infancia

 
 
Algo hierve. Cuando era niña hacía cosas secretas. Secretas para los adultos y para mis coetáneos. Salía en las noches al jardín y hablaba con los árboles, fingía vivir al borde de la muerte y me veía  obligada a despedirme de cada una de las plantas y los troncos de los nogales y las vides. Luego regresaba a mi cama con los pies húmedos y la pijama sucia. Durante una temporada fui  presa de una obsesión por una pieza de Haydn que venía en un acetato de mis papás. Cuando me quedaba sola en la casa preparaba la sala, despejaba un espacio y religiosamente dejaba caer la aguja del tocadiscos para que se abriera ante mi un escenario antes escondido. Y bailaba como poseída por un espíritu antiguo que brillaba con el halo de trágico final de Isadora Duncan a quien mi mamá me leía, o de la pequeña sirena que Andersen había decidido convertir en espuma. Por dentro, a los siete años, bajo el disfraz de niña obediente y callada vivía otra niña incógnita que siempre se imaginaba los peores finales para las cosas. Un sonido estruendoso procedente de la calle terregosa se convertía en un camión desbocado que invariablemente arrasaría una casa desprotegida y pobre.
 
Nunca lloraba. no mostraba mis sentimientos, no jugaba en las fiestas ni me divertían los juegos de los demás niñitos. Siempre sentía una opresión en el pecho y en la espalda. Me pensaba observada por un ser divino que juzgaría cada paso y cada palabra. Y yo quería ser pulcra y atender al llamado sublime de las horas del catecismo que en las mañanas me enfriaba los pies y las manos mientras rezaba el padre nuestro y las avesmarías. A veces al salir de mi casa en la mañana hacía una reverencia a un crucifijo que estaba en el pasillo, me hincaba y persinándome oía a mi mamá decir.. ¿qué haces? ¿ qué te pasa?.. Nadie entendía el fervor.
 
Cuando mis papás estaban tan separados viviendo en el mismo techo, yo ponía una cinta con música de trova cubana. Tenía ocho años y era mi último año en una diminuta ciudad perdida al norte del país junto al golfo. Una canción tras otra se volvían una especie de plegaria hacia no sé qué destino, hacia no sé qué autor de las circunstancias, para recobrar los dias donde la música hacía de fondo a una cena entre amigos, con un bullicio de gritos y carcajadas norteñas del que yo huía a mi cuarto, para dormir las horas sintiéndome segura feliz en una familia que apenas se iba formando. Que era tan culta, tan cálida, tan mexicana, que me enseñaba a respetar fielmente mis tradiciones y a mis antepasados.
 
Crecí rodeada de libros y artesanías. James Joyce era una promesa de pintura de un joven artista, Bradbury un tratado de ciencia y temperatura, Balzac un hombre gordo libidinoso, Vasconcelos un señor de lentes mujeriego. Moncayo hacía música para comerciales y se me hacía raro despertar los domingos oyendo su huapango mientras mi papá hacía el desayuno. Beethoven hacía llorar a las personas. El lago de los cisnes era el mejor ballet del mundo. La lectura el alimento del alma. La vida en la ciudad de México se alternaba con la vida en el pequeño pueblo del norte, lleno de tierra y calurosos días. No me gustaba volver al pequeño pueblo, y dejar la alfombra ni mi cuarto lleno de juguetes. Pero "era por trabajo". Mi mamá era bailarina de danza folclórica, tenía cientos de fotos donde aparecía ataviada con largas faldas de colores y huaraches como los de los niños pobres y los indígenas. Como los huaraches que no me gustaba usar por que se me veían semidesnudos los pies. y yo no podía tolerar un mínimo grado de desnudez a menos que estuviera vestida con mi ropa de danza. Con mallas y leotardo y zapatillas.
 
Contaba miles de historias llenas de fantasía. ¿ Por qué no creer en las sirenas ? yo quería pensar que la vida no era solamente crecer y trabajar. Había detrás de las cosas otra historia que se había contado. Una especie de alma del objeto, fantasma paralelo al vivo… la mitad de la existencia sucedía en el misterio. Y los sentidos eran vanos acercamientos a lo que yo a esa edad ya intuía como lo verdadero. Tenía mi propia explicación de las cosas. Por qué algunas cuestiones humanas funcionaban bien y otras no. La manera de cambiar el mundo a mis doce años era através de un libro. Un gran  escrito que sacudiera las conciencias. A los quince todo era ya un caso de espíritu. A los veinte el arte era la respuesta. Conforme pasó el tiempo seguía buscando debajo de las superficies, se producían entonces dos respuestas en mi: amor profundo o repulsión verdadera. Me volví radical en mis acciones y en mis emociones.
 
Debajo de la realidad que decidimos aceptar como cierta siempre hay algo más que  subyace.  Y debajo de nuevo un patrón se repite y otra cosa subyace. Pero preferimos quedarnos cosidos a las superficies. Si no.. nos sumergimos en un mar de almas del que no siempre es posible salir.
Aún lo afirmo. Aún afirmo todo eso que intuía sin nombrar de niña. Sé que parece locura y que puede avecinarse una tormenta de inciertas direcciones. Pero no hay marcha atrás. Vivir así entre tantos mundos nos hace también hacer crecer la Fe. Me niego a conocer al mundo mediante los límites. O a saberme a mi misma como cierta y tangible.  No hay fantasía, ni ficción, todo está diluido en un instante. En éste mismo. Puede ser dificil de entenderse, debo para escribir una línea elegir de entre decenas de frases que se dicen todas al mismo tiempo. Elegir pudiera ser la clave, eligiendo se concretan los trazos apolíneos. Pero elijo aún vivir bajo el velo dionisíaco. Revivirme cuando fui pequeña, asesinarme cuando fuera adulta, soñar con un sueño aún no esbozado, diluir lo vivido entre todos los recipientes posibles, respirar el futuro en un abrazo. Acontecer la vida desde el punto donde elijo vivirla sin traicionarme nunca. Ni a mi visión ni a mi ceguera.
Así existo. En la única verdad posible, indecible de la existencia. Y sigo siendo una niña.
 
 
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