El preámbulo

Ella se sienta frente a la ventana en la hora azul. El día se va apagando poco a poco, no hay ruidos de ciudad, ni nada, sólo sus pensamientos, un poco de rumor de una lluvia que viene y nada más. Toma unas verduras con la mano, las lleva a su boca, una a una. Un día, ella lo piensa, quizá  se encuentre en medio de la nada, mirando al norte, pensando en el camino que habrá que recorrer.

Observa las plantas del otro lado del vidrio, respira lentamente hasta que recuerda que puede respirar más profundo, como las plantas de afuera, que tienen todo el aire del mundo para sus pulmones. Ella es así, una quietud que de tan quieta empieza a volverse llanto, grito. Otra vez es un deseo de renacer, renombrarse, cambiar todo, buscar. Otras veces ha dejado atrás su vida, rutina, amigos, deberes. Un día nada de eso existe, no es vigente, se pasa. Y entonces el desierto. No es que no entendamos el mundo, es que no sirve entenderlo. No sirven los conceptos, la construcción, no se trataba de encontrar un sentido, si no de habitar el misterio. No era el deseo de ser héroes, es sólo que sólo hay una vida, y uno mismo  en un instante, puede elegir creerse las mentiras que se ha dicho toda la vida, o dudar.

La tarde está quieta, no hay viento, un silencio, un silencio interno que ya no sabe nada.

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