Casa

Cuando uno de los dos habitantes de la casa se levanta de su cama, la observadora se acerca sigilosa a mirar la duela sobre la que los pies desnudos pisan, mide la cantidad de polvo, la manera como las partículas de piel saltan cuando el durmiente se ha puesto en pie, revisa la temperatura del ambiente, los pliegues de la bata que se acomoda encima, cuida con el peso de sus manos que el salto que da desde el colchón al piso no ocasione un sobresalto en la mujer que aún duerme. Para esos momentos la observadora casi ha terminado la tarea de acomodar los muebles, uno a uno, junto con los objetos de rutina, los adornos, las lámparas, los libros que la noche anterior flotaban en el espacio de la casa, cuyas ventanas, que era más fácil mantener cerradas en invierno por el gusto de los señores, debían servir de barreras para que ni las alfombras ni las sillas ni los candeleros escapasen hacia la noche. Todas las fotografías entonces ya tenían su lugar específico cuando alguno de los dos se levantaba. El primer lugar en ser ordenado por la observadora era la cocina. A pesar de que durante la noche normalmente todas las cosas de la casa levitaban y se mezclaban en una sopa primigenia que antecedía cada día, había algunas noches en particular en que el contenido entero de la cocina parecía enloquecer. Las cazuelas, los vasos de cristal, los recipientes que se abrían todos por sí solos dejando salir sus contenidos; las pastas, las leguminosas, las especias, las conservas, se mezclaban con los cuchillos y las verduras, y las frutas amanecían adentro de las estanterías, y en el horno las lechugas acababan llenas de hollín. En esas noches, lejos de que la observadora pierda la cordura mirando la danza de las cosas en un caldo frenético de nubes de objetos, ella se sienta en un rincón de la casa, y por momentos deja que el ruido de la cocina se revuelva en su mente con el ruido que viene de la alcoba, que provoca una danza aquellas noches en que la música parece un gemir de cuerpos y de muebles, y la casa se estremece toda, como los habitantes, que uno adentro de otro se revuelven igual que se revuelven las pastas adentro de las vitrinas y las ollas.

(Fragmento de “La observadora de la casa”, Isadora Bonilla, 2012)

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