Mancha

 

El canto a la inmanencia habita en el deseo de lo permanente también. Dejamos huella de la angustia de sabernos fragilidad por todas partes.
El símbolo y el singificado se vuelven respuestas con tono de preguntas cada vez más perentorias. Y miramos al cielo cuestinando los vientos, la sangre, nuestra respiración. Nos empuja hacia el mundo la carne, nos despoja de toda dignidad etérea. Lloramos un algo. Golpeamos con indiferencias. Un pensamiento es apenas un murmullo ligero en los estruendosos ruidos mundanales. Sin embargo se forman callejuelas, espantapájaros, mesas. Y luego toda esa lucha a muerte se nos vuelve intangible, y la memoria nos traza como olas de un mar desierto en una hoja de papel de algodón. Somos una tinta negra que se va resbalando y que macera otras tintas. En el mar incansable de conciencias, somos olitas negras solamente.
Y nos quedamos callados ante el desconcierto, ante la belleza, y morimos un poco cada vez, ahí enfrente, sabiendo todo eso que nadie vino a enseñarnos.
Y nos morimos todos en la misma fosa.
Pero alguien más al día siguiente se despierta, el hambre; el fuego del odio permanecen, tu cuerpo que tanta rabia y tanta ternura había albergado no detiene con su cesar de sangres la candena de aquello que nos hiere.
 
Cuando era niña tenía miedo en las noches. Pensaba que ese miedo era gigante, como el universo. Y decía; si muero el miedo se termina. Y la vida me decía a gritos; no importa! No importa que te mueras y que te borres! el miedo se queda aquí con todos nosotros, tan vivo como el niño que nacerá mañana y tú, te vas por miedo al miedo. Así que dejé de pensarme el miedo. Y ahora no me queda más que dejar de pensarme en la certezas, soy, apenas una lámina de celulosa delgada, plana como un anillo en un tronco de madera. Me quemo, consumida sigo describiendo patrones, los nombros, los repito, sigo en la ruta antigua de las estaciones, ahora mi voz escurre de mis dedos, y no es mía. Es de alguien que nos sabe a todos sin mirarnos. Digo cosas amando. Aún cuando te piensas roto y torcido, en tu aliento interior habita un hombre que no es hombres ni campos ni poemas. Quien te sabe desde los silencios. aunque mueras tendido en tu propio asco, en tu humanidad dislocada, el sólo hecho de formar un zurco invisible en el aire, te hace eco del canto que lo cuenta todo, que se transmite sigiloso, no comparte, no guarda, nos sopla las ventajas de marchitarnos, mediante el tacto, la tinta, los abrazos. Mientras despareces eres lo mismo y me vuelves lo otro, lo perdido, lo que encontraste.
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