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De nuevo comenzaré un post recordando mi infancia. Cuando pensaba que los cantos cubanos de libertad de los años ochenta no eran una utopía, y el futuro que prometía iba a cumplir sus promesas, y que mi inteligencia y lo brillante que pudiera llegar a ser iba a hacer al menos una pequeña diferencia. Y 20 años después hay dos cosas; es muy dificil que los ideales permanezcan cuando somos bombardeados por amenazas materiales. Y sobre todo cuando somos presa del miedo; del miedo a ser nosotros mismos y a dejarnos guiar por la voz interna, y no la externa que dice; crece, madura, gana dinero, compra cosas, sobrevive a la guerra y a la lucha que son la vida…  Lo otro es que no es imposible vivir de manera alternativa. Ni es imposible mantener esos ideales vivos. Pero es muy dificil, complicado, fatigante aveces.

Lloraba sin conocer la razón exacta de mi llanto. Rompí con mis normas y mis planes porque simplemente no me sentía bien en mi piel. Dejé un amor que iba volviéndose estéril. Y una parte de mi que era falsa, que buscaba sublimaciones donde no las había; en rebuscadas obras de arte que nadie comprendía, discursos literarios que me eran ajenos, y en las máscaras que yo sola me ponía, belleza, éxito (realmente en esos moldes que dejé no era existosa) rectitud, deber, disciplina, ¿perdón? Esa no era yo. Era falso aspirar a convertirme en alguien que realmente no quería ser, no quería amigos de fiestas que no supieran un comino de mi ser interno, ni crear textos que nadie iba a leer, ni trabajar en una oficina ni dedicar mi vida a la teoría y a la academización del saber. Esa simplemente NO era yo. Así que cuando me salí del molde llegó la crisis; ¿entonces quién chingados soy?

Hoy tampoco sé quien soy, pero le salió un ojo a mi corazón, y no pienso en una meta, pienso en mi camino. Avanzo con el conocimiento que no hallé en libros, si no en la boca de las personas, con un poco de experiencia e intuición. Hago lo que me gusta, aprendo cada día, y trato aunque es pesado, de cambiar hábitos de vida que he aprendido que son nocivos para la vida en general, no sólo para mi. A veces soy demasiado aguerrida, levanto demasiado la voz, pero miro un mundo que está olvidándose de su espíritu, que quiere confiar en autoridades y espera de ellas las medidas para mejorar, y no cambia nada de su rutina ni de sus ideas, ni se responsabiliza de los otros.    No quiero dejar que esa resignación confundida con madurez me haga cruzarme de brazos y pensarme inútil ante el bienestar que buscamos todos, aunque no sepamos cómo. Creo que debemos hacer “pequeñas cosas buenas, en muchos lugares al mismo tiempo” transformarnos y comprometernos; el bienestar del otro es un compromiso, porque su vida es mi vida también. Y sobre todo estar conscientes.

¿Nunca vamos a involucrarnos los unos con los otros? ¿vamos a bajar los brazos y la guardia y dejar que el espíritu humano se pierda en el caos? Cuando no me deprimo y me apago puedo ver que la vida en el planeta es un milagro, que la sociedad es un esfuerzo de millones de años, la cultura un fenómeno vasto; una fuente de saber que debemos mirar con atención. Veo que la combinación de colores de un amanecer es un espectáculo que nunca será igualado por ninguna obra de arte, y que la vida por sí misma vale más que todo el oro del mundo con el que queramos evadirnos. Y veo que en sus ojos, en él, en ella, está toda mi historia condensada hecha persona, y somos igual de pequeños y tenemos aún la sensación extraña de haber llegado al mundo. Miro a mi perro y pienso en los miles de años que ha tomado nuestro material genético para acoplarse y aprender a ser cómplices. Toco mi cuerpo, lo siento; cada músculo, el peso de mis huesos, todas esas diminutas cosas que hace a cada segundo, tan perfectamente coordinadas, y veo atrás y viajo hasta el momento en que una célula era a penas la única vida existente en la tierra durante millones de años; hasta llegar aquí.

Y me repito; mi corazón es eco del primer corazón que una vez empezó a latir, cuando nació el universo. Sigo sonando con él.

Ya hemos avanzado un larguísimo trecho de la nada a ser pensamiento, alma, amor.

No podemos resignarnos y pretender ser inútiles, no en este momento. Ya hemos avanzado mucho para tirar este esfuerzo a la basura. Tenemos que entender que separados no lograremos nada, ni siquiera sobrevivir. Que somos suficientes para lograr algo positivo. Y que la tierra no es un lugar que nos abastece simplemente y es como un piso que se renta y después se abandona.

Cuando tenía doce años pensé que había que ayudar al mundo. Cambiar algo. No quiero que se me muera el alma. NO. No le puedo hacer eso a la niña que fui.

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