Escribo

Cada vez que escribo soy testigo de un segundo escritor que me dicta algo. No necesariamente lo que escribo si no otra cosa cuya una de sus múltiples aristas es la historia que cuento, o la frase que construyo, pero sólo eso. Una cara más de un inmenso diamante de palabras que cobran forma ante mis ojos.
Ahora mientras escribo me doy cuenta de que no dudo, no me detengo a presenciar ni a verificar la validez de mis palabras ni su forma. Olvido que escribo letras, como se puede olvidar en algún momento que se usan vocablos para hablar mientras se explica algo de manera frenetica.
Como si no supiera que este lenguaje del cual me sirvo para decir, lo aprendí de mis padres y del mundo, y lo hice mío, lo volví una extensión más de mi boca y de mi lengua, y luego de mi pecho.
Me olvido de que es sólo una música de ruidos que distintos cada uno conforman un todo más complejo. En órden, mi lenguaje es yo misma.
Mi lenguaje me ha vuelto quien soy, ha nombrado mis miedos primigenios y mis deseos, luego conforme el mundo se me ha mostrado más claramente se ha vuelto complejo, como una casa a la que se le agregan corredores nuevos y habitaciones, jardines, fuentes, ventanas, puertas, conexiones entre una y otra estancia. Ecos de días.
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