El nuevo metro

Ya no recuerdo cuando empezaron a construir la linea 12 del metro de la ciudad de México. Un día ya estaban excavando y las calles cerca de mi casa estaban llenas de tierra y polvo y agentes de tránsito colocados en forma desordenada. Los peseros dejaron de pasar por lo que era Félix Cuevas y seguro por otras calles. Yo maldecía el desarrollo urbano y sus pésimas direcciones de crecimiento, sin planificación, sin gota de sentido común urbanístico.

Y así pasaron no sé si muchos meses o años, porque como ya dije no me acuerdo cuando empezó la obra, pero hace unas semanas anunciaron que ya estaba listo y que había “recorridos gratis”. Por desidia y porque soy un ser pasivo que los domingos duerme y se deprime en la cama no fui a ninguno y no me tocó gratis. Desde adentro de la línea anaranjada de Mixcoac yo miraba el nuevo hoyo-túnel de color gris que era una parte del andén de la nueva línea, y lo miraba con desdén, seguramente el nuevo metro sólo era una nueva obra gris.

Maldito desarrollo urbano, malditas ciudades insostenibles, maldito ser humano…

Hasta que me subí hace poco con mi madre en un trayecto como de seis estaciones en un viaje lleno de aventuras al centro de la ciudad y entonces  todo cambió. Todo.

Este nuevo metro no me pareció feo. Era como una nueva ciudad debajo de una calle por la que he atravesado miles de veces desde niña.

Mientras bajábamos las escaleras que nos llevaban al andén escuché cómo algunas personas exclamaban lo bonito que estaba y se sorprendían y preguntaban unos a otros  “¿y ora pa dónde?” y cosas así. Raro, pero las personas nos veíamos menos serias de lo que nos vemos cuando viajamos en el metro. ¿Estábamos contentos? Mientras la multitud subía y bajaba por las escaleras eléctricas se podía notar que muchas cabezas giraban conforme avanzaban para notar los nuevos altos techos y la luz a través de los ventanales.

Cuando uno vive en una ciudad tan grande algunas veces pierde la capacidad de asombro por las nimiedades que nos rodean. En este caso es difícil no asombrarse por esta nimiedad de túnel de 25 kms de largo que atraviesa una buena parte del D.F. Me pregunté llena de admiración cursi, si las personas que usaron por primera vez el metro de la ciudad en los sesentas se habrán sentido maravilladas por la dimensión de esos trenes, sus túneles, sus andenes y la cantidad de personas que se desplazaba en ellos.

Mi madre dijo algo como que era difícil pensar que esa obra había sido erigida por miles de personas. Albañiles, ingenieros, arquitiernos, diseñadores, y vaya usted a saber cuántos más. Y entonces eso me llevó de golpe a la siguiente revelación.

La ciudad entera ha sido construida por albañiles. Todo este laberinto de cemento y árboles y fierros que habitamos tiene adentro miles de millones de horas hombre. Cuando caminamos un día cualquiera en una calle estamos pisando tiempo y mano de obra de otro ser humano. Habitamos un constructo de tiempo y humanidad. Por mucho que yo maldiga el asfalto, los coches, el tiempo de prisa que nos deshumaniza, según yo, no puedo maldecir la obra humana que me contiene. Por mucho que haga muecas de disgusto cada vez que hay un nuevo edificio alto en mi barrio, y me moleste que los albañiles me griten cosas si paso cerca, no dejo de maravillarme por el concierto de las construcciones gigantescas.

Las ciudades y la música

Frente al metrobus Churubusco, en Insurgentes, construyen un edificio altísimo desde hace meses. A veces pienso que es otro orificio más en la tierra que absorbe el agua de los ríos aledaños y que contribuye a la explotación de los recursos de nuestro perímetro urbano. Una ciudad no deja de ser una grosería para el medio ambiente. El modelo urbano que habitamos es insostenible, cuesta demasiado, me digo. Pero el edificio que miro erigirse todos los días tiene adentro una lógica propia que me gusta escuchar desde afuera. Algunas veces por la mañana parece una música moderna con el bajo continuo de una mezcladora de cemento que hace ruido sin parar donde las melodías de los martillos contra las trabes y las vigas de acero contrastan con los acentos delicados de los silbidos de los trabajadores; los instrumentos más delicados de carne y hueso dentro del concierto.

Los albañiles me parecen, a riesgo de parecer ilusa y cursi al decirlo, la personificación del devenir humano en su pulsión por permanecer y afirmarse ante la fragilidad de la vida. Tienen en su ropa ajada y llena de polvo la huella del quehacer que nos sostiene a todos. Moralidades o sentimentalismos aparte, la ciudad que habitamos está hecha de hombres. No se trata de calles de petróleo y grava ni de acero con arena. Se trata de vidas, ojos, carne y cansancio hechas paredes y techos y ventanas.

El ojo en el corazón

Hace mucho pintaba mujeres con los ojos cerrados con una mano sobre el corazón, y un ojo adentro de éste, mirando todo. Quería pensar que lo verdaderamente importante en la vida era invisible a simple vista. Desprecio la ciudad de concreto porque me parece que le faltan árboles, le sobran coches, y le sobra el humo, el cansancio o la velocidad. Vivo rápidamente cuando miro las cosas que le faltan al mundo. Con sólo un vistazo puedo pensar que todo está muy mal, que trabajamos demasiado, compramos demasiado, sufrimos y nos hacemos ciegos a los otros, y terminamos en las noches, o en cualquier momento, adentro del auto, lejos de todo, en medio de nuestra soledad. Pero no me parece así si pienso en los constructores del mundo. Me parece que quizá ignoramos quién está detrás de todo lo que nos rodea y forma nuestra cotidianidad, pero eso no significa que esos quienes no existan y que no vayan a estar ahí mañana.

Ya no sé de qué iba el post, creo que sólo resta contarles que poniendo atención al mundo dudo mucho que exista la soledad. Las identidades de los otros las llevamos encima como ropa, lenguaje, gestos, gustos. Por eso creo en escribir y en la expresión, compartirnos es ser parte de la inmensa arquitectura que da forma al mundo.

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