la desarticulada historia de isadora cap IV

Tengo frente a mi un rato libre. En vista de que en algunos días dejo la ciudad para: “quemar todas las naves” se me ocurrió revisar éste blog y remontándome a este post continúo la historia de la serie de tonterías con las que he hecho mi vida.
Como muchos otros posts míos.. les aseguro que se trata de una serie de eventos sumamente aburridos y sin nada de interesante ni divertido. Les advierto.
Comenzaba entonces el año 2004 ( creo ) y mi rutina era muy sencilla. Despertaba y me metía en la regadera todavía dormida, y me metía en unos pants para salir a las 7 de la mañana y llegar temprano a la clase de danza en coyoacán. Para no seguir siendo una plasta de persona corría las últimas cinco cuadras que me llevaba directamente a la escuela. Hacía clase, tenía en la mente una confusa complicación en todo momento, una especie de pelea verbal constante con mi en ese entonces maestra de contemporáneo, a quien veía todas las tardes en la otra escuela de danza. Siempre discutíamos de cosas que parecían trascendentes, pero sólo en mi mente.
todos los días me equivocaba en las secuencias, me esforzaba pensando que si dolía era por que estaba trabajando bien. La belleza por supuesto era lo único que me impulsaba. Sí, sentía un gran impulso al bailar, una especie de revelación en el momento en que sin pensar si me veía o no bien, la verdad de las cosas se revelaba en el interior del cuerpo que se reflejaba en el espejo del salón. Que resultaba el mío.
Pero la verdad era que yo era frívola, me la pasaba pensando en mi peso y en cómo me veía en escena. Para alguien tan egocéntrico como yo, estudiar en un salón lleno de espejos no siempre es un placer. Tango egocentrismo me asfixiaba en una especie de lucha inexistente con mis compañeros, siempre me comparaba y quería superar a todo el mundo. Criticaba la música que Beatriz usaba para las secuencias, la dinámica de trabajo y el desempeño de todos. sí, leía libros de danza, crítica de arte, historia, literatura, escribía mis poemas de mujercita insulsa que piensa que ha descubierto algo nuevo en el mundo, y empeñaba toda mi atención hacia el arte.
Por las tardes tomaba clases de danza, igual, y sufría cada día por que nadie entendía que YO hacía las cosas mejor que todos… en clase de música entregaba todos los trabajos exageradamente documentados, en apreciación coreográfica hacía ensayos de cinco páginas, escupiendo un montón de términos e ideas que nisiquiera eran mías completamente, y todo para hacer notar lo mal que los otros estudiantes “estudiaban”. Pero era puro bluff. Al salir de clase pasaba un rato a un café que había en la esquina de la cuadra de la escuela. Ahí platicaba de “arte” con otros chicos que estudiaban música o artes plásticas, o con otros bailarines. Obviamente nadie era tan pedante y pesado como yo. Creo.
No hacía más que contonearme por la calle erguida haciendo alarde de ser bailarina, hacerme la interesante con mis lentes de pasta ( que aún uso ) y agarrarme el cabello cada dos minutos. Todos los días llegaba tarde a casa, casi no dormía, leía y escribía cosas que entonces me parecían de importancia. Casi no dormía, pasé un semestre entero con la misma rutina; bailar, comer, leer y dormir. Y escupir mi pedantería a quien se pusiera enfrente. No salía los fines de semana por queno tenía amigos, y si los tenía, eran amigos que vivín en otros países. aun son mis amigos, y aún viven en otros paises… pero entonces los fines de semana me iba a ver películas a la cineteca, y veía a las parejas bailar tango los domingos en la plaza cerca de mi casa soñaba con un hombre español, perfecto, bla bla blah… de terinta y tantos años, por quien estaba decidida a dejarlo todo..
Entonces un día fui a tomar té ( sí, así de pedante ) con mi amigo de los huaraches y el café, que entonces había tomado la decisión de dejar de estudiar economía, – sabiamente – para cambiarse a arquitectura. Como que nos gustábamos, hablábamos de política, ( según ), de arte y de cosas así mientras él se fumaba su asqueroso cigarro y yo me hacía la interesante como siempre. Creo que nos enamoramos un día que volvíamos del café del juglar, o algo así, y llovía y todo era así; romantiquísimo… el primer beso fue en una hamaca en el jardin de su casa, y hablábamos y hablábamos y tomábamos café.
Mientras él hacía sus maquetas yo me hacía güey haciendo dibujitos y planeando nuevas coreografías o escribiendo disertaciones acerca de fenómenos dancísticos que sonaban así muy.. interesantes pero eran sólo divagaciones. él fomentaba mi orgullo desmedido criticando a mis compañeros de danza, claro, el ambiente en la escuela se hacía insoportable, y yo pasé tardes loquísimas ( en un ambiente nerd como el mío ) en la pequeña casa de atrás que la familia de este chico – ahora arquitecto – viviendo como viven todos los jóvenes sanos de mi edad.
La coreografía de fin de año que Beatriz presentaba me pareció insulsa. No bailé, me dediqué a estudiar semanas para hacer el exámen de admisión a la unam, donde quería estudiar nada más y nada menos que historia. Por que claro, lo que movía al mundo eran las pasiones humanas, y esas pasiones se transformaban en complicados entramados de acciones, accidentes y tonterías que estaban ahí bullendo en libros.. páginas, documentos.. archivos generales, listos para que fuera yo a desempolvarlos.. no tengo idea de con qué fin. El otoño del 2004 tenía sabor a escapadas de fines de semana, mucha tarea, un amor sublimado y divertido, efrevescente, y mi apestoso carácter seudoartístico pesado e inutilmente intelectual. La UNAM era para mi, al principio, un lugar lleno de conocimiento y gente inteligente, no como el INBA lleno de bailarines preocupados por nutrición que detestan las tareas que implicaban leer más de una página.
Yo no sé cómo mis compañeos de clases, ni Beatriz, no me escupían encima. Realmente mi actitud se volvía ya, absurda. Me desesperaba que los alumnos fueran flojos, que no se interesaran por cuestiones profundas que atañían a sus vidas y a sus carreras, que no quisieran ver más allá de sus narices… y cosas así. Entonces atiborrarme de lecturas, metodologías para la investigación de la historiografía, y materias con nombres así de largos casi me hacen explotar de la cabezota y la necedad que cargaba encima cada día conmigo. Obviamente todo lo que valía la pena en la vida estaba dentro de un salón de clase, dentro de un libro, y todo eso traía consigo un aire agradablemente “gremial”.
Cuando llegó el invierno me di cuenta de que la historia, la danza, el amor, no evitaban que yo llorara casi todas las noches aturdida con la breve, inútil, ( y aún no leía a Nietzche ) vacía experiencia de existir. Buscaba momentos sublimes que cuando aparecían me dejaban con un dejo de absurdo al abandonarme. Siempre parecían traer algo de cierto, intuía aún un resquicio de divinidad en las obras de arte, y había dias en los que solamente caminar por la calle era ya, un milagroso evento. Y hacía poemítas acerca de lo minúsculo que es el presente, y la danza de las cosas y la experiencia catártica.
Pero la realidad era que mi vida transcurría buscando aún una espiritualidad que sentía perdida, y el lugar donde podía estar eran los diminutos segundos de los pequeños placeres.  Me decía a cada rato: ¿ A dónde va tu vida Isadora ? Mientras anduve con el chico arquitecto aprendí a ver los edificios de nuevas maneras, igual di vueltas por la ciudad, supe que las edificcaciones “dialogaban ” entre sí, y consideré cosas como que la vivienda es un fenómeno natural al hombre. Y otras cositas así.
Ya no quería estudiar historia, era demasiado científico, o eso pensaba, todos los días tenía ideas para cuentos o coreografías. El espíritu creativo no se podía dejar de lado. Además empecé a intuir que mi destino era más incierto de lo que pensaba, leía historias de gitanos, me empezó a gustar hablar en francés y tomaba un curso, y entonces fue, creo, cuando a pesar del rigor de la danza de todos los días, y la rutina, me empecé a envolver en un mundo que yo em iba inventando. Y era interno.
El chico arquitecto me decía que le desconcertaba que yo dijera cosas ambiguas en escenas como ésta:
– bueno Isa, entonces te veo mañana, te vas a quedar aqui o te llevo?
– no, me quedo aqui a ver visiones, luego sabré
Y entonces ponía un rostro descompuesto y se iba volviendo cada vez menos tolerante a la “poesía” que en un principio segpun él lo había cautivado. yo, como que siempre parezco tener algo intersante, que cautiva, pero los hombres acaban por deseperarse de mi dispersión y mi ambigüedad. Si les cuento que veo “cosas” o que escucho voces, jamás interpretan, jamás. Yo me iba desesperando tambien de mi ligereza y quise tratar de entrar en el mundo de la practicidad. como escribía y me gustaba leer pensé que sería buena idea estudiar letras. Y como hablaba francés decidí que estudiaría letras francesas, y entonces sí, no más divagación, no más vida etérea, no más ensoñaciones. Según yo, así me empujaría a mi misma al mundo de lo concreto. Oh! realidad!
Oh! facultad de filosofía y letras!! nueva panacea… Adiós danza !
———————
luego continúo..
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