Mañana acompasada

                               Entre el 11 y 12 de marzo, 2008

 

 

 

Ya es de noche. Hoy vi el ritmo. Había automóviles. Alguien bostezaba, el sol brillaba en el gigantesco espejo de un edificio alto. Ciudad de México, alguien está sentado junto a mi lado.

Hoy vi el ritmo. De un lado de la avenida muchos automóviles avanzaban hacia muchos destinos. Dentro de cada uno habría manos, un par normalmente, zapatos en la mayoría de los casos, mentes, cuerpos con millones de olores, algunos con cierto dolor, cierto sueño. Cierto deseo palpitaría quizá en los genitales de muchos. Quizá muchos esa mañana hayan llorado poco, hacia adentro, pueden ser presa de un divorcio, una visita sorpresiva, herencias y notarios, quizá alguna mujer, seguramente muchas carguen nuevas vidas en sus vientres. Unas ya lo saben, otras no.

 

Mi cabello seguía húmedo. Estaba sentada por que cuando me subí  en la estación decenas de personas se bajaron y dejaron casi vacío el metrobus. Tenía un poco de frío. De nuevo el inexplicable tan conocido inusitado tedio me abrasaba con sus grises callados dedos de rutina. Miré la cabellera de la mujer sentada frente a mi. Su cuello era terso, llevaba algún perfume aunque no lo olí. Su cabello café claro volaba ligero con el aire que entraba por la ventanilla. Ahí estaba ella, parecía de menos de treinta años, llevaba ropa de calle. Pantalones, suéter, zapatos tenis. Una mochila en el regazo y cara de cansancio. Aunque quizá sentía esperanza, o tal vez tenía cólico, o miedo. Su rostro de facciones comunes era hermoso. Yo pensé en ella y en su vida. En el hecho de ser mujeres. Entonces me ví en el reflejo astuto del vidrio de la ventanilla.

 

También tengo menos de treinta años. Y tenía sueño entonces. Sentí culpa por haber bebido café al despertarme, dialogué con mis padres en mi mente, discutimos en mi mente. Me enojé con ellos en mi mente. Dentro de mí era de noche ya, estaba cansada, veía una pared gris. El arte no era importante. El amor tampoco. Mis deseos tampoco.

Escuché respirar a un hombre sentado asientos atrás. Suspiró profundamente. Pensé en su vida, en sus posibilidades, en si fumaría, si llevaría una vida sana, y suspiré también. Recordé mis días en la escuela de danza contemporánea, mi maestra que tanto insistía en la respiración, recordé un día cuando tenía dieciocho años , salía de mi casa y era otoño, y en medio de mi arraigada melancolía respiré profundo, y sentí el sol en el estómago. Y quise sonreír, y me sentí feliz y fue un secreto. El aire en los pulmones.

 

El metrobus hacía su habitual ruido, un pequeño quejido agudo, el conductor me miró de reojo y me quité los lentes para no notar si alguien más me miraba. Sin lentes vi otras cosas que no pude ver al subirme. Las siluetas nítidas se difuminaron. Quedó el movimiento eterno de las personas. Noté que en la calle sobre la banqueta las personas caminan de manera parecida, sus cabezas se balancean, sus pasos corren en un río homogéneo de rutas aleatorias , haciendo líneas de caminos invisibles. Durante algunos instantes dos o tres personas convergen. Los hombres miran a la mujer con pantalones ajustados. A esas horas no hay niños en la calle, solo los que descalzos limpian con sus manitas los parabrisas.

 

 

Hoy no es hace un año. Todavía tengo el pelo largo, y aparento menos edad de la que tengo. No vi un mensaje en el celular mientras servía hipnotizada, un americano con doble carga a un escritor becado, en ningún café. Y no pensé en un hombre que viviera en Estambul, soñando daguerrotipos que adquiría cada semana , en un bazar egipcio para arrumbar en su ático al agregarlo a su colección. Y ese hombre de mi cuento no ha visto la luz de otras pupilas todavía.

 

Estaba en un líquido silencio mental. Y vi sin querer una emergente a mis ojos y mis oídos vertiente de mundo sobre el aire contaminado. El árbol daba vida al ave, que daba vida al globo, que daba vida al viejo hombre tembloroso sentado en un restaurante. No sé si me haya notado. Quise decirle algo, imaginando que estaría triste, para consolarlo. Igual quise abrazar a un joven al llegar al andén  destino. Unos tacones hacían ruido detrás de mí. Quise decirme algo a mi misma. Darme ánimo. Entonces me di cuenta del compás que en mi mente reproducía la nostalgia. Un Keith Jarret en la cocina y un olor penetrante a chocolate avisando antes que una alarma la cocción inoportuna de un pastel.

 

Caminé. El mundo giró. Gira. Antes de soñar me abruma el sueño. Cuando despierto se despeja la neblina. Y al verme al espejo no me reconozco. Vi un paisaje sonoro en la mañana, parecido a éste, aunque nunca igual de perfecto al que tienes adentro.

 

Anuncios

2 comentarios en “Mañana acompasada

  1. Es este momento de mi vida he optado por ser sólo un observador. aprender a no hablar tanto y a mirar mejor.
    y observo lo q escribes. siento lo q escribes. nuevamente.
    gracias por el viaje.
     
     

  2. Mi cumpleaños es el 11 de marzo. Curioso leer lo que alguien más vio ese día. Curioso que la chica del metrobus estuviera cansada o triste. No fue un buen cumpleaños para mi. Sentí que era ella…pero no. Sé que hice aquel día y no fui yo.
    Igual muchas gracias, de cierta forma siento que tu texto es un regalo para aquel día.
     

Have you been there?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s