Emoción y movimiento, circo, vanidad o danza humana.


 

 Los cuerpos no mienten. Somos la suma de memorias que nuestro cuerpo y nuestra mente han acumulado del mundo externo. El orden que cada uno conserva dentro de sí de ésta memoria es lo que nos determina como individuos y nos diferencia o identifica con los otros.
Creo que la naturaleza de la danza como “arte” va más allá de ser una expresión. Expresa cosas, sí, las comparte cuando se la observa, o las clarifica y las reconstruye cuando se baila en conjunto y existe contacto entre quienes danzan.
No quisiera hablar en términos jerárquicos ni comparar la danza con otras disciplinas para demostrar sus virtudes. Hablaré de las experiencias que he tenido con ella y dentro de ella.
A pesar de haber estudiado danza una buena parte de mi vida y de haberle dedicado tiempo y haberme pensado bailarina con una firme vocación, antes de eso y de la técnica empecé a bailar, -como dijera una vez mi homónima Isadora Duncan- luego de pensar en el movimiento de las olas del mar. Bailaba para emular las posiciones que había del ballet en los discos de clásica de acetato que veía en el tocadiscos cuando era niña.
Algunas veces hacía rituales solitarios. sacramentos para la soledad y la belleza de las cosas simples. Aunque de niña les llamaba juegos, me vestía con telas vaporosas y bailaba sola como si alguien me estuviera viendo.
De adolescente pasaba mucho tiempo caminando sola en la calle, ponía atención al ritmo del movimiento de los ríos de gente, del ritmo del frene y avance de los automóviles, el sonido de la ciudad y los juegos de sombras que se hacían cuando la luz del sol era muy fuerte. Pensaba en el movimiento como un factor crucial del sentido de la vida. En los momentos en que lograba ver el mundo como un terreno habitado por seres humanos, no ciudadanos, ni ricos ni pobres, ni pertenecientes a una cierta cultura, cuando podía mirarme como un ser sencillo, que respira y se mueve como todos los demás seres sin conciencia, sentía que un halo de luz me cubría el rostro y la paz se dejaba contemplar en medio de cualquier tormenta.
Cuando estudiaba danza contemporánea me mantenía el cuerpo presente la mayor parte del tiempo. Lo digo no porque en algún momento seamos capaces de desprendernos de él, si no porque lo olvidamos facilmente y nos acostumbramos al circo de sentidos que llevamos cada día de nuestra vida, encendidos y latientes.  Como si no fueran milagrosos. Creo que algunos lo recuerdan haciendo el amor, o llevando sus sensaciones al límite con las drogas o el dolor infringido consciente o inconscientemente.
Antes de que usáramos vestimentas complejas y estorbosas y de que nos habituáramos al calzado, de que la cultura nos impusiera normas de interrelación humana que nos han llevado a disfrazar los aromas y las realidades, y ante mucho antes de que fuésemos ratones enjaulados, que gracias a su sobre alimentación y sedentarismo deben para mantenerse sanos quemar nutrientes en salones llenos de otros seres sobre alimentados, éramos cuerpos perfectos, salvajes, sabios y mucho más sanos.
Teníamos la capacidad innata, como especie, de nadar fácilmente sin asistir a clases o aprender de un maestro. Podíamos conocer datos de los terrenos y notar las condiciones del suelo, palpar la seguridad o la amenaza con solo rozar la parte delantera de los dedos de nuestros pies. apenas esos milímetros señalaban temperatura, viscosidad, consistencia y dirección  o elevación de los terrenos.
Era más fácil protegerse de otros seres que enfermos o amenazantes se dejaban notar gracias a sus aromas. Las mujeres paríamos sin una docena de enfermeras que estorban, y que no dejan al niño acurrucarse en el pecho de su madre. La atención que el ciclo menstrual requería nos permitía llevar más cuidados y conocer mejor el cuerpo. Sin doctores. Las mujeres, con el ciclo lunar eran las agujas de un reloj natural de las sociedades, y los ciclos de la naturaleza no parecían tan ajenos ni alejados de nuestra realidad. En otoño se comen cítricos, en primavera hay flores y todo recomienza, hay que guardar cereales para el invierno frío, y dejar comer pasto a los animales para que su carne sea buena, y el equilibrio a pesar de los sobresaltos permanezca.
Creo que aún llevamos en el cuerpo memoria de esos días. y es precisamente algo en esa memoria lo que lamento ver reflejado en los ánimos y los corazones de muchas personas, que como yo han padecido de lo que algunos llaman depresión, síndrome de fatiga crónica, y otros “trastornos” que nuestra segura y cierta sociedad sana, considera estorbos para el buen funcionamiento de su maquinal proceso.
Los cuerpos de hoy muestran con desánimo el estado general del ser humano en la tierra. Las estructuras que se plantean como posibles no son sanas. Los ambientes donde a vida parece más propicia y la cultura tiene más posibilidades de desarrollarse son dañinos y atentan contra la cordura de sus habitantes.
El mundo vive una convulsión anímica. Como familia, aunque hayamos superado ciertas limitantes aparentemente negativas de nuestra esencia animal, mostramos los síntomas que anuncian una grave tormenta de la especie.
Nos olvidamos del cuerpo, y del alma, y nuestra mente enferma.
Ahora pienso que la depresión no es precisamente un monstruo contra el que es necesario luchar, si bien, como todo ser necesita de amor y comprensión, pues es una muestra más del estado general colectivo.
Dejé de bailar porque mi cuerpo entristeció. Pero no dejé de imaginarme en la danza de la vida, en algunas etapas oscuras onde la crisis prevalecía me ha ayudado mover un poco, con el corazón, cualquier parte del cuerpo. Por insignificante que pueda parecer tal movimiento.
El mundo no necesita de virtuosos, la cultura no necesita de lujosos teatros, y lejanos intérpretes de danza.
¡¡¡La danza es un fenómeno colectivo!!! No es otro arte para el rey, no nació en un palacio, si no en las cuevas de donde venimos.

Todo arte debe nacer de la experiencia interior de los hombres y de las mujeres. No sirven las academias, ni el prestigio para sanar corazones ni elevar almas. Perdernos en las razones y en la forma, en la elucubración de una estética perfeccionista, elitista y rebuscada no nos acerca mas los unos a los otros. 
El sentido del arte se ha perdido al confundir su profundo poder transformador con otra distracción más de nosotros mismos.

Nos evadimos de la fuente que nos conecta y que nos dió la vida, y somos incapaces de reconocernos en los ojos del otro. Vivimos como un cardúmen ciego que se asfixia en una red absurda, invisible, imaginaria.
Mover un dedo con la intención de cambiarse a uno mismo y cambiar el mundo que no nos gusta es más poderoso que hacer piruetas hermosas para un público que sólo ve en la obra una aspiración más y un reflejo lejano de lo que somos realmente. No somos aves etéreas. Somos una especie capaz de crear y tenemos poder para construir, y nuestra evasión y negación del alma nos ha traído al punto de pensarnos inútiles ante la desgracia ajena o las lágrimas del prójimo.
Podemos bailar con el corazón, como hermanos. Recordar el pasado, no pensar en la melancolía como una enfermedad que es necesario borrar del mapa pues estorba a los fines “benévolos”, para olvidarnos después de ella.
Las tristezas y la depresión no están aquí para superarse y olvidarse, sino para hacerse notar, ser escuchadas, dejarles cicatrizar y no permitir nunca que se borren de nuestra memoria. Por que olvidar significa tropezar de nuevo con la misma piedra.

Si bailamos juntos podemos sanar el cuerpo y el alma. Bailar no significa abrir en un ángulo de 180° grados las piernas y dar saltos por todos lados. Se puede bailar sólo con las manos.
Hacer música no significa pasarse una vida pegado a un instrumento. Se puede cantar amorosamente a un niño. Y pintar no es reproducir rostros y dominar la luz y sus quebrantos. También es posible dejarse ir en un color y soñar con una textura.
El mundo no necesita admirar a un ser magnífico que reproduce acordes ágilmente.
Necesita reconocerse como tal, y ser capaz de sobreponerse a la tristeza que nos embarga a todos. De nada sirve que yo Isadora supere una depresión puesto que el otro, mi hermano, mi hermana de vida sigue triste.

Si bailo sola prefiero no bailar. Es necesario dar un gran abrazo. Aunque sea pequeño, pero con el alma entera.


De nuevo, para mis queridos acompañantes… 🙂
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