Improvisar

Soñé que mientras caminaba con un par de amigas en la calle veíamos cómo de una camioneta tiraban sobre el asfalto los cuerpos de tres mujeres. Una indígena delgada, una elegante vestida de noche y una mujer embarazada. Tiradas sobre la calle, medio desnudas, esas mujeres no estaban más en esos cuerpos, pero dejaban  una huella en el mundo. Asesinadas, violadas, silenciadas.
Cuando era niña y me aterraban el silencio y la oscuridad de la noche, pensaba en cómo acabar con ese miedo. Quizá cuando muera, pensaba, mi miedo desaparezca conmigo. Pero no encontraba sosiego porque sabía que cuando muriera otros quedarían vivos, otros sentirían miedo y el miedo seguiría a pesar mío. ¿Cómo acabarlo?
Todos los días leo en los periódicos que hay nuevos decapitados, nuevos robos, nuevas familias destrozadas, Me miro como dentro de una habitación a donde se asoma la Isadora niña, y se me queda viendo, con cara triste, pensando; yo sabía que este mundo te iba a tocar vivir.
Yo sabía de niña que el mundo estaba perdiendo su espíritu, porque en la escuela querían que todos fuéramos iguales y no estaba bien visto hacer preguntas. No era buena señal. Salgo a la calle y las personas están tristes, todos tenemos miedo, todos pensamos que el futuro es incierto, todos nos dejamos llevar como borregos. Este no es el mundo en el que me gustaría vivir. Como si fuera una fiesta a la que llego fortuitamente y pudiera decidir si quedarme o no, no quisiera quedarme. Duele ver la realidad. No estoy de acuerdo, no me gusta, no lo quiero.
Una parte de la gente no tiene qué comer, menos puede educarse, la que puede educarse acaba por resignarse al sistema, la que puede comer compra comida basura que le llena las arterias de muerte. Los que tienen dinero se compran “cosas” y los que saben en lugar de compartir su conocimiento lo estratifican y lo usan como pedestal. Los que sonríen sonríen frente al televisor. Los sensibles se deprimen, los insensibles tienen el poder.
No estoy de acuerdo con quedarme callada, no me conformo con alcanzar mis metas personales, no es posible que violen a una niña indígena en la sierra y que nadie haga nada por clamar justicia, No es posible que las autoridades se roben los presupuestos que vienen de nuestros impuestos y además se tomen la molestia de tratar de callarnos cuando exigimos cuentas. No es posible que le demos importancia a los objetos y no a las personas, que trabajemos toda una vida por conseguir un patrimonio que gracias a la situación social no será garantía de un verdadero bienestar.
Todos los 28 000 muertos en esta guerra son nuestros muertos. Todas las mujeres asesinadas somos nosotras. Son heridas que no van a cicatrizar, quizá las olvidemos, quizá hagamos como es debido hoy en día; que tratemos de girar la vista hacia otra parte y pretendamos que no nos toca, y no nos incumbe. Lamento decir que llegará el momento en que no habrá otra parte hacia dónde mirar.  La violencia ya está instalada en todas partes, anida en la voluntad resignada y apagada de quienes no se ocupan por informarse y se creen ajenos a la colectividad. En la cobardía del estilo cómodo de vida. En la vida que nos roba la televisión.
El teatro Playback

Me gusta hacer reír a la gente. Contar con mi cuerpo y mi voz una historia que es REAL. Compartir los sentimientos con más personas. Me gusta sentir que en la sopa diversa de personas que llegamos a reunirnos en un espacio, existen sentimientos en común que son capaces de unirnos más allá de nuestras diferencias. Tengo fe en la humanidad a pesar de leer los periódicos y ver mendigos en las calles. Tengo mucha fe en que otra realidad es posible, en que como dicen los Sufis, este mundo es un sueño donde somos ilusión, imagen, cáscara, y las diferencias son todas distintas caras de una misma verdad.
Por eso me gusta el teatro Playback, porque ahí todos somos igualmente creadores, el público que cuenta sus historias y los actores que contamos las propias con el cuerpo. Al final, ¿saben qué? Todos somos parte de una misma historia, todos somos actores, e improvisamos la vida cada día .
El arte está escapando de sus jaulas, vuelve a reunirse con su fuente, abandona el museo donde no todos pueden entrar, se baja del caballete de los que creen que saben pintar, corre despavorido de las vacas sagradas del teatro, de las divas del cine, de los poetas malditos incapaces de abrir su corazón. De los violinistas virtuosos que tocan rápido rápido rápido. El arte de verdad no se encapsula, ni se compra, ni se califica, nadie lo atrapa, vive en las manos de todos los seres humanos. No más hay que aprender a ver eso.
Las nuevas revoluciones poco a poco, tendrán que nutrirse de todas las voces que la humanidad ha creado. Ya no es suficiente la razón para salvarnos. No sólo somos eso, y en el canal de la razón somos distintos. El arte tiene la capacidad de acariciar con ternura y con lujuria el alma del ser humano. Rasga las fibras necesarias, y construye puentes no importa qué haya adentro de las mentes. En algún momento dejé de creer en la escuela y la academia. Ahora creo en la vida y la educación, la educación nunca cesa cuando el aula es todo el mundo, las veinticuatro horas. Ahora poco a poco dejo de creer en el arte de las escuelas, y retomo a Proudhon, “Diez mil alumnos que hayan aprendido a dibujar cuentan más para el progreso del arte que la producción de una obra maestra… Diez mil ciudadanos que han aprendido a a dibujar forman una colectividad con una potencia artística, una fuerza de ideas, de energía, de ideal, muy superior a la de un individuo; y que al encontrar un día su expresión, superar la obra maestra”.
Yo creo en la colectividad, en reconocer en nuestro valor individual la huella que otros han dejado. Somos lo que ha dicho nuestro diálogo solitario con el mundo, por eso no estamos solos. Sólo así podemos apostar por un mundo donde no haya dominación sino colaboración, ni competencia sino solidaridad. Se trata de crear, y recrear la vida como la celebración que es. La vida es revolucionaria, y ésta revolución es pacífica.
Un teatro que nace del corazón construye puentes hacia otros corazones, encuentra espejos y prepara el terreno para un mundo nuevo.
“En contra de los teóricos de la revolución que lo excomulgan y cubren de anatemas, es el “loco” (el anarquista) quien tiene razón pues despierta la simpatía de las masas y las arrastra con su ejemplo” -André Reszler, La Estética anarquista.
En ésta escena de la película “Hombre mirando al sudeste” de Eliseo Subiela, un psiquiatra acompaña a su paciente Ramtés a un concierto en una plaza pública, no tengo más qué decir.


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