La soledad funciona

Cuando estamos acostumbrados al ajetreo y el ruido de la ciudad algunos generamos un modo de vida lleno de ansiedad. Nos acostumbramos al estrés que viene rápido por la mañana, que llega de repente y asfixia la cabeza, y tenemos que cumplir con pendientes, trabajos, estudios, pagos, después nos relajamos rápido. Salimos rápido con amigos, “agarramos la fiesta” rápido, bebemos, nos apresuramos a que el día se deje exprimir algunas horas de distensión. Alcohol, ruido, distensión. Amigos, ruido, distensión, y de pronto ya es otro día, y el lunes pensamos en cuántos nos relajaremos el próximo fin de semana.

Algunos nos volvemos medio locos con este ritmo. Si solemos encontrar en pequeños detalles grandes cosas entonces la sobre estimulación del mundo deprisa es una tortura. Creo que no todos entienden esto, pero ha sido siempre una constante en mi vida.

Antes relacionaba con la tristeza los momentos de soledad. En general, habemos quienes buscamos con desesperación el silencio. Como una habitación que está en lo alto de una gran casa llena de deberes y distracciones, al final del día o de la semana, nos escabullimos entre invitaciones y mensajes de texto hacia allá arriba. Allá donde podemos ser. Hacer cualquier cosa y dejar que el mundo nos diga lo que nos tiene que decir, y tener tiempo de escucharlo con detenimiento, al mensaje y a nuestra conversación con el silencio. Ahora empiezo a entender los ciclos de asimilación del mundo como espacios de silencio.

No es una fiesta ruidosa, no son cientos de pequeñas conversaciones superfluas, no es la ropa que elegimos usar una noche que vamos a un bar. No es la seguridad del maquillaje. No es la cantidad de dinero que se deja detrás de la cruda. Tampoco es esa sensación de vacío que viene cuando a pesar de cumplir con el mandato de “divertirse” y exprimir hasta la última gota de vida en el frenesí moderno, no llegamos a tocar esa parte que momentos antes de las cervezas pensábamos que alcanzaríamos.

Nunca lo entendí. El otro día veía una película sobre una mujer autista, cómo los sonidos la aturdían y la llenaban de ansiedad y usaba una máquina para calmarse metiéndose dentro y accionando un mecanismo que la aprisionaba hasta que recobraba la tranquilidad.

Mi máquina para recobrar la tranquilidad es una serie de rituales adentro de mi cuarto. Poco a poco los llevo hacia afuera, algunas veces alcanzan la cocina, otras el parque cerca de mi casa. Leo. Me miro en el espejo, me hago retratos preguntándome por qué me sigo dibujando, respondiendo; “porque nadie más se deja dibujar”. Escribo cartas e historias que no van a ninguna parte. Vuelvo a leer. Preparo algo en la cocina que me deje mirar como en una sesión de hipnotismo el ritmo con que corto las zanahorias, escucho el ruido del agua mientras un caldo se deja meter rodajas de cosas. Cuando el agua hierve parece que se trata de un mar chiquito cuya marea se apresura estrepitosa hacia adelante, adelantando el tiempo en un microuniverso. Preparo café. Y en el café y el té y en sus aromas me dejo ir por las historias de la genealogía de las especias, imagino las rutas del té. Las rutas de la seda. Imagino las piedras preciosas y los artilugios que intercambiaron pueblos tan disímiles en la ruta de la Seda y que llevaron por tan diversas rutas la historia de la humanidad cosida a las cocinas y los olores.

Luego está el universo del cuerpo que se vuelve un territorio móvil. Como una ciudad que viaja por el viento. Su memoria y sus rutas tejen junto con el aire alguna historia, los placeres diminutos y simples me dejan absorta mientras pasan. Como si la vida, el tiempo y el día me atravesara y no fuera yo la que avanzara hacia ninguna parte, sino el mundo el que bailara entorno a mí; si yo me quedo quieta el mundo sigue con su danza, y si yo bailo con él entiendo con el cuerpo alguna caligrafía secreta. Todo es perfecto en la quietud del espacio personal.

Aunque no es siempre así, el silencio también es un lugar comúnmente evitado. ¿Quién quiere mirarse en el espejo? A mi me da terror el reflejo, la última vez que me miré tal cual en una superficie de carne y hueso me dieron ataques de pánico, y devolví el estómago. También me enamoré, en un ejercicio ciudadano profundamente narcisista, pero ese es otro cuento. La voz de adentro, con la que a veces escribimos cambia con el tiempo. Cambia su tono y su tesitura, nos dice más de lo que queremos pensar que estamos diciendo. Como cuando la mayor parte de lo que dejamos salir de nuestra boca son comentarios negros de calavera negra, de diamantes negros, aunque digamos “te quiero”. Como cuando decimos que estamos bien, estamos bien, todo va bien pero por dentro la voz con que nombramos el mundo sin pronunciarlo está llena de angustia. Quizá por eso no nos gusta el silencio, porque en él quedamos solos con lo que hemos hecho de nuestra voz. Quizá la voz de adentro nos dice que nos hemos construido una vida acorde a nuestras expectativas, y las palabras son éstas mismas, sin embargo el grito, el lamento, la mirada baja de la voz dice otra cosa. Y eso sólo puede mirarse en el silencio.

El mundo se ha vuelto una isla de unas cuantas cuadras y unas cuantas habitaciones. Los arboles que me acompañan en mi trayecto en bicicleta son el puente entre pocas habitaciones. La ciudad es una ventana donde pasan los automóviles, la gente y sus imágenes externas, la prisa, el dinero, la gasolina. Entre estancia y estancia donde escucho el silencio, en una soledad absoluta o una soledad acompañada, el mundo corre y se apresura. El mundo ya casi se acaba, pareciera. Todos tenemos prisa de terminar con algo, con el trabajo, con la hipoteca, con la semana laboral. Pronto nos comeremos el último bocado de este año y abriremos uno nuevo, envuelto en periódicos matutinos que probablemente mejor ya no leeremos. Miraremos al mundo desde un nuevo capítulo, cerraremos las puertas de la habitación vieja. Lo que sucede aquí se queda allá en la memoria. Pronto los niños crecerán, las selvas seguirán desapareciendo al ritmo de un vals que sopla en todos los países, haciendo caso al compás que dicta la partitura de dinero, donde bailamos todos hasta extinguirnos. Para fumar el último aliento del cigarro, para cumplir con el destino fatal que puede ser dulce o tremendo, si el mundo va tan rápido, me digo, al menos puedo sentarme en la ventana a mirar cómo pasa la danza.

Una bailarina necesita observar el espacio, sentir el ritmo, mirar con atención todas las secuencias para integrarse al escenario. La vida es una danza, y antes de bailar en ella necesito sentarme en el salón vacío, mirar en el espejo, estudiar el silencio. Sólo cuando aprendemos a percibir el ritmo de las cosas aprendemos que no necesitamos preparar la entrada triunfal; porque ella casi siempre llega sola.

Despacito, en soledad.

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3 comentarios en “La soledad funciona

    1. Enrique! gracias por tu comentario. Nunca he meditado pero supongo que la atención a las pequeñas cosas o al silencio en la soledad tiene que ver con la meditación! no lo había pensado!! revisaré el link. Un abrazo

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