Fealdad

El “no hallarse” habita en ese resquicio erigido a punta de temblores que se llama “yo” y que nos empeñamos en construir. Hoy escuchaba a Liliana Felipe y me tomaba un café muy temprano, a ver qué salía en la escritura, y como estos días me salió sólo veneno de los dedos.

Y nada me produce más veneno que ésta tendencia plástica a querer sublimarlo todo y transformarlo en algo “bello” y “bueno”. Se supone que las mujeres solemos hacer eso frecuentemente, por el hecho de ser mujeres, como si nos enseñaran a, ante todo, mirar los calzones con encajes y las medias y todo el cuadro de manera estética.

¿No tendría yo que escapar ya a esa costumbre? Ni siquiera me doy cuenta, me fabrico una máscara que no es desagradable según yo, intento acomodarme en el loveseat rococó y en el buen gusto, y sólo acabo incómoda y frustrada. Ahí está mi grave bloqueo para pintar. Antes pintaba porque sentía una tormenta adentro, y pintando ángeles afuera me sentía transmutadora, oh! celestial mano hábil que modifica lo monstruoso y lo carnal para volverlo etéreo. Esa mano apesta. Esa mano tiene miedo de la carne y de las excrecencias y su paleta está tan hueca y estéril como los testículos de un hombre gris y escuálidos incapaz de mantener a su progenie. Creo que estoy enojada, más que con aquellos sobre quienes me he empeñado en volver personificaciones de aquello que detesto, de aquello sobre quien recae la responsabilidad de hacer del mundo una mierda, por convicción o por ignorancia, me enoja mi mentira rosa.

No vivo correctamente, soy el objeto de los señalamientos de aquellos que gustan de hacer como yo; señalar aquello a lo que le temen. He hecho esas cosas, o he dejado de hacer esas cosas, y me rodeo de esas cosas que no “sirven” que no producen ni pertenecen a la máquina cómoda de la vida moderna. En cada paso trato de llegar a mi ideal de “yo”, pero me aleja mi de eso mi visión “objetiva”, mi coherencia, mi razón. Porque el arte no es razonable, o al menos no el que hago yo, el que no tiene escuela ni la quiere, ni el que espera un aplauso ni el que puede, porque quiere, hacerse una chaqueta de colores y acabar en un lienzo perfectamente hecho un batido, feliz, un batido feliz y fértil.

Mi salvajismo educado apesta, porque es un viaje frustrado, la corrección apesta por mentirosa, porque me siento mujer y no me veo subida en unos tacones ni adentro de un brassier wonderbra, no me sustraigo del mundo moralino jugando a la perversa puta, ni me caso con el primero que aparece y por fin, ya no hago del amor un pretexto para no realizarme de manera autónoma. Tampoco me considero artista, no visto a la moda más chic que estilan las fiestas de la colonia Roma ni me drogo, ni me ocupo del corte de cabello. Soy sólo yo y ya, mucha autocrítica, me divierte mi propia cabeza, mi cuerpo, mis manos. y hasta ahí.

Y lo que más me pesa es que esto que se diferencia de la ficción, del mundo de la fantasía, sólo es otra mentira a la que juego porque así me enseñaron, he caído en la trampa de afirmarme como aquello que no está loco, que no está mal, que busca el bienestar y la mejoría general. Tramposa intención del mundo ésa. No me gustan los hijos de la cordura ni la conciencia de corsé, ni la falsa sonrisa ni la hermosa pintura y el hermoso verso.

Aunque me cuesta la fealdad, precisamente porque en su sonrisa burlona y enferma existe la verdad, y la admiro, y la deseo, como se desea un amante con quien se sabe se puede amar hasta el fin de los días, sin descansos.

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