La suerte

Robert y Nadine Morin llegaron al hotel un viernes en la noche. Estaban cansados, tan cansados  como una pareja de 80 años puede estarlo luego de un viaje desde Paris hasta Cancún. Los recibí ya cansada también, sin ánimos. Esa semana habían llegado un grupo de alemanes jóvenes al hotel y los días estuvieron llenos de juegos al aire libre, viajes en catamarán, piscinas, diversión de europeos en tierras mexicanas y mi consecuente fatiga y tedio de ñoña amargada. Además no había sido  fácil evadir las invitaciones de los huéspedes, en realidad eran guapos y empezaban a tentar mis entonces purísimos valores castos y apretados. Pero entonces estaba a punto de llegar un cierto novio francés con quien alguna vez pensé en casarme. Sí, alguna vez pensé en casarme. Así que no hice caso a ninguna invitación germana. Era animadora en un club francés, daba clases todos los días de fitness y etc, eso ya lo sabemos. Siempre me quejo de esa vida superficial de buffets y catamaranes y camarones, también la disfruté, no me quejo de todo, conocí a personas muy “lindas”, de todo, desde clasemedieros parisinos de la banlieue hasta ricachones retirados que se pasaban la mitad del año en paraísos y hoteles de primera, pasando por musulmanes de clase media cuyas esposas me ayudaban a leer el corán y a aprender suras, muchos huéspedes me enriquecían el día, hacían que valiera la pena todo, me compartían un poco de sus anécdotas, me daban alegría.

Robert y Nadine fueron de esas personas entrañables. Estuvieron dos semanas en el club, pasé mucho tiempo con ellos llevándolos a dar paseos por la costa, traduciendo, jugando scrabble o ajedrez y hablando de las cosas que me pasaban, de lo que había pasado antes de llegar a la playa y de lo que estaba por pasar con el novio francés. A veces, como había ocurrido con Robert y Nadine, los huéspedes me trataban como a una niña desamparada, sabían que estaba sola, que había viajado a esa selva, que trabajaba todo el día y no tenía familia, ( ni amigos ) cerca, a veces me veían con ternura, me dejaban descansar quedándome sentada con ellos y me regalaban cosas. Eso me hacía sentir aún más desamparada porque me recordaba lo vulnerable que yo estaba realmente entonces. Me hacía siempre la fuerte, me defendía del racismo y las injusticias laborales e iba por el hotel con la nariz en alto, alardeando una  dignidad propia que según yo, los animadores desconocían por completo. Pero por las noches, me metía a mi cama, me metía bajo las sábanas y lloraba. Estaba totalmente sola, con el corazón roto aún, sin suficiente dinero, sin amigos y trabajando en algo muy cansado y que al principio me parecía humillante ( aerobics en bikini frente a una piscina y música elcetrónica ), sin embargo con ese par de viejecitos me sentía como la nieta que nunca fui.

Robert era un francés bajito, de mi estatura por la edad, un poco panzón, como un abuelo dulce y amable, y Nadine era un poco más jóven pero ya se notaba el cansancio en su paso pausado y gentil. Tenía una sonrisa alegre, reíamos mucho cuando llegaba la hora del jeux apperitif, y yo pronunciaba mal a propósito los números de la tómbola o o me burlaba de los animadores franceses cuya ortografía estaba muuuuy por debajo de la mía. Nadine era una mujer de cristal, transparente, que me cuidaba y me aconsejaba, usaba un perfume de vainilla y su cabello gris brillaba como un tenedor de plata bajo la luz de la luna.

Un día les conté de la tristeza, de que pensaba que el amor no era ya algo que me planteara como posible, porque no confiaba en nadie, porque nadie me parecía cercano, ni yo capaz de ser apreciada y así mi larga retaila de lamentaciones una tras otra salió hasta que me desahogué. Pedimos un “petit café” Robert empezó a jugar con sus cartas entre las manos y el juego se detuvo, se me quedó viendo y me contó de Nadine.

Nadine había sido su mejor amiga durante la infancia y buena parte de la juventud. Yo pensé, “Vaya, una pareja perfecta más qué admirar desde afuera del aparador”  “Seguro pasaron toda una vida juntos, nunca ninguno abandonó al otro, juntos hasta envejecer.. .” Pero entonces Nadine me dijo que su marido había muerto cuando ella tenía 45 años.

Y lo siguiente que me contaron siempre ha sido motivo de esperanza para mi. Robert viajaba con su esposa y su hijo una tarde hacia España desde el sur de Francia, donde vivía con su familia. Su hijo tenía 23 años y viajaba en el asiento trasero y su mujer en el asiento de al lado. De pronto se atravesó un camión de ovejas, el coche de Robert Morin rodó por una colina, y él despertó tres días después en un hospital de la campiña francesa. Sólo él sobrevivió.

Después de eso vivió deprimido algunos años, perdió su empleo y fue a vivir a casa de Nadine y su esposo, eran muy buenos amigos ya, y Robert pudo encontrar quien cuidara de él mientras superaba la tristeza. Poco después murió el esposo de Nadine de un ataque cardíaco. Y quedaron solos los dos amigos en una misma casa, acostumbrados ya el uno al otro y en un nuevo silencio de casa grande compartido.

Nadine se jubiló a los pocos años, y Robert cobró una herencia y vendió algunas propiedades, como ya no trabajaban ni tenían responsabilidades decidieron viajar juntos cada año. Recorrieron África, un poco del Medio Oriente, y hasta hacía poco habían empezado a venir a América. Llevaban 20 años viajando juntos y diez años de casados, porque una vez mientras caminaban en algún pueblito europeo sintieron que estaban enamorados, y se casaron ahí mismo, los dos viejos de setenta años.

Se amaban mucho, se cuidaban, también discutían. Ella lo regañaba porque tomaba demasiada azúcar en el café, y él la molestaba nadando demasiado en la piscina y asoleándose de más. Por las noches, cuando yo me iba caminando sola en medio de la arena oscura, el mar ruidoso y la brisa fresca los veía acercarse a su habitación, de la mano, lentamente, cuidando de no enfriarse, procurándole uno calor al otro.

Se fueron un viernes en la mañana, nos despedimos, me dejaron su tarjeta para que escribiera y los visitara, me abrazaron los dos, “la petite Isa” me llamaban, “sois sage”, vive tu vida con amor, se subieron al autobús, agité la mano, se alejaron, yo me di la vuelta tranquilamente y mientras volvía caminando a mi casa lloré.

El mar y el amor están juntos siempre en mis historias. Mar de amores en vez de mal de amores, hoy me duele el corazón, un poquito, duele pero encima de eso está el amor que sobrevive como una llamita que no se extingue, que sabe mirar a través de la confusión y las ilusiones falsas que éste mundo tiene por todas partes. El amor tiene muchas formas.

Ahora mismo es  un mar adentro profundo y gigantesco, como un corazón en mi presentir mañanas. Es la pata de mi perro que duerme junto a mi, el abrazo de consuelo de mi mamá, las palabras de mis amigos, la música de mi hermano, las convicciones de mi padre. El pulsar de mi cuerpo enamorado, el aire que respiro.

Y es lo que no tiene aspecto, ni nombres,ya sea  que lo diga o no lo diga existe, que lo escuche o no lo escuche se siente, da vida y no se detiene nunca, y tiene miles de formas, todas posibles, como semillas en el corazón de todos.

Ahora espero la lluvia, y pienso en Robert Morin y su compañera de vida, y sólo puedo sentir gratitud.

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Un comentario en “La suerte

  1. Isadora,
    Esta historia es muy bella. El mar, el océano, son profundidades que nunca conoceremos del todo. Y así, el amor.
    No sé si has leído “Océano mar” de Alessandro Baricco. Pero mucho de esto, tiene.
    Tu blog es muy sentido y me gusta mucho 🙂 Un abrazo!

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