Nunca visité Fez.
Sabía solamente, mientras te escribía, que me encontraba bajo el cielo calcáreo como la roca, y que estaba descalza y muda encima de la hoja de papel. Mirar a un extraño a los ojos era dirigir hacia él el discurso afónico que no dejó de escribirse, desde que salí de mi casa, cuando abandoné mi familia.
Las miradas lejanamente extrañas, grises y brumosas tejían en el aire una misma seda. La ciudad entera había aprendido a hablar con el paso de los siglos, através del aliento de sus habitantes. El aire que se respiraba tenía en sus partículas piezas inéditas de música callada. Sollozos, historias conocidas, secretos futuros. La conciencia volaba sobre los tejados, teñía los lienzos de un rojo intenso, dotaba de brillo a los cristales y de misterio las caderas.
Llegué por la noche. Las calles se empalmaban una sobre otra, una misma ventana nacía de un camino, y se incrustaba en las piedras de algún puente, y así las sombras lánguidas y soñolientas bajo el brumoso calor nocturno daban forma a unos muros que escurrían techos, que invitaban balcones y que intuían puertas. Mis pies dejaron de adormecerme en la quietud, lámparas de cobre, hotel pasajero en equipajes, piernas que bañan el baño de sus aguas verdes, y no seré más yo, alguién más, con mi secreto en el mismo cuerpo despertará a otro día, aunque en el aire viaje hasta el principio de los tiempos, el recuerdo que guardo de aquello que me espera.
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