Canción de lluvia escrita en Paris.

El día se desvanecía cuando entró por primera vez a aquella casa. El piso de madera no hizo ningún ruido al tacto de sus pies. Ella era, ese fin de semana un ser diminuto, era muy pequeña para los automóviles, para el sol quemante, muy pequeña para un saludo de beso en la mejilla, y muy pequeña para el abrazo. Desde el techo una lámpara de lágrimas la observó mientras iba entrando, estaba vacía aquella casa, no había sonrisas, y poco a poco ella se fue confundiendo con las plantas, entre las ramas sus ojos tristes no preguntaban nada. En ese mundo de vidrio y mármol su cuerpo de hada se volvía invisible. Antes de amanecer en medio de esta historia su corazón ya conocía el final, era un final de aquellos que se adelantan a los principios y a los juiciosos, entregados romanticismos, un adiós de silencios se tornaría en recuerdos, y en sueños de sábanas exigentes que atestiguan todo el proceso. La historia de Rosalía se escribió en sábanas de verano.

Aquel segundo encuentro fue dejando en la habitación más alta el rastro de un desvencijado corazoncito, perdido entre una ciudad devoradora de espíritus, exhausto de pedir al destino que el tiempo vuelva.

El aire se impregnó de despedida. Rosalía sabía bien que dolería, que la música y el verano no terminaban en final feliz, no en los felices finales que se esperan. No existió un sitio, siquiera olvidado para sus pies descalzos en su habitación, las paredes hablaban, y su alegría enamorada se convirtió en llanto, llanto como la lluvia diamantina que mojaba los besos del pasado, como el vapor y los espejos, y como toda la humedad en el ambiente de todos los relatos. Llanto invisible y silencioso como las despedidas. Para desaparecer a la salida, en la puerta, no era necesario esconderse, nadie, de cualquier forma la notaría. A él se le nublaron los ojos con la misma tristeza que le nubló las manos, se le escondió el espíritu, asustado perdió todo contacto, se quedó anclado a un mundo, uno solo de tantos posibles mundos, y las raíces y los compromisos le quemaron, su tristeza quedaría entonces en medio de otro abrazo, ya no el de Rosalía, su encanto de almas abiertas quedaría guardado. En el eterno devenir de almas, no sucedió lo mismo con la esperanza. Rosalía voló, le asustó el vacío de las palabras y el cemento de los cuerpos y la fragilidad del encanto, y la fragilidad de la magia, de la cual ella jamás podría prescindir, la magia para Rosalía es el aire, el viento, ella es un hada que sigue el transcurrir de los días y las estaciones, como una hojita que viaja por las nubes, y cae al río para viajar y ver en su reflejo canciones que huelen a algo más que flores y belleza. A veces los humanos quedan atrapados en el mundo de las hadas, y las hadas quieren quedarse en el mundo de los humanos cuando se enamoran. Pero la miel del campo deshace la tristeza, y en medio de las cabras y los venados no existe el tiempo. El adiós no existe en el mundo de los árboles, donde unas alas enamoradas habrían podido hacer cualquier cosa, unas notas en un pentagrama y unas notas en una libreta podían cambiar el mundo, inventarse uno nuevo, donde existiera oportunidad para los milagros, y valor para la belleza. Rosalía se internará en un libro, o en veintitrés, mientras el destino se encarga de terminar la historia, para que un día un niño, aprenda a leer la palabra Isadora.

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