De viajes y memorias

México D.F. 7 de junio de 2010

Llegaron a México en un avión de Iberia, una noche de primavera de aquellas sin nubes ni luna ni contaminación. Yo sabía que venían con esperanzas. América está sangrando verdades, Latinoamérica gime los últimos estertores de un deseo de libertad reprimido mucho tiempo ha. Parece que aquí los colores vivos expresan gritos y que la pobreza esconde una sencillez remanente de los antiguos pueblos indígenas.

De fuera se tiene sed de esto, de la lucha diaria por llevarse un taco a la boca, Pensaron que en las calles del centro aún sonaban los ecos de Los olvidados de Buñuel, que hoy sólo son ligeros roces de aerosol untados sobre el espejismo de los pocos edificios cercanos al cine Teresa que quedan sin remodelaciones globalizadas de lo que fueran palacios llenos de historia. Imagino que veían las ruinas arqueológicas como nosotros llegamos a mirar una pirámide de Egipto. Misteriosa y llena de vida. Un montón de piedras dispuestas en función a los astros. Y la naturaleza exótica, donde un faisán extinto y un mono aullador producen en el visitante el mismo asombro que un indígena sureño, descalzo, humilde y de piel oscura.
Esta ciudad asusta. Lo sabré yo que llevo veinticinco años respirando su polvo y palpando el hambre y la drogadicción de los niños de la calle y los vagabundos. Cuando niña pensaba que mi destino no podía ser tan desgraciado como para quedarme aquí. A pesar de admirar desde los cuatro años las hazañas y los infiernos de los pueblos prehispánicos. Y de querer ser antropóloga para poder vivir un poco de lo que fueron mis antepasados.


De niña me veía cercana a ellos. A los olmecas, a los traidores tlaxcaltecas y a los aztecas, aunque no tanto a éstos últimos. Desde muy chica supe de términos como acequias, tequio, códices y chinampas. Pensaba que había sabiduría, escondida en los pliegues de las tortillas y en los tejidos intrincados de los Huicholes.
Crecí rodeada de cestos, cerámicas, reliquias y bordados llenos de colores. Despertando los fines de semana con música de cada región del país, polkas, sones huastecos, danzas sagradas y cantos indígenas que no entendía. A veces en secreto algunas canciones me hacían llorar. No sabía porqué pero sentía el ritmo como un ritmo familiar a mi corazón, la agudeza de los violines huapangueros me estremecía, veía mujeres con largas faldas hablando en sus dialectos, imaginaba las mañanas en que van todas a lavar sus vestimentas en los ríos y se desnudan naturalmente, y ríen como sólo las indígenas mexicanas saben reír. Con un espíritu de maíz en la sonrisa y toda la verdad pura y eterna, inexpugnable en la blancura cristalina de sus ojos.
Cuando llegué a la escuela toda mi visión cambió. La humildad no era valiosa en el México de los ochentas y hoy en día no sé cuantas personas conozcamos el término. Celebramos una independencia que jamás acabó de convencerme. Celebramos los símbolos, los héroes, las intenciones. Pero la mayoría hemos olvidado de qué se trata ser parte de esta cultura mesoamericana. Así que para evitar las burlas, en un determinado momento dejé mi orgullo de lado y entré al mundo del aplauso social y los juguetes de plástico, la música en inglés, y después la ilusoria promesa de un refinamiento europeizado.
Nunca quise quedarme aquí. Me era triste ver las caras de las personas en el metro. Su desesperanza y su ya invisible monotonía urbana. Porque fue así, y no sólo le sucedió a Latinoamérica. Europa está llena de ciudades fantasma y gente gris, sin emotividad ni encanto. El asfalto nos robó a todos el milagro que la tierra nos había prometido.
En cambio nos vendió un progreso garantizado, pagado a plazos, entregado en cómodas mensualidades. Alguna vez nos extraña esa mujer descalza que pide centavos en el metro. Con un niño recién nacido atado al pecho, la mano extendida y la mirada habituada al vagabundeo y el estómago vacío. Es injusto, todos los sabemos.
Vivo en una ciudad de vagabundos, renegados de una sociedad hipócrita – algunas veces será más sincera y sensata la renuncia al sexo vendido, el plato lleno y la barriga sobrealimentada con un corazón vacío- Duele mirarles la cara a mi, a mi madre a ellos europeos de piel blanca apenas descubriendo el mundo a pesar de sus viajes. Asustan a los estadounidenses los balazos, cuando son ellos los mayores productores de armas y rifles. Las señoras acomodadas tienen miedo de subir a un autobús, de perder sus joyas, las apariencias o resentir un pene erguido en el trasero que le recuerde cuanto hace que su marido no la toca. A mi me daba miedo recibir caricias impertinentes en el transporte público. Me ha dado rabia y coraje que me falten al respeto sólo por ser mujer. Me he levantado a la denuncia y en el grito casi ahogado de los inconformes. -No cambiaré la realidad, pero trataré de no formar parte de aquella que me lastima- me repito siempre.
En mi país la mayoría de la gente está dormida. Nos engañaron con esos alaridos de un párroco que izaba en mano derecha un estandarte con una mujer fuerte. Una virgen de Guadalupe que llora colgada en una basílica con forma de pastel chueco la muerte de su HIJA PATRIA mientras muchos durmientes le piden milagritos. Otrora Tonanzin, en otros sitios Isis, Allat, y nunca tan olvidada como hoy que se la nombra mirando al cielo y se nos olvida que está debajo, en la tierra, en el centro, atrás incluso de nosotros mismos.
Nos volvimos a engañar solos cuando mataron al “caudillo” cuando se levantaron los sindicatos y se crearon los partidos, en esos tiempos remotos en que la gente sentía una cosa llamada fe, compañerismo y a veces llegaban a ser cómplices oyendo la voz de los machetes y el maíz mismo.
Y ahora ya ni tenemos maíz. Los amorosos enamorados españoles sin deberla ni temerla quizá comieron tacos falsos, carnes falsas. Quizá no han conocido la verdadera canción mexicana ni el buen tequila ni el buen cactus de descanso desértico. Y se nos van desencantados porque esta tierra está sucia, llena de promesas que una vez se creyó ese sueño que nació en Europa, que se contagió al mundo y que proclama como mayor logro la razón y la ciencia. Esa ciencia magnífica madre del progreso, del avance y de este programa de word que me permite escribirles esto a mis amigos españoles. Incluso para mi mi patria parece una promesa. “RÍOS DE AGUA ÁCIDA, DE GRASA Y MUGRE
CORREN POR SUS VENAS.” En éstas venas corren miles de dialectos, (visibles sólo para los iniciados, desgraciadamente) corre una danza de gente que una vez escuchó los secretos más íntimos de la tierra, y que pisa con fuerza el lodo, los ríos, sus propias muertes. Somos un río de imaginarios, de ojos gigantes que miran hacia arriba, y no temen castigos de un Dios que observa y que vende la entrada y arroja a los curiosos de su paraíso. Alguna vez fuimos TODOS conscientes de que el paraíso era la propia tierra y por eso habríamos de cuidarla y venerarla. Esa veneración corre por nuestras venas. Los ríos de grasa y suciedad no eran cosa nuestra, cuando Hernán cortés llegó se sorprendió pues Tenochtitlán tenía un sistema de desagüe que Europa no conoció si no hasta el siglo XIX y muy a finales. No es culpa de nadie, los destinos humanos son todos productos de contingencias. Yo sé que duele mirar tanta pobreza, y no en el campo, si no en estas casas de cemento bien adornadas, debajo de estos harapos a la moda, entre las piernas de antas mujeres plásticas y hermosas. Adentro de los ojos de los niños que tienen hambre de aprender y sólo saben mirar el televisor como si la vida pudiera reducirse a un cuadrado plano cuyo contenido responde solamente a necesidades del mercado; cómprame véndeme, me necesitas. Maquíllame, escóndete, viólame. Súfreme, atragántate, sopórtame. No vales nada, la vida cuesta mucho, paga su precio con la tuya. Sé que duele mirar un cerdo en la cumbre de nuestra economía. Cruel broma del destino. Y que duele también oír de boca de personas jóvenes llenas de vida la repetición de un sueño que nos han empujado hasta adentro; compremos, gastémonos la vida, blanco es mejor que negro, sur es mejor que norte. Dios solamente ama a la gente limpia, así que báñate de culpas y defectos. Sé que duele mirar, mirarse, tocar el smog y la ignorancia. El dejo es putrefacto, lloroso.

Esas esperanzas de vida y aventura, como muchos de nosotros se han asustado. La elección es el arma de los convencidos. Partir cosa de sobrevivencia. Siendo sincera muchas veces he dicho que si pudiera también me iría, y para siempre, porque la vida real lastima, mi pueblo se asfixia con sus propias mentiras, yo misma a veces pierdo el aliento. Sin embargo la vida del indígena, del abuelo que peleó en batallas, que renegó de todo y se rebeló de pié, y las canciones, las manos morenas y fuertes me recuerdan quien soy. No me siento mexicana, pero sé que vengo de ésta tierra y de éstos ríos. Y sin todas esas personas con sus historias verdaderas detrás de mí no sería nada.
Siempre va a doler mirar lo cierto, meterse a la boca de la fiera, probar el azufre del infierno hermoso y moderno que vivimos. Quererse salvar, como dijera Benedetti, “inmóviles al borde del vacío”.
A veces la memoria borra cosas que trastocan y hacen daño a la vida. Pero la ceguera consiente y los disfraces no ayudan a ninguna supervivencia ni a ninguna revolución; detrás nuestro unas cuantas han hecho ecos, pocas han soportado al viento del olvido.
Y el olvido señores es un asesino aún más cruel y más tirano que cualquiera que ingenuos queramos solamente señalar.

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