convalecencia

 

Es una enfermedad, no es nada nuevo,  ésta costumbre de abandonar el paraíso para venir a escribir se está volviendo fundamentalmente perturbadora, al menos para tí. Empieza a molestarte tanto como que deje notas por todas partes. Que haya escrito un teléfono en tu pared porque no había papel dónde anotar. Estabas desnudo, bajo la luz del medio día que cubre los silencios en el verano. Como si la temperatura del sol tuviera la capacidad de rellenar los huecos que dejan la adultez dentro de la convivencia humana.
Humanos, sí, de carne. Y al fin y al cabo no se trata de ficciones solamente lo que escribo, como dices. Supongo que sabes que cuando te miro sin decirte nada, y me olvido que estás delante mío , cierro los ojos y  me voy a otro lugar,me dejo caer boca abajo sobre la cama. Éstos días mi lugar común es “otra parte”ailleurs, me digo en silencio, mientras tomo el transporte para ir al curso, cuando leo frente a todos los secretos que piensan que me invento, pero que son ciertos, los golpes, las sonrisas maliciosas de los tutores, la vez que llené de agua del excusado las botellas de productos químicos del alemán porque me pareció racista y ofendió a la señora de la limpieza, me abro al mundo pero me cubro al mismo tiempo, digo dos cosas. Esa es la historia de mi vida, la división del ahora con los mundos posibles donde quisiera estar, la longitud de mi cabello que representa inversamente la cantidad de tiempo de vida que me queda. Me crece el pelo, escribo desordenadamente, en realidad no pienso, escribo porque sé que alimento tu miedo, que tu miedo será mi postre cuando el agua se derrame del vaso, y ni el vino ni las ilusiones sean suficientes. Te despiertas, me miras, me dices que desnuda y sin maquillaje parezco otra persona. Y lo soy, cada día soy una mujer distinta, a veces soy una adolescente, me descompongo para adaptarme al otro; como un camaleón con buenas intenciones que hace empatía al tiempo que respira, pero el día que te conocí, ¿sabes? llevaba menos camuflajes que ahora.
Te enamoras, me dices que te asusto, me miras de reojo, me vigilas, empiezas a asfixiarme, lo propicié dejándote abrir mis páginas, tocando tu piel con mis pinceles, yo te dejé entrar. Hoy no puedo quejarme porque sé que mientras me ves escribir sin detenerme y me piensas fenómeno, te sé tan profundamente y te tengo el mismo miedo que decimos finalmente no tener. Y te quisiera abrir con un escalpelo dulce para guardarme adentro y encerrarme, porque ¿sabes? tampoco se acabó mi pesadilla, cambió de forma, cuando se aleja la tristeza llega una calma igual a la que antecede a una tormenta. Como flotando en un barco en medio de una diáfana mañana sobre el mar, espero a que algo pase, como ahora, que rompa la tensión de este momento en que me observas, te revuelves en la cama, te levantas, pronto voy a dejar de escribir esto. Pierdo toda cordura si te acercas, me voy a otra parte, a este paraíso que no escogí, que no existe, que escribo, porque me sigues viendo en éstas letras, me escudriñas, lo sabes todo, me desahucio porque sólo existo si me lees, me acerco al punto final, todavía no sabemos cómo se cura la escritura.
D.F., mayo  2010
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