1993

En 1993 me compraron unos zapatos negros de gamuza. Fuimos al Palacio de Hierro, me probé varios modelos y nos llevamos un par que no acababa de gustarme, pero eran zapatos elegantes, y yo era una niña elegante, o eso decían mis papás.

Recuerdo esos zapatos debajo de mi falda, caminando hacia afuera del salón de segundo año de primaria, temerosa de ser golpeada por algún balón de basquet. Subiendo las escaleras de la recepción del trabajo de mi padre en donde había un  sofá de gamuza café, como mis zapatos, donde en una ocasión se sentó una mujer de medias negras y zapatos altos, delgada y de cabello esponjado y largo. Tenía unas grandes pulseras doradas y fumaba unos cigarros que sacó de una cigarrera plateada.

La recepcionista nos ofreció un café, y luego recapacitó pues yo era una niña que acababa de cumplir 8 años, y cuya fiesta de cumpleaños había sido un éxito pues apesar de que aún faltaran dos semanas había logrado anticiparse al halloween, -su fiesta favorita- y había logrado que todos usaran disfraces horripilantes; momias, hombres lobo, brujas y cadáveres desfilaron por su sala, mientras todos comían tamales y hotdogs con patitas de limpiapipas asemejando gusanos ingeniosamente macabros.

Ahora soy adicta al café, sin embargo ese día no tomé café si no un té de hierbabuena dulce que bebí lentamente a pesar del hervor, pues no quería parecer una niña que se tomaba el té hasta que éste estuviera tibio.

La mujer bebió su café para adultos, fumó su cigarro y se fue cuando salió un señor de la oficina, un conocido que frecuentó la casa algunas veces con su esposa rubia y jóven. El tipo de mujeres que me agradaban de niña, dulces y cariñosas, bonitas. La mujer alta y morena de tacones y medias y él salieron por la puerta del elevador a las tres de la tarde, tomados de la mano, se besaron en el ascensor, los miré lentamente mientras sorbía mi insulso té.

Pensé mucho en las media negras de esa mujer, casi no le vi el rostro, era como si tuviera un telón voluptuosamente delgado sobre ella, una especie de velo que difuminaba sus facciones y su identidad.  El mundo de los adultos tuvo entonces una imagen fija, una mujer que daba la bienvenida a la adultez, con un café en la mano, un cigarro, medias negras sobre unas piernas bonitas y muchas mentiras como un velo santo sobre su cabeza.

No disfruté mucho mis zapatos negros de gamuza, eran demasiado elegantes para una niña, demasiado comprometedores, me metían a empujones en un mundo de restaurantes sanborns los domingos en la noche, cuando salía con mis papás y revisaba mis zapatos abajo de la mesa, y escuchaba la música de saxofón y oía palabras que no entendía, por rebuscadas, porque pertenecían a una conversación política, había crecido pensando que la política servía para algo, hasta que el tono de mis padres al conversar de eso se fue haciendo cada vez más adusto y pesimista, y yo no sabía de devaluaciones, de gabinetes asesinos ni de matanzas, pero un día se rompieron las cintas de mis zapatos de gamuza, y la moneda se devaluó, nos mudamos de casa a una más pequeña, mis padres se separaron y dejé de imaginarme a esa mujer con medias negras, para pensarla desnuda y mirarme las piernas, cada vez menos niñas, cada año menos pequeñas. Crecía con la sola promesa de nunca usar tacones ni fumar o ser la querida de un ejecutivo.

Faltó poco para que empezara a entender todas las palabras difíciles de las conversaciones de política, quizá pensando que dominándolas podría estar exenta de entrar a la adultez bajo el requisito de unos tacones, que hasta hoy no sé usar; me tropiezo, me duelen los pies, la espalda, acabo molesta y desquiciada si los uso.

Mientras bebo mi café pienso que en cambio gracias a las letras aprendí a caminar sobre una red de líneas, de memoria y tiempo, y nos son unos esbeltos diez centímetros, pero me divierto corriendo en la carrera de narrarme una vida que hoy puedo volver a contarme sin velos negros.

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Un comentario en “1993

  1. Dulce y reflexivo. A muchos nos obligan a entrar al mundo de los adultos desde muy pequeños y eso te hace diferente a veces a tal grado que es muy difícil adaptarte a la edad y circunstancias que vives.

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