Otra mente del paraíso

Recientemente vi The soloist, un día que llovía y tenía un bloqueo producto de la tormenta de palabras que me asalta aveces. Recuerdo que desde chica me he sentido extrañamente identificada con los vagabundos, las gitanas locas que roban cosas de los supermercados, y los locos que parecen vivir en otra parte del mundo menos en sus cuerpos. Algunas veces, y sin explicarme mucho el porqué, me parecen personas sumamente dignas. Sin posesiones, relegados dela sociedad, pasando frío, hambre y padeciendo tantas enfermedades, pero aún en pie, merodeando no sólo la ciudad si no nuestras conciencias.
En la película un periodista de Los Ángeles cuyo entusiasmo por la vida se le escurre de entre sus ocupaciones tipicamente occidentales, conoce por accidente a un vagabundo que toca apasionadamente un violín que sólo dispone de dos cuerdas. El periodista que posee una casa, un trabajo, una familia -si bien fragmentada-, pero con una historia, con un salario y “cosas” en concreto,  encuentra en ese vagabundo una pasión que le parece digna de ser contada.
Así que escribe un artículo y luego otro y otro. y el interés de la gente se despierta, ya que debajo de la ropa sucia del vagabundo existe un ex músico de Julliard, que antaño tenía casa, cosas, familia y que debido a un padecimiento mental hizo de las calles un hogar y de un cruce de avenidas un santuario donde la música resonaba adecuadamente para “Dios” y era libre de entretejerse con el ritmo de la vida y el aleteto fortuito-perfecto de los pájaros.
Además de presentar una vez más el caso quizá cliché en el que un demente presenta cualidades sensitivas y geniales que los cuerdos envidian, -cosa que debo confesar aunque sea evidente en mis escritos, me parece hermosa- el film hace énfasis en la importancia de crear lazos profundos con los seres más próximos, y aunque parezca dificil o imposible, con quienes están al otro lado de la pirámide de estratos sociales y estados mentales predeterminados.
Y he aquí esa idea que tanta polémica crea cuando aparecen en núcleos pensantes” esas figuras llevadas al mito del subversivo, el desposeído que es capaz de estar conectado con Dios, “la fuente”, un imaginario colectivo específico donde bulle la sabiduría y un destello que la civilización, a pesar de sus magnos intentos por dar pasos hacia adelante, deja rezagado allá en lo que fue la intuición fugaz de un espíritu humano.
En la historia, y en el arte se repite el mismo arquetipo infinidad de veces. Los mártires iluminados, el artista llevado a ese deseo incontenible del humano por sublimar un extraño accidente dentro de la “normalidad”, para divinizarlo o hacerlo ícono esencial para el amalgamiento de los hechos dentro de sus intentos por comprenderse dentro de una historia que asir como propia.
No he leído la historia de la locura de Foucault. Ni la Stultífera navis, ni el elogio de Erasmo. Aún… pero durante algún tiempo pensé que estaba volviéndome loca. Para el consuelo de quienes así necesiten verlo, fue así. Nunca he creido en los psiquiatras, ni en aquellos que hacen del misterio humano un objeto susceptible de ser desentrañado y comprendido por medio de la mente. Sobraría mencionar que en el transcurso de mi vida las personas más crueles y faltas de sensibilidad han sido aquellas bien cosidas a un concepto de si mismas como seres razonables y sensatos. Pero bueno, ya lo dije. Así ha sido. qué más da.
Creo que todo aquel que se concibe en un bando poseedor de la razón y el conocimiento es, al igual que los “locos” un síntoma de la sociedad enferma en que vivimos. Donde la supervivencia sigue dependiendo del depredador más fuerte, dejando por lo tanto el bienestar del prójimo a merced de la propia vida, y no en un conjunto armonioso que los incrédulos trogloditas piensan romántico y antinatura.
Estudiamos el arte con escalpelo, llevamos con éxito el compás de las piezas y de la vida misma, dominamos disciplinas. Pero dónde dejamos el espíritu de la novena sinfonía? y el espíritu propio? ¿porqué alejamos el alma, olvidándola, del alma de los otros? Y peor aún, porqué seguimos dejando de lado la compasión al intentar catalogar-curar-normalizar a aquellos hombres con los ojos del espíritu ligeramente más abiertos que los nuestros?
¿Es coincidencia que muchos “esquizos” “neuróticos” “bipolares” ( éstos términos me causan náuseas) hayan sido grandes exponentes en las artes y las ciencias?
Les recomiendo la película, acabo de ver “Opium” diario de una mujer poseída de János Szász, y dentro de la temática les recomiendo “Hombre Mirando al sudeste” de Eliseo Subiela.
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Un comentario en “Otra mente del paraíso

  1. Pues yo creo que todo nos lleva de la mano con el temor a lo que nos es diferente a lo que somos, pero que a su vez nos causa una cierta fascinación que nos llama a averiguar el porque es así y el como ser feliz como aquellos que no tienen lo que nosotros tenemos; el porque ellos son felices sin esas cosas o situaciones con las qe nosotros contamos…

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