Amaneciendo

Estoy mareada. Personas en el trabajo, personas en reuniones para discutir preocupaciones políticas, personas que se reúnen para abrazarse, para hablar de porqué un trazo es así, o es asado, de porqué nos queremos, de cuánto se sufre en el mundo, sí, pero no importa hay que seguir luchando. Mucha gente en las calles y en la red. Una marea de espejos me asalta y no sé cómo hablarlo.

Vengo de una familia de gente rejega. Rompían las reglas, se inventaban las propias, contagiaban la resistencia a otros. La familia Bonilla vivió una revolución de resistencia, una guerra de Cristeros de resistencia, un salto al progreso ultrajante de resistencia. Una vida interior de resistencia que se prueba en los íntimos relatos de mis abuelas, y en el carácter incomprendido de mis padres.

Sabía, desde hace mucho, que mi abuela había sido una mujer fuerte. Maestra, sanadora, alta, cuestionadora del sistema. Que mi abuelo se había sublevado a sí mismo y que el pueblo en la sierra había sido, durante muchos años, un remanso de la modernidad tan inocentemente aplaudida cuando estalló el boom de las comunicaciones, y por rejegos, prefirieron mantenerse sólo con un telégrafo a galope, mientras en el país corrían, no por mucho tiempo, las locomotoras de teléfonos y demás medios, que ya poco servían a los fines revolucionarios. Los castigaron con una incomunicación tecnológica por revolucionarios. Y eso me valió tener abuelos hechos y curtidos bajo la luz de los libros y la quietud de la naturaleza, y la sabiduría de lo pequeño, lo puro, lo que sobrevive a la ilusión moderna.

Lo mismo le sucedería al ferrocarril, que no sobrevivió al ilícito gobierno de los noventas y a los nuevos intereses mercantiles de nuestra población deslumbrada por los objetos y no por su tremenda historia.

Esto lo supe este año. Cuando apenas lograba superar la crisis de identidad que debió quedarse en mi adolescencia. El mismo año en que me di por vencida, o por victoriosa, depende de cómo quiera verme, cuando acepté que los esquemas de vida que “funcionan” no me funcionan, y que la felicidad que se vende y compra a plazos en tazas fijas tampoco me hace feliz.

Mi año se construyó sobre desilusiones, y sobre las desilusiones ya no había nada que construir. Sólo rescatar las raíces. Y al final creo que me he quedado con la información más sencilla y con la poca que recibí de niña. Y eso se volvió un esquema, sobre el mapa del valor que tiene la tierra, la madre naturaleza, creció la red de personas que actúan a favor de un ideal de VIDA. Y sobre el mapa que dejó la nostalgia por un país que muchos ya sólo tenemos en la memoria, creció la red que actúa a favor de la conciencia civil. Y sobre el mapa de amor al arte y a la vida interna, creció la red de personas de la compañía de teatro Chuhcan, que vive la luz minúscula del corazón que deshace sin esfuerzos cualquier sombra. Y sobre mi mapa de intuiciones femeninas la red de mujeres fuertes y cuestionadoras que ahora tratamos de sacar la emoción de la teoría a la luz del mundo REAL, ayudando a otras mujeres. Y la familia es mi amiga, y mis amigos son mi familia.

¿Por qué salir a las calles a levantar la voz y expresarnos? ¿Por qué no mejor escondernos y pintar en silencio y en secreto?, como si el arte no fuera para compartirse. ¿Por qué no hacer arte en los lugares sagrados, los teatros, las salas de conciertos, los museos? a donde los indígenas y los pobres no se imaginan entrando. ¿Porqué no quedarnos en casa, separados artistas, los unos de los otros? Como si no fuéramos, sin darnos cuenta, artífices de la máquina a la que se han opuesto siempre las humanidades. Porque al menos para mí, el arte une, no separa, marca puntos de encuentro, no de diferencias, crea puentes en vez de pedestales, y genera una conciencia colectiva que es la única capaz de salvar al espíritu humano del caos.

¿Por qué no mejor decir; así son las cosas, así han sido siempre, y nada podemos hacer para remediarlo? Porque mi corazón me dice que vivir así, sin preguntar, sin proponer, sin resistir, no es vivir una vida digna. Y no creo que mis intentos de resistencia respondan al llamado carácter individualista de nuestro tiempo, porque en ningún momento pienso ser capaz de lograr un mínimo cambio sola. Si me pienso feliz, plena, trabajando, construyendo, me pienso en función de otros, gracias a otros, para otros.  Miro a amigos artistas en los que tuve mucha fe, cerrados, tristes, conformándose con sueldos y una que otra compra los fines de semana, sus nombres en programas de mano, títulos, adornos, más adornos. Y me pregunto cómo es posible que no seamos capaces de ver que hacemos de las partituras y los pinceles pedestales, porque seguimos con terror a no ser nadie, porque creemos que ser alguien, es no ser como el otro, ser más, ser mejor. Le creímos al sistema sus mentiras, y pensamos que nuestros garabatos suprahumanos son algo. Y sólo son eco de la máquina. Y cuando los miro a ellos, me veo a mí misma, y me veo en el mismo hoyo anropológico. Pero no entiendo la falta de solidaridad y empatía.

Ahí sí, por más tecnología, ciencias, humanidades y objetos que nos colguemos, si no aprendemos a unirnos, nos va a cargar la chingada. La inteligencia de la cabeza, lo repito, sirve de poco, si no escuchamos al corazón y lo dejamos hablar a través nuestro.

He aquí algunos de mis sobresaltos de los últimos días…

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