Una montaña de ropa para jugar

Hace algunas  semanas mi amiga Maho se fue de la ciudad. Maho es una fotógrafa que viene de Argentina y que conocí en un proyecto ecológico el año pasado. Desde entonces hemos trabajado en proyectos comunitarios que intentan mejorar el mundo. Ehem, cambiar, ehem, salvar el mundo. Desde cenas vegetarianas hasta tekios de construcción pasando por fiestas muchas fiestas, después de un año en el DF, Maho se ha cansado del ritmo de la ciudad, y hace lo que muchos queremos pero no tenemos el valor de hacer: ¡irnos al campo!

Algunos días antes de que se fuera, Maho llamó a todas las amigas cercanas para hacer un intercambio de ropa. Estaba cansada de tener muchas cosas que cargar y de tener qué pensar dónde ponerlas en caso de viaje o de mudanza. Así que se deshizo de la mayor parte de su ropa para relajarse más,( imagino que todos en algún momento hacemos ejercicios de desapego para liberarnos un poco del pasado, de algunos recuerdos o de estorbos energéticos). Hace un año hice lo mismo y me sirvió mucho, aunque supongo que por equilibrio universal después de dar muchas cosas me llegaron otras, de las cuales me volví a deshacer para compartirlas, y ahora sigo pensando que pronto vaciaré el guardarropa y los libreros.

Ese sábado la tarde fue muy divertida. Todas las chicas llegaron a poner sus cosas encima de los sillones y las mesas y Maho hizo té y scones. Fue una típica “Tarde de chicas”. Parte de la ropa que compartimos ahora está siendo aprovechada por una comunidad en Tamaulipas llamada Felipe Ángeles. Hace pocas semanas 200 kilos de ropa llegaron para que todos estuvieran listos para este otoño e invierno. En general, si lo veo desde fuera parecen actividades frívolas. Además nunca he estado de acuerdo con la caridad, pero hay un concepto que me gusta más y es COMPARTIR. Compartir no tiene que ser una acción cargada de eso social, ni paga culpas de un individuo que sólo puede dar migajas, ni una obligación que nos inculcaron de niños. El compartir acciona horizontalmente, de igual a igual, sin importar la brecha económica que haya en medio.

En muchos momentos de mi vida muchas personas han compartido desinteresadamente muchas cosas conmigo. Grandes y pequeñas. Eso me ha enseñado a entender la abundancia e incluso la felicidad como una condición colectiva. Siempre que ayudas, inspiras, empujas a otros a hacer cosas constructivas para ellos estás sembrando condiciones que en un futuro serán buenas condiciones para tí mismo.

Yo siempre he sido algo nerd, nunca he usado tacones, difícilmente me peino, digamos que en cuestiones de moda y ropa soy como un perchero que tiene encima cualquier cosa. Sé que para algunas personas la ropa es una herramienta para su autoexpresión y me encanta ver los estilos de la gente y su personalidad en forma de colores y telas, pero también sé que se trata de una industria que crea necesidades estereotipos y expectativas casi imposibles de alcanzar (el eterno ir-hacia aquello que queremos ser y que una casa de modas decide que querremos ser el próximo verano, ohm, not for me thanks ) así que mis postura con respecto a la ropa es bastante crítica.

Los que sucedió después de la reunión de Maho es una micro historia que me gusta contar. En mi casa mientras nadie se llevaba el “bulto” mis tías y primas notaron su presencia y empezaron a traer más cosas. También veían lo que había y se lo probaban. A veces una amiga llegaba y se sentaba a tomar un café con un suéter de colores chillones encima y jugando se ponía alguna mascada extraña. Me gustó ver cómo la ropa influye en nosotros, porque algunas veces nos deja ser algo que generalmente no somos. Como cuando te pones algo rojo y te sientes valiente o algo holgado y te sientes más cómodo.

 El hecho de que los visitantes jugaran e intercambiaran en el bulto de ropa no sólo me dejó ver la capacidad para jugar que a veces algunos olvidamos, sino la facilidad con la que podemos compartir y deshacernos de algunas cosas. ¿Está estigmatizado usar cosas de otros? ¿Nos da pena dar a otros lo que ya no usamos? ¿Por qué no nos planteamos más seguido vivir con menos cosas, compartir más, consumir menos? No creo que una sola persona pueda cambiar el mundo dejando de comprar o usando sólo cosas de re-uso, pero cosas interesantes sucederían si nos moviéramos por arenas distintas, con pieles distintas para experimentar. Quizá no cambiamos el mundo pero cambiamos el guardarropa.

Ah, qué comentario tan bobo. Lo que sí es seguro es que se siente bien tener pocas cosas que cuidar. Se siente bien mirar la ropa no como una bandera de status o de seguridad personal sino como un juguete que podemos usar según nuestra creatividad y ánimos nos lo permiten. Y se siente bien ver cómo otros disfrutan de cosas que tu ya no usabas o apreciabas. También da mucho ánimos ver cómo las cadenas de ayuda se contagian y cómo nuestras acciones cotidianas cuando tienen buen humor, diversión y desenfado corren de boca en boca y de casa en casa, no porque salven el mundo, ni porque sea políticamente correcto, sino porque es agradable. Es placentero, da ánimos, así como de niños conocimos el mundo jugando, bien valdría la pena intentar transformarlo de la misma manera; alegre inquieta y colorida.

Y éste fue mi post ñoño de miércoles y micro historias.

¡A encuerarse!

Para vestirse otra vez.

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