En contra de “aquella” felicidad


Cuando mi familia vino a vivir a la ciudad, a mis siete años empecé a volverme el patito feo con respecto a la familia que me rodeaba. Me llamaban amargada, aburrida, seria. Para los más próximos era simplemente yo, no debía llenar ninguna expectativa en específico, no había normas estrictas en casa, nunca las han habido. Cuando debía enfrentarme a los otros era cuando empezaban los problemas.
Alguna que otra tía y la casa de la abuela materna representaban uno de los más incómodos ambientes para mi. Debía presenciar largas pláticas en las que se atacaba directamente la actitud de mi padre, que como yo poseía un espíritu “romántico” y no se amoldaba al estándar de padre ni de hombre. Continuas críticas hacia la desquebrajada situación familiar, disconformidad con la manera con que nuestra madre nos educaba a mi y a mi hermano, gestos de extrañamiento y risas entorno a mis gustos y mis opiniones, todo eso contribuyó a desarrollar en mi una actitud de envolvimiento e introversión.
No se trataba de una familia muy culta. En las fiestas no me gustaba bailar. Si llegaba a hacerlo no lo hacía como todos lo hubieran esperado, sacaba inoportunamente pasos de danza o ballet, y me expresaba, pero recibía como respuesta muchas risas. Era bastante triste. A veces lloraba inexplicablemente mientras alguno de los tíos me tomaban de la mano y me obligaban a tratar de bailar una cumbia.
Había crecido los primeros años en una familia si bien bastante “sui generis”. Nunca viví con lujos, el dinero no sobraba pero siempre me sentí segura y con lo suficiente. Tampoco tuve vacaciones a disneylandia ni a la playa, pero para mi lo más divertido siempre era visitar museos, asistir al ballet y estar rodeada de la cultura que gracias a la vocación de bailarina de mi madre mantenía la casa con artesanías populares repletas de historias que me parecían maravillosas, respiraba cuadros que colgaban y cambiaban de lugar de las paredes y escuchaba religiosamente discos de acetato de Mozart, Tchaikovski y Mercedes Sosa.
Eso era suficiente para mí. Conocí muchos pequeños pueblos y las vidas sencillas de quienes viven en provincia, tenía un interés marcado por mis antepasados, las culturas prehispánicas y la historia.
Recuerdo que una vez pregunté a mi madre dentro de qué estrato económico estábamos nosotros, eramos ricos o pobres? me dijo que estábamos a la mitad, pero que la riqueza no residía en las posesiones, sino en la cultura, y que entonces éramos millonarios. Desde entonces creo que pienso en riqueza en tanto que hablo de cultura.  Aunque mi familia después pasó por graves privaciones económicas después de la crisis del ’94, no me importaba ser pobre, teníamos un librero lleno de promesas y muchos cuadros, para muchos en ese momento parecía una posesión inútil, la familia nos preguntaba porqué no vender los cuadros o los libros, no “servían” para nada según ellos. Creo que durante mi vida he “carecido” de muchas “cosas” pero lo que nunca he sentido ausente ha sido mi propia historia y mi identidad; el pasado, el lenguaje, la expresión de éste, el irrevocable amor por el arte, y sobre todo la capacidad de crear, ese impulso que nadie puede quitarte, ni comprar, por muchas monedas que se posean. Las cosas verdaderamente valiosas no se compran, ni se arrebatan.
He pasado por un año turbulento, es verdad. De nuevo me sustraje y me puse a envolverme, viajando hacia dentro como en una especie de ruta caracólica.
Escribiendo, como si con las palabras pudiera hacerme una ruta que me llevara a alguna parte, movida por el miedo a la inmovilidad propia.
Pues bien, puedo decir que no existe tal cosa como la inmovilidad, lo estático es una falsa visión de los eventos en la vida de un ser humano. Siempre hay algo debajo, que subyace, un proceso que no se detiene. Simplemente toma distintas formas. Así como todos crecen de distintas maneras y en distintas direcciones la conciencia se desarrolla con una única propia forma.
Sin embargo vivimos en un mundo donde lo perentorio de nuestra rutina y la supervivencia mal enfocada nos obliga a crear moldes que “facilitan” los procesos.
Es decir, se regulan las maneras y las rutas de crecimiento, y por naturaleza (que aún es ella la que nos sobrepasa como “sociedad”) rechazamos aquello que nos es diferente o que se rebela, partiendo del supuesto que es eso; “lo otro” lo que nos configura como sujetos. Nos afirmamos a través de eso que rechazamos. Y he aquí lo que me ocupa la cabeza estos días; se necesita de mucho valor para ser disidente y romper las normas, y después de coraje y perseverancia puesto que cuando algo es destruido debe remplazársele con algo nuevo. En ese momento se necesita elegir entre la vida y la muerte; sacar la expresión y la creación de lo más profundo de nosotros mismos. Quien no crea en esta vida y no se rebela ante los otros o ante sí mismo, vive una vida a la mitad, es partícipe de un espectáculo macabro; éstas ciudades inermes llenas de problemas.
Vuelvo a mi historia personal. Durante la secundaria padecí mucho mi condición de inconforme, estaba en una escuela pública donde la homogenización, el control, la represión y las normas parecían necesarias ante la obligación de educar eficazmente a miles de adolescentes todos provenientes de problemáticas familias, familias normales dentro de ésta ciudad. De nuevo pasé meses enteros triste a causa de la incomprensión, aparte del sentimiento que permea esa etapa física, no podía relacionarme con mis compañeros porque habría sido necesario ACEPTAR actitudes, ideas y gustos que de haberlos abrigado hubiera representado para mi una traición a los principios que toda mi vida había defendido. Suena a un drama, a un heroísmo mal perspectivado. Pero en esos momentos esa era mi realidad inmediata. Quizá si hubiera tomado todo menos en serio, -aunque me es imposible hacer eso-. si no fuera tan radical y firme en mis ideas dejaría de ser yo.
Luego vino la desastrosa preparatoria. La universidad, y ante mi la posibilidad de seguir un patrón de vida que parecía tan afortunado puesto que tenía los medios para estudiar, en un país donde no todos los tienen, y de alcanzar un nivel en un currículum que me permitiera acceder a una mejor calidad de vida, ya que en este país no todos pueden hacerlo “supuestamente”, me parecía tremendamente trágico.
Estudiar no significa obtener un mejor empleo, y un buen empleo no siempre representa asegurar la calidad de vida, por ejemplo, cuando se trata de pertenecer a un corporativo importante, a una empresa o institución, hay que dedicar la mayor parte del día a ser un número más en un organismo que está de más decir que es nocivo para el desempeño sano y el desarrollo justo de las sociedades. Y el sistema es así; o se es parte del juego voraz de las trasnacionales, y participar de su ridícula participación en la economía mundial con la insultante repercusión que conlleva, o no se parte de nada y no se posee un lugar en la sociedad.  Mi familia “normal” se decepciona de que no trabaje como mis primas a mi edad con un horario y salario fijos, tenga un seguro y un fondo de ahorros para el retiro, osea que produzca capital, adquiera bienes y me adhiera a esa norma de existencia que predeterminan las estúpidas ciudades. En ese caso vendería mi tiempo a una compañía que maneja sus fondos injustamente, genera millones para sí misma y no apoya ni mejora en absoluto el bienestar de su entorno.
Pero todos preferimos convencemos a nosotros mismos de que somos más que un número, de que somos individuos libres, en un país democrático y lleno de oportunidades. Y servimos sumisamente a éstos monstruos súper desarrollados, nos creemos las adulaciones de los medios de comunicación y no nos cuestionamos nunca más allá de nuestras narices.
Lo que importa es alimentar nuestras ansias, adquirir seguridad, garantizar la supervivencia propia más inmediata, como si el bienestar de los otros no estuviera relacionado con el nuestro.
Como respuesta ante mis preocupaciones de este tipo pensé que el arte sería la solución; ante la pobreza de espíritu era necesario difundir el quehacer artistico de otros, apoyarlo, abrir esos círculos. Pero me encontré con facultades atiborradas de gremios, colegios, pedestales para egos que lograban colocarse con argumentos, premios, contactos y rebuscamientos encima de los otros egos. Un día una maestra de Cultura Europea dijo algo que determinó mi postura ante las academias.
“Si pertenecen a esta Facultad, pertenecen inmediatamente a la élite nacional” tuve ganas de vomitarle encima todo el repudio que tuve siempre ante la absurda idolatrización del conocimiento y las academias. La información por sí misma, el conocimiento perse, sin una dirección moral. El arte parecía reducirse al quehacer de unos cuantos privilegiados por la suerte, tan raras veces por méritos propios. Quienes pasaban tantos años con la nariz metida en un libro no sabían nada de la vida puesto que habían dedicado la suya a su oficio de lectores del conocimiento. Su sabiduría en vez de romper barreras -que tan necesario resulta hacerse en estos tiempos- creaba unas nuevas. Nuevas barreras protegidas por el escudo de la estética, la forma y la “sublimación”.
Sublimación mis calcetines. Dejo de lado el tema de las artes y las instituciones.
He tenido la suerte de conocer a más personas que han sido diagnosticada tan exitosamente como “depresivas”. Igual que yo. Ahora para los psiquiatras es fácil encasillar y sanar, ( por supuesto que sanan, los manicomios están llenos de sanos ¿no?) los padecimientos que se contraponen al milagroso estado mental equilibrado, del hombre promedio según las últimas estadísticas. Mi disconformidad y mi sensibilidad ante la realidad que se me presenta como posible, han hecho que mi ánimo no sea siempre el mejor, y que prefiera buscar y preguntarme antes que sonreír y celebrar sin querer hacer nada por detener la desgracia.
Suena exagerado de nuevo. En un mundo donde tantos niños son maltratados, donde tantas mujeres son violadas, asesinadas, hombres con el alma agonizando, -vendiendo su tiempo a grandes empresas come dignidades como son aquellas exitosas-, cosificando sus tristezas y sus efímeras satisfacciones, en pos de lograr más para ser más, sin importarle el otro, el hermano, el espíritu del mundo. Aún en esos casos debemos celebrar y hacer la vista a un lado y preferir la fiesta y la sonrisa, según la mayoría.
Esa mayoría que llamamos sociedad, que demarca los límites a las cosas, crea su propia realidad mediante fórmulas y encasilla y clasifica, como bien aprendió a hacerlo hace dos siglos, todas las cosas referentes a lo “humano” reducido a leyes, y a penas haciendo caso a los accidentes que aparecen tan incómodamente en la cultura; los locos, los melancólicos, los artistas. La humanidad se encuentra enferma, no podemos justificar nuestra ambivalencia pensando que siempre ha sido así y que sólo nos queda vivir nuestra vida en paz. Semejante paz, la actual, la más inmediata me parece una aberración.
En estos días, quienes pueden subsanan sus debilidades con fármacos, maquillajes, propiedades, títulos. Incluso obra artística.
La depresión, esa irregularidad del ánimo que nos afecta y nos inmoviliza, nos roba la afectividad y la coherencia, la cordura tan sobrevaluada, nos es sino una respuesta natural, de los sensibles ante el mundo que se nos muestra tan desnudo y verídico.
A veces la parálisis nos pone trampas, nos vuelve seres inexpresivos, consumidores voraces, agresivos. Es una nube de niebla negra que cubre todas las cosas y ensucia los pensamientos, y en muchos casos esa niebla se sale de control. Lo sabemos bien, de memoria, de pies a cabeza quienes la hemos padecido.
Sin embargo yo bendigo la melancolía. Bendigo eso y la llama inextinguible que tengo adentro, la que se ha mantenido ardiendo a pesar de todas las tormentas y vacíos. A veces me mantuvo sólo el recuerdo que tenía de ella porque no la encontraba, y tuvo que venir alguien a mostrarme la suya para recodármelo. Otras tuve que aferrarme a la intuición de que hacer una diferencia era posible. Y esas cosas intangibles e invisibles para otros son lo que yo más atesoro de mi misma. También de los otros.
Bendigo también a la locura, como ya he dicho tantas veces, puesto que ha sido navegando en ella que he encontrado a los mejores compañeros de vida. Y sé que ésta, el nombre y el significado que le damos es completamente relativo, cada época necesita de sus locos, cada cultura necesita una contra parte para afirmarse, cada pueblo requiere de un chivo expiatorio.  La libertad verdadera del individuo no tiene que ver con una democracia, con su capacidad adquisitiva, con la facilidad con que desarrolle sus habilidades en este mundo competitivo.
La libertad consiste en aferrarse al coraje, y mantenerse firme como un saúco ante el viento agresivo de la crítica y el rechazo. Admiro a la cuba socialista, al poeta que delira en el metro, a tantos amigos que sé que luchan defendiendo sus convicciones.
Hace poco discutía acerca de porqué sentía yo admiración por un país donde la democracia no existía, y las personas no eran libres de comprarse champús.
Pues bien, en este país, en México, se supone que somos democráticos pero tenemos un presidente no elegido por la mayoría, y las mujeres superficiales son completamente libres de adquirir afeites para venderse cada vez mejor en este mercado de personas que constituimos todos como sociedad.
¿De qué carajos sirve la libertad si no es aprovechada para construir una realidad mejor ?
Vivimos en un mundo lleno de ilusiones y apariencias. Muchos caemos en la tristeza por preguntarnos si es el único posible.
Yo no celebro las veinticuatro horas del día, y no llevo una sonrisa luminosa pegada al rostro, pero celebro la vida, la amo, la protejo, aquella que para mi es verdaderamente la vida. La vida interior de mi familia, de mis amigos, sus procesos y sus mínimos logros son para mi una buena razón para tratar de jamás traicionarme a mi misma, ni a mis valores ni a mis convicciones.
Celebro la valentía de tantos que saben lo dificil que es abandonar los moldes, y conocen el rechazo y la soledad debido a ser diferentes, y los celebro tanto porque sé que solamente en ellos cabe la posibilidad de una diferencia. Y aunque a veces la depresión lleva a la muerte, veo a la muerte como una alternativa digna ante la posibilidad de que mi único camino sea aquel que me hayan impuesto otros, bajo sus reglas, las que no construyen más que vanidades, y prefiero morirme antes que formar parte eso; del mundo de los muertos que se piensan vivos.
A Irene Sanchis y a los amigos que aveces se tornan tristes.
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2 comentarios en “En contra de “aquella” felicidad

  1. no se como pare en tu blog…y comenze a afirmar todo lo que escribiste y cuestione mi libertad si soy felizz y si estoy viva aun ….aun mas me llego tu lectura ya q yo quiero estudiar para ser psiquiatras !!¡¡

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