Foto de viaje (cuento)

Layla y la planta

Ahora pienso en todas las veces que me pidieron quedarme con ellos. La última vez yo no estaba bien, tuve que decirles la verdad, descubrir frente a todos que esos meses habían comido el pan que prepararon mis manos, las manos de una asesina.

Les conté porque algo en mi pecho no dejaba de gritarme. Me levantaba en las mañanas a cernir las harinas y a limpiar las grandes mesas. Había que buscar la leña para el horno, era primavera y el sol entibiaba el día desde temprano, quizá era el calor lo que me despertaba, abría los ojos rápido, el corazón me golpeaba adentro, un impulso me hacía vestirme, como huyendo de algo, del momento anterior saltaba al siguiente, los ojos abiertos, el paso apresurado, las piernas con un hálito de prisa empujándome a llegar al bosque, a cortar los troncos, a traerlos de vuelta a la cocina y abanicar el fuego.

Tenía cuidado de disfrazar mi frenesí ante las demás cocineras. Siempre había una mentira de por medio; el patrón con un impaciente apetito, la levadura que se seca, el fuego que se apacigua, los demás alimentos, yo era siempre Laila con prisa, Laila nerviosa, la que está inquieta y cocina, y solamente en la noche está tranquila.

En las noches podía dejar de aparentar, no había más obligación en la posada después de la cena. Caminaba en los alrededores, corría, jugaba con mi sombra, en la madrugada me iba a la cama sin ganas de dormir.  Al otro día mi deber era limpiar algunas ollas, arreglar los alimentos y prever el gusto de los huéspedes a quienes debíamos siempre agradar, incluso si no nos conocieran.  A veces los veía llegar, siempre de noche, cansados, con el rostro dormido y resignado. Había quienes tenían energía y hacían comentarios de la Posada y sus adornos, desde afuera la piedra parecía contener un lugar burdo, otro lugar más del campo donde pasar algunas noches para después partir, ya descansados habiendo hecho una pausa en sus largas rutas. Por dentro la madera cubría cada centímetro de superficie, y no había sin maruqtería o marfil que no se amoldasen a las muchas columnas y arcos. La mayoría de los huéspedes eran comerciantes, ricos, charlatanes, y hombres trabajadores. Todos con la misma manera de mirar, como con un interés escondido en las superficies de los objetos, de la gente. Todos se sabían agentes de un mismo movimiento. Las monedas iban y venían como insectos de sepulcro.

Yo me avocaba a tres cosas solamente en la jornada, la primera la cocina, el pan, las hierbas, la segunda el tejido que jamás abandono. La tercera era caminar en el bosque cuando acababa mi trabajo. No hablaba mucho con las demás cocineras, el primer día se mostraron contentas, curiosas pues una nueva mujer en la posada no era cosa frecuente. La vida ahí se hacía difícil siempre la misma gente, las mismas voces y distintas versiones de una misma historia corriendo y convirtiéndose en otra hasta que sucediera una siguiente. Me preguntaron de dónde venía, – Del norte, – les dije, por qué tan joven no me había quedado en casa hasta que me casara, por qué yo sola, por qué justamente esa noche que llegué con mis dos caballos a dormir decidí preguntar si no necesitaban a una buena panadera a cambio de un poco de dinero y alojamiento.

Hacía poco tiempo dos postas se habían agregado a las  rutas que llevaban hacia la posada  y el tráfico de caravanas se había hecho más frecuente y numeroso. La ayuda y el trabajo fueron oportunos. Empecé a hacer pan al tercer día después de mi llegada. Llevaba sólo algunos vestidos y tuve que cambiarlos por unas sábanas y otras cosas que iba necesitando. Quería no pensar. Quería cansarme tanto cada día que si no tenía que hacer entre los pocos momentos de descanso me inventaba tareas como limpiar las hojas de las plantas y las especias que cultivaban atrás en un huerto, o acomodar minuciosamente los objetos de la cocina y otras cosas que muchas veces parecían absurdas. Mi quehacer incesante y mi falta de palabras en la boca me llevaba a comer sola en el día, a no reír algunas madrugadas cuando todas las mujeres de la posada iban al río a lavar sus hiyabs y sus ropas y las de sus maridos, pues nadie me hablaba después de no haber recibido suficientes respuestas a sus cotidianas preguntas.

Por otro lado el pan que salía del horno era siempre objeto de buenas oraciones. Redondo como la luna e igual de blanco decían. Vacío. Con un casi inexistente olor a oliva. Nunca sobraba una migaja en las mesas. Quería no pensar y no recordar nada del pasado, un día en que casi no había hablado a nadie me di cuenta de que mis pensamientos eran como suspiros, llenos de aire, sin recuerdos ni formas definidas. Sin palabras. Y mi silencio se hacía más profundo y la danza de la masa en mis manos más fluida, con la mirada fija en los diminutos grumos de la harina, deshaciéndose con el calor del agua y del sol. Escuchando la sal desmoronarse en mis manos y untando en secreto la piel de mis dedos en aceites y azúcar. Cuando había los momentos podía sacar de mis bolsas las madejas y dos agujas hechas del cuerno de un toro muy viejo a quien mi abuelo había matado. Quería hacer una colcha que contuviera todos mis secretos para dejarla caer en un lecho que no tuviera tantos como aquel que era mío hacía tiempo.

Un día soñé que en el huerto crecía un nuevo árbol. Lo encontraba al atardecer, ya sus tallos largos, más largos que los otros tallos de las otras hierbas. El sol que se ponía se posaba sobre sus diminutas hojas rojas, un sonido de abejas a lo lejos, el polvo en mis piernas me hacían pensar en que ese árbol no era solamente en el sueño, y que el sueño con tantas sensaciones e indicios no era producto de una noche, ni estaba en mi mente nada más. No había palabras para recordarlo como sueño puesto que los árboles no tienen hojas rojas más largas que sus tallos que no sólo crecen hacia arriba y abajo como raíces sino a los lados como puentes entre una planta y otra. Invisibles las flores despedían un olor a café en proceso de secarse, hacían hilos de aroma que enredaban el cabello en el cuello y contaban secretos de aire a los oídos atentos.

A la mañana siguiente, cuando quise contarlo a mi compañera de cuarto un nudo se hizo en mi garganta y mientras más intentaba recordarlo me di cuenta de que la imagen corría huidiza de toda palabra. Tejía al mismo tiempo un velo de hilos negros, los nudos apretaban la tela el tejido se revolvía un enredo iba a ponerme yo en la cabeza.

Ese día en la noche no había luna y tuve que caminar más lento de lo habitual. Quería contarme a mi misma el sueño para no pensar que el mismo se había ido a vivir al mundo no de los sueños, si no de los mundos imposibles con que sueña la gente que vive en  los sueños. La gente del medio. Estaba sumida en una especie de desesperación. Todo mi esfuerzo por olvidar la manera de nombrar los recuerdos para  finalmente olvidarlos se había vuelto en mi contra. El sueño se había esfumado en un punto azul del día. El viento empezó a hacer sus sonidos y con él una voz se acercaba mientras yo alejándome de la posada iba directa sin darme cuenta hacia la fuente donde la voz brotaba.

Estaba perdido con la mirada hacia el mar – se oía por entre los árboles, como secreto frío.-  Estaba perdido con la mirada hacia el mar—se oía más fuerte,

 

–     Estaba perdido con la mirada en el horizonte

 

Todo y todo aparecía como igual—seguí acercándome sin decir nada,

Después descubrí una rosa en un ángulo del mundo…descubrí sus colores y su desesperación de estar aprisionada entre espinas

No la arranqué, la protegí con mis manos

No la arranqué, compartí con ella el perfume y las espinas.*

Era un hombre sentado al borde del cauce más ancho del río. Sus pies estaban desnudos jugando con el agua, apenas si en la penumbra se distinguía su forma de hombre, su voz era una ronca caída de canciones en picada, madura, sigilosa.

¿Por qué cantas? – le pregunté

Estaba perdido con la mirada hacia el mar,- me dijo con otro tono, yo suponía que me miró a los ojos.

Pensé que estaba loco y me di la vuelta sonriendo para ir a mi cuarto y a mi cama pues ya estaba cansada y satisfecha.

Mientras dejaba atrás el río se oía todavía la misma canción, las mismas frases en distinto orden, la misma que se repetía tras de sí. Y así me fui con una rosa en la cabeza y un hombre que miraba hacia el mar en mi memoria, …quien no arrancó la flor y que protege, …y un ángulo del mundo allá a lo lejos, lejos de mis pasos que olvidan, …que fuimos rosa que arrancamos y manos que arrancaron otras rosas.

Dormí por primera vez cansada en  todos esos días, de los meses y las jornadas que no se detuvieron un solo momento hasta el día en que mi sueño me distrajo del quehacer de cocinera.

Al otro día desperté demasiado tarde y al llegar a los hornos alguien ya había metido toda la leña necesaria. Otra mujer ya estaba amasando en la mesa, los ruidos en la posada eran los mismos de siempre; mesas siendo limpiadas, ventanas siendo abiertas. Me dispuse a seguir con las labores, olvidé recogerme los cabellos en el seguro velo atado en la frente, seguía descalza y había confundido la sal con el azúcar en una mezcla que la cocinera mayor me había encomendado.

Alguien me tomó de las manos y me llevó a una banca en el huerto. Con la mirada perdida todavía, más lejos ésa vez, les conté del poeta y su canción y de un sueño que tuve esa misma noche.

Fui corriendo a mi cama para buscar y llevarles la prueba, Miren! Les dije emocionada. He aquí el fruto de esa noche, el canto del poeta me ha dejado este indicio, un mensaje directo.

Los miré  a los ojos, ya estaban casi todos reunidos en el huerto, incluso el hijo del dueño y dos vendedores de seda, las cocineras. Les entregué la prueba. Escuché que dijeron que estoy loca, que tanto trabajo y mis secretos y mi silencio, y las manos temblorosas. Me llamaron repudiada, seca.  Yo sonreía; sus gestos eran familiarmente amargos.

Mi compañera de cuarto me vi con cara de tristeza y de pronto me abofeteó con fuerza, caí al piso y la tierra sabía a sal. Me di cuenta del frío del lodo en mis piernas, recordé los gritos, los golpes, el salto a través de la ventana, el último nombre que oí salir proferido desde el patio. Ví la cara de mi marido, sus lágrimas rompiéndole el temple, las manos en la espada, todas las celosías abiertas y el portón azotando detrás de mí, ya en el coche, repitiendo; no estoy loca, no estoy.

El viaje había silenciado las voces. Los árboles guardaron para sí las canciones, en sus ramas otros vientos cantarían lo mismo que yo cantaba en otras lenguas distintas a aquellas con las que mi marido había crecido. Dos años después de que comenzaran las voces le conté todo. Le dije que en la tinta viven otras personas, otras mujeres más viejas, que mi padre amanuense sabía el secreto de los ríos y los mares, que mi abuela al morir me había dejado toda su vida para contar cuando dejó salir su último aliento que yo tomé y guardé para mí en un elefante de vidrio.

La última semana yo lloraba por una canción de un poeta desconocido. Cuando iba al telar a tejer repetía la misma oración, por la noche silbaba una melodía diminuta casi en silencio para que me escuchara decirle las mismas cosas que él me contaba pero en un idioma nuestro. Así empezó el tiempo de las preguntas, y mis silencios como respuesta.

Les entregué la prueba. Una larga hierba aún con sus raíces, cuyos tallos dejaban nacer hojas rojizas brillantes, casi púrpura. Está viva les dije, hay que sembrarla para que la canción perdure. Les relaté la historia de su nacimiento, dije; he aquí la muestra perfecta de la canción del máximo poeta. La he tejido ayer con mis propias manos.

Todos veían incrédulos la ofrenda del poeta. Es un regalo! Está vivo! Lo tejí ésta noche siguiendo el dictado. Debemos plantarlo para poder ser presa del aroma de su voz todas las noches. Cuando soplen los vientos del atardecer sus flores invisibles harán un canto benigno a los oídos, una canción púrpura abre los sentidos, devela con un pulso de sangre los sonidos humanos. Es un elixir de palabras ya olvidadas. Ustedes no me creen, me piensan loca, pues desprovista así de la cordura he podido observar y presenciar esencias que ustedes aún no han vislumbrado. Han comido del pan que he preparado y así en sus bocas ha estado el fruto de la locura. Las hogazas de un pan hecho a conciencia por una simple y sencilla cocinera… Si tienen miedo de mi demencia tengan miedo también de mi cordura. Hace un año maté de un soplo a una mujer con mis mismos ojos y mis cabellos. Y mi cuerpo entero, y con mi silencio la despojé de un nombre. Y así si quiero hacer uso de mi fama puedo bien despojarlos también de sus ropajes y formas y sus voces. Todo con el humilde silencio de mi mente. Entre forcejeos lograron evitar que saliera huyendo. Temían por que me apagaran la vida los tropiezos en el camino, me dijeron quédate, sanarás lentamente, volverás al mundo de los cuerdos.

Me llevaron a mi cuarto y dormí el resto del día. Cuando desperté decidí irme, atravesé el umbral, la luz azul de la mañana se vertía sobre las paredes, el sol se asomaba por la puerta. Otra vez huía, ésta vez sin caballos, sin pertenencias ni vestidos costosos, quise ir al mar a buscar al hombre que protegía las flores con sus manos, para contarle la historia de cómo protegía yo al sol con las mías.

Si me buscan es porque piensan que hay peligro en mi cuerpo. Soy capaz de quitarle la carne a una gallina, a una anciana. Puedo si quiero plantar la flor de las canciones y devolverle al mundo la locura necesaria para crear poetas en medio de la nada de cualquier desierto. Puedo reconstruir una casa, una familia, un pueblo con todas mis palabras y mi tinta. Cocinar adecuadamente un pan que olvida no ser alimento al alma. Desaparecer la culpa en una historia donde fuimos capaces de borrar en el libro de los nombres el nuestro para luego llamarnos asesinos, magos o maestros.

*Poema de Hafiz

Isadora Bonilla. abril 2009, Mixcoac

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Have you been there?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s