habitación del visitante

 

    La abracé y busqué su rostro en la oscuridad.

Era Lupe y sonreía como una araña.              

 

Roberto Bolaño

 

 

Cuando dejaron de gritar, se vieron la una a la otra y entonces supieron que la tercera voz no era suya. La casa estaba ardiendo en tenues luces interiores, mientras afuera la humedad enfriaba el pasto y los árboles y las montañas. A la mañana siguiente despertarían solas, todavía ignorando la compañía del nuevo visitante, que sigiloso respiraba el mismo aire y quien decía através de sus bocas todas las nuevas cosas.

Amanecer en esa casa rodeada de bosques y aparentes atardeceres era casi no vivir los días como consecuencias proyectadas hacia adelante, sino como un retroceso vertido hacia atrás. Casi sólo faltaba que los cabellos en vez de crecer disminuyeran su largura. Una niña paseaba por los cuartos, husmaeaba en la cocina y cantaba canciones tarareando una melodía que repetía una y otra y otra vez en el violín. En la mesa redonda libros vueltos jugosos gajos de símbolos depuraban su tiempo en pequeñas cartas. Y un oráculo parecía entrever la luz de lo concreto, entre infusiones y cantos y desesperanzas.

Uno de esos dias enmedio de los árboles partieron las dos hacia distintas casas y separadas se llevaron cada una una parte de la otra. Y al visitante. Las rutinas recobraron sus formas. Casi paralelamente oían las mismas conversaciones, deseaban los mismos rincones, silbaban el mismo llanto, abrazaban sus cuerpos en nocturnas lluvias de cálidas ensoñaciones y en un salto al vacío de la cordura recordaron el grado necesario que la locura brinda cuando es asida con las dos manos y puesta en marcha sobre los propios pies. Como en dos polos, cada una probó un abismo putrefacto, de fértiles esporas de pensamiento, una la soledad otra la ira, y las dos en espejo se encontraron consigo mismas ya transformando el cuerpo en un nido doloroso, donde la nueva vida latía y empujaba la piel de la crisálida para salir al mundo. Aunque el grito profundo en la habitación más alta de la casa, había hecho ya un estrago en el silencio de las dos mentes.

El visitante abrasa la piel de la paciencia, carcome el tiempo y la conciencia. Si no se le detiene con un salmo es capaz de matar una mano izquierda por su propia hermana derecha. Y de reventar la paz de las atmósferas con sus maldiciones. Hay millones de visitantes en todos los cuerpos. Algunos dicen: sigue; miente, sigue; golpea más fuerte; sigue callando, escóndete no funcionas, desaparece no hay lugar para ti, lucha contra todo incluso contra ti mismo, destruye, corta, destroza, hiere. Guarda silencio, no soy más que un invento tuyo. Te justificas, soy solamente imaginación tuya, mi creador eres tu, tu mismo te aniquilas. Pero todo eso es falso. Las crisis son capaces de restaurar el alma. Un grito doloroso suena en el fondo de las entrañas, como cuando salimos de entrañas dolorosamente mientras nuestras madres profieren un grito. Un grito súbito parece big bang, el corazón nos grita que amamos, la creación se reafirma a sí misma pronunciándose y somos estruendo. Y otros gritos se vuelven un portal.

Esa noche, desnudas las gargantas dejaron entrar a un otro. Un vacío que poco a poco, luego de sus heridas sana, y se va llenando. Incluso los demonios se redimen ante los sobresaltos sinceros de los espíritus. Un oscuro vibrar entró a este mundo, vive en el filo de lo soñado y de lo actuado y no se decide a dejarnos, sigue diciendo cositas al oído, ácidas, reticentes, trata de no aceptar una verdad hoy táctil, hoy dicha por él mismo; se ha enamorado. Le fue imposible enamorarse de ella y de su canto, de su forma de abandonar su tierra y de romper los lazos, y de romperse a sí misma en trozos hasta no reconocerse. Hasta un demonio se enamora de alguien que ama, por sobre todas las cosas el color de la realidad. Un oscuro se ha vuelto un absoluto redimido y lleno en su aparente vacío, le ha cortado los nudos una luz. Lo distingo en el humo y descubro sus síntomas, me son tan propios como si quizá, los hubiera sentido.

 

A Vale

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