Primeras notas sobre violencia; los niños y la revolución

En los últimos días, dentro de ciertos sectores sociales donde tienen lugar conversaciones entorno a la Revolución y el uso de la violencia dentro de ésta encuentro, aún en los perfiles más eruditos o mejor documentados y con mejores trayectorias, que existe la ilusión de que en nuestro país puede llevarse a cabo una lucha armada, o sin ir tan lejos con cuestiones de adquisición de armamentos en el extranjero que nos comprometa política y económicamente, existe una idea de que una lucha que no es armada no es efectiva. En el futuro ahondaré más en el tema de los conceptos sobre Revolución y lucha armada que encuentro a mi alrededor pero por ahora, sábado de trabajo por la noche, haré una pequeña reflexión nomás.

Cuando tenía once años y estudiaba la primaria en una horrorosa escuela pública del DF (Las privadas que conocí también me asquearon) los niños del salón apenas entraban en el mundo de los videojuegos. En la televisión abierta se veían caricaturas como Dragon Ball Z, Los Caballeros del zodiaco y los Supercampeones, y algunas series americanas sobre adolescentes o cualquier cosa moderna y plana. (Nunca he tenido Tv por Cable ni me interesa).

La escuela primaria de la colonia Portales a la que asití si bien no era tal cual un infierno si contaba con un amplio espectro de situaciones sociales detrás de cada niños, en su núcleo familiar. Por personas que trabajan en la educación pública hoy sé que la situación ha empeorado. Hijos de padres divorciados, hijos abandonados, familias en situaciones de pobreza, maltrato, abusos sexuales, explotación infantil, bajo rendimiento académico (aunque yo tiro a la basura los esquemas de calificación de este sistema educativo) y violencia.

Imagen Los niños podían tener lenguajes soeces, faltar al respeto a sus compañeros, y lastimar a diestra y siniestra. Las niñas que intentábamos defendernos éramos tachadas de revoltosas. Yo creo que un cierto grado de agresión es “normal” durante la infancia mientras aprendemos que hay un mundo allá afuera y que hay reglas y códigos sociales que aprender algunas veces nos hace ser más fuertes y seguros de nosotros mismos, pero tendríamos que ser más agudos en nuestra observación de cuáles deben ser los límites.

En el salón de clase los maestros que tenían a su cargo a más de 30 niños, aplaudían los comportamientos agresivos y dominantes, aunque se tratara de niños con bajas calificaciones, su carisma de chicos bully los llevaba directo al pedestal de salón de clase. Yo miraba desde mi pupitre con mis ojos de niña detestable las actitudes de los abusivos y agresivos compañeros con quienes los maestros hallaban rápidamente complicidad. Quizá los maestros cansados de su trabajo gris y mal pagado tenían flojera de intervenir en los conflictos, no lo sé, pero la situación no cambió en la secundaria, ni en la prepa, ni en la facultad.

En algunos sectores, un niño es reconocido como “machito” y suficientemente hombre cuando puede pegarle a otro, o “defenderse”. En la sociedad, el que “manda” y “no se deja” es un cabrón, un ganador, un hombre exitoso que puede subir de puesto a costa de lo que sea, (medio ambiente, explotación, cosificación de la existencia).

Los niños en la ciudad crecen ignorando de qué se trata la muerte. Lo pensé cuando era muy niña y lo sostengo. Las ciudades y la lejanía de los ciclos de vida nos obligan a hacernos en algunas ocasiones más fríos y menos sensibles hacia ciertas situaciones, como la vida del “otro” por ejemplo.

En un juego de video, la guerra se ve como una lucha donde hay un ganador. El score aumenta, el enemigo es vencido, y quedamos sanos y salvos detrás de una pantalla después de descargar adrenalina de forma victoriosa sin conocer las implicaciones reales de lo que es la sangre derramada.

No condeno los videojuegos violentos por sí mismos, ni creo que la negación de la violencia sea algo siquiera posible, pero creo que dentro de la Espiral de Violencia, muchas de las cosas que hacemos cotidianamente justifican, adornan y exaltan la violencia.

Poco a poco es más importante “ganar” contra un otro. Hacemos de la construcción de un enemigo un deporte donde parece que el final del juego llega igual que en una pantalla, como si la realidad de la guerra o las agresiones no estuviera llena de duelos, convalecencias, amputaciones físicas y emocionales e infinitas formas de violentar al otro. El sufrimiento real, en nuestra cultura adicta a la violencia es invisible.

Primero lo invisibilizamos porque hemos hecho un culto a la felicidad inmediata y superflua que el mercado sabe explotar a la perfección. Después invisibilizamos el sufrimiento cerrando los ojos ante tantas injusticias, demasiadas, que tenemos a nuestro alrededor y ante las cuales se nos ha enseñado que mejor es callar y ver “por uno mismo”.

No sabemos del dolor físico, quienes estamos tras una pantalla la mayor parte del día, vemos en las noticias bombas, narcos, balazos, víctimas, presuntos culpables, enemigos fáciles de identificar en nuestra televisión que nos calman porque nuestros impuestos al menos ya atraparon a uno de “los malos”. Parece que hay un orden que es re-establecido cada noche y cada mañana cuando todos los días le han dado un golpe al narcotráfico (siempre el gobierno) y cuando los medios hacen su trabajo y nos informan de lo más importante., pero eso es otro tema.

La cuestión es que desde chicos hemos aprendido a justificar la violencia y a pensar que al menos en una batalla alguno gana si hay balas de por medio. Pareciera entonces que sin un arma y sin un muerto no hay una victoria de la cual enorgullecernos. Es un recurso muy sencillo para el circo quizá perfectamente sustentado, pero que no deja de parecer para dummies, y que vivimos cada día.

Hace poco escuchaba de un muchacho dentro de un movimiento que apoyaba la lucha armada seas cuales fueran sus consecuencias, que no podemos permitir que “algunos” se interpongan en nuestra lucha por lograr el mundo que queremos. Yo me pregunto si no radica en los terrenos más profundos de lo que somos, un problema más grande. La incapacidad de reconocernos como una población donde todos tienen derecho a vivir. Hoy tenemos a una población de jóvenes que ha crecido entre la marginación, la falta de oportunidades, el abandono, el maltrato, las carencias, y aún cuando se trata de sectores privilegiados, existen jóvenes con memorias de infancias tristes, abandonos, abusos, y en la pantalla la solución a cualquier cosa: los balazos. Después los créditos, los comerciales, y la vida parece un programa cuyo guión ha sido escrito no importa por quién ni para qué.

A veces en la manera como enfocamos el problema está la pista para la solución. Independientemente de que existan muchos tipos de violencia y el estado sea partícipe de esta perpetuación y justificación de la violencia hacia el pueblo, el individuo necesita asumirse como un ente perteneciente a una colectividad que pueda accionar de maneras más inteligentes para atacar desde todos los frentes posibles las causas de los males que nos aquejan. En esas formas de lucha existen riesgos de ataque. sobre todo del arma que mejor saben usar los que mejor violentan; el individualismo. Ojalá algunos sectores de “izquierda” sea lo que sea lo que eso significa, pudieran ver más allá de sus narices y notar que solos no podemos hacer nunca nada. Ni siquiera héroes, porque hoy los héroes ya no sirven.

¿Qué hay detrás de los deseos de una Revolución armada? ¿Más violencia?  ¿En dónde vamos a enterrar a los muertos de esa lucha sin ganadores? ¿Tan pocas alternativas para crear otro mundo podemos ver que el suicidio colectivo es la única salida? A mi no me lo parece. Habrá otras formas de lucha, desde todos los sectores posibles, con todos los ciudadanos de todas las edades, desde sus posibilidades específicas. Todas costarán tiempo, esfuerzos, trabajo y aprendizaje porque no es una labor que se ejerce de la noche a la mañana. Quizá en ese quehacer podamos notar algún día que el enemigo está más cerca de lo que imaginamos, no tan solitario y burgués como pensábamos.

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Un comentario en “Primeras notas sobre violencia; los niños y la revolución

  1. Me parece muy bonita tu manera de pensar. Yo sigo buscando cual es la mejor manera para ayudar al pedacito de mundo que me tocó ver y a las personas que me rodean. Mientras sigo buscando respuestas, he decidido ayudar del modo que pueda, enseñar lo que me ha pareceido importante y comunicarme con la gente para empezar a entenderla y ayudarla si lo requieren. Dejame contarte algo 😛 jejeje. Una vez un amigo me comentó que con un “gracias” en tiempo de inudaciones en Tabasco, a una persona que ralizaba ayuda social, la hizo sentir mejor, porque la mayoría de los que ella ayudaba ni la volteaba a ver, sólo pensaban en tomar y tomar toda la ayuda recibida, pero ese “gracias” le recordó que su labor era importante. La bondad y la gratitud pueden ser contagiosas y es una manera de ayudar, a mi parecer. Y otra forma de empezar a curar lo que ya vemos mal. Sorry, por lo largo. Quise comentarte lo que me ha mantenido con esperanzas acerca de como ayudar poco a poco.

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