Huída

Estaba a punto de dormirse. Cuando apagó todas las lámparas recordó que estaba descalza, y que aún había trozos de cerámica sobre la arena. No quiso hacer ruido, trató de recordar la disposición de las alfombras y los muebles. Tropezó con un cojín de lana y tuvo miedo.
Recordó sus historias de hace años, en que se quejaba diciendo que “ésta noche las flores de las paredes no despiden aromas” en que sentía brotar las hiedras y las enredaderas de los muros, y se sabía viva y vibrante. Cuando todo se volvía oscuro, y las penumbras envolvían los cuerpos y los vacíos con canciones de cuna y de cobijo.
Luego le volvío la realidad a la memoria. Sus intentos por volar hacia los más brillantes confines en un sencillo soplo no eran más que una ensoñación. Se supo bidimensional. Miró sus líneas oscuras y alargadas, respiró profundo y se tendió, una noche más sobre el muro más alto, sobre el marco de la puerta principal.
¿Es que vendrá alguien un día a pronunciarme? – dijo – a dejarme volar sobre la tibia duna de sus labios, para volverme libre y cumplir así con mi destino, hasta que mi color se pierda en el ocaso de un otro amanecer pacífico en que pueda, finalmente olvidar mi condición de simple caligrafía…
Al día siguiente el sheikh notó que sobre su ventana había una nueva inscripción, detrás de si había dejado una estela de tinta difuminada, donde cabían como dulces sombras miles y miles de historias como ésta.
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