Nimiedades

1.- Ha sido una semana pastosa. No he ido a mis clases por la lluvia, la tos, los días feriados. No me he movido más allá de mi cuarto-estudio diminuto de Mixcoac. Me he acuartelado para terminar intentos de escritura, terminar de leer a Proust antes de mi cumpleaños y pintar. Lo demás la verdad me vale un comino. Empiezo a desdeñar la compañía de personas que me son ajenas y a enamorarme de la soledad del estudio. Aunque anoche hubo otra de esas reuniones que tanto bien hacen, tranquilidad, buena conversación, espejeos y dibujos. Trasnochar, pararse tarde y tomar café, que por cierto, no termino de dejar.

2.-He estado trayendo al presente la memoria de mis meses frente al mar. Cómo me paraba triste en la arena y veía el horizonte pensando que el mar entendía todas las penas. Había días nublados que me reconfortaban, me envolvía en un capullo de gotas, era como si el mundo llorara al unísono conmigo, y me tendiera su mano, como hizo todos esos días en que tuve que dedicarme a la dolorosa tarea de sanar bajo el sol y bajo el agua. como cuando sané bailando, esa vez bailé muchas tardes al salir del trabajo, mi danza era simple pero todo tenía sentido si me veía yendo y viniendo como las olas. En esa época los días eran tan vertiginosos y tan profundos que no podía escribir. Un día me dolía el estómago, me quedé en cama todo el día, un cangrejo entró en mi cuarto y cuando tuve que sacarlo me di cuenta de que el día era muy tibio, y me acosté bajo el sol hasta que el dolor se fue. Creo que desde entonces pienso en aquello que se dice de los pájaros, el sustento y la supervivencia. Cada vez que lo he necesitado ha venido abrazos de muchas partes, en muchas diferentes formas. Las palabras de aliento no siempre son palabras, el beso llega en forma de brisa, la caricia en forma de viento.
3.-Puedo describir cada uno de los momentos de los que habla Proust en En busca del tiempo…, casi conocer el grosor de los tejidos, escuchar el crujir de la duela debajo de los zapatos. Me retraigo en la visión continua de una retaila de reflexiones acerca de las pequeñas cosas. Hace años desesperaba a otros cuando decía esa palabra; cosas. Ahora se ha resignificado, quiere decir que el mundo habla, hablan las cosas, todo contiene una memoria cuando se lo evoca. Todo está lleno de vida puesto que reconocemos su existencia. Conforme las cosas se animan le devolvemos la vida a los mundos internos que contenemos al mirarlos. Esta mañana me desperté con una sensación extraña, me sentía ajena a mí misma, mi cuerpo era solamente otro cuerpo, mi conciencia otra conciencia, una más y ya. La sensación desapareció cuando vi a mi lado otro cuerpo, frente al otro, testigo de mi vigilia, yo podia también ser partícipe del mundo. Un testigo de las maravillas nombrables e innombrables.
4.- Mi madre fue una bailarina, hace poco veía sus muchas fotos de coreografías. Ella debajo de los reflectores, debajo de la penumbra que un flash de los setentas permite develarse en las fotografías que ahora forman parte de su pasado. Ella con sus diversos atavíos, siempre sonriendo, con su cabello negro brillando y flotando en la eternidad de los instantes fotográficos, de amarillo, como todos la llamaban, olvidándose del mundo mientras estaba en el escenario recreándolo. Dejó su vida de bailarina para ser madre, por haber decidido vivirse a través de una familia. no sé qué tanto haya influido ella y sus faldas de encajes y algodones y tules en mi deseo de bailar. algunos simplemente nacemos para bailar. Recuerdo mis días en la escuela de danza, los cuerpos húmedos de sudor, los espejos escurriendo el cansancio que encerrábamos en el salón los días fríos, cuando yo me ponía dobles mallas y un pantalón, calentadores, suéteres y hasta bufandas. un día hacía tanto frío que llevé puestos un par de pantalones encimados y no podía flexionar bien las rodillas. Ese día lloré en clase, o lo intenté pero me contuve, porque dejar salir ese llanto  habría sido mostrar debilidad, y en ese momento lo último que quería era darle la razón a ese novio que tenía, que veía a las mujeres como seres que necesariamente debían ser hermosos como si esa fuera su misión, proveer de belleza al mundo, aunque se fusese fuertes y no sólo pájaros delicados y fugaces . Como si la belleza fuera en efecto aquello que yo buscaba cada vez que vigilaba cada movimiento y cada línea que hacía mi cuerpo, como si alguien fuera a fotografiarme como a mi madre.
Los bailarines desarrollamos un sentido del tacto más despierto que el de la mayoría. Cuando volvía a mi casa todas las noches, cansada en el autobús me sostenía de los tubos de fierro, pensaba en su temperatura fría, me veía como a una planta verde llena de vida que padeciera el infortunio de haber nacido y crecido en una ciudad de acero y asfalto. Pero aún así sentía la frialdad, el roce de los pasajeros, imaginaba incluso el tacto de la piel de las mujeres, el olor de su cabello, asiendo cada sensación como si supiera que un día vendría alguien a quitarme la vida, y lo único que me quedara, ya muerta, fueran los recuerdos a los que me había aferrado con tanta pasión.
5.-Recuerdo una vez que fui a un velorio y todos lloraban y yo no pude contener el llanto. Me daba pena llorar, me metí al baño y me escondí de todos.
6.-Tengo una experiencia que se repite y me persigue. A veces pierdo cosas valiosas. Objetos simples que tienen un significado. La primera vez debe haber sido cuando tenía ocho años, es una anécdota que siempre cuentan mis padres. Había sido día de reyes y esa mañana mi hermano y yo recibimos muchos regalos, películas de cine fantásticas para niños, un oso gigantesco más alto aún que yo de pie, máquinas de construcción en miniatura a las que mi hermano era muy adepto a pesar de sus cuatro años, y una sirena con el cabello rojo que tenía piernas que podían ser cubiertas con una brillante cola de color blanco.
Ese día mi preferida era la sirena, desde muy niña mi tema predilecto ha sido el mar, el primer poema que escribí hablaba de él y la soledad. Me gustaba pasar mucho tiempo en el agua, tanto que un día tuvieron que cortarme el pelo porque estaba podrido de tanto estar mojado. Conocía bien la historia de la pequeña sirena de Andersen, aunque no entendía como ella pudo haber renunciado al amor por quien tantas cosas había hecho. Todavía no lo entiendo muy bien, los sacrificios, volverse espuma romanticamente y ganarse el cielo etéreo de la inmortalidad cuando se renuncia a la felicidad, al menos no todavía. La tarde del mismo día de reyes me di cuenta de que no encontraba a mi muñeca por ningún lado. buscamos todos por todo el departamento pero no apareció. Yo estaba muy triste. Incluso me sentaba en la cama por horas intentando aparecerla, según yo, con sólo desearlo. Hasta que por la noche mi hermano de cuatro años al verme tan triste decidió confesar el crimen infantil; mientras jugaba con ella en el borde de la ventana la sirena se había caído desde el cuarto piso. Se quedó callado todas esas horas quizá sintiendo culpa, sabiendo que quizá la muñeca seguiría en el estacionamiento del edificio, hasta que me vió tan triste que nos dijo la verdad. fue muy valiente. Yo era una hermana tormento, le dije que nunca se lo perdonaría, obedeciendo a mi carácter solemne y trágico que tantos problemas me ha traído. Mi papá puso un aviso en la cochera ofreciendo recompensa para quien devolviera la muñeca a su dueña original, y unos días después alguien toco el timbre de la casa, cuando abrimos estaba la muñeca en el piso, el captor no había exigido la recompensa. Sólo vimos una muchacha alejándose por la mirilla. El orden se había restablecido.
Muchos años después me enamoré de un músico que vivía en el norte del país. Las condiciones que nos rodeaban eran especialmente adversas lo que me hizo aferrarme más a la intención de cometer cualquier tipo de acto que fuera necesario para asegurar algo, la relación, los encuentros, al menos la oportunidad de la cercanía. Viajó él, caminamos mucho sobre charcos y hablamos. Luego viajé yo, muy en contra de las opiniones de mi familia y rebelándome alegando que ya era adulta salí de la casa de unos tíos que vivían en una pequeña ciudad de terratenientes progresistas, donde yo fui de vacaciones, y tomé un autobús que viajaría cinco horas. Sólo llevaba unas sandalias frágiles, una bolsa con una libreta, un poco de dinero, y una pañoleta verde de flores. La empresa amorosa resultó un fiasco. Tuve que volver pronto, sola, decepcionada, con la frente en alto y la certeza de encontrarme con caras de desaprobación a mi llegada.
Así fue. Luego esa historia se esfumó. Quedaba yo, casi intacta.
Después fue frente al mar, años después, que tuve una desagradable pelea y un rompimiento amoroso con quien entonces era mi novio, yo llevaba la misma pañoleta verde. Él hablaba otro idioma, el de los silencios, amaba el amor de las ausencias, y las caricias de hielo. yo recogía las migajas que quedaban en el aire, y las hacía un tesoro, ese día lloré mucho. Cuando me alejé lo dejé en al arena, callado, alejado, ya muy ausente, y en la arena se había quedado mi pañoleta. Caminé sola y descalza hacia la habitación, y recordé que había dejado mi pañoleta verde. Estaba firme en el rompimiento, pero saber que había perdido mi pañoleta plagada de mi recuerdo de ese viaje al norte me había vuelto a una actitud derrotista. Tomé una ducha y escribí en mi libreta que iría a buscarla, si la encontraba él regresaría, si ya no estaba él tampoco estaría.
Bajé a la playa caminado y atravesé un paraje gigantesco mientras anochecía. Pero finalmente la vi medio enterrada, revoloteando con el aire y ya muy húmeda por el mar. La amarré a mi brazo y volví. él estaba ya en la habitación, mi condición con el azar se había cumplido, aunque él estaba ausente, mi afán por recuperar todo lo que había perdido me había hecho encontrarme con la trampa de los resucitadores. el muerto que vuelve a la vida tiene los ojos vacíos. Y así fue él desde entonces, un cadáver que hacía las veces de amante, de presencia corpórea.
La última vez que perdí algo fue hace casi un año. Estaba vagando por una ciudad nueva, con sandalias nuevas, y un nuevo color de sol en la piel. Estaba sola en otro lugar, quería dejar de ser yo, olvidar mi pasado y mis errores, las decepciones. Empezar todo de nuevo desde cero. No había aún nada qué hacer, sin casa, sin trabajo, lo que me ocupaba en el día era vagar por la costa y recorrerla para pensar y cansarme y agotar el día. Gastarlo como si fuera una hoja en un calendario. Por la noche fui a dar vueltas por algunas tiendas. Una de ellas estaba llena de telas, olía a inciensos y prometía pasillos enteros de especias y joyas. Entré para evadirme, una vez más, cosificarme. Fui a una mesa llena de pulseras y collares, encontré unos platones repletos de anillos de madera. Me probé muchos, sólo para perder el tiempo y con la intención de llevarme uno sin pagarlo, sólo por ocio. Me probé muchos y no me llevé ninguno.
Volví a mi habitación de hotel, me bañé, me metí a la cama y vi que ya no llevaba el único anillo que había decidido llevar al viaje. Un regalo de mi hermano hecho hacía ya diez años. Oro y diamante y recuerdos perdidos, quien sabe dónde, si en el mar, la arena o vaya Dios a saber.
Al otro día la suerte me llevó a encontrar trabajo, y tuve que mudarme a varios kilómetros de esa ciudad. comencé a trabajar para personas ancianas, largas jornadas de trabajo, poca paga, pero una vista al mar de 24 horas. Seguía triste, aunque la rutina me daba muchas satisfacciones y se me fue olvidando la razón de mi huída. Pasó un mes, tuve un día de descanso que tuve que pasar en la ciudad a donde había llegado originalmente. Di vueltas por las calles, entré de casualidad a la tienda llena de joyas y telas y especias. Se me ocurrió que quizá ahí había perdido mi anillo. Me acerqué y busqué en el fondo de uno de los platones y no lo encontré. Busqué en otro, y en otro. Me veía muy extraña sacando todos los anillos de los platones así que una mujer se acercó, le conté, me ayudó a buscar y en el último platón estaba, mi redondo agujero de oro con el diamante flotante.
Ahora mismo lo tengo puesto. Pensé en mi familia y en mi historia, las cosas que me hacían ser quien soy. Todo eso estaba en el orificio del anillo, en el vacío.
Después salí de la tienda, le dije a la mujer que era un buen augurio, mientras caminaba por la calle me sentía flotar, era como si me hubiera sido devuelta una parte de mi que era invisible, que nadie más podía tocar, irrompible. Imposible de perder. Me llenó de esperanza, todavía cuando lo evoco me lleno del aire de la costa, del frescor de esa noche en que me fui a la cama, en una plena y dichosa soledad acompañada.
Hay otras historias así, pero debo ir a dormir.
Afuera no pasan muchas cosas. Falto a eventos sociales, evito aglomeraciones, pareciera que cierro las puertas, me envuelvo en mi misma. Todo sucede adentro.
-“you know I understand all those invisible things that move you on”…
Pour toi…
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