mujeres muertas 1

Hace muchos años tuve un sueño muy oscuro. Recuerdo que cuando desperté todavía tenía la sensación de haber perdido mucha sangre y de haber estado exangüe sobre un charco de agua en el piso.
En el sueño me llamaban por teléfono para avisarme de un nuevo proyecto de trabajo, me decían que iba a recibir una visita de una mujer y que debía estar atenta para ayudarla a cumplir con nuestro cometido. Yo me bañaba y me vestía para estar lista, la mujer llegaba puntual por la tarde y yo la invitaba a sentarse en la cocina. Me contaba que en el golfo de Veracruz había una planta petrolera, que había un hombre hacía dos años que se había perdido en el mar o en un poblado cercano, y me daba unos mapas y unas tablas de estadísticas que se suponía me ayudarían en mi labor de vidente para encontrarlo.
Al día siguiente me llevaban con un hombre en unas oficinas, dentro de un edificio muy alto. Mi destino era una habitación repleta de papeles, y un halo de luz cubría la mesa y daba en el rostro del hombre que al principio yo percibía de espaldas. Me presentaban con él, todos los que me veían me daban la impresión de que tenían una fe extraña en mi, como si yo fuera ya la última esperanza de ese equipo de búsqueda que mucho tiempo atrás se había formado.
El hombre que me esperaba en la mesa me decía cosas en otra lengua, sobre la mesa estaban encimados unos sobre otros mapas, libros y dibujos extraños, y yo sentía que no iba a terminar de interprear tantas cosas nunca. De pronto el hombre me tomaba una mano, y la ponía sobre su frente, yo me asustaba un poco al ver que mi mano se volvía transparente, y dejaba ver un ojo en su palma, como si saliera de su mente, o de la mía, o de no sé dónde.
Luego llegábamos a un momento de silencio, d mucho tiempo, como en las películas cuando se muestra el paso de los años en pocas escenas donde los actores llevan a cabo cosas distintas y no se oye su voz.
Pasaban cinco años, mi compañero y yo estábamos contentos porque finalmente habíamos encontrado al hombre perdido, y teníamos una carpeta de informes listos para presentarla a los medios de comunicación o a la prensa, o a algún jefe importante. Yo salía de la oficina cansada y me disponía a ir a casa a cambiarme y descansar, y disfrutar a solas del fruto de esa larga búsqueda, salía del edificio y tomaba un taxi.
Cuando le dirigía al chofer la palabra me daba cuenta de que su cuello era azulado. Llevaba los ojos a sus manos y también estaban azules, y cuando volteaba a verme sus ojos eran rojizos y pequeños, su rostro era como el de un pájaro-hombre, y sus labios eran blanquecinos. entonces otro hombre pájaro se subía al vehículo, y yo estaba sin decir nada. Me llevaron a un edificio grande y viejo, se decían cosas en un lenguaje hecho de quejidos, me bajaron del auto en la entrada y me tomaron de los brazos.
Sus manos eran frías. Mientras me conducían a lo que yo suponía eran las cloacas se decían cosas, yo entendía que no querían que diera a conocer el informe y que el hombre perdido no debía ser encontrado. Llegamos a un sótano con el piso lleno de agua, hacía frío y se escuchaban gotas de agua cayendo a viejas piedras, y rechinidos de puertas de fierros que seguramente estaban oxidados.
En el sótano habían más hombres pájaros-azules, me veían con sus ojos casi apagados, se sonreían con sus bocas pálidas y delgadas, y dejaban ver lenguas filosas como de serpiente. Entonces fue cuando sentí los fríos cuchillos cortándome la piel del vientre. Una y otra vez, al principio profundamente, de tajos, casi a golpes. Los charcos empezaban a hacerse rojos, mi piel se iba volviendo azul, blanca, sentía que dejaba de existir en las manos, en las piernas, me apagaba como un fuego débil, y me moría. Pero no. No moría, me daba cuenta de que habían pasado ya horas, y yo estaba tendida en el suelo, con los ojos tan negros como siempre y abiertos, miraba a los hombres asesinos, ellos me veían igual con recelo, habían decidido dejar de acuchillarme.
Ya no tenía sangre en el cuerpo, pero no lograron matarme. Tampoco pudieron robar el informe.
Así quedamos siempre las mujeres, en los más delgados huesos. Cuando soñé esto supuse que había algo adentro de los seres que no se muere nunca.
Pero no sabía qué se me había revelado, la búsqueda, el viaje a las tinieblas con el miedo, la respuesta a la más dolorosa pregunta. Y luego la muerte.
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