciclos interfieran con ello.

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Campaña estúpida de Kotex

Nos dicen: tomen estos analgésicos, (que dañan el hígado, un órgano fundamental para protegernos de elementos tóxicos y que ayuda a mantener un equilibrio hormonal) o, nos recomiendan pastillas anticonceptivas tiro por viaje. ¿Estudian muchos años, en serio para recetar eso SIEMPRE?

En serio. Y las tomamos como si fueran chicles, cuando tienen tremendos efectos secundarios, no son una solución de raíz ni a largo plazo, porque no pueden tomarse más de pocos años, ya que causan infertilidad (recordemo$ lo que el $i$tema gana con e$to).

Tampoco pueden hacer diagnósticos certeros, en mi caso, como en casi todos los casos de endometriosis, se tardaron más de 10 años en encontrarla. Yo supe de ella investigando a los 20, (tengo 30) y siempre la propuse como posible causa de mis tremendos dolores menstruales, pero los doctores no me veían tirada en el piso gritando, así que no aceptaban mi sugerencia. (Cuando me vieron muy mal, entonces sí).

¿Por qué no piden un análisis de CA125 (un marcador tumoral que indica problemas en ovarios, que aparece alto en casos de endometriosis, y que cuesta 300 pesos hacerlo) -cuando una chica dice que tiene dolores menstruales? Y entonces recomiendan evitar ciertos alimentos, y cuidar la flora, y evitar a toda cosa el estrés (factores que pueden empeorar estas cosas) para NO TENER que recetar analgésicos ni anticonceptivos? PORQUÉEEEEE ¿Qué les cuesta?

¿Se evitarían padecimientos varios que en el futuro constituirán sus próximas visitas, consultas, trabajo, dinero?

Mi experiencia es: los ginecólogos no están haciendo bien su trabajo. Sorry. Y las pacientes, tampoco, nosotras no atendemos, ni escuchamos, ni confiamos en nuestro cuerpo. Creernos la narrativa social de que el amor duele, parir duele, ser madre duele, no ser madre duele, y menstruar duele, es muy fuerte. No tocamos nuestra sangre, queremos que huela rico, que no se note, que no “interrumpa” nuestra vida. Soltamos las riendas de nuestra reproducción, y de nuestros órganos, y de nuestra experiencia vital. Y además, pensamos que llevar una mala alimentación alta en sales, azúcares, alimentos procesados, y demás, no tendrá un efecto en nuestra salud. ¿Por qué era importante la agricultura agroecológica? Ah, sí, también por esto.

No está bien visto hacer demasiadas preguntas. Cuando yo investigaba, llamaba a doctores y preguntaba, la gente me veía como si fuera una monstruo. ¿Estás cuestionando al ______________?<- ponga lo que sea que quiera aquí

¿Cómo puedes cuestionar a un médico que bla bla bla? Pues, aprendí a hablar con artículos científicos de por medio para quien los necesitara.

-En los hipervínculos que ven en el texto pueden encontrar artículos priodísticos y científicos que sustentan lo que estoy diciendo-

En muchos casos, las ginecólogas no estaban al tanto de los últimos avances de hace cinco años en ciertos temas, ni de la importancia de la alimentación de las pacientes. Sí, ya sé que queremos arrancarnos el pelo de lo imposible de creer que es esto. ¿Cómo pueden recetarnos anticonceptivos a tantas mujeres para resolver desórdenes hormonales sin conocer más a fondo nuestro historial clínico, nuestros hábitos, actividades, y tantos otros factores determinantes?

 

Entonces digamos que llega una a una consulta y se topa con la ignorancia del médico  y luego se topa con la realidad de haber creído las historias del mundo sobre el propio cuerpo, y pasa por la sarta de prejuicios que se hacen respecto de lo que tengamos. Luego están muchas visiones de personas que no son médicos (dirán, quién te entiende Isadora, te molestan los médicos con su autoridad, y los que no lo son también) pues sí. Pero me molesta en especial un tipo de posturas al repecto, que son las que se creen con el derecho de decirte 1.- lo que haces mal, 2.- lo que debes hacer (sin saber nada de tu historial ni nada) 3.-cuánto tienes que pagarles por aconsejarte cosas sin fundamento.

Cuando publiqué las historias de lo que me estaba ocurriendo muchas personas me escribieron recomendando a los especialistas que las habían atendido de lo mismo y las habían ayudado. Y con ellas estaré muy agradecida. Pero también me escribieron criticándome porque hablaba demasiado de cosas personales. O que me decían: “Ve y enamórate y te curas, estás muy amargada”, <-señores viejos que batée alguna vez. O tipos salidos de la nada que se llamaban naturópatas y que me decían que toda mi actitud cuestionadora del sistema y de todo era la causa de mi problema. O gente que quería que contratara sus servicios y que si no lo hacía me decían que merecía estar enferma. O los que recomiendan que todo se cura con meditación, con yoga y les encanta hablar de remedios fáciles e inmediatos como si un quiste fuera igual que la caspa.

Sí, de todo eso hay en la viña del señor. Sobre todo eran hombres los que se ponían muy sabios y enjuiciadores. Claro que los ignoré, (y elegí yo misma mi tratamiento y opté por cosas naturales) pero luego noté que esas voces cuestionadoras de lo que las mujeres hacemos o vivimos están en todos lados. El mundo se cree con el derecho de decirnos lo que piensa de nuestro cuerpo, cómo se ve, por qué enfermamos y cómo debemos curarnos, si estamos criando mal a un hijo, si no decidimos criar ninguno, si pospusimos la maternidad, si no es nuestra meta en la vida, si tomamos esto o aquello o si no cumplimos con las expectativas de los otros.

No todo fue así, no exagero si digo que decenas de mujeres, amigas que ya conocía, y nuevas cómplices, me han acompañado en este viaje de formas increíblemente sanadoras y que si no fuera por ellas no sé dónde estaría. (También mi pareja ha sido el hombre más maravilloso y comprensivo).

huile sur toile, 100 x 50 cm, 2012
Óleo de Francoise de Felice

Los días en los que iba descubriendo qué visiones tenía el sistema sobre mi condición (días que por cierto fueron los peores porque amenazaban con quitarme órganos enteros), pude contar con mi amiga Ileana, que es acompañadora de menstruación, con su proyecto La Lunita en mi.  Y ella, al igual que una poeta que me dijo “Isa, ocupa tu cuerpo“, me dieron mucha fuerza. Muchas amigas estuvieron cerca y de ellas aprendí que luego de años de escuchar lo que otros opinan, o creen que saben sobre nuestro ser, así entero, no digo sólo “nuestro cuerpo”, llega un momento en que necesitamos escucharnos a nosotras mismas.

No digo que para curarnos de lo que sea tengamos solamente que escucharnos y ya, cruzarnos de brazos, no. Pero sí hay que hacer de lado todo el ruido de allá afuera, y hacernos preguntas sobre lo que queremos y cómo lo queremos. Merecemos ser tratadas gentilmente, con respeto, con confianza, y que se nos vea como pacientes capaces y responsables. Para esto, claro, tenemos que elegir antes si queremos responsabilizarnos de sanar. Mi proceso fue moviéndose del profundo enojo con lo de afuera, hacia el enojo conmigo misma, hasta ver cuánto me he abandonado y cuánto le he creído sus cuentos a la sociedad machista. Cómo he pospuesto mis sueños, me he subido a trenes de causas y movimientos en donde mi propia voz dejó de escucharse.

Ufff, si pudiera contarles todo lo que ha pasado en estos meses en mi se me salen las lagrimitas. Primero porque entendí cosas que las mujeres hemos venido aceptando como normales pero que son agresivas, groseras, violentas. (Los silencios y las malas atenciones, de forma sistemática son formas de violencia) Y entiendo que no se note que somos seres fuertes, y que resistimos y seguimos dando amor, luz, nutrición, aunque el mundo, porque vuelve tabúes nuestras cosas, no lo nota, y no lo reconoce, ni nos valora por ello. Además nosotras reproducimos esa misma desatención.

Entendí por ejemplo que una mano que ofrecemos o un consejo “terapéutico” que damos no siempre es la ayuda que quisiéramos, si pensamos que sabemos más que una mujer sobre ella misma. Creo que cuando alguna de nosotras tiene un quiste, o dolores, o cualquier enfermedad, lo primero que se necesita para sanar es fuerza y confianza en nosotras mismas. Nop, el sistema ginecológico “profesional” no es suficiente. Lo he visto en mi, y en muchas pacientes con quienes he compartido muchas horas en el hospital. Ese sistema médico no es suficiente, pero tampoco es del todo prescindible. Nos da diagnósticos si lo presionamos y si podemos tener la agudeza para entenderlo y poner de nuestra parte. No digo que mis ex-ginecólogos hayan sido malvados, sólo pertenecen a un sistema humano con fallas, y la visión que hace de un médico un ser excepcional está lejos de la realidad. Son humanos, imperfectos. Y la vida de las ciudades y los efectos que tiene en los miles de millones de cuerpos que las habitamos no pueden ser sostenidas por medicamentos, ni por sistemas médicos.

Estamos sobresaturando la sanidad, y mucho de lo que la satura puede evitarse a veces con decisiones personales, a veces con correctas políticas públicas (y sobre todo erradicando la profunda desigualdad que cada día crece más). Por eso no puedo pedirle al sistema médico que sea perfecto, porque la sociedad profundamente enferma que está tratando de curar sobrepasa sus capacidades. También es un sistema elitista que le pone narices nuevas y tetas a quienes pueden pagarlo y no quiere salvar de infecciones a niños pobres. En fin.

Pero para no desviarme de la parte más linda de todo, seguiré con la compañía de las mujeres.

Durante estos meses muchas de ellas me han ayudado sólo escuchándome, o contándome sus casos, o compartiendo recetas de remedios, y abriendo su corazón. Por eso siento que una parte del mundo se abrió para mi recientemente, en ella nosotras somos más resistentes de lo que imaginaba y estamos también mucho más vulnerables de lo que creía.

Las muchas conversaciones que ocurrieron en chats, reuniones, cafés, me han dado la posibilidad de comparar información, y de no sentirme sola. Hay muchas redes de apoyo, de acompañamiento hombro con hombro, redes de whatsapp de mujeres dispuestas a acudir si otra necesita sanar, abortar de forma segura, o apoyo emocional en un momento difícil. Estas redes no se notan, pero creo que han existido siempre en el mundo. Creo que gracias a ellas hemos sobrevivido a inquisiciones, gobiernos católicos, e imaginarios patriarcales. Sí, todo eso resistimos juntas. Y es una parte de este camino de endometriosis que agradezco junto con la reflexión de qué tipo de vida quiero crearme en este mundo. Al final el dolor que tenía (porque ha disminuido en estos meses un 70-80%) sí tenía que ver con las brujas, como intuía en mis años 20 cuando pensaba que la sangre y el encasillamiento de la mujer en roles oscuros y clandestinos estaba relacionada con que me doliera tanto menstruar.

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ilustración de Daria Pertilli

No sé aún si mis autocuidados y el tratamiento de hormonas dará los resultados que espero, en algunas semanas podré contarles cómo me va en una cirugía programada para que podamos ver adentro de mis entrañas. Yo no quiero dejar nunca más la atención a la comida, a mi forma de tratarme, y de estar en el mundo. Pero el dolor seguro se ha transmutado en unos nuevos ojos y nuevas manos para construir. Un corazón más abierto y sensible a lo que vivimos las mujeres. Todavía no hago mucho en concreto, pero voy sintiendo distinto el habitar mi cuerpo. Y eso es invaluable.

🙂

Nunca dejes que nadie te diga que no puedes con algo. Lo puedes todo, sólo necesitas volver a confiar en tu fuerza. 

 

Les recomiendo estas páginas que tienen muy buena info:

http://www.larabriden.com/ 

http://www.sexyfoodtherapy.com/

https://www.facebook.com/dramiriamginecologia/?fref=ts 

http://miriamginecologia.com/blog-mujer-al-dia/ 

https://www.evamuerdelamanzana.com/quieres-desconectar-tus-hormonas-toma-la-pildora/

 

 

Un vistazo al verano, el flashback de las bicis en España

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Que hace rato está mi corazón latiendo por tí, latiendo por tí…

Una tienda de “Todo a 1 euro”, Z y yo buscando contenedores para shampoo, el sonido de la puerta automática, el aire acondicionado que nos envuelve. Adentro suena la canción de Shakira de la Bicicleta, estoy buscando entre los pasillos algo que no sé cómo se llama porque en España muchas cosas tienen nombres distintos que en México.

Estamos en la costa del Mediterráneo, preparando un viaje hacia el norte en las Islas Cíes. Necesitamos para el viaje provisiones, aditamentos de camping, confirmar viajes de BlaBlacar. Encontramos los frascos herméticos, nos paramos en la fila. Unos chinos atienden a varios españoles, yo hago bromas y bailo. Z y yo nos conocimos prácticamente gracias a las bicis, que nos gustan tanto. La canción de Shakira engulló varias experiencias del viaje a España este verano. Como Julieta Venegas en el verano del 2004 en el viaje al norte del país. Como la música de gimnasio en mi estancia en el Caribe. La playa mediterránea de Alicante sonaba a Shakira, a Sia, a Jennifer López. La playa nocturna de fuegos artificiales era un desfile de tiendas de moda readytowear. Lentes de sol. Anonimatos de verano. Bailar a ritmo de la industria de la radio.

Uno no llega a construirse de inmediato el olor y la sensación de las cosas vividas. Ahora, miles de kilómetros después en el auto, sobre el mar, en barcos, aviones, consigo apreciar los meses que pasamos con sandalias, comida increíblemente rica, los cuidados y cariños de mi nueva familia y los shorts más pequeños que nunca había usado. Mucho suena a la canción de la Bicicleta de Shakira, y aunque trato de ponerle otra música a mis diarios de verano, una más rebuscada, esta se pone encima y guarda dentro muchos días en Europa. Y todo era sol, y sonrisas.

Sí, sí, no me encontraba bien por el malestar del reciente uso de anticonceptivos, además del gluten que respiraba en cada momento. Pero en general estar en España, con mi  compañero de vida y de viaje fue un sueño hecho realidad. Sí, sí, el consumismo, el shock cultural, el “primer mundo”, sí sí, mis críticas.

Pero no sólo hubo de eso en el viaje. Hubo sencillamente felicidad, la simple. Compartirnos cosas. Pedalear en el malecón por las tardes hacia casa de amigos, comer pizzas, beber cervezas. Reír mucho. Jugar al “Código Secreto”. Mirar españoles por doquier, detrás de los aparadores, de los escritorios, humanos nacidos del otro lado del mundo que han llevado sus vidas allá que me parecen a la par, aliens y seres muy cercanos. Tengo grabada la sensación del medio día pegajoso en la piel y la urgencia de ponerme las gafas de sol al salir a la calle blanca que deslumbra. ¿Gafas? Antes los llamaba lentes.

Allá los autos no querían matarme mientras pedaleaba. Mucha gente andaba a pie, se vestía elegante para pasear por el centro. Como si fuese todo un acontecimiento salir por el pan, a los 70 años, que valía ponerse un bello sombrero, zapatos dorados, vestidos vaporosos y joyas relucientes. Me contaron que así es Alicante, joyas y brillos, imagen, apariencia. En sus atuendos orgullosos, los ancianos salían al estanco a por tabaco, por el boleto de lotería, el mechero.

Sin mis lentes de hormonas falsas, habría sentido probablemente lo que siento ahora al recordarlo. La comida. El sol de España. El sol de España es como diferente. Es más ardiente y abraza por igual todas las cosas que tiene bajo sí. O era el calentamiento global yo qué sé.

Madrid por ejemplo era como una enorme ciudad viva con su propia personalidad. No era como Salamanca o Toledo que tienen la Edad Media trazada y atravesada. Ni como el norte frío, extraño y misterioso. Madrid era más bien como institucional y alcohólico al mismo tiempo, veloz como mi lugar de nacimiento, con avenidas atestadas de autobuses y gente malhumorada que desentonaba con la fastuosidad de los monumentos y las rotondas. Un lugar de tapas y museos, que se parece a la ciudad de donde vengo, cosmopolita, histórica y mortal. Veloz, veloz. Era como Almodóvar y Cervantes, revueltos en un Guernica con papas.

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Yo al esperar el semáforo para cruzar pensaba en la vieja yo, la de 18 años, que soñaba con ir a España y estudiar allá, y se pasaba las tardes oyendo a Ismael Serrano, escribiendo en cuadernos cómo sería todo estando lejos, lejos del ruido del DF. Hoy, o hace meses, era la misma yo, siempre melancólica, y buscando cosas para decir, huyendo del bullicio y soñando con banquetas soleadas del otro lado del mundo. Ahora ya estaba ahí, o aquí, en mi cuerpo de 31 años. Tuve la sensación de decirme bienvenida, esto había en la vida, y ahora está mi visión de hoy para acompañar a la versión melancólica.

Recuerdo un cuadro de Rubens, Las tres gracias, un olor a rosas en el Museo del Prado.  Muchachas alemanas tomando notas, cúmulos de visitantes rodeando los Velázquez. Mi antigua yo me hizo un guiño cuando reconocí los cuadros que crecí estudiando, primero de reojo, luego con curiosidad, luego por aburrimiento porque cuando era niña teníamos libros pero no videojuegos ni cosas “divertidas” de gente de nuestra edad, thanks god. Había cosas que sabía del Greco no por gusto, ni por interés sino porque había libros bonitos en casa que hablaban de su locura y sus desobediencias, y los personajes que más me marcaban, como Duncan, o Fitzgerald, eran todos desobedientes, también el Greco. Me parecía grosero, y burlón.

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Recuerdo un atardecer en Madrid, también, de color rosa, y un hombre tocando el violín frente al palacio de la familia real. Un mercado de hierro color guinda. Atocha, un calor ardiente afuera del metro, se abría una puerta entre muros de cristal y un ardor como de horno entraba y golpeaba las piernas desnudas. Tanto calor que ardía. Gazpacho, y versiones de gazpacho. Libros, un pub, o picadero, lugares románticos llenos de camas y cojines, cortinas, y cervezas. Cervezas, risas. La vi ahí, a la patria madre, patria viejita, rancia, con sus reyes, y rajoyes, y partidos incompetentes, y realitys. Con las mismas fallas mexicanas, enormemente anciana. Vi sus genes en la arquitectura, y nuestra lengua.

Y sobre todo recuerdo un tramo de vida, puesta en la ensoñación de lo que puede ser un país, o pisarlo. Todas esas fantasías que la realidad supera, o que no siempre alcanza, pero que componen la experiencia total de algo. España no era solamente ese país viejo, histórico, ni su comida, eran mis años adolescentes, soñando enamorarme allí, crecer allí, despertar allí, leer allí. Ocurriendo uno encima de otro, devolviéndome un poco de la inocencia de los veinte años, y la risa de recordarme tanto así, ahí en lo cursi, lo magnífico de amar y vivir las cosas con lentes de color rosa. A pesar de las hormonas y a pesar de todo.

 

La verdad dentro de la sonrisa

Hace poco me di cuenta de que quizá hablo más de cosas positivas de mi vida en este blog que de las negativas.

Lo cual me hace recordar que hace tiempo que quiero escribir sobre la depresión que pasé hace algunos años, y sobre lo que me ayudó a sanar. Y de algunas cosas que me han ayudado a sobrellevar mi intensidad, la sombra que siento que siempre tengo despierta adentro y que me hace buscar como las flores de las plantas, la luz para respirar y mantenerme de este lado de la vida. El de los colores, y el aire respirable que -no es la depresión.

La depresión severa se siente como un velo de atole en los ojos. Se siente como unas vendas pegajosas que nos roban la energía, y nos dejan atados a la cama, o al sillón, o al feisbuc, o a lo que sea que volvamos nuestra nave para flotar en la brea negra que pensamos que es nuestro mundo. Se siente como un agujero negro, que arde en la mitad del pecho. Como una incapacidad para sonreír, y un recordatorio amargo de nuestra debilidad para sobreponernos, cada vez que las comisuras de los labios se oponen a que las estiremos. Es salir a la calle y que lastime el sonido de los coches, la presencia de los otros, que dejan de tener interiores e historias y se vuelven rostros huecos que no nos dicen nada. Nos pensamos inútiles, incapaces de dar algo valioso al mundo. Incapaces de compartirnos. Como si no estuviéramos en la lista de personas merecedoras de estar bien. “Esta fiesta no era para mi”, pensamos. Cuando la tristeza se vuelve patológica, hay un indicio fuerte qué observar para reaccionar. Es empezar a sentir que no hay mañana. No se puede imaginar, ni soñar con un futuro. No hay un mañana un poco menos triste. Ni un año próximo completamente sano, productivo, tranquilo, porque lo único que sentimos, durante días enteros es tristeza y cansancio, llegamos a creer que nunca se irá y que las heridas no se van a cerrar. Los pensamientos se vuelven oscuros, entramos en espirales que nos llevan al fondo, más al fondo, y pensamos cosas cada vez peores.

Yo recuerdo que a los 25 años estuve así casi un año. No podía levantarme, no me duchaba, no hacía mucho más que estar en mi cuarto estudio con mis libros y mis pinturas. Escribir fue mi refugio, aunque estuviera lleno de huellas dolorosas. Al menos hacía algo con todo lo que sentía. Hasta entonces nunca había escrito tanto, todos los días, y no por  un impulso estético sino uno de supervivencia.

12670083_10153877893823058_4731906321969935060_nAunque tuvo momentos terribles la tristeza me dejó muchos regalos. Uno de ellos, además del hábito de escribir, es poder ponerme en los zapatos de quienes enferman de lo mismo. He estado ahí, sé lo que se siente querer desaparecer y ya no sentir nada por el mundo más que melancolía. Otro es haber empezado a pintar, otro es la capacidad de mandar los juicios de los otros de viaje por el mundo. La depresión es fácilmente confundible con pereza, con apatía, con una decisión que es una actitud. Con ganas de justificarnos por lo que sea,  o ganas de provocar lástima. Esos juicios de quienes no conocen esta condición son profundamente hirientes, y muy poco útiles en un proceso curativo. cuando el cuerpo y el cerebro se cansan y se deprimen, no es cuestión de decisión estar bien o mal.

No quiero hacer una apología de la depresión, porque es terrible, y pienso que puede evitarse y sanarse. Pero a mi me dejó cosas que he podido aprovechar.

En estos meses que me he replanteado varias cosas he llegado a algunos puntos de quiebre desde donde el afuera y el adentro se ven distintos.

Por ejemplo la sombra. No somos sólo luz, ni felicidad, aunque queramos y pongamos los hashtags #BuenaVibra y #Love en las fotos. ¿Verdad? Yo, la verdad no me siento un ser luminoso, ni positivo. De hecho quienes me conocen de cerca saben que paso una buena parte del tiempo quejándome y me cuesta divertirme a veces, o ver el lado ligero de las cosas. Por no decir cómo me enojan tantas cosas que veo allá afuera, mi recalcitrante ecologismo hipster y demás corajitos. Y eso no es nada. Puedo llegar a ser bastante monstruosa, tan histriónicamente que mis anécdotas son una de mis principales fuentes de diversión. El onanismo del ego, del romanticismo pútrido. Oh, darkness, take me now.

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Y esa es la realidad. Pero creo que mucho de lo que hago, y lo que digo, son reacciones a mi verdadera naturaleza, la oscura, la insegura, la temerosa de la realidad y la que se sobrecoge cada vez que lee un periódico o las noticias. Muchas personas, muchas, han tenido conflictos conmigo. Y yo he sido parte de eso, poniendo mi energía en la fricción. En la disonancia. No me defiendo, yo me busco esas disonancias, no le tengo miedo al descuerdo o la crítica. Pongo mi fuerza en mirar y analizar lo que me quita el sueño, salgo a la calle siempre pensando en las fallas de la urbe, del mundo, de las personas. Es una locura estar aquí, adentro de mi cabeza. Siento demasiado a los otros. Una voz interna a veces no se calla, por eso tengo que escribir. Sólo aquí en las líneas de palabras puedo ordenarla. Este blog es eso. Es un recordatorio a mi misma de muchas cosas. Pero no es toda la realidad.

Los espacios que hacemos públicos son un crisol de significados. Para mi son puntos de coincidencia y reflejos de lo consciente y lo subconsciente. He conocido a personas increíbles, con quienes he podido establecer relaciones, colaboraciones, complicidades, gracias a que comparto acá mis ideas, mis proyectos, mis miedos, mis enfermedades. También he recibido críticas, consejos no pedidos, intromisiones, y cosas no muy positivas. Y estos días he pensado en esto de editarnos antes de mostrarnos. He confiado en que mostrar nuestros puntos vulnerables nos acerca a los otros, y hace que la luz que podamos irradiar, aunque sea pequeña, brille más fuerte. Pero me pregunté ¿con qué objetivo es que muestro cosas positivas acá?

Recuerdo que cuando estaba muy deprimida leía blogs de otras mujeres alrededor del mundo. Mujeres con granjas, con proyectos creativos, en colectivos, haciendo cosas, diciendo, escribiendo. Compartiendo sus hábitos alimenticios, sus aprendizajes. Eso en parte, además de la terapia, me salvó en cierto momento. Ver sus creaciones me ayudó a imaginar si yo también podría crear. En los momentos de crisis agudas, de no tener trabajo, confianza en mi misma, de tener el corazón roto, miro los mundos que han creado otras personas y eso me da fuerza. Creo que no conozco la envidia. La última vez que la sentí y lo recuerdo, tenía como siete u ocho años y era producto de que una vecina tuviera muchos más juguetes que yo. En mi cabeza la envidia es no querer estar a la altura de una misma.

Pero en este blog, no siempre sé si dejo huellas de anécdotas positivas para otros, o para mi misma. O para decirme a la hora negra de la madrugada que me arrebata el sueño: la luz que has tocado es real.

Creo que lo que quiero decir es algo parecido a: si te imaginas que mi vida es positiva, bella, “bonita”, no lo creas tanto. Siempre queremos mostrar lo mejor de nosotros. Siempre. Detrás de estas historias, de que busque construir para mi misma una historia consistente con sentido, hay desasosiego y los mismos issues que tenemos todos..

Del otro lado del blog están mis proyectos y mis miedos, mis inseguridades con respecto a mi propio quehacer escribiendo. Mi culpa por estar bien, mientras otros no. El no dejarme ser quien siempre he querido por pensar que por no tener dinero o estudios no tenía permiso. Esta cosa de no querer brillar por molestar a otros, por levantar críticas, envidias, y muchos malos entendidos de quienes piensan que nuestro quehacer en la red muestra realmente algo de quienes somos en esencia. Yo, bicho del internet, estoy convencida de que no. Esta pantallita no es real, y un ser humano no cabe en una red social.

En este blog no hablo tanto de los estragos que una relación abusiva y violenta dejó en mi hace dos años, del efecto negativo que produce mis desfachatez al opinar de todo, ni de cuando no tengo dinero, ni de mis problemas familiares. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la depresión que he vivido. De las historias de mis antepasados que he heredado, de la violencia que he vivido. De mi trauma con mi incapacidad de entender las matemáticas, mi dislexia y lo que muchos llaman síndrome de atención dispersa. No sé si lo haré. Pero ha habido, como en todas las demás historias de todas las personas, cosas negativas. De esas que queremos meter bajo la alfombra cuando vienen a vernos. Las que dejo en borrador para siempre.

Las redes sociales han hecho un experimento interesante con nuestra construcciones autobiográficas. Hay un fragmento de “En busca del tiempo perdido” que dice:

“Pero ni siquiera desde el punto de vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás, y hasta ese acto tan sencillo que llamamos “ver a una persona conocida” es en gran medida un acto intelectual. Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas las nociones que respecto a él tenemos. “

Mostramos hermosas fotos en las redes, donde parecemos felices, tranquilos, haciendo cosas interesantes, aunque la vida no sea solamente eso. Tiene sentido, porque cuando compartimos lo más oscuro parece que nos estamos lamentando y buscamos ser abrazados, contenidos, recibimos críticas donde se nos dice que nos justificamos. Y quizá sea cierto algunas ocasiones. Pero la redes son sólo una fachada desde donde esperamos que el mundo venga a tocar a nuestra puerta para entrar.

Y los que entran se encuentran con lo real, no con las fotos, ni los “me gusta”. En mis textos que espero algún día sean algo, me gusta fantasear con un tiempo futuro donde lo virtual tiene un espacio fuerte en la realidad, y que sin embargo se ha vuelto una cárcel invisible desde donde es imposible capturar la experiencia de lo vital, lo de carne. Atesoraremos aquello que es tan grande que no cabe en facebook. Lo guardaremos en cajas de madera invisibles y será eso lo que constituya nuestra identidad. Y si esto se vuelve una trampa, nos significaremos a partir de la capacidad de escapar de una pantalla. Seremos así de fuertes.

He cumplido recientemente 32 años, rodeada de una vida sencilla. Donde el amor a las cosas pequeñas e íntimas empieza a tomar su espacio, o a recuperarlo. Tengo cada vez más retos ante mi, deudas que no he saldado con la Isa adolescente. La vida me ha dejado rodearme de personas que abren sus corazones y sus biografías de carne para mostrarme sus senderos. “Por aquí pasé, en este punto me caí. Zurcí mis desgarraduras con este hilo, me canté estas canciones”, no me dicen por dónde ir, porque los rebeldes no podemos lidiar con los atajos ni las señales del camino. Pero escuchar sus historias me ayudan a soñar con mi propio viaje. ¿Cómo quiero andar por este o aquel sendero? Eso ha sido un tesoro. Pensar la oscuridad, dejarla que entre a la casa, que me diga todo lo malo que hice y me contraste con mis creaciones buenas. Hay más sentido en esta complejidad recientemente vista. Siento libertad para mirarla y aceptarla. Hallar el espejo de los otros. Cualquier cosa que pueda hacer o crear, prefiero quizá que sea honesta y oscura con lo que sea que tenga adentro, a que siga siendo el ensayo de una versión que me esfuerzo tanto por crear.

Las historias más duras de mi vida no están aquí. Aquí parece haber una canción que intenta hacer ruido para que no suene la canción real, que no siempre me gusta ver.

Todos queremos ser amados. Tenemos miedo de que se nos juzgue, de hacer demasiado ruido, de molestar. Me gusta creer en la creatividad, y la creatividad me ha enseñado que cuando hacemos algo, decimos, nos mostramos, y las respuestas del infinito social siempre van a ser así: infinitas, de todas formas. Siempre habrá quienes envidien, esto o aquello, y si no sienten envidia por una, sentirán por otra. Y eso no es responsabilidad de quien crea, dice, hace, sino de quienes responden a ello con su propio miedo de construirse. Siento que a veces tenemos terror de mostrarnos como somos, y es normal, desde niñas se nos enseña que debemos ser buenas, bellas, bien portadas, y sobre todo buenas personas con los otros, antes mucho antes que con nosotras mismas. Yo creo que así se nos castra al arrebatarnos nuestro derecho a la oscuridad. Y con ello quizá reprimimos la disidencia natural a las dictaduras más chiquitas.

La vida no es perfecta, parece ser el leitmotif de los 30. Ahora noto que si lo fuera, sería tan aburrida que no tendría ningún sentido. Quizá me quite de encima el miedo y empiece a escribir acá de otras cosas. No sólo de lo bello. (Aunque en términos de comportamiento viral, los contenidos positivos inspiradores son más potentes que los lamentos cibernéticos). Pero qué más dan los likes. Díganme. ¿Qué más dan los likes?

Feliz cumpleaños, oscuridad.

 

La historia de una casa donde se siembra

Hace cinco años me acerqué por primera vez a la Agricultura Urbana. Nunca tomé un taller, no pagué un solo peso por aprender lo poco que sé, que ha sido suficiente, al menos hasta hoy, para sembrar en casa.

Entorno a este tema podría contar cientos de historias de aprendizaje, de compartencia, de reflexiones que el camino de las plantas me ha ido dejando. Pero hoy quiero contar la historia de casa. Del rincón donde anida nuestra familia.

Llegamos por casualidad a un anuncio de una casa “sui generis”, cuyas paredes no eran paredes sino enormes hileras de maceteros hasta ese momento, vacíos. La visitamos un día entre semana por la tarde y se veía prometedor. Siempre quise espacio en mis ventanas para sembrar, algo de luz, algo de aire, eso era suficiente para sembrar. Así crecí en un departamento de la Ciudad de México, atesorando los rayos de sol que entraban veloces y en pocos momentos de las estaciones del año.

Y esta era una casa extraña, como si la hubiesen diseñado para mi, para nosotros que teníamos el deseo de compartir el huerto y verlo crecer. La elegimos quizá por las ventanas y la posibilidad del verde en ellas y nos quedamos.

 

Las macetas entonces estaban secas. Al menos tenían la tierra que albergaron hace más de un año, que por su puesto estaba casi muerta. Ese era y sigue siendo el mayor reto, crecer en macetas no es lo mismo que hacerlo en la tierra. Y un buen agricultor urbano sabe que hay algo que le falta a esto. Le falta el esfuerzo de hacer suelo, de alimentar la tierra con los nutrientes y el oxígeno que aportan los cultivos diversos, y la vida microscópica que posibilitan. Había que alimentar la tierra con bacterias, composta y tierra viva.

Otro reto era la sustentabilidad, es decir, ¿qué tan ecológico es mantener casi 150 metros de largo de macetas con plantas comestibles? Se requiere de agua, de riego constante. Esto en una ciudad deja de ser amable con el medio ambiente. Estamos lejos del modelo de Fukuoka, en donde el hombre apenas interviene para mantener el equilibrio natural del suelo y sus poblaciones vegetales, animales y minerales.

Pero es uno más de los intentos que nos enseñan cosas, nos hacen pensar y nos ayudan a prepararnos para mejores espacios y condiciones.

Lo primero que hicimos fue colocar en cada una de las macetas un poco de bocashi, un preparado de salvado y bacterias fermentadas que se utiliza para fertilizar la tierra. Este lo conseguimos de un amable agricultor urbano de una chinampa de Xochimilco, que nos casi regaló como tres kilos del preparado. De esos 3 kilos logramos multiplicar el doble agregando más materia prima, el salvado, el piloncillo, (Aquí está la receta) y eso nos permitió añadirlo a cada contenedor.

Eso fue una tarea algo pesada. Somos dos, y a veces para poder terminar de atender todo el jardín vertical que nos rodea necesitamos pasar medio día sólo trabajando. No es un trabajo cansado, es en realidad bastante meditativo. Ponemos música y manos a la obra, y pasan horas en que esa concentración termina con mucha satisfacción y descanso.

Eso sí, creo que hay que decir que para que una planta produzca en la ciudad, si bien la naturaleza de una semilla y sus condiciones pueden hacerlo todo, sí se requiere de tiempo específico para atenderlo. Me ha pasado abandonar un poco algunos sectores, o posponer la aplicación de algún repelente natural para plagas porque simplemente tengo pereza, o pierdo el entusiasmo. En una ciudad hay mucho que se puede hacer, y uno tiene que elegir entre eso, y cuidar del huerto. Sí se requiere tiempo, y energía, y sobre todo disposición mental. Y apertura para aprender.

El siguiente paso fue instalar el sistema de riego automático. Ya había uno pensado anteriormente para manejar aspersores superiores, y lo cambiamos por sistema de riego por goteo, así podríamos ahorrar el agua que se salpicaba y sería más sencillo mantener la humedad. Aunque aún hay fugas de agua y escurrimientos, y en ciertas zonas la presión del agua es mayor y mayor su cantidad, funciona digamos que bien. Hubo que humedecer varios días la tierra hasta que estuviera lista para recibir a las plantas.

Las plantas que trasplantamos, a su vez, fueron sembradas casi desde los primeros días. Usamos unos almácigos de casi 80 brotes cada uno, y terminamos con cerca de 1,500 brotes distintos de lechugas, espinacas, zanahorias, apio, jitomate, chile, albahaca, epazote, cilantro, y otras.

Las plantas tardaron en crecer entre tres semanas y un mes. Y como cada una tenía ritmos distintos, esperamos a que las últimas estuvieran listas para hacer el trasplante. Ese fue un día largo de sábado, que terminó con las macetas casi como estaban al inicio, pero con pequeñas plantitas encima que apenas si se apreciaban.

Entonces es cuando el trabajo se vuelve algo extraño, porque la cosecha viene lento y crece lento. Sólo las fotografías pudieron dejarnos ver cómo crecían las plantas, hasta que un mes después teníamos todas las macetas llenas de vida, y en un par de meses, tuvimos los primeros frutos ya en el plato.

Tomó sólo 3 meses tener los primeros jitomates, lechugas, y los chiles llegaron al mismo tiempo, aunque a esos nos gusta dejarlos secar en rama para que concentren su sabor. Siempre es algo mágico poder abrir la ventana y sacar unas hojas de lechuga, que saben muy frescas y gruesas, al igual que las espinacas. Los jitomates han llegado a producir cerca de 1 kilo cada semana, y conforme las plantas van cumpliendo su ciclo los frutos van siendo más pequeños. Después crecieron las hierbas, muchos dientes de león que valoro por su aporte nutritivo y medicinal, y otras. Las caléndulas guerreras, las flores que resisten al embate del sol.

Hemos cometido ciertos errores, sobre todo porque a veces dejamos de pensar que tenemos comida en la ventana. Y a veces perdemos algo de la producción. Quizá sea buena idea ofrecer a los vecinos algo de la sobre producción. Hasta ahora no lo hemos intentado pero ya les contaré si sale bien, o si sale mal. Otras veces ns damos cuenta de que seguimos comprando ciertas cosas, (no las que se producen aquí, eso sí) y entonces el consumo sigue siendo mucho más diverso que la producción. Es en este punto que notamos lo importante que es el intercambio y lo inútil que es pensar que uno solo puede autoabastecerse. No way.

La casa es bella, pero tiene sus bemoles. Definitivamente no es la forma más ecológica ni sostenible de producir comida. Pero ha sido un buen pretexto para hablar de ciertas cosas con amigos, con gente que la ve desde la calle y en general, con quienes se cruzan o vienen a visitarnos. Es posible producir localmente, sí. Requiere esfuerzos, mucho. Pero da una satisfacción enorme, y es muy bello presenciar el milagro de la vida a pocos metros. No todo, como piensan algunos, se resolverá si tenemos huertas personales. El mundo no funciona así, cuidar de la naturaleza a través del cuidado de cómo producimos lo que consumimos es una parte importante, pero si queremos aportar, debemos estar conscientes del grave problema que enfrenta el campo mexicano, la tragedia de los campesinos y el crimen que realizan las grandes marcas de granos y semillas. Ahí hay decisiones y posturas políticas que tomar.

Pero en lo micro, me gusta tomar un té en la mañana, y ver cómo el sol se va escurriendo encima de las hojas nuevas. Y ver cómo resurgen brotes donde pensábamos que ya no había. Tienen una buena energía las plantas, supongo que es la propia proyectándose en su verdor. Da mucha ilusión ver los frutos llegar. Y nos hace re pensar cuánto le toma a la naturaleza producir un poco de sí.

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Mientras seguimos disfrutando de este espacio verde, prestado como todo lo que nos rodea, yo sueño con poder pisar tierra firme, y sembrar en ella. Dejar de lado el sueño urbanizado-imposible, de las ventanas, y no sé, ponerle un poco de oxígeno al suelo que me sostenga.

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Sembrar afuera es ir hacia la cosecha de nosotros mismos. 

 

 

 

Santiago de Compostela: empezar otros viajes

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Llegamos a Santiago al atardecer, cuando la luz se pone mágica y azul,  luego de un cansado trayecto en automóvil desde Vigo. Teníamos hambre, y queríamos visitar la ciudad de noche. Pero, nuestra habitación reservada no estaba lista, y tuvimos que esperar en un parque con el equipaje guardado en un café de una calle cercana. Recuerdo haberme subido a los aparatos para hacer ejercicio para matar el tiempo y sentirme como una niña pequeña jugando. También recuerdo los pájaros parados en las ventanas de los edificios blancos del barrio, las cortinillas de las casas que supongo sirven para refugiarse del calor, y la ropa de las personas, que era muy diferente a la de Vigo, o la de Salamanca.

La primera impresión fue esa, ciudad pequeña, historia, turismo y estilo de sus transeúntes, todo vuelto una postal.

Cuando nos acomodamos salimos a caminar un poco a dar vueltas por el centro. Había que ver la catedral, punto obligado, algunas calles emblemáticas, puntos obligados, y los caminantes del camino de Santiago, que yo no contaba con ver, pero que llamaban mucho mi atención cuando andaban con su vara de senderismo, y sus libretas llenas de sellos de tabernas y hostales.

Para quitar el hambre paramos en un restaurante escondido que se llamaba O Piorno, o algo así. Dentro había muchas personas gritando y tomando cerveza en la barra. Yo me decía a mi misma: esto es, Isa, los gritos, la comida, España es una extraña condensación de eso. Cenamos hamburguesas con queso azul y algo caramelizado. Papas al horno, y una botella de vino blanco. ¿O cerveza? No recuerdo mucho ese detalle, quizá por la cantidad de alcohol que bebí.

Pedimos la cuenta, salimos a andar. La ciudad era un laberinto medieval. Callecitas diminutas, pasadizos, puentes entre edificios, cristales. Cada rincón era digno de hacerme escribir algo, y era difícil elegir uno solo. Me pasa seguido, estar buscando sentido a todo y cansarme a mi misma en esa relación de ideas con espacios. Obviamente no llego a escribir todo lo que pienso. Buscaba infructuosamente hacer fotos con mensajes mentales para luego convertirlos en algo. Ya había superado ligeramente mi deseo de encontrar brujas donde quiera que fuera y había optado por apreciar el mundo como era, sin magia evidente ni leyendas vivas mirándome.

Además empezaba a acostumbrarme a viajar acompañada de mi pareja. Luego de varios trayectos y espacios nos íbamos conociendo mejor. Habíamos viajado un poco en México pero conocer su país era distinto, ahí yo estaba en serio en serio lejos de casa. En serio en su familia, en serio juntos. Y la posibilidad latente de que el movimiento fuera una constante en nuestra vida se hacía cada vez más fuerte. Como cuando leíamos los mapas juntos y yo no entendía las partes en catalán. Cuando el menú tenía que ser traducido, y el supermercado era un universo nuevo. La identidad que una construye poco a poco con esfuerzos, como un sujeto propio, con las referencias que queremos, con todos esos bordes y límites que marcamos con respecto al mundo, se sentía ya, transformada por ese viaje, y en Santiago lo cotidiando cobró su dosis de claridad al mostrarnos tal y como somos. Esos choques de la rutina, cuando por ejemplo yo me obsesionaba al perder mis cosas, o él se desesperaba porque tenía hambre y quería salir de los sitios históricos para poder probar bocado podían ser exasperantes de cierta forma, y lo eran, pero también empezaron a ser espacios de contacto valiosos. Puentes de realidad, historias comunes.

Decidí dejar de pensar en las cosas mágicas esa noche al volver a casa. Dormimos en una habitación pequeña con un espejo grande. Y en la mañana salimos a pasear por las calles medievales diminutas que de día eran mucho más bonitas porque el cielo estaba azul y las personas se paseaban bajo un sol nítido. Todo fue mucho más bello también, después del café y el desayuno. Caminamos más, hice fotos, y nos metimos a la catedral de Santiago.

Aunque normalmente las grandes construcciones me apabullan y no son tan interesantes para mi, esta estaba rodeada de un halo de misterio. Otra vez yo a querer colgarle mis fantasías. Cuando estudiaba música nos hablaban en clase de historia del arte, del sentido alquímico que revestía los procesos de construcción de las catedrales. Proporciones, diseños, planos que buscaban hacer reflejo de la creación de Dios en la tierra. La mano del hombre diminuto buscando a Dios en el cincel y las líneas. Me quedé largo rato viendo la cúpula mayor que tiene el ojo rojo al centro y pasée por las capillas laterales. Me senté en una de ellas, y de repente tuve una idea que usaría, pensé, en la novela. Miraba los dibujos en la piedra, lo macabro de la religiosidad y las palabras me venían a la cabeza muy velozmente. Otro de esos momentos de verborrea repentina sin un contenedor cerca dónde desahogar la congestión de palabras. Salí y me senté en una escalinata y me puse a escribir.

Creo que no hay nada que me guste más que hacer eso. Nunca he entendido ese afán voraz del turista que busca pisar cada sitio velozmente para atraparse en una fotografía, apropiarse de la experiencia, meterla rápido en su cajón de identidad para guardarla detrás de las nuevas fotos, de los nuevos sitios, uno tras otro como archivos. Incluso en mis viajes de adulta joven, a los 20 años, prefería quedarme un largo rato sentada en un solo lugar, pensando, que siguiendo un itinerario que le metía prisa a mis ensoñaciones.

Detestaba cuando alguien me daba una lista: debes ver esto y esto, y esto otro. Como en Bs Aires donde recibía a cada segundo instrucciones para ir y venir, para “no perderme la experiencia” para devorarlo todo. Yo me congestiono con ese afán, con esa hambre. Soy quizá más mediocre en mi manera de pararme sobre el suelo. Demasiado romántica, me han dicho. Prefiero respirar un sitio, hacerle una foto vivencial, guardar en mis huesos la temperatura, el ruido de las calles, las miradas de las personas. El sentir. Dicen que no se puede conocer un lugar estando de vacaciones, yo creo que es cierto. Incluso creo que el concepto de vacaciones me suena extraño. Me suena a descanso, a distraerse, a soltarse. Y yo creo que al viajar uno tiene muchas antenas activas, está en constante contraste con el mundo y nuestro yo se hace muchas preguntas. Esas distancias pequeñas entre el mundo de afuera, aunque no sea lejano y extraño, siempre nos cuestionan. Creo.

Santiago es el punto final de millones de tránsitos avocados a la tarea de caminar. Para algunos es algo espiritual, para otros, ejercicio y aventura, conocer personas. Si se viera en un mapa desde arriba, muy alto, el camino de los caminantes se dibujaría una especie de neurona sobre la tierra, ahí confluyen todos ellos. Y al llegar beben vino, y cantan en una sinapsis de verano.

Para nosotros era la mitad de un viaje todavía, y quizá, el inicio. No sólo de mi personaje sino de una forma distinta de mirar encima de las superficies. Tenía que dejar de buscar cosas mágicas, brujas de cabello largo, señores magos en los bares, hadas en los bosques. Algo me decía que esos símbolos ya habían migrado hacia otra parte. Mis propios símbolos, mis expectativas, se fueron antes que yo, del panorama.

Ahí es donde pueden imaginarme sentada en la escalinata de afuera de la catedral, completamente atónita porque en la capilla por fin había hallado una escena detonante. Pero toda mi imaginería, disponible a usar en el desarrollo de esos personajes y esos textos, ya se había mudado. Visitó hace mucho tiempo esa tierra que yo pisaba apenas, y había seguido su camino.

Me sentí sola. Me di cuenta de que todo lo que había escrito todos estos años ya no era vigente en mi manera de habitar el mundo. Ya no estaba en el mismo punto que pensaba. Y ahí donde muchos finalizan su camino, y finalmente descansan, empezaba para mi otro viaje. Menos idealista, más crudo pero posible. Millones de hojas en blanco delante de mi. Y una vida propia para contarme.

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Fotografiar calles vacías es como detener el calendario un poco.
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Santiago y sus rincones con luz azul
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En ese edificio viven personas. De otro mundo.
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Caminaba lento la gente

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En Santiago, y en la región de Galicia, las empanadas son un bocadillo obligado. 

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Vírgenes solitarias, lejos de los placeres, la carne y el pescado.

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Me encanta mirar hacia arriba de las paredes altas. 

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La región árida de los anticonceptivos

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Ehem, esto no sé cómo escribirlo, porque el tema del que quiero hablar es precisamente aquél que me impide ser elocuente. Pero aquí voy. Además de una dieta casi vegana 100% y estricta, que sigo a detalle, estoy tomando anticonceptivos que me recetaron para controlar los niveles hormonales que al parecer tenía locos, y que produjeron mis quistes y endometriosis. Y estas hormonas sintéticas son todo un caso del cual quiero contar mi experiencia.

Yo había sido casi siempre anti-doctores, anti-hormonas, anti-medicinas. Mi desconfianza del sistema de salud es sobre todo porque mi principal problema en la vida ha sido el dolor menstrual, que luego se volvió una inflamación crónica, con cambios de humor locos, y mucho cansancio. Y ningún médico sabía, no parecía creerme, o pensaba que pudiera ser digna de mayores estudios. Mi droga más fuerte ha sido el café. Siempre fui una persona que no bebía alcohol como hasta después de los 27, y muy poco, nunca he fumado, y otras drogas no han estado ni siquiera cerca de mi. He hecho mucho ejercicio siempre, y cuidado mi alimentación. “Mi cuerpo es mi templo”, es mi lema. Cuando iba con el doctor y le explicaba cómo me sentía siempre me mandaba, solamente, analgésicos cada vez más fuertes. Nunca parecían saber qué me ocurría y por eso fui perdiendo la confianza en ellos.

Aceptar un tratamiento hormonal fue un golpe muy duro para mis principios. Junto con la posibilidad de una cirugía que se prometía muy invasiva y extirpadora, he tenido que investigar mucho por mi cuenta y observarme para entender mi cuerpo.

Las hormonas de los anticonceptivos no me parecieron muy simpáticas cuando las recetaron. No sabía mucho entonces sobre sus efectos secundarios y busqué información, sobre todo testimonios de pacientes que las utilizan. Entre los efectos secundarios, lo menos grave eran depresiones, y lo peor, la posibilidad de tener coágulos en las arterias que podían llevar a infartos cerebrales o cardíacos. Nada más.

Así que cuando los empecé a tomar estaba inevitablemente algo sugestionada con los efectos que tendrían en mi cuerpo. Digamos que no he tenido tremendos síntomas negativos pero encuentro un principal foco de preocupación que parece ser la razón por la que muchas han dejado estas hormonas.

Y es que ocasionan una especie de planicie emocional a lo largo de su administración. No sé cómo explicarlo. No estoy realmente mal, debido a sus efectos, pero me siento extraña y diferente a antes.

Antes aunque mis emociones cambiaban según mis momentos hormonales de forma muy repentina e intensa, podía reconocerme en el espejo. Esa era yo, inestable emocional, soñadora, me inspiraban muchas cosas. Podía levantarme en las madrugadas sólo para disfrutar la salida del sol. Escribía de forma distinta. Cualquier evento a mi alrededor podía ser objeto de alguna narración pequeña en mi diario. O inspiración para bailar, o pintar, o sembrar, echar a andar proyectos. Cada mes me iba muy al fondo de una tristeza inexplicable, que reconocía era mi química cerebral detonándose en mis lágrimas o de una alegría extática. Podía sentir tres días antes de mi menstruación una melancolía repentina, y cuando me miraba en el reflejo del baño ahí estaba yo. En mí reconocía mis fallas, mis frustraciones, mis amores, todas las cosas que quería. El cerebro y las hormonas son una cosa increíble que funciona gracias a micro mecanismos. Es un universo diminuto en donde dos moléculas pueden hacer enormes diferencias.

Una menstruación normal es el resultado de dos hormonas: estradiol y progesterona, que producen los ovarios, y un sangrado producido por anticonceptivos es producto de esteroides sintéticos, como el etinyl estradiol y levonogestrel. Las hormonas producidas por nuestros ovarios como la progesterona, calman el cerebro y reducen la ansiedad, mientras que el levonogestrel aumenta la ansiedad. Aunque antes no estaba 100% consciente del efecto y el momento en que aumentaban o disminuían mis niveles hormonales, mis meses eran un terreno conocido. Era doloroso, sí, lloraba mucho en los días previos, a veces estaba hiper sensible y no soportaba ni que ciertas cosas me rozaran la piel de los brazos o las piernas. Pero también estaba mucho más despierta a la vida. Mis proyectos tenían más sentido, estaba acostumbrada y aprendiendo a manejar mis montañas rusas emocionales, sobre todo dejándome llevar por ellas consciente de que siempre en la peor curva o punto crítico, las cosas volvían a un lugar más tranquilo. Mi forma de escribir era distinta también, era más fácil iniciar una hoja en blanco. Usaba más metáforas, tocaba más el terreno de la fantasía. Ahora siento como si hubiera una especie de techo invisible adentro de mi cabeza que no me deja llevar las emociones ni muy alto ni muy bajo. Esto para muchos parecería al fina, estabilidad. No ir muy hacia la melancolía, ni tampoco hacia la alegría demasiado alta. Pero creo que es justo este síntoma el que causa depresión en quienes utilizan anticonceptivos por tiempos prolongados. Es como si viviéramos en una cajita de cristal en donde las cosas no nos tocan demasiado y por tanto nuestras reacciones a ellas son limitadas de igual forma.

Sé que en el fondo de mi esto no me gusta, pero no alcanzo a sentir una postura definida al respecto porque no me siento fundamentalmente mal. Es como estar en un paraje árido y tibio donde no hay demasiada sequía, pero la hay. Algo no anda bien en ese paraje. Cuando sentimos sed encontramos un poco de agua, si se siente frío, un poco de calor, nada que nos haga realmente poder gritar o desesperarnos. Es un tipo distinto de desesperación. Una muy metida adentro que no se alcanza a hacer escuchar.

Ningún cuerpo femenino es igual a otro. Eso lo tengo claro desde que esto empezó. Aunque muchas compartimos ciertas cosas, creo que todas somos una mezcla distinta de hormonas y bacterias e historias y emociones. No me gustan las generalizaciones. No me gusta cuando se nos mete en un esquema hecho aparentemente para comprendernos mejor, como los síndromes, las condiciones, las “enfermedades”. Ni siquiera siento que la medicina tenga claro qué pasa con nuestros cuerpos. Lo que sí siento, y lo veo en las salas del hospital, entre mis amigas, con conocidas que pasan por estas cosas, es que cuando afuera hay tanta violencia y desconocimiento, adentro generamos solidaridad y hermandad. Una especie de conciencia de que no tenemos lo mismo, no sabemos si lo que se nos diagnostica torpemente es en verdad lo que tenemos, sabemos que algo nos pasa, y eso es lo que compartimos. Compartimos mucho, las cuerpas femeninas, y al menos tenemos la sensibilidad para la mayoría de las veces, empatizar las unas con las otras. Si una amiga me preguntara mi opinión sobre las hormonas, le diría esto mismo que comparto aquí. Pasa esto y esto otro, pero es libre de elegir lo que sienta mejor para ella. Y nadie tiene derecho a cuestionar sus decisiones terapéuticas. Una ya está asustada, agobiada, tiene los síntomas que busca curar, y no se encuentran muchas respuestas afuera. El juicio de otros, o sus opiniones sobre lo que elegimos respecto a nuestros cuerpos, sobran.

Cada una decidimos qué camino elegir. Medimos la cantidad de tiempo que hemos buscado una cura, explicaciones, buenos médicos. El dinero del que disponemos, el tiempo que podemos dedicarle. El ánimo con el que contamos. En mi caso he pasado ya por varias terapias alternativas, no invasivas, como la homeopatía, terapia sistémica, meditación, y no vi resultados en estos 15 años. En mi círculo de amigos, como yo misma, preferimos lo natural, lo no sintético. El proceso emocional por el cual podemos sanar. Pero en mi caso el dolor y la desesperación me hicieron tomar un camino distinto al alternativo. Y ahora entiendo que aunque antes pensaba que podía tener derecho de hacerlo, no podría cuestionar el derecho de ninguna a decidir qué camino tomar para sanar. Era muy dura con esto antes, pensando que las mujeres que no optaban por lo alternativo estaban siendo muy duras con ellas mismas. La dura era yo, juzgándoles.

Yo he tenido la enorme fortuna, el privilegio de tomarme meses enteros para reflexionar, buscar terapias, informarme, estar conmigo exclusivamente para resolver esto. Las hormonas sintéticas me han mostrado un lado de la vida que no quiero vivir, y espero dejarlas en cuanto sea posible. Buscar respuestas me ha hecho ver y habitar una comunidad de hermanas. Encontrar en mi pareja un compañero comprensivo, fuerte y amoroso. También he investigado mucho sobre cuestiones ginecológicas en todo el mundo. Los costos, las causas de ciertos males, el efecto del estrés y el ritmo de vida en los cuerpos de las mujeres. Y veo que la endometriosis está llena de casos como el mío. De mujeres que dijimos “nunca tomaré esto, nunca me haré aquello”, y que cedemos ante el dolor y la desesperación de tratamientos no fructíferos. A veces pienso que somos un experimento de nadie, una manifestación de algo que ocurre en el mundo que simplemente todavía no tiene respuestas como el cáncer, y que nos toca a nosotras descubrirlo aunque no seamos sujetos de casos de cura. Al menos tendremos indicios que dejar a otras hermanas, o a las futuras generaciones.

No quiero decir que la homeopatía u otros caminos no funcionen. Algunas mujeres me han contado historias con finales exitosos usando estos métodos. Yo no recomendaría en lo absoluto las hormonas sintéticas aunque no sé si todas sientan la misma planicie emocional, quizá no. Pero sí recomendaría prevención, cuidados desde muy jóvenes, tener una alimentación excelente. Habitar un cuerpo de mujer requiere una nutrición buena, verduras frescas, cero hormonas, cero alimentos procesados. Amor propio. Y si el problema ya está presente y no hablamos de prevención, sólo queda la fuerza para buscar para una misma, lo que nos haga sentir mejor, y más seguras.

Habitar un paraje árido puede ser una experiencia catalogada como negativa. Pero en mi caso creo que ahora veo mi “vida hormonal pasada” como un lugar lleno de emociones y riquezas interiores. Veo todos los proyectos que pude crear con el ímpetu que sentía. Todas las decisiones que he tomado con las TRIPAS. Las escenas que me llenan de emoción cuando recuerdo haber destruido cosas, y cuando las tuve que reconstruir. Creo que no era consciente de lo rica emocionalmente que era mi vida. Y de cuánto arte he buscado y he creado. Desde este otro lugar desde el que tengo oportunidad de observarme sé que una parte de mi que no distingo bien ahora suspira muy profundo.

 

 

 

Odiaba las dietas, pero tengo endometriosis

Tengo que confesar que a veces me harto de las palabras “orgánico”, “saludable”, “vegetariano”, “bici”, “yoga”, y demás términos que me recuerdan lo mal que estoy haciendo todo, siempre.

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Pero una cosa que he visto en estos meses de buscar formas de sanar todo el rollo de endometriosis , es que la alimentación es hiper mega importante. (No es TODA la solución,  cuando la enfermedad está diagnosticada o años de ciertos hábitos han dejado su huella, aclaro) Esta enfermedad parece no tener cura, o eso dicen los ginecólogos cuando la encuentran. Muy pocos revisan los hábitos de las pacientes y creo que los menos hablarán de nutrición y demás cuidados que nos toca aplicar a nosotras si queremos.

Pero ahora veo que la buena alimentación es más que una moda. Y en este caso me ha hecho sentir mejor. Cada cuerpo de mujer es distinto, lo que me viene bien a mi puede que no le venga bien a otras. Pero en particular con la endometriosis, estas han sido cosas que me hacen sentir un poquito poquito mejor:

0.- Ir al ginecólog@, confiar pero analizar, hacerme muchos estudios, análisis de sangre, ultrasonidos, perfiles hormonales, tiroideos, y llevar el registro de mi ciclo. Y contarle muchas cosas y hacerle muchas preguntas.

1.-Dejar el gluten (sí, es horrible, antes de hacerlo me comí todos los pasteles, y cosas ricas que quise. Cuando estuve satisfecha, dije ahora sí). De todas formas estando en México es sencillo.

2.- Dejar el café. No les diré nada de esta historia porque es triste y horrible, pero sí, lo hice.

3.-Comer muchas verduras frescas, cocidas, vegetales de todo tipo (excepto los que inflaman) ¡CRUDOS! Frutas…

4.- Comer cúrcuma y jengibre.

5.- Tomar muchísima agua 3 Litros

6.-Dejar carnes y lácteos con hormonas, (sólo si son orgánicos goei me los como )

7.- Dejar azúcar refinada y endulzantes artificiales MOUAJAJAJA esto es una torturaaaa

8.- Comer Diente de león, porque es bueno para el hígado, y parece ser un órgano importante que la ginecología olvida al tratar esta enfermedad.

¡Y bajarle al estrés!

Pero, ¿saben qué? siento que los consejos son difíciles de recibir cuando nos sentimos de la patada con esto. No lo tomen como un consejo por favor. Yo leí de otras experiencias de otras mujeres y eso me ayudó, sin sentir que tenía unos ojos encima diciéndome o juzgándome sobre lo que hacer. Me siento sensible con eso.

Estos hábitos que adopté aparecieron en varias publicaciones, además de que la mayoría los recomendó mi doctora. Aquí se explican algunas cosas.

Al principio pensaba que sería súper difícil cambiar mi forma de comer, pero luego de mucho cansancio con estos problemas, ya no lo ha sido tanto. Y hasta me siento contenta cocinando, investigando platillos, creciendo sus ingredientes en macetas de casa. Sé que para muchas puede ser terrible que nos digan que el café It’s OVER. ¡Lo es! Al principio, porque normalmente lo tomamos para despertar, cuando nos sentimos pesadas. Pero dejando harinas, azúcares, una se siente en general muy ligera y ya no se necesitan tantos estimulantes. Ahora disfruto de mi Chai con leche de almendras y miel mientras mi pre marido se toma su delicioso café exprés en mi cara. Lo juro. Dejar el azúcar también nos ayuda a saborear mejor los alimentos. Lo sé chicas, lo séeeeee dejar ciertas cosas es triste. Pensamos que nada será igual. Pero no es así. Aunque me caguen los latte de almendras y stevia, los pasteles sin gluten, los helados sin leche, las cosas hipsters como el quinoa, el kale, las algas esas raras y la palabra orgánico (cambiemos por agroecológico) en realidad si nos vamos sintiendo mejor si hacemos el esfuercito amoroso. También a veces me doy un gustito de café los fines de semana. Uno chiquito.

No sé si esto me va a curar la endometriosis. Llevo el tratamiento alópata y algunos naturales a la par. Más el amor de mi pareja, mi familia, mis amigas que han estado cerca y al pendiente increíblemente amorosas, qué bellas las mujeres, qué rica su presencia. La comida es una pequeña cosa más y ya, pero es básica. Cuando me decían esto antes me fastidiaba, pero he ido viendo que no es tan grave. A algunas les funcionan ciertas cosas, a otras no, ya les contaré qué pasa conmigo.

 

Y cambiando de tema. Honestamente, estos meses veo cómo el cuerpo de la mujer es sujeto de todas las proyecciones, traumas, prejuicios y demás actitudes de quienes nos rodean. Debemos vernos de cierta forma, debemos hacer esto o lo otro. Todos se sienten con derecho de decirnos por qué nos pasa lo que nos pasa, y qué debemos hacer al respecto. Y si no seguimos patrones, reglas sociales, se nos señala y culpabiliza por todo. Por estar gordas, enfermas, histéricas, o por querer hablar de un cierto tema. En mi caso siento confusión. Primero, el entorno ignora (y nosotras mismas) nuestras llamadas de atención cuando sentimos dolor al menstruar. Pero cuando hay un diagnóstico o patología identificada por una “autoridad”, (la misma que también ignoró síntomas y dejó que una enfermedad avanzara) entonces sí, recibimos un montón de consejos, (que yo sé que son de buena voluntad, la mayoría de las veces) sobre qué hacer. Y muchos de ellos vienen de rincones no especialmente profesionales. Aunque también he sentido que no puedo creer en los profesionales, porque no saben explicar las causas, aceptan que no se han investigado suficientemente, y que los tratamientos son todavía muy limitados, además de que normalizan el dolor y la alta ingesta de analgésicos, pero tampoco puedo creer en todas esas “medicinas alternativas” que no dudo que funcionen en ciertos casos pero que con enfermedades avanzadas son obsoletos.

Pasé cerca de diez años tratando de resolver esto por la vía profesional, “natural” y psicológica, hasta espiritual este padecimiento. Que no es lineal, progresivamente homogéneo, ni sencillo. Y sigo diciendo que lo único que podemos recomendarnos las unas a las otras es sí, amarnos, cuidarnos, (yo recomiendo analizar siempre las voces profesionales) buscar segundas opiniones, y claro comer bien, aprender sobre salud de la mujer, poco a poco, y no dejar de checarnos por pensar que no tenemos síntomas. (Muchas enfermedades graves son asintomáticas) No hay soluciones “fáciles”, “inmediatas”, “rápidas” a cosas que tardan años en formarse. Cosas tan estúpidas como el bicarbonato de sodio para el cáncer, el aceite de coco para todo y todas esas tonterías “benéficas” que no sustituyen una cura real a muchas cosas. Hay muchas páginas que ganan dinero con nuestros clicks a contenidos cero profesionales, sin sustento, con ideas como: “Mira cómo esta mujer bajó de peso con este licuado” o “Este el remedio milagroso que los médicos no quieren que conozcas”. Por favor paren de mamar.

Sobre los consejos que damos creo que tienen su lado positivo de deseo de solidaridad. No dudo que ciertas recomendaciones sean buenas, pero ¡no resuelven las cosas de raíz! Y mejorar síntomas no significa mejorar la causa de un mal. Cada cuerpo de mujer es distinto, seguro el tofu es bueno para todas si lo acostumbramos, pero eso no significa que una mujer con inicios de cáncer mejore porque lo coma todos los días. O los masajes, resolviendo cuestiones emocionales, que pueden interferir en el proceso de tumores, quistes, o inflamaciones empeorando sus condiciones. A veces decimos cosas como: “haz esto y observa cómo te sientes” y entonces hacemos o dejamos de hacer ciertas cosas, observamos y pensamos que esto o lo otro ha funcionado porque “nos sentimos mejor”. Pero hay un principio que debemos tener en cuenta: correlación no significa causalidad.

Entonces, no siempre, cuestiones como “cómo nos sentimos” pueden referir al verdadero estado de salud interna que tenemos. Puede ser que mi menstruación sea dolorosa, y que este síntoma se junte con otros por padecer gastritis, o colitis, (que no es raro) y estreñimiento. Y  es obvio que comer sano, muchos vegetales, menos carne y más verde, mejorará la digestión, quitándole algo de inflamación y de dolor al asunto. Pero si hay un problema hormonal, o tejidos extraños, puede que no se resuelva con dos meses de ensaladas y los problemas de raíz seguirán en el fondo.

Conocí el ejemplo de una mujer que pensaba que tenía algún mal del hígado o del intestino, se hizo muchos análisis, tomó jugos, no aparecía nada en sus resultados, un año después de todo tipo de terapias emocionales, espirituales, nutricionales, y algunas mejoras de síntomas estomacales, le encontraron cáncer en los ovarios, y falleció al poco tiempo. Sí, resolvió cosas emocionales, pero murió.Gracias a un diagnóstico tardío.

Esto quería decirlo desde hace mucho porque si una está en medio de un tratamiento, o se encuentra en búsqueda de alguno amable (porque no les he contado de la violencia obsTÉTRICA a la que nos enfrentamos) todo este ruido de remedios milagrosos, luego de diez años de lucha y muchos intentos de curarnos, es realmente fatigante. Recomendemos doctores, hábitos alimenticios, pero no vayamos con la idea de curas milagrosas inmediatas, por favor. No existen. Existen charlatanes que ganan dinero con el trabajo que algunos doctores hacen mal.

Bahhh, ya me desahogué, feliz semana!!!

 

Gracias a Z por ser el interlocutor de los días.

 

No era normal que mi menstruación doliera

Y en el camino de descubrirlo me he topado con todas estas cosas.

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La endometriosis es una enfermedad que se diagnostica en promedio, 10 años tarde después de su “aparición” y consiste en que el tejido del endometrio (que crece en la cavidad del útero pa que ahí anide un posible chamaco) comienza a crecer en lugares fuera del útero, ocasionando inflamación, y sobre todo, dolores menstruales muy fuertes. (Entre otras cosas). No todos los dolores menstruales se deben a ella. Ni todas las mujeres con endometriosis los padecen.

A las mujeres se nos enseña (o a mi, y a algunas amigas) que a veces menstruar puede ser doloroso. “Y si te tocó que en tu caso fuera súper doloroso, ay, reina, es hereditario, ya te chingaste”. A mi los ginecólogos me decían que a algunas mujeres “no se sabe por qué” les duele más que a otras. Esto fue así durante muchos años, hasta que una crisis de dolor me hizo tener que ir a urgencias. Y aquí cuento esa historia.

A partir de que hice público el caso me escribieron muchas otras mujeres que pasan por lo mismo. Hoy, a poco más de tres meses de un primer diagnóstico y de haber iniciado un tratamiento, he podido observar que el problema de la endometriosis es mucho más común de lo que se piensa. No está diagnosticado a tiempo. Y en lo personal, me preocupa mucho que haya mujeres que dolorosamente aceptamos que el mundo nos diga que la naturaleza nos ha hecho propensas a sufrir. Lo que he investigado respecto a esto, me dice que ello es falso. Y que hay un enorme hueco de atención sanitaria y educación sexual de y para las mujeres.

El problema se anida en varios ámbitos: desde la cantidad de recursos internacionales, federales o institucionales que se asignan a esta enfermedad y a sus investigaciones. También, la educación sexual que tenemos en la que el tema de la menstruación como muchos otros se vive “dentro de la intimidad” y que parece permeada por una aparente intención de invisibilizar que se sustenta en eso de que lo privado se queda en lo privado. Y en donde todo lo referente a la vagina o el cuerpo femenino (cuando no está supeditado al proceso reproductivo dentro del ámbito familiar) es un tabú. Un tabú en pleno siglo 21. Yep.

Menstruamos con dolor debido a la forma en que en nuestra sociedad asumimos y convivimos con mujeres que padecemos ciclos menstruales dolorosos. “Te tomas estos analgésicos y asunto arreglado”.  La forma cómo se nos ofrece tratarlos: la sangre menstrual no debe notarse. No debemos actuar como si estuviéramos menstruando. No debemos ser “histéricas” ni menos “productivas”. Y si lo somos, somos tildadas de “flojas”, “hipersensibles” “locas”. Si duele, siempre podemos tomar una cantidad X de pastillas y seguir con la vida como si nada estuviese ocurriendo.

Otro problema es el acceso a la información de calidad. Hay mucha mala información, deficiente, entorno a la salud sexual de la mujer. Y esto es un tema delicado porque si bien nuestra situación de descontento y decepción de la ginecología tradicional ha abierto paso a una serie de opciones alternativas que pueden en ciertos casos funcionar, estas no siempre son verdaderas soluciones. Dentro de estas opciones alternas, está la ginecología autogestionada. Sí, estoy de acuerdo con que “ocupemos” y nos relacionemos y nos hagamos responsables de nuestro cuerpo. Pero no en todos los casos, una puede siempre resolver los problemas sola. Ni debe.

Durante un tiempo, una vez que hice pública mi situación con la endometriosis, recibí consejos de otras mujeres que habían padecido cosas similares. (Digo similares porque cada cuerpo de mujer es distinto y ningún proceso patológico, de diagnóstico ni terapeútico puede ni debería ser generalizable). Y estos iban desde la recomendación de ciertas ginecólogas, pasando por mejores hábitos de vida (con cuya adopción concuerdo totalmente) meditación, hierbas, tés, homeopatía, temazcales, psicotrópicos, viajes espirituales, limpias y demás (algunas de las cuales he probado en mi historia, otras nisiquiera consideraría). Con estos siendo honesta, no estoy a favor ni en contra de ninguna y creo que todas las mujeres contamos con formas diversas de acercarnos a nuestra realidad corporal y espiritual, y cada quien decide hasta dónde hacerse o no responsable de sus decisiones terapéuticas.

También, he visto que el hecho de que la medicina tradicional presente tantas irregularidades ha dejado lugar a muchas cosas que no son medicinales, ni terapéuticas, y estos procesos pueden en ciertos casos ser peligrosos cuando se oponen o desestiman diagnósticos clínicos concretos. He visto cómo casos leves de ciertos padecimientos se han agravado por falta de diagnósticos más cercanos al verdadero problema, llegando incluso a la muerte. Yo respeto el camino que todas somos libres de elegir para llegar a la curación, pero no respeto a los charlatanes que se valen de esos huecos en política sanitaria para hacerse del dinero de pacientes que no logran resolver del todo sus problemas. (Cuando hablamos de la endometriosis, todavía no se conoce ningún tratamiento 100% efectivo para curarla del todo). Por eso, aunque sé que hay buenas opciones alternativas, no podría recomendar desatender la necesidad de un diagnóstico claro y conciso. Análisis de sangre, ecografías, ultrasonidos o incluso tomografías que ayuden a saber qué está pasando realmente en nuestros cuerpos.

Quizá lo único que podría recomendar son lugares donde hacen buenos ultrasonidos, y que en una visita al ginecólogo tengamos a la mano tantos estudios sea posible conseguir para tener más elementos. Biometrías hemáticas, químicas sanguíneas, perfiles hormonales y tiroideos, marcadores tumorales, son algunos de los estudios que pueden dar algo de luz sobre la reacción de nuestros cuerpos a una posible endometriosis. Y no podemos interpretarlos nosotras, esto es importante. Otra cosa que podría decir es que busquemos a una o un ginecólogo recomendado, y le expliquemos bien qué sentimos, cómo funciona nuestro ciclo (llevar un registro con calendario y síntomas ayuda muchísimo), y no nos quedemos con una sola opinión.

A mi me pasó que querían operarme lo primero. Busqué otras opciones y me dieron un tratamiento. Un médico convencional suele pensar que con pastillas se resuelve todo y una no tiene que hacer mucho más que tomarlas y seguir sus indicaciones, pero no. Creo que los médicos que más me han funcionado son aquellos que nos asumen responsables de nuestra salud (si nosotras lo deseamos y mostramos interés) y nos involucran en el proceso de curación. La alimentación es SUMAMENTE importante. Hay que dejar ciertas cosas, sí, es bien difícil y yo apenas lo estoy haciendo. Dejar azúcar blanca refinada, harinas refinadas, gluten, grasas animales, carnes rojas, lácteos y alcohol. Y/o cigarro. Ahorita me estoy tomando mi batido de raíces y no sabe super rico, pero, es lo que hay que hacer ahora. Y creo que eso sería lo único que podría aconsejar: estudios a fondo, una buena comunicación con el médico, no quedarse con primeras opiniones y hacernos cargo de la parte que nos toca para mejorar la calidad de vida.

Otro problema que he vivido personalmente es el del trato ginecólogico hacia las pacientes. Muchas veces no recibimos suficiente información y no creo que la responsabilidad sea sólo de las y los ginecólogos. Sé que muchas pacientes prefieren no ver, no tocar, no saber. Y por tanto, las preguntas que pueden elaborarse son deficientes o simplemente están situadas en la ignorancia del propio cuerpo.

Una ginecóloga me decía, mientras me realizaba una prueba de VPH y yo veía mi cérvix en una pantalla, que muchas mujeres se sentían incómodas de ver sus vaginas por dentro. Y que no sabían qué era una vulva, un cérvix, o un clítoris. No todas sabemos aún del ciclo menstrual con precisión. (Un tema extenso e inacabable) Y cuando una ginecóloga no explica ciertas cosas la poca o nula información nos parece suficiente porque confiamos en ella “ella es la médico, yo no”.

En mi caso, los ginecólogos se tardaron 15 años de un ciclo menstrual doloroso y problemático sólo en sugerir endometriosis. Cuando yo les decía: “me duele demasiado, debo tomar analgésicos si no no puedo levantarme, me decían que era hereditario y que era normal”. Yo pensaba siempre en el fondo de mi que tenía que haber algún problema si mi ciclo menstrual me incapacitaba prácticamente para estudiar, trabajar o estar bien dos semanas de cada mes. Pasé la mitad de mis años menstruantes, padeciendo. Ese era el horizonte que me presentaba la indiferencia de los médicos.

Por supuesto que llegó el día en el que me rendí y dejé de darle importancia a los ultrasonidos tiredque siempre presentaban buenas imágenes y a las pruebas que me decían que no tenía ninguna enfermedad de transmisión sexual. El dolor no indicaba que hubiera ningún problema. Hasta que empezó a ser tanto que me provocaba ansiedad, mal humor, miedo, llanto, y a veces no me dejaba caminar, concentrarme (debido a la ingesta alta de analgésicos que ocasionan sueño) ni nada más. Parece que los doctores, hasta que no nos ven en el piso, llorando, con media vida desecha, no sospechan que pueda ser endometriosis o algún otro trastorno hormonal.

Lo cual me lleva a pensar, que, para la sociedad, el dolor menstrual femenino es algo perfectamente soportable que hemos asumido como normal. Para el cual, es necesario solamente ingerir algunas pastillas que nos deben devolver la condición que nos permite ser productivas para los otros. Para la sociedad, y para nosotras que lo creemos. Admito haber creído ciegamente que a mi me tocó vivir así. Y haber pensado que porque una vivió una cosa yo tenía que vivirla igual. Y ¡no! gran descubrimiento: cada cuerpo es diferente. Es otro universo, con otra historia, otros hábitos, otras emociones, otros químicos volándole alrededor.

La endometriosis tiene una serie de hipótesis sobre sus causas larga de exponer. No hay todavía consenso sobre cuál sea su raíz. Algunas dicen que la ingesta de carne roja, principalmente la producida con hormonas está relacionada con su aparición y desarrollo. Otros dicen que la deficiencia de vitaminas deja nuestro organismo desprovisto de suficientes herramientas inmunológicas para defenderse de los crecimientos extraños del endometrio. (MILLS, D., “The Nutritional Status of the Endometriosis Patient”. Obs/Gynae. Pain News Oct. APIS, 1992.) Y otros dicen que las dioxinas, químicos presentes en la atmósfera o en depósitos de agua dulce producto de la combustión de cloros (resultados de procesos industriales) inducen a esta enfermedad.

La endometriosis es una enfermedad inmunológica endrócrina. Afecta a esos dos sistemas. Yo no soy médico. No tengo conocimiento científico que avale lo que pueda decir más allá de lo que he leído en los artículos de las fuentes más respetables que he podido encontrar. Pero creo que debemos estar muy atentas e informarnos sobre los métodos de tratamiento que se nos aplican. Las hormonas no cambian el sistema endócrino, lo hacen dependiente de ellas. Esta enfermedad se trata de dos maneras posibles: con hormonas, o con cirugía. Las hormonas no cambian el sistema endócrino, lo hacen dependiente de ellas. Yo no estoy feliz con el tema quirúrgico cuando el médico me dice que no saben por qué tengo lo que tengo. Y no hay garantía de que la cirugía funcione. No es un lindo camino terapético, en mi caso, las hormonas me hicieron sentir muy extraña (casi no he tomado medicaciones en mi vida). Y el estrés del diagnóstico, más la violencia obstétrica me amargaron un poco un rato. Pero algo que me ha hecho sentir mejor, además del apoyo y comprensión de quienes me rodean es sentir, conforme voy avanzando, que puedo hacerme cargo de ciertas cosas como mi alimentación. Reducir el estrés. Estas son cosas que están en mis manos. Además de seguir buscando.

Y aunque me alargué mucho, creo que el punto de este post es que nos urge elevar la cantidad de conversaciones respecto de estos temas. Abrir los ojos, mostrar las posibilidades, para que un día en el futuro, las niñas que menstrúen con dolor, no sean recibidas con oídos cerrados y puntos ciegos en el sistema que se va a encargar de brindarles atención.

No tiene sentido mirar atrás, pero si pudiera, en mi caso, habría cuidado mucho más mi alimentación, me habría hecho estudios más a fondo, habría buscado más doctores capacitados, clínicas, artículos, organizaciones. Habría desestimado a los pseudo terapeutas que me culpabilizaron por crear con mis emociones este padecimiento. Y encontrado más elementos para decidir más a tiempo, amorosamente, qué hacer conmigo.

No estamos solas 😉

 

El jardín de té morisco de Crevillente

                                                                                                                                               Si la mar fuera de leche                                                                                                                                                  yo me haría pescador                                                                                                                                                      pescaría mis dolores                                                                                                                                                       con palabritas de amor.                                                                                                                                             La Serena, canción sefaradí

Hay entre una columna y otra, una puerta que lleva a un país hecho de guerras, esclavos, acuerdos mercantiles. Arena, lino, aceite y lapislázuli. Dentro de sus refugios en los muros se encuentran dulces retratos de una India distribuida por un monopolio inglés. Las camas están cubiertas de algodones claros con hojas secas dentro. Y algo que como un eco ocurre en todas direcciones, encima de mesitas y sonidos de cucharas que titilan adentro de una taza.

Y en la vida real, como raíz de ese sueño, están los sitios escondidos del bullicio y la sequía del mundo urbano.

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Yo pensaba que se habían extinto, y que las cuevas alfombradas y el sonido de laúdes saliendo de rincones eran cosa del pasado, como todo aquello que uno idealiza, como yo al viajar a Europa y buscar en pequeñas ciudades otrora musulmanas recuerdos de una vida que nunca conocí. Por muchos años, la ruta de la Seda ha sido uno de los temas que me apasionan. Aunque no es un tema. Es un lugar dentro de mi cabeza al que me gusta ir cuando tengo insomnio y estoy en casa, y quizá llueve y puedo asomarme a mis libros escuchando a Amina Alaoui y bebiendo té. El té es un hilo conductor de muchas cosas en el mundo. Como un hechizo que se nos fue metiendo en la boca y nos humedeció la vista. El té viajó desde China, junto con piedras preciosas, mercancías, especias, religiones y mundos y recorrió muchas rutas entre China y otros universos. Sedujo a reyes y reinas. Y a magos y a brujas. Y un día se metió en medio de mis ojos y me dictó el inicio de una novela interminable.

Entorno a miles de tazas de porcelana se han urdido planes de todo tipo. En Inglaterra, en Alemania, sirvió de pretexto para crear salones donde mujeres ambiciosas mezclaron todo tipo de hombres, y entonces nacieron corrientes filosóficas, políticas, económicas y amorosas. Yo he soñado con esos sitios de conspiración sutil. Como si fueran nodos en los que el mundo va tejiendo con diálogo su porvenir. ¿Y si necesitáramos más espacios para ser, tranquilos, en una meditación compartida, silenciosa, silenciosa, silenciosa?

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Un día de verano, luego de una hora de viaje en automóvil por carreteras secas y señalizaciones en árabe, llegamos a un jardín con saloncitos de té dentro.

Para llegar al centro se avanza un largo rato por corredores llenos de enredaderas. Se entra en una puerta grande de hierro forjado con motivos tamazigh, y un hombre vestido de blanco cierra detrás de ti, la puerta.

Desde ese momento estás encerrado, y te ves obligado a pagar una cuota, bebas o no, té, sólo por haber pisado ese lugar.

Y entonces viajas un poquito a otro tiempo. Te sientas en una alfombra, pides un té caliente. Escuchas a los pájaros y las abejas revolotearte encima. Te acaloras.

Y anochece, y la casa y sus interiores te miran con sus muros llenos de alfombras y lámparas de aceite, candeleros, perfumeras sefaradíes y jarrones. Las lámparas son el plato mayor. Tus ojos las devoran enteras, conforme se va acercando la noche y la mujer que las enciende les va dejando una gotita de fuego en la punta del hilo de la vela.

Hablas de muchas cosas. Tu mirada pierde su rumbo entre los árboles, y piensas que el hombre bereber que ahora posee este jardín al norte de África, escondido del mundo occidental, antes fue un nómada. Pero un nómada perdido, solitario. Sin caravana. Y cuando te sirve el té por segunda vez buscas en sus ojos azules un indicio de tu propia existencia como errante.

Al otro día estás en otra parte.

Pero tus labios huelen a perfume.

La desnudez en aguas cristalinas

Era el tercer día de estancia en el camping de las Islas Cíes, unas islas a unos cuantos kilómetros de Vigo, en el norte de España. Los dos primeros días pasaron entre cansancio y unas náuseas que nos trajeron sospechas y sopores.  El aire era muy fresco, turquesa como el agua. Mi cuerpo, pesado.

Al llegar a las Cíes uno ve primero, desde el barco de Mar de Ons, un par de planicies verde oscuro a lo lejos. El agua es azul, muy azul. No es azul como el agua profunda de México en el Pacífico, que desde México huele y sabe a montaña cálida. Es azul frío, Atlántico, ultramar, gálico, neblinoso. Y está lleno de gaviotas blancas y gordas que gritan todo el tiempo.

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En este punto del viaje, en cuanto bajé del barco a las arenas blancas de la isla dejé un poco atrás el tema de las brujas. Sobre todo porque mi cuerpo se sentía grueso, muy denso y cansado como para sostener mis propias fantasías. Cada día puntualmente, mis náuseas llegaban a eso de las 12 del día y no se iban sino hasta las 5 de la tarde. El paisaje era un paraíso gélido, casi intocable por los turistas, en el que solamente los valientes terminaban por adentrarse al menos unos minutos.

El agua del mar estaba tan fría que la playa, brillante y caliente, permanecía abarrotada todo el día, sin dejar que la figura de los bañistas manchara el azul claro de la costa. Estaba helada. Y cómo dolía en los huesos y en los músculos.

Z, un nadador, buzo, pez nato, me llamó varias veces desde las aguas no profundas. Y yo lo intenté, pero no podía. Ponía mis pies tibios en el borde y los apenas dos centímetros del agua me herían hasta las ingles. Podía sentir cómo subía un témpano por mis venas. Me dolía estar, la cabeza, las náuseas, la fatiga del padecimiento en el vientre, constante, determinante de todo.

Una noche vimos las estrellas, muy a mi pesar porque quería solamente dormir y acurrucarme. Las caminatas durante el día me dejaban agotada. En ellas podía ver aves distintas, gaviotas criando a sus polluelos en los peñascos altos contra los que las olas chocaban. En el Atlántico los faros blancos eran como un espejismo perfecto atemporal, y en estas islas había uno más allá del bosque que llenaba el centro. Un bosque alto de coníferas con muchos helechos protegiendo el suelo que en pocos metros se volvía de nuevo rocas, con algas amarillas y más gaviotas. Era muy bello, pero mi mente ya no significaba ninguna imagen ni hacía metáforas más allá de “guardar la belleza para después”. De cierta forma me sentía fuera del tiempo y del espacio, sin dejarme emocionar por nada. Excepto por las estrellas que vimos en un paseo astronómico nocturno que hicimos, del que les hablo. Esta está aquí, esta allá. Como marcas en un mapa que ha servido para decirnos a dónde ir en el mar y en la vida. Y las piernas estaban frías por el viento helado de la noche, yo tiritaba y entrecerraba los ojos. Ellas son las estrellas, esta soy yo.

Mi sangre estaba condensada. Pero el tercer día fue distinto. Nos quedamos toda la mañana en una playa nudista. No tengo reparos en la desnudez, casi nunca. Me gustó el sol ardiente de verano estando tan alto alto arriba del Ecuador. Dormité un rato. Z nadaba, yo lo veía desde la arena. De pronto decidí que iba a intentar meterme. No sé nadar, nunca aprendí. Le temo al mar que se ha llevado amigos, y que me causa esa sensación de tormenta en los pulmones cuando pienso en su tamaño.

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Me tomó mucho rato meterme por completo. dolor, frío, escalofríos, espasmos, respiración acelerada, ganas de huir. El agua no dejaba de estar fría, en ningún momento y el mar enorme se acercaba helando las corrientes que algunas rocas y la baja profundidad podían entibiar. Estaba un poco harta de sentirme mal todo el tiempo. De estar feliz por dentro pero sentir un hastío interno nauseabundo. Creo que era como si la vida y sus sorpresas hubiera sido mi cena anterior y me hubiese dejado indigesta con demasiado por asimilar demasiado pronto. La endometriosis, la prisa irrelevante, las voces de juicio sobre el cuerpo de las mujeres. Nunca había sentido que algo fuera más allá de mi cuerpo, (la depresión que padecí hace muchos años fue dura, pero mi cuerpo siempre me había sostenido). Sentir por vez primera que mi malestar era físico me asustó mucho. Este es mi límite: mi piel, mis huesos. Sólo adentro de esta carne tengo vida. Pensé en la gente enferma, las cosas crónicas. En lo difícil que es cada día para quienes tienen cosas peores que la mía.

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Después de todo era sólo agua helada, velocidad. Y algunas cosas más.

Pero de repente ya estaba adentro, de hecho ya no sentía tanto frío. Debían haber pasado unos 20 minutos desde que había metido todo el cuerpo hasta el cuello. No había nadie más en el agua y empecé a moverme un poco para calentarme. Pude flotar un buen rato sintiendo cómo mis pulmones querían gritar por la presión veloz del espasmo. Sentí tantas cosas intensas al mismo tiempo que pensé que hasta entonces había aterrizado en España. Lo de antes era un preámbulo a muchas cosas. Todavía no había aceptado que viniera lo que viniera la vida llega al cuerpo como una chispa incontrolable y se reproduce, y continúa y continúa en un movimiento casi perpetuo.

Aceptar las cosas es importante. Es quizá imprescindible, para avanzar. Los paisajes paradisíacos me parecían eternos y al tiempo efímeros, con los días contados: los arrecifes tienen ya, una fecha de caducidad. Como muchas especies y ecosistemas. La felicidad que navega encima de las cosas que consumimos también se acaba. No lo miramos. Vivimos una catástrofe que se niega a aceptar su condición colectiva. Y sin embargo la belleza persiste, y cobra nuevas formas ante nuestros ojos.

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Tomamos el barco de regreso una mañana soleada. Recuerdo un beso en el muelle. Las almejas abrazadas a los barrotes sumergidos en el mar. La palabra “cristalino” en mi cabeza, saberme en la “tierra” luego del susto del vuelo largo. El equipaje con menos víveres, muchas fotografías en mi cabeza. Una casa de campaña donde el amor no cabía de tan grande. A la vuelta, en el barco tomamos el sol en la cubierta. Yo pensé en la novela, y en lo difícil que es escribir en el vaivén de las olas, que aunque era incómodo, tuve que escribir cosas así, en las cubiertas vacías nocturnas solitarias y las llenas de esperanza matutinas.

Desde ese día en la superficie helada empecé a pensar que una vez abrazada a mi propio cuerpo ya todo sería mucho más sencillo, a pesar de todo. Además me acompañaba Z, en cada momento. Nos esperaba entonces otro largo viaje, a una orografía distinta, menos marítima pero líquida todavía, en otro campamento en la ribera del río Sil. De nuevo había que tomar el coche, el equipaje, las fantasías, los mitos. Y los ojos agudos listos para verlas.

Otoño. El tejido, el órgano y el día

Todavía falta para que llegue el otoño. Pero algo en las células me dice que está cerca. Lo veo en la luz del sol que se vuelve más tenue y amarilla. Las calles adquieren una tesitura diferente. Mi cuerpo baila, siempre en otoño.

En casa los frutos de la primavera fueron cosechados a su tiempo, y quedan las flores de las lechugas, de las hierbas que se reproducen. Me gusta verlas diminutas.

Las recojo con cuidado. Las huelo. Las pongo todas juntas en la mesita que tiene las cosas bellas, más pequeñas. Las plantas. Me ha dado por reproducir brotes y esquejes. siento el instinto de reproducirles, y verlos crecer, y llenarme la casa de plantas que ya no sé dónde poner.

El otoño siempre me trae cosas brillantes. Muchos ratos y caminatas solitarias, mucha música nueva. Y la danza, que regresa cada vez con mas historias adentro, y más fuerza. Ahora bailo con más certeza de lo femenino que me habita. siento más algunos de mis órganos. Toco el cambio de los músculos y la postura.

Descubro nuevas propiedades de nuevas plantas. Mi mundo es un invernadero cálido. El día es rascar la tierra, meter ramas, cortarles, mirarlas. Sobre la mesa un ramo de flores blancas diminutas me mira escribir. Y una araña se sube a mi computadora.

La ciudad entonces es una jungla un poco menos agreste. Porque el año me deja construir espacios habitables. Huecos en el ruido. Atiendo a las minucias y las letras. Ser mujer se siente bien. Estar en esta piel, cerca del otoño.