Tamaulipas, y la ingenuidad social. I

Cd. Victoria Tamaulipas, 1990. Hacía sol, 40° y la tierra sobre el pavimento era como del color de la arena. Yo tenía cuatro años y mis piernas cabían totalmente en los asientos del coche de piel guinda. Afuera había un mitin político. Vivía en una casa tradicional del norte. Con un porche, un jardín, una casa prefabricada en el patio y una alberca de plástico eternamente llena. Escuchábamos todos los días a Silvio Rodríguez, y sin que yo entendiera, mientras veía las montañas y los paisajes de Tamaulipas desde el asiento del coche de asientos de piel guinda, pensaba en Nicaragua y en por qué el cassette decía que esa canción era urgente.

23 años más tarde todo tiene otro significado. Soy una incrédula. Ahora le queda a la historia más bien ésta canción, que me gustaba porque hablaba de sapos y frijoles que llegaban al cielo. Las fantasías se alejaron y el lugar donde pasé parte de mi infancia hoy me hace pensar en balaceras, sangre, drogas, la creciente brecha socioeconómica, el virus mortal del “american way of life”  y la ignorancia de la clase media qu,e es una peste. Y por encima de todo eso, funcionando como una máquina ciega, sorda y ambiciosa, la corrupción del poder y el narco. Por qué, cómo llegó ahí, en qué momento se justificó la presencia del ejército son una larga historia que quisiera conocer más a fondo y poder contar alguna vez. Pero el caso es que se va volviendo común ver en la carretera camiones del ejército con hombres armados listos para disparar, y uno no sabe si tener miedo de la mafia o de ellos, ni sabe cuál es cual.

La Sierra de Tamaulipas, Felipe Ángeles

La ciudad donde pasé parte de mi niñez era horrible. Un semi suburbio con una sola avenida llamada “la diez” que tardabas menos de 10 minutos en recorrer en ambos sentidos. Terregoso y absurdo; con casas lujosas unas, y muy muy humildes otras. Todos los fines de semana, la gente se reúne en eventos de sociedad o cruza la frontera para hacer sus compras en un mall de algún pueblito insulso de Texas. DEmasiado cerca de E.U.

No todo Tamaulipas es así. Tamaulipas posee una gran proporción de áreas naturales en proceso de ser próximamente “reserva de la biósfera” también es cuna de unos de los asentamientos humanos más antiguos en el territorio, previos al desarrollo de la agricultura, hace más de 14,000 años. Quizá no muchos saben ésto pues en los medios raras veces se mencionan éste estado como otra cosa que no sea escenario de enfrentamientos sangrientos, levantones o tejes y manejes de la mafia.

En medio de las cifras mortales y la pobreza, si nos adentramos en la selva podemos conocer otra realidad. Supongo que es así en el resto del país, aunque no tengo el gusto de conocer tanto como quisiera.

Paola

Paola tiene seis años y vive originalmente en Altamira, ubicado más hacia la costa en el Golfo de México, pero pasa sus vacaciones con la familia de su madre, en el municipio de Felipe Ángeles. Un ejido de no más de 20 familias que viven principalmente de la tala de encino y ébano y la producción de carbón. Lejos de lo que muchos podríamos creer, a pesar de las carencias que las familias rurales parecen padecer si se compara con el nivel de consumo de las ciudades, la calidad de vida en la sierra de Tamaulipas, parecía, a mis ojos, vivificante. Es idealista de mi parte que haga comparaciones entre dos realidades distintas. Uno pensaría que toda la gente del campo, a causa de la dificil situación por la que transitan, quiere venir a la ciudades. Y no es así.

Al menos los abuelos de Paola aman su tierra y su modo de vida, y no aspiran todos al crecimiento económico ni a la promesa televisa. Ni se plantean el vivir con cada vez más (que para mí es vivir cada vez menos).

Llegué a Felipe Ángeles por uno de esos azares raros del destino, y conocí un poco a su gente. Todos pausados, amenos y cálidos conmigo y con mi familia. Llevaba algunas semillas y bolitas de vida para plantarlas eventualmente. Y un día buscando qué hacer para los niños pensé que les gustaría jugar a mis juegos de gusano citadino; almácigos con material reciclado.

A Paola y a su hermana Gelo (Angélica) les gustó la idea y aprovechamos que yo estaría una semana más para ver si las semillas brotaban.  Todas lo hicieron.

El día que me fui habían albahacas, chícharos, frijoles, lentejas y hierbas para la cocina sembradas en pequeños germinadores hechos con basura. Luego Paola y Gelo descubrieron que todas las plantas tienen semillas y se maravillaron por el juego de los brotecitos.

 

Una cosa me impactó mucho de ese evento pequeñito. Al día siguiente de haber sembrado en los cartones de huevos, llegué a casa de la abuela de Paola. Le pregunté por su almácigo germinador. Me mostró el suyo y el de su hermana. Y luego me mostró los de sus primos.

Cuando llegaron a su casa, después de haber aprendido un poquito (de hecho era como lo único que yo sabía y que podía decirles, no sé nada de agricultura) les dijeron a sus primos que hicieran más germinadores.

Les enseñaron cómo cortar el plástico y escoger la tierra. Y compartieron sus semillas.

Me molestan las historias en donde alguien que se cree afortunado llega a compartir con lo que supone “menos afortunados”. Y me molestan las historias de quienes pensamos que sabemos mucho y llegamos a “compartir” lo que sabemos, porque pensamos que sabemos más. Pero me conmovió mucho ésta historia, y esos niños. Si la mafia y el narcotráfico están reclutando jóvenes para ser asesinos no es porque esos niños hayan soñado con eso. Si el estado es incapaz, o no quiere abrir espacios de crecimiento valiosos y eficaces para la juventud es normal que ése sector vulnerable carezca de alternativas. No creo que ninguno de esos narcotraficantes, de niños, no hayan soñado con ser amados y ser felices. Pero su realidad es cruel.

Estando en la sierra de nuevo pensé en los jóvenes del país, y en todas las personas que queremos crecer, y tenemos sueños, y no siempre sabemos ni cómo soñar, ni si somos capaces de alguna vez lograr algo. Pero éste país está lleno de potencial. La ciudad y el campo. Fue una de las cosas que más me animaron éste fin y principio de año. Ver el potencial, y la sed de aprender de tantos niños y adultos. ¿Por qué pensamos que sólo aprendemos cosas valiosas en la escuela?

Y ¿por qué le damos valor al conocimiento en función al empleo remunerado al que éste puede hacernos (idealmente) acceder?

¿Qué rayos estamos haciendo con nuestro tiempo, enfrascados en actividades fútiles y vacías, encerrados en nuestros problemas posmodernos y ahogándonos en vasos de agua cuando hay tanto allá afuera por hacer?

Yo sé que el país está en guerra, pero Gandhi decía que si no te educas para la paz, otros te educarán para la guerra o algo así. Ése es todo el motor de mi vida ahora. Es urgente despabilarnos. Un crimen no involucrarse con lo que sucede, si se tiene el tiempo y el conocimiento. Es soltarle nuestro destino al vacío del desencanto y la autodestrucción.

Hay que hacer lo que hacen los niños; compartir semillas.

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