Caravansar

Existen dos grandes puertas, una a cada extremo de un corredor de columnas y arcos. Una lleva a un laberinto, la otra a un oasis. Supongo que muchos han sucumbido dentro del intrincado laberinto, repleto de espejos y jardines secretos, y ante las cristalinas , medrosas aguas del oasis. Prefiero despertar en mi propio sueño, y adentrarme en el caravansar más cercano, emerger como un ser distinto después de una taza de té de menta, prefiero deshacerme entre los inciensos y la memoria de los ojos y la boca turcos. Abandonamos el último caravansar en la madrugada hace 15 kilómetros, y falta mas o menos lo mismo para el próximo, llegaremos si no se atraviesan grandes tormentas el próximo jueves, en una semana exactamente. Mientras desnudaré la narración del turco, y sus historias acerca de la antigua Grecia. Esta mañana cuando salió el sol recordé lo que me contó la tarde que nos conocimos, el hado extraño que las coincidencias encierran, a Isadora Duncan le fascinaba el mundo griego, su danza estaba inspirada en ellas en gran parte.
El dia de mañana preguntaré a la anciana si sabe algo del califa , por que los vientos de octubre me dicen que en esa historia tambien habita otra coicidencia. Si aquel mercante turco supiera lo que los velos de mi cama me cuentan en las madrugadas, y lo que el café religiosamente preparado dibuja en el borde caliente de la taza, quizá volvería de su viaje interminable en busca de la seda perfecta.
Hoy, en la aurora desperté en medio de un sueño recurrente. Avanzaba tranquilamente entre las paredes de arena de un edificio antiguo, con un patio interior, una voz cálida se escurría hasta el patio desde lejos, el compás de tres cuartos era la única constante en la canción de la que no he reconocido, por más que lo he intentado, una sola palabra. Son solo sílabas, la música se asemeja al cante flamenco, pero no es. Hoy he querido imaginar que es la voz del turco, que me llama, y que entre esas paredes sus manos van a emerger de repente, y el medio cráneo que suele llevar consigo va a caer al suelo para siempre. Hace tanto calor en estos lugares que incluso en medio de los sueños es molesto. Quisiera, constantemente quitarme las babuchas, aunque la arena me queme las plantas de los pies. Quisiera ver de nuevo al turco que me mintió con su mirada, con su sonrisa que fingió ser solamente amable. Bajo la luna llena todo parece más brillante, los camellos de noche parecen tener conciencia, hasta que la cobardía les devorah el corazón, y la costumbre les compra sus verdaderos sueños.  El turco aparecerá seguramente, con sus enormes papiros enrollados, su zurrón de cordero, y me veré en su sonrisa como quien se observa estupefacto en la corriente inquieta de los ríos. Noches frescas como ésta me aclaran la mente, aveces he logrado en ésta última semana, recordar con detalle sus facciones, mitad moriscas, mitad sajonas, y he dibujado finalmente un retrato, con la ventaja de tener tantos metros de lino cubriendo su persona no hay muchas siluetas que dibujar. Solamente dunas de lino, líneas sinuosas que me intranquilizan, por que debajo de ellas transpira una piel llena de historias, la clase de historias que acarician mientras se relatan.
Toda su historia se cuenta y se recuenta a sí misma en mi memoria. Cada frase desdobla mis preguntas, y la única respuesta, el único misterio sigue siendo su boca.
Los niños agitando incasablemente sus juegos inocentes por todas las calles disminuyen el espejismo de la nieve, su tremenda quietud tan profundamente anudada a mi rutina, cruzo distintas avenidas cada dia, para no quedarme con la misma ruta e impregnar de deseos de olvido sus banquetas. Antes el radio habrá  hecho ruido, y me habrá alejado de mi hermosa vida de caravanas en un incierto tiempo en medio de desiertos, habré tomado un baño, ignorado mi reflejo en el tocador, y todo medio dormida antes del primer sorbo de café negro, así lo mismo cada dia.
Detrás de la barra, en el turno de la mañana me distraigo observando disimuladamente a todos los clientes que desde sus mesas, a su vez tambien me observan. Saludo a Catherine, siempre a la misma hora, con una sonrisa como la suya, con el mismo anhelo impaciente de un abrazo, desde la soledad únicamente conocida por los refugiados. Siempre usa un accesorio azul, alguno, como sus ojos, un listón en el pelo, unos zapatos, una vez me dijo que no se daba cuenta, pero yo sé que como yo, con mis objetos rojos, busca perpetuar un algo de si misma en el color que lleva sobre el cuerpo. Aqui en esta ciudad llena de tantos ojos de distintos colores, uno se vuelve otra de tantas mezclas, con insignes orígenes, una diminuta combinación de miles.
Yo me encontré embriagada de rojo, como los rojos de banderas, o los rojos de las bocas de las mujeres nórdicas, o la sangre que surge de entre las piernas. Como la luz de mi habitación frente al Pére Lachaise que encendía en la noche para confundirme, enamorada con el resto del espacio, la cama, las cortinas, la lámpara que me obsequió un cumpleaños.
Catherine decidió probar todas las variedades de té y café disponibles. Cuando hubo terminado me contó que preferia quedarse en el expresso, y yo pensé que era como cuando recorres el mundo y sus rincones,  para encontrar que el primer lecho, la razón de aquel deseo de búsqueda interminable era el mejor, el bueno. Por mi parte, yo amo tambien el café expresso, yo que vivo en mitad de esa búsqueda.
Hoy es martes,  en mis movimientos reconozco el vaivén de las túnicas, la danza de las dunas de mi sueño donde soy la misma, y mi deseo de pasar desapercibida se ve saciado debajo de esa sagrada indumentaria. quizá aunque sea medio dia no he despertado. Puede ser que el olor del café  me lleve a un letargo, si una dosis mínima me despabila temprano, la sobredosis me ha de producir lo contrario.
Mientras lavo uno, otro plato, me quedo absorta en como el agua cubre silenciosamente la piel de mis manos, y el jabón forma pequeñas burbujas, y en como el ruido de las tazas chocando entre ellas se desliza hasta las mesas como si fuera música accidental desde mi trabajo diario.
Cuando sólo queda el viejo húngaro sentado en la esquina al fondo, junto al baño, escribiendo, yo miro por la ventana cómo la gente pasa, parece que tengo la mirada perdida pero no es así, está igual de viva que como cuando Paul me llama y me saluda y me pide el periódico, tan viva con los ojos casi saltados como la vez que me rozó la mano alcanzando su taza para servirle más café. Pero Paul no apareció el dia de hoy, todos se dan cuenta de que estoy pendiente de la puerta, cada vez que se abre por más que trato de ocultarlo, se puede ver que mi rostro se tensa, por que teme darse cuenta de que no es él quien entra, sino la señora de arriba que engaña a su marido con el vecino, o un contador aburrido, o cualquier otro menos Paul. Hoy ha llovido toda la mañana, hace frío en los octubres lluviosos en Nueva York, me imagino a Paul saliendo de su clase, se guarece de la lluvia mientras llega a su auto, deja sus libros en el asiento del copiloto y mientras arranca piensa fugazmente en mi. Cuando lo veo en mi mente esbozo tambien fugazmente una sonrisa. Sirvo una taza de café-au-lait, pero no es para él, un rostro conocido aparece, un tipo que veo desde hace meses en la biblioteca, la recurrente camisa roja a cuadros durante mi lectura de Nin, o Sartre entra ahora por la puerta. Samuel, 25 años, letras clásicas, tambien me habia visto antes. Ni Homero ni Samuel en este momento me interesan. He perdido el hilo de lo que dice frente a mi en la barra, con su americano intacto, un diminuto viaje hasta las profundidades del mar, del mar de posibildades de su boca, me conmueve hasta la distracción total.

 

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