Derviches?

Ayer, mientras sobre el silbido del viento sonaban las campanas de la iglesia, tuve un sueño.
Había en mi cuarto una ventana de madera labrada, no muy grande, bordeada suavemente por pequeños arcos moriscos, y detrás, como escondido, un hombre blanco con rostro de ángel, manos de ángel, piel de ángel. Me miraba tranquilo, y yo de pie bajo la ventana, estupefacta lo observaba. Él quería entrar, esperaba mis manos en las suyas para atravesar la puerta disfrazada de ventana. En el aire con cada campanada se anunciaba poco a poco una voz que lejana se adivinaba divina, esa voz femenina profunda, dulce como la seda rozaba las cortinas, los ojos del ser ligero se incrustaban en algo que pudiera ser el alma de quien absorta, en el puente de miradas resulté ser yo, que despertaba con la última campanada, quizá intranquila buscando sobre la cabecera de mi cama la ventana, y nada, sólo en mi cuerpo los estragos de una noche luminosa, hilarante, transcurrida entre la embriaguez del alma, y las piernas y el dulce devenir de Debussy en unos ojos oscuros.
 
 
 
En unos ojos oscuros.
 
 
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