Ventanas al infinito

Cada vez que llego a un salón de danza nuevo me siento como si acabara de conocer toda la danza, y no supiera qué va a suceder, ni si haremos cuentas largas, o cortas, si el estiramiento será al final o al principio, o, en cuestiones más profundas y culposas, si lo haré bien. “Todo bien”

Cuando la clase termina ya sé hacia dónde fui. Entonces me doy cuenta de que llegar a un salón de danza vacío es como amanecer todos los días. Cada día es un espacio abierto para crear la vida adentro. Con o sin reglas, estando listos o no, con o sin una técnica, entramos al día e improvisamos la vida. Todo lo que ocurre en la vida-duela es creación nuestra. Cada día podemos seguir repitiendo coreografías, cometiendo errores, y como ocurre en un salón de danza, mirarnos en los espejos para identificar-nos y corregir-nos cuando hace falta. También, se me ocurre ahora que es de noche y casi me quedo dormida, podemos elegir bailar en libertad. Bailar con el corazón, jugar.

Me gusta pensar que cada día que vivimos es una obra de arte propia, que compartimos con millones de seres que nos rodean, y que por lo tanto, cada uno, construye al gran obra, la gran coreografía de la existencia de cada día. Y como toda obra de arte, depende de cada uno de nosotros mirarla para dejarnos inspirar. Para seguir creando, hasta el infinito…

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