Sabias

Ellas están allá. Lejos ahora. Anoche me miraban desde la ventana, varias adentro de una casa alta, detrás de otra ventana. No quiero que estén ahí. Puedo ver a través de sus ventanas, tienen hierbas que cuelgan, alcanzo a ver algunas tripas de borrego colgando, se mueven las cortinas, no me gusta mirarlas ni saber que están ahí. Váyanse. Ya no les pertenezco, me fuí. Huí para llegar con ustedes, mujeres del fondo de la tierra, y aprendí mucho. Pero no quiero que sigan tan tatuadas a mi frente, ni quiero sentir que mis párpados se cierran cada vez que alguien tiene el deseo de abrir un oráculo. ¿para qué quieren conocer el mundo invisible, si aún no saben amar en el visible?

También cuelgan de sus paredes tripas de animales, y ustedes me miran desde su casa oscura, y me dicen traidora, porque ahora observar su cabra blanca con ojos rojos me da náuseas. -¿te asusta? .-No, no es temor sino tristeza de pensarlas aún en ese nicho de tormentas. Ustedes piensan que saben con quien juegan, que recuperan un “algo” que la historia nos ha robado a todos. Yo ya no tengo ganas de conocer los sueños, ni de mirar las cartas, ni de pensar que saber un desenlace me ayudará a entender mejor el mundo.

A veces buscas una señal afuera, una palabra clara, y no lo necesitas. Por eso me fui, porque en el mundo ya lloramos las injusticias, ya tuvimos rabia por el daño que se nos hizo, pagamos caro contener el secreto de la vida, y nos dolió el miedo del hombre en cada hoguera, y podemos seguir maldiciendo por la muerte de los hijos, de las hermanas y las abuelas, pero eso no va a volver el tiempo atrás.

Miro a las hermanas corriendo de un lado a otro, pintándose las uñas, preguntando a los árboles, jugando a la mujer moderna, pidiendo llenas de fe a una sabia bruja que les ayude a quitar sus obstáculos, a maldecir, a atar al otro. Miro sus ojos secos y sus caderas gordas, sus rostros desfigurados, miro sus corazones, y su dolor. A veces en las noches cuando entra por la ventana el aire húmedo me viene la memoria de otros días, como cuando ha pasado el tiempo y recuerdas una escuela, así pienso en las hierbas y las estrellas, y los densos bosques y los pies descalzos. Todo eso sigue conmigo, no puedo olvidarlo, se hizo sencillo asomarse sin permiso al pecho de las personas, usar la parte más oscura de los ojos para que nos escuchen, soñar con lo deseado, saber del amado por el pensamiento. Pero ya no vamos, hermanas a ninguna parte. Nos perdemos a nosotras mismas buscando la luz en muchas lámparas cuando existe el sol. Aferrándonos a una llama luminosa que permanezca todas las noches aunque sepamos que cada mañana la luz regresa y vuelve a tocar la tierra. Por momentos puedo perderlas de vista, desaparecen entre la multitud, ellas solas, se apagan. Luego regresan poco a poco, lanzan sus señales repetitivas, las murmuraciones, las envidias, esas erinias vuelven a la vida cada vez que alguna habla de mi a mis espaldas, y sin querer lo escucho, y sin querer miro en los ojos de los hipócritas la mugre de la mentira.

No siempre nos gusta recordar el color de las paredes de neustra vieja casa. A mi me gusta, que sea recuerdo, que viene y va, pero está atrás, al fondo, como una buena historia que alguna vez podría contar. Debajo del sol.

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