No podía evitarlo

Sí, caí, he caído varias veces en el cliché este mes, bromeo el día de los inocentes con embarazos divinamente falsos, hago recuentos anuales y demás convenciones. Qué más da. Aunque me empeñe en alejarme del mundo y casarme con la nutella sigo siendo el blanco de las influencias sociales de las que tanto me quejo.

Debo reconocer que tuve un año buenísimo de principio a fin. No suelo tener una vida de excesos ni grandes logros monumentales, hasta ahora creo que preferí esa moderna alternativa a la sed de adrenalina que proporciona el tortuoso viaje a las profundidades de la psique humana, y la propia, más animal ya no debería cacarear tanto aquello de “superé la depresión” sí, la superé bravo, sí! sin fármaco alguno, bravo… ¿y luego?

Ese ¿Y luego? pensé que llegaría con el 2011 sin embargo me llegó de improvisto, como esa visita que añoras mucho y para la que haces compras, cocinas, limpias la casa pero llega dos horas antes a “ayudarte” y sólo acaba aguándote la velada porque tú, oh! prodigioso border TOC, no toleras que las cosas no salgan exactamente como las planeaste y se quema la comida por tus nervios, ensucias platos de más y no pones atención a lo que tu amigo te comparte de su ser más puro y sincero… Mi ¿Y luego? llegó este verano y hasta la fecha no agarro el patín de cómo reaccionar ante la vida sin esas ganas avasalladoras de meterme a mi cuarto a llorar y morder la almohada y pasarme noches enteras en catarsis emocional rumiando mi desamparo existencial y mi caos de artista. Pues no, ahora mis cuentos ya no tienen ese dejo lastímero y recalcitrante del corazón roto y la psique marginada por ésta sociedad oscura e infame. Ya no pinto para desahogarme, ahora sí es la jodida disciplina y la técnica, la búsqueda, la necedad, o la esterilidad creativa. O escribir y pintar de amor y paz y salvemos al mundo que ya sabemos, bueno pasando a otras cosas…

Ahora sí está difícil, muchas veces la depresión es un escudo, a veces, debo confesar es un apestoso pretexto. Y ahora no lo tengo y debo apechugar y amarrarme los ovarios y salir al mundo, porque ahora sí ya sé qué quiero, cómo lo quiero, y sé perfectamente qué puedo hacer, cómo actuar, cómo salvar al mundo! No se esperaba menos de una idealista cuyo sentido de la realidad se trastoca cada que se emociona, cada cinco minutos, por la magia de la vida.

En serio, es mucha conmoción. Así no se puede vivir, soltando la lágrima porque el árbol baila con el amoroso viento, porque los bosques se mueren señores, como las reses que nos comemos, y los ojos del otro son profundisimo universos infinitos donde ya dijo Lévinas que sí, que ahí está el asunto de la vida. No puedo estarme conmoviendo con el ritmo de la vida y la complejidad de nuestro sistema de organización de la materia y nuestras contradicciones humanas, porque nomás no logro ser objetiva.

Ahora que es navidad reflexioné, sí, como todos los días… pero de pronto me dije, creo que he perdido la capacidad de asombrarme porque no me conmueve el amor que todos se profesan en éstas fechas. Qué tal si, jaja, sí, qué tal que finalmente haber entendido la naturaleza humana y saberlo ya todo ( ja ja) hace que la vida pierda su “magia” y me vuelvo una existencialista hipermoderna que ya sólo piensa en la moda, el placer.. vaya depresión.

Y NO, nada de eso, en cambio creo que hasta es raro vivir en el continuo joie de vivre, ésta alegría de vivir que nos hace saltar como caperucita y nos da éste brillo “especial” en los ojos.

Este año me pasaron muchas cosas buenas. Me cayeron veintes cabrones, como se diría en México. Se me removieron las arenas, se cumplieron mis expectativas, la vida giró y casi todo, extrañamente se acomodó. Me siento bien conmigo, ( la mayoría del tiempo ) me gusta cómo soy, me gusta pensar que somos como un cuaderno en blanco y siempre pueden escribirse nuevas cosas con fabulosas tipografías y grecas e infinidad de chucherías. Este año que no prometía tanto, me presentó a personas increíblemente inspiradoras. Ví cosas nuevas en las personas que ya conocía, y  concluí contundentemente que somos mil veces mejores de lo que pensamos, y que falta sólo aprender a ver más allá de las diferencias y demás excusas para conectarnos con otros. Eso no es tan sencillo, pero no es imposible.

Tengo ganas de hacer todo. Ver la vida de otros, sus posibilidades y luchas es muy inspirador. Y no se trata de pensar en términos de corrección moral en sus actos o de compararlos y ponerse todos en tela de juicio, en realidad creo que todos hacemos aquello que pensamos es lo mejor. Y si nos quitaran esa posibilidad infinita de errar y dejarnos llevar por el devenir y las circunstancias, si nos quitaran el derecho de dejarnos moldear por la vida misma nos arrebatarían también lo que nos hace humanos, el infinito en sí mismo. Aprender a ver eso es hermoso.

Supongo que crecer es aprender también a quitarle las máscaras a las cosas y a uno mismo. Entender genealogías, já,  responsabilizarnos por las decisiones que tomamos conscientemente. Debe ser, ser capaces de enterrar los viejos tótems, los intocables eruditos, los genios que con la capacidad infantil de admiración de un adolescente encumbramos en lo más alto del librero o de la pared, e infantilmente nos volvemos un tropezado esbozo de esos genios, todo menos nosotros mismos.  Éstas cosas se me ocurren inoportunamente mientras debo irme a preparar para salir a la calle, que tanto me cuesta volver mía, -era muy fácil estar en mi nido protegido “sanando” , lo difícil es salir y aplicar todo esto afuera, las noches después del tráfico, los acosos, las injusticias y todo eso que da vida a ésta ciudad amodiada.

Ese es mi gran reto, mi “Y luego”. No perder el asombro cuando deba hacer la tarea, las filas en el banco, el trabajo. No será dificil con las personas, los paisajes, los amores diversos y prolíficos, la música, el arte… el activismo, la libertad.

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