Viento de color blanco

El día que nos mudamos la bestia blanca vino llorando todo el camino. El camino de tierra se sentía como andar sobre tiempo, en una carreta. Bajamos todos, la nueva manada, lista para asentarse en el nuevo hogar.

La casa era blanca, con tragaluces. Parecía en efecto que toda la casa blanca, vacía, nos iba engullendo a la niña, a Z, a mi, a la bestia blanca poco a poco. Ahora viviremos en su vientre, pensaba. Los muebles llegaron poco rato después.

Las ventanas ocupan una gran parte de casa. La luz entra y envuelve, entra y envuelve, entra y envuelve.

Los muros olían a recubrimientos, a pintura. Y la tierra estaba seca. Las construcciones erosionan. Yo tenía miedo de no ver florecer. De no ver florecer nada, ni el amor, ni la casa, ni el mundo. El jardín era como una promesa amenanzante.

Pero hoy, meses después, la bestia blanca me mira desde el suelo de la cocina. La luz del sol entra por la ventana y la pasiflora está llena de capullos de mariposas. Me cansé de sacarle los gusanos, de tratar de salvar sus hojas de sus apetitos. Ahora nos esperan las mariposas.

Camino a casa por la mañana, de regreso del cole, veo los campos de cempasúchitl crecer, veo las bicicletas de las jornaleros, veo el volcán con su sombrero de azúcar-nube-helado.

Me hago un té de hierbabuena mientras me inunda desde abajo,desde los pies, la imagen de mi próxima pintura. La vida llega como sangre a llenar las venas. Pienso en carne, siento calor, un tambor similar a un latido que es mi corazón, o es un fuego artificial de una iglesia, o una explosión volcánica. Podría ser cualquier cosa.

No sé si llego al día, o el día me llega a las venas. O si soy tiempo o el tiempo me pasa através. Es otoño, el verde se abrió paso por entre la tierra seca, las flores invadieron, con sus venas, su sangre y sus mariposas.

Las perras del verano/ hola adultez

Aunque si yo fuera perra

También compondría mis temas

Porque nadie me puede prohibir ladrar

Rigoberta Bandini

Habíamos planeado ese viaje con semanas de antelación, Alice, Cata y yo. A lo lejos no parecía que España en verano fuera un reto muy grande, eran ocho días de descanso, ¿o de juerga? Yo metí mis bikinis, que ya ni me sentía cómoda en ellos, pero allí estaban a la espera de que mágicamente las 15 horas de viaje surtieran efecto en forma de adelgazar unos diez kilos de la noche a la mañana. Ìbamos a quedarnos en casa de Alice esos días, y quizá acamparíamos, no sé cómo en algún lugar de la ardiente geografía casi desértica de esa zona del mediterráneo.

No recuerdo cómo se nos ocurrió reunirnos en Valencia, usamos el pretexto de que Alice, nuestra amiga desde hacía ya casi ocho años, estaba estudiando su maestría en artes plásticas en la universidad politécnica de Valencia. Alice es de Estados Unidos, nos conocimos al mismo tiempo que Cata, documentalista y fotógrafa argentina, en un experimento social llamado ecodepa, en 2010. Un fiasco de casa comunitaria llena de extranjeros donde caímos las tres y vivimos cada una alguna aventura amorosa muy patética. La decepción nos unió, en pocas palabras. Desde entonces hemos visto pasar por la vida de cada una cambios de casa, parejas, trabajos, y la vida. La maldita vida adulta.

Julio del 2018. Yo acabo de aterrizar en Madrid, como hace dos años, con mi esposo, que tiene un par de congresos en Europa ese verano. Aprovechamos el viaje para que mientras él trabaja yo vacacione con las chicas en Valencia, que está a dos horas de su ciudad natal. Hace un calor «que te cagas», como dicen todos allí. Es verano, hemos ido básicamente a tendernos bajo el sol, y beber en la playa. Yo en esta ocasión empaqué un montón de ropa de playa que por cierto, ya me queda muy chica. En 2019, cuando empecé a escribir esto, escribí: Estoy incómoda en mi cuerpo, me siento gorda, hinchada, el calor mediterráneo a mi, que vengo de una ciudad altísima y templada me quita toda dignidad. Porque ahí yo tdavía no era madre, ni sabía que podría serlo. El verano europeo me viene mal, tengo la frente y el bigote sudados, mis muslos chocan (el verano pasado esto no ocurría) pero está la paella de mi suegra. Está el mercadona con sus pasillos frescos llenos de helado, y el tinto de verano. ¿Qué podría salir mal? Estaban las cañitas que desde las 6 de la tarde se vuelven el mar donde se navega el resto del día, las aceras perfectas, los pasos peatonales amables, y la seguridad de las calles llenas de vida.

Hacìa semanas que habíamos abierto un grupo de WhatsApp para acordar, o intentarlo, las cosas divertidas que haríamos esos ocho días. Tenemos fe. Nos queremos. Las tres tenemos alguna inclinación artística, mucha voluntad ecologista y un ánimo crítico feminista en pleno proceso de pulido. Unas diosas. En las fotos de mi boda nos vemos radiantes, jóvenes, sonrientes, poderosas. Pero no podemos ponernos de acuerdo con qué hacer en estos días así que ingenua y amorosamente decidimos, o nos resignamos a dejarlo al «fluir de cada día».

Y alí estoy yo, con mis audífonos protegiéndome de la paranoia que me acompaña, bajándome del autobús, viendo de lejos a Alice que se acerca con su 1.70 de estatura y su sombrero estilo Sofía Loren. En mi móvil suena La bien querida, pero me quito la música, y estrenando el silencio con los ruidos de la calle aparece Alice, que es de Yuesei muy rubia y delgada. Tiene sin embargo, un flair europeo y se ha puesto un sombrero de ala amplia negro que con sus gafas negras la hacen parecer superstar de los 50s. Me saluda con su voz dulce y sencilla.

Verano: ¡aquí nos tienes!

-Isa!, (Nos abrazamos)

-Alice! Me encanta verte! So good to see you! Las dos surfeamos la conversación en un spanglish tan perpetuo como el abrazo largo y hippie que nos damos.

-Alice you look incredible! Cómo estás?

-Did you see Cata’s message? Gosh

-I know, va a estar infartada, pobrecita.

Caminamos hacia una parada de autobús bajo el sol quemante. Son pocas cuadras. Yo llevo una mochila demasiado grande, porque entonces todavía no sabía lo asburdo que es llevar mucha ropa al verano. Pero miento.

-It’s ok, It’s not heavy… I can deal with it. Can I?

Afortunadamente el autobús tiene aire acondicionado y podemos hablar sin jadear. Cata acaba de recibir la mala noticia de que su vuelo está retrasado. En el grupo de WhatsApp tratamos de consolarla, un día de tener que estar en el aeropuerto iba a ser jodido.

“Chicas, estoy mal, estoy muy triste y enojada. Resulta que está estallando una huelga en varias aerolíneas, una se ha declarado en quiebra. Estoy en la mierda.”

Alice y yo la consolamos. «Bueno, será un día o dos», mientras viaja y se pierde uno más, nos quedan seis días para estar juntas. Cata se encuentra en Alemania, en casa de su novio pero está atorada en Berlín mientras su vuelo acaba de salir.

Le prometemos no pasarlo demasiado bien. De todas formas Alice y yo somos introvertidas, quizá pasivas, -are we depressed? o es el momento de la vida y tratamos de estar tranquilas sea cual sea el contexto. Pero es jodido, porque Cata es la alegre de las tres. Alice es la dulce, yo la ñoña, Cata la alegre. Cata siempre tenía fiesta, con ella se dicen las cosas más ácidas pero también las más chistosas. Es el colorido de argentina (también el humor) hecho muchacha.

Nos bajamos del autobús y caminamos un poco hasta casa de Alice: un piso que comparte con dos franceses, yo estoy exhausta. No sé qué pasa pero las mujeres que no sudan y no se pegan a los asientos me parecen de otro planeta. Miro a Alice, con temor de que diga que sí, le pregunto:

-Quieres salir a hacer algo? Cuál es el plan hoy?

-No, estoy bien, sólo si quieres, si quieres podemos descansar.

-Ay, si! Hoy descansamos, comemos, y mañana hacemos más. Perfecto.

-Yo soy muy tranquila últimamente, voy a la escuela, a veces salimos por las noches pero ya sabes que no bebo alcohol.

-Yo tampoco hago mucho en México, además me he vuelto temerosa en la calle, no sé por qué.

-Aquí en España al menos puedo salir sin miedo, es seguro, creo. Pero me gusta estar en casa, cocinar, leer. La escuela tampoco me deja tanto tiempo.

Luego de un par de horas de hablar y picar cualquier cosa salimos al supermercado. Está a unas cuatro cuadras que caminamos tranquilas, las dos con mini shorts que yo en México solo uso en la playa. Al entrar a la tienda pierdo el control y gasto no sé cuántos euros en panes, embutidos, vinos, y un montón de cosas insanas. Es el país del jamón, del queso de oveja curado y el vino. Alice, vegetariana sólida, me mira con extrañeza.

Ya no soy la Isa ecologista, he cambiado querida, qué te puedo decir? he puesto pausa a muchas ideas que consideraba inamovibles. Ahora soy ésta Isa, pienso mientras lleno el carrito de galletas y nocillas y nos dirigimos con mi nueva identidad consumista hacia la caja.

De vuelta al piso de estudiantes Alice y yo respondemos al grupo de WhatsApp. Nuevas malas noticias: No será sólo un día, serán DOS de retraso. De repente los seis días de amigas en la playa se han vuelto ya cuatro. Este que corre. Dos que faltan sin Cata. Volará desde Berlín hasta España para pasar sólo cuatro días con nosotras.

Alice y yo lo comentamos. Para las pulgas argentinas de Cata la situación debe ser límite. Yo hace tiempo que siento tanta suerte en la vida que estoy segura de que casi a toda situación negativa se le puede sacar provecho. Manía de escritora, quizá, «mientras pueda narrarlo, valdrá la pena». Alice tiene un temple de hierro. Pero Cata, Cata es exigente y asertiva. Más que asertiva es incisiva. Incisiva como un cuchillo que separa la carne del pellejo. Esto es carne y esto es pellejo. Y esto para ti y esto para ti. Y punto. Y si hay queja: hay cuchillo. Cosa de Argentina, suponemos.

De pronto ya es viernes, yo llegué un miércoles. Qué hicimos ayer? Ah, sí, estuvimos en casa hablando.

Z me pregunta al teléfono esta mañana:

-Vas a salir a pasear? No es que haya tanto que ver pero no pensarás quedarte encerrada sólo porque Cata no está no?

-Ya, es que Alice y yo no paramos de hablar.

Y es cierto. Hay siempre mucho que contar.

-Además vinieron a casa ayer compañeros suyos de la escuela y eran súper simpáticos. Qué tal el congreso? Conociste a la Reina de Inglaterra?

Reímos.

-La conocí pero no pude planchar mi camisa.

Z. No sabe planchar. Bueno, yo tampoco.

Y en efecto en las fotos de ese congreso de científicos en Cambridge, Z aparece sin saco, y con la camisa hecha un desastre. Colgamos. Si todo sale bien Cata llega mañana sábado. Alice y yo navegamos el resto del día entre comida, vino, y duchas. Qué calor.

Lo que más recuerdo de los días pre Cata es que Alice y yo hablamos sin parar, excepto cuando empezamos a discutir sobre los beneficios o perjuicios de la comida frita. Yo en la postura pro frita, pro gordi comida. Ella más informada, en el planeta de la salud. Alguna de esas tardes fuimos a ver amigos suyos a otro piso en un barrio aledaño. También recorrimos el centro de Valencia, a la peor y más solitaria hora del día, cuando el sol quema. Y una noche, la última solas, bebimos vino con amigos en el piso de estudiantes y reìmos con las tonerías que se nos ocurrían mientras comíamos la comida hindú gratis que nos trajo uno de los ligues de Alice. Tenía muchos, por suerte, me sentí orgullosa de ella.

Alice es el tipo de personas que uno no puede dejar de admirar. Flores que crecen en medio del asfalto, que no sólo son buenas y bellas personas. Que son listas, que son brillantes y creativas. Una tipaza. A tres años de ese verano, la recuerdo haciéndose preguntas profundas, mientras sobrevive sola en otro país, lanzándose piedras hacia enfrente para poder cruzar charcos, y avanzar y no parar.

Y yo. Yo no sé. Mis proyectos de pintura y escritura estaban más bien arrastrándose de la mano de mi hipotiroidismo subclínico estúpidamente no medicado, y estaba descubriendo, cogida tras cogida, que era infértil gracias a la endometriosis. Pero entonces pensábamos, bueno, ya llegará. Y fuimos a España a relajarnos y a comer, y a no pensar en lo que vendría. Anduve en las calles medio dormida, como viendo el mundo desde un balcón, pero cubierto de cristal. Mostly depressed. Pero sin saberlo. Yo quería que llegaran mis amigas, emborracharme, abrazarlas y ser perra. Estilo Rigoberta Bandini. Mandar al carajo muchísimas cosas y crear.

Si enumero las cosas que Alice, Cata y yo hicimos juntas tendría que escribir un libro. Nos conocimos en un experimento social bastante inmaduro donde nos enamoramos cada una, de algún extranjero que estaba de paso y que se pensaba ultra liberal, poliamoroso, ya saben, unos forros pendejos. Y nosotras pues, no habíamos cuestionado precisamente a fondo el mito del amor romántico y aunque teníamos trazas de feminismo en las galletas pues, en realidad sólo eran trazas y tal vez éramos alérgicas.

Navegábamos de proyecto en proyecto, de casa en casa, de fiesta en fiesta, de pareja en pareja. Pero siempre con las manos entrelazadas y en una genuina complicidad. Truene? Reunión con amigas. Despido del trabajo? Reunión con amigas. Crisis de los 30? reunión veraniega con nuestras versiones adultas.

Cata llegó un medio día de un lunes a Valencia. La recogimos en el metro y nos abrazamos en medio de un grito cursi de nenas. Luego caminamos hacia el barrio de Alice, que no recuerdo el nombre pero estaba cerca de la Playa de la Malvarrosa y cuando llegamos al piso yo sólo quería beber cerveza y comer paté fino con pan de supermercado.

Cata me miró igual que Alice,

-Isa, eso es carne!

-Oh yes, ya no soy vegetariana.

-Qué?! Exclamó incrédula con su acento argentino medio disimulado.

Pues, estoy abrazando mis cotradicciones, jeje, “ a veces como carne” si y sin culpas.

Miré a Alice:

-Y a veces como fritos. Pecado!

Reímos un poco pero en el rostro de las dos se vio una pequeña mueca de reprobación. Que yo, totalmente en paz con mi ingesta de animales, ignoré. Un poco. Nos sentamos a picar quesitos y miel, hasta que Cata de repente tomó una bocina y cambió abruptamente la música. Lo recuerdo con claridad. Creo. Había alguna canción sonando, pero Cata señaló lo “horrible que era esa canción” y con mucho nervio cambió la música. Como si, como si estuviera sola en su habitación, como si no hubiésemos otras allí. Bue. Lo ignoramos. Un poco.

Esa tarde íbamos a recoger a una amiga de Cata, de Barcelona, que se unía al plan de chicas al venir desde Madrid para ver si acampábamos, tampoco teniamos eso claro.

Ahora cuando lo pienso, podría parecer que la fuente de todas las desgracias que ocurrieron esa semana fue el no tener un plan previo para seguir. Pero había pocas certezas, me digo, mientras reconozco internamente que sigo siendo la mexicana que se deja llevar por el plan y fluye con la amiga tranquila estadounidense mientras la amiga argentina lo tiene todo mucho más fijo y pensado y fijo. Y eso, fijo.

¿Qué desgracias nos esperaban a la luz de esos quesitos de tarde de lunes? Un sin número de contratiempos. Peleas en la playa, discusiones sin fin, conexiones con otra dimensión, escenas de peligro en barrios gitanos donde nos metimos, pisos de cemento, racismo, ¿sigo? Porque hay mucho más. Hay un ojo infectado, y hay una paella mediocre.

Eso. Esa tarde fuimos a la playa, nos quedaban sólo cuatro días para aprovechar ese idílico encuentro de amigas. ¿Muchas, o demasiadas expectativas? Todavía no sé.

Me voy a poner todas las minifaldas del mundo. Estás vestida de putilla me diría Z. Que siempre lamenta que vivamos en un lugar tan machista y peligroso que no puedo usar lo mismo que en España de forma cómoda. Me voy a comer todo el gluten que quiera, aunque la endometriosis me esté pisando los talones. Al menos ese fin de semana no estoy menstruando. Eso. Eso sí habría hecho del final de esa semana algo estilo Carrie con Terminator e influencias de Tarantino.

Aunque tampoco estuvimos lejos de eso.

Continuará, (si mis amigas no me matan antes)

En el sueño del hombre que soñaba

“Eres muy natural”, me decìas mientras descansábamos en la hamaca en tu jardín. Yo recuerdo todo, la ropa, los olores, el tono de la luz de otoño en las rocas volcánicas del muro y en las plantas que enmarcaban la ventana del comedor de tu casa. Hace unos meses al hacer la casa recordé diariamente cosas tuyas, que estudiabas arquitectura, que me contabas todo y que no fue hasta muchísimos años después que me di cuenta de cuánto aprendí contigo. Éramos espejos, de esos que nos reconocemos como si vinièramos del mismo planeta. Ojalá no hubiésemos sido, pienso continuamente, tan sensibles.


Llevo días, (llevamos todos tus amigos) pensando en ti. Yo recordé tu estudio, cómo tenías todos tus útiles de la carrera regados, todo lleno de recortes, de trazos, recuerdo las veces que fuimos a comprarte cosas a Lumen con tus padres, todos juntos como una familia a la que pertenecí esos dos años de relación. Recuerdo el olor a humedad de tu estudio y esos botes que absorbían las gotas de agua y las condensaban. La madera medio roída de las escaleras, las otras escaleras que iban al cuarto-àtico. El jengibre en la jardinera, mis tenis rojos. La cocina, mi cuerpo entonces tan delgado andando despacito, para no hacer ruido, recuerdo los cuadros de Toledo en tu sala, las lámparas, y esa decoración compartida, tan mexicana, con tu familia de Coyoacán. Recuerdo a tu madre que yo admiraba tanto, a tu padre tan entrañable y amable conmigo. Qué familia maravillosa, cuánto nos dieron a todos, que hemos cosechado lo que sembraron aunque fuera a ratitos, en las tardes, con sus gestos acogedores, tan humanos. Te recuerdo siendo feliz en ese sitio, tu que sabías de la construcción de la casa, que volvías de tu estancia en Alemania, te recuerdo manejando seguro por la ciudad, con tu portaplanos recién integrado a tu anatomía siempre colgando atravesado, tu mochila de color naranja. Los cutters, los prits. Yo sentada esperando a que salieras de clase, en el piso de CU. Yo sentada esperando a que salieras de la visita a alguna casa, en la calle, yo bailando, ensayando, viéndote afuera de la escuela de danza, yo sintiendo que me hago pis a carcajadas porque estamos diciendo alguna cosa muy polìticamente incorrecta en un café en la Condesa. Esa época en la que cambiaste tus lecturas de historia económica por libros de arquitectura, por ropa más fresa, por lugares que yo percibía superficiales, ese mundo al que quisiste entrar pero que ya no vi si lo conseguiste. Recuerdo los miles de cafés. Y los libros. Borges. Los libros que me regalabas y luego te enojabas porque no me parecían especialmente interesantes. Tu Saramago. Tu Carpentier.

Nos recuerdo esa primera época antes de la muerte de Rubèn, tu padre, siendo puramente felices, yo estudiando danza, decidiendo si quería estudiar historia, o letras, o RI por un lapso breve. Tú escuchando a Yann Tiersen y a Tchaikovsky, emocionado en la sala subiéndole el volúmen a 1817, hablando del ejército, pensando en poner a Mahler, abriendo frenético las cajas de los discos. Reímos muchísimo. Odio escribir esto. Estoy sumamente enojada contigo y quiero que lo sepas. Este no era el plan. Nada salió como pensábamos.

Tu y tu familia fueron mi casa esos dos años. Yo no lo sabía pero lo que buscaba, más que nada, entonces y aún muchos años después, era pertenecer a algo. Sólo pertenecer. Compartimos todo, incluso el saber a dónde iban las cosas. El último año habías cambiado, yo estaba en transición, como estaría los siguientes quince años, hacia ser otra cosa. Dejamos de escuchar a Mahler y en tu coche sólo estaba Depeche Mode. Habías desafiado todo, tu casa materna y paterna, al entrar al
mundo de las maquetas de la Condesa. No recuerdo mucho de ese último año. Fiestas que me aturdían, cansancio, estrés, yo haciendo la prepa abierta, corriendo en la ciudad monstruo. Ya habíamos tomado un camino distinto cada uno, pero recuerdo ese pequeño paraíso. Las bugambilias de Coyoacán, el placer de caminar largos tramos, beber café amargo y corto, dibujar, leer cada uno al otro lado de la mesa. Reír como renacuajos. Pelear por cuestiones filosóficas y robarnos las ideas, entrar en laberintos de sentidos, en ataques contra las heridas del otro. Todavía en mis viejos cuadernos están tus dibujos, tus cartas, porque esto es así, estuvimos juntos, aunque después las cosas se complicaran tanto, fuiste una parte nodal de esa época. Teníamos a penas veinte años. Fuiste mi interlocutor, lo que más valoro en términos de vínculo. Hace poco traje a mi casa mis viejos diarios y mis libros, y en ellos están tus huellas, en todas partes, dibujos, mensajes, notas, hasta una bitácora que me regalaste. Tú dejabas huellas por todos lados, creo que porque sabías que eran tus mensajes póstumos. Y odio eso.

Eres el segundo ex novio que muere. Me dan escalofríos. Aunque tu hace mucho que querías irte, que empezaste irte, que ya no estabas aquí. Estabas cansado, aburrido, atormentado. Una parte de mi dice que no sabe lo que te pasó. Otra sabe. Pero no quiere reconocerlo.

Todas las cosas que pienso me parecen prescindibles. Ya no estás. Ninguno podemos creerlo. Y sin embargo siento que no decirte ahora, nada, es inaudito. Eres una de esas personas que sueltan verdades cada minuto, de repente, así con la ligereza de quien dice la hora. Te volviste uno de esos interlocutores internos, con quienes una termina por construir sus diálogos imaginarios, sus peleas interiores. Te hemos llorado esta semana Diego. Hay tanto que sobra decir al respecto pero hay tanto que debí decirte a tiempo.

Yo recuerdo tu paso apretado, el entusiasmo con el que entraste a la carrera de arquitectura, las miles de veces que nos carcajeamos, tus muletillas, todo ese brillo en los ojos, cómo te llevabas tan bien con mi padre, nuestras peleas en tu coche, las visitas a la Viennet, lo que caminamos en CU, la música compartida, nuestros apodos ridículos. La vez que te conocí cuando llegaste a sentarte junto a mi en la prepa y preguntaste si yo tenía un apellido raro. Mi fiesta de cumpleaños donde te fuiste despechado. Éramos tan jóvenes. Lo digo con toda la ternura que me puede causar pensarnos sentados en ese quicio de un café en San Ángel esa vez que llovía. Estos días llegaron así los recuerdos, todos condensados, volátiles, cayendo uno por uno sin orden. Te gustaba escribir sobre lo divino, influenciado por Borges, por Barragán, en un cuento que me diste impreso una vez hablaste de la libertad que una hoja de un árbol adquiere al soltarse en el aire. Yo te recordaré siempre así. Creando, brillando, haciendo preguntas. Siempre en dirección al infinito.

Un tipo de visita

A veces pienso en distintas versiones de una misma cosa. O persona. Posibles personas en un mismo escenario, como abanicos pequeños que se abren ante el devenir del tiempo. Por ejemplo las visitas. Yo soy un tipo de visita tranquilo, la mayor parte de las veces. Como cuando estoy en casa, lo que más anhelo y disfruto es el silencio y el espacio para hacer, para pensar, contemplar, leer, absorber el mundo y con esa madeja interna lograr hacer luego algo. El silencio es bueno para eso. También los lapsos amplios de tiempo en los que se puede respirar y extenderse una.

No me gustan los viajes estrepitosos, si se les pudiera llamar así. Me aturde la velocidad de las imágenes, el ir y venir ansioso de los sitios, la foto rápida, la pose cliché, la huella que intenta devorar el mundo, decir «esto me lo he comido».

En cambio prefiero el largo gusto en el paladar que deja poder sentarse a mirar pasar la gente. O la mañana. Las mañanas se pasean muy bien en las estancias cuando se deja entrar la luz a su ritmo a través de amplios ventanales. Con ella una misma va llegando al mundo junto con la consciencia, la lucidez.

Una buena visita en la mañana tiene tiempo de despertar como ella quiera. Levantarse y saber que puede ir hasta la cocina y hacerse un café. Un buen café caliente por cuyas volutas de vapor bailen las horas o los minutos. La buena visita puede esperar a que los anfitriones se despierten, puede mirar las plantas entretanto, los libros, el gato comerse saltamontes sobre el pasto.

Sin una expectativa fija sobre el día todo es ánimo, todo es suficiente, las pausas se usan para disfrutar del otro, escuchar atentos, pensar, soñar. Hay sobremesas memorables, tardes de largo aliento en mi memoria. Eso es valioso. No son flashazos ni fotos de muchos lugares, no son caminatas con paradas abruptas, respiraciones agitadas, son una cadencia potente, a veces como la del bajo continuo del barroco, la que se queda conmigo. Un cuadro completo, de imágenes, sensaciones, texturas, ideas, todo mezclado como un perfume complejo de las cosas.

Hay visitas largas y extendidas como manteles blancos de algodón en mesas de madera tibia. Manos que ayudan a levantar los trastes luego de la comida, y lo más valioso, las hay que a veces no siente nadie que tiene que hablar siquiera, se hace juntos, se atraviesa el día sin necesidad de decirse, de mencionarse nada. Eso que llaman comunalidad, respirar el mismo aire, dichosos, abrazar las horas pacientes, darse al otro sin máscaras, sencillos, así la vida sabe más, se siente viva, palpitante, certera. Abierta.

Ahora que acabe esta pandemia.

Pandemiología II

Ineludiblemente termino pensando en «los cómos» de maternar así. Así, sin salir de casa, así con la madriguera llena y cálida, con tantos días que se parecen entre ellos. Maternar es un acto tan variado como individuos existimos. Y aunque cuando decidí ser madre lo hice sabiendo que era una hoja en blanco donde la experiencia podía ser elástica, diversa, «posible», sabiendo que puedo ser creativa con estos días, y que no siempre estaremos confinados, he tenido también que hacer una especie de duelo por la maternidad solitaria, al inicio, que nos ha tocado vivir.

Supongo que tener un hije tiene que ver por un lado, para mi, con replicarme en una versión mejor, dar una patada al futuro con algo más de biología y neuronas. Pero también tiene que ver con habitar el mundo como manada, y he extrañado poder visitar a la familia, o ser visitada por ella con la cría aún de brazos. Porque nuestra cría es una bebé totalmente de brazos, aunque hoy la espalda y el cuello lo padezcan. Me habría gustado que mi padre, hermano, mi suegros, mi cuñada pudieran abrazar a la bebé y que riéramos todos de las ternuras que vienen en pañales. Pero no fue así. La felicidad me llena, me derrito cada día, sonrío miles de veces con esta familia de brazos, pero también he tenido que aceptar que duele no poder compartir estos momentos. Tiene sus cosas «buenas», sí, el permiso de paternidad alargado de 5 días a ya casi seis meses. Eso es una suerte. Pero eso. También nos habita un pequeño duelo de no poder vivir la pater-maternidad en tribu.

Sin embargo, tengo que admitir que la impronta de mi maternidad, «hoja en blanco», me ha servido para poder recordar cada día que todo lo que me hace feliz suele gestarse en mi cabeza. Y sembar esas semillas depende, casi en su mayoría, de mi. Así me he dejado absorber por la lectura y eso me ha traído mucha paz. También, preguntas, y también, la sensación de que «no todo se ha detenido» con estos meses de exterogestación. Era algo que temía. Que los proyectos de escritura que no pude terminar por el embarazo tan duro, ya no tuvieran madeja de dónde tirar pasado el nacimiento.

Creo que antes no era consciente del efecto de la lectura en mi, porque pensaba que yo era como era, simplemente por suerte, por efectos azarosos. Los matices y los contrastes que he ido encontrando en otros espejos me muestran algo distinto. La lectura no es que me sirva sólo para escribir, porque es el primer trayecto que el cerebro recorre como en una bicicleta de subida: la escritura es poder ir de bajada de esa subida. Sirve para articular la mente, la realidad, dialogar de manera adulta y concreta conmigo misma. Bueno tampoco sé qué tan adulta. Yo creo que hasta estos meses soy consciente de lo que significó contar de niña con una biblioteca.

Lunes a medio día. La casa reluce su perfecto orden, producto de mi nueva neurosis de la limpieza. Esta semana me bebí «Quién quiere ser madre» de Silvia Nanclares, y seguí con los cuentos de Alice Lispector. Nanclares y su problema de infertilidad es obviamente un dulce fácil de chupar. Es deliciosa su prosa, escrita tan desde la piel y el coño. Lispector en cambio es un misterio indecente y desfachatado. Elegantemente desfachatado. Al principio su narrativa (estoy leyendo sus cuentos en orden cronológico de escritura) me asustó, me sentí «burlada», como si me hubieran metido a una habitación llena de espejos y me hubiesen dado vueltas para marearme. Dudé de la salud mental de la autora, pero me di cuenta de que su orden mental era un gusano invasor, (gusano de seda) me he dejado invadir al escribir, a veces, por ese orden de pensamiento a distintas voces, imparable. Y esas larguísimas frases, como las de Carpentier, o Joyce, o Proust, esos nudos deseo de comunicar que no se alcanzan, se estiran, se va el aliento, da igual, lo que les sostiene es el deseo no la realidad del aliento. Me enloquece Lispector, pero es un placer dejarse enloquecer.

Ahora tengo tres fuentes, o cuatro, de inspiración: uno, mis hormonas gracias a la lactancia son un coctel de placer, me concentro gracias a no sé qué -a los neurotransmisores de las hormonas. Dos: la pandemia es demencial y hoy me comunico con el mundo, principalmente por texto, lo disfruto y me asombra, mi deseo de soledad y silencio ademaś se ve cumplido con el distanciamiento obligatorio -del que me quejo, sí, bendita contradicción humana. Tres, tener una hija es una locura de amor. Punto. Cuatro: Harta de las series de Netflix, del río de Babel de las redes, los libros me reciben amorosos como una madre recibe a una hija descarriada. Hija mía, yo siempre he estado aquí, ven a mis brazos de páginas.

Gracias a eso puedo escribir, exprimiendo ratos, entre la teta, cocinar, el intento mediocre de no descuidar mi arreglo personal, y los quehaceres que compartimos en casa. Otra vez, las cosas se ordenan entorno a mis textitos. Decidí retomar el blog un poco por eso, porque lo extraño, no es gran cosa, pero era mi rincón del desahogo y la articulación de las cosas. Afortunadamente, a pesar de mi dispersión aguda, tengo a los demás seres en construcción ya en otros paréntesis: mi diario sigue recibiendo micro suspiros, y aquí, bueno, aquí un pequeño diálogo con ese indefinido pero deseoso «ustedes».

¿Novedades de la pandemia? Mi músculo de la amargura, bien fuerte, se ve movido aunque no quiera por la envidia que me causa quien -no necesita, pero puede salir porque se le da la gana y eso me muestra mi policía interna que ya estaba bien molesta por tantas fiestas -sin pandemia, patronales de las que estamos rodeados en esta pequeña ciudad. Santa provincia de las procesiones y las manitas juntas en postura de oración. No tengo idea de cuál sea el semáforo, no veo tantas noticias. Una parte de mi no quiere pensar en esto. Los cuetes suenan cerca y lejos, pasan allá afuera carretas jaladas por caballos llenas de flores para algún altar.

Yo aquí descalza, leyendo y escribiendo, me preparo para cocinar un arroz chino, o algo así, y miro con ilusión y honesta certeza de que tendré que postergar la costura, las montañas de telas y encajes que compró Z a la bebé. Coser, leer, escribir o pintar. Esto soy en el paréntesis de ser madre.

Pandemiology I

El domingo sabe a sábado. Tarareo por enésima vez la canción de baby shark en mi cabeza mientras cocino el pulpo para la comida. Pienso, por primera vez en la semana, en cosas adultas. Dos ideas, la primera, esta pandemia pone de manifiesto muchas cuestiones respecto a nuestras maneras de construir el amor y los vínculos hoy en día. Hoy de lejos, los amores no están naciendo como de costumbre. Pasada la pandemia, ¿cómo se va a enamorar el mundo?  Segunda idea: la pobreza moldea la neuroplasticidad cerebral. De repente hago click, no es que algunos no quieran respetar, necesariamente el confinamiento, en ese grupo están aquellos que no pueden, y aquellos para quienes planificar una cuarentena o comprender, interiorizar la gravedad del virus, es parte de esa larga lista de cosas para las cuales el cerebro simplemente ya no da. La pobreza cansa, ¿sabes? y me digo eso mientras sigo cocinando. El pulpo se ha puesto durito, mando uno de mis audios de la mañana. Mis amigas están ahí, aunque no las vea. Les echo de menos. Una me cuenta de su tránsito por el otro lado del mundo, otra de su vaivén entre las descubrimientos de la autopercepción corporal. Pienso en mi cuerpo, este que ahora es otro. Z baja con la bebé a ver si ya está el arroz. Cruzamos algunas palabras, mando audios, sirvo la comida, comemos, la bebé está tranquila. Milagro. Exprimo algunos momentos del día para seguir pensando. Puedo por ejemplo leer unas treinta páginas del libro del círculo de lectura. La lectura me ha salvado esta pandemia, Lispector, Kingsolver y los comentarios a su obra con mi ptra amiga al otro lado del mundo. Carpentier, Calvino. Algunas páginas de libros sobre crianza con apego. Respiro. La lectura es mi respiro. En ella están esas palabras a las que el embarazo empujó hacia afuera. Siento que este año, después de parir ha sido hermoso, solitario, una marea de maternidad y oxitocina, pero también de una monotonía cotidiana en la que seguramente me sentiría ahogada si no fuera por los momentos que en medio de la lactancia o el insomnio nocturno me permio leer a destajo. 

Leer a destajo. La lectura me ordena las ideas. Maternar los primeros meses es un viaje al pasado, a lo paleolítico donde no había palabras. Me reconozco en el posparto por mugidos, por susurros, por una guturalidad inesperada. He vuelto a ser tan animal mamífera como mi cría. Y de repente, regresar de esos silencios mentales, a través del barco de la literatura es un desahogo. Y un reapropiarse. De cierta forma parir es partirnos en trozos, y probablemente este volver a una misma que sucede poco a poco es una oportunidad para recomponernos. Ahora tiene más sentido que nunca ese «mi puerperio es mi renacer» que me grabé escrito cerca de la cama y que tuve tan presente los meses pasados. 

Aunque haya tenido que renacer en pandemia. No importa. Al parecer, sigo aquí. 

La bebé ha despertado. Después vuelvo.

P.D. No era pulpo, era calamar.

Llegamos a inicio de año, en plena pandemia, pleno brote post invierno, luego de un año de soledad. This is it. La casa silenciosa nos mira. Las mañanas llegan con el silencio, el de las vacas, de los tractores, de las nubes altas campestres. Y allá afuera, ahí, a unos pasos, al fin está el jardín. O la promesa de uno.

EL proceso parece sencillo, pensarlo, desearlo, sentirlo. Sí, pero el terreno está herido por la obra. Un cuervo me grita por la ventana mientras escribo esto y escucho un tango portugués. Toda felicidad produce lágrimas, o cómo dicen? La obra secó una parte del suelo. También lo dejó lleno de cementos, grava, clavos, hierros pequeños que están ahí, persistien, por más que intento limpiar la tierra siguen saliendo. Una cree que las cosas recién nacidas vienen nuevas, limpias, pero no es así.

Un día pensamos que había que poner árboles. Unos cuantos aquí y allá, uno especial, para ella, que crezcan juntos, aunque éste ya es más grande. Lo plantamos rápido. Fue una decisión estrepitosa, como si insertar un nuevo miembro a una persona pudiese decidirse una mañana antes de salir al ajetreo. Este brazo irá allí, en medio del estómago. No.

No lo pensé bien y cuando los jardineros se fueron lloré sin saber por qué. Lloré varias horas. Es sólo un árbol. No. No era solo eso.

Pienso en el jardín como en un espejo del alma. Una pensaría que hay momentos en los que desde fuera parece que se ha llegado a una cima. La maternidad me encontró así, me transforma rápido en otra persona. Parece que con ser madre y tener algunas cosas claras todo está ganado, luego de esa larga espera, odisea de la fertilización in vitro. Pero el jardín es un espejo y yo no había hecho aún jardín. De repente en una tarde me di cuenta de que mi suelo, mi piel, quien soy, se habia secado también con el trabajo de volverme madre. No escribí tanto en el embarazo, fue duro, más que lo normal. Estaba seca. Estoy. Me di cuenta de que no puedo planear mi propio jardín, esperar a que las lluvias lo hagan todo. Así que llegué a la terapia. Con un montón de nudos, capítulos inconclusos, fue una cosa obvia de anhelar sanidad, de reconocerme madre, pero no una que sonríe tanto como podría.

La tierra allá afuera sigue seca pero ya estoy haciendo la composta. Planeo lentamente. Y las cucharadas de miel son, una para ella, una para mi, una para él, otra para el jardín. No sé en qué orden.

Ser madre es actuar un poco. Actuar como si una fuese ya la adulta, es una escena obligada, «soy adulta, hija, porque eres mi hija». Y pareciera que una por ser adulta ya tendría que tenerlo todo figured out. Resuelto, claro. Pero no es así. Tengo una hija, y soy madre, pero de cierta manera también tengo que ser mi propia madre y eso me lo enseñó ella, al mirarme nutrirla, cuidarla, observarla, amarla. Pienso mucho en los paralelos, en mis seis meses, en sus seis meses. En mis primeros pasos, en los suyos, en la cantidad de besos que recibimos, en la salud de quienes nos dieron vida. El corazón de quienes nos dieron vida. Es imposible no preguntarnos, siendo madres, creo, si estamos bien. ¿Estoy bien para dar todo lo que ella necesita?

Hace poco leí en uno de mis viejos diarios un sueño que escribí, la había soñado. En un diario más viejo la había dibujado. Es decir, siempre la deseé. No tenía ninguna idea de lo que era, pero tuve razón al desearlo. De alguna manera, sin saberlo, deseaba una hija y con ella venía un reto gigantesco envuelto en besos y murmullitos, porque tener una hija es tener, mientras cuidamos del jardín propio, que abrirnos al mundo. Así como suena.

Prehistoria

Estamos en la cueva. Soy tu cueva. En la sala hay muchas personas vestidas de azul, me han doblado para ponerme la epidural, apenas si puedo moverme ya, soy una cueva pesada y dura, tengo un mar adentro. Ahí vives tú. Unos cuantos parpadeos despúes apareces, tienes una forma extraña. Yo he perdido ya las palabras hace meses, no sé cómo llamarte aunque ya tienes nombre.

Te sostengo en mis brazos y eres tan diminuta que yo me he vuelto, en ese momento de parpadeos adormecidos, otro ser diminuto que no distingue nada más que tu olor, tus ojos, tu peso. Ya solamente somos carne. Las palabras, descubro en esos primeros días, son nuestro intento humano por tocar lo divino. Porque hijita mía, yo creo que Dios no existe pero si existiera puedo decir que lo conozco porque lo hemos habitado en nuestra burbuja de dos.

Así sin nombres transito los días y te miro absorber el aire y la leche. Yo respiro también y me alimento. Las dos lloramos a la nueva vida. He vuelto a ser un primate, un homínido, qué palabra tan linda, que está dispuesto a morder y gruñir, y arroparte en una cueva nueva. Te huelo para saber si has cagado, y toco tu frente para estar tranquila. Nada me importa del mundo de allá afuera, ya somos solamente nosotras. Tengo que decir que hasta que no temí por tu vida y amé como nunca he amado, supe lo que era ser un chango. Eso soy contigo.

Los humanos que viven del otro lado de esa membrana que nos protege del exterior (tu padre que nos cuida), le llaman al momento que vivimos posparto. Cuarentena, es lo que dicen que requiere una humana chango para reponerse de la llegada de la cría.

Como un huracán que trajo cosas nuevas y se ha llevado otras, la maternidad se deja caer en la cama de repente. De repente hay esa cría olorosa a Dios, los responsables de su creación la miran en total veneración y uno de ellos, ella, está, estoy rota. Rota la panza en dos. Ya no se siente el peso turgente del vientre estriado. Los pechos han comenzado a cambiar, como adquiriendo vida propia.

Esto lo escribí a medio posparto, y lo dejé así porque empezaste a llorar y fui a darte de comer. Así es ser tu fuente de alimento y calor, yo habito un mundo que vive pausa tras pausa, hay poca diferencia entre el día y la noche. La noche le pertenece de especial forma a quien cuida de otr@s. O yo pertenezco a ella, somos lo mismo, una cosa desdibujada y húmeda, algo a lo que le hago un agujero con un dedo para abrir tejido, salir, ya tienes un año y meses, ya salgo de esa crisálida extraña, tan nuestra. Vuelvo a ser una yo.

πPero quién soy, ahora, yo?

La ciudad y las iglesias

Llegamos aquí a una casa blanca a finales de invierno. Esos días el Popocatépetl exalaba en medio de cielos limpios y naranjas, el viento soplaba ruidoso y las paredes estaban llenas de promesas. Era un oasis de calma y otra oportunidad de echar raíces, luz. Pero mi impresión primera no fue esa.

La primera vez que venimos llovía y nos resguardamos en un bosque rodeado de telescopios, en compañía de niños, vino y amigos. La charla era profunda, diversa, los amigos sencillos. Paseamos poco en la zona, me asomé apenas al mundo cercano, por eso la vez que la recorrimos buscando nuestra casa, ya sabiendo que nos mudaríamos aquí todo me pareció extraño y ajeno, raramente lejano, no es que estuviera físicamente lejos de mi origen. Pero era otra gente. Otras las formas.

Recuerdo mi primer visita al mercado, fui en bicicleta una mañana, al día siguiente de llegar con la mudanza. Todo se sentía pequeño, las calles, la banqueta, los puestos de verduras, el lugar para estacionar vehículos. El mercado era, sin embargo, extenso y diverso; flores en la entrada, muchos puestos, especias y olores a carnes, guisos de fondas, quesos, tortillas y sopes cociéndose en comales. Pollos muertos colgando junto a chorizos, verduras de colores y frutas dulces, secas, frescas o en almíbares, ropa, zapatos, telas, canastas y hierbas medicinales junto con veladoras y granos, todo mezclado en un pasillo que se volvía otro pasillo que desembocaba en arcos, o en pasajes bajo techos altos a través de los cuales se filtraba la luz por láminas de policarbonato, o tejas, o ambos.

Recuerdo la sensación de calor sobre las calles adoquinadas, rodeadas de paredes de colores, las palabras «pueblo mágico», me hacían sentir un poco ofuscada, tono tras tono, letreros, produciendo un incesante ruido visual. En los primeros días no reparé en la cantidad descomunal de iglesias. Iglesias azules con atrios frontales, amarillas rodeadas de conventos portentosos, la más importante que se sostiene sobre la pirámide, amarilla chillante, de cara al volcán, -el volcán que todo lo mira y a todos amenaza desde el inicio de los tiempos de los hombres. Iglesias con patios secos, patios con pasto. Colores en cada elemento arquitectónico. Colores en las banderitas de papel picado, en los adornos de plástico colgando entre postes de la luz. Puestos de flores en cada esquina. Bicicletas serpenteandon las calles chiquititas.

Llegué con una actitud que pudo ser mejor. Ahora lo pienso. Mirando todo como auténtico, oriundo, perteneciente. Todo eso que tenía su historia y sus raíces ante lo cual yo era la extraña, y él aún más: extranjero, y juntos: abrumados. Tan arraigadas las familias y sus costumbres, los barrios ordenados por las fiestas patronales, los tiempos marcados por el color de las parcelas, que son muchas y se intercalan como en un ajedrez de campo y pueblo, campo y pueblo, campo y pueblo. Y yo era ciudad. Era ciudad que sabía que su ritmo era imposible. Y que ese ritmo marcaba los ojos con que miraba este nuevo entorno. En las mañanas, antes de que saliera el sol, escuchábamos las campanas despertándonos, el párroco anunciando las bodas, la venta parroquial, un velorio, y luego olvidando ( o recordando) la impermanencia de la vida, invitaba con música de salsa a la fiesta patronal. Z y yo nos arremolinabamos en la cama sin querer salir al pequeño mundo, que era como una especie de cuadro de México petrificado en el tiempo. Queríamos paz, queríamos escala humana, pero no abrazamos con la misma alegría el pequeño salto en el tiempo hacia el pasado.

Los museos cercanos parecían erigirse orgullosos y veloces, precoces, como recordando un pasado rico en medio de concreto barato y acabados pretenciosos de nuevos ricos. Las edificaciones de adobe que conforman las antiguas casas y los arcos, los mercados, todo eso que compone el centro histórico se van volviendo casas casi prefabricadas de block y estilo minimalista adornado. Las fachadas de los nuevos pobladores parecen querer contar la historia de sus compras, un poco de mármol, un poco de cantera, una mezcla de azulejo, otro poco de eme de efe. Sobre fondos blancos, sobre pisos falsos, bajo techos que ya no son de madera y sobre pisos que no tienen ya, la necesidad de ser de barro. Dos ruidos distintos, pero con un alma en común secreta, la traición a la patria, afincada en sus formas. No pude conectar con el cemento, ni con las mezclas arenosas de las pirámides. Menos con el tinte de cal roído en las paredes de las viejas iglesias. Conforme pasaron los meses me replegué al quehacer del estudio vacío y el alma vacía y por las tardes, después de horas de búsqueda y preguntas, desesperada y a veces refugiada en el vino, descansaba del cuadro en proceso, o del tiradero de lienzos, papeles y pinturas y me asomaba desde la terraza a la calle.

Lo hacía más al inicio, en carnavales, asomarme a ver la procesión, la comparsa, que se anunciaba con cuetes e instrumentos de viento desde varias cuadras atrás. Cada iglesia organiza su cuadra, lanza colores a deambular festivos a las calles. Las escuelas participan también del convite. Escuelas, iglesias, fiestas. Todo revuelto. Dicen que los trajes de los huehues son interesantes. Dicen de hecho que todo esto es interesante sin embargo, me ha costado poner los pies en esta tierra.

La enfermedad no ayuda, la superada infertilidad, y la sorpresa de que existen más barreras de las que yo pensaba entre las personas. Pero muy lentamente, realmente más lento de lo que yo esperaba incluso que sucediera esta lentitud deseada, fuimos hallando ecos, amigos, aliados extraños.

Las amistades se organizan como las verduras cuando flotan en el caldo de pollo hirviendo. Uno tira la papa, el chayote, la zanahoria juntos pero al hervir estos se agrupan por equipos. Aquí es igual. Intentamos mezclarnos, asistimos a alguna feria de la zona, al mole de un santo, al mercado de trueque, allí Cholula era la real, el festejo solemne o informal, hablamos de lo más general, lo menos polémico.

Pero poco a poco saltaban las cosas, como aceite caliente. Una niña sirviendo la comida a la hora del colegio. Por qué no va a la escuela? Otra niña que no sabía leer, sin apoyo alguno, niñas embarazadas, mujeres golpeadas. La cabeza se me llena de preguntas cuando observo las cosas sencillas de esta zona de México.

Las estaciones avanzan, los campos cambian su cosecha, en primavera se ve los campos mudar, quienes trabajan se apuran a alistar todo. En verano ya es tiempo de chiles en nogada, en lo que va del año los campos de flores han alimentado el fervor de los cientos de altares que dominan la tierra. Mujeres ancianas con la espada encorvada con la cosecha de sus parcelas a cuestas, enormes sacos llenos de durazno, manzana, aguacate criollo, flor de calabaza, se persinan en frente de las puertas de iglesia, de las imágenes en las esquinas de las calles, apenas pueden enderezar un poco el cuello unos segundos y vuelven a su postura de años, se agachan, retoman el andar, entregado ya el tributo de obediencia y aceptación sumisa, su día extenuante sigue sin pausa.

Continuará…

Pandemia, una pausa obligada para cultivar ternura

Pensé que cuando finalmente pudiera venir a escribir al blog después del nacimiento de mi hija sería uno de esos momentos de vinito, silencio e inspiración como los que tuve cuando escribí todos los posts pasados.

Pero resulta que son las 6:30 pm, estoy muerta de calor, tuve que correr a la cocina por helado (mi salvador en el posparto primaveral) y dejar encargada a la bebé con mi madre. Tengo los pechos hinchados y me he tenido que poner audìfonos, madre cruel, para no escuchar el llanto esporádico que hace que se me empape la blusa. Esto es la primavera, la de la vida, la del 2020, y la de la pandemia. Una pandemia que aquí en casa no se siente a menos que encienda la TV, ya que paso la mayor parte del día amamantando y corriendo a comer, corriendo al baño, corriendo a la ducha. Apurando el cuerpo para poder atender a la cría.

En estos días, ya pasada mi cuarentena y bien entrada en la global, pienso mucho en que por primera vez desde la instauración ruda del mundo globalizado tenemos un tiempo para habitar la casa de una manera distinta. Distinta desde los afectos, desde las rutinas. Y distinta desde las hormonas y los ciclos fisiològicos que son nuestro motor.

¿Puede ser la cuarentena un momento en el que se pueda gestar otra forma de maternar y paternar? ¿Y si una de las claves para superar el orden patriarcal que tanto nos queja estuviera en vivir más lento y hacer espacio para la ternura? ¿Qué tiene que ver la biología en esto?

En estas pasadas semanas nos he visto a mi esposo y a mi responder a las necesidades de un diminuto ser totalmente dependiente. En mi esas necesidades se viven en lo inmediato del instinto, ella llora: yo produzco leche. Ella hace la labor de parto: yo produzco ternura. La ternura, eso que se siente cuando ves algo pequeñito que requiere amor, se parece, o es lo mismo, que lo que produjo mi cuerpo cuando tuve esas contracciones durante 24 horas. Luego contaré la historia de nuestro parto, pero por ahora quiero hablar de esa hormona que aparece poco a poco en potentes y al mismo tiempo ligeras fluctuaciones en el torrente sanguíneo. Se produce en la neurohipófisis y ella es la responsable de que el útero se contraiga rìtmicamente. Y más adelante la misma hormona se encarga de ayudar a producir la leche materna. En mi la oxitocina estuvo presente desde el embarazo y el parto, y sigue conmigo en la lactancia. Ella habita también los instantes del orgasmo humano, la empatía, y los vínculos afectivos.

Yo vivo esa oxitocina sin pensarlo, mi cuerpo la usa como combustible del amor. Pero mi pareja también la vive y ella le mueve de otras, o no sé si las mismas maneras. Estas semanas de puerperio, aunque ya estábamos enamorados de la cría desde antes de traerla a este plano, nos volvimos a enamorar pero de otras formas. Desde el cansancio, la preocupación, la sensibilidad a flor de piel, el miedo, la vulnerabilidad extrema que se experimenta cuando tienes delante de ti una vida extremadamente vulnerable. Ese nuevo amor es compartido. Es complejo el puerperio, en el parto nacen tres personas: el bebé, una mujer que se vuelve madre y en neustro caso un hombre que se vuelve padre. Salimos del hospital siendo otros, y en los días siguientes lo comprobamos.

Desde la experiencia de ver a mi pareja aprender a ser padre, descubrirse en esos caudales nuevos de ternura, he pensado en cuánto necesita la humanidad que abramos camino a la ternura masculina. Nunca voy a olvidar la cara de él al ver la cabecita de nuestra hija asomarse encima de la cama del quirófano. Pensarlo me hace tener los pechos llenos de leche. Ese pensamiento me evoca a la hija, me evoca a mi como madre temerosa y rabiosa, y a él como un ser humano profundo y expandido.

Los hombres también producen oxitocina. (Prometo venir a citar todas las fuentes de lo que digo luego) Y esta oxitocina es responsable de ayudar a construir su vínculo con un hij@. ¿Cómo se produce esa oxitocina? En la convivencia. Oliendo a la cría. Escuchándola llorar, viendo cómo va abriendo sus ojos y aprendiendo a vivir en su nuevo cuerpo. El vínculo paterno se construye paternando. Y no sólo eso. También les ayuda a crear nuevas conexiones neuronales y a ser más tiernos, a ser más empáticos en general.

Yo vivo en un país donde el índice de hogares abandonados por el padre es altísimo. Y cuando hablo con amigas de otros países, el modelo de paternidad en el que el hombre participa en la crianza es bastante nuevo. Y aquí viene mi reflexión general que produce este post.

Si la oxitocina es responsable de hacernos mejores seres humanos, y un momento cúspide en el que tenemos acceso a grandes cantidades de ella es el puerperio o la llegada de un hij@, y socialmente le arrebatamos a los hombres este momento, con esta idea patriarcal de que los cuidados y la ternura son inherentes a lo femenino, estamos perdiendo una oportunidad tremenda de cambiar el mundo.

Pero tener un hijo no es la única manera de producir oxitocina. Los cuidados también tienen que ver con su generación. O dejar que ocurra la ternura.

En esto el ámbito doméstico es básico. No es por nada que en el hogar follemos, en el hogar nos nutrimos, ahí convivimos con nuestra familia, anidamos. El ámbito doméstico ha sido delegado al «quehacer» femenino, y todo lo que surge de él se ve como insulso y poco relevante comparado con otros ámbitos de la vida. Sin embargo es en casa donde ocurre el abrazo que nos alimenta cuando recién nacidos. Ahí aprendemos a nombrar a la madre, y con ello a ser amos narradores de nuestros vínculos con el mundo.

Cocinar es un acto de amor, lo sabemos muchos que amamos cocinar, aunque lo hagamos mal, para los que queremos.

Ahora mismo mi hija llora y sé que sólo puedo calmarla yo, con el poder sacrosanto de mi teta. Sé que cuando la alimento no sólo le doy leche sino amor. Le doy confianza, de que voy a sostenerla y a cuidarla. Estar para ella. El hogar es vínculo y nutrición. Desde fuera los líderes y quienes se supone que toman las grandes decisiones ven el otro lado de la puerta de casa como un territorio básico en el sentido de lo simple. Es sólo una mesa, es sólo una cama, es sólo la cocina. Es sólo la labor de una mujer que alimenta a quien sale al mundo a producir la vida pública.

Y hoy estamos aquí, confinados, algunos con sus gatos, otros con sus roomies, otros con sus amigos, o sus soledades, otros con familia, querida o no. Ante la amenaza del virus invisible, estamos anidados en un útero que en lo cotidiano sólo visitamos. Pero nos sostiene igual. Es un escenario para la ternura si lo queremos, o si sabemos verlo. Es un nido productor de oxitocina.

Y ahora que además tenemos que vivir lento, que nos obliga este confinamiento a vivenciarnos a nosotros mismos, podríamos pensar en cuántas veces en la vida tenemos oportunidad de asumirnos actores de la ternura. Portadores de un guión distinto. Los afectos nos mueven para mover al mundo. Hoy va rápido, va feroz contando los billetes y sin mirar lo pequeño. Eso no tiene mucho futuro, nuestros organismos colapsarán bajo esa lógica. Pero tal vez podamos salvar un terrenito de suavidad hacia nosotras mismas, hacia los objetos que nos rodean, y hacia el resto del mundo.

¿Cuántas veces tenemos oportunidad de hacer espacio para que lo vital tenga lugar?

Cuando las dinámicas sociales confinaron al género masculino al mundo exterior lo empujaron hacia un mundo sin oxitocina. Y el mundo externo, construido por un patriarcado, diseñado a su medida, ya no puede más. Ojalá esta pandemia podamos paternar y maternar nuevas humanidades. O al menos salvar los pedacitos de humanidad que quedan. Nuestros cuerpos tienen la capacidad molecular, biológica de vivir el amor, la dicha y la ternura, hay que ir a buscar esas formas, y recuperarlas. Mi próximo post será sobre eso.

Podríamos hablar de lo que la velocidad hace con nuestros cuerpos. De lo que el capitalismo hace de las ciudades que nos determinan. Y cómo el patriarcado nos dibuja destinos prefabricados. Pero mejor les mando mi cariño. Gracias por leer, como siempre.

Me voy a lactar.

¡Regresé al blog!

Pintarse un picaporte

Para salir de las habitaciones que ya no significan, y entrar a otras vacías y ver que el blanco es una invitación, más que una amenaza. Pintar un picaporte chiquito para descubrir el poder del pincel y de los dedos. Crear lo que sea, para que lo creado sea camino por donde una pueda transitar.

Dejé de escribir aquí porque empecé a escribir en otra parte, de otra forma. La vida, los cambios en el cuerpo y en la geografía y mis lecturas se dieron un vuelco adentro mío. De repente ya no podía escribir más que lo privado íntimo del diario y la novela. Pero comunicar hacia afuera se volvió imposible. La vida lenta y profunda, tranquila que quería, trajo antes que la creatividad una especie de purga y recomposición de mi manera de ver el mundo, que había cambiado tanto para estas fechas hace un año, que ya tampoco me reconocía yo misma. Las cosas que pensaba que quería dejaron de brillar. Mis objetivos desaparecieron, mi lugar en el mundo se tranformó, de querer cambiarlo todo y cuestionar sin descanso a solamente buscar lo verdadero, lo vital. Y lo vital no necesariamente era eso que yo consideraba importante. Suena a una situación de crisis filosófica cualquiera pero fue bastante doloroso. De pronto vivía en una nueva casa, en un nuevo pueblo, a un nuevo ritmo, y al mismo tiempo luchaba contra la endometriosis y me enfrentaba a la recién diagnosticada infertilidad. Crisis de identidad al 100%.

Era como si hubiera perdido contacto conmigo misma. Y las cosas que me causaban placer ya estaban distantes, me causaban pereza. El arte, la música, los viajes. La escritura. Era como vivir adormilada, perdí todo contacto con la serotonina, o la endorfina, la oxitocina, no sé. Escribía con mucha dificultad en mi diario tratando de desentrañar cuál era el problema de mi actitud, (era fisiológico pero lo supe mucho después) y en mis entradas del diario había pistas, que tenía que buscar los pequeños placeres, recobrar el «espacio interior», que recordaba haber conocido en la adolescencia y en mis momentos de poderosos ‘insights’, pero parecía una tarea imposible. Se traba de momentos que no sabía si estaba idealizando, y que pertenecían a otra época. Cuando pasaba madrugadas enteras pintando, escribiendo, escuchando radio y bailando en mi habitación de adolescente. Pero yo sabía que yo estaba ahí, y empecé a buscarme.

Fui encontrando poco a poco cosas de las que agarrarme. Piezas de música. Películas. Libros. Ensayos. Saqué y ordené mis pinturas y compré unos lienzos sin saber qué hacer con ellos aún. Si no podía pintar en mis blocs de dibujo, algo mínimo, pensé que no iba a poder pintar nada más. En este punto tenía cero confianza en mi misma. Una voz interior de juicio me decía que era tarde para empezar, que estaba abandonando otras cosas, y estaba siendo egoísta al buscar belleza «estando el mundo como está». Entonces recordé a Seraphine de Senlis, había leído un libro sobre ella hacía años, una pintora naïve francesa de principios del siglo pasado. Autodidacta y sencilla. Sus cuadros recordaban una especie de magia sagrada de la naturaleza, estaba loca y pensaba que los ángeles le hablaban. Yo no creo en los ángeles pero sí creo en las experiencias cercanas a lo divino. La soledad en una montaña, el viento en el rostro una mañana. La hierba. Cosas que nos acercan a nuestro propio centro de silencio. Copié uno de sus cuadros y sentí placer al mojar los pinceles con pintura. Pude otra vez, callar mi cabeza y sólo seguir el trazo, y entrar al estado medio hipnótico meditativo de la experiencia táctil. No era mi pintura pero era como hablar con Seraphine, por decirlo de alguna manera. Traté de imaginar lo que ella sentía al pintar esas flores amarillas en un fondo oscuro. Y ahí no encontré razón, ni técnica. encontré un pacífico y vasto vacío.

No me considero a mi misma una pintora, o una artista. No poseo técnicas, ni domino nada. En ningun área de la vida. Y no es que reniegue de ellas sino que a mi cerebro le cuesta mucho trabajo concentrarse para aprender siguiendo reglas. Siento ansiedad al tener que completar procesos de tareas. Podría decir que una se acostumbra a vivir así, pero en realidad es muy, muy cansado. Así que ésta vez, antes de enfrentarme al siguiente lienzo en blanco me propuse estudiar como fuera, yo sola, algo de composición y color. Tan torpe e intuitivamente como pude. Empecé a ver con detenimiento obras que me gustaban. Sus líneas, su tipo de trazo. El orden de sus elementos. Los focos que atraían la atención. Empecé a dibujar cualquier cosa que tenía en casa, y a mirar distinto. Mirar las imágenes de la fotografía de las películas, la luz sobre las cosas.

Cuando he dado talleres sobre plantas o huertos me gusta decir que debemos aprender a mirar las plantas, su color, leer su sed en las hojas, la enfermedad en los tallos, la humedad de la tierra. Se puede saber mucho de una planta por cómo se la ve. Y transformar los datos visuales en la imaginación de una sensación. Conectarnos con las plantas o un paisaje se puede volver toda una experiencia sensorial si sabemos mirar y empatizar. Sentir la sequía, la humedad, la fuerza de una raíz viva resistiendo debajo de la tierra. Así empecé a mirar las pinturas.

Y no lo sabía pero sin querer escribí una especie de historia con los primeros cuadros que pinté derivados de la sola observación. Un visitante, como un ser que se asoma por un agujero de la realidad y lo transforma todo:

Un descenso de ese ser a lo profundo:

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Una casa vista desde lo lejos, movida por el viento:

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Y así fui pintando sobre el caos, casi veinte cuadros, en días en los que estaba tan cansada que apenas si podía levantar los brazos, o tan desanimada que no quería ni hacerme de comer. Pero la casa se fue llenando de colores y eso me animaba a seguir pintando, solamente para poner color en mis días. O para ver qué pasaba conmigo al pintar. Pude encontrar el «espacio interior» de nuevo, y sus efectos llegaron a mi escritura.

Son muchas las cosas que pasan por la cabeza cuando se está pintando observando hacia adentro de una. Recuerdo darme cuenta muchas veces del miedo a «ensuciar», o a manchar, o a equivocarme. Y decirme con algo de risa, «pero si nadie me está viendo ¿a qué le tengo miedo?» Vi que la mayor parte de las veces somos nuestro peor juez. O a veces no me atrevía a algo por sentir que se me acabaría el material. Cosas que me remitían al kinder, a la escuela. Y así descurbí que no siempre me dejo sentir placer en lo que hago, porque me pierdo en el falso foco del objetivo final y temo de cada paso y cada pequeña decisión. No estoy contenta con todas las pinturas del proceso, pero todas forman parte del camino. El ser que pintaba cobró forma humana, encontró una casa. Adivinen: era yo. Y su casa era el espacio colorido que había construido sin darme cuenta.

Después de esto cambié mi paleta de color por algo más luminoso. Y poco después, cuando decidí que quería más luz en todas partes y los colores fuertes ya habían dicho lo que tenían que decir, empecé a usar tonos pastel, para ella, que antes de que llegara a mi vientre ya había traído luz nuestra casa. Así también sin pensarlo empecé a pintar cosas para niños, bebés, y pinté a la que ahora es mi hija a punto de nacer.

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Todavía era un ser de pocos gramos al pintarle:

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Aún tengo muchos miedos y dudas al ponerme a pintar. La parte de mi casi depresión que dependía de la salud está cubierta, «bajo control», o «fluyendo», ¿qué sé yo? sigo trabajando por mantener sana la que depende de mi y de mis recursos creativos. Ya no siento que mi espacio interior sea de difícil acceso. He aprendido que no se llega a él en minutos, sino a veces en horas de trabajo y estudio previo, y que no siempre lo que uno llega a encontrarse al trabajar es agradable, pero todo es importante y parte de un proceso mayor. La batalla contra el miedo al error sigue aquí. Pero creo que la mayor victoria de esta etapa es haber descubierto que el miedo es mucho más grande que aquello a lo que uno teme. Y que así como el ojo se instruye el placer se construye. No afuera con las cosas que llegan, sino desde adentro, con la capacidad de construirnos sensaciones, referencias, experiencias a las que acudir para significar las cosas. Tenemos un órgano, seguramente, que percibe y compone los placeres sublimes. Lo vital. No sé dónde está, pero se puede ejercitar. Con los sentidos, con las ideas, y el deseo latente. Un órgano picaporte hacia otra parte.

Pueden ver algo de la serie de pinturas aquí: http://isadorabonilla.com.mx/

Nubes desde lo lento

Marzo 2018  (hay una playlist aquí)

Con mis manos moviéndose sobre este teclado ignoro el sonido estrepitoso de las ventanas que agita el viento de la tarde.

Es miércoles, hace sol. Un sol que es quieto, y que siento que me mira, en lugar de quemar, como hace el sol de la ciudad. Aquí el sol observa, se deja caer. Lo siento en las mañanas en la pista de rack, asomándose gentil por entre las nubes que tienen en esta época del año tanta personalidad. Un mar de esponjas grises que flotan. No se mezclan, se quedan las claras ligeras encima de las otras, las oscuras, pesadas, a punto de caer como lluvia, como mis pechos llenos de hormonas.

En tardes como ésta, la luz se pone detrás del volcán. Es un atardecer nuevo para nosotros. Ver el sol entrar en el cráter: los terrenos sembrados, ya verdes, con maíz que todavía no es maíz, están húmedos y parece que reverberan. Todo es un satélite para la lava que está esperando salir un día.

No sale. Sólo se ve el humo haciendo formas que se parecen entre sí, o se interrogan. Las nubes en forma de signo de interrogación me hacen escribirme a mi misma muchas preguntas, con su voz de ceniza. Porque el Popocatépetl parece una persona. Silenciosa, que ignora sabio los ritos extraños que se hacen en sus faldas. Que mira las cosas como miramos los pequeños bichos minúsculos pasar por enfrente e irse y desaparecer para no ser recordados nunca. Sus instantes son eternidades para nosotros. Cuando llegamos y lo vi, frente a la casa, negro y enorme haciendo una sombra sobre el cielo rosa, le dije que yo no importaba. Que no lo molestaría.

Antecedernos. Sobrevivirnos. Jamás recordarnos. Algunas veces padecernos.

Es lo que hacen las montañas. El humo sale y veo las cosas sucederse. Las historias. Las vínculos roídos, las semillas explotando en silencio.

El ritmo que no es de las ciudades es más nítido. En un pueblo mediano la velocidad es menor a la de la ciudad. La danza es lenta. La hora de la comida. Los plazos de entrega de las cosas. Los tiempos de mi cuerpo. Largo.

Largas zambullidas.

Más tiempo para ver en el espejo, pero ignorarlo. Ignorar las elecciones. Ignorar la grosera fuerza que opera en las personas, nos hace creer cosas, decirlas. Ignorar la fealdad. Desear no haber aprendido a verla.

He pintado de blanco muchos muebles y sin querer dejé que hubiera todavía más luz en casa.

Una pila de escritos me mira amenazante.

El paraíso de un escritor es poder ser capaz de diseñar el propio infierno porque así se pueden diseñar también sus salidas secretas.

Septiembre 2018

Las ciudades-pueblo, o ciudades pequeñas, o pueblos grandes son un buen sitio para sanar.

Empecé esta entrada del blog hace unos tres meses pero lo dejé guardado junto con todos los borradores que he guardado para mi misma. Con los meses las parcelas de este pueblo se han vuelto muy altas y verdes. También los terrenos que no son cultivados se llenan de quelites y hierbas largas. La ciudad está llena de iglesias que son administradas por mayordomías, y aunque por fuera habitamos la fecha que dicen los periódicos, el sonido de los fuegos artificiales, las bandas de música para los santos y las comidas comunitarias de los barrios que lo celebran me hacen sentir que vivimos en un lugar alejado del presente. Hay una idea de que lo que es sagrado está en todas las colonias, junto con lo portentoso de eso que erigieron otros encima de los grandes basamentos.

A veces cuando atravieso las calles de adoquines tengo presente que muy seguramente estoy recorriendo una capa que cubre basamentos. Y esa palabra me retumba por dentro como vibración entre piedras profundas y musgosas. Pero ando arriba.

El pasado sagrado retumba también en las cosas como si se hubiera tirado de un hilo de intuiciones místicas, antes de España, que se manchó de rojo, que se volvió tejido de otras mantas para los santos, otro Dios, pero al final es el mismo hilo que hasta hoy está presente en las decenas de festividades y los domingos vuela encima de una plaza nueva no muy hermosa.

Aquí mucha gente anda en bicicletas, familias enteras caben en una sola y van sin prisa a medio día a recoger a los niños a la escuela, con el bebé nuevo a cuestas y dos niñas en los tubos, con sus mochilas y uniformes. Los mercados se llenan de gente que ha traído los últimos frutos de sus tierras para venderlos. Señoras con frijoles, habas, guisantes secos. Hierbas, frutas, verduras, hojas que sirven para algo. Manzanilla, y otras flores secretas.

El día que fui al mercado la primera vez sola, desde que llegamos, fui a saludar a las hierberas en silencio. El paseo entre los miles de productos distintos se ha vuelto una tradición íntima, los visito, les hablo, me llevo sus tesoros, me dan lo último que cosecharon. Tlacoyos todavía calientitos en un papel de estrasa. Quelites con su mata de raíces, para el niño, me dicen.

Hace un tiempo volví a la ciudad de México y cuando pisé el cemento de la banqueta sentí cómo la prisa se me metía como un frío doloroso en las piernas. Caminé rápido, disfruté ser un pececito en un cardúmen de nuevo, casi sin nombre ni cultura, sólo moviéndome, esquivando, saltando, adelantándome al que delante va lento. Eso hice muchos años, eso soy. Padecí su cotidianidad, pero la prisa dejó de habitarme hace un tiempo ya. Todo lo que fui dejó de ser. O se durmió. En su lugar aparecieron campos áridos, sin hierba, sin nada. De ahí ha habido que re construir cultivos de palabras.

O no sé.

La prisa de la ciudad que me hizo ser quien soy sigue ahí, los habitantes de ese cardúmen gigantesco son habitados a su vez por ese espíritu veloz. Que se devora las cosas antes de que se den si quiera cuenta. Mis visitas breves son un cúmulo de estímulos. Tantas personas, ruido, sentires. Porque siempre sentí lo que los otros, pensando que cerrando el corazón éste se me encogería y me volvería un zombie más, lo mantuve despierto y abierto. Hasta que me cansé y se me metió en las tripas la prisa, la tristeza, el desánimo. Fue el costo de mantenerme según yo, sensible. Sentir lo que el mendigo, el niño hambriento, la prostituta, los trabajadores cotidianos que viven en el transporte y se comen su torta en el asiento del pesero. La fuerza de quienes atienden las fondas, los puestos de comida. Los que venden tamales en las bicicletas. Toda esa energía de esos sobrevivientes que son quienes hacen que la ciudad de México sea lo que es, traté de inyectármela en los zapatos. Fui muchas personas distintas. Me puse máscaras de otros, palabras, tratando de entender.

Cuando salí de ahí me di cuenta de que el ejercicio de la empatía se había instalado como una inercia ciega hacia la fuga de mi misma. Sí, Lévinas, soy lo que los otros han hecho de mi, y lo que he hecho con lo que me han nombrado. Pero era tan cansado que tenía que hacerme fotografías todo el tiempo para ver si detrás de todas esas máscaras veloces había rastros de mi que fueran solamente míos. En ese ir y venir de rostros y sensaciones, esa velocidad de movimiento de gestos, dejé de ver mi cara y mis deseos propios.

Si te quedas quieto y respiras te das cuenta de que no siempre puedes hablar contigo mismo fácilmente al instante. Hay que remover los pedazos de otros equipajes y ropas, y ese ruido. Deseé la lentitud muy profundamente, y cuando llegó no supe del todo qué hacer con ella. ¿Quién demonios soy? Ya no vivo en ese cardúmen, ya me he bajado del tren, ya veo las cosas menos borrosas, pero tampoco ya me reconozco.

Poco a poco el ciclo que ha hecho que las lluvias se vuelvan huertas floridas me trajo sentidos también. La habitación del ciclo. Y sentir aunque no fuera siempre placentero el ciclo de mi cuerpo, el diagnóstico que acepté en un principio de endometriosis se desdibujó, dudé de él, y de pronto esa duda desdibujó las lesiones del cuerpo. Ya no están. La lentitud y el huerto me han traído una paz que antes solamente intuía.

Era cierto. Todo eso que pensaba era cierto.

Siempre pensaré en la ciudad de México como un lugar de prueba. Como una madre demente que enseña a sobrevivir, a recuperarse, tener sangre podrida en las venas y hacerse uno mismo una sangría todos los días para ser. Siento como si la muerte nos tuviera de la mano desde que nacemos, cuando nacemos y crecemos en la ciudad de México, porque es un sitio imposible y sin futuros. Las ciudades son modelos sin futuros.

Siempre lo diré.

Tal vez la ventaja de vivir en ellas es que podemos tener conciencia del infierno. Que ya sabemos lo que hay debajo, por eso celebramos la vida descarnada y construimos tsompantlis. Venir de ahí y ya no habitarla otorga una calma melancólica.

Y salir de ahí es poder re escribirse un paraíso.

15 de octubre de 2018

Nueve meses después de haber salido de la ciudad monstruo, me di cuenta de que apenas estaba habitando mi propio espacio. Había que parirme de nuevo, y volverme mi propia madre. Limpié el estudio, una, otra vez. Construí una madriguera.

5 de noviembre de 2018

He sido la Ciudad de México desde muy pequeña. Hoy la pienso y puedo reproducirla perfectamente en mi cabeza. La música estruendosa de los peseros, el calor desagradable de la multitud del metro Pantitlán de las 7 de la noche un lunes. El olor de las calles cercanas al CNA. La sensación de los bloques de banqueta desgastados y levantados por las raíces de los árboles de Coyoacán. El exterior de todas mis antiguas casas. Dolores. Sabores. Placeres. Todo eso. Hago largas listas de cosas que hice y que pasaron. Cuando dejé de vivir allá ya no necesité «hacer sentido» de las cosas, ni comunicarlas, dejé de escribir aquí. Despegué la atención de las interlocuciones innecesarias, y mantuve sólo las nutritivas, sólo las amorosas, sólo las honestas, las que evocan, producen, abrazan. El vacío aparente con el que me encontré al dejar la ciudad se volvió a llenar de vínculos más duraderos y estancias largas, largas cartas, mensajes más complejos, amores, amores de todo tipo y forma. Con una ternura extraña me he dado cuenta de que he sido todo este tiempo una respuesta a la ciudad, como si hubiese estado siempre dialogando con ella, intercambiando ideas, experiencias. Ella me abrazaba y me pateaba. Todo eso que leí, y escribí, y deseée y sembré era por, y desde ella.

Cuando huimos de ella, yo ya no tuve más a dónde huir. Mi estudio construido con memorias y nuevos sueños es mi nuevo útero, desde donde he parido algo que surge de un nuevo tipo de diálogo. No quiero sólo ser una respuesta al mundo, un proyecto que resuelva, algo que llene un hueco. Quiero decir cosas, aunque nadie las escuche o aunque nadie las vea.

Si somos seres dialógicos, somos lo que conseguimos pronunciar frente a este mundo. Las pausas que provocamos, los espacios de escucha, nuestro tono. Cuando me alejé del ruido me di cuenta de que todavía tenía adentro el bullicio y lo traje a casa, al estudio, no he podido callarlo, y no sé si deba. De mi deseo de volverlo música ha nacido el descubrimiento de que tengo otra ciudad adentro, una ciudad jardín, como la que soñaba.

¿Qué sonido hacemos al habitar?

El murmullo (life after Facebook)

Dejé esa isla hace unos días.  Fui un gusano de Facebook. Creé, junto con muchas personas, muchos proyectos. Subí miles de mis fotografías. Me compartí. Me auto edité. Me sobre expuse. Una mañana, a medio mensaje que después borré, sentí que mi vida ya no me pertenecía si la publicaba.

Mi caso claro, era un caso de sobre exposición y protagonismo. Desarrollé en mi vientre, movida por mi deseo de cambiar el mundo, y trabajar en medios de comunicación, una especie de monstruo que se alimentaba de noticias. Saber parecía poder.

Un mensaje de hambre, un mensaje de saludo, memes, noticias alarmantes, una detrás de otra, información alarmante inconexa, información alarmante concatenante. Unas veinte noticias de todo el mundo cada mañana que prometían ayudarme a comprender mi entorno, ese que quería transformar.

Creemos que leemos la realidad. Y podemos decir cosas como: tengo un mapa de México, dibujado según el tipo de público al que nos dirigimos y que retroalimenta nuestra línea de información. Pero la información, al riqueza, la cultura, corre siempre por los mismos circuitos. Nos pensamos plurales, creemos que un mensaje llegará a cualquier lector. Pero una estudiante leerá ciertas cosas, un académico otras, una madre otras. Cada uno compartirá a su vez la información que considere valiosa para su público. Hacemos ediciones de lo que comunicamos todo el tiempo. Nos autoeditamos. Apretamos las arterias por las que pasa nuestra comprensión del universo, de una mente a otra.

En las redes sociales nos diseñamos una imagen frente al mundo, si en la vida real esto sucede de forma más sutil y con matices, en el mundo virtual la conciencia del público que nos recibe es mayor. Sabemos el impacto que causará en nuestros lectores, cada pequeña cosa que decimos. ¿Lo sabemos? Sabemos del impacto en términos pequeños, pero, en términos generales, no sé. Creo que «los ellos» saben más de nosotros.

Un día las voces se callaron. El mundo y su murmullo. El murmullo interno que nos conforma. El ruido.

El ruido que nos nombra.

Somos esas voces que no cesan, las voces de otros han habitado nuestra mente desde que aprendimos el lenguaje y  aprendimos a construirnos a partir de él. Las voces de otros siempre han estado ahí, aunque tengamos memoria selectiva y aspiraciones. Pero nunca antes habían estado tanto, adentro de nosotros, casi adentro de nuestras venas, como hoy.

Me levanto una mañana, hago café, pienso, con la imagen en la mente de la pantalla de recepción de mensaje para ser publicado de facebook: inserte aquí cualquier frase para compartir lo importante que es para mi el café de la mañana. Busco ser leída.

Sí, siempre lo quise, pero no así. No era así. No era eso lo que quería decir, -me recuerdo a mi misma mientras me sirvo el café.

La experiencia ahora se compone de, además de las sensaciones, la cociencia de las aparentes posibilidades que se abren ante mi si comunico esto que pienso o hago. ¿Qué sentido tiene? Conseguir algunos likes. Para existir ahí. Pero ¿para qué?. Para que cuando me busquen y visiten mi perfil como yo hago con otros, confirmen que existo. Así como yo pienso que si extraño a alguien y miro su perfil, la pantalla en mis pupilas es una parte de esa persona. Les recuerdo que mi caso con Facebook es severo. Era fulminante. Un Facebook fulminante, enceguecedor. Yo no dosifico.

La confirmaciòn de lo que soy a partir de lo que comparto.

Cuando alguien entre a mi muro verá esto. Pensará aquello. Y esto quiero que vea y esto quiero que piense. No sé si es mentira, si nos autoeditamos realmente todo el tiempo. Es obvio porque aprendemos rápido los lenguajes que usamos cuando esculpimos algo virtualmente, y detrás de ellos las voluntades, también aprendemos a leerlas.

Quejas, hábitos cotidianos, ideas, opiniones, fotos de comida, información que no quería tener. Dejo el móvil, hago otras cosas pero el ruido y las imágenes siguen ahí, mezclándose. Pero sigo ahí, aunque me sienta borracha de voces tan ajenas o tan cercanas, llenándome la cabeza de cosas que parecen relevantes, valiosas, conocer las noticias, conocer lo que pasa. Eso nos «empodera», o nos hace sentir simplemente más inútiles, avasallados por la cantidad de problemas que tendríamos que estar resolviendo.

Parece que será útil saber cada cosa que ocurre en cada rincón del mundo. Pero son tantas cosas que cuesta hacernos responsables por cada una de esas cosas, o considerarlo nos hacer tener la ilusión, la sensación ilusoria, de que podemos siempre hacer algo al respecto, cuando, en algunas cosas es así, pero en la mayoría no. Elegir un frente, elegir un frente, espera, son muchos. Elegir una trinchera. Brecha. Decide entre miles. Esta época que nos tocó vivir, la elección posible: la libertad. Qué cansada me siento.

Cierta información viaja siempre por los mismos circuitos, quiero ser reticente en esto. Se mantiene casi siempre en ellos porque el motor de su trayecto es el interés, la viralidad está movida por esa tripa que se aprieta y grita que quiere apretar también a otras tripas. Hasta que parece que se ha detenido, cuando el interés deja de encontrar eco, la información deja de viajar. En qué se convierte. ¿En qué se convierte tanta información?

La red es un enjambre de voces, es locura, es falta de paz. Nuestros pensamientos vuelan en el aire, nos rodea esa nube de inquietud. De hastío.

HASTIO

La soledad era esto, es algo parecido a no tener con quién hablar, o sentirse acompañados. O tener la certeza de que si lanzamos una cuerda el otro la va a recoger. Saber que eso pasará, pasará irremediablemente. Voy a facebook porque me dijeron que mis amigos vivían ahí. Me dije. No sé si soy la única que lo creyó.

No todas las noches que siento desasosiego y necesito hablar con alguien, hay respuesta del otro lado del teclado. Pienso en I, pienso en M, pienso en V que hace tanto que parece que ya no existe. Visitar sus muros me deja llena de sus ausencias. Nostalgia por los intercambios que no están ocurriendo. 600 amigos de facebook. Nostalgia por los 600 intercambios que no están ocurriendo. Pensamos que fb era estar mejor conectados, pero no se siente así.

Los grupos se hicieron demasiado grandes. Antes de 100 amigos, podía estar segura de que mis compañeros de escuela me verían, mis mejores amigos. Después de los 500 es muy difícil estar en todos sus muros. Parece que tenemos que pelear por atención, vemos cuántos likes tuvo la foto de alguien, pensamos en por qué a esa persona le ponen esa cantidad de likes, consideramos subir el mismo tipo de información. Leemos el mundo. Leemos el mundo virtual. Leemos el hipertexto que nos rodea hoy todo el tiempo. Pero no podemos hacer síntesis fácilmente, con una información que cambia como las olas, como un torbellino que no podemos nombrar porque está cambiando todo el tiempo, y apenas lo entendemos un poco y ya se ha vuelto otra cosa que no sabemos si podremos descifrar. Porque interpretar cansa.

Cansa mucho pensarlo todo.

Cuestionarlo todo, cuestionarme todo. Me hago miles de preguntas todo el tiempo y tengo una conversación constante en mi cabeza que si no escribo siento que se me pierde y me hace sentir loca porque no tengo idea de por qué estoy pensando en ciertas acciones desencadenadas por otras acciones, rodeadas de tantas circunstancias que ameritan tantas reflexiones.

El dolor de no poder tener un marco del mundo. Un framing, como el de la noticias, para toda la realidad. Qué tristeza la incapacidad para nombrar. Verme despojada del poder del signo. Aprehender el mundo. Dejar de proponer a partir del diálogo, no sé por qué, pero la sensación de no comprender el mapa me hace llorar en silencio. No puedo más: no puedo más.

Cosas de narradores. Si todo un día fuera una noticia, ¿Cómo la titularíamos? ¿Desde qué punto leer el periódico global que se me presenta? ¿Quién soy? Antes he sido muchas cosas, muchas veces movida por una especie de respuesta a la realidad que se me presentaba. Problemas ambientales, sociales, silencios, hay que hacer, salir, nombrar, organizar. Pero cuando el mundo deja de tener una sola propuesta, y yo sé que puedo responder a ella, me paraliza saber que podría tomar mil caminos distintos. Que todos son válidos, y urgentes pero no todos son tolerables, que hay tanto por hacer y… esto lo digo miles de veces en un día.

Los perfiles que se miran en facebook en forma de burbujas dan una sensación contradictoria, por un lado, representan estar contenidos por una persona, pero por el otro son un constante recordatorio de que alguna interacción debería ocurrir. Cuando esta no ocurre, se da una sensación de vacío. Por lo tanto, si se tienen 1000 contactos, y no se interactúa con todos, se tiene conciencia de que hay 1000 vacíos, 100 vínculos-
des-vínculos. 1000 ausencias, en comparación con nociones mucho más abstractas de ausencias o de compañías. Antes de saber la cantidad parecen más tolerables.

En el mundo virtual vivimos vidas imaginarias, proyectamos deseos, magnificamos las cosas buenas. Nos atiborramos de las malas. El premio por mostrar un trozo de información propia es un «Me gusta», y ¿cuántas cosas que podrían ir más allá no se quedan en eso?

Dejar Facebook se siente como dejar una isla llena de multitudes y murmullos. Perder diálgos. Perder lo que esos diálogos hacen de nosotros. Conservar aquellos que me compañaron cerca de nueve años. ¿Cuántas partes de mi son lo que soy gracias a esas conexiones? Life before facebook.

Life after Facebook.  Dejar la isla de los murmullos causa un poco de nostalgia. Ya no tengo esa página a la que iba «scrollear» cuando encontraba un obstáculo en mi camino de escritura. Ahora me tengo a mi misma. De cierta forma.

Siento alivio, apagar las voces que anunciaban y atestiguaban la locura del mundo es un alivio. Elegir las imágenes que yo meto en mi cabeza. Ver lo que mis sentidos alcanzan a percibir de los otros con mi cuerpo, extrañar realmente a alguien. Hacer un esfuerzo por llamar, viajar, visitar. No todo es malo en la red, sin embargo. Me permitió aprender cosas, trabajar, conocer personas. Pero volverme la persona que ignora al interlocutor, que se pierde bajando una pantalla, que huye del mundo mientras la cara se ilumina con la luz de un teléfono, la persona detrás del mensaje corto, del «sticker», el emoticon, detrás del «Me gusta», o de abandonar conversaciones a la mitad, sin despedirme, sin que haya esctructura en cómo se conversa. Ser quien no pregunta nunca hacia el otro lado, y tú, ¿cómo estás?

No quiero ser más eso.

Dejar FB tiene que ver con varios escándalos de uso de datos, con alguna postura política, pero tiene que ver con decepción de ver en quién me he convertido en la red. De descubrir que las personas que una piensa que son aliadas son más bien organismos neutrales que se moverán hacia donde convenga la balanza, aburrimiento.

Con esa isla de murmullos se quedan muchos proyectos, contactos, conexiones. Allí dejo una parte de mi vida. Pero no significa que deje de escribir, ni de crear, buscar otras plataformas. Aunque sólo sea un fanzine de 20 copias. Aunque pierda esa multiplicidad y la posibilidad del «sharing» exponencial. Al final, después del facebook, he empezado a valorar las cosas que ya no caben ahí. Lo inextricable. Lo que es complejo.

Aunque el mensaje sea menos difundido. Aunque las acciones tengan menor impacto, y se pierdan algunos en la memoria. Alguien igual va a leer lo que lance adentro de la botella. Aunque sólo sea uno. Aunque seamos dos, tres, cinco.

Otras cosas ocurren más allá del ruido.

 

 

A school of journalism

Part I

Gaetano gradually becomes a monster, the loneliness eats him up, he is the architect of a conspiracy built by himself. His routine cloud is suffocating. It’s tobacco and alcohol, the windows closed all the time, his dark teeth, the stage behind the screen through which he watches the world. I hear him speak, sometimes I respond by saying what he wants to hear, and then I go back to the mirror and I blow all his words away from me.

Once, a long time ago, he wrote a manifesto that divorced him from the American newspaper industry. Or he liked to say so. Then he arrived in Mexico, scpaing from the context in which he had managed to affirm himself as a dissident. Ready to conquer, like a good son of a deeply imperialist culture, the Mexican ground that he was gradually acquainted with, but always walking on the surface.

He has been reporting American, Oriental and Latin American social struggles for thirty years. Or he likes to say so. He says he knows exactly what is the order of the important actions, what the scenario is, what acts should or should not be interpreted and in what way it should be done in a determined social panorama in order for a fight to be successful or not. The revolution has gestures that must be known when the language of war is spoken.

When he talks and writes about the revolution he seems like a unique player in front of a magnificent board. He smiles like a child who has fun changing the pieces of place inside a small city that seeks, within its incessant rhythm of tiny destinations, only to fulfill his duty of a day. Every day within the fictitious board, thousands of invisible events happen, some walk in the dance of the game of the pieces that already exist, the real streets, the beings of history and bone meat. Others never happen in concrete, however, in the board city, where Gaetano plays, there are coup d’etat in the kitchens, mansards that revolt from their windows, lovers who hide from fate in boxes full of old correspondences. Assassins of movement leaders with unusual forms. Explosions in front of congresses and municipal palaces, boycotts that conspire within Sunday Masses, producing believers who annihilate their chains when they want their nieces madly, -those days the tithing basket weighs less.

This is how even when he has the best international secret sources at his fingertips, the best devices to silence the radio waves of telephones, and the best trained spies in the country, he innocently ignores, within his monstrosity, most of the tiny events that surround him. Although it has a button in his study from which he could detonate the bloodiest revolution that can liberate the man of man himself, his cloud of smoke imprisons him, and imprisons me, because we know precisely which piece fits on the board of the world, and we know what factor produces and reproduces things as we perceive them; as deep the things are, we do not know how to take off the smoke from the eyes, or how to open the window to breathe, and although we have books that predict and explain the human condition with art and scalpel, we’ve forgotten how to look at the invisible notes, which we no longer report.

***

I wrote this text in 2013, as part of the catharsis after having worked eight months in the offie of Narco News, directed by Al Giordano, also director of the School of Authentic Journalism, SAJ «School of Authentic Journalism». Why I had to create fictions and allegories to deal with those eight months, I hope to make it clear in these texts.

The story of how I got there and the things that happened next is long and complicated. It started in March 2012, when I was accepted to that year’s edition of the SAJ. I was 27 years old and was working at that time on a project called Cooperativa Tzikbal. Moved by the shock of facing the reality of the poverty of rural communities in the north of the country, full of questions and a naive will to change the world, I applied for the call to the SAJ that a former dance partner had been promoting through Facebook.

I was “accepted».

In January-February 2012 they notticed me so, and sent me an email to confirm the appointment of the previous interview. I was very excited. I had known little about the school until then, I vagely knew the news site of Narco News, I had never considered journalism, but I did write. I just wanted to be a writer. So I arrived punctually to the appointment to which Al Giordano and a woman colleage of his came. Everything around this call, the way in which it was necessary to postulate, the process of previous emails, the language that it was used, the precision of the details and the meticulous organization of each event was impressive. It was like entering through a long tunnel where it seemed that the difficulty of entry was a condition inherent of something big, exclusive, important.

Or so they made us look like. Later, I understood better the reason of this process.

In the interview they asked me why I wanted to attend SAJ. I said first that I hated schools, and Al laughed and said he agreed. The rest of the conversation I forgot. I remember that he did not stop smoking and drinking coffee and the other woman was very pretty, she spoke with great confidence, and had a lot of personality. After that interview I think they told me I was inside, and they invited me to a pre-SAJ meeting at Al’s house.

I arrived a little surprised at how everything was. As a regular mexican woman, I was asking myself is I would not be exposing myself to being kidnapped and used in a trafficking network in that appartment of Napoles. Just paranoias of mine. -I thought.

A few days later it would be the school. The goal of the pre SAJ meeting was for the Mexican assistants to meet and to know we were some kind of hosts for the rest of the attendees. Young people, men and women from all over the world who came as well as many community organizers, journalists, and activists to the 10 days that the school took place, had to be welcomed by us, we were given several instructions on what would happen at every moment and how we should help.

The headquarters for the school were like a joke. It was a hotel-villa in Tepoztlan whose rooms must have cost about 2 thousand pesos a night. (We were 40 people or more) it had pools, buffet, «palapa» for plenary and it was quite luxurious. Several of us had done a personal investigation on the SAJ by that moment. We found other stories of other former assistants, and there were strange comments that made noise inside my head when I arrived at the hotel. In my proletarian mind, I kept wondering how something so luxurious had been financed for so many people while promoting such a miscredit for formal education. Poor hippie outsider I was. In the information I had found on the internet, there were testimonies from former school assistants who told the story of one of the first of its editions. Some kind of fight between scholars, some kind of disagreement on how to proceed with them, and a division between the asistants in two groups. There were also articles alleging a relationship between the CIA and Narco News. Not all the comments about the school were positive, many belonged to people who had been somehow banished from it. It sounded like something very exaggerated, «being banished from an event that happens ten days a year», too much of drama for what it was. When I got to my room I discussed it with my roommate, and then with two other assistants from the next room, and we all speculated about the real school’s background. The rest of the experience was imbued all this time within this mystery. We had the feeling of being in something whose ultimate ends were unknown.

I do not remember much the sessions, but there was one activity after another all day. We had to get up at 8:00 am, have breakfast at the buffet, attend several plenary sessions and then go back to the buffet. Then we went to special groups where we worked using different journalistic methods. Research, video, I do not remember which one else. And then again to the buffet, before the daily party night. Every night there was one with lots of free alcohol, music, and dancing. The parties always ended very late, and I remember when Al interviewed me he asked me if I regularly drank alcohol. I had always been a sort of a nerd, I did not smoke, I did not drink, I did not do drugs. I told him so, and he told me that the condition for inviting me was that I had to be at parties and have fun. At that moment I thought that maybe Al worried about my personal integrity, how important it is to know people, and be happy. (Irrepressible laughs) I had placed myself as a roommate of another girl who also did not drink and we always went to sleep early. We spent many of those nights analyzing everything that happened and the things we learned. It was an avalanche of intellectual, emotional and sensory stimuli. There were people from all corners of the earth, with careers as activists, artists, and very striking journalists. Talent, art, music, and a lot of motivation coming from many places directed to build a culture of «training» in nonviolent civil resistance.

Most of the talks and interventions of professors consisted of stories of people who had participated in some social struggle and they focused a lot on talking about successful cases. It was necessary to report the effective peaceful actions that nonviolent tactics used. The school of 2012 was funded by the International Center for Nonviolent Conflict, which brought to the sessions speakers, teaching materials and various publications. Being there, 18 hours a day, attending at talks, meeting incredible people, the brain became an inspiration pump. It was too much to be assimilated every day. So the submersion strategy had its effect. I left totally convinced that all the fights had to be peaceful, they had to have strategy behind, planning, rehearsal, and aim to win.

I remember how important concepts like victory, discipline, and strategy were. Those were words repeated at all times and with which obedience was implicit because in the end the doctrine was perfectly constructed. It did not have methodological gaps, it made sense. Each of Gene Sharp’s recommendations made sense. But at that time I had no idea how many levels that would manifest as doctrine later on.

To train. Training workshops on nonviolent civil resistance. Nonviolence sessions. Dsicipline, planifying. We were constantly told this during school. I felt that they were great tools and I could not believe why the subject was not better known or spread among the left that I had known in Mexico City. It seemed the solution to all the organizational problems.

Pause. This is called the School of Authentic Journalism, but a large part of it developed the theme of community organizing. Al said that journalism and community organization were parts of the same thing. The movements need to communicate their goals, their achievements, their tactics and although I was not clear how a journalist could also be a community organizer, it made sense to me.

The school lasted ten days. Ten days of strangeness for it’s funding, for all the values ​​that were «inculcated» with each activity, and that air of mystery around the organizers. I remember that my perception was that they were not so well known or recognized by the Mexican journalistic media, but they seemed to assume a personality full of paraphernalia and protective gestures of something very important that they were carrying out. During the school I was surprised to learn that Al was the ex-partner of one of the teachers, a lot much younger than him, gorgeous, intelligent. (Strangely, all the women who attended the SAJ were very beautiful) I was surprised because maybe I am full of prejudices around relationships with so much age difference and they have have always seemed dangerous to me because of the inequality that inhabits them. I was also a little disappointed to learn that Al mixed his personal life with his work. Much time later, everything made sense in this respect, too.

When the SAJ was over I was strangely animated and exhausted. I had the feeling that they had put me in a cocktail with amazing people and they had shaken us for a long time. Dissiness,happiness, disorientation. The combination worked: intellectual, gastronomic, landscape, personal, emotional stimuli, compulsory parties (deprived us of sleep), intensive work. Al had anticipated that at the end of each SAJ there was a withdrawal syndrome, after all the adrenaline in SAJ, when leaving it, the world seemed less bright. This he had said in one of the first meetings when he welcomed each of us and made us introduce ourselves to the group. I remember that at that moment I was very nervous when it was my turn. But in a certain way he designed the emotions that were being handled in each stage, and conforted me, and the others, and I understood later, first with admiration, then with fear.

All the characteristics that made the SAJ something so effective corresponded by chance to those of a sect.

The application to enter the SAJ is very long. Many questions, a long essay. After an interview, then confirmation emails. It gives the impression from the outside, that behind the SAJ there is a great team that works professionally, that organizes plans and executes. It gives the impression that there is administration, direction, editing. It seems that Al Giordano is really a hero journalist retired community organizer. A misunderstood genius, a rebel, oustider exiled from the terrible gringo world of the media he had defeated and now honorably and generously passed on his cultural heritage and experience to the new generations, for the good of society.
Pause. I have to pause continuously because the second part of this story will close some loose ends that were not resolved until six years later. And to realize things as I write produces an emptiness in my stomach that forces me to stop.

The character of Al Giordano was perfectly created. And I say created because as a writer he knows the importance of telling his own story. From the organizer of an anti-nuclear movement in the US to a renegade journalist in Mexico. During school, some American colleagues corroborated that Al was a legend and that Narco News was a benchmark for journalism in the war on drugs on the border. At that time my life consisted in doing yoga and dance, and dreaming of a cooperative world. I don’t think now, that I had enough criteria to appreciate these references and put them into questioning. In addition, Al’s discourses on desecolarized education, on discipline, and the willingness to change reality had also already had their effect on me.

I remember that although it caused me stinging and chills, what Al said in a welcome ceremony resonated a lot with me. «I believe in you, not one believed in me when I was younger, except someone, and this person changed my life». «Now it’s your turn to change the world» and things like that.

We were all people who wanted to change the world, from the left, rebels in a certain way, and that speech was perfect because rebellion and dissidence have as a constituent context the distance with the rest of the world, in many cases at least. To disagree with something is to feel sometimes also misunderstood. And entering a place full of apparent equals is not an everyday thing, that’s why the SAJ seems so many times a paradise, a promised land. The dissident’s melancholy finds a catharsis there in five minutes. At least the young ones.

When I returned home after the SAJ, after taking a walk with the new friends from the US, and South Africa, I remember being in my room and feeling that I wanted to change reality in that same moment Build a team, put hands to work. Some SAJ colleagues and I had a project that did not succeed, I’ll say why later. And I felt anxious and nothing of the outside world seemed interesting to me anymore. I hoped to collaborate with Al, in any way, as a volunteer, editor, cmmunity manager or whatever. That’s why on the last day of the SAJ I told him with eyes full of admiration that I wanted to collaborate with NN and that I was super happy and that he could count on me. He said let’s talk about it later. And now I think twice before saying this kind of things.

This is what happened in the real world. But there are other things that meanwhile, happened in the virtual world.

Al and Greg Berger, a kind of deputy director or partner of NN and the SAJ, opened a facebook group of our generation where they published indications, messages, information about the activities, the daily photographs (which were thousands) and messages from the assistants, both tutors and students. Near the end of school, before returning to Mexico City, I remember that there was a problem with some scholars. I do not remember exactly what happened, but some were thrown out of the FB group. And little by little, between chats and meetings after the SAJ, it became clear that these people had to be totally exiled from the project because they were considered harmful. I believed this, and I accept having supported it, even though it seemed obvious to me that inviting investigative journalists to a project whose financing or methods were not very clear would raise suspicions, speculations, or the simple questions that the exiled group (among whom was Al’s ex girlfriend) had done.

The first day of SAJ, on March 20, 2012, there was an earthquake in Mexico City of 7.2 degrees or something like that. In my head, the message was that something was moving. The SAJ had been present somehow (making videos or strange visits) in Egypt and Madrid. It was the post 15M era, post Arab Spring. There were many ideas in the air about the effect that new networks and the Internet had on the revolutions that were emerging and being seen as possible. And 2012 was an election year in Mexico. The environment was totally conducive to putting into practice all the things I had seen in school, to create content against Peña Nieto, to write about it. To get involved in anything that happened and that we could make a difference to avoid what later became the telebancada. What was the arrival of the PRI to the presidency of Mexico, the right, the opressors, the dictatorship back. After the SAJ, I was sure that this dynamic community of people was going to make a difference, whether we were here or in another part of the world. Especially because during those ten days I had the feeling that there was some kind of unity and solidarity among us.

With that feeling, with the will to put my energy to learn at the service of the common good, I got to collaborate in the Narco News office.

After having spoken with Al in person, we agreed that I could collaborate with the project on a regular basis. We went to a cafe on Insurgentes and spoke not for very long. I do not remember what we said either, but later I think I accompanied him to go home. We went through a park and he asked me to sit down. I had maintained until then my admiration and respect, and I would never have considered anything romantic happening between us. This idea never crossed my mind, and even though I agreed with many of their ideas, it never had the feeling of confidence, lnot a piece of attraction. When we said goodbye he told me that he would think about a fair payment-retribution fee and that I could surely help him to administer Narco News. I was afraid of not being able to do it because I imagined Narco News as a plural news room. With plural saying, I want to make clear that I thought at least it would exist beyond Al. But when I got to the office I had already received two surprises to which I had to adapt.

I will not say I was not happy. I was. But my welcome to that world left me with a lesson, which did not reach me to prevent everything that happened later, this is what I say in the second part of the story, where I hope to make clear several things, including my position regarding the out in the light of so many stories about Al Giordano and his projects to change the world.

Al, if you are reading this do not be afraid of things that are not true. The truth not only costs to the implicated, but to who was silent for so long, in this case, me. You more than anyone told us many times that there are no absolute truths, that “no one is right”, and that putting together many truths can only create a greater one.

Part II

I write this to explain events related to the recent public statements of several former women collaborators of the School of Authentic Journalism. First of all, I want to express my full solidarity and support to each of those who have had the courage to tell their experiences as victims of labor abuse, workplace harassment, sexual harassment and emotional manipulation. I consider myself personally subject to this. I categorically reject the systematic aggressions that the director of the School of Authentic Journalism has perpetrated against students and collaborators. I do not justify any of them at all, and I want to make it clear that I do not blame (although I do question) or criticize the position of those women who still profess support by Al Giordano, since I consider them victims like me and dozens of women nearby the SAJ.

***

Monday, February 19, while I review without much attention the facebook on my mobile phone I find a phrase that catches my attention: «I stand behind all the women (and there are many) who continue to create important work after being expelled from this group … «Which frames a publication that says» The School of Authentic Journalism (part of Narco News) just began its fundraising drive for this year. I attended the School in 2014. I would not have anything against the School if I stopped hearing stories about Al and Greg mistreating women. But unfortunately there is a deep, deep well of those stories. »

When I read this, an experience that I had tried to forget for many years came to my mind and to my body. When one night in February I left the Narco News office, also Al’s house, escaping with the fear of someone who had done something wrong. With horror of being seen and receiving complaints, feeling that I was betraying something sacred and that my decision to leave would lead me to be criticized, exiled, slandered, and above all silenced.

My hands were shaking when this Monday of 2018, in a morning at home and in a life totally different from my life five years ago, I wrote a small message in the complaint publication. I wanted to back up what they were saying. Give a testimony that I thought I would never be able to give, and above all, I wanted to make these women, who were beginning to be many as the morning wore on, not feel the loneliness and discredit that I felt when I stopped being the assistant of Al Giordano.

In the previous story I tell how I got to the Narco News office, full of illusions.

Agitated by the recent experience of the School of Journalism. Curious about the personality of the director.

I was too naive. The night before I started working at NN Al Giordano told me by Facebook message that he was in love with me. It surprised me, because the only link we had was having spoken a couple of times during and after school. I never thought that I would have given any sign of being interpreted as an opening to a romantic movement by Al. He looked like my father, in terms of age, and during the SAJ I attended I had a fleeting encounter with a partner, which it was something obvious and open, with no mysteries or secrets involved, and I thought it would be enough evidence that nor during or after the SAJ there was any interest in Al from my part.

While Al sent me messages saying that he had fallen in love with my character and my way of looking at an insect, I sent these messages to a friend in NY, (another SAJ scholar) to whom Al was saying exactly the same things at the same time. First we both laughed, we said how embarrassing the situation was, but we ended both feeling deeply disappointed. Was he taking advantage of his position and the admiration we had for him to seduce us? It seemed disgusting. My friend and I talked a lot about it, and I decided not to participate in NN after those messages.

The next morning Al told me he was recanting what was said. That he was very drunk and that he was very lonely the last night. That I should not take seriously anything he said to me after 6 o’clock in the afternoon. And after considering it, today I know that foolishly, I decided to ignore the seduction attempt and work for Al as his assistant.

The agreement was that I would begin to compile letters of recommendation and review of the SAJ 2012. My experience until then was to write and manage. For this, Al told me that I should go to his house from 10 in the morning to 6 in the afternoon. He had given me keys to his apartment because part of the «job» was making sure I woke him up at 10:00 am. He was not a «morning person», he repeated constantly. And he gave himself the license to be a monster «before coffee».

So I had to make coffee.

Many of the things I did in the first month were just sending emails, writing letters and uploading posts to the NarcoNews site. I felt that these were things I could do completely from home, and I proposed to do so to Al. But for him, the discipline of going to the office every day was important, so he insisted that I had to continue to going with him everyday. An all I did was tiring, things like listen to him talk, see how he got angry with his ex, with whom despite having broken contact he continued to build hatred and a wall made of obstacles. He asked his friends not to publish the work of this ex girlfriend. He sent angry messages to the group recently expelled from the school, constantly reviewed the social networks of alumni, talked about what had happened in the SAJ, and basically relieved himself from the anger of being alone.

When I entered in April 2012, Al said my job would start with basic tasks but that the responsibility and complexity would increase with time. After the SAJ, we were a community of almost 30 people, with a lot of talent and possibilities, and Al constantly received materials from the alumni to be published on the portal. I thought that this was the most appropriate, and propitious. I did not know the regularity of the site’s publications, and in fact I was surprised to see that most of the publications were stories only of Bill Conroy and Al Giordano, plus the letters that asked for money from the young journalists of SAJ alumni.

But the pieces of journalism that the ex SAJers sent were not being published. It was as if Al didn’t wanted anyone to have a place or a voice inside Narco News, besides him, Bill, or Greg Berger. Or whoever had his sympathy in turn. He cnstantly discouraged attempts to write together (among former students of saj) saw badly the groups of friends that appeared after the SAJ but did not include him, spoke badly among the students of many of them to prevent “cells” as he called them, to be made. «Grupúsculos» of enemies, infiltrators, saboteurs.

And all that sounded very strange to me, and when I told him, or asked him to put aside hatred, and include other to enrich the portal he told me that the SAJ was his project, that it was not a democracy, and that whoever did not like it or was willing to harm it could be just expelled. He also used to say that the SAJ was the only thing he had and that whoever wanted to, could do his own project with complete freedom. That calmed my comments about it then.

In addition to this, I had seen what was happening with the disobedients. Those who questioned, (it occurred at the end of the school), were designated as toxic traitors. That was an implicit lesson that was recorded for many of us, and although we continued discussing the strange background of SAJ, we did not mention it openly ever again.

In that initial period everything went smoothly, it was an election year, there were many open signs about the role of the media in the construction of the family image of Peña Nieto, and the management of the image of the PRI. It was happening exactly what the SAJ said about the sold media, the complicity with power, and my reading then was that we were in the perfect moment to act in some way, to write more and to involve and collaborate with more people.

But Al was extremely jealous of the project. With much disappointment I realized that NN almost did not report. Its rate of publications was extremely low, according to its director: it was worth writing only the most important and impressive stories. But even in the midst of the whirlwind of information that was the electoral context, nothing was worth to be reported. NN also did not work as a conventional medium. While I proposed ideas to Al to extend the school in more workshops, to seek funding through crowfunding campaigns (to not depend on the editorial line of the ICNC or entities with questionable political interest), to publish valuable materials from the community of the school, he refused outright.

In this time Al started telling me that I was his successor, (which sounded to me like a cliche and a quite kitsch idealization) and in front of others he liked to say that I was an administrator of NarcoNews, and that I was a whip and a tirana that made things work. Somehow, on a very small scale I had – or have, some leadership skills, because I organize things, I have ideas, I launch myself to risky companies and without a professional career that supports me, I play everything I am every time I start something. And Al liked to feed my insecurity of being self-taught, of being out-of, the school, a system, a group of friends.

He used to say things, especially in the afternoons-when he should not be taken into account-because he drank too much after 6:00 p.m., like I was going to change the world. That I had something special and gave order to his life. He sent me corny videos, songs and gave me the treatment that is given to a friend. He told me his exploits of seduction, his attempts to meet women, he introduced me to his conquests. And sometimes he presented himself as a man who recognized himself as broken. He confessed that he had to establish employment or collaboration contracts to maintain links with women. He said unspeakable things about all those women with whom he shared the school project and repeated many times that he only tolerated them if they were pretty.

Now I know that there were plenty of reasons to get away from there as quickly as possible. I still do not understand why I did not leave before. Narco News did little in the months that followed the SAJ and preceded the elections. I wanted to write, report, learn. But until an incident that Peña Nieto had at a private university in Mexico City (which triggered many things), the work was clumsy and insipid. We only published letters every month from alumni, telling how wonderful the school was and how important the donations were. I must have published just a couple of things, and no more. Because even when Al had said he would teach me, he never did give any advice or direction that could help me write, report or publish any better than I already did when I got there.

In that time, I saw Al more interested in doing parties or meetings than actively publishing and writing. He seemed happy that I was there, and he said that when we organized the 2013 School there would be more work to do. But I was getting desperately bored. And I did not enjoy meetings so much, because I wanted to learn and grow, not just see people get drunk ad sing.

Then came the movement YoSoy 132. Multiple demonstrations against the media’s handling of political campaigns for elections appeared on the streets. So also appeared the attempts to organize the movement, some cells, nodes, communication networks. We, the few people who were close to Al at that time, in response to a call for Facebook to create Operational Groups, thought it would be a good idea to create one.

We called it the “Salón de estrategia”.

It consisted in creating sessions every Tuesday where we would study, discuss, and design actions within the doctrine of Nonviolence. I used the convening capacity that I had developed until then with other collective projects and defended the idea. I invited, and now I am very sorry, many of my friends.
And I’m sorry in this way, so strongly, because I should have foreseen what Al would do with my acquaintances and friends. What would he do with me? I should have stopped him at the time, telling others what he was like, how dangerous it was to have a bond with him, or being close, especially as a woman.

Since Monday, February 19, 2018, almost twenty women, or more, (because many have preferred to remain silent, and I want you to know that I understand you, very deeply, and do not judge you) have made public what Al Giordano did with them.

Some have said that they were sexually harassed. Others say they were laborally abused not receiving adequate payments for collaborations. Others have reported that Al defamed and publicly stated them when they rejected him. There were some, who had been expelled from the school, or from the community. Emotionally manipulated so they don’t speak, don’t question, not even mention Al or SAJ after their expulsion. Others have accused Al Giordano and Gregory Berger of approaching them when they were students of the school, to seduce them, hook them up and make them collaborate freely with the project.

Which of these things did Al with me?

The Salón de estrategia was built in the living room of Al’s house. We were there, students, professionals, journalists, and a little bit of everything. The same number of men as women. Al added a very strong emotional component to the sessions that were organized every Tuesday and to those that we convened through Facebook. He spoke of his experiences, portraying himself as a misunderstood, veteran hero, who knew very well how to be charming with each one of the attendees. Especially women. He repeated a speech of “the super powers” of those who want to change the world.

Since I arrived at his office, the first thing he did to communicate with me was to establish an underlying code that explained the dynamics of his projects. He took me to see a “The fantastic 4” or something so. We, the scholars, alumni and collaborators were the projection of a universe raised in the Marvel comics. If you are not identified with this, I will say that comics work through archetypes that reproduce roles and establish dynamics perfectly congruent with real psychological profiles and that thanks to that, they work as allegories of real life. It does not matter if these allegories are green monsters, or flying men, we make parallels with them, and identify and admire them.

Al knew this. He extrapolated the traumas of the characters and understood the strength that lays within each weakness. Heroes are constructed from the transformation of wounds. The vindication of the vulnerable is a powerful weapon in rhetorical terms. Anyone can analyze this however anyone wants. But if you tell someone dissatisfied with the reality that he is powerful, that he is misunderstood, and that you will be his mentor and his guide, (do you know the Xmen?) It is very likely that his wound will be the best place from which to hook the ropes of manipulation.

He did that. With each one. Sometimes he even asked everyone what his super mutant power was. What greater sympathy can we have than the understanding of someone who values ​​what perhaps no one else perceives as a potential?

It was an intense time. Peña Nieto won the elections. There were protests. Many actions, many links created. In that boiling I started a relationship with someone from the movement Yosoy132, and that completely changed Al’s attitude towards me. The day I told him he did a big tantrum. He started making machinerys being paranoic of the side my then boyfriend was in, pretending he was an infiltrate, saying he was putting NarcoNews at risk. The next day I arrived at the office and made coffee. When he tried it, he threw it and yelled at me. He said that I did not do anything right, not even coffee and he shouted more things. He got up and left and left me alone there. He returned several hours later to find me full of fear. He said that things did not work for him anymore and that from that day on I would have to leave at 2 or earlier, because I was not being useful for the project. I left and I thought about leaving everything that was happening there, quit the pseudo job, leave it all. But I did not.

I thought he was a wounded guy, and that if everyone else considered those emotional breaks part of a «functional» character, maybe it was not so bad. And also I did not have many job options where to go.

Since then I went from being what Al handled before the Strategy Room as the administrator of Narco News, whose opinion he said he respected, whose leadership he thought he strengthened, to be his personal assistant that solved the most stupid tasks in the office. Make coffee, make photocopies, send mail chains. And strangely, while his dealings with me were getting worse, he had begun to flatter me more and more before our community of collaborators and acquaintances of the Salón de estrategia. Before the attendees of the workshops I was the «head» or the «boss» and Al kept saying that to build the image that I had everything under control even if it was not true.

By this point, already in fall, we were facing the proximity of Peña Nieto’s seizure of power, and we were convinced that peaceful strategies had to be built. The room became a kind of circle of friends, which continues in contact until now. There was good cohesion and camaraderie. Even after I left.

Our activities were limited to see us on Tuesdays and serve as a sort of relief. Go together to demonstrations, put art on the streets. Once we tried to do something coordinated but failed with very funny results. As I write this I regret that between these nice groups there had been so much toxicity, because they were so many times divided. They were Al’s products, like his children, but all aborted, sick, or cut in half. Al did not like that there was never anything behind him. He was afraid of infiltrators all the time. He said that his enemies, who were many, as we know today, said that he belonged to the CIA and dismantled his efforts to transfer the wisdom of nonviolent civil resistance.

In that fall I also went to another state to give a nonviolence workshop. We gave several, at least three, two in DF one in Colima. They were good experiences but not much came out of there.

Also at that time I started taking courses on human rights, journalism, communication, and the contrast was enormous with Al Giordano. Outside, journalism went beyond discourses on its practice and had greater discipline. It had theory but also a lot of practice. Complexity. And that, along with the visions of who was then my partner made me take much more distance each time from Al’s speech.

External criticism did not wait around the Salón de estrategia. It was not that we had caused such a stir, but some alternative media criticized the Salon as being a Mexican arm of Gene Sharp’s heirs and we were claimed seeking to destabilize the protest. For me, we were a group too baby to aspire to that.

Shortly before Peña Nieto’s protest takeover as president of the Republic Al began to get very sick. My tasks were still basic, they were still tiny, I was in charge of the Salón de estrategia, I had to publish the events on facebook, and sometimes coordinate the sessions. And we started planning the next school, the one that would happen in 2013. I think we got the call out in november or so, and I think the ICNC financed it again, but I do not remember how that was achieved. The routine had become heavier for me. I lived alone, I worked walking dogs, taking care of Al, organizing the school, and doing translations, reviews, and small jobs that came to me time to time.

Until then he was considered by me as a friend. And I was worried about his health even though I knew how hard he had been with other women. For example, I had learned how bad he had treated two of his former assistants. I had been there when he called me one morning to take a girl out of his appartment because he tought she was going to steal from him. He had said horrible things, the kind a “gentleman” wouldn’t say, as I was said. It was then that I began to notice a pattern. His personality. His relationship with women. His emotional dependance.
Many of the features that Al liked to stand out from himself were those that made him be like Dr. House. This comparison takes much solemnity from all these things that are being said this week around him, because it is really ridiculous, but it is real. And it can be corroborated by many.
In the fall of 2012 Al sent me one morning to buy him a cane. Until then I had never seen the series, but I knew that Al was a fervent admirer of the character of Dr. House. A sick personage, a genius, incapable of maintaining healthy relationships with women, and with unconditional friends who forgave him everything. A guy with a cane who could afford to be considered a bastard. An elderly man alone and sick. Obsessed with his work. Calculator and strategyst.

Anyone who thinks that Al can be appreciated or seen as a genius, and that his actions are justified because they belong to a complex and rich character, can qualify his vision with this, and think if we are dealing with an original character, a fiction with licenses in the real world or a coincidence.
And anyone who’s in the role of Wilson, needs to review the series. For your own good.

Al was very sick, he smoked about thirty cigarettes a day, and drank practically every afternoon, and his illness had sharpened near winter. His friends, who were about two or three, had all many things to do in that time. Although my schedule had been reduced, giving me freedom in the afternoons, I was still aware of many of the tasks that Al left me.

Tasks that were still strangely stupid, some that I considered degrading, and obsolete. Since I had started that relationship with the guy in the movement, it seemed that Al needed to assert his power over me by confirming my subordination all the time, and letting me see when we were alone that his sympathy for me and my supposed super powers, was over.

When this started to happen I felt liberated. But then another program was launched to keep me close. Al had a health crisis that threw him into bed for many weeks, and that’s where the work abuse that I was subjected of, began.

He started to ask me to go get him his breakfast, to take him his medicines, to get him doctors. In the worst moments, he even asked me to empty a pitcher of water that he filled with urine because he could not get up. The work to organize the school was still ongoing. I kept walking dogs and writing, and also helped Al extra hours because he was very bad. I came to tell him, with the license he granted to be considered a friend of his, that he had to take care of his health. Give up smoking. Stop drinking, and go to therapy. He responded badly and told me not to get into his life.

He continually told me about his relationship with his mentors, and told me that he would have given his life for them, that he always helped them and that he was there to clean up their vomit, hold their head when they were overdosed, feed them and help them in their worst moments. His idea of ​​loyalty was exaggeratedly romanticized. My days were strenuous, I had to pay the rent, and he knew it. He came to tell me that this work was not corporate at all and that everything was more flexible, so changes in my tasks were normal. The payments before winter arrived on time, but for my last stage in NN they were not fair.

I told Al, and his friends, several times, that he needed help, that Al was not doing his part and that what he required was a nurse. I saw how much he spent on alcohol and I could not believe that he paid me what he paid me, and that he did not consider investing in his health. He began to tell me that without me, the SAJ of 2013 would not be possible, and the call had already been published, so the applications had already begun to arrive. Continuosly, at night, he used to tell me that he was considering suicide. He was trying me to manipulate me in order to keep working for him.

We checked the arriving applications letters thoroughly as they came, and I noticed that Al and Greg were asking for the Facebook profile for two reasons. First, to corroborate the legitimacy of the contact; their connections, if they had any link with the “excluded”, and if they were women, to choose them based on their beauty or their youth.

During my stay at NarcoNews I learned that he seduced people from the circle we shared, and that he manipulated them into believing that he was in love until the girls broke the bond. I witnessed his misogyny, and the hatred and resentment he had for those women who rejected him. I saw how he threatened to destroy the careers of those who came to question him. And I was afraid of him, in some way.

I felt trapped, manipulated, blackmailed, used. In winter Al kept the windows of his house-office closed, he smoked all the time, and did not let me breathe. If I questioned that, he scolded me, shouted, and blackmailed again. He even threatened to commit suicide on the grounds that he was very lonely, sick and miserable, and called my ask for opening windows a big drama.

I left him one night, after having asked him to hire a nurse. He refused and was upset. I could not stand it anymore and I was very upset and indignated with everything I was seeing. His way of planning the School was creepy. During the first dinner of admitted to the SAJ of 2013, when they were already many in their house, drinking beer and eating cheeses and snacks, I told Al that I had to leave early. I was cold, I was shaking, and I was very nervous. I collected my things from the office and left without saying goodbye to anyone, very quickly, thinking that I was doing something wrong and getting into the car of someone who had come to pick me up.

When I got in the car I did not want to close the door or the window. I felt suffocated. I could not talk well or cry, or breathe either. I had a panic attack.

I cried months later, when I understood that I was being abused laborly and emotionally and after a while I got over it. The SAJ 2013 developed normally with the help of other people. I did not heard about Al Giordano again. I only knew that he said later that I tried to sabotage the school. That I was a traitor, and that no one should keep in touch with me.

When the testimonies of many other women came to light this week I understood many things. The modus operandi of Al Giordano and his school are very clear:

  • Under the premise of helping young journalists, the SAJ collects money every year. This money goes to the very organization of the school, (which only lasts 7 or 10 days) but especially goes to the pockets of its organizers. (Of which not all are paid fairly or equally, according to some of them).
  • Al always has an assistant who calls «director», and she is always a woman because in this way, in a leftist environment, nobody can say that there are no female leaders, as he even said to me once.
  • These directors, like their collaborators, are always seduced or tried to be seduced by him. Sometimes, when he can not have anything with them, he blackmails them, threatens them and exerts psychological violence. For him, his position as director of the SAJ is a perfect excuse, and unquestionable, to get close to women.
  • His conquests are always women much younger than him
  • After school, students are required to write letters of recommendation to raise funds.
  • The school in turn functions as a cult. It develops around an unquestioned leader, disobedience is punished with banishment, the mere mention of a doubt merits expulsion. The dissatisfied is called a saboteur and banished. In each edition the following conditions are met: the process of administration creates in the admitted a «chosen» treatment, there is a strong emotional component in each activity. There is food, alcohol, drugs, and sleep deprivation. The activities are one after another causing fatigue and lack of time to assimilate reality. During school, while inside, attendees are prohibited from disclosing the location and communicating with the outside world.
  • Each year the community is renewed but only keeps in it those who remain for apparent loyalty, who perform volunteer work that is capitalized in several ways. The participants’ ego is nourished with the idea that they are special, rather than those outside.
  • Within the teachings of the school, a «training» system is always managed as a program that is inserted in the assistants and later operates through them. As crazy as it seems.

Comments on recent events:
After I published the first part of this story, Al Giordano contacted me. He appealed to my kindness and used his health condition, asking me not to attack anyone but him, since as he alleged, I have done it against women leaders of his project. He called himself my mentor and said I am a good writer.

I want to make clear that this story is written to record my vision of the facts. That I do not blame or criticize who stays next to Al Giordano, because I know how difficult it is to leave because of the level of blackmail and manipulation. That I totally let go of having any contact with him and his projects. And that I am here for those who want support while recovering from systematic abuses. We are not alone.

I apologize for inviting to the Salón de estrategia the people was later hurt by Al, but I did not know the extent of the damage, and even though I feel responsible, and I know that his abuse is not my fault, I want to be part of what we require to repair the damage.

About the comments that some people have made, about whether this cascade of testimonies is a lynching, I would like to think that it is not. That is just an attempt to prevent this kind of abuse, harassment, and license to defame and mistreat women, keep happening. It has to stop. There must be consequences. We all have to learn.

Although the first part of this testimony shows a fiction, I want to make clear that the text is part of my attempts to sublimate what was a hard time of my life. Only the first paragraph can be read metaphorically, as it is written. The rest of my testimony is written according to my records in my diaries, letters, correspondence with friends, and my own memory. Much of this information is easily corroborated.

For many, these coming stories are not much of a story. You may question what an abuse is, what sexual harassment is, what laboral abuse is, you can question how bad emotional manipulations is. But think of how bad it is that the called director of a school takes advantage so many times of his position to get close to women, to treat them bad, to say lies abut them, to threaten them. And think how bad it is that this school is funded by other people’s money, when they think what SAJ is «helping journalists», is it a 10 day party thrown once a year, really helpful for journalists? how harassing women and being abusive can be seen as a help to journalism?

Message to Al Giordano:
Al, you’re not my mentor. You did not want to be. You just wanted to have sex with me. Be real for a moment.

My mentors are mostly women, they have supported me, taught me, strengthened me, paid for work, protected, understood, been there when I needed them. They have helped me to have discipline with love. And that love is intact. None has harassed me. None has manipulated me. None has slandered me. And none has exiled me.

No one is responsible for your actions, your health condition, and your decisions, more than yourself. And nobody should pay the high price you charge in exchange for what you call teachings. I do not applaud your project.

As for us, the women you abused so many ways, we will move on. We have each other.

-Isa

Una escuela de periodismo

Parte II

Leer parte I aquí

Escribo esto para explicar eventos relacionados con las recientes declaraciones públicas de varias alumnas ex colaboradoras de la Escuela de Periodismo Auténtico esta semana. Antes que nada, quiero expresar mi entera solidaridad y respaldo a cada una de quienes han tenido el valor de contar sus experiencias como sujetas de abuso laboral acoso laboral, acoso sexual y manipulación emocional. Yo me considero personalmente sujeta de esto. Repruebo rotundamente las agresiones sistemáticas que el director de la School of Authentic Journalism ha perpetrado en contra de alumnas y colaboradoras. No justifico en lo absoluto ninguna de ellas, y quiero dejar en claro que no culpabilizo (aunque sí cuestiono) ni critico la postura de aquellas mujeres que aún profesan apoyo por Al Giordano, ya que las considero víctimas como yo y como decenas de mujeres cercanas a él.

***

Lunes 19 de febrero, mientras reviso sin mucha atención el facebook en mi teléfono móvil encuentro una frase que llama mi atención: «I stand behind all the women (and there are many) who continue to create important work after being expelled from this group …» que enmarca una publicación que dice «The School of Authentic Journalism (part of Narco News) just began its fundraising drive for this year. I attended the School in 2014. I wouldn’t have anything against the School if I stopped hearing stories about Al and Greg mistreating women. But unfortunately there is a deep, deep well of those stories. »

Trad.:»Respaldo a todas las mujeres (y hay muchas) que continúan creando importante trabajo después de ser explusadas de este grupo…» «La Escuela de Periodismo Auténtico (parte de Narco News) comenzó recientemente su campaña de fondeo para este año. Asistí a la escuela en 2014. No tendría nada en contra de ella si dejara de escuchar historias sobre el maltrato de Al y Greg hacia las mujeres. Pero desafortunadamente hay un profundo trasfondo de esas historias.»

Cuando leí esto vino a mi mente y a mi cuerpo una experiencia que había tratado de olvidar desde hace muchos años. Cuando una noche de febrero salí de la oficina de Narco News, también casa de Al, escapando con el miedo de alguien que hubiera hecho algo mal. Con horror de ser vista y de recibir reclamos, sintiendo que traicionaba algo sagrado y que mi decisión de salir me llevaría a ser criticada, exiliada, calumniada, y sobre todo silenciada.

Me temblaban las manos cuando este lunes del 2018, en una mañana en casa ya en una vida totalmente distinta a mi vida de hace cinco años, escribí un pequeño mensaje en la publicación de denuncia. Quería respaldar lo que estaban diciendo. Dar un testimonio que pensaba que nunca iba a poder dar, y sobre todo, quería hacer que estas mujeres, que empezaban a ser muchas conforme avanzaba la mañana, no sintieran la soledad y el descrédito que yo sentí cuando dejé de ser la asistente de Al Giordano.

En la historia anterior cuento cómo llegué a la oficina de Narco News, llena de ilusiones.

Agitada por la experiencia reciente de la Escuela de Periodismo. Curiosa por la personalidad del director.

Pero era demasiado ingenua. La noche previa a que empezara a trabajar en NN Al Giordano me dijo por mensaje de facebook que estaba enamorado de mi. Me extrañó, porque el único vínculo que teníamos era haber hablado un par de veces durante y después de la escuela. Yo nunca pensé que hubiera dado alguna señal de pudiera interpretarse como apertura a un movimiento romántico por parte de Al. Me parecía mi padre, en términos de edad, y durante la SAJ a la que asistí tuve un encuentro fugaz con un compañero, lo cual fue algo obvio y abierto, sin misterios ni secretos de por medio, y pensé que sería suficiente señal de que durante la SAJ no había interés alguno en Al de mi parte.

Mientras Al me enviaba mensajes diciendo que se había enamorado de mi carácter y mi forma de mirar un insecto, yo enviaba estos mensajes a una compañera de NY, a quien Al estaba diciendo exactamente las mismas cosas, al mismo tiempo. Primero las dos reímos, dijimos lo bochornoso que era la situación, pero las dos nos sentimos profundamente decepcionadas. ¿Al estaba aprovechando su posición y la admiración que le teníamos para seducirnos? Parecía repugnante. Mi amiga y yo hablamos largamente al respecto, y yo decidí no participar en NN después de esos mensajes.

A la mañana siguiente Al me dijo que se retractaba de lo dicho. Que estaba muy ebrio y que estaba muy solo. Que yo no debía tomar en serio nada de lo que me dijera nunca después de las 6 de la tarde. Y después de considerarlo, hoy sé que tontamente, decidí pasar por alto el intento de seducción y  trabajar para Al como su asistente.

El acuerdo fue que yo empezaría a reunir las cartas de recomendación y de reseña de la SAJ 2012. Mi experiencia hasta entonces era escribir y administrar. Para ello Al me dijo que debía ir a su casa de 10 de la mañana a 6 de la tarde. Me había dado llaves de su departamento porque parte del «trabajo» era asegurarme de hacer que despertara a las 10:00 am. Él no era una «morning person«, repetía constantemente. Y se daba a sí mismo la licencia de ser un monstruo «before coffee«.

Así que yo tenía que hacer el café.

Muchas de las cosas que yo hacía en el primer mes eran sólo enviar correos, escribir cartas y subir publicaciones al sitio de NarcoNews. Yo sentía que eran cosas que podía hacer totalmente desde casa, y lo propuse así a Al. Pero para él, la disciplina de ir a la oficina cada día era importante, así que insitió en que siguiera yendo a acompañarlo. -Porque eso era lo que yo hacía, escucharlo hablar, ver cómo se enojaba con su ex, con quien a pesar de haber roto contacto seguía construyendo odio y una pared hecha de obstáculos. Pedía a sus amigos que no publicaran el trabajo de su ex novia. Enviaba mensajes de enojo al grupo recientemente expulsado de la escuela, revisaba constantemente las redes sociales de alumnxs, ex alumnxs, hablábamos de lo que había ocurrido en la SAJ, y básicamente se desahogaba.

Cuando entré en abril del 2012 Al dijo que empezaría con tareas básicas pero que la responsabilidad y complejidad irían aumentando. Después de la SAJ, éramos una comunidad de casi 30 personas, con mucho talento y posibilidades, y Al recibía materiales de los ex alumnos para ser publicados en el portal. Yo pensaba que esto era lo más apropiado, y propicio. No conocía la regularidad de publicaciones del sitio, y a decir verdad me sorpredió ver que la mayoría de las publicaciones eran historias sólo de Bill Conroy y de Al Giordano, más las cartas que pedían dinero de los jóvenes periodistas ex alumnos de SAJ.

Era como si no quisiera que nadie tuviera un lugar o una voz dentro de Narco News, además de él, Bill, o Greg Berger. O quien tuviera su simpatía en turno. Desalentaba intentos por escribir en conjunto (entre ex alumnos de saj) veía mal los grupos de amigos que se formaban gracias a la SAJ pero no lo incluían, hablaba mal entre los alumnos de muchos de ellos para evitar que se hicieran células como él los llamaba. «Grupúsculos» de enemigos, de infiltrados, de saboteadores.

Y todo eso me sonaba sumamente extraño, pero cuando se lo decía, o le pedía que dejara de lado el odio, me decía que la SAJ era su proyecto, que no era una democracia, y que a quien no le gustara o estuviera dispuesto a dañarlo él podía expulsarlo. Solía decir también que la SAJ era lo único que tenía y que quien quisiera podía hacer su propio proyecto con toda libertad. Eso calmaba mis comentarios al respecto.

Además, había visto lo que pasaba con los desobedientes. Los que cuestionaban, (había pasado en el final de la escuela), fueron señalados como tóxicos traidores. Esa fue una lección implícita que se nos grabó a muchos, que aunque seguimos discutiendo el trasfondo de SAJ, ya no lo volvimos a mencionar abiertamente.

En esa época inicial todo transcurría tranquilo, era año electoral, había muchos señalamientos acerca del papel de los medios en la construcción de la imagen familia de Peña Nieto, y el manejo de la imagen del PRI. Estaba ocurriendo justo lo que la SAJ decía sobre los medios vendidos, la complicidad con el poder, y mi lectura entonces era que estábamos en el momento perfecto para actuar de alguna manera, para escribir más e involucrar y colaborar con más personas.

Pero Al era extremadamente celoso del proyecto. Con mucha decepción me di cuenta de que NN casi no reportaba. Su ritmo de publicaciones era extremadamente bajo, según su director: valía la pena escribir sólo las historias más importantes e impactantes. Pero aún en medio del torbellino de información que era el contexto electoral, nada valía la pena para ser reportado. NN tampoco funcionaba como un medio convencional. Mientras yo proponía ideas a Al de extender la escuela en más talleres, de buscar financiamientos a través de campañas de crowfunding (para no depender de la línea editorial del ICNC o de entidades con interes políticos cuestionables), de publicar materiales valiosos de la comunidad de la escuela, él se negaba rotundamente.

En este tiempo Al empezó a decirme que yo era su sucesora, (lo que me sonaba a una frase hecha y una idealización bastante kitsch) y frente a otros le gustaba decir que yo era administradora de NarcoNews, y que era un látigo y una tirana que hacía que las cosas funcionaran. De alguna manera, en una escala muy pequeña yo tenía -o tengo, alguna habilidad de líder, porque organizo cosas, tengo ideas, me lanzo a empresas arriesgadas y sin una carrera profesional que me respalde, me juego todo lo que soy cada vez que inicio o emprendo algo. Y a Al le gustaba alimentar la inseguridad de ser autodidacta, de estar fuera-de, la escuela, un sistema, un grupo de amigos.

Solía decir cosas, sobre todo en las tardes -cuando no se le debía tomar en cuenta- porque bebía demasiado después de las 6:00 pm, como que yo iba a cambiar el mundo. Que yo tenía algo especial y le daba orden a su vida. Me enviaba videos cursis, canciones y me daba el trato que se le da a una amiga. Me contaba sus hazañas de seducción, sus intentos por conocer mujeres, me presentaba a sus conquistas. Y algunas veces se presentaba como un hombre que se reconocía roto. Confesaba que tenía que establecer contratos laborales o de colaboración para mantener vínculos con mujeres. Decías cosas indecibles de todas esas mujeres con las que compartía el proyecto de la escuela y reconocía que sólo las toleraba si eran bonitas.

Ahora sé que me sobraron motivos para alejarme de ahí lo más rápido posible. Aún no entiendo por qué no lo hice antes. Narco News hizo poco en los meses que sucedieron a la SAJ y precedieron a las elecciones. Yo quería escribir, reportar, aprender. Pero hasta un incidente que Peña Nieto tuvo en una universidad privada en la Ciudad de México (que detonó muchas cosas), la labor fue torpe e insulsa. Sólo publicamos cada semana cartas de ex alumnos, que contaban lo maravillosa que era la escuela y lo importantes que eran las donaciones.

En ese tiempo, ví a Al más interesado en hacer fiestas o reuniones que en publicar y escribir activamente. Parecía contento con que yo estuviera ahí, y decía que cuando organizáramos la Escuela del 2013 habría más trabajo qué hacer. Pero yo me estaba desesperando. Y no disfrutaba tanto las reuniones, porque yo quería aprender y crecer, no sólo ver gente emborrachándose.

Entonces llegó el movimiento Yo soy 132. Múltiples manifestaciones en contra del manejo que los medios hacían de las campañas políticas para las elecciones aparecieron en las calles. Así aparecieron también los intentos de organización del movimiento, algunas células, nodos, redes de comunicación. Las pocas personas que estuvimos cerca de Al en ese entonces, en respuesta a una convocatoria de facebook para crear Grupos operativos, pensamos que sería buena idea crear uno.

Le pusimos Salón de estrategia.

Consistía en crear sesiones cada martes en donde estudiaríamos, discutiríamos, y diseñaríamos acciones dentro de la doctrina de la Noviolencia. Yo usé la capacidad de convocatoria que había desarrollado hasta entonces con otros proyectos colectivos y denfendí la idea. Invité, y ahora lo lamento mucho, a muchos de mis amigas y amigos.

Y lo lamento de esta forma, con lágrimas en mis ojos, porque debí haber previsto lo que Al haría con mis conocidas y amigas. Lo que haría conmigo. Debí haberlo detenido en su momento, diciendo cómo era él, lo peligroso que era tener un vínculo, o estar cerca, sobre todo siendo mujer.

Desde el lunes 19 de febrero del 2018, casi veinte mujeres, o más, (porque muchas han preferido mantener silencio, y quiero que sepan que las entiendo, muy profundamente, y no las juzgo) han hecho público lo que Al Giordano hizo con ellas.

Algunas han dicho que fueron acosadas sexualmente. Otras que fueron abusadas laboralmente, no recibiendo pagos adecuados por colaboraciones. Otras han denunciado que Al las difamó y señaló públicamente cuando lo rechazaron. Fueron algunas, expulsadas de la escuela, o de la comunidad. Manipuladas emocionalmente para no hablar, no cuestionar, nisiquiera mencionar a Al ni a SAJ después de su explusión. Otras han acusado tanto a Al Giordano como a Gregory Berger de acercarse a ellas cuando eran alumnas de la escuela, para seducirlas, engancharlas y hacerlas colaborar gratuitamente con el proyecto.

¿Cuál de estas cosas hizo Al conmigo?

El salón de estrategia se construyó en la sala de estar de casa de Al. Habíamos ahí, estudiantes, profesionistas, periodistas, y un poco de todo. Igual cantidad de hombres que de mujeres. A las sesiones que se organizaban cada martes y a las que convocábamos a través de Facebook, Al añadía un componente emocional muy fuerte. Hablaba de sus experiencias, como si fuera un héroe incomprendido, veterano, que sabía muy bien cómo ser encantador con cada uno de los asistentes. Sobre todo las mujeres. Repetía el discurso de los super poderes de quienes quieren cambiar el mundo.

Desde que llegué a su oficina, lo primero que hizo para comunicarse conmigo fue establecer un código subyacente que explicaba la dinámica de sus proyectos. Éramos la proyección de un universo planteado en los cómics de Marvel. Si no están identificados con esto, diré que los cómics funcionan mediante arquetipos que reproducen roles y establecen dinámicas perfectamente congruentes con perfiles psicológicos reales y que gracias a eso funcionan como alegorías de la vida real. No importa que sean monstruos verdes, u hombres voladores.

Al sabía esto. Extrapolaba los traumas de los personajes y entendía la fuerza que radicaba dentro de cada debilidad. Los héroes se construyen a partir de la transformación de las heridas. La reivindicación de lo vulnerable es un arma poderosa en términos retóricos. Cada uno podrá hacer el análisis que quiera. Pero si le dices a alguien descontento con la realidad que es poderoso, que es incomprendido, y que serás su mentor y su guía, (¿conocen a los Xmen?) es muy probable que su herida sea el mejor sitio desde donde enganches las cuerdas de la manipulación.

Al hacía eso. Con cada uno. A veces incluso preguntaba a todos cuál era su super poder mutante. ¿qué mayor simpatía se puede tener que la comprensión de alguien que valora lo que quizá nadie más percibe como potencial?

Fue una época intensa. Peña Nieto ganó las elecciones. Hubo protestas. Muchas acciones, muchos vínculos creados. En esa ebullición yo inicié una relación con alguien del movimiento, y eso cambió por completo la actitud de Al hacia mí. El día que se lo dije hizo un gran berrinche. Llegué a la oficina, hice el café. Cuando lo probó lo tiró y me gritó. Dijo que yo no hacía nada bien, y gritó más cosas. Se levantó y se fue y me dejó sola ahí. Volvió varias horas después para encontrarme llena de miedo. Dijo que las cosas ya no funcionaban para él y que de ese día en adelante yo tendría que irme a las 2 o antes, porque no estaba siendo útil para el proyecto. Yo me fui y pensé en dejar todo lo que estaba pasando ahí. Pero no lo hice. Pensé que era un tipo herido, y que si todos los demás consideraban esos arranques parte de un carácter «funcional», quizá no era tan malo. Tampoco tenía muchas opciones de empleo a dónde irme.

Desde entonces pasé de ser lo que Al manejaba ante el Salón de estrategia como la administradora de Narco News, cuya opinión él decía respetar, cuyo liderazgo pensaba que él fortalecía, a ser su asistente personal que resolvía las tareas más estúpidas de la oficina. Hacer el café, sacar copias, enviar cadenas de correos. Y extrañamente, mientras su trato conmigo a solas empeoraba, había empezado a halagarme cada vez más ante nuestra comunidad de colaboradores y conocidos del Salón de estrategia. Ante los asistentes de los talleres yo era la «cabeza» o la «jefa» y Al no dejaba de decir eso para construir la imagen de que yo tenía todo bajo control aunque no fuera cierto.

Para este punto, ya entrado el otoño, nos enfrentábamos a la cercanía de toma de poder de Peña Nieto, y estábamos convencidos de que había que construir estrategias pacíficas. El salón se volvió una especie de círculo de amigos, que continúa en contacto hasta la fecha. Hubo buena cohesión y camaradería. Incluso después de que me fui.

Nuestra labor se limitó a vernos los martes y servir de especie de desahogo. Ir juntos a manifestaciones, poner arte en las calles. Una vez intentamos hacer algo coordinadamente pero falló con resultados muy graciosos. Mientras escribo esto lamento que estos enormes grupos hayan sido tóxicamente tantas veces divididos. Productos de Al, como sus hijos, pero todos abortados, enfermos, o cortados a la mitad. A Al no le gustaba que hubiera nunca nada a sus espaldas. Temía de infiltrados todo el tiempo. Decía que sus enemigos, que hoy sabemos eran muchos, dijeran que era de la CIA y desmantelaran sus esfuerzos por transferir la sabiduría de la resistencia civil no violenta.

En ese otoño también fui a otro estado a dar un taller de Noviolencia. Dimos varios, al menos unos tres, dos en DF uno en Colima. Fueron buenas experiencias aunque no mucho salió de ahí.

También en esa época empecé a tomar cursos de derechos humanos, periodismo, comunicación, y el contraste era enorme con Al Giordano. Afuera, el periodismo iba más allá de discursos sobre su práctica y tenía mayor disciplina. Tenía teoría pero también mucha práctica. Complejidad. Y eso, junto a las visiones de quien entonces era mi pareja me hicieron tomar mucha más distancia cada vez del discurso de Al.

Las críticas externas no se hacían esperar. Tampoco causamos tanto revuelo, pero alguns medios alternativos criticaron al Salón de ser un brazo mexicano de herederos de Gene Sharp y de buscar desestabilizar la protesta. Para mi, éramos un grupo demasiado bebé para aspirar a eso.

Poco antes de la toma de protesta de Peña Nieto como presidente de la República Al empezó a ponerse muy enfermo. Mis tareas seguían siendo básicas, seguían siendo minúsculas, tenía a cargo el Salón de estrategia, tenía que convocarlo y coordinar las sesiones. Y empezamos a planear la siguiente escuela, la del año 2013. Creo que sacamos la convocatoria, y creo que el ICNC volvió a financiarla, o ya no recuerdo cómo se consiguió eso. La rutina se había vuelto más pesada para mi. Vivía sola, trabajaba paseando perros, cuidando a Al, organizando la escuela, y haciendo traducciones, reseñas, y pequeños trabajos que me llegaban.

Al hasta entonces era considerado por mi como un amigo. Y me preocupaba a pesar de que yo sabía lo duro que había sido con otras mujeres. Por ejemplo, me había enterado de lo mal que había tratado a dos de sus ex asistentes. Fue entonces cuando empecé a notar un patrón. Su personalidad. Su relación con las mujeres. Su gancho.

Muchas de las características que Al gustaba de destacar de sí mismo eran aquellas que lo hacían ser como Dr. House. Esta comparación le quita mucha solemnidad a todas estas cosas que se están diciendo esta semana entorno a él, porque es realmente ridículo pero es real. Y puede ser corroborado por muchos.

En el otoño de 2012 Al me envió una mañana a comprarle un bastón. Yo hasta entonces nunca había visto la serie, pero sabía que Al era un admirador ferviente del personaje de Dr. House. Un personaje enfermo, un genio, incapaz de mantener relaciones sanas con mujeres, y con amigos incondicionales que le perdonaban todo. Un tipo con bastón que podía darse el lujo de ser considerado un cabrón. Un hombre mayor solo y enfermo. Obsesionado con su trabajo. Calculador y estratégico.

Cualquiera que piense que Al puede ser apreciado o visto como un genio, y que sus acciones tienen justificación porque pertenecen a un carácter complejo y rico, pueden matizar su visión con esto, y pensar si estamos ante un personaje original, una ficción con licencias en el mundo real o una coincidencia.

Cualquiera en el papel de Wilson, necesita revisar la serie. Por su propio bien.

La enfermedad de Al, que fumaba unos treinta cigarros al día, y que bebía practicamente todas las tardes, se había agudizado cerca del invierno. Sus amigos, que eran unos dos o tres, tenían todos muchas cosas qué hacer. Aunque mi horario se había visto reducido, dándome libertad por las tardes, yo seguía estando al pendiente de muchas de las tareas que Al me dejaba. Tareas que seguían siendo extrañamente estúpidas, algunas que yo consideraba denigrantes, y obsoletas. Desde que había iniciado esa relación parecía que Al necesitaba afirmar su poder sobre mi confirmando mi subordinación todo el tiempo, y dejándome ver cuando estábamos a solas que su simpatía por mi y mis supuestos super poderes se habían terminado.

Cuando esto comenzó a pasar me sentí liberada. Pero entonces se puso en marcha otro programa para mantenerme cerca. Al tuvo una crisis de salud que lo tiró en cama muchas semanas, y ahí empezó lo que fue el abuso laboral de que fui sujeto.

Empezó a pedirme que fuera por su desayuno, que le llevara medicinas, que le consiguiera doctores. En los peores momentos, llegó a pedirme que vaciara una jarra de agua que llenaba de orines porque no podía levantarse. Las labores para organizar la escuela seguían en marcha. Yo seguía paseando perros y escribiendo, y además ayudaba a Al horas extra porque estaba muy mal. Llegué a decirle, con la licencia que concedía considerarse amiga suya, que debía cuidar su salud. Dejar de fumar. Dejar de beber, e ir a terapia. Él respondía mal y decía que no me metiera en su vida.

Continuamente me contaba sobre su relación con sus mentores, y me decía que habría dado la vida por ellos, que les ayudo siempre y que estuvo ahí para limpiar su vómito, sostener su cabeza cuando estaban con sobre dosis, darles de comer y ayudarlos en sus peores momentos. Su idea de la lealtad estaba exageradamente romantizada. Mis días eran extenuantes, debía pagar la renta, y él lo sabía. Llegó a decirme que ese trabajo no era nada corporativo y que todo era más flexible. Los pagos llegaban puntuales, pero el mi última etapa en NN no fueron justos.

Dije a Al, y a sus amigos, varias veces, que necesitaba ayuda, que Al no estaba poniendo de su parte y que lo que requería era una enfermera. Yo veía cuánto gastaba en alcohol y no podía creer que me pagara lo que me pagaba, y que no considerara invertir en su salud. Empezó a decirme que sin mi, la SAJ del 2013 no sería posible, y la convocatoria ya se había publicado, así que las aplicaciones ya habían empezado a llegar.

Las revisábamos, y yo notaba que Al y Greg pedían el perfil de facebook por dos cosas. Para corroborar la legitimidad del contacto; sus conexiones, si tenían algun vinculo con los excluidos, y si eran mujeres, para elegirlas en función de su belleza o de su juventud.

Durante mi estancia en NarcoNews supe que sedujo a personas del círculo que compartíamos, y que las manipulaba haciéndoles creer que estaba enamorado hasta que ellas rompían el vínculo. Fui testigo de su misoginia, y del odio y rencor que tenía por aquellas mujeres que lo rechazaron. Vi cómo amenazó con destruir las carreras de quienes llegaron a cuestionarlo. Y le tuve miedo, junto con pena.

Me sentía atrapada, manipulada, chantajeada, usada. En invierno Al mantenía las ventanas de su casa-oficina cerradas, fumaba todo el tiempo, y no me dejaba respirar. Si yo cuestionaba eso me regañaba, gritaba, y volvía a chantajear. Llegó a amenazar con suicidarse alegando que estaba muy solo, enfermo y miserable.

Me fui una noche, después de haberle pedido que contratara una enfermera. Se negó y se molestó. Yo no podía más y estaba muy disgustada e indignada con todo lo que estaba viendo. Su forma de planear la Escuela era espeluznante. Durante la primera cena de admitidos a la SAJ del 2013, cuando estaban ya muchos en su casa, bebiendo cerveza y comiendo quesos y botanas, dije a Al que debía irme temprano. Tenía frío, temblaba, y estaba muy nerviosa. Recogí mis cosas de la oficina y salí sin despedirme casi de nadie, muy rápido, pensando que hacía algo malo y subiéndome al coche de alguien que había ido a recogerme.

Cuando entré al auto no quería cerrar la puerta ni la ventana. Me sentía sofocada. No podía hablar bien ni llorar, ni respirar tampoco. Tuve un ataque de pánico.

Más tarde lloré. Meses después entendí que estaba siendo abusada laboral y emocionalmente y luego de un tiempo lo superé. La SAJ se desarrolló normalmente con la ayuda de otras personas. No volví a saber de Al Giordano. Sólo supe que dijo más tarde que yo había intentado sabotear la escuela. Que era una traidora, y que nadie debía mantener contacto conmigo.

***

Cuando los testimonios de muchas otras mujeres salieron a la luz esta semana comprendí muchas cosas. El modus operandi de Al Giordano y de su escuela son muy claros:

Bajo la premisa de ayudar a los jóvenes periodistas, la SAJ recauda dinero cada año. Este dinero va a parar a la organización misma de la escuela, (que sólo dura 7 o 10 días) pero sobre todo a los bolsillos de sus organizadores. (De los cuales no todos son pagados justa ni equitativamente, según algunos de ellos)

Al siempre tiene una asistente que llama «directora», y siempre es mujer porque de esta forma, en un entorno de izquierda, nadie puede decir que no hay liderazgos femeninos.

A estas directoras, como a sus colaboradoras, termina siempre por intentar seducirlas. Cuando no puede, las chantajea, las amenaza y ejerce violencia psicológica. Para él, su posición como director de la SAJ es una perfecta excusa, incuestionable,

Sus conquistas son siempre de mujeres mucho más jóvenes que él.

Al habla mal e inventa cosas sobre mujeres y hombres para separarlos y así evitar que se formen grupos cohesionados donde se ventilen los actos de acoso y manipulación que ejerce.

Después de la escuela, a los alumnos se les exige que escriban cartas de recomendación para recaudar fondos.

La escuela por su parte funciona como una secta. Se desarrolla entorno a un líder incuestionable, la desobediencia se castiga con destierro, la sola mención de una duda amerita la explusión. Al inconforme se le llama saboteador y se le destierra. En cada edición se cumplen las siguientes condiciones: el proceso de admisión crea en el admitido un tratamiento de «elegido», hay un fuerte componente emocional en cada actividad. Hay comida, alcohol, drogas, y privación del sueño. Las actividades son una detrás de otra provocando cansancio y falta de tiempo para asimilar la realidad. Durante la escuela, mientras se está dentro, se prohibe a los asistentes revelen la ubicación y que se comuniquen con el exterior.

Cada año la comunidad se renueva pero sólo mantiene en ella a quienes permanecen por aparente lealtad, quienes realizan trabajo voluntario que es capitalizado de varias maneras. El ego de los participantes se nutre con la idea de que son especiales, más que quienes están fuera.

Dentro de las enseñanzas de la escuela siempre se maneja un sistema de «entrenamiento» como un programa que se inserta en los asistentes y más tarde opera a través de ellos. Por muy descabellado que parezca.

Las características extrañas que rodean a este proyecto podrían mantenerse como simples rasgos de un proyecto personal, no serían tan denostables si Al Giordano no acosara constantemente a las mujeres que participan en SAJ. El hecho de que un director de una escuela, tenga actualmente más de veinte acusaciones de comportamiento inapropiado, sólo confirma que Giordano utiliza la SAJ para acercarse a mujeres, intentar seducirlas, y calumniarlas y amenazarlas cuando es rechazado. Es abuso de poder. Es falta de profesionalismo.

Comentarios sobre los recientes acontecimientos:

Después de que publiqué la primera parte de esta historia, Al Giordano se puso en contacto conmigo. Apeló a mi bondad y usó su estado de salud pidiendo que no ataque a nadie más que él, ya que como según alegó, yo lo he hecho contra mujeres líderes de su proyecto. Se auto llamó mi mentor y halagó mi forma de escribir.

Quiero dejar claro que esta historia está escrita para dejar constancia de mi visión de los hechos. Que no culpo ni critico a quien permaneza a lado de Al Giordano, porque sé lo dificil que es dejarlo debido al nivel de chantaje y manipulación. Que me deslindo totalmente de tener cualquier contacto con él y sus proyectos. Y que estoy aquí para quien quiera apoyo mientras se recupera de los abusos sistemáticos. No estamos solas.

Me disculpo por haber acercado a Al a las personas que lastimó, pero no sabía el alcance del daño, y aunque me siento responsable, y sé que sus abusos no son mi culpa, quiero ser parte de lo que requiramos para reparar el daño.

Sobre los comentarios que algunas personas han hecho, sobre si esta cascada de testimonios es un linchamiento, me gustaría pensar que no lo es. Que sólo es un intento por evitar que este tipo de abusos, acosos, y licencias para difamar y maltratar mujeres, siga ocurriendo. Tiene que parar. Tiene que haber consecuencias. Todas y todos tenemos que aprender.

Y Al, no eres mi mentor. Tú no querías serlo. Sólo querías tener sexo conmigo. Sé real por un momento.

Mis mentoras son mujeres, que me han apoyado, enseñado, fortalecido, pagado por trabajo, protegido, comprendido. Me han ayudado a tener disciplina con amor. Y ese amor está intacto. Ninguna me ha acosado. Ninguna me ha manipulado. Ninguna me ha calumniado. Y ninguna me ha exiliado.

Si publico esto es porque acepto que pude haber hablado antes sobre el comportamiento de los directores de esta escuela, y no lo hice por miedo a represalias. Sobre estimé sin embargo su capacidad de daño. Pero me siento responsable de haber permanecido cerca el tiempo que estuve. Y haber estado en silencio. Eso se acabó.

Nadie es responsable de tus acciones, tu estado de salud, y tus decisiones, más que tú mismo. Y nadie debe pagar el precio alto que cobras a cambio de lo que llamas enseñanzas. No aplaudo tu proyecto. Te deseo solamente que tengas la vida que te has construido.

 

Nosotras seguiremos adelante.

-Isa

 

 

 

 

 

Al Giordano bajo la ficción

Una escuela de periodismo

I

(English version)

Gaetano poco a poco se va volviendo un monstruo, la soledad lo carcome, es el artífice de una conspiración construida por él mismo. Su nube de rutina es asfixiante. Es el tabaco y el alcohol, las ventanas cerradas todo el tiempo, sus dientes oscuros, el escenario detrás de la pantalla a través de la cual vigila al mundo. Yo lo escucho hablar, a veces respondo diciendo lo que quiere oír, y luego vuelvo al espejo y me soplo de encima todas sus palabras.

Una vez, hace mucho, escribió un manifiesto que lo divorció de la industria periodística americana. O eso le gusta contar. Entonces llegó a México, huyendo del contexto ante el cual había logrado afirmarse como un disidente. Listo para conquistar, cual buen hijo de una cultura profundamente imperialista, la cultura mexicana que fue conociendo poco a poco, siempre caminando por la superficie.

Lleva treinta años reportando las luchas sociales norteamericanas, orientales y latinoamericanas. O eso le gusta decirnos. Sabe perfectamente cuál es el orden de las acciones importantes, cuál es el escenario, qué actos deben o no interpretarse y de qué forma debe hacerse en un panorama social determinado para que una lucha sea o no exitosa. La revolución tiene gestos que deben conocerse cuando se habla el lenguaje de la guerra.

Cuando habla y escribe de la revolución parece un jugador único frente a un tablero magnífico. Sonríe como un niño que se divierte cambiando las piezas de lugar adentro de una pequeña ciudad que busca, dentro de su ritmo incesante de diminutos destinos, solamente cumplir con su deber de un día. Cada día dentro del tablero ficticio, miles de acontecimientos invisibles suceden, algunos caminan en la danza del juego de las piezas que ya existen, las calles verdaderas, los seres de carne historia y hueso. Otros nunca suceden en concreto, sin embargo en la ciudad tablero, donde Gaetano juega, hay golpes de estado en las cocinas, mansardas que se sublevan de sus ventanas, amantes que se esconden del destino en cajas llenas de viejas correspondencias. Asesinos de líderes de movimientos con formas inusitadas. Explosiones de dicha frente a congresos y palacios municipales, boicots que confabulan adentro de las misas de los domingos, produciendo creyentes que aniquilan sus cadenas cuando desean con locura a sus sobrinas, -esos días la canasta del diezmo pesa menos.

Es así como aún cuando tiene a su alcance las mejores fuentes secretas internacionales, los mejores dispositivos para silenciar las ondas de radio de los teléfonos, y los espías mejor entrenados del país, ignora inocentemente, -dentro de su monstruosidad-, la mayoría de los minúsculos acontecimientos que le rodean. Aunque posee un botón en su estudio desde el cual puede detonar la más sangrienta revolución que puede liberar al hombre del hombre mismo, su nube de humo lo aprisiona, y me aprisiona a mí, porque sabemos con precisión qué pieza embona en el tablero del mundo, y sabemos qué factor produce y reproduce las cosas como las percibimos; como son a profundidad. Sólo que no sabemos cómo atajar el humo de los ojos, ni abrir la ventana para respirar, y aunque tenemos libros que predicen y explican la condición humana con arte y escalpelo, nos olvidamos de mirar también las notas invisibles, que ya no reportamos.

***

Escribí este texto en 2013, como parte de las catarsis posteriores a haber trabajado ocho meses en la redacción del medio Narco News, que dirige Al Giordano, también director de la Escuela de Periodismo Auténtico, SAJ «School of Authentic Journalism» . Por qué tuve que crear ficciones y alegorías para lidiar con esos ocho meses, espero dejarlo claro en estos textos.

La historia de cómo llegué ahí y las cosas que sucedieron luego es larga y complicada. Empezó en marzo del 2012, cuando fui aceptada a la edición de ese año de la SAJ. Tenía 27 años y trabajaba entonces en un proyecto que se llamaba Cooperativa Tzikbal. Movida por la conmoción de enfrentarme a la realidad de la pobreza de comunidades rurales del norte del país y llena de preguntas y una ingenua volutad de cambiar el mundo, postulé para la convocatoria que una ex compañera de danza había estado promoviendo a través de Facebook.

Fui «aceptada». En enero-febrero me enviaron un mail para confirmar la cita de la entrevista previa y yo estaba muy emocionada. Había sabido poco hasta entonces del organizador, conocía vagamente el sitio de noticias de Narco News, nunca me había planteado el periodismo, pero sí escribir. Llegué puntual a la cita a la que acudieron Al Giordano y Marta Molina. Todo al rededor de esta convocatoria, de la forma en que había que postular, el proceso de emails previos, el lenguaje que se usa, la precisión de los detalles y la minuciosa organización de cada evento era impresionante. Era como entrar por un largo tunel en donde parecía que la dificultad de entrada era una condición de algo grande, exclusivo, importante. O así nos lo hacían parecer. Más adelante comprendí mejor el por qué de este proceso.

En la entrevista me preguntaron por qué quería asistir. Yo dije en primer lugar que odiaba la escuela, y Al se rió y dijo que estaba de acuerdo. El resto de la conversación lo olvidé. Recuerdo que no paraba de fumar y tomar café y Marta era muy guapa, hablaba con mucha seguridad, con mucha personalidad. Después de esa entrevista creo que me dijeron que estaba dentro, y me invitaron a una reunión pre-SAJ en casa de Al. Llegué un poco extrañada de cómo era todo. Como buena chilanga mujer, preguntándome si no me estaría exponiendo a ser secuestrada y utilizada en una red de trata de personas en ese departamento de la Nápoles. Paranoias mías. -Pensé.

Unos días después sería la escuela. De la reunión pre-SAJ el objetivo era que los asistentes mexicanos nos conociéramos para ser una especie de anfitriones del resto de los asistentes. Jóvenes, hombres y mujeres de todo el mundo que acudían al igual que muchos organizadores comunitarios, periodistas, y activistas a los 10 días que tenía lugar la escuela debían ser acogidos por nosotros, a quienes nos dieron varias instrucciones sobre lo que ocurriría y cómo debíamos ayudar.

La sede era una broma. Era un hotel-villa en Tepoztlán cuyas habitaciones deben haber costado como 2 mil pesos la noche. (Éramos 40 personas o más) tenía piscinas, buffet, palapa para plenarias y bastante lujo. Varios de nosotros habíamos hecho una investigación personal sobre la SAJ. Encontramos otras historias de otros antiguos asistentes, y había extraños comentarios que me hicieron ruido al llegar al hotel. En mi cabeza de proletaria no dejaba de preguntarme cómo se había financiado algo tan lujoso para tantas personas. Pobre hippie outsider. En la información que había encontrado en internet había testimonios de ex asistentes a la escuela que contaban la historia de una de las primeras de sus ediciones. También había artículos que alegaban una relación entre la CIA y Narco News. No todos los comentarios sobre la escuela eran positivos, muchos pertenecían a personas que habían sido de cierta forma desterradas de ella. Sonaba a algo muy exagerado, «ser desterrado de un evento que ocurre diez días al año» pero cuando llegué a mi habitación lo discutí con mi compañera de cuarto, y después con otros dos asistentes de la habitación contigua, y todos especulamos sobre el verdadero background de la escuela. El resto de la experiencia estuvo imbuida todo el tiempo en este misterio. Tuvimos la sensación de estar en algo cuyos fines últimos eran desconocidos.

No recuerdo mucho las sesiones, pero había una actividad detrás de otra todo el día. Debíamos levantarnos a las 8:00 am, desayunar en el buffet, asistir a varias plenarias y después de nuevo ir al buffet. Después íbamos a grupos especiales en donde se trabajaba desde diversos métodos periodísticos. Investigación, video, no recuerdo cuál otro. Y después de nuevo al buffet, antes de la fiesta nocturna. Cada noche había una con mucho alcohol, música, baile. Las fiestas terminaban siempre muy tarde, recuerdo que cuando Al me entrevistó me preguntó si tomaba alcohol. Yo siempre había sido lo que se dice una nerd, no fumaba, no tomaba, no me drogaba. Le dije que no, y me dijo que la condición para invitarme era que tenía que estar en las fiestas y divertirme. En ese momento pensé en que Al tal vez pensaba en mi integridad personal, en lo importante que es relacionarnos, y ser felices. (Risas incontenibles). Pero me había puesto como compañera de cuarto de otra chica que tampoco tomaba y dormíamos siempre temprano. Pasamos muchas de esas noches analizando todo lo que ocurría y las cosas que aprendíamos, era una avalancha de estímulos intelectuales, emocionales y sensoriales, había gente de todos los rincones de la tierra, con carreras como activistas, artistas, periodistas muy llamativas. Talento, arte, música, y mucha motivación viniendo de muchos lugares dirigida a encaminar una cultura del «entrenamiento» en la resistencia civil noviolenta.

La mayor parte de las pláticas e intervenciones consistían en historias de personas que habían participado en alguna lucha social y se enfocaban mucho en hablar de los casos exitosos. Había que reportar las acciones pacíficas efectivas que usaban las tácticas noviolentas. La escuela del 2012 fue financiada por el International Center for Nonviolent Conflict, que trajo a las sesiones conferencistas, material didáctico y diversas publicaciones. Estando ahí, 18 horas al día, recibiendo pláticas, conociendo gente increíble, el cerebro se volvía una bomba de inspiración. Era demasiado para ser asimilado cada día. Pero la estrategia de sumersión tenía su efecto. Yo salí totalmente convencida de que todas las luchas debían ser pacíficas, debían tener estrategia detrás, planeación, ensayo, y apuntar para ganar.

Recuerdo cómo eran conceptos tan importantes, la victoria, la disciplina, la estrategia. Eran palabras que se repetían a toda hora y con las cuales venía implícita la obediencia porque al final de cuentas la doctrina estaba perfectamente construida. No tenía tantos vacíos metodológicos, hacía sentido. Cada una de las recomendaciones de Gene Sharp hacían sentido. En ese momento no tenía idea de en cuántos niveles eso iba a manifestarse como doctrina más adelante.

Entrenarse. Talleres de entrenamiento en la resistencia civil noviolenta. Sesiones de noviolencia. Se nos repitió constanetemente esto durante la escuela. Yo sentía que eran grandes herramientas y no podía creer por qué el tema no era más conocido o difundido entre la izquierda que había conocido en la Ciudad de México. Parecía la solución a todos los problemas organizativos.

Pausa. Esta se llama Escuela de Periodismo Auténtico, pero una gran parte de ella desarrollaba el tema de la organización comunitaria. Al decía que el periodismo y la organización comunitaria eran partes de una misma cosa. Los movimientos necesitan comunicar sus objetivos, sus logros, sus tácticas y aunque yo no tenía claro cómo un periodista podría ser también organizador comunitario, me hizo sentido.

La escuela duró diez días. Diez días de extrañeza por el financiamiento, por todos los valores que se «inculcaban» con cada actividad, y ese aire de misterio al rededor de los organizadores. Recuerdo que mi percepción era que no eran tan conocidos ni reconocidos por el medio periodístico mexicano, pero ellos parecían asumir una personalidad llena de parafernalias y gestos protectores de algo muy importante que estaban llevando a cabo. Estando en la escuela me sorprendió saber que Al era la ex pareja de una de las maestras, mucho más joven que él, guapísima, inteligente. (Extrañamente, todas las mujeres que asistían a la SAJ han sido muy guapas) Me sorprendió porque quizá estoy llena de prejuicios y las relaciones con tanta diferencia de edad siempre me han parecido peligrosas por la desigualdad que las habita. También me decepcionó un poco saber que Al mezclaba su vida personal con su trabajo. Mucho tiempo después todo tuvo sentido a este respecto, también.

Cuando la SAJ acabó yo estaba extrañamente animada y extenuada. Tenía la sensación de que me habían metido en un coctel con gente increíble y nos habían agitado mucho tiempo. La combinación funcionaba: estímulos intelectuales, gastronómicos, de paisaje, personales, emocionales, la obligatoriedad de las fiestas (nos privaban del sueño), el trabajo intensivo. Al nos había anticipado que al terminar cada SAJ había un síndrome de abstinencia, luego de toda la adrenalina en SAJ, al salir el mundo parecía menos brillante. Esto lo había dicho en una de las primeras reuniones cuando nos dio la bienvenida a cada uno y nos hizo presentarnos frente al grupo. Recuerdo que en ese momento estaba muy nerviosa cuando fue mi turno. Pero de cierta forma él diseñaba las emociones que se iban manejando en cada etapa, entendí después, primero con admiración, después con miedo. Todas las características que hacían de la SAJ algo tan efectivo correspondían por casualidad con las de una secta.

La aplicación para entrar a la SAJ es muy larga. Muchas preguntas, un ensayo largo. Después una entrevista, después correos de confirmación. Da la impresión desde fuera, como alguien nuevo, de que detrás de la SAJ hay un gran equipo que trabaja profesionalmente, que organiza planifica y ejecuta. Da la impresión de que hay administración, dirección, edición. Parece que Al Giordano es realmente un héroe periodista ex organizador comunitario retirado. Un genio incomprendido, un rebelde, oustider exiliado del terrible mundo gringo de los medios que había vencido y que ahora honrosa y generosamente pasaba su herencia cultural y su experiencia a las nuevas generaciones para bien de la sociedad.

Pausa. Tengo que hacer pausas continuamente porque la segunda parte de este relato cerrará algunos cabos sueltos que no se resolvieron hasta seis años después. Y darme cuenta de cosas mientras escribo me produce un vacío en el estómago que me obliga a parar.

El personaje de Al Giordano estaba perfectamente creado. Y digo creado porque como escritor sabe la importancia de contar la propia historia. De organizador de un movimiento antinuclear en EU a periodista renegado en México. Durante la escuela algunos compañeros estadounidenses corroboraban que Al fuera una leyenda y que Narco News fuera un referente del periodismo de la guerra contra las drogas en la frontera. En ese entonces mi vida consistía en hacer yoga y danza, y soñar con un mundo cooperativista. Obviamente no rechistaba ante esas referencias y no les prestaba tanta atención. Además los speechs de Al sobre la educación desecolarizada, sobre la disciplina, y la voluntad de cambiar la realidad ya habían hecho su efecto.

Recuerdo que aunque me causó escozor y escalofríos, lo que dijo Al en una ceremonia de bienvenida resonó mucho en mí. «I believe in you, no one believed in me when I was younger, except someone, and he changed my life«. «Yo creo en tí, nadie creyó en mi cuando fui joven, excepto una persona, y esa persona cambió mi vida» «Ahora les toca a ustedes cambiar el mundo» y cosas así.

Éramos todos personas que querían cambiar el mundo, de izquierda, rebeldes de cierta forma, y ese discurso era perfecto porque la rebeldía y la disidencia tienen como contexto constituyente la distancia con el resto del mundo, en muchas ocasiones al menos. Disentir es sentirnos a veces incomprendidos. Y entrar a un sitio lleno de iguales aparentes no es cosa de todos los días, por eso la SAJ parece en tantas ocasiones un paraíso, una tierra prometida. La melancolía del disidente halla una catarsis ahí en cinco minutos. Al menos del joven.

Cuando volví a casa después de la SAJ, después de pasear con los nuevos amigos de EU, sudáfrica, recuerdo estar en mi cuarto y sentir que quería cmbiar la realidad ya. Toda. contar con un eqipo, poner manos a la obra. Algunos compañeros de la SAJ y yo teníamos un proyecto que no fructificó, diré por qué después. Y yo me sentía ansiosa y nada del mundo de afuera ya tenía sentido para mi. Esperaba poder colaborar con Al, de cualquier forma, como voluntaria, editora, redes sociales o lo que fuera. Por eso el último día de la SAJ le dije con ojos llenos de idolatría que quería colaborar con NN y que estaba super feliz y que contara conmigo. Dijo que lo habláramos después.

Esto es lo que ocurrió en el mundo real. Pero hay otras cosas que entretanto, ocurrieron en el mundo virtual.

Al y Greg Berger, una especie de subdirector o socio de NN y la SAJ, abrieron un grupo de facebook de nuestra generación donde se publicaban indicaciones, mensajes, información sobre las actividades, las fotografías de cada día (que eran miles) y mensajes de los asistentes, tanto tutores como alumnos. Casi al final de la escuela, antes de volver al DF recuerdo que hubo un problema con algunos alumnos. No recuerdo con exactitud que pasó, pero algunos fueron echados del grupo de FB. Y poco a poco, entre chats y reuniones post SAJ se hizo claro que esas personas debían ser totalmente exiliadas del proyecto por ser consideradas nocivas. Yo creí esto, y acepto haberlo sostenido, aún cuando me parecía obvio que invitar a periodistas investigadores a un proyecto cuyo financiamiento o métodos no eran muy claros iba a levantar sospechas, especulaciones, o las simples preguntas que el grupo exiliado (entre quienes se encontraba la ex novia de Al) había hecho.

El primer día de SAJ, el 20 de marzo del 2012, creo, hubo un terremoto en la Ciudad de México de 7.2 grados o algo así. en mi cabeza, el mensaje era que algo se estaba moviendo. La SAJ había estado presente alguna manera (haciendo videos o visitas extrañas) a Egipto y a Madrid. Era la época post 15M, post Primavera árabe. Había en el aire muchas ideas acerca del nuevo efecto que staban tenendo las redes y el internet en las revoluciones que se perfilaban como posibles. Y 2012 fue un año electoral en México. El ambiente era totalmente propicio para poner en práctica todas las cosas que había visto en la escuela, para crear contenidos en contra de Peña Nieto, para escribir acerca de eso. Para involucrarnos en cualquier cosa que sucediera y que pudiesemos hacer una diferencia para evitar lo que fue la telebancada. Lo que fue la llegada del PRI a la presidencia de México. Después de la SAJ yo estaba segura de que toda esa comunidad de personas tan dinámica iba a hacer alguna diferencia, nosabía si aquí o si en otro lugar del mundo. Sobre todo porque durante esos diez días tuve la sensación de que había algún tipo de unidad y solidaridad.

Con esa sensación, de poner mi energía y voluntad de aprendizaje al servicio del bien común, llegué a colaborar en la oficina de Narco News.

Luego de haber hablado en persona con Al acordamos que podría colaborar con su proyecto de forma regular. Fuimos a un café sobre Insurgentes y hablams no mucho rato. Tampoco recuerdo lo que dijimos, pero después creo que lo acompañé a encaminarse a su casa. Pasamos por un parque y me pidió que nos sentáramos. Yo mantenía la admiración y el respeto, y jamás habría considerado nada romántico entre él y yo. Esta idea nunca pasó por mi cabeza, y a pesar de que coincidía en muchas de sus ideas nunca me dio una sensación de confianza ni mucho menos de atracción. Cuando nos despedimos me dijo que pensaría en una cuota de retribución-pago justo y que seguramente podría ayduarle a administrar Narco News. Yo estaba temerosa de no poder hacerlo. E imaginaba Narco News como una sala de noticias plural. Con decir plural, quiero dejar claro que al menos existiera más allá de Al. Pero cuando llegué a la oficina real había recibido ya dos sorpresas a las que tuve que adaptarme.

No diré que no estaba contenta. Lo estaba. Pero mi bienvenida a ese mundo me dejó una lección, que no me alcanzó para prevenir todo lo que pasó después, de lo que hablaré en la segunda parte de la historia, en donde espero dejar en claro varias cosas, incluida mi postura respecto a la salida a la luz de tantas historias sobre Al Giordano y sus proyectos para cambiar el mundo.

Al, si estás leyendo esto no tengas miedo de cosas que no sean ciertas. La verdad no sólo cuesta al implicado, sino a quien se la calló por tanto tiempo, en este caso a mi. Tú más que nadie nos dijiste muchas veces que no hay verdades absolutas, que nadie tiene la razón, y que juntar muchas verdades sólo puede crear una verdad más grande.

-Isa

Parte II

Lo hicieron

Era de esperarse y lo absurdo era pensar que no lo conseguirían, pero los millones de dólares demolieron la casita que albergaba esa casa de textiles amarilla en la esquina de Murcia y Rio Churubusco. La tiraron en un fin de semana, recuerdo. Y ahora se impone un rascacielos hermoso, brillante, gigantesco, aliñado cn una glorieta y una fuente que todavía tiene pinta de innecesaria. ¿Son las fuentes innecesarias? Y el conjunto se ve bien, pero ya no es nuestro.

Nunca lo fue, aunque lo pareciera, o sí. De cierta forma Mixcoac siempre será nuestro porque ha dejado de ser un caṕítulo suyo. Reconozco el dejo cliché de la nostalgia, todotiempopasadofuemejor. Siempre parece mejor lo que se ha ido o se ha cerrado.

Pero en este caso, lo que se está yendo es la ciudad. Puedo seguir este texto con palabras como gentrificación o como interés del capital, pero esa voz tampoco es la mía. Enunciar ese mundo es apropiárnoslo. Mi mundo era el parquecito de Rodin, y soy todas mis historias ahí. El tango los fines de semana donde me daba pena bailar. El busto de Juan Rulfo que tuvo los ojos con piedras rojas tantos años y que cuando era niña me hacía imaginar a Rulfo como un ser diabólico y siniestro. ¿Por qué tenía los ojos rojos? ¿A quién se le ocurrió?.

Ahora sigue igual, pero hay más coches, y más escuelas. Y la moda que visten los etsudiantes de bolsillo acomodado corresponde a las propuestas de las grandes marcas de ropa de Inditex y algunos toques de Lacoste. Es como si la frialdad del rascacielos se comiera la cantera y el barro de los decorados de las casas viejas. Hace como diez años, o menos, quitaron la casa de Actipan, la del jardín enorme delantero con una reja muy bajita que hacía sentir que el jardín era propiedad pública. Todos podíamos verlo y soñar con él. Pusieron un complejo de departamentos, y a dos lotes más al fondo de la calle, otro edificio de departamentos. Qué insanidad. ¿Y el agua de dónde la van a sacar? pensamos muchos.

No sé si lo perdimos, o si ganamos algo con la nostalgia que nos crece al perder el alma del barrio chiquito. No, no se transforma. La privatizan. La hacen carísima, cambian los establecimientos, hasta que deja de ser accesible.

¿De dónde sacan esta idea de que más grande mejor? Mi infancia ya es infancia porque tengo un sitio inexistente hoy donde ponerla en mi memoria. Eso quiere decir que soy adulta. Tirando a anciana, porque los ancianos dicen mucho «ya no es como antes» o cada vez más dicen «cuando éramos niños». Así se come el futuro, los usos lingüisticos. Hoy usa la velocidad para el contraste. O ¿siempre fue así?

Todavía hace unos años pensaba yo que el futuro era algo que llegaba más adelante, no algo que nos comía y nos mareba con su vicio veloz hasta que ya no sabíamos cómo nombrar lo que sentíamos. Hoy es eso. Decimos estrés, decimos prisa, decimos caos. Pero es otra cosa que aún no alcanzamos a distinguir. Habitar es también ser un organismo en cojunto con lo habitado. Cáncer. Crecimiento fulminante.

Locura. Hicieron avenidas para la rapidez, porque la rapidez es un valor importante en el mundo de hoy, se vende caro. La lentitud es un defecto, la antesala de lo impuntual, la lentitud es la compañía del fracasado, de quien no tiene «mil cosas» que conforman su éxito. La lentitud es lo indeseable, y había que construir una estructura de venas y pasajes de respiración para un organismo que respira rápido. Porque parece que hay que respirar rápido. Lo que queda en medio es la vida, dice la voz anciana.

Lo que usamos para pagar un suéter es la vida que gastamos para ganar el dinero que dejamos. Dejamos la vida. Pienso en el camellón de en medio de Churubusco, cuando era niña, y mi familia y yo cruzábamos clandestinos la reja de alambre, abriendo un resquicio roto donde cabíamos uno por uno. Como animalillos cruzando una carretera, burlando las bardas. La vida tiene sus necesidades, ¿sabes? el libre tránsito. Tantos muros…Los mapaches siguen cruzando las carreteras en hilera, la madre por delante.

Cada día que pasa la ciudad va perdiendo su sentido. Hacia lo milagroso de ser una estructura de cristal donde habitan trapecistas del tiempo y la rutina. Heroínas del sustento. La ciudad produce distintos tipos de supervivencia, en los retos que propone, quienes consiguen mantener calma, paz, sanidad mental son super humanos. Acumular es un acto ya incnsciente, no es un mérito, ni una imperfección no hacerlo, si consideramos que el capitalismo es un defecto que tenemos de nacimiento. Pero las otras tantas cosas que ocurren y discurren en el diálogo infinito de hormigas en el metro, y los tropiezos, y las micro amabilidades, el gesto solidario en medio de las muchedumbres, esas sólo pueden nacer en las ciudades. Como oportunidad y viacrucis para probar que somos humanos. Poder ser posibilidad de OTRA cosa, es una cualidad de la ciudad.

Después de trabajar en un medio, de peinar las noticias, saturarme el útero con preocupaciones globales y políticas, dejé de ver las noticias primera cosa en la mañana. Dejé de verme, aunque todavía me cuesta, como un gusano social. Que actúa, que tiene impacto, que puede hacer cosas, porque este contexto ya no tiene sentido. Es Babel. Y entre tanto ruido lo vital es definido por la demencia. Y ¿qué vitalidad consigue sobrevivir a la ira de la demencia? Dionisos no quema los arbustos que producen su vino.

Todavía existe el vino.

Me gustaría poder enumerar las veces que pasé por cada calle del barrio. O los besos que di en las bancas de sus parques. Cuántas veces escribí en sus mesas de cemento hechas para el ajedrez. Anduve en mi bici. Y usé su belleza como pretexto. El carácter veloz del mundo y del dinero se comió nuestro barrio. Su carácter de nido se pierde, se pierde su silencio, la quietud de sus parques los domingos, la historia de sus casitas coloniales, y el saludo de los vecinos antiguos. El territorio entrega su trabajo como creador de identidad. Y se va a otra parte.

Pero las muertes también son nacimientos. Los barrios perdidos y el arraigo han de llevarse a otros lados. Como han hecho siempre los ancestros, sin saberlo, o sin notarlo. Sembrando su significado como novela por entregas en cada mudanza. Algo se muere, pero otras cosas van naciendo. Me digo. La cuestión, Isa, es que la vida es un hilo y no hay que soltarlo. Tejer, Tejer. Y largarse cuando ya no hay hilo.

No puedo decir que no es hermoso el rascacielos. De cierta forma se me presenta como una burla y como un monumento a lo imposible. Pero si tiene que erigirse para afirmar que es posible, quiere decir que teme por lo efímero, por la caída, y la construcción de un solo piso, a la que se vuelve. Crecer es poder decir «esto no lo quiero». Ser un ser que da sentido y no sólo se lo come cuando lo ponen, pre fabricado, frente a uno.

 

 

 

 

Trabajar para la vida, después del sismo

Hace dos años escribí sobre lo que pasa cuando dejas un trabajo que no te gusta para trabajar por tus sueños. Escribí sobre el desasosiego que genera estar en una oficina en donde no nos sentimos útiles y absorbidas por una rutina asfixiante, y la libertad y sensación de logro que se obtiene cuando saltamos al vacío.

Después de tomar esa decisión mi vida tuvo un giro de 180°.

Estaba cansada de escribir tonterías bien redactadas con un sueldo «decente», y sentía que habiendo tanto por hacer en el mundo, estaba desperdiciando mi existencia. No estudié ninguna carrera, no tengo una especialidad en algo, pero sé hacer un montón de cosas porque trabajo desde los 16 años, y siempre, siempre, aunque me cueste todo, he buscado actuar en consecuencia con mis ideas y mis principios. Así que cuando lo «perdí todo», en realidad me di cuenta de que las certezas que buscamos con tanta fiereza desde la adolescencia en realidad no son nada.

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Día 7, 19S Noticias del derrumbe

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Foto de Luna Yedra

La imagen de las hormigas. Antes, la imagen de los autos abiertos en la calle, con la radio sonando muy alto. Personas reunidas entorno a las noticias. Las noticias sólo suenan en los autos porque el barrio se ha quedado sin luz.

Llegué a casa sola. La casa sola. Me trajo un amigo en su moticicleta. Los primeros minutos después del temblor supe que todos estábamos bien. Los nosotros =el núcleo. La alarma desató un ambiente que sólo conocía en mi imaginación escribiendo del fin del mundo. Las calles de Insurgentes estaban saturadas de gente. Me gusta cuando están así, con la cotidianidad rota porque ahí de su abertura sale otra cosa desconocida. Un algo que nos posee.

Avanzamos en la motocicleta como pudimos. Unas personas pedían aventones. Unas personas prestaban sus coches para que los parados pudieran irse. Las líneas de teléfono estaban caídas.

Martes 2:00 pm ¿Se habrán caído edificios? una mujer dijo que supo por su hija que vivía en el centro que muchos se habían caído. Era 19 de septiembre. Demasiado crudo y absurdo para ser una broma. ¿Otra vez?. Yo nunca viví esto. Nosotros no. Pero los padres sí, los mayores. Quedaba como una memoria que se nos compartía a los niños en las escuelas al hacer los simulacros, y los padres y tíos confirmaban la gravedad de lo que había pasado. Pero eso se sentía como información que venía de fotos, y se instalaba en las neuronas con la sensación de una foto. Plana. Blanco y negro. Sepia.

Ahora esas imágenes se repetían. Tu dosis de terremoto. -Ahora tienes una tuya. Sociedad civil organizada. Palabras. Organización. Palabras. El PRI del DF se derrumbó cuando se derrumbaron los edificios de la ciudad. -Escucho eso en mi cabeza.

Horas en casa esperando a que alguien llegue. Esposo en oficina. Familia en casa. Me puse a leer a Dostoievsky, el libro gordo que compré hace poco. Pero no me concentraba. Escribí en mi libreta. Abracé al gato. Salí a dar la vuelta. De nuevo los coches abiertos, el barrio sin luz. La gente comprando agua. Velas. Baterías para los radios. Qué desnudos estamos sin el internet.

Me senté junto a una pickup negra y escuché junto a unos extranjeros. Demasiados daños, decenas de muertos. Una escuela. A lo lejos mi familia con el perro. Alivio. Dormimos todos deseando bien para los 29 millones de esta ciudad. El martes en la noche sé que siento tristeza en algún punto muy abajo. Pero no lloro. Estoy atenta.

Al día siguiente las noticias. La TV: melodramas producidos a mano. Las calles se abarrotaron de gente. Hoy, siete días después sabemos que éramos demasiados, y que en algunos casos la intención de ayuda masiva entorpeció las cosas. Rescates, remoción de escombros. Flashes de escenas, frases. Ruido.

En las redes se ve desde la noche del 19 una reacción de los amigos. Están saliendo. Son las 11:00 pm y no podemos salir. Pero quiero. Llega el golpe de realidad: en el 85 la sociedad salió a la calle a falta de respuestas del gobierno. En 2017, no sabemos si el gobierno está respondiendo, pero somos 29 millones de personas. Algo debe poder hacerse. En mi cuadra la gente está saliendo. En la calle también. Otra vez la escena se parece a lo que escribo sobre el futuro, sobre el DERRUMBE. Es como si en mi cabeza hubiera producido un juego de palabras cuya combinación ahora es la realidad tal cual. Noticias del derrumbe. La novela. Las calles. La reacción de la gente. Es como si nos hubieran dado una patada hacia el futuro.

Mientras organizamos un grupo para salir a ayudar, pienso en el futuro. Hay empatía, solidaridad. Me alegro de que al menos eso tengamos aún. Aunque haya que cimbrarnos tan fuertemente para reaccionar.

Las cosas que he pensado antes: poner un centro comunitario para quitar de la jugada el hambre, la depresión, la falta de oportunidades, el aislamiento, y la ceguera ante un esquema de ciudad que produce muerte.

Porque esta ciudad produce muerte. La estamos construyendo y reinventando con esquemas nocivos. Con venas cuya velocidad daña al corazón del sistema. Demasiada velocidad. Sistema Cutzamala sucio. Vías rápidas sólo para coches. La valoración del coche. La arquitectura que sirve para negar la realidad del otro. No nos hagamos. Pagamos por belleza, por cubrir con muros la miseria. No nos importa el otro. No importa porque vamos en el auto y no vemos el cansancio, sufrimiento, violencia, explotación del otro. Muchos problemas más. El final del impulso que se siente cuando se despierta a esta realidad es cuestionar el sistema de desarrollo urbano. Y el sistema económico. Pero los economist@s no dejan de repetir como zombies los mismos conceptos en el mismo orden que las escuelas colonialistas produjeron para justificar la explotación del 70% del resto del mundo hace 100 años. Locura.

Somos locos quienes decimos esto desde hace mucho. Los rascacielos son monumentos a la muerte. Al nivel de consumo. Aceptar el estilo de vida que nos meten con un palo por los ojos y los sentidos. Locura. Inercia. Locura sostenida en la inercia.

Esa inercia se nos rompió. Es el tipo de roturas que pueden marcar parteaguas. Me lo he preguntado una y mil veces: si somos millones de manos, de energías, de fuerzas. ¿Qué hacemos con eso? ¿Qué hacemos con lo que somos? Pensamos tantas cosas absurdas. ¿Por qué no lo usamos para hacer de esta una ciudad de ensueño. Si quisiéramos podríamos, ahora lo sé.

Junto a nosotros, en el metro, en la oficina, hay un otr@ que siente cosas, tan profundamente como nosotr@s. Llevo años pensándolo. Todos estamos tan absortos en la rutina que no lo escuchamos. Ni siquiera nos escuchamos a nosotros mismos.

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Cadena humana de ayuda. @LunaYedra

Hormigas

Estoy en una hilera de personas. Unas 100 personas. Mujeres, ancianos, jóvenes. Me pongo un casco, me pongo un chaleco, guantes, cruzo una línea de plástico que marca desastre. Una tira amarilla que levanto para entrar. Todos los días levantamos una tira de plástico invisible que dice ATENCIÓN al cruzar la puerta para salir a la vida en la mañana. La ciudad siempre es zona de desastre. Pero no llevamos casco.

Me asignan un lugar en la fila. He visto ya, varias veces cuando levantan manos para pedir silencio porque sospechan que hay vida bajo los escombros. Yo lloro por dentro. Un poco lo que he sentido todos estos años es que es difícil que como sociedad, como colectividad nos escuchemos unos a otrxs. Hubiera querido que alguien levantara el puño para que hiciéramos silencio y pudieramos oírnos a nosotros mismos. Si levantamos el puño y nos callamos podemos entendernos mejor. Todo lo que nos divide es absurdo y pueril. Nombres, etiquetas, identidades, separación. La misma que Kant dijo que ussamos para definir quiénes somos.

Veo hombres morenos, vestidos de verde. Son soldados. Veo mujeres de jeans y casco. Tienen músculos, gritan. Son fuertes. Los dos. Los dos están exahustos, pero la providencia trae comida siempre, a menos de dos metros. Escucho a lo lejos el aplauso: encontraron a alguien vivo. Muchos tenemos lágrimas. ¿Qué fuene común las produce?

Lo que sacamos de los escombros no son sólo las personas. No lloramos porque la vida sea sagrada y porque qué bueno que alguien está vivo.

Sino porque estamos rescatando de abajo del cemento la esperanza o la certeza, de que podemos estar juntxs. Y porque al paso del tiempo, de los días, cuando recordamos estos momentos nos damos cuenta de lo lejos que estamos en lo cotidiano. Siempre, desde niña, pensé que un mundo en el que debemos hacernos fuertes para no quebrarnos al ver el sufrimiento del mendigo, también nos hace insensibles. Para sobrevivir hay que ponerse la coraza. La coraza acaba impidiendo que pase la ternura. El sismo nos sacó de esa «normalidad». Hizo extraordinario cada esfuerzo. Ninguno quisimos luego, volver a la vida cotidiana. Porque aceptémoslo: no somos felices. Hoy, como hace cinco años, como hace diez. El sentido de lo que hacemos como sociedad está perdido.

-No queremos volver a la normalidad. ¿Para qué?

Hormigas, todas cargando cubetas con cascajo. ¡Fierros! ¡cemento! ¡cuidado vidrios! dice siempre el de la izquierda. ¿Por qué hacemos esto? ¿Esto sienten las hormigas? pienso. Ahí no había una Isa, ahí habían unos brazos y unas manos. De pronto tengo una alucinación. Mi piel se oscurece. Me salen antenas. Mis extremidades se multiplican, tengo vellos sensibles en el cuerpo. No pienso, y no siento. Percibo vibraciones. Somos millones. Después vuelvo a mi cuerpo humano y miro todas las cosas que me sobran.

Muertes. Niños. Personas hoy sin casa. Amigos en casa comiendo tacos de canasta. Velocidad. Entregar víveres. De cierta forma sabemos que lo que hacemos no necesariamente es urgente. Aunque lo parece. Pero queremos salvar otra cosa. No cargar con una culpa. En realidad todos los días, las personas a nuestro al rededor sufren. Pero no sabemos cómo ayudar. La limosna ha sido siempre indigna para ambas partes, así que ayudamos cuando se puede.

Cuando ocurre un 43, un 132, un 19S, sé que salimos a la calle algunxs, diciendo hacia dentro: hoy sí puedo hacer catarsis, porque en la vida diaria nadie me acompaña. Hacer catarsis solxs, sin cómplices, es imposible. Los posibles cómplices estarán absortos en sus rutinas, llegar tarde o temprano al trabajo. Sobrevivir. Sobrevivir al estrés. ¿En qué momento de la normalidad alguien pide un par de manos en una esquina y llegan cien?

Responsabilidades

Conforme pasan los días salen a flote algunas mañas humanas. Vicios televisivos. Corrupción inmobiliaria. Estoy segura de que si se resolviera el tema de la corrupción inmobiliaria, y tuvieramos la lucidez de buscar y atacar las verdaderas raíces de los problemas, no sólo veríamos por la corrupción y el enriquecimiento. Acabaríamos siendo responsables por omisión de no impedir que las ciudades sigan creciendo con los estragos ambientales y sociales que producen. Veríamos por el origen de lo que consumimos, y su huella de carbono. Cuidaríamos la energía gris de lo que nos rodea. Ayduaríamos a aquellxs que con esfuerzos mantienen sistemas de sostén de la vida que son posibles ambientalmente. Dedicaríamos tiempo a lo que sostiene la vida de forma ciudadosa. Y pues, voltearíamos a ver al que está junto a una misma.

Pasa la adrenalina, pasa el contexto de emergencia en que tenemos permiso de llorar, o conmovernos. Conforme pasen los días será menos bien visto derrumbarse. Dudaremos de si lo que podemos dar es necesario. Sentiremos pereza porque estar en los escombros no saldrá en la televisión. Los héroes no serán los anónimos.Volveremos a desear un suéter. Y aquí es donde pongo mi conclusión de todo, a una semana del movimiento.

Los cambios, los movimientos, el encontrarse se alimentan de la emoción, del corazón. Hay empatía- hay movilización. Cuando se acabe la emotividad, se acabará la movilización. Todos los puntos de quiebre de la historia tienen como motor la necesidad, y la piel sensible. Cuando se acaben las noticias, necesitaremos haber elaborado una memoria. Colectiva, sensorial. Vinculante. Porque de ella van a depender los motores que aprovechen esta sacudida, estas más de 300 vidas que necesitábamos para salir a la calle y vernos en el rostro del otro.

Pasarán los días, llegarán otra vez las diferencias políticas, sociales, ideológicas. Y aunque vuelvan a separarnos debe quedar al menos la memoria de que la vida importa. Y su dignidad recuperada está allá afuera.

No quiero la normalidad que había. Todavía tengo fe en lo extraordinario.

 

 

 

 

 

 

Todo para mi

El otro día cometí un crimen. Volví del trabajo y pasé a conseguir las provisiones para mi día conmigo misma. Fue extraño. Me sentí como la mujer de un documental que vi sobre la anorexia-bulimia, llenando la lista de alimentos exacta que requería para su atracón seguido de una reclusión autoimpuesta, sufrida, flagelante. Era una enfermedad, pero era también un ritual: la compra, los insumos, el balde para el vómito, los jabones, las toallas, el perfume. Todo estaba planeado.

Pero en mi caso, bueno, no tengo anorexia. Fui por una lista de alimentos, y dos que tres placeres propios. Chocolates. Galletas. Combustible para la escritura y la autocomplacencia. Esto en mi no es normal. Me sentí como una impostora, una ladrona (aunque pagué por todo) alguien malvado. Caminé con las bolsas del mandado como tratando de esconderme de una yo que me veía desde arriba. Túuuu … malhechora.. ¡¡buscas placer!! mal, MUY MAL. <- eso me decía desde arriba.

Entré a casa, solté la carga del súper, descansé un poco. Quieta y tensa, de pie junto a la mesa de la cocina, miré a mi alrededor. Moví los ojos como si sospechara que hubieran testigos para mi crimen. Nadie alrededor. Podía proseguir y arreglar la escena del crimen. El escenario de lo horroroso. Limpié frenética (siempre limpio frenética, no sé qué le pasó a la yo desastre) hasta que quedó todo sacudido, barrido, ordenado. Limpio. Santo, para ser mancillado. Sagrado: mi espacio sagrado, aquí no soy hija, esposa, hermana, amiga, empleada, directora de nadie. Aquí sólo quepo yo.

No hice nada, estaba demasiado cansada, me acosté y me dormí. Pero dejé el terreno limpio para poder ser-me al otro día. Marido en viaje de trabajo, lapso de fin de semana, pendientes internos qué resolver con mis proyectos: este espacio es sagrado. Antes no estaba tan consciente de lo necesarios que eran estos espacios. Todavía, creo, mi soledad y el placer que ella me da, me producen algo de culpa. Pero entiendo mejor que nunca cuánto los necesito, sin ellos enloquezco. Dejo de ser funcional. Me quedo hueca y tiesa ante la vida.

Me preparé para pasar un día (o muchos) conmigo misma, como si me preparara para un viaje.

Un día conmigo misma, es, un día que no comparto con esposo, amigos, familia. No me comparto. Necesito estar sola, estar en silencio, hacer o no hacer lo que sea. Ahora que mis hormonas están silenciadas no tengo el reloj que cada mes me hace sonar la alarma para recluirme en casa y cerrar la cortina de mis ojos. Antes así era, me incapacitaba con el dolor fatídico de la menstruación (era endometriosis, no estaba loca) y me encerraba en mi habitación-estudio. Antes sentía que estaba mal. Que no estaba participando en y del mundo externo. Que estaba despreciando su oferta de experiencias. Que me estaba perdiendo todo.

Ahora tengo 32 años y entiendo mejor lo que me pasaba. Además de la endometriosis he sido siempre demasiado sensible. Esto antes parecía un invento para justiciar ser antisocial,»ser hipersensible». Ahora, con más estudios e investigaciones, se ha descubierto que simplemente habemos personas «muy sensibles», aunque todavía me cuesta creerlo y me suena a justificación del resultado de vivir en ciudades altamente estresantes.

Nunca me gustaron los conciertos, «demasiado ruido», los salones de baile, demasiada gente, demasiadas luces, demasiado todo, me recuerdo saliendo en llanto de antros porque me resultaba avasallador tener a tantas personas cerca. Aglutinación de gente en la calle: en eventos, eso lo he evitado siempre. Salones de clase atiborrados de estudiantes. También. Cláxones de autos, calles muy amplias, tránsito de automóviles: no puedo explicar lo que me agobian. Fiestas muy largas, alcohol, drogas, viajar y moverme demasiado, es demasiado cansado. Necesito tiempo para digerir la realidad.

Era eso.  Hoy que entiendo lo que necesito, ya no tengo miedo de pedirlo, ni de dármelo. Aunque se siente algo de culpa, supongo que por el recuerdo de tantas personas a mi alrededor diciendo que soy antisocial, que no soy simpática, que no soy divertida, que no me integro bla bla bla. No soy antisocial. He construido colectivos de proyectos, empresas, talleres, campamentos, actividades, socializo, sí. Socializo a veces demasiado. Pero diseño mi manera de hacerlo. Me comunico, no por teléfono, pero con el mundo, con las personas, con los animales, a mi manera. Todo el tiempo. En internet, dirijo cerca de 5 redes sociales que juntas suman más de dos millones de seguidores. No exagero. He producido blogs, páginas, escrito en medios, y hablo hasta por los codos. Mis amigos no me caben en los dedos de las manos y los pies. Organizo cosas todo el tiempo. Me comunico, socializo, me divierto, pero yo pongo las reglas, y solamente así puedo asistir a la convivencia.

Ahora creo que crecer es poder entender que quienes me juzgaron por ser «antisocial», simplemente no me entendieron porque no tenían recursos para hacerlo. Y yo tampoco los tenía, aunque por supervivencia he tenido que defender mi espacio sagrado de observación y calma.

Crecí siendo la niña extraña y seria del salón. Mi mundo interior era más interesante que el de afuera. Crecí pensando que había un problema conmigo. Y no lo había, o sí. No era mejor, ni peor. Sólo era yo. He tenido que defender eso, y he podido hacerlo, pero no deja de producir culpa, algunas veces, habitar mi mundo bajo mis reglas.

En el trabajo puedo conocer distintas realidades de tajo, en un día. Veo pobreza, miseria, hambre de crecer de muchas personas, veo a otras que no están mal, pero que igual tienen deseos de hacer cosas buenas. Hablo con ellas y no puedo no ser empática. La misma hipersensibilidad que me impide permanecer expuesta a muchos estímulos me ayuda a conectar con las personas. Es así, lo que con unos lentes parece debilidad, con otros es fortaleza. Pero en el caso de mirar de cerca la realidad me cuesta conservar la calma. No romperme en la noche que le cuento a Z las cosas que vi. En algún punto lo que sé que sienten los otros se siente casi igual debajo de mi piel. No conozco el hambre, pero conozco la pobreza. La sensación de desamparo, de estar solos, de no tener casa o medios para crecer. A veces, aunque sé que hablo desde el privilegio, quisiera no ver de cerca muchas cosas. Dejaría de pensar todo el tiempo en cómo resolverlo todo. Y entonces no sé bien en qué pensaría. Mis cuentos habitan el colapso civilizatorio, mi novela muchos tipos de colapsos, mis escritos, mi balbuceo en facebook son el lamento de un testigo que ve caerse un mundo.

Creo que si no sintiera que hace tanta falta ayudar al otro, o «sembrar otra realidad» me dedicaría al arte. A bailar, por ejemplo, o a pintar. Que aunque sé que el arte reconstruye el sentido del mundo siento que pararme sólo en ese sitio es privilegio, lujo, no le veo sentido. ¿En qué mundo voy a poner este arte, si se nos está cayendo? No dejo de pensarlo si bailo.

Y al escribir esto pienso en la temperatura y su incremento, calentamiento.

Creo que escribo porque es mi forma de soñar el sobreestímulo del mundo. Dicen eso del sueño. Acomoda la información que sobra, la desecha, la vuelve surrealismos, absurdos. Yo hago listas de cosas en mi mente, listas de temas, me escribo frases en el brazo si estoy en un pesero y no hay papel para anotarme la idea del momento. Llegar a casa y escribir es mío. Meo mi territorio verbal cada día, aquí pertenezco. Afuera el calor, mi bochorno, mirar por la ventana, limpiarme el sudor de los labios. El caos de una ciudad donde crecí y me hice fuerte pero que me hace ponerme cada día un traje de miedo debajo de la piel. Afuera es el sol y sus radiaciones, la canícula inesperada. La sobrepoblación, el agobio de la conciencia de los costos ambientales de acciones y omisiones, micro y macro. El dolor nocturno cuando recuento las caras que vi cerca de mi. Todo ese costo, el desarrollo que no sirve, mar de vacuidades, ruido, polvo. Afuera eso. También la luz, las compañías, la risa, el amor, el sexo, mi cuerpo, la comida, el placer de ser en calma, los ojos que me miran del otro lado de la almohada, todo eso, lo dulce, la miel limítrofe, las plantas rudas misteriosas.

Siento en la tensión de mi mandíbula que nada de lo que haga es importante, pero tampoco es suficiente. Nunca es suficiente. Ahora vivo en un tren veloz al que me he subido y desde aquí el mundo y su velocidad parecen relativos. No parece tan rápido, pero si me bajara, se vería fugaz y destructivo, como los ciclones. Eso es el desarrollo. Todo eso, todo el evento humano, su huella, estragos, muertes, los dolores, pasan por mi cabeza, y los atrapo dos segundos aquí, escribiendo. Como la luz y lo lento. La vida que nos queda entre los dedos. Todo eso, todo, mío, escrito, dicho, todo para mi.

Menopausia a los 32: gracias endometriosis

7:00 am. Me levanté temprano para poder escribir. Resultado. ¡Heme aquí!

Sé que el título del post parece negativo, pero no lo es. Ni se asusten, si tienen endometriosis, sí, sí tengo una menopausia, ha sido tremenda, pero es pasajera. Es sintética. ¿Pueden creerlo?

Después de mi cirugía laparotómica accedí a un tratamiento de supresión hormonal que detendría el crecimiento del tejido endometrial extranjero en mi cuerpo. Digo extranjero porque crece donde no se supone que debería crecer. Con un par de inyecciones, una gotita de aceite paró la comunicación entre mi cabeza y mi vientre. Para muchas visiones, incluida la mía, esto puede ser fatal, muy mal, lo peor.

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Pero me ha dado el respiro más grande de mi vida. Llevo varios meses sin sentir dolor menstrual.

No tienen idea de lo que es esto para mi. Sé que suena a cliché decirlo, pero soy otra. No me siento dramática a cada rato, por todo. (O sí, pero sin explosiones) Puedo concentrarme. Esto es lo más fuerte de todo. Puedo, finalmente, poner mi atención en lo que quiero durante períodos largos de tiempo. Ha pasado mucho por mi mente desde que noté esto. «Y si los médicos me hubieran hecho caso, y atendido cuando estudiaba», ¿habría podido estudiar? -ya saben que soy casi del todo autodidacta desde hace más de diez años.

He releído mis diarios y están llenos de cansancio. Cansancio que ya no tengo. No tengo cansancio permanente. «Tu es flematique, trop de la flemme» me decían mis compañeros franceses del hotel en 2010. Estaba demasiado cansada para las fiestas, para las conversaciones. No sé cómo pude remarla para construirme mis proyectos, mis nichos, mis textos. Estuve cansada 20 de mis 30 años.

Cansada de que me doliera el cuerpo, que se me partiera el vientre cada mes y que tuviera que hacer como que todo era normal. Como que estaba bien. Nadie debía notarlo. Hice de la menstruación mi TEMA una época. Algo debía tener adentro la sangre, ¿por qué duele? ¿por qué soy así? ¿por qué? ¿POR QUÉ?

No estaba tan loca como pensaba-mos. Sí había algo mal. Cuando me abrieron el vientre para asomarse y constatar la hermosa mosntruosidad, sentí un dolor paralizante. Pero era el mismo dolor que sentía al menstruar. Le dije a las enfermeras. Sí, duele. Me veían con caras asombradas, ¿estás bien? -te abrieron y removieron todas tus vísceras. Dolía como la puta madre, en todo el esplendor de culpabilización feminizada heteropatriarcal. Dolía como una parálisis en la garganta, un arqueo profundo, una estaca en la tráquea, un hierro ardiendo en las entrañas, un gancho que jalaba mis tripas hacia abajo, una explosión de castigo en mi útero. Me refiero a la menstruación, y no miento, la sensación post cirugía, también dolía así.

No sé si podrán creerlo, pero debo decirlo. Viví así varios años. Con un dolor inmovilizante similar al que habría sentido de haberme abierto las entrañas y hurgado en ellas. Así una semana al mes. Los últimos años aprendí a mitigarlo para poder andar viviendo mi vida. Paracetamol con naproxeno, ibuprofeno, ketorolaco, tomaba cada día cerca de 8 pastillas de 1 gramo. Doctores, ¿por qué permiten esto?

Cuántos gramos de paracetamol dañino para su funcionamiento se tragó mi hígado, sólo Diosa sabe. Una se vuelve toda una artífice de la analgesia. Antes de la punzada, leer las señales: pechos que duelen días antes, humor a punto de estallar, cansancio, pesadez, llanto al borde del largimal listo para usarse. Viene una otra y otra pastilla, se apaga el cerebro. En serio: se apaga algo.

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Tantos analgésicos me dejaban soñolienta y fastidiada. Con un sabor en la lengua desagradable. Pero así había que acarrear fuerzas de donde fuera para avanzar, salir de casa, poner atención a la vida. Yo estaba tan adentro y tan silenciada que me dejaba salir sólo en la escritura. Y en la propia escritura me decía: estoy harta, cansada, fastidiada, ¿de dónde saco ganas de vivir? todo me daba hueva, por eso me he enfocado en hacer de la inspiración un ejercicio para la vida.

El músculo de la sorpresa y la maravilla se ejercita. Con cansancio en mis extremidades y dolor crónico pude hacer un montón de cosas. Colectivos, cooperativas, eventos, protestas, escritos, pinturas, teatro, danza, política, una AC, una empresa, talleres, redes, periodismo, y qué sé yo. Con todo y mi cansancio miro atrás y repito, no sé de dónde saqué fuerza.

El periodo post cirugía fue sorpresivo. También ha sido una de las etapas más felices de mi vida. Atravesando por una menopausia temprana, bochornos, piernas inquietas, insomnios, mal humor, hinchazón, y más síntomas extraños, me casé. Me casé descalza y feliz, en un sitio maravilloso, en un evento que siento que la vida me dio como un recordatorio de que la vida se celebra y se comparte y se reproduce en miles de formas y es una promesa de renovación y fuerza. Me casé con el cuerpo hinchado dos tallas.

Un drama para mi bailarina interna anoréxica heteronormada: la hinchazón. Pero con ella, la oportunidad de meterme en mi carne hinchada y amar desde ahí, y escribir la belleza en mis ojos, antes que en el mundo, para reconstruirla. ¿Por qué soy hermosa, para mi? ¿qué cosa es bella en mi cuerpecito? En realidad, mirar mi pasado, la fortaleza que no sabía que tenía, mi capacidad de amar, de dar cariño, pongo cara de duda aún, al pensarlo, aunque sé que es eso mismo. Mi cuerpo sostiene mi conciencia. Mi cuerpo con sus células que se mueren a cada rato y replican información, con sus errores y sus miles de millones de aciertos, me tienen aquí, respirando.

Con la endometriosis, podría decirse que mi cuerpo no funciona bien. Pero yo pienso lo contrario. A pesar de ella he sido, osea, me ha hecho fuerte. Incluso agradezco haber pasado por todo esto porque me ha dado, me ha obligado a mirarme, a pensarme, a escribir desde otros lugares. Empecé, (aunque siempre lo intentaba hacer) a cuidar mi alimentación con más atención. De acá han surgido montones de reflexiones sobre la sociedad y lo que nos decimos y creemos que es el amor propio. Y tocar el apoyo de mi marido, familia (y de las mujeres que me han rodeado y alimentado con su fuerza) me ha vuelto más sensible a otras cosas que antes no veía. (Siento cariño en el aire, y hago un gesto como para sentir su textura, y sí, se siente cariño en el aire).

¿Qué se siente con la menopausia? Como la mía es sintética, no se ha ganado el título sagrado de una menopausia natural que llega cuando debe habiendo dejado con sus movimientos de hormonas lo que tenía que haber dejado en mi psique y en mi cuerpo. Pero se sintieron bochornos desde el primer día del tratamiento.

Los bochornos son como una bocanada de aire caliente que sube desde el vientre hasta el cuello. Cuando ya llegó al cuello parece que nubla la garganta, da algo de ansiedad, para ser honesta. Dan ganas de quitarme la ropa, arrancarme la piel refrescarme con lo que sea. No me dan ganas de hablar, siento como si me volviera algo viscoso y caliente, feo, y me cierro en mi misma. Se pasa en unos tres minutos, que parecen veinte. Y no deja dormir, porque da tanto calor que una se destapa a media noche, al menos unas cinco veces, con sus respectivas vueltas a las cobijas, lo cual es muy cansado y bueno, molesto, pero ya se pasará.

He subido de talla inexplicablemente, no es que coma dos veces más. Pero el cuerpo de ha hinchado, por todos lados, como si fuera un globo, y la ropa ya no entra, molesta, estorba. Es una sensación, con los bochornos y la talla, como de cuerpo desconocido. Este no es mi cuerpo… hace cosas que no se explican. Muero de calor aunque afuera haga muchísimo frío. Esta menopausia habita mi cuerpo hoy y le quedan aún algunas semanas antes de volver a mi «normalidad». Entonces hablaré desde otra configuración física y emocional. No sé qué vendrá, pero hoy me siento plena. Así, con lo que vivo, como está.

Pero creo que estaba tan cansada, que estos cambios repentinos no se sienten tan mal. No recomendaría este camino a otra mujer, definitivamente. Sí recomiendo cuidados de todo tipo, y opciones para elegir. Información. Lo mejor es comer bien, revisar la vida, no estresarnos tanto. O nada.

No podemos nunca, juzgar a una mujer por la decisión que toma con respecto a qué hacer con su cuerpo. Veo incluso peligroso recetar cosas cuando no hay un diagnóstico y estudios amplios de por medio. Lo que funciona para una no funciona para otra. Algunas veces algo funciona para todas, pero no todas nuestras condiciones son aún del todo conocidas. Así que algo que parece un quiste puede ser cáncer, y viceversa. Y algunas veces recetar para un quiste, sin tener toda la información y la capacidad para establecer un tratamiento puede costarle la vida a la otra, aún cuando nuestras intenciones sean las mejores.

Me gustaría decir que con cosas naturales conseguí este estado sin dolor. Pero no fue así. Si me preguntan cómo tratarse, diría siempre: estudios hormonales, marcadores tumorales, ultrasonidos, perfil tiroideo… y revisar dieta, sensibilidad al gluten, y otras cuestiones. La flora intestinal DEBE estar saludable si queremos tener equilibrio hormonal. Así que la alimentación es HIPER importante. Creo que si desde jóvenes aprendemos a observarnos y mimarnos, podemos evitar pasar por esto que yo pasé. La salud no es algo que «resuelve» situaciones de emergencia, sino un modo de vida permanente, claro, las ciudades nos exprimen, y no es fácil, pero cuidarnos es algo que debemos hacer si queremos vivir bien. Cuidarnos y amarnos siempre, cada día, es mi consejo.

Les cuento esto para que se cuiden, como advirtiendo que esta es una opción entre muchas, a lado del río de posibilidades, les digo: coman bien! y espero que no pasen por donde yo he pasado! que avancen por un camino más suave, amoroso, natural.

Este tema es muy interesante, son ya las 8:00 y debo saltar a la vida, allá al asfalto. Creo que terminaré este post más tarde.   Tengo que contarles de un libro maravilloso que estoy leyendo, y que en parte, ha abierto la llave de las palabras que cuentan la historia de este cuerpo!

Aquí una pista visual:

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Por la ventana del autobús, allá lejos

 

sábado

Trato de escribir esto y no puedo. Borro líneas, una, otra. Otra vez. Quiero escribir desde mi, pero se siente extraño, y salto a ella. Ella puede decir más cosas, pero entonces no soy yo quien las siente.

Imagen 1 de la semana pasada: yo sentada en el transporte público. Leo un libro que me encanta, me atrapa completamente, me pasa poco. Leo de pie, y leo sentada. Llevo conmigo mi utilidad, majo el brazo, el teclado, los chips, los cablecitos que me dejan decirme. Algunos papeles. Un tupper que me convierte en eso que siempre he intentado no ser. Leo. Escribo en mi libreta, molesto a la chica junto a mi, remuevo mi bolso mayor para encontrar la pluma. Leo de ida, y leo de vuelta. A la vuelta intento no pensar en la contingencia ambiental, pero somos más en el transporte, más que en la mañana.

Tengo calor. Esta sigue siendo la imagen uno, porque va del calor. El calor en mi nuca. En mis brazos, siento lentamente el bochorno (la condición actual de mi sistema endócrino de la que aún no escribo) que me mira desde mis piernas, me toca el pecho, los pechos, ya viene, el rostro, como un sol que se me asoma en toda la parte superior del cuerpo. Y ahora el sudor que empiezo a sentir en la frente, y luego en la nariz, el bigote, me quedo quieta, miro por la ventana del autobús, los veo a todos hartos y acalorados, una señora en la miseria también mira por la ventana, pero frente a mi. Pienso si las dos estamos pensando lo mismo. Veo el espacio entre los árboles del camellón de la avenida. Los imagino frescos, porque tengo calor. Ardo. Y esta ciudad y este asfalto.

Me refugio en la lectura. Me canso de considerar las implicaciones ambientales. Imagino un PIB pero distinto, distintos indicadores, Producto Integral del Bienestar, sacar al dinero de la escuación. Al fin que vale muy poco. Lo que estamos consumiendo es la vida. This is life, sir. This is life. Sir. Escucho con acento inglés, a una mujer diciendo «This is LIFE, Sir», en mi cabeza. ¿A quién le digo esto? Al asfalto.

El asfalto es un señor. Me regaño porque podría desarrollar mis ideas sobre otras unidades de medida, sobre otros valores, para plantear programas sociales, pero las dejo en quejas mentales que ocurren en el transporte público.

La gente, y yo, gastamos esta ciudad, y al mundo con ella como vehículo. Me regaño cada día. Podría proponer más cosas. Debería esto, debería lo otro. Debería darme tiempo de disfrutar la vida. Al final, no todas las mujeres hemos tenido este derecho. Soy privilegiada, puedo elegir cosas. Elegir ser madre. Pinto para no serlo, amo demasiado mi espacio, mi soledad, mi escritura, mi pintura, mis ideas, el tiempo para observar el mundo. Espectadora, me descubro ojos del universo que se mira a sí mismo.

La ciudad nos enloquece. Nos rehusamos a comprar un automóvil. No, no se necesita. Se necesita hacer política para mejorar las condiciones de vida de todas las regiones, para que la gente no tenga que moverse tanto cada día. Y que puedan por la noche cuidar a sus hijos y abrazarlos, y descansar en un parque en donde leen un libro, donde hay un personaje, una mujer, que vive en otro mundo y tiene mucho calor y observa a través de la ventana soñando con un día más fresco, con menos automóviles entorno suyo, con más sonrisas cursis en su mismo vehículo colectivo transportador de miseria humanas que no son, la señora pobre que mira en la ventana al espacio en las ramas de un árbol en donde quizá no haga tanto calor como adentro.

Como adentro de mi cuerpo. Adentro de mi cuerpo una inyección que adormece las hormonas me dejó en una menopausia temporal. Era la única forma, me dijeron, de controlar la cantidad exagerada de estrógenos que mi cuerpo produce.

No sé por qué los produzco. Demasiada femineidad. ¿Sabes? Demasiada noche, agua, oscuridad, luna, magia, mundo interno. Nunca había vivido sin dolor. Soy otra persona, me dicen mis amigos. No recuerdo, desde que vivo en el descanso del martirio menstrual, cuándo viví algún drama. No recuerdo si quiera, los rencores con los que alimentaba mis justificaciones, mi neurosis que visitaba tantos lugares de tortura adentro de mi cabeza. He escrito de esto, pero se ha hecho largo como una masa de pan que conforme se amasa se llena de aire, se esponja, se hace elástica. ¿quién va a querer leer todo mi cuerpo?

«Mi voz tiene dentro cuerdas corporales.»

-Escribí en mi diario.

Imagen 2: Miro al gato que descansa, más gordo, bajo mis pies. Su gordura me alegra, ronronea, me toca, se gira. La vida me mira desde su ojo, el único con el que puede ver. Tengo calor. El gato perdió uno de sus ojos, pero cada mañana antes de que salga al caos, me mira, maúlla, y me despide en la puerta. Siempre cariñoso.

Cinco días de contingencia. No quiero se me muera la voz que tengo adentro, y las ganas de hacer otra ciudad con este asfalto donde pensamos que podemos darle a la vida algún futuro.

 

Y no olvidar comprar el pan de vuelta a casa

Lunes, 7:00 am.

Ponerme los zapatos que nunca me pongo. Acomodar papeles, los testigos de lo andado. Levantarme con el olor a café que Z esparce en toda la casita. Pensar en escribir. Y no poder.

El otro día volvía a casa, de nuevo el metrobús cortó su tránsito, había que caminar, una joda. Caminar cinco estaciones, cruzar CU a pie. Cansancio. Caos porque el conductor del pesero se pelea a golpes con un usuario molesto. Coches pitando. Agobio. Olvidé llevar más dinero y me quedé atrapada en el metro. Todo se resuelve, me dije. Pero me angustiaban unos hombres en una parada del microbus. Después, por teléfono, Z me confirma: son las feministas, la marcha por Lesvy en CU derivó en el cierre del metrobus.

Mi cansancio se transformó en alivio. No se compara mi cansancio, mi molestia breve, con la muerte de una mujer. Como no se comparaba mi cansancio hace años, cuando cerraron el metrobus una mañana en una protesta por los 43.

Lo que sea necesario, pienso. Lo que se necesite.

Nos rompen la rutina. Los transeúntes, se dicen mucho, no tienen la culpa de. Pero yo pienso a mis adentros, que sí somos responsables. Sólo que no es siempre suficiente, marchar. No siempre. A veces sí.

Pensamos en irnos. Vivo con la violencia latente de la ciudad en la garganta. uno siente culpa, más miedo, y si todo empeora, culpa social: no estaré ayudando.

Pero mi ansiedad adentro me empuja a buscar calma. Calma para hacer nido. Para  vivir y ya, un tiempo.

Me miro al espejo, las 8:00 am. Pongo música. Suena esto. Me maquillo. Y si no tuviera miedo de verme bonita, ¿cómo saldría a la calle? parece poca cosa. Pero no.

Ya no quiero vivir con miedo. En mi trabajo veo la injusticia más cerca, todos los días. Lo social parece así. Veo lo vulnerable, donde duele. El hambre de crecer, agudizada por la pobreza, por la violencia. Sólo me queda ser amable, pienso, y no sé si sea suficiente,porque nada es su fi cie te.

Me alisto para salir, un poco de asfalto. Un poco de luz de sol, radiación. Mi novela a medio escribir, el futuro, me separaron el cuerpo y la conciencia en dos. No puedo esperar a volver a ser coherente. Ya les contaré de eso. Mientras la calle. Pero no saldré con prisa. No caeré en la neurosis. Pensaré en mis libros.

Debo mantener calma, y observar profundo. Escribir más. Ser eficiente, sin estresarme. Mantener calma. Jugar al ritmo caótico, nadar en la ciudad. Escribir, y no olvidar comprar el pan cuando vuelva a casa.

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Hablar con una misma, sobre ciudades y una boda

La fantasía más recurrente de mi repertorio consiste en que cada día que vivimos produce una versión distinta de nosotros. Y cada versión entonces adquiere su propia identidad, y su propio cuerpo y su propia vida infinita que se repite en el eco inacabable de lo que somos cada instante.

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Entonces, hay una versión mía que habita un nicho específico en el pasado. Puedo entonces hablar con esas versiones, y decirles y decirme cosas. Este ha sido desde hace algunos años, un ejercicio que repito cuando me estoy moviendo hacia alguna parte. Como el asiento de un autobús: me gustan los autobuses, más que los aviones, pero menos que las bicicletas, porque de todos los transportes la bicicleta es la que menos dosis de estrés puede proveerme. Cuando me desplazo hablo conmigo en el pasado.

Hablo conmigo misma cuando camino en las calles. Sobre todo cuando estoy en aquellas que ya me han visto y donde ya he estado. Me miro en los reflejos de las ventanas, y soy otra, siempre. Ahí se producen imágenes desdobladas de 24 horas de vida que tendrán cosas qué decir a todas las demás.

Estos meses de cambios suaves y sinuosos, me encuentro en calles donde alguna vez viví y para ser honestos y breves, diré que fui infeliz. Ya saben. Cascarones hermosos, silencios, fantasmas. Todo eso habitaron mis pasadas versiones en una zona del sur de la ciudad. Las zonas que por una u otra razón visito constantemente se vuelven parte y personaje de las cosas que hago. Ahora es Tlalpan, alguna vez fue Mixcoac, otras la Roma, otras Coyoacán. Otras bahías y selvas.

Pero ahora es Tlalpan. Me veo en un vehículo visitando sus barrios y sus seres humanos. Como su comida, trabajo con sus productores, vuelvo al mundo de las cooperativas desde programas públicos. Recuerdo cuando caminaba por sus calles temerosa de los asaltos, con los pies adoloridos, el estrés dañando mis ovarios, mi neurosis haciendo un ruido persistente en mi cabeza, y la idea central de que este modelo de ciudad no me gusta. ¿Qué derecho tengo yo a decir si me gusta o no? La vida no es una fiesta a la que decidí venir, o sí. Pero en cada momento, todas las versiones de mi misma, se han, nos hemos, he sentido que puedo, quiero, debo decir si me gusta o no, y entonces, ¿cómo la quiero? ¿cómo diseño OTRA ciudad, otro andar, otro decir? Y una vez que lo he intentado, me pregunto si no es una necedad inútil tratar de sembrar utopías por todas partes. Lo que hago ahora responde a un modelo utópico. Pero opera, funciona, tiene presupuestos públicos. Es un sueño.

Debo decir que hubo un momento en el que pude renunciar a mi derecho de vivir la vida como una loca, buscando la utopía, y no lo hice. Me abracé a mi misma. Pude mantener una vida seca, aburrida, con ese dejo cada día en la boca de que «esto no es», para esto no vine. No sé de dónde vine, pero para esto no. Eso lo he sabido siempre. Aquí sí, aquí no. Así no quiero. Cuesta decir la vida así, pero tiene sus recompensas. La principal es la dignidad, la honestidad con una misma. Y cuesta, sí. Hay que elegir. Pude dejar de querer pisar y poder decirme desde la utopía, pero no lo hice.

Entonces andar por la calle del Calvario, en el sur de esta ciudad, y sentarme en la plaza central que me vio desayunar y saturar las tripas siempre con ese dejo de vacíos, y mirarme en las ventanas, es decirme cosas. Cosas como, «nunca sabemos a dónde nos lleva la vida». Todos los vacíos se llenaron, nada más tenía que abrir los diques.

De un tiempo a esta parte pienso que llego a sitios donde había imaginado que estaría. En todos, sí, elijo cómo estar. Y hay otros en donde no quiero volver a perderme: las jaulas de oro que nos vuelven insensibles, taciturnos, secos. No las quiero. Eso lo sé.

Me miro en los reflejos y pienso que puedo hacer exactamente lo que he querido hacer.

Ahora un gato que ha llegado a casa me mira desde la puerta, y maúlla. Me pregunto si me dirá algo. Debo llevarlo al veterinario, en cuanto se deje atrapar.

El otro día llegué a casa y había comprado unos sopes para comer. Amo el maíz. Y amo todo lo que viene cerca del maíz y sus presentaciones multiformes. Lo saqué de su bolsa, lo puse en un plato, puse mis manos como mi cómplice de huertos me enseñó a hacer, sin decirme, para dar gracias. Y pensé: «que todos los seres tengan alimento, gracias», y entonces oí al gato maullar, y tenía hambre.

Le di atún. Durmió toda la tarde.

Hace un par de días caminaba por una calle por la que anduve cuando era adolescente. Cuando en lugar de ir a la escuela vagaba y escribía en los cafés y perdía el tiempo enamorándome de cualquier cosa que me pasara por enfrente, teatro, danza, circos. Y hombres, o niños. Salí de una consulta médica, el sol se asomaba por entre las ramas de los árboles. Y pensaba en la riqueza y en cómo esta ocurre entre los árboles. Habría que re escribir nuestra manera de entender la riqueza. La entendemos mal, hacemos todo mal. Hay que crear una especie de índice de la vida. Cuánto sembramos de bien, cuántos árboles dejamos ser y cuántos dejamos sembrados cerca. A cuántos podemos respetarles la vida, los haceres, saberes, crecimiento. Un nuevo índice de vida permanente.

Al salir del consultorio compré un helado. Un año después de un diagnóstico mortífero, estoy bien. Y lo escucho y aprendo en silencio, para mi misma.

De pronto los espacios para mi sola se han vuelto nutritivos y plenos. Tengo que admitir que hipócritamente he dicho muchos años que me amo a mi misma, pero siempre sentía al mismo tiempo mi mentira, mi necesidad de un otro, de reconocimientos, de que me miraran. No me estaba mirando yo. Eso pasaba, pero no lo sabía. Y estar sola era una condición accidental, no buscada. Lo que crecía ahí, en los espacios de soledad, eran segundas opciones. Mejor era compartir, me decía, pero si no había con quien entonces: y en ese espacio estaba yo.

Cambió eso, este año. Amerita que escriba otro post, pero mi diario sobre la endometriosis se está volviendo libro. Es un secreto. A partir de mis ovarios y mi útero, lo que me dijeron, mi estar en el mundo cambió. Ahora me gusta estar sola y lo celebro. Tengo tanto que decirme a mi misma. Me descubro diciéndome cosas, con mi voz como la máxima autoridad de esta casa de vida. Y si pienso en mi vida entera, quizá esta sea la mejor cosa que me haya pasado nunca.

Poder decir no sólo, quiero que este mundo sea así o asado. Sino que quiero que mi estancia sea esto. Y quiero respirar así. Y ahora quiero comprarme un helado, y sentarme en el parque. Y es tan lindo estar conmigo. Me gusto. Me gusta mi forma de ver el mundo leyendo encima de las superficies y mezclando historias. Me gusta mi amabilidad. Mi consideración hacia otros, mi escritura. Mi malicia también. La sombra, oscura, dolorosa, destructiva, me gusta, creo. No siempre, pero sí, la veo y me gusto, con ella.

Le digo a mis antiguas versiones, a las adolescentes, cuando camino por las calles que me vieron crecer con tantos miedos e incertidumbres, que todo ha estado bien. En realidad esta fantasía de espejos múltiples internos nació allí. Cuando me pregunté, en el 2001, si había alguien aquí, en mi 2017. Todo este año de sanar, ha sido decirme una y otra vez a mi misma, aquí estoy. Estamos aquí todas.

Yo puedo decirle a mi versión depresiva que la depresión, aunque no lo parezca tiene un fin. Que la soledad no existe. Siempre hay en el mañana la posibilidad de un sol y un cielo azul, y vino.

A las versiones que temían no ser amadas les digo que hay suficiente amor del propio corazón para explotar antes de buscarlo afuera. El amor es un recurso renovable. Pero sin usar las fuentes primigenias no se pueden hallan las celdas solares del cariño.

No creo tener un grado de autosuficiencia emocional aceptable aún. Creo que sí crecemos pensando que debemos «merecer ser amadas» y confirmarlo con un anillo, una foto de amor una boda. Y sin confirmaciones sufrimos mucho. Pero esta semana lo tuve claro. Me caso en pocos días, y esta boda significa cosas nuevas para mis creencias heredadas, aprendidas y creadas. No quiero casarme y pensar que mi vida y mi felicidad dependen de otro. Nunca ser en segundo plano, ni existir para otros. No servir antes a otro antes que a mi misma. No traicionarme, serme fiel, como hasta ahora, aunque duela y provoque tormentas la búsqueda de la autenticidad.

Casarme sin la idea romántica, claro, es poco romántico en el sentido tradicional. Entiendo por qué necesitamos deshacernos de la idea del amor eterno y la realización a partir de un matrimonio. Sí, es bello el amor. Estoy enamorada, como adolescente, me tiemblan las piernas, me derrito de amor cuando Z llega por la tarde y la vida es compartida con todas sus facetas.

Pero mi mayor logro no es casarme. Ni siquiera pienso que sea un logro. Aunque lo vi así muchos años. Cuando pienso en la vida de esposa-madre, reconozco el enorme trabajo que hemos hecho las mujeres al criar una humanidad, pero no me gusta el peso que se le da, enjaulante, idealizado. Pensé que nunca escaparía de esta idea, que me causó tanto sufrimiento. Y creo que por segunda vez, el feminismo me ha ayudado a afirmarme a mi misma y a cuestionarme por qué hay tantos aplausos entorno a una boda, y no los mismos entorno a un logro profesional.

La sensación de logro de sentirme al final bien, en paz, tranquila, conmigo misma, es distinta de la del amor romántico. Es una sensación de reconocer que somos seres vivas. Con ojos muy nuevos, muy jóvenes en el universo, hay todo, todo un mundo enfrente, y adentro. La posibilidad de esa vida propia, plena, libre de la necesidad de ser con, en función de, gracias a, otro, se siente como un respiro lleno de aire, luego de mucho tiempo en las profundidades del mar.

A mis antepasadas, el amor romántico, les costó la vida. Pienso mucho en que si a las niñas nos enseñaran a amarnos y a construir nuestro amor propio como una tarea vital, tan importante como la impronta social de tener que ir a la escuela, el mundo sería distinto. No permiritíamos abusos de otros, ni los más pequeños. No reproduciríamos esquemas en los que el amor propio parece egocentrismo. Las niñas usaríamos nuestro tiempo descubriendo el mundo, haciéndonos más fuertes e inteligentes, siendo felices sin sentir que siempre nos falta algo. Algo que estamos siempre buscando, y que cuando no está nos destroza el alma.

A mis versiones con el corazón roto, les diría que esta sensación de amor propio es más hermosa que cualquier otro amor externo que no vino de fuera, o que estuvo y se fue. El amor no era enamorarse. Como se construye y se diseña por una misma, o con quien se comparta, no tiene reglas ni garantías ni formas aceptables. Cuando lo perdí y sufrí, lo que perdía no era el amor, sino otras cosas.

Una es finalmente, una creación de algo. Nos crea la biología, la sociedad, las ideas, el tipo de cultura al que somos sensibles. Pero hay que dar el salto y descubrir y ser capaces de crearnos a nosotras mismas. Creo que a falta de figuras que me moldearan, tuve que aferrarme a esta posibilidad de construirme, con muchos esfuerzos y tropiezos. Pero esto me ha dado libertad. Soy la construcción de mis propias múltiples voces.

Entre más leo, y escucho, y me hago preguntas me doy cuenta de lo fuerte que es el papel que tenemos en el mundo, las mujeres. Me pruebo el vestido de novia y veo la enorme herencia que me pongo, que decido ponerme. Me pongo el oficio de mi abuela y de mi madre. El deseo introyectado de ser felices a partir de un rol que muchos entienden como secundario. Algo de vanidad. Un vestido de novia es como una promesa social. Un cumplimiento y una promesa, al mismo tiempo. Me pongo la tradición, pero también, elijo ponérmelo pudiendo no hacerlo. Y quiero usarlo siendo consciente de que si es blanco, es un lienzo en donde toca escribir la propia historia. Quiero pensar la tradición no como pauta, sino como raíces y no dejar nunca, nunca, nunca de escribir.

La ciudad con su espíritu caótico me espera afuera y yo me alisto para caminar con la versión de hoy, atravesando a todas las pasadas. El gato me mira desde la puerta de cristal. Y yo me pregunto si la llegada de un gato en la vida de una bruja significa algo.