A mares

Ordené mi clóset. Abrí la botella todavía llena, era esa que compramos un día en una tienda a dos cuadras de la playa. Me vino toda la memoria al cuerpo. Tenías mucho sueño, querías dormir pero ya te habías vuelto rojo. El sol te quemaba, (por eso la compramos, protección máxima spf 80) aquí era distinto, me dijiste, en Francia el sol es fuerte pero nunca me gusta tanto estar al aire libre, nunca me pasa esto. Te miré condescendientemente. Un poco con la mirada incrédula, -siempre enalteces este país cuando estás de buenas-, ese día dijiste que te quedarías quizá, que ya no podías imaginarte en otro lugar. Por la noche unos jóvenes gringos te hicieron rabiar, maldijiste América, la ciudad de México, la nueva ciudad en la costa. A veces cambiabas repentinamente así, no me explicaba cómo, para qué, no puse la atención necesaria, lo sé ahora.

Me decías constantemente si te proponía algo; vas-y, vas-y, todo parecía bueno ante tus ojos, todos tus intentos eran generosos, compartir la casa, tolerar inteligencias inferiores a la tuya, tolerar inmigrantes kabilies criticando tu escuela, tu estrato social, la marca de ropa que usabas. Soportabas mi cansancio, mi único día de descanso a la semana, mi rabia inexplicable ante ciertas cosas. Las noches frenéticas y los sobresaltos nocturnos, los soportabas igual que esas escenas mías, que no fueron escenas, en que me iba flotando sin control lejos de la playa, y después me decías preocupado, qu’est qu’ il’y a? Luego entendiste y aceptaste las razones del llanto, las huídas y mis incertidumbres. Una noche me llevó a casa el gitano parisino, te asustaste, me regañaste, me sentí como una niñita que apenas se asoma al mundo y se equivoca, que piensa que todos son buenos e indefensos. Pero en el fondo no era ingenua, crecí en una ciudad inmensa, peligrosa, acepté recorrer la costa de la misma manera que aceptaba las olas alejándome, igual que cansándome hasta el colapso en la piscina, en el tenis, en la cama. Quería dejar de ser, y lo sabías, tenías miedo, querías salvarme, como ese día en que te puse un litro de bronceador encima, y me dijiste, qué bien me cuidas, ven conmigo, no te vayas nunca. Querías salvarme, pero yo huía no solamente de la vida, huía de mi misma, huía de escribir y los escritores no nos salvamos nunca. Escribimos, destapamos viejas botellas de bronceador y abrimos el mundo.

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