Serpentina

Recuerda cada uno de los viajes, como si se tratara de sueños tormentosos que quisiera jamás haber soñado. En la oscuridad, espera a que los ruidos de la casa desaparezcan y mientras llora en lo profundo de su cálido casi blindado clóset. Veinte fantasmas le tiran casi uno a uno los cabellos,  la comezón nocturna de los párpados tristes le devora la noche en intentos, todos ellos recordando lo largos, frágiles niños, hermanos, ahora decapitados, de tallarse los ojos antes de cerrarlos.
Quiere, pero no logra olvidar como hace poco, por medio de una trampa su hermana menor, Sveta, le cercenó las manos. Sveta fingió asustarse cuando  encontraron a Alda, un cable eléctrico había casi cauterizado sus heridas, roja, la sombra de su cuerpo y sus brazos sobre el piso, Alda despierta. Entonces sólo estaba en shock, después, en el hospital el dolor se agudizó pensando en el violín roto, como sus manos, como este cuento.
Nadie supo que Sveta había sido quien planeó tan facilmente el accidente con el cable de la secadora, poseída por una indescriptible risa con  el humor negro de una broma patética. Sus manos caerían religiosamente, haciendo un ruido viscoso,por que quizá sangraría un poco. Pero nadie sabría nada, ni del placer que sintió mientras preparaba el choque en el enchufe, ni la alegría desbordada hacia adentro cuando le preguntaron si no sabía dónde estaba su hermana.
Sveta sabía que seguía en su cuarto, que seguramente estaría tirada, con su cabello largo, perfecto, brillando con la luz que entraba a esas horas por la ventana, esparcido como abanico sobre la duela, quizá debajo de la cama, escondida bajo el edredón de flores azules, ella tan delgada y tan blanca, de ojos grises de gata, ahora temblando manca de ambos lados, sin entender por qué, por qué.                                   Por qué.
Aunque ahora que es lunes, Alda, unos dias después del accidente repasa sus anteriores dias desde la ducha oscura hasta la bañera en tinieblas, el ir y venir pálido de las mañanas azules, las manos imaginarias recorriendo veredas entrañables, que conducen al ir más lejos a entrañas. Piensa en el clóset, el viejo cobertizo, y todo aquel lugar desconectado de este mundo de personas con manos, que asisten a colegios exigentes, con hermosos maestros, grandes casas, amores cobardes e ingenierías. En su mundo interior, cada vez que quiere despoja  de sentimientos a sus habitantes, los deja dormir hasta tarde entre semana, y les da permiso de amarse donde elijan, en un lecho de nieve tibia, en el kilimajaro, o en medio de un matorral, en el bosque de Boulogne.
Cuando no quiere saber nada de las defunciones de amantes indecisos, y las compra-ventas de casas, con sus tediosas mudanzas, apaga sus ojos y cierra sus oídos, y todas las voces de todas las plegarias que cada habitante de su mundo le dirige dejan de existir.
Tal vez Alda, pueda esperar en silencio, practicamente absorta, ensimismada a que Grecia le tenga paciencia, hasta el dia en que le vuelvan a crecer las manos. Digan  lo que digan , que si la regeneración de extremidades ya no existe en los seres humanos, o que si su familia de sangre antiguamente enferma no posea esa cualidad inherente a las mujeres hermosas, nada importa, ella sabe muy en su fuero interno intensamente chillón y áspero, que volverán a salir de entre esos cicatrizantes, deformados muñones. Solamente la Grecia que la verá bailar un dia una danza perfecta bajo las nubes blancas, podría comprender su trágica, y al mismo tiempo hermosa, aterciopelada historia.  Se le ha ocurrido que después de su danza, asesinará gracias a la ayuda de cada lamparero a todos los monjes de Athos, con la proyección sobre el monte, de una sombra de la silueta de su cuerpo desnudo.
Aunque a esta hora hace demasiado frío para pensar en desnudos. Las lágrimas han empapado su larguisimo cabello negro, quisiera salir del vestidor, sin tener que enfrentarse al despiadado espejo y su cama a la izquierda, que cuando vea querrá seguramente saltar en ella, y querrá con locura acordarse en suspiros de los dos últimos abrazos. Querrá deshacerse de las viejas fotos en el buró.¿ Pero cómo ahora ? con auellos diminutos muñones para intentarlo. Sus labios, de pronto los ha sentido extrañamente fríos, piensa en el jueves reglamentario, acabar con la farsa, la escapada en el automóvil, el secreto, la mirada presuntamente penetrante. Las dos interminables horas en el pupitre, finitamente suficientes para esbozar historias de brazos rebanados, y mundos paralelos, las dos horas divagando historias sobre su cuaderno, serán siempre todo menos tiernas, hoy después del beso inuscitado, recalcadamente prohibido, de un maestro.
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Un comentario en “Serpentina

  1. sin duda Isadora si no te conociera de hace tiempo, no hubiera tenido oportunidad de verte aprender a volar, y aunque quiza todavía no desplegas del todo tus alas, y la presunción todavía se cuelgue de tu cuello el tiempo ira amdurando ese apasionado deseo tuyo, que envidia de tus portentosas alas, cuando yo siento que apenas tengo las de un insecto.

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