Destruye tu televisión

¡No! ¡Isadora! ¿Cómo puedes ser tan radical y agresiva? ¿Eso en qué ayuda al medio ambiente o a la sociedad? Me dijeron muchos alguna vez que dije constantemente que la televisión era nociva. Destruir la televisión es una barbarie, ella ¿qué daño te hace?

Hace como 8 años se descompuso la televisión en mi casa. Como no era una urgencia no compraron ninguna otra ni pronto, ni después. Los primeros meses quizá la echamos de menos, aunque como tampoco nunca contratamos ningún sistema de cable, era imposible extrañar cualquier programa que pudiera ser “de calidad”. Como no había televisión ni he estado acostumbrada a visitar centros comerciales “como diversión”, nunca me enteré de cuales eran las modas en ropa, en discursos, en temas de conversación ni en gadgets. De hecho llevo con el mismo aparato de celular casi 8 años. Pero el punto es que como no podía seguir ninguna tendencia social por la televisión ni por el radio que he escuchado (soy una maníaca que siempre escucha las mismas emisoras de radio, todas culturales) me volví algo desinteresada de las tendencias generales. Y no estuvo tan mal. Hoy pienso que las cosas que necesito para ser feliz son bien pocas; internet, amigos, tranquilidad para vivir, creatividad para generar cosas nuevas, salud, paz mental (que no tengo, por cierto), música, arte, café. No sufro -porque no tengo- alguna novedad que los comerciales intentan de formas tan agresivas de sembrar en las conciencias de la gente.

La mayor parte de las noticias que leo vienen de internet. Llevar años despegada de la televisión me ha hecho tener que buscar en internet referencias a todo lo que pasa, si quiero saber más del G20, busco muchas fuentes. Si no entiendo nada de política internacional, busco qué libros comprar para aprender más. Prácticamente no hay límites. Algunos critican internet porque dicen que es igual de enajenante que la televisión, (en mi caso claro que lo es, es una enfermedad), pero posiblemente no se han planteado todas las posibilidades de un medio como éste para accionar en la realidad. Casi todo lo que organizo, o las cosas en las que participo las conozco gracias al internet. Huertos urbanos, clases, círculos de estudio, proyectos autogestivos, publicaciones, grupos de apoyo/trabajo/fiesta/activismo.  La diferencia entre la televisión y el internet es que el espectador de TV es totalmente pasivo. Elige “de manera ficticia” qué ver. En pocas ocasiones, además, un espectador de televisión se convierte en un generador de información o contenidos, lo contrario al internet.

En la televisión, el arte se ha vuelto una distracción que colma las necesidades de vaciar el cerebro cuando se llega a casa después de un largo día de trabajo. Es la perfecta educadora de los niños cuyos padres, dado que tienen trabajos absorbentes, tienen que delegar su responsabilidad de crianza a una caja de manipulación mental. Un problema ha llevado al otro.

Sé que posiblemente hay quienes ven la televisión con criterio y no necesariamente se dejan manipular por el flujo de imposiciones de búsqueda del status quo. Sé que algunos dicen que hay programas mejores, y que la televisión también actúa como difusora de una parte de la cultura que no es completamente nociva. Yo creo que decir eso es como decir que existe un alimento que envenena al 80% de una población, y que no es malo, porque uno no es parte de ése sector afectado.

En algunos días son las elecciones. La presidencia está comprada desde hace mucho. Los medios de comunicación fueron partícipes en la imposición de un candidato y no sólo a través de spots.

Han sido partícipes embruteciendo las conciencias de millones de mexicanos que no tienen acceso a alternativas. Se les ha inyectado un aspiracionismo por un nivel de vida que nada tiene que ver con el Buen Vivir. Nos han enseñado a divertirnos con artistas basura. Telenovelas basura. Noticiarios basura. Arte basura. Música basura. Moda basura. Hace seis años, cuando se aprobó la ley Televisa que daba libertad total a las televisoras para ocupar el espectro digital, muchos salimos a la calle para protestar.

No para todos fue importante. Algunos veían sólo una reforma privatizadora más que ya era costumbre de un gobierno panista. Pero nuestra educación política como ciudadanos mexicanos no nos dio para más que para salir a la calle a protestar. En esa ocasión fui con un grupo de amigos con los que estaba en un círculo de lectura. Ése círculo de lectura definió las vidas de algunos de nosotros de cierta forma, y estuvimos gritando afuera del congreso junto con un contingente de artistas. Entonces muchos nos llamaron, y lo siguen haciendo: revoltosos. Yo salgo a la calle y no soy sólo una revoltosa. No sólo protesto, también trabajo, propongo, intento, comienzo cosas. Tengo fe en que otra realidad es posible, y afortunadamente, ni a mi ni a muchas otras personas la televisión ni el modelo de vida neoliberalista nos ha arrebatado la creatividad ni la capacidad de trabajar por otro mundo.

Tengo amigos que aún confían en la comodidad que la vida y la suerte les ha dado, y se desentienden del mundo colectivo y político porque se piensan inútiles para éste. Es entendible. El sistema nos educa para volvernos ajenos a la realidad del otro. Y no sólo eso, también nos adiestra en pensar de la forma en que le conviene que pensemos. Nos moldea para que creamos que sólo ciertas cosas pueden hacerse, y si no se es un experto en algo, no se puede hablar ni participar. Nos ha separado de la comunicación con distintas realidades para que no podamos organizarnos nunca. En toda la historia de la humanidad, millones de cosas se han logrado gracias a la comunicación y la colaboración. Estamos aquí, y somos quienes somos, gracias que otros han estado y sido lo que han sido. Sin embargo, a pesar de que tanto en nuestro país como en otro país los movimientos sociales y los acuerdos de organización y lucha colectiva han logrado miles de cosas benéficas para la humanidad, la disidencia, la protesta y la expresión de nuestra opinión está estigmatizada.

Disentir se ha vuelto una razón en muchos momentos de mi vida por la que algunos lazos se rompen. Creo firmemente en que comprometerse con algo necesariamente nos hace tener que abandonar ciertas cosas. Romper con algunas cosas nos lleva a un conflicto. Cuando decidí no dedicarme a estudiar, fue una ruptura. Cuando decidí no trabajar para corporativos también, afirmarme en su momento feminista, en pro de la ecología, en pro de la colaboración, tuve que romper ciertas cosas. Ser radical no siempre ayuda cuando nos aleja de otros. Pero si los cambios se realizan de manera colectiva, aunque haya rupturas siempre hay puentes, y esto es lo que me hace seguir avanzando en medio de las incomodidades que mis opiniones y mis acciones causan. Algunos tienen miedo de decir lo que piensan porque piensan que se quedarán solos.

Y es verdad. Uno abandona grupos, ideas, cuando se defienden ciertas cosas en la defensa de algo, existen conflictos. Y a veces uno se encuentra sólo. Pero solamente tomando direcciones se puede avanzar en algo, sólo entrando en la cueva, saltando el puente, abriendo la puerta asumiendo las posturas que uno cree válidas puede descubrir si realmente lo son. Aunque aparezcan conflictos, me gusta abrazar la postura de la convicción. En las acciones que nacen de ella, las que se vuelven aciertos y las que no, me he ido construyendo, y encontrando en otros. Porque quizá, algunas veces uno se encuentra en medio del camino solo por alguna decisión que tomó, pero siempre llega el momento en que vuelve a encontrarse en una familia humana, y entonces la disidencia deja de ser motivo de temor a la soledad, y se vuelve un motivo de fortaleza para seguir construyendo el mundo distinto que queremos para todos.

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Cada vez el embrutecimiento de la población explotada por parte de los medios es mayor. No puede existir un panorama humano en el que el bienestar de los otros nos sea ajeno, no estamos divididos por un cerco de cemento que nos protegerá de la miseria ni de la violencia. El bienestar de los que nos rodean es también nuestro bienestar, aunque estemos en una casa con rejas muy altas, aunque vayamos en un coche todo el tiempo, aunque blindemos las ventanillas y tratemos de protegernos y construir un porvenir propio a la medida, no podemos des-contextualizarnos.

He pensado que si gana Peña Nieto me iré del país. Siempre, toda mi vida he querido irme a otra parte, pero nunca pude por una u otra razón. Ahora que tengo amigos, que mi familia tiene raíces y un huerto que cuidar, y que conozco a los niños de la sierra, a las familias pobres y honestas, a los luchadores sociales, no me imagino yéndome ahora. ¿Dejarlos solos?

Nunca voy a entender el desapego por los otros, además deben ser dolorosos los exilios. Yo creo que es más doloroso vivir exiliado de la propia realidad, y estar alejados del acontecer, como si no fuera la tierra la que nutrió las raíces que nos dieron vida y como si no fuera el aire que nos da vida algo que vale la pena defender.

Si la gente dejara de escuchar lo que le dicen los medios y escuchara su corazón, posiblemente llegaría un caos, encontraríamos nuestros propios conflictos, pero después del caos viene un orden, que no será perfecto. Cualquier orden que llegue tendrá que ser cuestionado. Ésa es la función de los héroes, desafiar al universo, no dejarse definir por el destino.

El sistema nos ha escrito un destino de atomización social, tiene un plan establecido para todos nosotros, nuestro destino lo han escrito las instituciones, los medios y quienes se llenan los bolsillo con cada una de nuestras elecciones de vida y de compra. El ser humano es un desafío para el mundo, ¿por qué no asumimos vivir la vida humana con la dignidad que ésta se merece?

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