Pesadilla

(Fragmento)
Anoche hacía calor. Soñé que llevaba unas babuchas que no me pertenecen, mi piel era más clara y mis manos más largas, aunque no pude ver mi rostro por más que lo buscaba en la neblina espesa de los espejos.

 

Había despertado al sueño gracias a un sonido, una especie de grito inanimado que venía de la ventana, y más allá del exterior, donde parecían haber grandes camellos ruidosos y se perdían sus voces con los truenos que expedía el bullicio de lo que luego me dijeron se llamaba “calle”.
Me levanté y me vestí con unos ropajes muy extraños, justos e incómodos que impedían el movimiento de las piernas, demasiado gruesos y con costuras rebuscadas que le daban a mi cuerpo una exageración de formas no importantes. Salí de la habitación y una mujer que era mi abuela me llevaba de la mano a una habitación cubierta con maderas, objetos de cristal y una porcelana blanca y lustrosa que jamás había visto. Cuando era niña me contaban que había extrañas porcelanas que transitaban la ruta de la seda, pero jamás vi ninguna, ni llegué a imaginarme su peso ni su textura, tan distintos a los jarros de arcilla que teníamos en la tienda de mis padres. Bebí un liquido caliente que tenía un nombre extraño. De color café y muy espeso, dulce y amargo al mismo tiempo. Sobre la mesa había trozos de un pan mal cocinado, lleno de aire y que daba la sensación de masticar las nubes. Me dijeron que era costumbre untar de un jocoque amarillento y grasoso, de olor penetrante y cálido al paladar, pero no terminé el bocado porque a la habitación entró un hombre de repente.
Dudé de las costumbres, en el sueño mi realidad era nueva y extraña, pero finalmente se trataba de esa certera eventualidad en que me encontraba sin preguntarme cómo ni porqué, en una nebulosa instantánea de sueño donde las cosas posibles y sus límites no son importantes. Normalmente encontrarme comiendo en una mesa a la hora del primer alimento y en presencia de un hombre era razón para ser castigada y llevada a la sala de las postraciones para quedarme ahí varios días repitiendo las recitaciones del salat y sin quitarle la vista al mihrab. Pero en esta ocasión a nadie pareció importarle que compartiera la mesa con un hombre, y aún más que me presentara sin haber practicado las abluciones necesarias.
Recuerdo que atravesé el jardín de la casa, tenían extraños perros enanos y cultivaban flores distintas a aquellas con las que había crecido. Unos botones rojos y redondos de pétalos se mostraban bajo la luz opaca que daba el sol esa mañana. Atravesé la reja de la entrada, y me quedé atónita ante el espectáculo que había ante mis ojos, unos sombríos seres de metal navegaban en extraños caminos hechos con una tierra negra, conforme avanzaba vi altísimos cementerios hechos con cristales. Aunque los seres de adentro se movían iban todos vestidos con extrañas cajas grises de una tela opaca y triste. Tenían prisa por hacer raros acomodos de papeles con sus manos, parecían faltos de entusiasmo, levantando piedras con estambres ensortijados atados a ellas y recitándoles cosas a los objetos. Sucedía lo mismo con algunos difuntos que cruzaban caminos corriendo, como si en ese mundo donde convivieran los vivos y los muertos existiera un exclusivo purgatorio de la premura, de soledad y falta de oración.
Así recorrí algunos lugares, observando maravillada como aquellos cuerpos repetían los mismos movimientos, esquivando armatostes gigantescos donde otros muertos se transportaban, deteniéndose ante el cambio de color de los fuegos colgantes, mirando con temor a sus alrededores, y cantándole cosas a unos hilos que tenían pegados al rostro.
Encontré un jardín donde había muchos niños pequeños, algunos, los más callados me daban la impresión de conservar algo de vida en sus cuerpos, sus ojos eran aún profundos, y demostraban que quienes aún poseían esa llama divina latiéndoles dentro, estaban siempre cabizbajos, tristes, en una especie de sueño profundo que les protegía de esas crisis de llanto, que según me contó un anciano les daba a algunos cuando abrían más los ojos del corazón y notaban con horror el verdadero mundo al que estaban destinados.
Me senté en una banca, vi que tenía un pequeño bolso que había llevado conmigo, y comencé a escribir una historia cuya trama no logro recordar. Cuando desperté de nuevo tenía puestas mis babuchas y me sentí de nuevo en casa, en la cálida tienda de Dimashq donde nací y he crecido. No le he contado a nadie más de este sueño, ha sido una revelación de otros mundos quizá, y sé en mi corazón que Alá (El Compasivo-El misericordioso) no me dejará caer nunca caer en tales mundos.
Aunque debo confesarle, señor viajero, que se ha tratado de una advertencia amable. Si pudiera contarle al mundo lo que he visto en mis sueños me sentiría aliviada, hay en ellos otras historias y otros seres, tantas distintas lenguas que nadie se imagina, que al dejarlos salir sucedería lo mismo que busco tanto viniendo a este balcón de la mezquita. Pero, sepa, mi madre ha venido a buscarme y no debe hallarme hablando con extraños. Le parecerá más raro aún verlo a usted tomando notas y en esta parte reservada para las mujeres.
Damasco, año desconocido, (rollo de papel antiguo hallado en la tumba de un viajero, en el año 1200)
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