Una Cooperativa (ésa de la que siempre quiero hablar)

En el 2010, los azares de la vida me llevaron a conocer a un grupo de amigos indirectamente. Una plática en un café con Jessica, maestra en psicología social, feminista madura, me trajo a lo que hoy es la Cooperativa Tzikbal. ¿De qué hablamos esa ocasión? De la inconformidad que es el pan de cada día. Me contó cómo el haber estudiado una maestría en el extranjero y haber obtenido sobresalientes en el ambito académico no se reflejaba directamente en la calidad de los empleos a los que tendría, por derecho, que aspirar. En ése entonces se hacía evidente la grave situación social en Europa y el desconento generalizado ante las garantías ilusorias que un sistema educativo tan competitivo no estaba pudiendo cumplir. Yo le conté de mi inconformidad con… digamos con todo, después de haber pasado por una depresión severa. Esa depresión me hizo tener que tomar un camino en un momento dado. Elegí entre dos opciones. Pensar que el problema era yo, y que para cumplir con las expectativas sociales tenía que “curarme” a punta de terapias, medicinas y demás mecanismos de regulación psicológica, o pensar que el problema era el sistema, que nos encasilla en cuanto lo cuestionamos, y nos confina a un nicho específico; el de los disidentes, exiliados, infelices que no se adaptaron, a menos que decidamos recobrar el camino, aunque esto signifique negar nuestra naturaleza humana. Tomé el segundo camino y me declaré disidente -según la ingenua de mí en ése entonces-. No escuela, no empleo, no “oportunidades” convencionales. Había mucha pasión en esa plática. Había potencial.

Algunos meses después Jessica y sus amigos me invitaron a una reunión donde iban a proponernos un “proyecto”. Llegué a una casa en una reunión aparentemente informal, hasta que comenzó una proyección y una presentación muy estructurada de la idea de la Cooperativa. Todos nos enamoramos del proyecto. Generar nuestras propias fuentes de empleo, impulsar acciones sociales, abrir espacios para el arte y la cultura. Colaborar. Parecía un sueño muy ambicioso.

Trabajamos inmediatamente en la organización de lo que sería la constitución de la cooperativa. Éramos un equipo de casi 15 jóvenes calendarizando pendientes, recopilando documentos, redactando planes de negocios, tomando asesorías para aprender a desarrollar planes de negocios y echándonos nuestros primeros clavados al mundo administrativo, empresarial y mercadotécnico, que siendo sincera, muchos de nosotros, con educación humanista o social, despreciábamos un poco.

Seis meses después teníamos lista nuestra acta constitutiva y casi todos los papeles en regla. Varias noches sin dormir, muchas reuniones largas, redacciones, correcciones, impresiones, planteamientos y replanteamientos, nos costó el chistecito. También nos divertimos mucho y reforzamos lazos amistosos en prolijas convivencias que no prescindieron de buenos suministros. De bebidas.  Comida.

En ese lapso de tiempo aplicamos para algunos apoyos gubernamentales en materia de créditos y capitales para pequeñas y medianas empresas. El año nuevo del 2011, nos recibió con malas noticias. No habíamos sido elegidos para ninguna, sobre todo porque como empresa social apenas estábamos empezando, y como era de suponerse no contábamos ni con dinero ni con un espacio, y menos con un contrato de renta. Todos los apoyos requerían un contrato. Así que…

Estábamos muy desanimados y preocupados. Todo el trabajo de meses dependía de un papel que por circunstancias obvias no teníamos. Hasta que poco antes de la primavera se presentó la oportunidad de hacer uso de un espacio que nos exigía una renta, mucha planeación, adecuaciones y mano de obra. El equipo inicial se había dispersado, sobre todo por las exigencias de trabajo y estudio de la mayoría. Yo en ésa época tenía tiempo pues estaba pasando por mi etapa hippie de -no usar dinero- -no apegos- -no discurso sólido- -no trabajo- osea nada. (Aprendí mucho, sobre todo que ése no era mi camino). Así que me dí a la tarea junto con el equipo, de acondicionar el lugar. Sin una planeación insquisitiva, sin saber a lo que estábamos entrando, o sabiéndolo pero muy superficialmente, abrimos puertas el 14 de abril del año pasado. Hemos trabajado con aproximadamente 30 talleristas, han habido conciertos, obras de teatro, reuniones de grupos ambientalistas, se han incubado varias iniciativas y la comunidad de miembros es de casi 40 personas actualmente.

Desde entonces hemos aprendido en la marcha y nos hemos dado cuenta de muchas cosas. Quizá ni sabemos cuánto hemos aprendido. Una de ellas, es que aunque no es imposible generar y desarrollar un proyecto propositivo, juvenil, y todas esas cosas tan bonitas, sí es bastante dificil si no se cuenta con un capital inicial. Nosotros no tuvimos capital inicial. Reciclamos de todo. Muebles prestados, mobiliario prestado o de reuso, y un poco de dinero de nuestros bolsillos, así como equipo personal para uso de trabajo. Hemos tenido que pasar mucho tiempo trabajando, limpiando, haciendo trabajos de carpintería, mantenimiento, haciendo trabajo intelectual, buscando apoyos, creando redes, abriendo el espacio, cuidando que nuestros objetivos no perezcan mientras luchamos cada mes porque salgan las cuentas, y la necesidad económica no nos haga olvidar que creamos éste espacio como plataforma de lucha, en donde podamos crear alternativas al sistema basado en la competencia, el materialismo per se, y la generación de capital sin un fin social específico.

Eso ha sido el mayor reto de todos. También han existido pequeños problemas, desde cuestiones físicas, como tuberías rotas, pasando por las obligadas descoordinaciones logísticas, hasta los humanos vaivenes emocionales de un equipo que lleva más de un año trabajando todos los días, a cualquier hora, llueva, crudee o relampaguee. Yo, desde mi carácter explosivo y egocéntrico berrinchudo, puedo decir que hemos superado muchas cosas gracias al equipo diverso, inteligente y sumamente tolerante. Las primeras veces que surge un conflicto uno se pone algo tenso. Después se empieza a tener un callo de tolerancia y comprensión (creo) y entonces además de los aprendizajes teórico-prácticos de tipo organizacionales, aparecen los aprendizajes humanos, que como hemos visto estos meses, son tan importantes como la contabilidad y la gestión. Trabajar aquí es como trabajar en una pequeña ciudad, en donde así como hay derecho de participar y opinar y construir, hay obligaciones y exigencias y si no se planea con cuidado y se tiene un control sobre el trabajo, y se tiene siempre presente el valor social y los ideales de justicia y libertad y compromiso social, todo se puede caer en un instante.

Casi nunca hablo de la Cooperativa en éste blog porque es como esos amores que avasallan y no se dejan verbalizar porque son “demasiado rollo”. También tengo con ella una relación de amor y odio. Yo soy bastante caótica. (aunque aceptarlo me ha ayudado a tener más estructura en general) Antes sufría con las obligaciones de horarios, las responsabilidades todas y los compromisos. Ahora tengo compromisos de tiempo con la cooperativa, de obligaciones de todo tipo; físicas, de planeación, ejecución, y a veces hasta humor. No siempre es sencillo tener el SPM y tener al rededor muchas personas con quienes hay que llevarse bien, ya que ése es el objetivo de todo. O que se te muera un amigo y que tengas que entregar un informe semestral de actividades de tooodo el espacio. Y así… Pero la fabulosa cualidad de la cooperativa es que si algo no me gusta, lo cambio, porque formo parte del equipo que la construye. Es como un caldo de cultivo de “cualquier cosa”. Y no sólo porque estamos abiertos a toda actividad, discurso y expresión, sino porque todas las cosas que aquí suceden rinden frutos.

Las personas que forman la comunidad crean lazos entre sí. Se abren a nuevas posibilidades. Aprenden cosas nuevas. Todos los discursos y las actividades se enriquecen. Ha tenido su costo, también. No siempre puedo explotar mi espíritu disperso, no siempre puedo viajar de improviso, ni asistir a todas las fiestas o compromisos… pero lo que ha costado la cooperativa ha valido mucho la pena. Tampoco todo ha sido perfecto. Pero si algo he aprendido es que todos siempre pensamos que necesitamos un cambio, y que los cambios son posibles, y cuestionamos, salimos a la calle, gritamos. Y las cosas siguen igual. Muchas iniciativas ciudadanas perecen ante su naturaleza efímera y dependiente de condiciones externas. Los líderes cambian de intereses, las ocupas se quedan vacías, los proyectos a veces se vuelven hermosos sueños que de esfuman ante la complejidad de la realidad a la que se enfrentan. La cooperativa me ha enseñado que no podemos darnos el lujo de ser ingenuos. Que tenemos que investigar más, cuestionar con datos en la mano, para construir propuestas cimentadas en la realidad que tengan mayor posibilidad de supervivencia. Es sencillo iniciar cosas, pero no es sencillo lograr que permanezcan. Y lograr que permanezcan no es fácil tampoco. Requiere de trabajo, que a veces pesa, pero cuando se ven enfrente los resultados de los esfuerzos la satisfacción es mayor al cansancio y los sacrificios.

Es agradable trabajar en comunidad, en un lugar donde tu voz tiene importancia y se tiene permiso a equivocarse y a intentar. Hoy es 2 de enero y no hay casi nadie en el espacio. Parece una oficina grande y vacía. Me tomo un café mientras miro por la ventana los árboles de ciudad universitaria y pienso en los nuevos cooperativistas que están a punto de entrar a formar parte del equipo, y en todas las nuevas miles de posibilidades de nuestros proyectos. Estoy contenta. No puedo dudar del poder de las redes y las comunidades, y del potencial de la transdisciplina y la innovación social.

¡Que viva la inconformidad!

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4 comentarios en “Una Cooperativa (ésa de la que siempre quiero hablar)

  1. Lindas reflexiones. Me hiciste revivir aquellas experiencias. Creo que es un buen ejercicio que vale la pena replicar entre nosotros…
    “Que la rebeldía siempre nos bese en la boca” -hermosa frase que tiene más sentido aun dentro de Tzikbal.

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