La paz no existe

Tenía los pies fríos, sabes, generalmente tengo frío, pero mis pies fríos contrastaban con el agua caliente de la ducha. Me preparaba mentalmente para un día ajetreado de esos que uno vive a veces en esta ciudad, me despertaba poco a poco bajo el agua tibia, pensando en el grosor de mi piel y en las nuevas redondeces propias de los 26 años… las que llegan de repente entre amores y trabajos nuevos, y amigos nuevos y el deber que se estrena y se replica a sí mismo encima de la propia identidad de adulto, ahora más redonda.

Al salir del agua empecé a secarme, reparé en la brumosa atmósfera del baño. En la mañana del día que me esperaba allá afuera lleno de requerimientos, de llamadas a estaciones de radio, de peseros con cumbias a todo volumen. Pensé que antes de ese ajetreo aún tenía paz, ahí en mi desnudez de martes a las siete de la mañana. Pensé otras cosas sutiles y amorosas, hasta que oí a mi madre sollozando frenéticamente en su recámara. Salí del baño, a los dos pasos ya había pensado que mi perro podía haber muerto atropellado en la calle, imaginé a mi padre desconsolado reprochándose haber soltado por descuido la correa, haber dejado al Rover correr hacia los coches.. imaginé algo peor, la muerte de la abuela, de un tío.. algún muerto producto de nuestro eficazgobierno.

Pero cuando mi madre dejó de llorar y yo logré hacerla hablar el suceso era otro.

“Se suicidó el vigilante” ¿cómo? no sé, tu papá está llorando, me contó que bajó a pasear al Rover.. cuando regresó encontró a la encargada de limpieza llorando… No podía creerlo. O dimensionarlo, un vigilante que seguro la noche anterior había visto al entrar, al que probablemente ni siquiera había volteado a ver, ahora estaba muerto. O ahora ya no estaba. Me enojé.

Me enojó ver llorar a mi madre. El alboroto que había roto con la diáfana tibieza de jabón y olor a avena y miel. “El cuerpo sigue allá abajo”  Se suicidó en el baño del edificio. Parece que antes dejó todo arreglado, barrió la cochera, acomodó el escritorio de la caseta de la entrada, dobló las cobijas con las que se tapaba en las madrugadas frías. Las llaves las dejó colgadas. Tenía 23 años.

Mientras me vestía sentía el corazón grande. Estaba seria, me puse el pantalón, los calcetines. Pensé en mis movimientos, en que mis extremidades tenían vida, porque yo tenía vida. Estaba viva.

Me preparaba para salir a tomar un autobús que me llevara a casa de una amiga, donde organizamos un mega performance que salió muy bien, fueron 5 000 personas, convocamos a través de facebook, descontento artístico contra el gasto excesivo del bicentenario. Me sentí aliviada. Lo hice porque mi culpa conmigo misma era demasiado grande. El silencio me provoca culpa, había que gritar que no era justo, que hay mucha gente muerta, gente que no tiene que comer, gente tramposa que no conoce el hambre y mata. Había que gritar.

Y estaba viva. Podía hacer eso. Comprar chatarra  alimentarme de café, leer hasta perderme, amar hasta perderme, encontrarme, buscarme, respirar. Preguntarme cosas, bañarme, porque logré estar aquí, luego de la tristeza. Porque hay tristezas que a uno casi le arrebatan la vida, o la arrebatan y se la llevan y nos dejan vacíos. Me pasó una vez.. me perdí, me fui a bañar al mar hasta que tuve otra alma. Pude darme la vuelta, pude saltar la muerte por accidente. Todos me ayudaron, y ahora estaba ahí, pensando si beber café antes de salir.. pero no tenía hambre. Todos me habían dado una mano, un abrazo, tiempo, palabras. Pero él no. En algún punto de la noche entristeció al extremo de lograr anudar la cuerda, de pararse en el excusado y dejarse caer. Nadie lo ayudó. Mientras yo dormía soñando con mis amores y mis aventuras urbanas diminutas, a unos metros un ser humano se quitaba la vida. Pude haber hablado con él. Soy buena hablando con las personas tristes porque me veo a mi misma en sus ojos lagrimosos y me reconozco, y sé lo que se siente, y sé que decir, y cómo abrazar, y como enseñar que hay esperanzas siempre. Y sé amar, de a poquito. Aunque me cueste trabajo, pude haberle dicho, ¿sabes? yo estuve como tú. Intenté lo mismo, pero por accidente fallé. Y heme aquí, todo pasó, todo cambió, cambié, soy feliz. Y no lo hice.

Me subí al autobús en shock, tenía una paz inexplicable. Me supe viva, vi el mundo, la fibra de la ropa del hombre de al lado que se va durmiendo. La cabellera teñida de la mujer guapa que va a su trabajo. Vi el asfalto que no me pareció tan gris ni tan negro. Y el cielo.. ahí tan antiguo, tan intacto. Nuestro mundo de cosas y palabras.  Sentía paz, preguntándome si en ese momento la conciencia del vigilante estaría ya en un mejor sitio, un no existente sitio, algo que no somos capaces de nombrar porque es más grande, más viejo más eterno.

Contuve el llanto. Lloré con mi amiga en su casa mientras esperábamos a que el radio nos confirmara una entrevista. Lloré cuando le conté a mi mejor amiga. Cuando comí en casa de Daniel, cuando me abrazó por la noche y le conté que a mi sí, y al vigilante no. Le dije que por suerte, sólo por suerte yo seguía aquí, y que por mala suerte el vigilante no había sobrevivido a su decisión. Yo no entendí, ni ahora, cómo nos va eligiendo la muerte.

Pero entiendo que a todos los que estamos acá nos elige la vida. No sé para qué. Pero ésta vida es verde, de aire. En la noche mientras iba con mi familia en el coche me sentí diminuta. Mi perro me lamía la cara, los coches brillaban su frenar, semáforos, la puerta del edificio de regreso, las escaleras. El elevador. Mi casa. La tibieza, mi cama. El silencio de la noche, mi amor por la vida recostándose sobre la almohada, apagando la luz, con ganas de gritar, pensando en mejor cantarle flores, muchas, para su descanso.

Para Juan Ángel. Desde acá, aquí.

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