La Renta

 

Dejaron el dinero sobre mi escritorio. Eran las dos de la tarde cuando desperté, todavía me dolía el cuerpo y mis cobijas y mis sábanas estaban enredadas y revueltas. Como si me hubiera retorcido durante la noche. Tuve la sensación de haberme quedado quieta, estaba cansada, enojada, tuve una de esas noches en que uno no puede dejar de pensar. Cuando me dormí ya casi amanecía. Todo había ocurrido temprano, pasadas las siete de la noche.

Llegaron a visitarme como todos los domingos, yo un poco desanimada abrí la puerta, les di un beso, un abrazo invernal. Nunca he podido abrazarlos bien, cuerpo a cuerpo, siempre creo anteponer mis codos a sus costillas. Luis sabe bien porqué, me lo explicó una de las primeras veces que lo visité. Hay una cosa, una teoría teatral “psicológica” donde se ubica a las personalidades de la gente dentro de un círculo. Tiene cuatro cuadrantes, cada uno pertenece a una estación de la vida. -Tú eres un ser invernal, me dijo.

 

Los seres invernales no es que vivamos en un país nórdico. Lo que nos pasa, según dicen, es que hemos saltado del verano directamente al invierno. En mi caso no entiendo muy bien el ejemplo, fui una niña tranquila, no pasé por la adolescencia con muchos sobresaltos. Mi madre estaba deprimida, incluso antes de mi nacimiento y yo no confiaba en las personas. Crecí con cara seria, con sonrisas a medio esbozar. La felicidad nunca iba a ser completa, eso lo aprendí el día que mi papá vino a visitarnos y me dejó una carta llena de promesas; un hermanito con quien jugar, una casa frente al mar, una familia feliz. Se fue al día siguiente y nada se cumplió, esperé años, crecí, me convertí en la hija que le habría gustado tener, pero nadie me veía, mi madre y yo éramos muy solitarias, así que nadie pudo decirle a tiempo a mi papá que podía regresar para quedarse. Mi madre no se daba cuenta, pero nos escondía del mundo, por eso cuando cumplí dieciocho años y me asomé un poco afuera y encontré amigos y una nueva libertad decidí irme. Se me había prometido un pastel de vida y era preciso devorarlo.

Esos años pasaron muchas cosas y supongo que ahora son parte de un limbo. No sé quién fui  durante ese tiempo. Quizá ese es mi otoño perdido, y ahora vivo mi inverno a los 27 años. Conforme pasó el tiempo y me llegó un tiempo de estar sola aprendí a sobrellevarlo; hoy el contacto con otros se resume  sólo al necesario. Aprendí a pasar meses sin buscar ningún acercamiento más allá de mis compañeros de oficina, una fiesta con música a todo volumen y visitas al bar cada quincena. Algunos me han dicho que debería volver a confiar, también tú me lo dices siempre pero no es sencillo. Los seres invernales también nos enamoramos aunque confundimos el concepto amar con “fundirse con”. Incluso he  llegado al punto de no poder pensar si no hablaba con él. Mi pareja era el objeto de mi atención, de mis esfuerzos, no me era difícil desbordarme dentro de él, era sencillo, completamente natural. Pero afloraron los demonios del abandono, lo acosé, lo interrogué miles de veces y clavé mis ojos sobre sus gestos como buscando los indicios de una traición ineludible. Un día traté de suicidarme, o más bien, construí una escena con sangre de verdad y heridas de verdad; cuando estaba en el hospital mi madre me avisó; Juan se fue del departamento. Y entonces vino otro espacio vacío, como las hojas en blanco que pertenecen a un cuaderno de apuntes, no puedo leerme ahí, ni siquiera soy legible para mí misma que puedo reconstruir los puntos ciegos entre las nimiedades que vivía.

La terapia con mi psicoanalista me ha ayudado mucho desde entonces, sólo soy una aspirante a escritora que comparte con la mayoría de las otras aspirantes a escritoras una historia de hogares rotos y amores intensos.

Trabajo por las mañanas en la oficina, donde me conociste, las tardes las uso para escribir, salir a correr al parque pues el ejercicio es parte de la recuperación. Los fines de semana me distraigo, veo a mis nuevos amigos, trato de llevar una vida ligera. Realmente no es difícil aprender a sobreponerse del pasado y de las contingencias que todos acabamos por experimentar de una manera u otra. Pensar positivo ha sido mi mejor manera de mantenerme bien, tranquila, productiva.  Hace dos meses logré mandar el primer borrador a la editorial para que me publiquen. A fin de cuentas tal es la intención del escritor, no sólo hacer reseñas y escupir terminajos eruditos para otros eruditos que escupen más terminajos. Sé que a partir de hoy las cosas van a  ser diferentes. Tendré que comentar con Luis el incidente de anoche. Sé que pronto, conforme lo hable y lo mire desde afuera iré comprendiendo mejor lo que pasó, mi lugar en los hechos, la huella que dejará en mi consciencia el accidente y lo que pasó después. Pero al menos estoy tranquila, la ciudad suena como todos los lunes, hace bastante frío y se me congelan los dedos pero mi café está caliente y me reconforta. El trabajo, el ejercicio y llamar a Luis mejorarán las cosas.

 

Anoche mi madre trajo pastel de carne, me puse la falda que me regaló, mi papá habló de que el país se cae, que el gobierno no es legítimo, algo así, que si no nos protege de la violencia no cumple con su función y debemos cuestionarlo y salir a la calle como hacen en Francia, allá donde vive mi media hermana con su nueva familia, a donde me mandaron hace dos años en el verano para recuperarme visitando museos y practicando mi francés, donde le dije que estaba enamorada de ella y de su marido y se asustó y acabó por mandarme de vuelta porque recordó la vez que me llevaron a conocerla y yo la vi tan bonita en su vestido gris de lino que quise que fuera mi hermanito y le corté el cabello. Su mamá se enojó aunque a mi papá le pareció gracioso, tampoco supieron de lo que pasaba cuando dormíamos juntas, pero ella se acordó y se sintió extraña, acabó regalándome cosas, un suéter y un disco de una francesa hermosa y brillante como ella, siempre quise sentirme así, como ella cuando salía en todas esas fotos colgadas en la oficina de papá. Su mamá no estaba siempre enojada, creo que la mía no lloraba tanto, aunque anoche lloró y mucho, pero la de ella, Jacqueline, era más amable y cariñosa. Me acuerdo que cuando era niña me gustaba mentir acerca de mi nombre, yo me volvía mi hermana Chloë y les contaba que era escritora, pero una en ciernes, una escritora chiquita que vivía en Francia y hacía cuentos para niños, sí, para niños tranquilos que no les pegaran a sus hermanos ni mintieran diciendo que eran hijos únicos o que sus hermanos estaban muertos.

 

Sólo recuerdo que alguien azotó la puerta de entrada, aventé la comida, me fui a mi cuarto para alejarme del ruido.Aunque no podía huir, tenía el ruido en mi cabeza, las imágenes, las voces, tenía aceite en la blusa, la lavé, la puse a secar, me acosté encima de las herramientas, no me dejaban dormir.

Entonces me llamaste por teléfono, en la madrugada. Te conté que me había enojado con ellos porque no querían ayudarme a pagar la renta, porque nunca me ayudaron a nada, porque les valía madres, pero no me dejabas terminar y me contaste, me dijiste que tenía que ir a reconocerlos, que todo había sido muy rápido y que mi hermana ya había tomado un vuelo a México, que se quedaron sin frenos en la carretera. Yo me alegré de poder volver a verla, por eso quiero que me acompañes, verá que estoy mejor y estoy contigo,  que mi recuperación es satisfactoria como dice el doctor. Necesito que compres unos dulces de coco, a ella le gustan, va a preguntarte porqué no voy al funeral, pero dile que ha sido urgente, que tuve que ir a pagar la renta.

 

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