El otro día

Destino. Sí, o el caos natural del universo sobre el cual nos empeñamos de poner un sentido. No lo sé.

El domingo pasado me desperté temprano para ir a la Ofunam. Quería despertar tranquilamente, tener tiempo de tomar un café, escribir en mi libreta lo ajetreados que han sido los días. Y quería hacer ejercicio y todo eso…

Pero desperté muy tarde. Tuve que salir rápido, no pude bañarme, tenía prisa, mucha prisa, quería encontrar a mi nueva amiga a tiempo…

Pensaba llegar al Centro Cultural Universitario caminando, y pensaba bajarme en el metrobús… pésima idea, estaba muy lejos y la entrada por insurgentes estaba bloqueada. No sabía cómo llegar por dentro de CU a la sala… y ya iba diez minutos tarde.

Encontré a un anciano de traje, que preguntaba a los transeúntes cómo llegar al mismo sitio a donde yo iba. Le pregunté si podíamos ir juntos y accedió. Finalmente caminamos durante 40 minutos por dentro de las calles de la universidad. Árboles y más árboles. Cuando preguntábamos a las personas si estábamos cerca nos decían; -Uy! no! están muy lejos y es aún más lejos caminando.

El señor y yo decíamos… últimamente ya nadie quiere caminar, ya nadie quiere hacer ejercicio… y él empezó a contarme de su vida…

-Cuando uno hace lo que a uno le gusta la distancia nunca importa, (me decía) Bach, ¿conoce usted a Bach? -Claro, le dije. Bach caminaba kilómetros y kilómetros para ir al poblado aledaño y tomar clases con Buxtehude. ( nombres que conozco gracias a haber tenido un novio músico muy apasionado). Y así, me iba contando de la vida de Bach, ese día iba al concierto porque su maestro de Historia de la música ( a los 78 años tomaba un curso de historia de la música!!!)  les había dejado de tarea escucharla. Entonces me contó más, era bailarín de joven. Bailarín de danza mexicana profesional, y había viajado con Amalia Hernández. Caminamos un buen rato más y me dijo;

-Yo no sé qué mundo te va a tocar vivir Isa, no sé que va a pasar en diez años cuando yo ya no esté.

Y entonces hablamos de la situación actual, del panorama general del mundo. Llegamos a la sala y nos despedimos. Nos deseamos buena suerte y me quedé pensando, cómo me gustaría tener un abuelo cerca con quien compartir la visión del mundo. Que me dijera… sí, la vida humana es así, es el mundo que tienes que vivir. TIENES que… ser fuerte, seguir, ser tú… No tuve un abuelo así. ¿ Por qué no escchamos a la gente mayor? ¿Cuantas veces hablamos y escuchamos lo que tienen que decirnos? …

Encontré a mi amiga ya hablamos de malos amores. Del dolor… de que la realidad a veces nos sobrepasa y sólo queda sentir. Y empezó el concierto y la décima sinfonía de Mahler me dejó perderme en mis pensamientos. Recordé cuando solía relacionar siempre la música de concierto al amor que según yo me había destrozado. Y que ahora recuerdo con mucho agradecimiento y cariño. Y me dije, al fin la música vuelve a ser mía. Y me sentí libre en la butaca, sintiendo todo. Y me dije, deja de ponerle nombres a los sentimientos. La experiencia de vida, lo que nos dice cada segundo la música de Mahler es que… no hay conceptos suficientes, ni cosas definidas, el concierto de la vida es vasto y demasiado grande para nombrarlo y pensar que lo entendemos. Las lágrimas del adagio no nacen de la mente.

La décima sinfonía de Mahler para mi, habla de lo imposible que es para nosotros atrapar las experiencias en un instante a través del lenguaje. Es como alejarnos de la seguridad de las palabras, vagar lejos en un paraje donde se mezcla lo mosntruoso, lo caótico, lo que no podemos imaginar siquiera, y lo otro; lo sagrado, la visión de Dios que nos mira con ternura y comprensión, diciéndonos quizá; es hora de que se vayan todos ustedes de la casa que me construyeron, váyanse lejos a viajar por lo desconocido, de cualqueir forma yo estoy siempre aquí y en todas partes.

Hay mucha pena en la décima sinfonía, o eso sentí yo, quizá eran sólo mi dolor y mi incomprensión  de las cosas. Mis millones de preguntas que me hago al día hay un caos como el mar de noche cuando hay tormenta, y hay locura. Pero al final hay unas notas dulces, después de la tormenta arriba una calma muy amable, como una ola que va dejando sobre la playa una barca, poco a poco, pacientemente, como si existiera toda una eternidad delante para tocar la tierra, y poco a poco así la barca deja el agua, y se instala en los violines de miel, y hay un guiño; una grandiosidad que se va volviendo pequeña, toda la experiencia amarga y hermosa de la vida se condensan, y sólo queda contemplarnos adentro de esas olas en un ir-hacia,  sin descanso, repleto de una inmensa inmensa ESPERANZA.

Así terminó la décima sinfonía. Y comenzó todo lo demás.

Tuve una hermosa mañana y lo agradezco mucho.

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Un comentario en “El otro día

  1. La Ofunam también significó un amor que me introdujo a ese mundo, y he podidio retomarlos ahora a través de mi amor más permanente, mi pequeño violinista.

    También estuve pensando ayer en que ojalá tuviera una abuela sabia a la que escuchar.

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