El tiempo, nuestra espiral

 

Hace exactamente un año decidí irme de la ciudad y vivir sola frente al mar. Era mi deseo más profundo; despertarme con el sonido de las olas para olvidarme de que mi corazón estaba roto en miles de pedacitos.  Todos lo sabemos. Estaba tan triste y desilusionada que no tenía ganas de vivir. La razón, bueno, no era la gran cosa, a veces la gente es descuidada y nos lastima, no sé. A veces a uno le toca pagar los platos rotos, es más fácil pasar por encima de alguien y avanzar. en ese momento me dolió la mentira de quien se decía mi amiga, sus calumnias y su desfachatez. Y la credulidad ingenua de quien fuera mi ex novio, quien anduvo con las dos al mismo tiempo sin poder ser sincero, por miedo, por vergüenza, porque quería probar cosas nuevas. Obviamente yo no sabía eso, cuando me enteré kaput. Exploté.

Luego quise huir de todo. Tomé un avión y llegué al mar después de muchas horas en un avión donde hablé con una mujer sabia, que me dijo que debpia ir a hablar con la tierra y con el agua, y escuchar el viento y ya. Ahora supongo que sueno muy contenta, optimista, (hoy) pero en ese entonces tenía una nube negra alrededor de mi cuerpo, y un dolor que me ardía en la garganta quitándome toda la energía que pudiera tener para levantarme siquiera de la cama. Me sentía cansada, sin vida, traicionada por dos personas en quienes alguna vez confié. De pronto todo se había venido abajo. yo no era entonces lo suficientemente fuerte. O no sabía que sí lo era .

Pasé seis meses en diferentes casas y trabajos, la mayor parte del tiempo en una linda casita frente el mar, con su canción las 24 horas del día en mi mente. Cuando quería llorar mucho me ponía unos snorquels y me metía a ver los peces hasta que me calmaba. Era bellísimo poder solamente ser, sin tanta paja en la cabeza, sin complicaciones y con una paz gigantesca rodeándome y abrazándome.

El caso es que en el transcurso de este año me caí muy hondo una primera vez. Era necesario. Luego muchas otras veces, al piso de las lamentaciones y el dolor, la autocompasión, los reproches. Pensando que no era una "buena" mujer, sin disciplina, sin talento, sin escuela, aparentemente sola y completamente desdichada.

Luego vino de nuevo el amor con sus olas y sus aromas. Y nuevas flores crecieron. Yo seguía triste, pensando que en mi vida a pesar de mis aventurosas empresas realmente no pasaba nada relevante. Porque no existían reconocimientos oficiales a mis esfuerzos que parecían tan simples; tratar de estar tranquila, calmar las voces, pintar y escribir, hasta que escribir se volvió un acto compulsivo del cual me di cuenta que no podía despegarme. Este año pasaron muchas cosas, cambié el rumbo de las cosas sin darme cuenta. Sin pedirlo concretamente a nada ni a nadie llegó el oficio, el amor, las compañías luminosas, la pintura, la danza del alma, ( que es una danza que se baila con los ojos y la voz y movimientos sencillos )los colores de las fotografías, y algo que me marcó mucho; la banalidad de ese mundo que había abandonado tan dolorosamente, para ir en pos de cualquier cosa, no necesariamente verdadera, pero no aquella vida de estudiante gris y deprimida, en el tedio de una rutina, con una vocación de escritora guardada en el útlimo cajón de mis recuerdos de niña.

Sucedió que me dí cuenta de lo valiosas que son las personas con quienes compartimos la vida. COMPARTIR LA VIDA, que no es vivir juntos en una misma casa. ni verse cada fin de semana y hablar de la comida, el libro, la película. Los temores. Ahora que he vuelto con mis padres por un tiempo los observo cada día, los vivo, me doy cuenta de lo fugaz que es nuestra presencia como familia juntos. Me doy cuenta de lo hermosa que es la hora a la que todos nos sentamos a la mesa y reímos de tonterías. Y la risa del otro se convierte en un motivo para el bienestar propio. Toco el esfuerzo de mis padres, el físico y el espiritual por manteernos como hijos, celebro con ellos su repentino descubrimiento de ciertas cosas de la vida, las verdaderas, y la influencia de éstas en su decisión de casarse próximamente, luego de 26 años de vivir juntos. Son un gran ejemplo de tenacidad para mi y mi hermano. Juntos hemos ido reflexionando acerca del verdadero valor de las cosas. La calidad de vida que radica en una taza de café oyendo a Cat stevens por las tardes, planeando nuevos días y nuevas montañas.

 

Me fui al mar para vaciarme la tristeza. Y no se fue. Se queda como recordatorio de las otras tristezas de esos seres que me rodean, a quienes no pienso dejar solos. Más allá de toda justificación filosófica, de Lévinas y Morin, sigo confiando en el bienestar que garantiza ocuparse del otro. Jamás desentendernos del dolor contiguo. La compañía es vital, el diálogo, los abrazos, las noches de risas sin sentido. Saber que tengo una hermana que lucha y brilla y nunca se detiene, y aquella que no quiere salir de su paraíso pero que comparte luz y cantos y toda la vida que lleva adentro, y mi hermana de infancia que será madre nuevamente y que es tan fuerte y alegre e irrompible. mi compañero de viaje que ha vuelto a su patria a reconciliarse, el que sueña conmigo con Muhhamad y contiene tanto amor y tanto espíritu. Al compañero genio, brillante, cálido arquitecto de palabras. Y la hermana pianista elocuente y gentil, llena de savia y sabia como sólo ella sabe que puede llegar a ser una mujer. Mi hermana graciosa y efervescente que está llena de abrazos, mi cantadora bruja encantadora. Aquel viajero incansable que en Oriente dibuja y graba en los muros del aire mis nombres, todos; Layla, Laylat.. el filósofo, el padre de Sabina, todos han sido importantes. Como si el eco de todo ese latir colectivo hubiera despertado mi corazón.

La lucha nunca se termina, es dificil, vienen hogares nuevos. Sé que entre todos nos animamos, nos damos fuerza. Cuando le dí al mar todas mis penas no pensé que me devolviera a cambio tanto pan, tantas flores, atardeceres. Tanta yo. Hoy mientras escribo esto, escucho a wim Mertens y me tomo un vasito de anís presiento que ya no hay tanto lodo en mis recuerdos. Que puedo mirar a los deudores y sonreírles. Y tener la fuerza y humildad necesarias para finalmente, luego de tanto sufrimiento, perdonar. Decir adiós para siempre o acabar sabiamente el párrafo del año con unos complacidos, dulces puntos suspensivos…

Estoy orgullosa de Chispis que está escribiendo cada vez mejor y ahora puede ser leída AQUÍ

Besos de agua y de viento en la espiral de alientos…

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