Nostalghia

Yo tenía 22 años y una bufanda beige. Unos tenis que me habían acompañado a un viaje desafortunado, una carrera de literatura que me emocionaba hasta las lágrimas ese otoño del 2006. Te había conocido en un  círculo de lectura -el mítico círculo que duró apenas unos meses-, y una tarde te invité a un festival de documentales en una escuela de cine. No me gustabas ni me fijaba en nada más que alguna teoría snob y rebuscada de la poesía. Vimos juntos un documental de Johan van der Keuken y después tomamos un café barato de los que siempre están en unas mesitas en los festivales para que la gente beba algo en los intermedios. Yo le puse mucha azúcar y mucho sustituto de crema, como siempre. Cuando nos despedimos te vi alejarte con una de tus eternas sudaderas, con Corazón tu guitarra dentro de su estuche en la mano.

A veces cuando escribo de ti o de nosotros siento que tengo 90 años y que después de ti nunca volví a conocer amores ni a vivir otras historias. Aunque no fue así. Recuerdo que cuando veíamos películas en tu casa fría de techo alto, una de las cosas que nos llamaban la atención de las historias era la fatalidad de los amantes. Cómo el amor se vuelve un umbral por donde una historia pasa; se retuerce, se destruye algo, pero el amante-héroe siempre es capaz de devolverle al mundo el orden perdido, pase lo que pase. Siempre supimos que una historia que se zambulle en el drama permanece. Que ¿cómo decías? sólo las historias imposibles son románticas, sólo el romanticismo le devuelve al mundo eso que el ritmo frenético quiere quitarnos. Yo escuchaba atenta a Beethoven y miraba al techo desde tu cama. Siempre tenía frío, siempre estaba debajo de las cobijas, y siempre estabas ahí. Y después aún seguías presente.

También seguías presente cuando me fui al mar, y huí de todo, de nuestra historia rota. Se me había oscurecido el alma y el corazón. No podía encontrarme a mi misma en el espejo, iba al mar y buscaba razones para irme, pero era demasiado. Era demasiado literario irme del todo, y meterme al mar. Uno  de los últimos ensayos que escribiste hablaban de él, de Hamlet, de que siempre tenemos que recrearnos a través de las ficciones, que no podemos pensar en un infinito, quedar al borde de la playa, al borde del vacío, sin crear.

Estos días estoy enojada contigo. No soy un monje zen que aprende a despegarse de los seres que ama, que amó. Te conocía tan bien que sé lo que me dirías; “Sigue adelante” como las olas, que no se detienen y siempre se transforman en otras olas, en otras playas, “perpetuamente” como decía Virginia Woolf, a quien siempre odié pues me  quemaba su tremendo abismo. Todo es susceptible de ser interpretado, y ahora no sólo es la Continuidad de los parques, el cuento que comentamos alguna vez, lo que salta del texto, no es nada más la realidad que construimos con el lenguaje, ni Heidegger y el tiempo ni Gadamer y la secuencia de lo nombrado. Eres tú, mi huída, -que fue mi encuentro, el mar, mi madre infinito, mi poema que escribí la semana que moriste.

Que nunca nos asuste
el infinito
que la mar vuelva
por tus ojos
que las olas se acerquen
y que toquen
el borde
la línea ineludible
del destino.
Y es tu voz que parece que persiste, y su promesa de reconstrucción. Y saber que me habrías dicho; “escribe ¿por qué no estás escribiendo?”
No lo sé Sergio. No tenía sentido.
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