No se premia al disidente de la clase

Lo que no me gusta de vivir la vida bajo los preceptos de la academia es que ésta  le roba a la creatividad humana mucha seguridad en sí misma. Como las hembras de los animales, que cuando van a parir, se alejan de la mirada de los otros para estar tranquilas, a veces el ser humano necesita crear cosas nuevas alejado de la mirada de todo el mundo.

Los ojos que nos han calificado con frecuencia se vuelven nuestros jueces internos. Adoptamos en los ojos con que vemos la propia obra, la forma del lente que nos califica. Dudamos demasiado de nuestras ideas, cuando no se trata de cuestiones científicas que en efecto requieren de una comprobación basada en datos y referencias predeterminadas. Dudamos de la validez de nuestros impulsos, asesinamos todo indicio de genialidad con la obediencia.

He conocido chicos que salen de maestrías que temen decir su opinión sobre un tema porque no son expertos. Y en este mundo veloz, sólo podemos hacernos expertos en una sola cosa si hacemos muchas otras a un lado. Perdemos el entusiasmo de saber por saber, sobre fauna silvestre, arquitectura y cualquier cosa que no necesitemos para ganar un papel. Perdemos la pasión de aprender solamente por aprender algo nuevo, que no necesariamente será calificado, medido, ni utilizado para referencia nuestra en un currículum que nos servirá para tener un mejor trabajo, donde nos paguen más dinero.

Aprender es una labor humana que se realiza todo el tiempo. Todos los días podemos aprender cosas distintas sobre cualquier tema. He conocido también, personas que piensan que si no van a una escuela no sabrán lo suficiente de ninguna materia. Temen hacer preguntas, mostrar la ignorancia como si fuera posible no tener resquicios de ella en este mundo lleno de cosas fascinantes. Así es sencillo  quedarnos en el borde del mar de conocimiento, temerosos de no saber qué barco usar para navegarlo, porque la escuela enseña que hay un barco preciso, una forma de viajar y explorar, que coincidentemente, sirve últimamente para formar soldados de un sistema que no quiere preguntas. Las preguntas incomodan.

Algunos estudiantes de administración de empresas desconocen que las empresas que administrarán o inventarán están sentadas sobre un medio ambiente. Esas empresas funcionan con seres humanos, para seres humanos, pero las condiciones de la vida humana no son importantes a la hora de hacer dinero. Así el empleado que sabe que su empresa explota niños al otro lado del mundo solamente volteará los ojos a otra parte. Fácilmente se puede producir un ente que sabe de informática, administración, economía, marketing, y sacarlo al mercado empresarial para meterlo en un nicho donde sepa hacer su trabajo, pero de modo que no pueda hacer preguntas. Y no hará esas preguntas porque habrá aprendido de máquinas y sistemas económicos y fenómenos financieros, pero no habrá aprendido de la vida humana para la cual se supone que esas herramientas sirven.

El estudiante maquinal se habrá cansado tanto durante sus años de estudios que querrá obtener un premio por el esfuerzo realizado. No importa cuál. Un coche, un mejor salario, una mejor casa. Dinero, viajes. Dinero. “Seguridad”. De este modo las empresas premian la obediencia y la adhesión al ritmo de vida especializado. Una muchacha que ha estudiado durante años querrá crecer “profesionalmente” y prestará sus servicios a una empresa cualquiera, una empresa “líder” que sabe vender mejor, producir más a costa de lo que sea, valerse de políticas cuya ética no será importante. No importa que CocaCola se termine el agua de miles de pequeños poblados con manantiales naturales. Genera empleos mal pagados algunos años. Cuando ya no hay agua se va a otra tierra que desgasta y entre tanto habrá generado valor agregado, empleos, flujo de capital. A este paso no habrá más agua que explotar. Y el ser humano olvida que es humano y que sin agua no vive. Y si no vive de nada sirven sus maravillas culturales, ni el esfuerzo de estudio, ni el logro empresarial.

Una muchacha que en principio ha estudiado para cambiar al mundo, aportar al territorio de las humanidades y hacer una revolución, verá sus sueños frustrados cuando tenga que insertarse en un puesto de trabajo aparentemente propositivo. El cansancio le quitará las ganas de buscar. La renta y la hipoteca, luego la escuela cara de los niños, los zapatos que son un lujo pero que calman el vacío, las tarjetas de crédito, los compromisos. Pero es burocracia. Es tiempo de vida. Es entregar el cuerpo a la máquina que parece que transforma horas hombre en productividad, la productividad parece que se vuelve dinero, el dinero parece que nos ayuda a obtener lo que necesitamos. Pero ya producimos cualquier cosa, y a costa de cosas que no podemos recuperar. Y ya necesitamos más porque no se sacia el vacío que nos dicen que tenemos si no compramos, bebemos, “festejamos”.

He conocido casos de quienes estudian en principio para revolucionarlo todo. Porque el conocimiento es una base de crecimiento humano. Hay que difundirlo, crearlo, recrearlo. Hacerlo sobrevivir. Persistir. Contar una historia donde los ganadores escriben la mayor parte de los libros. Y los perdedores ya no entienden esa tesis que los ha observado, analizado, desmenuzado. Porque de pronto el conocimiento también cuesta. Porque hay que vivir y de algo tiene uno que comer. Y entonces un órgano mayor le pone precio y reglas a esas cosas que aprendimos, y tenemos que venderlo así, en esas fechas, a las personas que se nos dice que debemos hacerlo. De lado la pasión por aprender. De lado está pensar que lo que se aprende sirve al mundo, y es invaluable. Y antes pensábamos que todos somos hombres iguales, pero después de saber ya nos vemos distinto, en el espejo hay alguien diferente, alguien que sabe, que usa otro lenguaje, para otras cosas en otro círculo.

¿Qué van a saber los pobres de la revolución que necesitan? Si la imaginamos en una academia, ¿cómo convencerlos ahora de qué es lo indicado? Y si los empujamos a la academia, ¿quién cosechará el café que la facultad de filosofía consume por la mañana? Y cuando nos cansemos de leer y de vender lo que leímos, ¿qué nos distinguirá de quienes no leyeron igual y que no comparten la misma profundidad en las reflexiones políticas? De los que criticamos porque en vez de leer se van a un antro, a un hotel cinco estrellas, o se vuelven mejores empresarios, más hambrientos de “lana”.

Hay algo en la academia que es maravilloso. La ebullición del quehacer de tantos cerebros humanos replicándose, imaginando lenguajes, formas, proponiendo maneras de mirar. Todavía me emocionan los vericuetos narrativos de la teoría literaria, construir en una hoja de papel un castillo laberíntico de conceptos por el cual es posible pasearnos y encontrarnos como en un salón de espejos, transfigurados, renovados, diluidos. La perfección de la forma poética esférica de Borges, el momento sublime del ritmo de Octavio Paz. Eso se ha vuelto parte de mi forma de mirar el mundo, y en mi mirada está mi sitio, como me miro en el espejo del conocimiento, entiendo qué puedo hacer, y para qué. El lenguaje le ha dado forma a mi voluntad. El instinto ha sido más agudo. Sé que mis conceptos son ladrillos. Si pongo atención me haré una casa, un mundo qué habitar.

Aunque no entiendo que la materia para construir el mundo que los libros nos dan se vuelva un pedestal. Pero sucede.  Aprendemos porque hemos crecido en un mundo donde es obligatorio. Y había que competir; “si sé más que él, soy mejor que él”. Algunos nos validamos así, valgo por lo que sé, y eso me hace mejor, porque en el fondo se ha padecido ser alguien que “sabe”. Costó. Aprender cuesta. Cuando para el ser humano aprender es igual que respirar. Un ser humano aprende por naturaleza, no por obligación, respira y caga por que así nació, no porque alguien le haya enseñado.  Si el conocimiento sirviera para liberarnos no estaríamos haciendo de la vida una consecución infinita de prisiones de tiempo, recursos y cosificaciones. Algo está saliendo mal.

“”Si estudié en el extranjero debería tener un mejor empleo, pero “oh sorpresa” no es así. ¿Yo? Yo que era el mejor de la clase, que hice la maestría en Barcelona, que me esforcé tanto. Yo; que sé. No tengo dinero, y como no tengo dinero soy un perdedor”” Entonces habré estudiado para tener una mejor vida, no porque… estudiar se disfruta, y cuando haces lo que amas lo haces bien, y no tienes que luchar contra corriente porque  en ése mundo ideal donde aprender no es una “llave”, no se compite  ni se explota, se colabora, se comparte, se avanza, se enseña si se sabe, se da si se tiene. Es como una serpiente que se muerde la cola que no sabemos cómo desanudar.

Yo no creo que mi experiencia para aprender dependa de otros. He aprendido de otros siempre, pero no es importante para mi si alguien me califica. No creo en sus sistemas de calificación. He visto a idiotas con diplomas, y a genios sin currícula escolar.   No quiero poner todo lo que soy en manos de algo tan fallido. No creo que la capacidad humana de aprender tenga que ver con la obediencia. Tampoco creo que todos debamos saber las mismas cosas, al mismo tiempo. Y si no lo hacemos no pertenecemos a aquello que ha sido validado por tanto miedo.

Aprender cualquier cosa es maravilloso. La experiencia de algo nuevo en la mente es exquisita. El  sólo acto de observar implica un esfuerzo que para una máquina sería infinito pero el cerebro puede hacerlo en milésimas de segundos. El hecho de pensar que sólo hay un lugar donde se aprende, y sólo hay un momento para ello, y ese momento termina si salimos del recinto, es entregarle a cualquiera la oportunidad de adoctrinarnos. De esta manera cualquier cosa que no tengan que preguntarnos en un examen que después nos confirme si hemos aprendido se vuelve intrascendente, y lo que parece trascendente en el examen, a causa del deber, se vuelve tedio. Ya no importa la historia en el programa educativo. Tampoco importa la filosofía. Tampoco el arte, ni la literatura, porque todos liberan al hombre dotándolo de creatividad para inventarse el mundo y cuestionarlo. No se premia al disidente de la clase. Se premia al que obedece, calla, no causa problemas. La innovación, el cuestionamiento y con ellos la posibilidad de mejorar cualquier cosa son vistos como conflictos. Como problemas que hay que extirpar, o castigar, o reprimir.

Probablemente cambie mi visión en el futuro, pero hoy que han asesinado a Juventina Villa Mojica, dirigente de la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán, le encuentro poco a sentido a las escuelas, en este mar de injusticias que el mundo “convencional” se empeña en invisibilizar. Y así la guerra contra el narco, y así las compañías mineras, y así la corrupción, y la pobreza, y la pobreza espiritual, y la distracción, y tantas cosas que no entiendo, de las que me he cansado de escuchar teorías maravillosas y profundas, de tantas voces e individuos que adentro del libro y del salón de clase, dejan solamente allá en la lejana montaña de la academia, me dan asco.

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