Isadora es una ciudad invisible

Nada quedó de los espejos ni las escaleras, luego de la tormenta de silencios, las cavernas cansadas del murmullo escandaloso, incesante, que canta una canción el dia y la noche entera despertaron, escribieron cuentos amorosos para los transeúntes. Una sonrisa ocupó todos los espacios debajo de las piedras y en los conventos sonreían los charcos y las palmeras, eran sus ojos sombreando las huellas de nuestros pasos y en las fuentes era el reflejo suyo un dibujo de los dos dias transcurridos lento como en un sueño.
 La noche anterior, ella leyó en un libro lo siguiente:
“Poco a poco la espera será más larga.
Las palabras menos. Los recuerdos tantos.
Los detalles mínimos. La angustia dolorosa.
Poco a poco algunos dias estarán vacíos,
la espera se volverá recuerdo,
y los corazones se volverán más fuertes,
enamorados de aquellos instantes olvidados
guardados indefinidimanete en los bolsillos.
Pero volverán a sentir la dulce espera.
En un universo ya distinto.”
En la duela aparecieron árboles, no había más espacios libres donde bailar, pero requería solo un abrazo, unos ojos profundos habitados por él.
Algunas veces en la cafetería el humo de los inciensos se arremolinaba en zurcos frente a la ventana. Ella detestaba los inciensos de papel, químicos que pretenden ser plantas, tabaco que pretende ser tabaco frágil, a lado de la escritura, después de un sexo abstracto, ella siempre ha detestado el tabaco cualquiera que sea su cónyuge de juerga.
Del vértigo pasaba al centrado estado lánguido, irrepetible, de los sorbos de café. Una fosa sin fondo le deshacía el desvelo, el espanto a lo trágico desaparecía, su verdad huía de los dedos de su mano izquierda y pronta quedaba intacta en el papel. Una noche el café embriagó todos sus sentidos, las gotas de lluvia sonaban como truenos, Isadora Duncan, un breve desvelo, y así comenzaron las canciones, la impaciencia tomó su cuerpo. Se alejó del barco arquitecto y murió.
Quince dias después cayeron al piso de su cuarto hojas de los árboles del patio, rebotaron canciones en su espejo, su sábanas se arremolinaron, una mañana despertó, la herida de los recuerdos últimos le revolvió los pasos, le dijo adiós a sus libros, a sus padres cansados, y en su equipaje metió sólo lo necesario.
Antes había dicho que de buscarle, llevaría consigo sus historias, unos cuantos sonidos, su cuerpo de carne y latidos solamente. Hacia el  medio día sus pasos dejaron de ser suyos, y un avión la alejó del desencanto. Atrás el tráfico y los tumultos, y un ya gastado pasado.
Música habitaba una  habitación, ella durmió bajo la luna del norte, y la madrugada siguiente de cara al espejo supo que era distinta, otros oídos, otras manos. ¿ Qué pasaría si sus recuerdos y los vestigios de una partitura no fueran tan fuertes, y si la correspondencia no fuera suficiente, y si Él simplemente no quisiera, desabrocharle el alma una vez más, amarla, decirle adiós en caso de ser necesario ?.
Eso ya no era importante. Dentro de ella nace una consecuente libertad. No es necesario un vínculo, cinco letras, los lazos más fuertes no requieren nombrarse, los mismos lazos les impulsaron, hirieron, los transformaron.
Un coche se alejaba, sonaban sus neumáticos en el asfalto lavado por la lluvia reciente. Una lluvia fértil, que empapa, molestaba las vestimentas, empañando los cristales a través de los cuales ella sueña. Él se acercaba y las cuatro de la tarde corrían en el ambiente, el sol cansado se escondía en su siesta, desde lejos el viento se filtraba entre las sillas, los manteles y las mesas, una flor temblaba de frío en su florero, frente a ella, sentada esperando, con las piernas cruzadas, la angustia pasada metida en los bolsillos, su mirada tranquila, ahí, estaba ella respirando, a punto de inventar un sueño que soñará muchas otras veces en el futuro.
Soñó la primera vez el momento con la nariz escondida en un libro de Anaïs Nin, aunque los encuentros casi siempre se le presentan inéditos, no así las caricias. Los encuentros son irrepetibles, suyos en su silencio nocturno los recuerda, unas cortinas cantan, una tarde disuelta se revuelve en besos de agua y tiempo.
Ella llevaba el cabello largo. Él una canción recurrente durante el día.
Él llevaba dias deseando soñar Deseo.
Deseo, pero el primer encuentro fue definitivamente impulsado por algo más que algúna especie de deseo. – era el destino, – quisieron pensar los dos. Aunque lastime la ausencia. Aunque hoy, nuestro tiempo sea incierto, y lo que nace de mis manos sea en vez de caricias letras, y tu sigas lejos jugando a ser él, y yo siga aquí en nuestro parque oscuro, jugando a ser ella.
El encuentro se vuelve un hasta luego, un “te encontré para decirte adiós”. Me quedaré contigo para siempre si el universo así lo quiere, si conspiró para traerme tus besos, que haya de conspirar para devolvérmelos.
Todos me miraban mirarte menos tú.
Sonreíste al verme la primera vez.
Y yo sonreí.
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