Al tacto al aire

Astrosonia.
Existe ( bien lo prosa Novalis ) una especie de gramática que todo lo permea, una serie de patrones que se repiten; (símbolos, arquetipos ) pequeños indicios de órdenes que contienen a su vez nuevos órdenes, todos respondiendo a un ritmo que se presiente o se intuye brevemente en ciertos momentos de apertura e iluminación. La ciencia intenta desentrañar los caminos por los cuales éste ritmo actúa, busca leyes, una seguridad que aporte sentido a lo que pensamos conciencia. Terrenos muy escabrosos para mencionar vagamente.
De la mano de la intuición pequeños y grandes saltos nos han traído hasta donde estamos, un impulso que nos toma naturalmente en la vigilia desenreda los sueños, nos desenreda y surge el siguiente paso, el nuevo descubrimiento, un recurrente "¡Eureka!".
 
¿Cómo se ve transfromado el cuerpo de un ser humano al encontrarse en brazos de un instrumento? el torpe primer encuentro, que resulta una experiencia mística cuando se toma por vez primera el infinito en nuestras manos se convierte poco a poco en un avanzar lánguido, tormentoso, apacible hacia la interpretación de nosotros mismos a través del sonido.
En el aire la nueva respiración resuena, a cada instante un nuevo grito estalla como llanto de alma recién encarnada que escucha al entrar al mundo la música celeste cuasi-eterna, la música de las esferas. ¿Es la música un eco de esferas? sensible, conciente de sí mismo que retoma la vibración cósimca y sobre ella juega a hacer trazos, pequeños esbozos de un universo que intenta comprenderse a sí mismo observándose díminuto en un inmenso espejo.
El cuerpo humano se convierte en un resonador del canto inminentemente universal. La comunión arriba en medio de la pieza, desde la primer nota, incluso instantes después de haber dejado salir la última. La misión es cumplida dejando la sensación de haber presenciado el infinito. La música nos lleva al borde del infinito, nos deja observar fugazmente el límite de lo ilimitado, el brillante fondo de nuestra alma, disipada ya en los confines de la brumosa tiniebla.
Cuerpo e instrumento se funden, se reencuentran, algo en el interior parece reconocer una misma naturaleza, la quietud del silencio que no se toca, su contraste con la posibilidad infinita de los próximos segundos de interpretación. Jugar un instrumento es dejarse mover como pieza de madera en un inmenso tablero de ajedrez, por una mano que es la propia frente a Dios.
 
La divinidad humana se asoma ágilmente al mundo pueril aún,  por las manos de un músico vital. Es igual que con las demás artes, la literatura, la danza, pero la música, la música…..
 
Sólo el silencio es más bello que la palabra, pero la melodía es más bella que el silencio. La melodía es el silencioso acto eterno que aveces destella sonidos en el mundo, es el nombre de Dios que se pronuncia a sí mismo eternamente y se da vida y nos da la vida.
 
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