fragmento de, “La frontera escrita” cuento

No es tan difícil. Hay que tener un poco de hipocresía, un poco de frialdad. Hay que tener bastantes pretensiones, por ejemplo, yo no soy escritor, no busco serlo, pero los jueves vienen a mi casa viejos amigos del trabajo. Dejan tanto perfume a tinta masticada en mi casa que me es imposible no teñirme de sus aromas e impregnarme de sus voces. Yo abandoné el sueño de la ficción por la practicidad formal del periodismo, hablar de cosas que suceden me llegó a parecer honesto, verdadero.

Para las ficciones ponerse otra piel es necesario, y como ven no es ninguna hazaña. Miro los párrafos de los otros e imagino el color de la lectura como si se tratara de un abrigo, por eso digo que hay que ser hipócritas, escribir es ponerse abrigos de palabras, volverse unos, desenvolvernos como otras cosas.

Me basta con pretender que se mira una fotografía. Algunos los llaman textos, quienes piensan que escribir no es dejar un trozo de piel propia bajo la vista del lector, son quienes  se desnudan más que nadie. Cada palabra que escupen en sus escritos se les cae de encima. Queda el pecho desnudo, los vellos secretos, las cavidades.

Cuando miro esas fotografías toco palmo a palmo sus texturas. Conforme pronuncio en mi mente sus palabras me deslizo lentamente del otro lado del tiempo y de la tinta. Me escurro entre el silencio hasta tocar sus labios interiores, me anticipo a lo escrito.
El nuevo dibujo que formo con lo que encuentro adentro de los escritores nunca es mera especulación. “Mera especulación”  -Curiosa forma de desprestigiar los ojos poderosos. Noto detrás de una  sobre adjetivación montañas de lecturas pasadas. Sed de confirmar sus vocabularios. Y bajo esa sed un diminuto placer que se alarga en medio de sus noches, en medio de las piernas, que siempre es pequeño, secreto, que no sobrevive al sol del mediodía.
A veces huelo un dejo ácido de cafés cargados en la boca. Siento la grasa que los dedos llevan de la cabeza a las teclas. Los imprescindibles cigarros impregnando las barbas descuidadas, llenando el cenicero que cuando se vacía  toca la paradoja; se tiran despojos de su ego aunque siempre el ego siga ahí. A través de las pocas palabras que se esbozan detecto pequeños universos, diminutos gestos donde toda la realidad se aglutina,

También sé que al ser leído, si lo fuera, sería escudriñado, destazado, tendría el olfato aguzado de muchos y  las yemas de sus dedos deslizándose curvas entre las comisuras y entre todas las historias que nunca estaría dispuesto a contarme. Su lengua lamería el trayecto invisible que nos une poco a poco a través de distancias imposibles, entraría por la puerta de la tinta, saldría directo como un rayo de luz a través de la tipografía, su saliva llegaría a mi boca, sus labios a mi garganta. Todo su presente estaría inyectándose lento en mi pasado, en mi ahora. Pero no necesito narrarme así. Soy el vuelco de mi propia historia.

Nací en la capital, hace más de cuarenta años. Como ya dije, quise ser escritor pero acabé haciendo reportajes y siendo columnista. Lucía y yo nos conocimos en la universidad, a los tres meses nos mudamos al mismo departamento y nuestro primer hijo nació dos años después. Trabajamos y construimos un patrimonio juntos y así permanecimos hasta hace un par de años. Ahora vivo sólo y no veo a los niños, todo resulta mejor así, por ahora.

Me he mudado a las afueras para facilitar el traslado a mi trabajo y poder seguir en contacto con mis hijos. A Lucía le resulta difícil estar conmigo, es como si a través de mi piel pudiera ver de frente  eso que presentía todos estos años, aunque hasta ahora para ninguno de los dos sea claro qué nos sucedió. Siempre tuvimos claro de qué lado del mundo estábamos, cual era la frontera que de estar dispuestos a cruzar nos haría acabar por olvidar todas las promesas de libertad y justicia que tanto criticábamos de jóvenes. Tuvimos esos valores en cuanta cuando nació Abraham, cuando elegimos el barrio donde vivir y decidimos no emigrar a Boston o a Europa porque había compromisos arraigándonos, esos compromisos nos dieron fuerza y empuje. Nuestros hijos crecieron bajo ideales igualitarios entre una aguda crítica y una aguda conciencia.  Habíamos establecido una dinámica de vida bastante cómoda, satisfactoria. Aún después de declararnos de izquierda cuando jóvenes, y dormir en comunas y participar alzando la voz, repitiendo consignas y mostrándonos en contra del gran sistema consumista y de derecha, nos sabíamos adentro de una rutina, parte del tráfico de las dos de la tarde, privilegiados, dentro de un círculo flamante, élite nacional, arte, trabajo y vida social activa. Funcionábamos en el engranaje de alguna manera. Lucía se daba cuenta de su suerte. Durante la crisis del 94 tuvimos ciertos desajustes, los niños estaban muy pequeños y no se dieron cuenta de que nos separamos temporalmente. Las cosas no iban tan mal, ella no pasaba por buenos momentos de salud, yo no tenía tiempo y hubo reestructuraciones en el periódico así que el ambiente era especialmente tenso. En febrero del mismo año recibíamos llamadas amenazando a causa de un reportaje mío donde exponía la mafia del nuevo gabinete. Tomamos la decisión de darnos tiempo para respirar, para asimilar las implicaciones de nuestra nueva condición de deudores, aceptamos ayuda de su familia y de la mía y a diferencia de otros la devaluación no nos despojó de nada, curiosamente nos beneficiamos gracias a mi suegro, a quien por respeto a Lucía y a los niños nunca cuestioné. Sin embargo mi orgullo se había venido abajo, las ideas políticas no siempre nos permiten quedar bien parados cuando surgen ciertas circunstancias y  deben mantenerse   responsabilidades.”

continuará

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